Los dos reyes
Capítulo 2
Capítulo dos
Era uno de esos hombres que se mantienen en buena forma pasados los sesenta; no muy alto, pero robusto, destacaban en él a primera vista los ojos verde mar, en ocasiones turbadores; la boca tensada por un inalterable proyecto de ironía y, sobre todo, las manos nerviosas, lapidarias, expresivas a una velocidad que, en algunos momentos, más que reforzar lo que estaba diciendo daban la impresión de decirlo por anticipado, como si fuesen las palabras quienes las perseguían a ellas y no al revés. El pelo era blanco, pero aún suficiente, y su voz sonaba poderosa, con el toque metálico que suelen tener las personas acostumbradas a pronunciar discursos, pero suavizada por el acento cordial de aquella zona del país. Y, desde luego, casi nadie sabía más de las relaciones entre España y Marruecos que el profesor José Antonio Alarcón. Por suerte para nosotros, sólo una cosa estaba a la altura de sus conocimientos, y era su generosidad a la hora de compartirlos.
Estábamos con él en Ceuta, adonde habíamos llegado unas horas antes en helicóptero desde Málaga, para que yo presentase mi última novela en la biblioteca pública, y en ese momento disfrutábamos de una buena cena al aire libre con nuestro anfitrión, sentados en la terraza de un restaurante con vistas al Mediterráneo, mientras escuchábamos sin perder detalle sus historias sobre los yacimientos prehistóricos de Benzú, las Columnas de Hércules, los traficantes del estrecho de Gibraltar o las idas y venidas de algunos españoles, durante la dictadura franquista, a las antiguas playas nudistas de Arcila; y también sus explicaciones de por qué se llamaban así la sierra de la Mujer Muerta o los embalses de agua dulce del Infierno y del Renegado. Por la tarde nos llevó a ver la Casa de los Dragones, la Fortaleza del Monte Hacho y los baños árabes, y antes de que se hiciera de noche los dos estábamos completamente enamorados de aquella ciudad, sus mitos, su belleza y la forma en que su gente luchaba para armonizar sus contrastes.
A petición nuestra, y dado que también estábamos allí porque yo quería documentarme sobre los años de la Marcha Verde y el abandono del Sáhara Occidental por parte de España, Alarcón nos contó, con todo lujo de detalles, los pormenores del intento de golpe de Estado contra Hassan II, en el palacio de Sjirat, en el verano de 1971.
—Aquel fue el primer intento golpista de los dos que se intentaron contra él —dijo, remarcando la cifra con los dedos índice y anular, lo mismo que si hiciese el signo de la victoria, mientras nos servía a los tres otra copa de vino. Era ya la segunda botella y, por lo tanto, nos estábamos volviendo sinceros.
—El otro fue el de los aviones del general Ufkir —intervino mi novia, Isabel Escandón, sorprendiéndome, como hace a menudo, con aquella muestra de sus conocimientos insospechados sobre una materia de la que yo no hubiera pensado que supiese una palabra. Es su forma de ser, nunca va a una reunión, sea del tipo que sea, sin antes haberse preparado a fondo el asunto del que eventualmente se vaya a tratar. Según dice, hacemos un buen equipo porque ella es profesional y yo profesoral; o lo que tal vez sea lo mismo: porque ella sabe cómo hacer las cosas y yo sé cómo venderlas.
—Exacto —respondió el profesor Alarcón—. Había sido ayudante de campo del padre de Hassan, el sultán Mohamed V, y después se convirtió en su propio hombre de confianza y fue durante décadas uno de sus colaboradores más estrechos: había dirigido con mano de hierro la Seguridad del Estado; se sospecha que organizó el secuestro y asesinato en París del disidente Ben Barka y fue ministro del Interior y de Defensa. Pero la ambición le cegó, su poder le hizo creerse invencible y empezó a fantasear con dirigir el país.
—Un clásico: el monstruo que ataca a quien lo ha creado.
—Otros dicen que no fue así, que no tenía alma de usurpador sino de libertador y que, simplemente, no pudo soportar durante más tiempo ser cómplice de las injusticias de la corona, ni quedarse de brazos cruzados mientras la aristocracia del país nadaba en la abundancia y la gente humilde no tenía dónde caerse muerta, por ejemplo, los habitantes de los montes del Atlas, de donde él procedía, casi todos ellos bereberes. A quienes lo defienden les gusta recordar que su apellido significa, literalmente, «empobrecido».
—Pero tú no crees en esa segunda versión.
—Hombre, qué quieres que te diga… No parece que defendiera mucho a los desfavorecidos cuando mandó reprimir en Casablanca a los manifestantes que pedían libertad, dejando la ciudad llena de muertos. O cuando persiguió uno por uno a los opositores políticos del Gobierno y a muchos de ellos los torturó y asesinó con sus propias manos. Eso sí, a modo de recompensa, Hassan II lo nombró, como os decía, ministro del Interior.
