Los dos reyes
Capítulo 9
Capítulo nueve
—Al principio, cuando le oí hablar de Granada y de un tesoro, creí que te iba a mandar a excavar ahí enfrente, en el Patio de los Leones, en busca de las joyas enterradas de Boabdil «el Chico».
—Tú ríete lo que quieras, pero aquí había yacimientos y minas que ya explotaron los romanos, en lo que llaman el Cerro del Sol. No hace tanto venía gente de toda España a buscar pepitas en el río Darro, cuyo nombre, de hecho, significa eso: «de oro».
—Pero no las encontraron, o no lo logró casi nadie. Ni tampoco las supuestas orzas de los nazaríes, llenas de dinares amarillos y dírhams de plata —dijo Isabel, que al parecer también había leído sobre eso.
—Quién sabe, quizá, entonces, es que siguen ahí, bajo las torres del castillo rojo.
—¿Vas a ir a buscarlas?
—No las necesito, ya tengo todo lo que me hace falta en la vida.
Estábamos justo enfrente de la Alhambra, cenando en Casa Juanillo, mi restaurante predilecto de la ciudad, en el corazón del Sacromonte. Las vistas eran espectaculares, los demás clientes miraban la Alcazaba, el Generalife y el resto del conjunto igual que se mira un fuego: hipnotizados; y yo no le quitaba ojo a ella, con su sonrisa retadora e inocente a la vez, su copa de vino blanco destellando en una mano, el anillo de nuestro compromiso en la otra y sus labios pintados de color rosa buganvilla. Estaba hecha de la piel del diablo, habría dicho mi madre, y yo le hubiese respondido que tenía razón.
Era un hermoso martes de principios del mes de diciembre y habíamos llegado cuatro días antes, la noche del viernes, al finalizar nuestras jornadas laborales y aprovechando un largo puente con dos fiestas que caían en lunes y miércoles. En las calles se veían ya las luces y los adornos de Navidad, en los escaparates brillaban tentadoramente los regalos, se oía en los comercios la música típica de esas fechas, edulcorada y evocadora a partes iguales, y una multitud iba y venía por las aceras cargada de bolsas y paquetes de envoltorios satinados, bien abrigada porque el frío de nieve que descendía de Sierra Nevada era helador. Pero nosotros no habíamos ido de compras ni a pasear, sino tras los pasos de Haidar Rachidi y quién sabe si también de Nassim el-Mansouri.
Los parientes del primero eran de etnia bereber y extracción muy baja, igual que las de casi todos los cadetes de Ahermumu, que provenían de las montañas del Rif y el Atlas Medio y eran campesinos que malvivían en provincias dejadas de la mano de Dios como Ifrane, Sefrou o El Hajeb. Su tío paterno había llegado a España en los años sesenta, una época en la que el número de inmigrantes del Magreb era muy escaso, nada que ver con lo que ocurriría a mediados de la siguiente década, y menos aún con las oleadas que se producirían en el futuro. Era el menor de siete hermanos y estaba a punto de cumplir los veintiún años cuando se subió al barco que lo llevaría al otro lado del estrecho de Gibraltar. Además de anticiparse a miles de compatriotas, no lo hizo para enrolarse en el sector de la construcción, que era lo más frecuente, ni quiso buscar su oportunidad en grandes urbes como Madrid o Barcelona, que eran los destinos más habituales, sino que fue a Granada, parece que haciendo gran parte del trayecto a pie desde Algeciras, y se empleó en una tienda de antigüedades del Albaicín, donde empezó como mozo de carga y chico de los recados. Con el tiempo, a base de paciencia, esfuerzo y amabilidad, se convirtió en dependiente y luego en encargado del local. Se había hecho amigo de los propietarios del negocio, un matrimonio que era ya bastante mayor, y que le había tomado cariño por su bondad y trato respetuoso. Aquella mujer y aquel hombre, de edades muy avanzadas y solos, pues su único hijo y descendiente había muerto en las trincheras al final de la Guerra Civil, prácticamente lo adoptaron y, cuando les llegó la edad del retiro y empezaron a manifestarse los problemas de salud, él los cuidó igual que a unos padres y ellos, para su sorpresa, le traspasaron la propiedad del negocio y lo nombraron en su testamento único poseedor de sus bienes. Aquel dinero llovido del cielo lo usó para traerse desde la remota comuna rural de Ait Naamane a su prima Naouar, con la que se casó y fue feliz, pero no tuvo hijos. Ella era quien nos había contado su historia.
Samir Rachidi, que así se llamaba el tío de Haidar, era un personaje popular y muy querido por sus vecinos, que lo veían todo el día en danza, arriba y abajo, caminando de forma infatigable y siempre con una sonrisa en la boca por el Paseo de los Tristes, la cuesta del Chapiz o la placeta del Cristo de las Azucenas, para repartir su mercancía a domicilio. Nunca dejaba de ayudar a cualquiera de sus clientes en lo que pudiesen necesitar y aplicando una línea del Corán que dice «Al-lāh está con los que tienen paciencia», siempre disponía de unos minutos para oír fascinado las leyendas que le contaban sobre el Mirador de San Nicolás, el Arco de las Pesas, la casa Horno del Oro o el Aljibe del Rey y cambiarlas por otras propias de su tierra, en las que aparecían el valle de las Rosas, al pie del monte Mgoun, los bosques de cedros de Taza o las interminables cuencas de los ríos Sebú y Oum Er-Rbia, que encendían la imaginación de sus contertulios con un exotismo de cuento oriental.
