Los dos reyes
Capítulo 8
Capítulo ocho
—En cualquier caso, no sé por qué nos hace a los dos perder el tiempo obligándome a que le cuente algo que usted ya sabía —le reproché por teléfono a Akram al-Husayni, por ocultarnos que él o sus matones, si eso es lo que eran, ya habían pasado por Zeluán.
—No se enfade, amigo Urbano, no se enfade —dijo, tras una de sus risotadas estruendosas—, era sólo una prueba inocente que confirma lo que esperaba de usted: ¡no se le escapa una! Además, valore en su justa medida que gracias a mi pequeña broma han conocido esa plaza famosa en España por ser el escenario de lo que en su país llaman el «desastre de Annual».
—Sí, por supuesto, se refiere a esa carnicería en la que pasaron a cuchillo, después de que hubieran sacado bandera blanca, a cerca de quinientos regulares españoles.
—Bueno, bueno, ya lo escuchó el otro día: «Las guerras son siempre horribles, y aún más entre naciones hermanas» —dijo, repitiendo palabra por palabra lo que nos había dicho el funcionario petimetre de Nador. Le encantaba hacer eso, dejarte claro que tenía ojos y oídos en todas partes. Era una forma de presión como otra cualquiera.
Miré nuestra puerta de embarque, donde ya había llegado la azafata de tierra. Los preparativos del vuelo de Melilla a Madrid en el que Isabel y yo íbamos como pasajeros estaban a punto de comenzar.
—La familia de Fernando Santafé le quiere dar las gracias por su intercesión para que sus restos puedan regresar a España —dije, porque de bien nacidos es ser agradecidos y porque, efectivamente, me lo habían pedido.
—Transmítales un saludo afectuoso de mi parte. Sé que son grandes empresarios del sector farmacéutico. Una lástima: no podremos hacer negocios, no es mi campo de acción. Al menos, de momento.
—No me dirá que ahora está interesado en el mundo de los antibióticos…
—«Yo nunca me cierro puertas, si lo haces, no sabes lo que hay detrás». La frase es suya.
Nos despedimos y antes de colgar prometí informarle de los progresos que hiciera en cuanto pudiese viajar a Granada en busca del segundo cadete, Haidar Rachidi. Eso sería el fin de semana. Hasta entonces, tocaba volver a nuestros trabajos, yo a mi instituto de enseñanza secundaria y mi novia a su puesto en González y Uribe.
Había llegado a algunas conclusiones, en cualquier caso. La primera, que tras su papel determinante en los sucesos de Sjirat, una hazaña o una felonía según a quién le preguntases, los tres cadetes se habían dispersado: uno fue a Zeluán y luego a Rabat, donde encontró la muerte; otro debió de tomar un barco a Algeciras o a Málaga, y desde ahí viajó a Granada, donde vivían unos parientes suyos; y del tercero se sospechaba que también se había marchado a España, probablemente a Valladolid. ¿Salieron juntos de Marruecos? Ese enigma aún no tenía solución. Y también había otra cosa que me intrigaba: por qué no se supo nunca el nombre del tercer cadete. Si todo el mundo lo vio llevarse a Hassan II para matarlo y regresar con él vivo, ¿cómo es que nadie lo conocía? Los soldados es verdad que son parecidos entre sí, el uniforme los iguala, los gestos aprendidos en la instrucción también, y más cuando su adiestramiento se ha llevado a cabo en una academia militar como la de Ahermumu, conocida por la extraordinaria dureza con la que trataba a los reclutas el coronel Ababu, que sometía a los futuros suboficiales a una disciplina de hierro, con maniobras extenuantes, pruebas de resistencia al límite y ejercicios de tiro con fuego real, cuyo fin era transformarlos en máquinas de obedecer, guerreros dispuestos a cumplir sin pestañear cualquier orden que se les diera. Que esa orden terminara siendo la de matar al rey, a quien su superior se refería despectivamente como «el negro», en referencia a los rasgos que había heredado de su madre, no era tan rara. Que no la hubiesen cumplido unos muchachos tan robotizados que varios testigos presenciales del día de la matanza coincidieron en pensar que iban drogados era algo impensable y que evidenciaba o la capacidad infinita de seducción de Hassan II o la magnitud de la recompensa que debió de ofrecerles. Se entendía muy bien que su hijo Mohamed VI quisiera recuperar a cualquier precio el documento con su abdicación, ya que de hacerse público destrozaría la imagen gloriosa y serena de su padre que había pasado a la historia.