—Y, de repente, mordió la mano que le daba de comer.
—Lo intentó, pero pinchó en hueso. Puede que tuviera mala fortuna o que no preparase bien el magnicidio, quién sabe. El caso es que mandó seis cazas del ejército del Aire, salidos de la base de Kenitra, a derribar el avión en el que el rey volvía a Marruecos desde Francia, tras unos días de vacaciones en su castillo de Betz y, por cierto, después de hacer escala en Barcelona para entrevistarse con el ministro de Asuntos Exteriores español. Lo ametrallaron a izquierda y derecha y, según se dice, algunas de las balas pasaron a milímetros de él…, pero volvió a sobrevivir de milagro.
—La famosa baraka…
—Eso es: la suerte de los elegidos, la protección divina. Sin embargo, no digo que no hubiera algo de cierto en ello, está claro que ese hombre caía siempre de pie, como los gatos, pero yo hablaría, más bien, de las ventajas que da la astucia: se supone que, en medio del caos, con el fuselaje de la nave agujereado y mientras otros rezaban la chaâda, la oración de los difuntos, fue el propio Hassan quien ordenó a los pilotos desobedecer las indicaciones que les mandaban tomar tierra en la base de Kenitra y comunicar por la radio que estaba muerto. Nadie fue a comprobarlo y así, mientras los instigadores del alzamiento volvían a vender la piel del oso antes de cazarlo, su Boeing hizo un aterrizaje de emergencia, lo recogieron sus fieles a pie de pista en el aeropuerto de Rabat y allí sus perseguidores volvieron a ametrallar la sala en donde se había cobijado, pero sin alcanzarle. El resultado final, ya se sabe: sofocó en un visto y no visto aquella nueva intentona de derrocarlo.
—Y, a partir de entonces, su furia no tuvo límites, se los llevó por delante a todos —insistió Isabel.
—Bueno, se habló de ejecuciones sumarísimas, se dice que se hicieron en su presencia e incluso hay quien afirma que él mismo remató a Ufkir, al que había dejado malherido el por entonces jefe de Seguridad del Estado, Ahmed Dlimi… La versión oficial, sin embargo, fue que, al verse acorralado, el ministro se quitó la vida. Eso sí, de cuatro tiros y alguno de ellos por la espalda… Es lo que alguien llamó, irónicamente, «un suicidio de contorsionista».
—Y su familia desapareció durante veinte años, metieron a sus hijas Soukaïna y Malika, y a los demás miembros de su familia, en la prisión de Tazmamart, junto con el resto de los detenidos. Aquella cárcel era un infierno en mitad del desierto, sin luz ni apenas ventilación, y allí murieron más de la mitad de ellos. He leído los libros que escribieron las dos niñas.
—Sí, sí, Hassan II era vengativo, de eso no hay duda. Tras la primera tentativa de derrocamiento, la de 1971, hasta le cambió el nombre a la ciudad de la que habían salido los cadetes hacia el palacio de Sjirat: dejó de llamarse Ahermumu para ser Ribat El Kheir. Pero también era dadivoso con quienes lo servían: al piloto del avión en el que volaba cuando lo atacaron lo puso al frente del ejército del Aire.
—¿Y no es todo demasiado literario? —dije—. Me refiero, por ejemplo, a lo del cadete que en vez de cumplir sus órdenes de matarlo se arrodilla ante él y le besa la mano; o también a las niñeras españolas que detienen con su sola presencia a quienes iban a sacrificar a Mohamed VI y sus hermanos.
El profesor Alarcón hizo el gesto característico de poner las palmas de las manos hacia arriba, encogerse de hombros y abrir exageradamente los ojos: quién lo puede saber, qué quieres que te diga, saca tus propias conclusiones. Después levantó su copa como si hiciese un brindis por la noche de Ceuta y se tomó su tiempo para paladear la bebida y meditar su contestación. No había prisa, uno no se cansaba de contemplar el reflejo de la luna, leche derramada en el agua, y el sonido pautado de las olas alisaba cualquier tentación de mostrarse impacientes por poner fin a la velada. Mi única urgencia, en todo caso, era llegar con Isabel a la esplendorosa habitación del parador nacional, donde nos habían alojado, y aprovechar las vistas al mar, el jardín de palmeras y la piscina para tener ojos sólo para ella.
—Pues no quiero adelantarme a los acontecimientos, pero a lo mejor resulta que tú estás aquí justo para responder a eso —continuó enigmáticamente nuestro anfitrión.
—Vaya, pensé que había venido a presentar mi última novela.
—Eso ya lo has hecho esta tarde.