Tras la muerte de sus benefactores, Samir renovó su establecimiento para que tuviese un aire de bazar y cambió el género con el que comerciaba, importando de Marruecos faroles de cristal coloreado, lámparas con arabescos ornamentales, juegos de té de alpaca o las tradicionales alfombras y esteras beni ouarain, hechas con lana de oveja de los valles del Atlas. La idea salió bien y le dio para ganarse el pan sin pasar estrecheces, atendiendo cada día y cada tarde a los turistas con la ayuda de su esposa, hasta que se lo llevó una enfermedad fulminante, de un modo prematuro, en 2013, cuando acababa de cumplir los sesenta y nueve. Lo enterraron, de cara a La Meca, en el cementerio musulmán de La Rauda, en la dehesa del Generalife, un camposanto que se había creado en 1936 para la Guardia Mora de la que le gustaba rodearse al caudillo de los sublevados.
Naouar, su viuda, nos confirmó que el cadete Haidar Rachidi había ido a visitar a su tío a Granada poco después de los sucesos del palacio de Sjirat y que se quedó con él apenas unos días. Luego parece que se fue a algún lugar de Francia, aunque quizá no llegase tan lejos, porque Samir le oyó hablar con alguien, desde el teléfono de monedas que había en la tienda, y mencionar más de una vez el Principado de Andorra. Recordaba lo que su esposo le había contado, porque entonces ella aún estaba en Ait Naamane: entre otras cosas, que notó al muchacho asustado, como si supiera que alguien lo seguía y temiese ser encontrado.
—Y también contaba siempre lo del Corán —dijo.
—¿A qué se refiere?
—Nuestro sobrino llevaba uno muy hermoso consigo: papel de seda, lomos dorados, tapas de cuero rojo… No se separaba de él. Debía de ser un regalo de alguien importante.
—¿Lo que quiere decir es que era un joven religioso? —quiso saber Isabel, desconcertada por aquel salto narrativo.
—«Quien cambia la fe por la incredulidad deja lo bello en medio del camino» —citó—. Todos en nuestra familia somos creyentes, señorita Escandón. Pero no, en este caso lo que iba a contarles es que ese libro debía de significar mucho para él; me refiero a ese ejemplar en concreto, porque antes de irse le pidió a su tío que le dejara ocultarlo en la tienda hasta su regreso, disimulado entre otros volúmenes decorativos que los propietarios tenían en algunos de los muebles, para que no se le perdiese o se lo robaran durante un viaje que debía hacer. Lo puso entre los que estaban más altos, en un rincón inaccesible excepto si usabas una escalera.
Cruzamos una mirada de entendimiento: los dos habíamos pensado lo mismo.
—¿Y qué fue de él? —le pregunté, tratando de no parecer demasiado ansioso—. No me diga que se lo llevó algún cliente…
—Vino a buscarlo él mismo, años más tarde. Mi Samir y yo éramos ya marido y mujer. Haidar estaba muy cambiado, no se parecía en nada al niño que yo recordaba de Marruecos ni tampoco, por lo visto, al adolescente que había venido de visita la primera vez. Vestía al modo occidental y llevaba ropa de calidad, zapatos caros y un buen reloj. Nos dejó caer que había estado en Francia y en Alemania. También nos trajo muchos regalos: flores, pasteles, una cesta con nueces, higos y dátiles…
—Y recuperó el Corán…
—Así es.
—Discúlpeme, ¿ustedes nunca tuvieron la tentación de mirar el libro? ¿Jamás le echaron un vistazo?
—¿Por qué íbamos a hacer eso? Tenemos el nuestro y todos los ejemplares dicen lo mismo, la palabra de Dios es sólo una.
—Es decir, que estuvo aquí unos años y luego Haidar lo recuperó. ¿Les había dejado alguna otra cosa a su cuidado?
—Pues no.
—Y tal y como había dejado el libro —insistió Isabel— se lo llevó.
—Nos pidió la escalera y subió a por él. Lo vimos sacarlo de entre aquellos cachivaches, usar un pañuelo para quitarle el polvo y hojearlo, supongo que debía de estar buscando una sūrah especial y un āyah que necesitase leer. Después bajó, con una gran sonrisa y alabando a Dios, y luego se fue.
—Y ustedes no le pidieron ninguna explicación —afirmó Isabel, con un cierto tono de reproche.
La mujer nos observó perpleja, con una expresión de desconcierto que parecía sincera.
—¿Por qué íbamos a hacer eso? A los musulmanes se nos enseña a hacer el bien sin pedir nada a cambio. «Si eres agradecido, te daré aún más», dice Al-lāh.
