Los dos reyes
Capítulo 6
Capítulo seis
—Así que nuestro, espero que muy pronto, común amigo, el profesor Alarcón, le ha contado lo ocurrido durante aquel desventurado asalto al palacio de Sjirat —dijo Al-Husayni. Tenía esa forma de hablar en la que a menudo resultaba imposible saber si lo que acababas de oír era una afirmación o una pregunta.
—Sí, en efecto. Algo sabíamos ya, porque es un suceso célebre y sobre el que nos habíamos informado un poco por encima; pero él nos ha dado otros puntos de vista.
—Es un hombre extraordinariamente preparado, conoce al dedillo la historia de España y la de Marruecos —terció Isabel.
—Y deduzco, entonces, que si ya había trabajado en él será porque está interesado en ese episodio —siguió él, sin inmutarse.
—En ese y en otros. Algunos los ha mencionado ya: la Marcha Verde, el abandono del Sáhara por parte de España… Otros que podrían llegar a servirme son las andanzas de las niñeras españolas de Mohamed VI o la hipótesis de que el asesinato del opositor Ben Barka, atribuido al general Ufkir, fue un mandato de su jefe, Hassan II —dije, improvisando sobre la marcha lo último, un suceso terrible pero que no entraba en mis cálculos tratar, con el simple propósito de incordiarle. Hay gente cuya manera de ser aviva en nosotros un gen competitivo, un instinto marrullero.
—Bueno, bueno —respondió, esbozando otra sonrisa de superioridad, la de quien no sólo sabe cosas que tú ignoras, sino que, además, da a entender que no te las puede contar y que, si lo hiciese, tampoco las entenderías—, si eso último hubiera sido realmente así, cosa por otra parte muy discutible, no habría lugar para las dudas: sencillamente, sería la historia de un traidor que mató a otro traidor…
—En todo caso, lo sería más adelante, pero desde luego no entonces, dado que en el momento del crimen Ufkir era ministro del Interior.
—… Sin embargo, donde sí que hay lagunas —dijo, volviendo a pasar de largo por lo que se le decía y no le interesaba oír— es en aquel intento de golpe de Estado de 1971. ¿No lo cree así?
Me tomé mi tiempo antes de contestar y él quedó a la expectativa, haciendo ver que mi respuesta a esa cuestión era importante. Soplaba una leve brisa, las gaviotas que hacían círculos sobre nosotros eran bellas de lejos, pero monstruosas al acercarse. La embarcación cabeceaba a derecha e izquierda, lo mismo que si el agua, con su vaivén, la utilizara para negar algo o para lamentarse de una mala decisión. No sabía dónde pensaba ir a parar Al-Husayni, aunque estaba seguro de que tendría sus razones para andar mareando la perdiz: ese hombre no daba puntada sin hilo.
—Estoy de acuerdo —dije—. Es una escena demasiado épica. El asalto, la violencia innecesaria de los cadetes que van a matar al rey y no vacilan en llevarse por delante a cualquiera que se ponga entre ellos y su objetivo…, y que en cambio se detienen justo cuando llegan hasta él. Luego está el mito de las cuidadoras que se oponen a las metralletas y las granadas de mano con su autoridad moral por escudo. Y tenemos también al general arrepentido que trata de parar el golpe que él ha puesto en marcha, al ver correr la sangre. ¿Dónde creía que iba: a una fiesta de disfraces del día de Todos los Santos? Y finalmente, como remate apoteósico, tenemos la epopeya del soldado que, en lugar de apretar el gatillo cuando tiene en sus manos la vida de Hassan II, prefiere ser un súbdito y no un redentor y, en vez de cambiar con una simple bala la historia de Marruecos, baja el arma y se arrodilla ante su soberano… Suena todo muy estudiado, bastante inverosímil. Yo no lo contaría de ese modo en una de mis novelas.
—Y, sin embargo, así fue y quienes estaban allí lo atestiguan, da igual si se trata de un camarero o de un embajador, todos coinciden de forma unánime, y punto por punto, al describir esa secuencia que vieron con sus propios ojos: el rey que se va encañonado y regresa escoltado, los cadetes que pasan en un santiamén de pelotón de fusilamiento a guardia pretoriana…, exactamente tal y como usted lo acaba de contar. Lo paradójico es que nada de eso importa. Podría decirse que, en este caso, la verdad nos engañó, los árboles no nos dejaron ver el bosque.
