Londres

Virginia Woolf · Capítulo 6 de 7

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Londres

“Ésta es la Cámara de los Comunes”

Fuera de la Cámara de los Comunes se alzan estatuas de grandes hombres de Estado, negras, pulidas y relucientes como morsas recién salidas del agua. Y dentro de la casa, en esas salas con ecos y corrientes de aire, donde siempre hay gente que va y viene, que toma las verdes cartulinas que la policía le entrega, que formula preguntas, que mira, que aborda a miembros del Parlamento, que va siguiendo apelotonada los pasos de los maestros de escuela, que afirma con la cabeza, que ríe y comunica mensajes, que pasa presurosa por puertas de vaivén, con papeles y carteras en la mano, así como otros símbolos de actividad y prisas, también hay estatuas, estatuas de Gladstone, Granville, lord John Russell, estatuas blancas que miran con ojos blancos las viejas escenas de agitación y ajetreo en las que, no hace tanto tiempo, también ellos participaron.

Aquí no hay nada venerable y desgastado por el paso del tiempo, ni melódico, ni ceremonioso. Una ronca voz grita «¡El speaker!», anunciando así el inicio del avance de un sencillo y democrático desfile, cuya única pompa es la maza, la peluca y la toga del speaker, y los dorados galones de los ujieres. La voz ronca vuelve a gritar «¡Descúbranse los ajenos!», y en ese momento algunas manos levantan obedientemente en el aire unos vulgares sombreros de fieltro, mientras los ujieres doblan la cintura en una reverencia. Y eso es todo. Y, sin embargo, la voz que grita, la negra toga, el sonido de los pasos sobre la piedra, la maza y los vulgares sombreros de fieltro consiguen sugerir, mejor que la escarlata y las trompetas, que los representantes de los Comunes toman asiento en su propia Cámara para entregarse a la tarea de gobernar el país. Aun cuando nuestra historia sea un tanto vaga al respecto, tenemos la sensación de que nosotros, las gentes comunes, conquistamos aquel derecho hace ya siglos, y lo hemos conservado desde entonces, y la maza es nuestra maza, y el speaker es nuestro speaker, y no necesitamos trompetas, ni oro, ni escarlata, para acompañar a nuestro representante en el momento de entrar en nuestra Cámara de los Comunes.

Ciertamente nuestra Casa de los Comunes, vista por dentro, no es en manera alguna de aspecto noble o mayestático, y ni siquiera tiene gran dignidad. Es tan reluciente y fea como cualquier otro edificio público de tamaño moderado. El roble, desde luego, está veteado de amarillo. Las

ventanas, desde luego, muestran pinturas de feos escudos nobiliarios. El suelo, desde luego, está cubierto por tiras de estera roja. Los bancos, desde luego, están forrados de duradero cuero. Uno puede mirar lo que quiera, y siempre dirá «desde luego». Es una asamblea desaliñada y carente de formalismos. Se tiene la impresión de que constantemente caigan al suelo hojas de papel blanco. Los asistentes murmuran, se cruzan palabras y se gastan bromas por encima del hombro. Las puertas de vaivén se abren y se cierran constantemente. Incluso la isla central, isla de mando y de dignidad, en la que el speaker se sienta bajo dosel, es lugar de observación, utilizado por poco ceremoniosos miembros de la Cámara que tranquilamente echan una ojeada a lo que está pasando. Los hay que apoyan las piernas en el borde de la mesa sobre la que reposa la maza, y los secretos que guardan dos cajones con guarniciones de cobre situados a uno y otro lado de esta mesa no quedan a salvo de algún que otro puntapié. Sentándose y levantándose, moviéndose y quedándose quietos, los representantes de los Comunes traen a la mente el recuerdo de una bandada de pájaros al posarse sobre una porción de tierra labrada. No se están quietos durante más de unos pocos minutos. Los hay que no hacen más que levantar el vuelo, y otros que no hacen más que posarse otra vez. Y de esta bandada surge constantemente el parloteo, los graznidos y los gritos propios de una bandada de pájaros que discuten alegremente, y de vez en cuando con vivacidad, acerca de una semilla, de un gusano, de un grano enterrado.

Uno se ve obligado a decirse severamente: «Pero esto es la Cámara de los Comunes... Aquí se modifican los destinos del mundo. Aquí luchó Gladstone, así como Palmerston y Disraeli. Estos son los hombres que nos gobiernan. Todos los días del año obedecemos sus órdenes. Nuestras bolsas están a su merced. Ellos son quienes deciden la velocidad a que podemos conducir nuestro automóvil en Hyde Park. Y también deciden si tendremos guerra o paz». Sí, pero tenemos que recordarlo, porque al mirarlos vemos que en nada se diferencian del resto de los mortales. Quizá, por lo general, los miembros de la Cámara vayan mejor vestidos. Desde lo alto, vemos algunos de los más relucientes sombreros de copa que todavía pueden verse en Inglaterra. Aquí y allá, destaca alguna que otra resplandeciente flor en el ojal. No cabe duda de que todos los miembros han sido bien alimentados y