Dábamos por hecho que la figura del monarca estaba tras el encargo de su amigo Akram al-Husayni, como demostraba lo fácil que había sido la recuperación de los restos mortales de Fernando Santafé en Nador, «aprobada por las más altas instancias de Marruecos», según nos había dicho el funcionario que nos atendió. Los reyes sólo dan la cara en las monedas, para el resto de las cosas ya están sus vasallos.
El profesor José Antonio Alarcón, con el que cruzaba llamadas o mensajes muy a menudo y que era, realmente, un pozo sin fondo de conocimientos, salió una vez más en mi ayuda. A medida que le contaba por dónde iban mis investigaciones, tras pedirle la máxima discreción, él iba consultando los fondos casi inacabables de la biblioteca pública del Estado en Ceuta; y si algo no se encontraba allí, generalmente porque no existía, se tomaba la molestia de hablar con los mayores especialistas en los asuntos que nos ocupaban. Los conocía a todos y había trabajado con la mayoría. Si tu número no estaba en su teléfono es que no eras nadie en el ámbito de los estudios sobre Marruecos o acerca de sus relaciones de toda índole con España.
—Es muy fácil, hombre, no te ahogues en un vaso de agua —me dijo, con su habitual tono zumbón—, que esto lo resuelves con una operación matemática muy sencilla: si salieron mil cuatrocientos cadetes de Ahermumu hacia el palacio de Sjirat y para desplegarse también en otros centros neurálgicos en Rabat, y murieron trescientos, porque se sabe que Hassan II amnistió exactamente a mil cien, entonces necesitamos saber qué mil noventa y siete regresaron a sus cuarteles y qué tres no lo hicieron. Y yo conozco a la persona que puede comprobarlo.
Era cierto, un historiador amigo suyo, del que callaré el nombre porque así me lo ha pedido, llevaba tiempo trabajando en una crónica pormenorizada, y aún inédita, de las dos tentativas de golpe de Estado de los años setenta. Tenía sus fuentes en los archivos del ejército y contactos con algunos mandos que, antes de prestarle su ayuda, se habían asegurado de que no preparaba un libro que desacreditase a la Corte alauí. Le prometí que yo sólo aspiraba a contar en una «novela de aventuras» la historia del soldado que no quiso matar a Hassan II, y que necesitaba saber si de verdad vino a España y qué hizo aquí. Por supuesto, usaría un nombre supuesto en mi libro, lo que me interesaban eran sus peripecias, no su identidad y, además, en una obra de ficción como las mías, decir que le vas a dar un nombre falso a un personaje real para protegerlo «contribuye a incrementar el misterio y, si hay suerte, las ventas». No le veía muy por la labor, así que tuve que recurrir a un golpe bajo para ganarme su confianza: deslicé de forma sibilina un par de insinuaciones muy tenues acerca del legendario y nunca visto documento de abdicación del rey y sobre la posibilidad de que llegase a demostrar que existía y de tenerlo en mi poder. Reaccionó como un arqueólogo al que se le enseñara el Santo Grial desde la otra orilla de un río: se tiró al agua y se abrió a compartir el dato que yo necesitaba y que era mucho más importante para mí que para él. Me pidió unas horas para comprobar los listados que tenía en su despacho. Hay gente que puede ser muy generosa, pero sólo si le das algo a cambio.
