Los dos reyes
Capítulo 13
Capítulo trece
Un imperio se puede construir con una caja de cerillas. Lo comprobé mientras Isabel volaba hacia París y yo leía, sentado a mi mesa de siempre en el bar-restaurante Montevideo, el informe sobre Narciso Santos Freal que ella me había preparado, en el que detallaba su biografía y trazaba el recorrido que los había llevado, a él y a su actual heredero, desde las montañas de León y las playas de Asturias hasta las arenas del Sáhara. En él se describía la semblanza de un triunfador, un hombre con un sentido de la oportunidad portentoso, si me permiten el trabalenguas, y con una intuición fuera de lo común, que pasó de avispado comerciante a patriarca de un imperio y que había establecido, gracias a su astucia, su voluntad y su mano izquierda, las bases de un conglomerado empresarial que aún hoy en día constituía una de las firmas más pujantes de la aristocracia económica del país.
Las peripecias de Santos Freal estuvieron unidas, desde sus inicios, a las de las familias Llodra y Fierro, especialmente a esta última. Con los primeros ya sabemos que establecería alianzas esporádicas, ya en los tiempos del Protectorado, para abrir diferentes cines y salas de fiesta en el norte de Marruecos, y se puede añadir que en algún momento invirtió en la línea de autobuses La Valenciana, aprovechando que esta pasaba por un bache y requería una ampliación de capital. Ya hemos visto también que esos negocios empezaron a tambalearse tras la independencia, con las presiones que ejercieron las nuevas autoridades sobre los bienes de los extranjeros en su tierra, que lógicamente querían tener bajo su control. Y sabemos, además, que en muchos casos las motivaciones eran más patrimoniales que patrióticas, por mucho que se presentaran envueltas en una bandera.
Pero el gran socio de don Narciso en mil y una aventuras fue Ildefonso Fierro, un estudiante de Comercio lleno de inquietudes que ejerció con él de cómplice y de modelo, señalándole un camino triunfal hacia el éxito y la fortuna jalonado con intereses en la banca, la industria minera y química, las sociedades inmobiliarias y de seguros, las constructoras, las flotas navieras y un largo etcétera de proyectos e inversiones. «Para llevarse el gato de los negocios al agua hay que ser trabajador y observador, saber lo que haces y saber quién manda», sostenía, y trataba de cumplir ese principio a rajatabla. Su máxima se demostró acertada, si recordamos que a su entierro, en 1961, asistieron siete ministros. Era originario de la comarca de los Argüellos, un paraíso de la naturaleza situado en el norte de León, y se dedicaba principalmente a la compraventa de carbón y madera cuando, en busca de nuevos horizontes, se marchó al Principado de Asturias para establecerse en la localidad de San Esteban de Pravia, en el concejo de Muros del Nalón. Allí había nacido y residía Santos Freal, y allí se hicieron amigos. Su primera colaboración fue comprar algunas pequeñas minas en Mieres, Tineo y Villablino para aprovechar la oportunidad que les daba la Gran Guerra, que por entonces asolaba Europa, y venderles su oro negro a las potencias en conflicto. El resultado propició que ambos estuvieran en disposición de adquirir una fortaleza: el castillo de San Martín, en Soto del Barco, y también una casa en el centro de Oviedo, donde habían montado su centro de operaciones y donde se harían inseparables de su vecino, Ignacio Herrero Buj, otro notable emprendedor con contactos en la capital, que les abriría las puertas de Madrid y del mundo financiero. Fierro supo aprovechar todo aquello y acabó siendo el impulsor y máximo responsable de una entidad muy influyente: el Banco Ibérico. El palacete que adquirió como residencia madrileña, en la plaza del Marqués de Salamanca, y que aún habitan sus descendientes, es un síntoma indudable de su prosperidad.
Con su buen ojo para aprovechar las ventajas que ofrecían las diferentes coyunturas del mercado, Fierro y Santos Freal pronto darían en la diana otra vez al lanzar una firma llamada Ibérica de Contratación y Publicidad, que elaboraba, en régimen de monopolio para toda España, los millones de cajas de cerillas que circulaban por los cuatro puntos cardinales del país y que les daban una doble ganancia, porque aquellos diminutos estuches guardaban en su interior los fósforos y por fuera llevaban unos anuncios que eran muy populares y que les llenaron a ambos los bolsillos. Con un tanto por ciento de sus rentas adquirieron, también ellos dos solos, la Compañía Arrendataria de Fósforos, y sus ingresos se centuplicaron afianzando su posición: todo lo que vendría después surgió de ahí.