han recibido una buena educación. Pero, con su parloteo y sus risas, con su comportamiento bullicioso, con su impaciencia e irreverencia, no constituyen una asamblea ni siquiera un ápice más juiciosa, o más dotada de dignidad, o de más respetable aspecto, que cualquier otra asamblea de ciudadanos reunida para debatir asuntos de la parroquia o para dar premios a bueyes cebados. Cierto. Pero al cabo de un rato, comenzamos a sospechar que se da una curiosa diferencia. Advertimos que la asamblea de los Comunes constituye un cuerpo con cierto carácter propio. Existe desde hace mucho tiempo y tiene sus propias leyes y licencias. Es irreverente a su manera, por lo que cabe presumir que también es reverente a su manera.

Tiene un código de comportamiento propio. Aquellos que hagan caso omiso de este código serán castigados sin piedad. Aquellos que lo observen serán fácilmente perdonados. Pero lo que se condena y lo que se perdona lo saben solamente aquellos que están en el secreto de la Cámara. Nosotros solo podemos decir con certeza que aquí hay un secreto. Desde el elevado lugar en que estamos situados, bajo la autoridad de un funcionario, que sigue la norma general de olvido de los formalismos, sentándose con las piernas cruzadas y tomando notas en un papel que tiene sobre una rodilla, tenemos la seguridad de que nada es más fácil que decir lo que no se debe decir, ya con errónea ligereza, ya con errónea seriedad, y que la posesión de virtudes, talento o valentía no es garantía de éxito, si se carece de cierta otra cosa, cierta calidad indefinible.

Sin embargo, al recordar Parliament Square, uno se pregunta si alguno de estos competentes y bien vestidos caballeros se transformará en estatua algún día. Para Gladstone, para Pitt e incluso para Palmerston, la transformación fue muy fácil. Pero fijémonos en el señor Baldwin. Tiene todo el aspecto de un caballero rural, traficante de cerdos. ¿Cómo va a subirse a un pedestal y a envolverse decorosamente en una toalla de blanco mármol? Y ninguna estatua será digna de sir Austen, si no reproduce el brillo de su sombrero de copa. Por su parte, el señor Henderson parece constitucionalmente opuesto a la palidez y la severidad del mármol.

Mientras está de pie, contestando preguntas, su piel rosada se pone escarlata, y lleva el cabello amarillo de tal manera que parece que se haya peinado, tras empaparlo en agua, hace menos de diez minutos. Sir William

Jowitt podría, ciertamente, siempre y cuando se le quitara la llamativa corbata de lazo, posar para un escultor, para que le hiciera un busto al estilo del príncipe consorte. Ramsay MacDonald tiene «carácter», como dicen los fotógrafos, y podría ocupar un sillón de mármol en una plaza pública sin hacer el ridículo de una forma destacada. Para todos los demás la transformación en mármol es inimaginable. Inquietos, irreverentes, vulgares, chatos, con las mejillas rojas; terratenientes, abogados, hombres de negocios, estos hombres tienen la primordial cualidad, la enorme virtud, de que resulte imposible encontrar en los cuatro reinos seres humanos más normales y de más decente aspecto. La mirada destellante, la frente arqueada, la mano nerviosa y sensible, parecerían aquí inaceptables y fuera de lugar. Estos alegres gorriones picotearían al hombre excepcional hasta matarlo. Basta observar con cuánta irreverencia tratan al mismísimo primer ministro. Este tiene que contestar las preguntas y repreguntas que le formula un jovenzuelo que parece un barquero de río. Y a continuación, el primer ministro debe permitir que le acribille a preguntas un hombrecillo regordete que, a juzgar por su acento, estuvo seguramente llenando de azúcar pequeñas bolsas de papel azul, detrás de un mostrador, antes de dirigirse a Westminster. Ninguno de los dos ha dado la más leve muestra de temor o de reverencia. Si algún día el primer ministro se transforma en estatua, semejante apoteosis jamás ocurrirá en la Cámara, entre los irreverentes Comunes.

Hasta ese momento, los estampidos de la batalla de preguntas y contestaciones habían sido constantes. Por fin cesaron. El secretario de Asuntos Exteriores se levantó, con unas hojas escritas a máquina en la mano, y leyó clara y firmemente una declaración referente a ciertas dificultades con Alemania. El viernes se había entrevistado con el embajador alemán, en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Había dicho esto y había dicho lo otro. Se había trasladado a París y había visto a monsieur Briand el lunes. Acordaron esto, propusieron aquello. No cabe imaginar una declaración más simple, más grave, más en su punto. Y mientras hablaba tan directamente, con tanta firmeza, parecía que se alzara un bloque de piedra sin pulir en los bancos del gobierno. Dicho en otras palabras, mientras se escuchaban los esfuerzos del ministro de Asuntos Exteriores

para guiar nuestras relaciones con Alemania, se advertía con claridad que aquellos hombres de aspecto vulgar y de sentido práctico eran los responsables de unos actos que permanecerán cuando sus rojas mejillas, sus sombreros de copa y sus pantalones de corte sean ya cenizas. Asuntos de gran importancia, que influyen en la felicidad de los seres humanos, en el destino de las naciones, producen aquí sus efectos y parecen cincelar a estos hombres tan normales. Sobre este material humano común, desciende el sello de una gran máquina. Y tanto la máquina como el hombre sobre el que desciende el sello de la máquina son vulgares, sin rasgos característicos, impersonales.