Mientras llegaba ese informe, seguí leyendo cosas sobre los empresarios españoles que habían tenido intereses comerciales en Marruecos durante la época del Protectorado y los tenían aún en los tiempos presentes, sobre todo en el Sáhara Occidental. Me interesaba conocer a los grandes beneficiarios de lo que ocurrió tras la Marcha Verde y la toma del desierto. Como sabemos por el ejemplo de la familia Llodra, la independencia conllevó la intervención del régimen en todos los bienes de su territorio. A gran escala, se decretaron una serie de nacionalizaciones en los sectores productivos que explotaban diferentes empresas francesas o españolas, y también se llevaron a cabo expropiaciones de terrenos agrícolas y factorías en manos de los colonos, que luego se sabría que convirtieron al propio monarca en el mayor terrateniente del país. En un plano más modesto, empresas familiares como La Valenciana o negocios como el parador de Ketama también fueron obligados a incorporar socios marroquíes y a compartir con ellos o con el Estado, que venían a ser lo mismo, el famoso majzén, la mitad más una de sus acciones. Muchos aceptaron vender sus propiedades a precios muy bajos y la mayoría cruzó la frontera, de vuelta a casa: en 1957 había algo más de doscientos mil españoles en Marruecos; en 1961, no llegaban a ciento cuarenta mil, y la desbandada continuó en los siguientes años. Pero esas cifras demuestran que no todos se marcharon, y un nombre que se repetía junto al de los Llodra, los Contreras, los Fierro, los Benet o los Gabarrón en los artículos y las monografías que consultaba, era el del gijonés Narciso Santos Freal, al que ya he citado como uno de los visitantes y cazadores asiduos de las montañas nevadas del actual Isaguén. Le fue rentable el entretenimiento, porque no tardaría mucho en ir de montería con el propio Hassan II, a quien fue presentado por uno de sus socios, el leonés Ildefonso González Fierro, creador de Manufacture d’Allumettes Franco-Marocaine y presidente del Banco Ibérico, que antes de diversificar sus quehaceres y convertirse en uno de los empresarios más sobresalientes de su época se había enriquecido fabricando cajas de fósforos, siempre en régimen de monopolio y gracias a sus estrechas relaciones con el poder de turno, en España, en Portugal y en el propio Marruecos, donde abrió factorías en Tetuán y Casablanca. Quédense con estos apellidos, Fierro y Freal, porque son primeros espadas de este relato.
Para situarlos en su contexto, recordemos que en los años del dominio español del territorio que abarcaba el Protectorado se había querido fomentar el turismo en la zona y se organizaron, por ejemplo, circuitos de una semana que recorrían Tetuán, Chauen, Larache, Arcila y Alcazarquivir, o de dos si la ruta se alargaba un poco más, hasta Nador, Melilla y el cabo de Tres Forcas, donde dependiendo de la estación del año era posible contemplar la migración de las aves desde África a Europa, ver bosques de coral rojo o avistar tortugas, cetáceos y las últimas focas monje del planeta. Esa oferta incluía una estancia intermedia de tres días en el parador de Ketama, sin duda porque aquellas cumbres del Rif habían pasado a formar parte de la mitología de la dictadura, que había levantado en el Llano Amarillo un monumento a la conjuración contra la República.
La primera empresa que Santos Freal montó en Marruecos, en plena Guerra Civil, fue una de coches de alquiler que recogían a los viajeros que llegaban al norte de África por vía aérea, en una de las líneas inaugurales de la compañía Iberia, fundada en 1927, que llegaba allí desde Vitoria y tras pasar por Salamanca, Cáceres y Sevilla. Poco después se asoció con los Llodra para construir algunos de los cines que se pusieron en marcha en varias ciudades: el Avenida y el Monumental en Tetuán, el Rif en Nador, el Gran Teatro Cervantes en Tánger… Más adelante organizó algunos servicios de abastecimiento para los comedores de las comandancias de infantería de Ceuta, Melilla y Larache, sobre los que con el tiempo correrían oscuras murmuraciones que hablaban de oficiales corruptos que se quedaban parte del dinero transferido por el Estado para comprar mercancías, utensilios y alimentos que nunca llegaban a su destino o que eran revendidos a terceros, exigiendo a los proveedores que emitieran facturas adulteradas o directamente en blanco, lo que proporcionaba ganancias sustanciosas a los implicados en el fraude.
Tras el fin del Protectorado, nuestro hombre supo moverse y aprovechar las oportunidades que se le presentaban, se reveló como un maestro en el arte de nadar entre dos aguas, las que se movían en Rabat y en Madrid y que no siempre estaban tranquilas, y dio en el clavo al introducirse en el mundo de la construcción de infraestructuras y viviendas, un negocio muy lucrativo en un lugar devastado a cañonazos. Para rematar la jugada, sus buenas relaciones con la Casa Real le llevaron a encontrar socios entre la aristocracia financiera del majzén. Poco a poco sentó las bases del emporio que sus herederos dirigen en la actualidad y cuyas sedes principales están ahora en Santa Cruz de Tenerife y en Málaga. Su nieto y heredero de la sociedad anónima Maresa se llama Gustavo Santos Freal y es uno de los hombres más ricos de España, dueño, entre otras cosas, de una flota naviera que cuenta con un puerto de amarre privado en Las Palmas de Gran Canaria. Y una parte muy sustanciosa de las ganancias que exhibe su cuenta de resultados sale de la explotación en el Sáhara del segundo recurso natural más escaso de nuestro planeta, tras el agua: la arena.