—¿En qué sentido?
—En el de entender que aquí no se trata de lo que vieron, sino de lo que no vieron. Esa es la clave —sentenció, con un deje triunfal, y después guardó silencio para que sus palabras flotaran en el aire como si fuesen una bocanada de humo.
—Se refiere a lo que ocurrió entre Hassan II y los tres soldados, mientras estaban a solas —me dijo Isabel, cazando al vuelo la idea que quería transmitir Al-Husayni.
—Déjeme que lo adivine: me va a contar que hubo una negociación y que el rey le tuvo que ofrecer algo irrechazable a aquel muchacho, a cambio de que no lo matara. ¿Me equivoco?
—Ha dado en el blanco, ya lo sabe: ese ruido que oye en su cabeza es el de la botella al romperse.
—Tiene sentido. Y suena más aceptable. Los milagros no existen, pero los sobornos sí.
—No presuma de infiel ante un hombre piadoso: existen las dos cosas, mi querido amigo, las dos cosas.
—¿Se sabe cuál fue su recompensa y qué hizo con ella? ¿Vive todavía ese soldado? —dije, fantaseando ya con la posibilidad de entrevistarlo: un personaje así es un caramelo para un novelista. Sentí que Akram al-Husayni me había engatusado y se llevaba el agua a su molino, pero la verdad es que no me importó, más bien al contrario: ahora ya no lo consideraba un metomentodo, sino una gran fuente de información.
—Sé algunas cosas y las compartiré con usted en cuanto firmemos un contrato y un acuerdo de confidencialidad.
—Así que esto es el comienzo de una hermosa amistad basada en la desconfianza mutua —ironicé.
—No, por favor, es una simple formalidad, parecida a asegurar una obra de arte que se le presta a un museo. La información que voy a poner en su conocimiento es muy valiosa.
—¿Nadie ha buscado antes a aquellos cadetes, ni un periodista, ni los compañeros del asalto a Sjirat a los que se sobreentiende que dejaron en la estacada, ni siquiera algún cazarrecompensas? ¿Nadie desveló nunca su identidad?
—No se supo una palabra de ellos entonces ni se ha sabido después —dijo Al-Husayni—. Y que no se sepa nada en el fondo lo explica todo, ¿no le parece?
—Bueno, explica, por pura lógica, que su identidad fue salvaguardada para protegerlos de las posibles represalias —dijo Isabel.
—Seguro que sí —respondí, dándole la razón—. Pero ya han pasado cincuenta años. Es mucho tiempo, incluso para un fantasma.
—¡Exacto! Vuelve a dar en el clavo —casi rugió él, acompañándose con una palmada en la mesa—. Es usted un hacha y estoy firmemente convencido de que vamos a formar un gran equipo.
—Soy un cazador solitario, señor Al-Husayni, un verso suelto. No trabajo en equipo.
—Lo sé, lo sé, no se inquiete, era sólo una manera de hablar. Quiero decir que lo que está buscando y lo que yo le voy a pedir que encuentre son dos perlas del mismo collar.
Valoré hacerme el sorprendido, pero de qué iba a servir. Si algo le sobraba a aquella conversación eran circunloquios. Por otra parte, él era un depredador y había olido mi entusiasmo como un zorro huele a sus presas desde el otro extremo del bosque.
—¿Es que de verdad estamos hablando de negocios? En ese caso, le pediría que fuese al grano, si no tiene inconveniente. Mi futura esposa y yo tendríamos que volver a Ceuta, a no mucho tardar.
El pomposo anuncio matrimonial le dejó frío. No hubo felicitación. Me acordé de que su admirado Hassan II era polígamo, se casó al mismo tiempo con dos mujeres, primas entre sí, y mantuvo durante todo su reinado un harén con más de cuarenta concubinas.
—Lo haré en cuanto me diga que sí.
—¿Quiere que busque a ese soldado? ¿Para qué?
—¿No desea saber primero por cuánto?
—Ya lo sé: tengo mis tarifas.
—Pero no sabe lo que pienso pagarle.
—Aún no le he dicho lo que cobro. ¿Estamos regateando?
—Al contrario, ni mi casa es un bazar ni eso será un problema. Le ofrezco el doble de sus honorarios, ni que decir tiene que por adelantado. Y otro tanto si me consigue lo que deseo.
