Los dos reyes
Capítulo 20
Capítulo veinte
Todos estaban felices. A Santos Freal le había encantado la idea de encontrarse con «dos personajes de mi próxima novela», como se los había descrito, sin entrar en detalles, y también le interesaba estrechar lazos con el presidente y máximo accionista de Wüstendünger Phosphate; al fin y al cabo, la idea había sido suya. Al antiguo Haidar Rachidi y actual Ludwig Bauer lo sedujo la posibilidad de venderle a la compañía Maresa la arena que no necesitaba para nada y que, de hecho, le suponía un problema. Akram al-Husayni se mostró eufórico ante la posibilidad de que «aquel coleccionista de arte y empresario alemán», que fue como se lo pinté, tuviera en su poder la abdicación de Hassan II, con la que esperaba ganarse para siempre a su señor, y especulaba con que pudiera abrirse a venderla a cambio de incrementar sus ganancias en el Sáhara. No le revelé su verdadera identidad, no quería que tratase de añadir su cabeza como trofeo, llevársela a Mohamed VI como se decía que el general Ufkir le había llevado a su padre la de Ben Barka y proclamar solemnemente: «Majestad, aquí tiene el papel que impedirá que la memoria de su padre sea mancillada, y traigo también, para más seguridad, la prueba de que el hombre que lo tenía nunca podrá chantajearos con él».
La entrevista con Bauer, celebrada en su hotel dos días antes de aquella velada, empezó bien y se fue tensando según mis preguntas derivaban de quien era hacia quien fue. No sé cómo sería el joven Haidar Rachidi, pero Ludwig Bauer era un hombre corpulento, algo entrado en kilos, de manos grandes adornadas con un anillo de oro en cada dedo anular y rostro equino, tocado con un bigote anacrónico. Sus labios eran prominentes y estaban teñidos por una sombra violeta. En conjunto, emanaba una especie de refinamiento orondo y su forma de moverse, sostener el vaso del que bebía una infusión de té con menta o alisarse la corbata de seda roja denotaba una naturaleza hedonista. Me lo representé como una persona jovial endurecida por el tiempo, debido a la manera en que se atrincheraba en una amabilidad disuasoria, tras una cortesía de protocolo. Sus ojos no eran inquisitivos como los de Al-Husayni o burlones como los de Santos Freal, sino huidizos, y, en las raras ocasiones en que te miraba de lleno parecían desconfiados, temerosos. A pesar de todo, se transparentaba en él un fondo afable, expresado en la campechanía, a veces algo obsequiosa, con la que trataba al personal del establecimiento. Y conmigo fue igual de considerado, al menos hasta que puse algunas de mis cartas sobre la mesa y le llevé a un terreno que, sin duda, le resultaba comprometedor. Pero, de inicio, las cosas fueron rodadas, tras identificarme como otro de los invitados del presidente de Maresa a la misma reunión a la que él ya había confirmado su asistencia.
—Muchas gracias por recibirme, herr Bauer —dije en inglés, que era el idioma en el que nos habíamos saludado, aunque rápidamente me informó de que también podíamos entendernos en español, una lengua que hablaba con toda soltura y con un aromático deje entre francés y árabe.
—Un placer —respondió—. El señor Santos Freal me lo recomendó encarecidamente como novelista. ¿Son ustedes muy amigos? Me gustó su llamada, creo que podemos llegar a algunos acuerdos.
—Bueno, eso no sería en absoluto raro: operan en la misma zona del Sáhara.
—Un lugar extraordinario y la capital mundial del fosfato, si me permite definirla así —soltó, tras echarle un vistazo meditabundo al techo, para hacer pasar por una ocurrencia súbita lo que debía de haber repetido cientos de veces a lo largo de su vida. Nada raro, todos usamos esos latiguillos.
—Mientras preparaba este encuentro y el que tendré con el señor Akram al-Husayni, que es el socio marroquí de Gustavo —dije, mencionando al primero para escrutar su reacción, que fue inexistente, y usando el nombre de pila del segundo para exagerar mi relación con él y ganarme su confianza— he aprendido que estaba equivocado con respecto al desierto: ahora sé que es una gran fuente de riquezas.
—Sí, ya lo creo que sí —asintió, riendo—, es mucho más que sol, camellos y beduinos.
—Por ejemplo, arena y fosfatos: las dos especialidades de ustedes tres. Y unos bienes más escasos de lo que se podría creer.
