Londres

Virginia Woolf · Capítulo 5 de 7

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Londres

Abadías y catedrales

Es un lugar común -pero no podemos evitar repetirlo- decir que Saint Paul domina Londres. Vista desde lejos, la catedral parece hincharse como una burbuja gris. Al acercarnos, se cierne sobre nosotros, gigantesca y amenazadora. Pero de repente se desvanece. Y, detrás de Saint Paul, debajo de Saint Paul, alrededor de Saint Paul, cuando no podemos ver Saint Paul,

¡cuánto se encoge Londres! Otrora, hubo universidades, plazas rectangulares y patios, y monasterios con lagos y peces, y claustros, y corderos pastando en prados verdes, y posadas en las que grandes poetas estiraban sentados las piernas y hablaban cuanto querían. Ahora este espacio se ha encogido. Los campos, los lagos con peces, los claustros, han desaparecido. Incluso los hombres y las mujeres se han encogido y se han transformado en multitudinarios y leves, en vez de ser individuales y recios.

Allí donde Shakespeare y Jonson en otros tiempos se enfrentaron y se dijeron cuanto quisieron, un millón de señores Smith y de señoritas Brown andan presurosos y ajetreados, saltan del autobús, se sumen en el metro.

Causan la impresión de ser demasiados, demasiado pequeños, demasiado parecidos entre sí, para tener cada cual su nombre, su carácter, su propia vida separada.

Si dejamos la calle y entramos en una iglesia ciudadana, reparamos en el espacio de que disfrutan los muertos en comparación con aquel del que disfrutan en nuestros días los vivos. En el año 1737, murió un hombre llamado Howard, y fue enterrado en Saint Mary-le-Bow. La lista de sus virtudes ocupa una pared entera. «Gozó de la bendición de una mente inteligente y recia, que brilló conspicuamente en el habitual ejercicio de grandes y divinas virtudes... En una edad de disipación, fue siempre inviolablemente fiel a la justicia, la sinceridad y la verdad.» Este hombre ocupa un espacio que podría servir casi para instalar una oficina cuyo alquiler ascendería a un buen montón de libras esterlinas. En nuestros tiempos, cualquier hombre igualmente oscuro tendría una porción de piedra blanca, de tamaño reglamentario, entre miles de porciones iguales, y no se daría constancia de sus grandes y divinas virtudes. En Saint Mary-le-Bow también se pide a la posteridad que se detenga y se alegre pues la señora Mary Lloyd «terminó una ejemplar e inmaculada vida», sin sufrir y, desde luego, sin recuperar el conocimiento, a la edad de setenta y nueve años.

Deteneos, reflexionad, vigilad vuestras costumbres, es lo que estas viejas lápidas nos aconsejan, y aquello a que nos exhortan. Uno sale de la iglesia maravillado de los espaciosos días en que ciudadanos desconocidos podían ocupar tanto espacio con sus huesos, y pedir con tal seguridad tanta atención a sus virtudes, mientras nosotros andamos entrechocando los unos con los otros, esquivándonos y hurtándonos los unos y los otros, en la calle, doblando esquinas ceñidamente, y dejándonos atropellar con toda facilidad por los automóviles. El simple proceso de mantenernos vivos exige todas nuestras energías. Íbamos a decir que no tenemos tiempo para pensar en la vida y en la muerte, cuando de repente nos topamos con los inmensos muros de Saint Paul. Aquí está otra vez, cerniéndose sobre nosotros, como una montaña, inmensa, más gris, más fría y más silenciosa que antes. Y, en el mismo instante en que entramos, experimentamos esa sensación de pausa y de expansión, de liberación de las prisas y de los esfuerzos, que Saint Paul, más que cualquier otro edificio del mundo, tiene el poder de infundir.

En parte, el esplendor de Saint Paul radica simplemente en su gran volumen, en su incolora serenidad. Tanto la mente como el cuerpo parecen ensancharse en este recinto, parecen ampliarse bajo su gran techumbre, donde la luz no es del sol ni de las lámparas, sino un ambiguo elemento situado entre una y otra. Una ventana arroja hacia abajo un ancho chorro verde, otra cubre las losas de un fresco y pálido color purpúreo. Hay espacio suficiente para que cada amplia franja de luz caiga con suavidad.