Siguiendo una táctica que repetiría a lo largo de su carrera, en cuanto se adueñaba de un producto, Fierro porfiaba hasta quedarse también con el medio necesario para distribuirlo, en ese caso la Compañía Industrial Expendedora, una razón social que Isabel me había dejado subrayada en rojo porque el hecho de apropiársela fue lo que facilitó el desembarcó del dúo en el norte de África, para poner allí en pie la Fosforera Marroquí de Tetuán y la Manufacture d’Allumettes Franco-Marocaine en Casablanca. Así que ya teníamos al otro lado del estrecho de Gibraltar a Narciso Santos Freal, aunque aún fuese a la sombra del monumental Ildefonso Fierro. En esa época fue cuando ambos se acostumbraron a ir de caza por las cordilleras del Rif y a pasar sus vacaciones en el parador de Ketama.
Cada uno en su sitio y con su justa proporción, pero siempre en comandita, afrontaron juntos la mayoría de los lances profesionales, y con una parte de los beneficios que lograban probaron suerte, aquí y allá, con las infraestructuras, el transporte marítimo y ferroviario, la producción textil, el urbanismo, la maquinaria agrícola, la edición —en el sello Taurus—, los electrodomésticos, las pólizas de seguro e incendios, la generación de energía hidroeléctrica y hasta la fabricación de piezas y repuestos para aviones civiles y de combate, con la factoría Industrias Subsidiarias de Aviación. Algunas de esas tentativas cuajaron y otras no, pero, cuando la cosa no funcionaba, vendían sus participaciones de inmediato, sin sufrir grandes pérdidas. Si las tenían, en cualquier caso, se las podían permitir más que de sobra, porque otras veces las ganancias eran colosales; por ejemplo, cuando, ya en el ecuador de la Segunda Guerra Mundial, entraron a la vez en dos compañías mineras de Galicia, una dedicada a explotar yacimientos de wolframio y otra de tungsteno, y se embolsaron un dineral suministrando el primero a los alemanes y el segundo a los norteamericanos.
Isabel también me llamaba la atención, con sus rotuladores fluorescentes, sobre otras dos empresas participadas por Fierro y en las que Santos Freal estuvo presente, aunque fuera en un segundo plano: la Compañía Anglo-Española de Cemento Portland y la Compañía Ibérica de Construcciones Urbanas, que tenía por objeto la edificación de viviendas para obreros en los suburbios de Madrid, por cuenta del Ayuntamiento. Para rematar la jugada, uno y otro se contaron entre los fundadores de Campsa y ocuparon una silla en su consejo de administración, como miembros de su comité directivo. Su estrategia era tan invariable como evidente, consistía en hacerse con materias primas esenciales y, si la ocasión de hacerlo se ponía a tiro, aprovechar los vaivenes geopolíticos que incrementasen su valor: «Y lo que valía para el carbón en 1911 o el wolframio y el tungsteno en 1940, ¿por qué no iba a valer ahora para el gas y la arena del Sáhara?», había escrito mi novia al margen, con su hermosa letra de palos rectos y vocales ovaladas.
Pero a Fierro y Santos Freal aún les quedaba otro pilar en el que asentar un futuro estable, y esa pieza la encontraron en las islas Canarias: el tabaco. En ese punto, además, sus caminos se separarían, aunque su relación personal siguió siendo la misma. Muy a su estilo, tras lograr de forma sucesiva la concesión de la Compañía Arrendataria de Tabacos y la subsiguiente Compañía Industrial Expendedora, Fierro se convirtió en uno de los líderes del sector y acabaría de consejero en Tabacalera, que se gestionaba de forma mixta por instancias estatales, concesionarias y privadas. A su socio «no le ofrecieron uvas de ese racimo», como declararía muchos años más tarde su nieto Gustavo en una entrevista, y para resarcirse abrió su propia manufactura de cigarrillos en Las Palmas de Gran Canaria, muy poco después una segunda en Santa Cruz de Tenerife, y en esta última fue donde pondría en funcionamiento Edificaciones y Cementos Maresa. Había llegado por fin al nombre que hoy en día sigue ocupando titulares en las páginas color salmón de los periódicos e imponiendo respeto cuando suena en la Bolsa. Con esto ya teníamos asentado también a Santos Freal en las dos orillas de nuestra historia: en el norte de África y en los puertos españoles desde los que, con el paso de los años, operaría su flota de barcos mercantes, a menudo llenos de arena del desierto.