—Relativamente escasos —me corrigió—, pero, sobre todo, imprescindibles. Usted ya sabrá que el mineral con el que trabajamos en Wüstendünger Phosphate está presente en cada una de las células del cuerpo humano y que sin él nos extinguiríamos. ¿Sabe qué es lo que más me enorgullece de mi trabajo? Que me dedico a elaborar los fertilizantes que hacen falta para que crezcan alimentos sin los que el mundo se pararía.
—Tengo entendido que usted es originario de Marruecos, el mayor productor mundial de fosfatos, por delante de China, Argelia, Estados Unidos y Siria.
—Las minas que explota mi compañía se encuentran en Marruecos, señor Urbano, pero yo soy alemán —me corrigió, haciendo ver de forma ostensible su contrariedad ante mi pregunta y que la interpretaba como un desaire. Su ofensa fue muy significativa: somos aquello sobre lo que mentimos. Y él ocultaba, al menos, que tenía los dos pasaportes.
—Sin embargo, esas minas son de propiedad estatal, ¿no es cierto? Están bajo el control de la Oficina Jerifiana de Fosfatos —corregí el rumbo, regresando a su zona de confort, para enfriar su molestia. No era una rendición, sólo un repliegue.
—Tienen su método —dijo, susceptible—. Nacionalizaron la explotación de los principales recursos del país, tras la independencia; pero Rabat se abre tradicionalmente a la inversión externa.
—Por lo que he visto —continué, en mi papel de periodista, consultando mis notas—, hay cuatro minas principales: la de Jurigba, que es la más grande del mundo a cielo abierto, y las de Yusufía, Ben Guerir y Bucraa. Y su firma explota la última.
—Así es.
—En el Sáhara Occidental.
—Correcto —respondió, una vez más receloso ante lo que podría ser un asunto problemático.
—¿Sabe que fueron geólogos españoles quienes descubrieron ese yacimiento, en 1947, en la meseta de Izic?
—Algo me han contado.
—El Instituto Nacional de Industria constituyó la Empresa Nacional Minera del Sáhara e hizo una cinta transportadora de más de cien kilómetros que llevaba el material hasta la costa. Esa instalación fue saboteada por el Frente Polisario —dejé caer, una vez más con la intención de hacerle descubrir su posición sobre el tema.
—Ha sido una zona conflictiva, sí. Ahora, al menos hasta donde yo sé, las aguas están en calma. Pero vamos a hacer una cosa, señor Urbano —dijo de pronto, decidido a cortar por lo sano con mis perífrasis e interludios—: déjese de menudencias y explíqueme qué es lo que quiere en realidad de mí. ¿Hablar del pueblo saharaui y sus recursos supuestamente expoliados? ¿Esa es su manzana de la discordia?
Había llegado la hora de coger al toro por los cuernos, como hubiese dicho mi madre. Crucé los dedos.
—Digamos que son dos manzanas —respondí—. Por un lado, intento estudiar y comprender lo ocurrido en esa zona desde que España la dejó en manos de Marruecos, para una novela que habla de la Marcha Verde, de los acontecimientos que la propiciaron y de lo que pasó después de que Hassan II ocupase lo que el majzén llama las provincias del sur.
—Continúe —dijo, a la par que emitía un suspiro melodramático, como si escucharme fuera una penitencia que se obligase a sobrellevar con resignación. Sin embargo, a pesar de esa puesta en escena, noté que se envaraba al oír el nombre del monarca.
—Pero, claro —seguí, ya dispuesto a jugarme el todo por el todo—, para que él pudiera hacer lo que hizo en 1975, tenía que cumplir una condición: estar vivo… Quién sabe qué habría pasado si hubiese muerto en 1971…
Sus ojos llamearon. Bebió lo que quedaba se su té con menta, tal vez para sofocar el fuego. Se veía que estaba manteniendo una lucha interior por controlar sus emociones.
—¿Qué sabe o cree saber de mí, señor Urbano? Explíquemelo de forma concisa o esta conversación habrá terminado.
—Lo sé todo, señor Ludwig Bauer, antes conocido como Haidar Rachidi…
—¿Y qué pretende? ¿Extorsionarme? Si es así, ha errado el tiro: su información carece de valor hoy en día. Tal vez hace cincuenta años habría podido sacar tajada, pero ya no.
—Le garantizo que no tiene absolutamente nada que temer de mí. Soy escritor y hago libros, no chantajes.
Me observó como si leyese las contraindicaciones de un medicamento, valorando los pros y los contras de fiarse o no de mí. Decidió correr el riesgo: no puedes hacer un traje si no cortas la tela.
—En ese caso, hable con franqueza y yo también lo haré. Para empezar, le repito la pregunta: ¿qué es, exactamente, lo que sabe de mí?