Muy grande, muy cuadrada, sonando a hueco, con ecos de perpetuos pasos lentos y de amplias sonoridades, la catedral es sumamente augusta, pero en modo alguno misteriosa. Entre las columnas se amontonan las tumbas como mayestáticas camas. Aquí está la digna estancia de reposo a la que los grandes estadistas y hombres de acción se retiran, ataviados con todo el esplendor de sus ropajes, para aceptar las gracias y el aplauso de sus conciudadanos. Todavía lucen sus estrellas y sus jarreteras, sus emblemas de pompa cívica y de militar orgullo. Sus tumbas son limpias y bellas. No se ha permitido que el herrumbre o la suciedad las manchen. Incluso Nelson causa la impresión de sentirse bastante cómodo. Y la contorsionada y atormentada figura de John Donne, envuelta en los pliegues marmóreos de sus graves ropas, da la sensación de haber salido ayer del taller del

marmolista. Pero ha estado aquí, en su tormento, durante trescientos años, y ha sufrido incólume las llamas del incendio de Londres. Se ha prohibido aquí la entrada de la muerte, y de la corrupción de la muerte. Aquí se guarda celosamente la virtud cívica y la cívica grandeza. Cierto es que sobre una pesada puerta labrada una leyenda dice que a través de la muerte pasamos a nuestra gozosa resurrección. Pero las pesadas hojas de la puerta no sugieren que se abran a campos de amaranto y flores de fábula, donde suenan arpas y coros celestiales, sino que dan paso a escalinatas de mármol que conducen a solemnes cámaras de consejos y espléndidas salas, con estandartes, donde suenan altas las trompetas. El esfuerzo, el sufrimiento y el éxtasis no tienen cabida en este majestuoso edificio.

Difícilmente puede verse un contraste mayor que el que se da entre Saint Paul y la abadía de Westminster. Lejos de espaciosa y serena, la abadía es estrecha y puntiaguda, usada, inquieta y animada. Se tiene la sensación de haber abandonado la democrática barahúnda variopinta de la calle y haber entrado en una brillante asamblea, en una selecta sociedad de hombres y mujeres dotados de la más alta distinción. Los presentes parecen hallarse en pleno cónclave. Gladstone se adelanta y, luego, Disraeli. En todos los rincones, en todos los muros, hay alguien que se inclina o escucha, o se adelanta como si se dispusiera a hablar. Los que se encuentran recostados parecen yacer atentamente, como si se dispusieran a incorporarse al instante siguiente. Sus manos sostienen nerviosas los cetros, sus labios están prietamente cerrados en pasajero silencio, sus párpados levemente cerrados para meditar durante un instante. Estos muertos, si es que muertos son, han vivido con toda plenitud. Tienen cara marchita, nariz afilada, mejillas hundidas. Incluso la piedra de las viejas columnas parece frotada y desgastada por la intensidad de la vida que las ha rozado durante siglos. Las voces y el órgano vibran agudos entre las intrincadas formas del techo. Los delicados abanicos de piedra que se despliegan para formar la techumbre parecen desnudas ramas, despojadas de todas sus hojas y prestas a ser sacudidas por un vendaval de invierno. Pero su austeridad está bellamente suavizada. En todo momento, las luces y las sombras cambian y contrastan. Pasan el azul, el dorado y el violeta, y tiñen, se intensifican y

palidecen. La piedra gris, a pesar de su antigüedad, cambia como un ser vivo, bajo las incesantes oleadas de la luz cambiante.

Por esto, la abadía no es un lugar de muerte y reposo, no es la estancia de descanso en que los virtuosos yacen de cuerpo presente para recibir las recompensas merecidas por la virtud. ¿Es que realmente estos muertos han llegado a donde están en méritos de sus virtudes? A menudo, han sido violentos, han sido brutales. A menudo, solo la grandeza de su cuna les ha elevado. La abadía está llena de reyes y de reinas, de duques y príncipes. La luz incide en coronas de oro, y todavía quedan rastros de oro en los pliegues de los ropajes de ceremonia. El rojo y el amarillo lucen aún en escudos nobiliarios, en leones y unicornios. Pero la abadía también está llena de otra realeza, que es incluso, quizá, más poderosa. En ella se encuentran los poetas muertos, todavía pensativos, todavía mesurando, todavía interrogándose sobre el significado de la vida. Riendo, Gay dice: «La vida es una chanza, y todo así lo indica. Lo pensé otrora, y ahora me consta».

