
Torquemada y San Pedro
Ya marqués, dueño del palacio de Gravelinas y con más dinero del que puede gastar, el viejo usurero Francisco Torquemada tropieza con lo único que no se compra. Fidela muere, él enferma, y en la casa se instala el padre Gamborena, misionero al que apoda San Pedro por las llaves del cielo. Empieza un regateo en el que sólo regatea uno. Cruz del Águila lo convence de dejar a la Iglesia el tercio libre de la herencia, casi una restitución según ella, y Gamborena ni quiere tocar ese dinero: le repite que no hay cifra que baste. Firma el testamento y se queda sin la garantía que pedía. Última de las cuatro novelas del usurero, cuenta la agonía entre la burla y la lástima y acaba en una palabra, «conversión», que lo mismo mira al alma que a la Deuda pública.