—Usted era cadete en la escuela militar de Ahermumu y fue enviado, junto con otros mil cuatrocientos compañeros, a tomar el palacio de Sjirat. También fue uno de los tres soldados a quienes se ordenó ejecutar a Hassan II. La leyenda cuenta que él les hizo ver la magnitud del crimen que iban a cometer, les recordó que además de su rey era el Comendador de los Creyentes y usted y sus compañeros le perdonaron la vida. Pero las cosas no fueron así; en realidad, él compró su perdón, les ofreció mucho dinero a cambio de que no dispararan y cuando, en gran parte gracias a ustedes, se truncó el golpe de Estado en el que se tramaba exterminar a su familia, fue fiel a su palabra, ayudó a dos de ustedes a salir del país, para librarlos de las represalias que hubieran podido sufrir y dio instrucciones para que les entregaran la recompensa. Usted fue a cobrar su parte a un banco de Andorra, después de venir a España y estar unos días en Granada, en casa de sus tíos Samir y Naouar, e imagino que con esa pequeña o gran fortuna, reconozco que no tengo ni idea de la cantidad que le fue entregada, puso en marcha sus negocios y se convirtió en el triunfador que es hoy en día. Mucho trabajo y buenas decisiones, supongo.
—No me adule, no es necesario. ¿Algo más?
—En Alemania pidió asilo político y adoptó legalmente su identidad actual. Sin embargo, antes no fue sincero conmigo, porque mantiene la doble nacionalidad. No puedo saber por qué, pero no ha renunciado a su pasaporte marroquí.
—Llámelo romanticismo. Prosiga.
—Doy por hecho que sus buenas relaciones con la Corte de Rabat, muy comprensibles dadas las circunstancias, le facilitaron, al menos en parte, sus inversiones en el Sáhara Occidental.
—No le digo ni que sí ni que no. ¿Puedo preguntarle qué caminos siguió para llegar a esas conclusiones y con qué ayuda ha contado?
—Usted puede preguntarlo, pero sabe de sobra que yo no puedo responder.
—Ya… No puede revelar sus fuentes…
—Es el abecé de cualquier investigación.
—Muy bien. Así que ha seguido mi pista y ha reconstruido mi prehistoria. ¿La de los otros dos también?
—Fahim Jamal y Nassim el-Mansouri. El primero quiso ponerse bajo la protección del general Mohamed Ufkir y parece que este lo mató, o eso jura y perjura su madre, la señora Raissa, aunque hay algo extraño en esa historia. Su cuerpo fue hallado en una calle de Rabat y está enterrado en Zeluán. El segundo estuvo aquí en España, no sé si con usted, persiguiéndolo a usted o cada uno por su lado. Parece que regresó a Marruecos y hay indicios fiables de que llegó a estar al mando de la prisión secreta de Tazmamart.
—El pobre Fahim Jamal… No le cargue su muerte a Ufkir, no le hace falta para ser un bandido, ya tiene demasiadas en su expediente. A nuestro compañero lo mató Nassim el-Mansouri, tal y como quería hacer conmigo.
—¿Por qué?
Volvió a mirar a las alturas, como quien busca inspiración.
—Avaricia y servilismo a partes iguales. Quería convertirse en el único que conociera el secreto de Hassan II, de manera que su plan era eliminarnos y ofrecerse como su perro guardián. Sé que estuvo alojado una temporada en unas dependencias para el servicio de Dar al-Majzén. Y, cuando llegó la hora de buscar a alguien que llevara Tazmamart, se lo ofrecieron y aceptó: para él sería el primer peldaño de la escalera que lo conduciría a la alta sociedad.
—Un tipo con aspiraciones —dije.
—Y peligroso, señor Urbano. Muy peligroso. Lo conozco desde que ambos éramos unos niños, los dos procedemos de la misma zona, lo que ahora llaman la Ruta de las Kasbahs, en el valle del Drâa; nacimos en el ksar de Aït Benhaddou, nuestros padres eran compañeros de trabajo, fuimos a la misma escuela, ingresamos juntos en Ahermumu… Siempre fue una persona exaltada, violenta y conflictiva. Aquella mañana espantosa, cuando entramos en el palacio de Sjirat, puedo asegurarle que fue de los primeros en empezar a disparar con su ametralladora contra la multitud.
—¿Usted no abrió fuego? ¿No lo hicieron todos?
—Yo estaba paralizado, al igual que otros muchos. Él, sin embargo, aullaba igual que una hiena borracha de sangre. El coronel Ababu se fijó en su sed de destrucción, en cómo vociferaba «muerte a los opresores» y «abajo la tiranía» a la vez que tiraba de gatillo, y por eso lo eligió para ejecutar al rey.