Tiempo hubo en que el secretario de Asuntos Exteriores manipulaba hechos, jugaba con ellos, los interpretaba, y empleaba todos los recursos del arte y de la elocuencia para que los hechos parecieran lo que él quería que pareciesen a las personas que tenían que doblegarse a su voluntad. El secretario de Asuntos Exteriores no era un laborioso hombre de negocios, normal y corriente, con un automóvil pequeño y una casita de recreo, y grandes deseos de tener una tarde libre para jugar al golf con sus hijos, en un prado de Surrey. Tiempo hubo en que el ministro representaba su papel.

Las fulminaciones y las peroratas estremecían el aire. Se persuadía a los hombres, se les utilizaba, se jugaba con ellos. Pitt rugía. Burke era sublime.

Se permitía desplegar la individualidad. Ahora no hay ser humano que, por sí solo, pueda soportar la presión de los problemas que nos conciernen. Los problemas humanos le sumergen y le arrastran, le dejan sin rasgos propios, en el anonimato, convertido en su instrumento. La dirección de los asuntos ha pasado de las manos de seres individuales a las manos de comisiones. Y

las comisiones solo pueden orientar los asuntos, acelerarlos, y pasarlos a otras comisiones. Las complejidades y elegancias de la personalidad son factores que obstaculizan la solución de los problemas. Lo más importante es ser expeditivo. Todas las semanas, mil barcos anclan ante los muelles.

¿Cuántas miles de causas llegan diariamente para que la Cámara de los Comunes las juzgue? Por esto, si se erigen estatuas, estas estatuas serán monolíticas, vulgares y sin rasgos. Dejarán de reproducir el cuello de la camisa de Gladstone, el rizo de Dizzy, las patillas de Palmerston. Serán como graníticos pedestales en lo alto de colinas para conmemorar batallas.

Los días del poder personal de hombres individuales han pasado. Para nada se necesita el ingenio, ni la invectiva, ni la pasión. El señor MacDonald no se dirige al pequeño y separado oído de quienes le escuchan en la Cámara de los Comunes, sino a hombres y mujeres que se encuentran en fábricas, en tiendas, en granjas sudafricanas, en villorrios de la India. Se dirige a hombres y mujeres que se encuentran en todas partes, y no a nosotros sentados aquí, en la Cámara. De ahí, la claridad, la gravedad, el carácter lisamente impersonal de su declaración. Pero, si los tiempos de la estatua pequeña e individual han terminado, ¿por qué no alborea la época de la arquitectura? Esta es la pregunta que espontáneamente nos planteamos al salir de la Cámara de los Comunes. Westminster Hall se alza con inmensa dignidad, mientras nos alejamos. Hombrecillos y mujercitas se mueven silenciosamente, yendo de un lado para otro. Parecen diminutos, quizá lamentables, pero también venerables y bellos, bajo la curva de la gran cúpula, bajo la perspectiva de las formidables columnas. Uno siente deseos de ser un animalillo sin nombre en una gran catedral. Reconstruyamos el mundo en forma de espléndido edificio. Dejemos de hacer estatuas y de inscribir en ellas virtudes imposibles.

Veamos si la democracia que construye edificios supera a la aristocracia que modelaba estatuas. Pero todavía hay innumerables policías. Un gigante vestido de azul se encuentra en pie ante cada puerta, a fin de que no entremos atropelladamente, y demasiado deprisa, con nuestra democracia.

«Solo está abierto los sábados, de diez a doce.» Este es el aviso que impide el desarrollo de nuestro sueño. Y debemos reconocer la clara tendencia de nuestra corrupta mente, dominada por la costumbre, de pararse y pensar:

«Aquí estaba el rey Carlos cuando le condenaron a muerte; aquí el conde de Essex, y Guy Fawkes, y sir Thomas More». Parece que a la mente, en su vuelo por el espacio desierto, le gusta posarse sobre una nariz notable, sobre una mano temblorosa; le gustan la mirada destellante, la frente arqueada, el ser humano excepcional, particular, espléndido. Esperemos que la democracia llegue, pero que llegue dentro de cien años, cuando estemos ya bajo la hierba. O esperemos que, en méritos de una genial jugada, ambas realidades se combinen, el gran edificio y el pequeño, particular e individual ser humano.

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