Chaucer, Spenser, Dryden y todos los demás parecen todavía escuchar con todas sus facultades alerta, mientras el afeitado clérigo, con su ropaje atildado, rojo y blanco, entona por millonésima vez los mandamientos de la Biblia. Su voz suena madura, autoritaria, en todo el edificio, como si no fuera irreverente que uno haya llegado tal vez a suponer que Gladstone y Disraeli se disponen a someter la propuesta recién expuesta -que los hijos deben honrar a sus padres- a votación. En esta brillante asamblea, cada uno de los que la componen tienen ideas y voluntad propias. Agudas voces traspasan la abadía. Ademanes enfáticos y actitudes personales quiebran en ella la paz. No hay ni una sola pulgada de sus muros que no hable, proclame e ilustre. Reyes y reinas, poetas y hombres de Estado siguen interpretando sus papeles, y no se les permite que se transformen silenciosamente en polvo. Todavía en animado debate se elevan sobre el oleaje inútil de la vida humana corriente y lo hacen con los puños crispados y los labios abiertos, con un orbe en una mano y un cetro en la otra, como si les hubiéramos obligado a alzarse en nuestra representación y dar testimonio de que la naturaleza humana puede de vez en cuando elevarse por encima de los murmullos del democrático desorden de las presurosas calles. Detenidos, traspuestos, allí están, sufriendo una esplendente crucifixión.

¿Adónde se puede ir, en Londres, para hallar la tranquilidad, a saber de cierto que los muertos duermen en paz? A fin de cuentas, Londres es una ciudad de tumbas. Pero también es una ciudad que se halla en medio del presuroso discurrir del caudal de la vida humana. Incluso Saint Clement Dane, esa venerable antigualla situada en medio del torrente del Strand, ha quedado sin aquellos apacibles elementos, los sauces llorones y el verde prado, a que incluso la más humilde iglesia rural tiene derecho. Hace ya tiempo que los autobuses y los camiones la han despojado de ellos. Saint Clement Dane se alza como una isla, a la que solo la más estrecha franja de pavimento que quepa imaginar separa del mar. Además, Saint Clement Dane tiene que cumplir sus deberes para con los vivos. Como es natural, Saint Clement Dane participa vociferante, estridentemente, con casi frenética alegría, aunque con voz ronca, como si la herrumbre de los siglos hubiera entorpecido su lengua, en la felicidad de dos seres mortales. Se celebra una boda. Saint Clement Dane da la bienvenida, a lo largo del Strand, al novio con chaqué y pantalones grises, a las damas de honor de la novia, virginalmente ataviadas de blanco, y por fin a la novia, cuyo coche se detiene ante la puerta. Y la novia baja ondulante y como un destello de blanca elegancia, pasa a la penumbra interior para aceptar el yugo matrimonial, con el acompañamiento del rugido de los autobuses, mientras fuera las palomas alarmadas vuelan en círculo, y la estatua de Gladstone queda atestada, como las gaviotas puedan atestar una roca, de entusiastas turistas que mueven la cabeza y gesticulan.

Los únicos lugares tranquilos que hay en toda la ciudad quizá sean esos viejos cementerios transformados en jardines o pequeños parques infantiles.

Las lápidas ya no sirven para señalar tumbas, sino que su blancura se alinea junto a las paredes. Aquí y allá, una hermosa escultura funeraria cumple la función de ornamento del jardín. Las flores alegran el césped, y bajo las copas de los árboles hay bancos para que en ellos se sienten las madres y las niñeras, mientras los niños hacen rodar aros y juegan a la rayuela, sin riesgos. Aquí, uno se puede sentar y leer Pamela de cabo a rabo. Aquí, uno puede dormitar durante los primeros días de primavera o los últimos del otoño, sin sentir con excesiva fuerza los impulsos de la juventud o la tristeza de la vejez. Sí, por cuanto aquí los muertos duermen en paz, nada

demuestran, de nada dan testimonio, nada reclaman, como no sea que gocemos de la paz que sus viejos huesos nos proporcionan. Sin ofrecer resistencia, han renunciado a sus humanos derechos a destacar nombres o peculiares virtudes. Pero no tienen motivos de queja. Cuando el jardinero planta los bulbos o siembra la hierba, vuelven a florecer y cubren la tierra de hierba verde y flexible. Aquí, las madres y las niñeras parlotean, los niños juegan, y el viejo mendigo, después de consumir el almuerzo que lleva en una bolsa de papel, arroja migas a los gorriones. Estos cementerios-jardín son los más apacibles refugios de Londres, y sus muertos son los más silenciosos.

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