Al decir eso hizo uno de sus gestos de mando y el mismo asistente que nos había ido a buscar a nuestro hotel apareció como de la nada con unos documentos que puso delante de mí y que llevaban escrito lo que acababa de serme anunciado. Pensé que Akram al-Husayni tenía una gran historia y me iba a dar mucho dinero por regalármela, así que era imposible no preguntarse si allí había gato encerrado. Me acordé de la frase de Quevedo, «nadie ofrece tanto como quien no piensa cumplir», pero me pareció evidente que no era el caso. La siguiente duda caía por su propio peso:
—¿Por qué yo? No me diga que ha tenido un impulso y se le ocurrió hacerme llamar al leer ese artículo sobre mí en el periódico. ¿Por qué me necesita? Por lo que veo, tiene a sus órdenes a un auténtico ejército —dije, señalando a algunas de las personas que faenaban por el barco sin quitarnos ojo.
—La razón es muy sencilla: porque una gran parte de sus indagaciones, ya le explicaré por qué a su debido tiempo, tendrá que hacerlas en su país. Allí usted se mueve como un pez en el agua y nosotros, en cambio, me temo que no seríamos bien recibidos —contestó, amagando un gesto de resignación que no fue muy creíble.
—Me hago cargo: les sonarían las armas en los detectores de metales del aeropuerto —ironicé.
—Y no —continuó, sin dignarse a comentar mi broma—, no necesitaba ver su fotografía en el diario para saber quién es: le sigo desde hace tiempo, conozco sus libros al igual que su reputación y, en consecuencia, sé muy bien con quién me la estoy jugando. Le tengo que confesar, eso sí, que había un par de mis hombres en su presentación de ayer y que el reportero de El Faro de Ceuta que fue a entrevistarlo es un viejo conocido.
¿Era una advertencia? ¿Estaba marcando su territorio y también el mío haciéndome saber que me vigilaba, que tenía ojos en todas partes? Miré a Isabel y me hizo un gesto de asentimiento.
—De acuerdo, señor Al-Husayni. Es posible que busque a ese fantasma para usted, con la condición de que, más adelante, pueda utilizar lo que me venga bien para mi novela, que de todas formas tratará de otra cosa. Ya sabe: la Marcha Verde, el abandono del Sáhara…
—Mientras mi nombre no se mencione, se evite cualquier detalle que pueda relacionar a sus personajes conmigo y mis abogados puedan echarle un vistazo al manuscrito…
—Tiene mi palabra.
—Y, además, tendré su compromiso firmado —recalcó, mirando los papeles que habían puesto ante mí. La última vez que ese individuo había dejado un cabo suelto fue cuando le cortaron el cordón umbilical.
—Y queda claro que no moveré un dedo hasta que acaben mis vacaciones. Como le dije, tenemos un par de cometidos que llevar a cabo en Marruecos, antes de regresar a Madrid.
No puso ninguna objeción. Y, en cuanto le di lo que quería, me contó el principio de la historia que ahora voy a compartir con ustedes.
Al despedirnos ya era de noche y yo sabía que lo que tenía que buscar no era lo que le dio el rey a aquellos cadetes para que no lo matasen, sino lo que uno de los soldados se llevó como garantía de que iba a cumplir su palabra. Tomamos los últimos vasos de té y, al decirnos adiós en la puerta de su mansión, vecina de la de Mohamed VI, a mí me dio la mano y a Isabel le dedicó una inclinación de cabeza formal y algo afectada, que ella le devolvió junto con una sonrisa y un saludo en árabe.
—Por cierto, casi se me olvida —añadió Al-Husayni cuando ya nos habíamos alejado unos pasos y el conductor nos esperaba con las puertas del vehículo abiertas—: a su llegada a Nador los recogerá uno de mis colaboradores en la zona y, si no les parece mal, será su guía. Creo que ha hecho sus averiguaciones y que les va a decir el sitio exacto en donde está enterrado el hermano de su amiga Caridad Santafé. Y creo estar en disposición de anunciarles que conseguiremos que los autoricen a repatriar sus restos a España.
Mientras desandábamos el camino de la ida, recorriendo una vez más las aparentes calles del Rincón del Medik, me pregunté cómo sabía a qué íbamos al puente sobre el río Kert y casi preferí no saberlo. A ver si más que ir a meterme en la boca del lobo era él quien ya había estado dentro de mi casa.