Tuve que dejar ahí mis indagaciones destinadas a servir de base a la novela sobre la Marcha Verde y sus consecuencias, para ir a dar mi siguiente clase. Les iba poner a mis estudiantes un comentario de texto de un poema de Quevedo, para que analizaran si sus palabras seguían teniendo una lectura actual: «Sacrilegios pequeños se castigan; / los grandes en los triunfos se coronan / y tienen por blasón que se los digan. / Lido robó una choza y le aprisionan; / Menandro un reino, y su maldad obligan / con nuevas dignidades que le abonan». Era castellano del Siglo de Oro, pero a media clase le iba a sonar a chino.
Estaba en el Montevideo, el bar-restaurante cercano a mi instituto al que siempre voy a desayunar, a leer los periódicos y a veces a comer. De hecho, iba a encontrarme allí con Isabel, que me quería poner al corriente de sus hallazgos en el terreno que más conocía y donde más podía echarme una mano en este nuevo caso: el de las grandes corporaciones de nuestro país que operaban en el desierto, según la ONU de manera ilegítima, pues dos resoluciones de su Asamblea General dejaban meridianamente claro que ese territorio pertenecía al pueblo saharaui, que este tenía derecho a la autodeterminación y a explotar sus riquezas y que su único representante legítimo era el Frente Polisario. Pero los intereses de unos o de otros y el cinismo de casi todos habían convertido esos solemnes dictámenes en papel mojado.
—Si es que eres un ingenuo y por eso me gustas —se había burlado aquella mañana mi novia mientras desayunábamos—. Pero la verdad es que, aparte de ti, ya no quedan idealistas, eres el último ejemplar, el resto se han extinguido igual que tus focas monje de Melilla…, sólo que un siglo antes.
Acababa de decirle que la llegada de los pioneros del Rif, en los años del Protectorado, de la que ella me iba contando sus vidas y milagros, había tenido un cierto aroma épico, un porcentaje incluso de romanticismo, mientras que los inversores de hoy día eran puros burócratas, especuladores, gente que trabajaba a distancia, a menudo sin pisar siquiera los lugares donde actuaban sus propias empresas.
—No te montes películas —insistió— ni te presentes a tu examen sobre Quevedo porque lo suspenderías: lo que dicen esos versos que vas a ponerles a tus alumnas y alumnos valía tanto para su época como para la nuestra, y lo que pretendían los Fierro, los Llodra y los Freal entonces es lo mismo que quieren hoy Yecasa, Ceisa, Rodman, Urovesa o las distribuidoras de hidrocarburos, que no van allí por amor al Tercer Mundo ni en busca de paisajes exóticos, sino a llevarse materias primas, a repartirse los beneficios con el majzén o, en algunos casos, a venderle a Marruecos los vehículos blindados y el material antidisturbios con los que se reprimen las protestas contra su ocupación. Y, por cierto, también es lo que quiere nuestro amigo Akram al-Husayni, que según he averiguado tiene sus intereses allí: es socio de una cementera de copropiedad hispano-marroquí y dueño de una flota dedicada al transporte de materiales pesados. Y, a falta de hacer algunas comprobaciones, me parece que tiene que ver en parte con la compraventa de armamento militar. Pero hay algo más…
—Soy todo oídos.
—¿A que no sabes quién se sienta junto a él en el consejo de administración de las dos primeras?
—Fácil: los intermediarios de Mohamed VI.
—Eso por descontado. ¿Y quién más?
—Sorpréndeme.
—¿No lo adivinas?
—¿Me vas a decir que Santos Freal?
—Exacto: el heredero, presidente y accionista número uno de Maresa.
—¿Y te parece raro que nos lo ocultase?
—No es que nos lo ocultara, es que no nos lo dijo.
—Son cosas parecidas.
—Pero no son iguales. En realidad, no tenía por qué mencionarlo, dado que no es un asunto relacionado con el encargo que te ha hecho.
—Es curioso, vayamos por donde vayamos, todos los caminos van a dar al Sáhara. Y esa es una buena noticia para mi novela.
—El mundo es un pañuelo —dijo Isabel.
Estaba recordando esa conversación mientras recogía mis cosas para volver al trabajo, me despedía de Marconi, el propietario del local, y me encaminaba a la puerta de salida, cuando llegó un mensaje a mi teléfono. Era del historiador con el que me había puesto en contacto el profesor Alarcón. «Nassim el-Mansouri», decía. «Ese es su tercer hombre, no hay duda».
Fahim Jamal, Haidar Rachidi y Nassim el-Mansouri. Los tres soldados de Sjirat. Ya eran míos. O eso quise creer.