
Los apostólicos
Madrid, diciembre de 1826: muere doña Robustiana y don Benigno Cordero, el héroe liberal de Boteros, se queda viudo con cinco hijos y la tienda. Desde ahí, entre pañales y cuentas, se ve lo que se cocía fuera: llega María Cristina, nace Isabel y los apostólicos se organizan en la tertulia de don Felicísimo Carnicero, donde se conspira por don Carlos, que huye de los conventículos. En medio, Sola: la huérfana que entró de vecina y acabó criando a los chicos, prometida de don Benigno y enamorada todavía de Salvador Monsalud, con la boda atascada un año en unos libros parroquiales que un cura tiró a un pozo. En La Granja, la infanta Carlota abofetea a Calomarde, que solo acierta a decir «Señora, manos blancas…». Pero la novela acaba en los jardines: una niña de dos años aprendiendo a andar mientras alguien grita «¡Viva Isabel II!».