Dediqué el resto de la jornada a reconstruir la imagen de Narciso Santos Freal a partir de las notas que me había dejado Isabel. Había sido un hombre infatigable y su obra titánica constituyó el germen de la potentísima organización que hoy preside su nieto Gustavo, algunas de cuyas filiales, entre ellas las que operan con fosfatos y dunas en El Aaiún y Esmara, mantienen tratos con nuestro Akram al-Husayni y con el actual rey de Marruecos; y algunas de cuyas trapisondas, por cierto, han sido el detonante de esta novela: si Al-Husayni no hubiera disgustado a Mohamed VI con sus cambalaches, ahora no tendría que intentar congraciarse con él poniendo en sus manos lo único que desea y aún no tiene: la abdicación de su padre, Hassan II. Me pregunté de nuevo quién habría levantado la liebre en la Corte y le había soplado al rey que le engañaban.
—Pero es que, además, estamos hablando de muchos ceros a la derecha —me dijo Isabel, al teléfono, cuando hablamos esa noche. Su voz sonaba a la par cansada y liberada después de un largo día de reuniones y charlas en cuatro idiomas.
—Ya supongo, ya… —dije, sin suponer nada que no fuese a ella en su habitación de hotel de París, dando paseos junto a una ventana a la que atribuí caprichosamente vistas la torre Eiffel. Luego repetí la secuencia, sólo que esta vez imaginando que daba vueltas por el cuarto sin ropa, y eso me causó un revuelo interior parecido al torbellino de faldas y gabardinas que deja un tren al pasar por una estación sin detenerse.
—¿Sabes que para producir una tonelada de cemento se necesitan diez de arena? ¿Y que del Sáhara se extraen más de quinientas mil al año?
—Todas ellas ilegales.
—Es una hecatombe, la Tierra se está quedando sin ella, literalmente. Ya te dije que es el bien natural más escaso del planeta, tras el agua. Un colega de Londres me ha contado que con la que se usa a nivel global cada año se podría cubrir la superficie completa del Reino Unido. Por cierto, que España comenzó a llevársela del desierto en 1971, cuando el territorio aún estaba en su poder. Construyeron con ella la playa artificial de Las Teresitas, en Tenerife. La auténtica era negra, una aglomeración de minerales volcánicos.
La veía consultando sus notas, pasándose el pelo tras la oreja con un dedo, y me moría de amor. Pero la historia en la que trabajábamos se había convertido en una obsesión, se filtraba en todo lo que hacíamos como la luz por las lamas de una persiana, así que también oí al profesor Alarcón, diciéndome: «¡Pero, claro, si te vas a las playas de Larache y están llenas de niños que la roban por cubos para vendérsela a las cooperativas! Así que de lunes a miércoles trabajan las máquinas que autoriza el Gobierno y el resto de la semana aparecen los furtivos. A los chavales que en lugar de ir a la escuela se dedican a eso les pagan cinco dólares al día por transportar el material hasta donde les esperan los traficantes, que se la llevan en burros. Ese es el paisaje: o una caravana de excavadoras o una recua de asnos». Y, sin duda, esa estampa era también la demostración de que, cuando el mal está en el aire, todo el que respira se envenena.
—Vaya, así que 1971, justo a la vez que el asalto a Sjirat —le respondí a Isabel, por decir algo—. Si es que está todo inventado.
—Pero siempre se puede empeorar: durante las cuatro o cinco décadas del boom inmobiliario atracaban en Tenerife y Málaga dos cargueros de Maresa por semana. La crisis rebajó el impacto, pero, ahora que ha llegado la recuperación económica y vuelve a salir cara en las monedas, el tráfico se ha reanudado.
—Demasiado dinero en juego como para que los pobres saharauis puedan soñar con que les devuelvan su país.
—Sí, pero yo diría que son dos cosas distintas: por un lado, el expolio de la arena, que tiene que acabar, y por otro la ocupación, que también. O sea, que no se trata de que le devuelvan al Frente Polisario lo que es suyo para que se siga haciendo lo mismo, con la única diferencia de que lo hagan ellos en lugar de los otros.
—Cómo no vas a ser lo que más quiera en el mundo —le dije, porque me admira y me enamora ese rasgo de ecologista que tiene Isabel: delata su amor por la naturaleza, por la justicia…, y la define a ella.
—Ya lo sé, mi amor, y yo a ti, pero ¿te he contado que dieciséis de las treinta y cinco empresas del IBEX 35 tienen negocios en Marruecos y casi todas ellas en el Sáhara?