—Ha sido usted muy amable con nosotros, señora Naouar. Si me lo permite, me gustaría plantearle una última cuestión, antes de retirarnos y dejarla tranquila, no queremos molestarla más.
—No lo hacen. Al contrario, su visita me ha permitido honrar la memoria del hombre maravilloso con el que tuve la suerte de compartir mis días y mi corazón —dijo, llevándose ceremoniosamente las manos al pecho, cruzadas igual que si fuera a crear el efecto óptico de un pájaro en un teatro de sombras.
—Lo que queríamos preguntarle es si volvieron a tener algún contacto personal o de otro tipo con él; no sé, si hubo conversaciones telefónicas o se intercambiaron cartas.
—Jamás. Y a Samir le dolió un poco, si tengo que ser sincera. Eso sí, cuando su tío murió, Haidar me hizo llegar un gran ramo de tulipanes rojos.
—¿Vino alguna otra persona a preguntar por él, como estamos haciendo ahora nosotros?
—Sí, muy pocos días después de que se marchara.
—¿Sabe quiénes eran?
—Ni remotamente. Bueno, sólo que se trataba de unos compatriotas nuestros. Creo recordar que Samir me contó que se presentaron como unos compañeros de Haidar en la academia de Ahermumu. Les dijo que no lo había vuelto a ver, que no nos había dejado señas ni teléfono, y que no mantenía contacto de ningún tipo con él. Pero luego, esa tarde y al día siguiente, le pareció verlos merodear por los alrededores de la tienda y por el barrio, como si no se fiaran.
Nos despedimos con la promesa de visitarla de nuevo cuando pasase por Granada para presentar la novela ambientada en Marruecos y España en la que le conté que estaba enfrascado, aunque sin entrar en muchos detalles ni mencionar el desierto, al Frente Polisario o la Marcha Verde, que siempre podían ser temas conflictivos. No me hubiera perdonado incomodarla, porque había sido muy hospitalaria con nosotros y nos habían desarmado la gentileza y serenidad con la que expresaba su dolor por los tiempos felices que no iban a volver. La existencia te obliga a beber «entre el néctar de amor mortal veneno», como dice Góngora, y saber pasar ese mal trago con tristeza y sin amargura es una virtud propia de los seres que tienen una gran presencia de espíritu. Pero es que, aparte de gustarnos, también nos había sido de gran ayuda y nos había proporcionado información muy valiosa.
—Así que, número uno —dije, tres días más tarde, en nuestra mesa de Casa Juanillo, la noche en que estábamos haciendo inventario de nuestros descubrimientos—: al llegar aquí a Granada, Haidar Rachidi estaba igual de asustado que Fahim Jamal cuando llegó a Zeluán, y los dos dieron claras muestras de estar huyendo de algo y de sentirse en peligro.
—Número dos —siguió Isabel, tomando el testigo—: si fue a Andorra, no podía ser más que a cobrar el dinero que Hassan II les dio a él y a sus compañeros de Ahermumu a cambio de su vida. Tu Comendador de los Creyentes era un lince y lo tenía guardado a buen recaudo en aquel paraíso fiscal donde había libertad de circulación de divisas; no existía una moneda autóctona, lo cual hacía imposibles las regulaciones del Sistema Monetario Internacional; no se pagaban impuestos y se implantó el secreto bancario. El edén de los evasores de capitales.
—Y la conclusión número tres te la cedo a ti: ¿qué habría traspapelado a propósito nuestro segundo cadete en aquel Corán que ocultó en la tienda donde trabajaba su tío?
—¡La abdicación del rey!
Esa noche, mientras dormíamos abrazados en nuestra habitación del hotel, tan desnudos como sólo pueden estarlo unos cuerpos iluminados por la luz de la luna, a los dos se nos apareció el dulce vendedor de lámparas y alfombras Samir Rachidi. En mi caso, lo veía en el lugar donde nuestra anfitriona nos había mandado a buscar una parada de taxis, sentado al borde de la fuente del Aljibe Bāb al-Bunud, mirando al cielo con una gran sonrisa blanca en los labios, exactamente igual que la de la foto suya que habíamos visto en su casa; en el de Isabel, lo encontró en un sitio en el que había restos de una torre árabe que podía ser la antigua Puerta de los Estandartes, donde el suelo era de piedra y crecían unos árboles frutales que le parecieron naranjos, así que tal vez a los dos se nos había manifestado en el mismo rincón: la placeta del Abad. Ella también vio a su esposa, que caminaba hacia él por las mismas calles que habíamos recorrido en nuestro paseo por el Albaicín, vestida con un soussia, el traje de novia de las bereberes. Los dos tenían en la mano un tulipán rojo, y el caso es que, al contárnoslos por la mañana, descubrimos que lo llevaban tanto en su versión como en la mía.
Si alguien más hubiese estado en aquel cuarto, habría oído que hubo un momento en que Isabel me susurró en sueños: «Te quiero, Samir». Y que yo, también dormido, contesté: «Te quiero, Naouar».