—Pero, cuando lo tuvo a su merced, El-Mansouri cambió de idea —dije, para espolearlo.
—Fahim y yo le suplicamos que no lo hiciese, que no cometiera aquel crimen atroz. Su majestad nos escuchó discutir y creo que en ese momento vio un rayo de luz, hizo su oferta…, y así empezó todo.
—Nassim el-Mansouri vio salir al genio de la lámpara y le pidió sus tres deseos…
—Era un camaleón, un oportunista. En cuanto oyó lo que decía Hassan II, volvió su arma hacia Fahim Jamal y hacia mí, haciendo ver que era él quien nos obligaba a perdonarle la vida, y cuando bajamos las nuestras en señal de asentimiento, no porque él nos obligase, sino porque era lo que queríamos, se arrodilló ante él y le besó la mano. Fue todo muy histriónico y muy cínico.
—¿Por qué le siguieron el juego?
—¿Y por qué no? Le repito que lo único que queríamos era detener aquel disparate. Por añadidura, al parecer íbamos a ser ricos. Y, además, le teníamos miedo.
—Lo comprendo.
—Si le cuento todo esto es para que sepa el riesgo en que me encontraría si usted levanta la liebre y me descubre. Ese loco es capaz de ir a por mí, aunque haya pasado medio siglo desde que empezó a seguirme. Si es que no está bajo tierra, claro.
—¿Cuándo fue la última vez que supo algo de él?
—Hace ya mucho. Lo ubiqué mientras permaneció en el ejército. Alcanzó el grado de coronel y, tras la Marcha Verde, estuvo destinado en el Sáhara, como ayudante de campo del general Ahmed Dlimi.
—¡El director de Seguridad Nacional que emboscó y abatió a Ufkir junto a la embajada del Líbano! El que iba con Hassan II en el avión contra el que dispararon los cazas en 1973. Y también el que construyó un muro en el desierto para aislar a los saharauis.
—O para proteger Marruecos de los ataques terroristas, señor Urbano. Depende desde qué lado lo miremos. —Se revolvió, no supe si en defensa de su país de origen o sólo de sus intereses empresariales—. Déjeme que le cuente algo que muy poca gente sabe y que, de hacerse público, me podría crear algún conflicto en Marruecos, donde cualquier ayuda al Frente Polisario se considera alta traición: todos los años dono una buena cantidad al Programa Mundial de Alimentos, para que los distribuyan entre los refugiados de Tinduf, especialmente entre los niños.
—Quizá podrían darles de comer sus familias, si fueran propietarias de su tierra… La caridad es encomiable, pero no deseable.
—Las cosas son como son y los empresarios no tenemos la culpa de nada. Su amigo Santos Freal, yo y tantos otros tratamos con quienes mandan allí en estos momentos.
—¿Por qué se ha decidido a contarme la verdad?
—Ya se lo dije antes: a cambio de oír la suya. Tengo mis defectos, pero también mis principios, soy un hombre de palabra. En segundo lugar, porque llevaba una eternidad sin compartir mi pasado con nadie y he sentido alivio al darle rienda suelta, aunque sea sólo por esta vez. Y hay una tercera razón, que ya le he adelantado: hacerle notar que me pondría en un grave riesgo si difunde lo que sabe de mí.
—Tengo que contarle algo: Nassim el-Mansouri sigue vivo y está tras nuestros pasos, quizá con la esperanza de que lo llevemos hasta usted —le previne, antes de contarle su visita a la sobrina de la enfermera Ascensión Díaz Folgueras, en Valladolid. Su inquietud fue evidente.
—Más motivo aún para extremar la cautela —dijo—. Escuche, si ese canalla nunca me ha encontrado es porque no sabía a quién tenía que buscar. Ni él, ni nadie. Eso cambiará si usted me descubre. Así que estoy en sus manos y lo que ocurra, o no, será responsabilidad suya; tiene la llave, pero, si no la utiliza, la puerta seguirá sin existir. Si quiere dinero a cambio de su silencio, lo entenderé. Sé hacer tratos, me dedico a eso.
—No es dinero lo que estoy buscando.
—¿En serio? Y entonces ¿qué es lo que quiere?
Le dije lo que quería. Entendió que era el precio de que yo mantuviese la boca cerrada, y confieso que no le saqué de su error: él no era un santo, sino otro de los expoliadores del Sáhara; y yo tampoco lo soy.
Cuando salí de su hotel, ya sabía el precio que Akram al-Husayni iba a tener que pagar por la abdicación de Hassan II. Y dónde estaba.