Nos reímos. Me encanta la pasión que pone en todo lo que hace: no sabe tirarse de pie a ninguna piscina, sólo de cabeza. Y esa es una cualidad maravillosa, sobre todo cuando la piscina eres tú.
—Me lo habías dicho, pero está bien recordarlo, para que no olvidemos el terreno que pisamos.
—Si es por eso, no te preocupes: te puedo asegurar que no van a permitir que lo hagamos —dejó caer, poniéndose, de repente, seria.
—¿Qué quieres decir? ¿Hay alguna cosa que te preocupe?
—No, nada. En fin, que es lo que hablábamos —cambió rápidamente de tema—: que las hidroeléctricas montan allí parques eólicos, en Tiskrad y Bojador; las petroleras extraen gas y buscan petróleo; las industrias del ramo de la pesca tiran sus redes en las aguas prohibidas de El Aaiún y Dajla, y después mienten diciendo que ha sido en Agadir, y para terminar venden sus mercancías a uno de los hipermercados más grandes de España. Y otros, aún peores, le venden a Marruecos buques de guerra, haciéndolos pasar por embarcaciones recreativas, vehículos blindados y material represivo, aunque lo prohíban nuestra legislación y la del continente.
—Sí —contesté, al fin—, el dinero lo puede todo y lo pudre todo. Por desgracia. Europa entera sabe lo que ocurre y mira para otra parte; y no sólo ella: una gran cantidad de la arena esquilmada va a Estados Unidos, a Singapur, a Cabo Verde… He leído que después de lo que se ha construido en los últimos cuarenta años el mundo tiene casi veinte mil kilómetros más de terreno ganado al mar.
—Y, mientras por el desierto corren ríos de euros y de dólares, las y los legítimos propietarios de ese lugar viven refugiados en los campamentos de Argelia y perseguidos en cuanto salen de ellos. Y el mundo los ignora, no quiere saber nada de ellos, están ahí pero no son nadie, aparte de ciudadanos invisibles de una nación fantasma.
—Y tanto. ¿Sabes que hasta tienen una moneda que se les parece en que es real e irreal al mismo tiempo? Fabrican pesetas saharauis desde 1990, se las acuñan de forma testimonial en Madrid, en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, y les dan una cotización paritaria con el euro, aunque a nivel práctico son papel mojado, no tienen uso posible, ni se las aceptan en ningún lugar. Una gran metáfora.
«Si es que Hassan II, nos guste o no nos guste, fue un genio que además tuvo suerte: disparó al aire y mató dos pájaros de un tiro», le oí repetir, en mi cabeza, al profesor Alarcón. «Estaba desacreditado, se sentaba en un trono tambaleante, le perseguía su fama de codicioso, débil y hortera. Y, de pronto, usa los atentados contra él para imponerse un aura de mártir; se libra de un ejército que lo amenazaba y lleva a cabo una limpia de campeonato: cinco generales abatidos en Sjirat y otros cinco fusilados en Rabat atados a un palo; se le pasa el turno de ser derrocado, porque iba el siguiente en la lista tras Faruq de Egipto e Idris I en Libia, cuando los Estados Unidos y media Europa, tras verle las orejas al lobo comunista en Argelia y en Mauritania, deciden apoyarlo sin reservas… Y la guinda es que se viste de libertador, lanza la Marcha Verde, convierte las lanzas en cañas… y gracias al Sáhara multiplica, ni se sabe por cuánto, su fortuna. Un maestro de la estrategia».
—Bueno, mi amor —dijo Isabel—, voy a acostarme, que mañana tengo que madrugar para ir a mi cita con Malika y Soukaïna Ufkir. A ver qué pasa. Espero verte por la noche.
—¿Lo esperas? ¿Hay algún problema con el vuelo? ¿No tenías ya sacado el billete?
—Sí, sí, por supuesto. Todo está bien. Ahora tengo que dejarte. Buenas noches.
Y colgó. Había algo raro y sombrío en esas últimas frases y en la brusquedad de la despedida. Y yo no podía saber la razón. Ella sí, dado que era quien acababa de ver pasar un sobre bajo la puerta, el típico en el que la última noche te mandan desde recepción una copia de la factura, y había encontrado esta nota dentro: «Ten cuidado, quien habla con traidoras oye calumnias; quien las cree nos ofende. Las gumías siguen afiladas». No hizo lo que debía, correr hacia la puerta y echar el cerrojo, sino abrirla. Ni que decir tiene que no había ni un alma en el pasillo.