—Y el segundo punto del día, si no me equivoco, era que me contaras cosas de aquel Marruecos de los años setenta, para mi novela sobre la Marcha Verde y el Sáhara. Ya sabes, los camiones llenos de gente en dirección a la frontera y Hassan II diciendo a su pueblo eso de «mañana pisarás unas arenas que te pertenecen y besarás una tierra que es tuya».
—Lo que necesites, eso dalo por hecho. Pero puede que haya algo más para ti.
—Soy todo oídos —dije, zalamero.
Alarcón volvió a sonreír como quien sabe algo que tú ignoras, dándoselas de misterioso, y a hacer una pausa dramática. Era un buen orador, había pisado muchas aulas y muchos escenarios y dominaba todos los trucos del oficio. Había entrado en contacto con él hacía algunos años, cuando me invitó a dar una conferencia sobre uno de mis libros en aquella ciudad que él conocía como la palma de su mano y donde era toda una institución.
—A ver, señor don Juan Urbano —me dijo, con un tintineo de mordacidad en el tono que ya vaticinaba una dosis de sarcasmo—, ¿vosotros dos estáis a gusto en vuestro hotel? Imagino que sí y también que habrás notado, con la perspicacia que te caracteriza, que no es el mismo que te pusimos la otra vez que viniste a Ceuta, ni de la misma categoría, sino otro muy superior.
—Está muy bien, muchas gracias —dijo Isabel—. Las flores y la fruta son un bonito detalle.
—Y también está muy por encima de nuestras posibilidades. Pero tengo que reconocer que la cosa tiene trampa. En realidad, no somos nosotros, la biblioteca pública, quienes lo hemos sufragado, sino un mecenas.
—Quieres decir un patrocinador —dije, aceptando el reto de las burlas amables.
—No, lo cierto es que no es el caso, porque no ha pedido nada como contrapartida, no quiere anunciar nada y, de hecho, nos pidió que no le diéramos ninguna publicidad a su ayuda ni se mencionase siquiera su nombre.
—Vaya, un benefactor anónimo… Pues mira, sea quien sea te felicito calurosamente por haberlo encontrado, porque me parece a mí que en estos tiempos no está muy de moda el altruismo: la gente les prepara el desayuno a sus padres y les cobra un euro.
—Muy cortés por tu parte, pero tengo que decir que, de hecho, no es que lo hayamos encontrado: fue él quien vino a buscarnos, o más bien a ti. No sé si me explico.
—Como un libro cerrado y además escrito en japonés. Me temo que ha habido un malentendido: lo que te conté por teléfono que habla perfectamente Isabel es el chino.
—¿En serio?
—Jiù xiàng dàhǎi lǐ mǎn shì yú yīyàng zhēnshí. Tan cierto como que ese mar está lleno de peces —dijo ella, con una sonrisa capaz de derretir Islandia. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
—Fascinante. Una lengua y una cultura fascinantes. En fin, volviendo a nuestro tema, lo que quería explicaros es que no se trata de que la persona en cuestión quiera financiar nuestras actividades culturales en general: lo que se ofreció a pagar fue tu estancia en concreto. Aunque, eso sí, aparte de hacerse cargo de vuestro viaje y alojamiento, nos ha donado una cantidad importante para comprar libros en español y en árabe, y ese dinero nos vendrá de maravilla para renovar nuestros fondos y ampliarlos de cara al futuro. Y quién sabe si, una vez roto el hielo, esto no sea el principio de una larga y fructífera colaboración. Ya os he contado que sueño con abrir un centro cultural en la antigua estación del ferrocarril y un museo arqueológico en el Baluarte de Santa Ana.
—¿Quién es ese hombre del que hablas? ¿Y por qué tiene un interés semejante en mí? —dije, sin esconder ya que me sentía intrigado y con ganas de que el profesor dejase de jugar al gato y al ratón conmigo y fuese al grano.
—Es un admirador de tu trabajo. Y le gustaría conocerte. Además, según me dejó entrever, parece que quiere hacerte una propuesta de trabajo. He sido encargado de transmitirte una invitación suya para que le hagáis el honor de comer mañana con él en su casa del Rincón del Medik, aquí enfrente, a medio camino entre Ceuta y Tetuán, y muy cerca, por cierto, de donde tiene su residencia favorita de verano el rey Mohamed VI. Igual lo veis por ahí al volante de su Mercedes Benz plateado, tomando el sol en su velero o, directamente, en su moto acuática, haciendo esquí.
—¿Qué más sabes de él? No del rey, del otro. ¿Qué impresión te causó a ti?
—Ninguna, porque no lo he tratado personalmente, quien contactó con nosotros y nos ha hecho de interlocutora en todo momento es una de sus secretarias. Ella me encargó también que te comunicara que, en el caso de que aceptases reunirte con el señor Akram al-Husayni, su chófer personal se encargaría de venir a buscaros y traeros de regreso. No es necesario recordarte que en Marruecos las reglas de la cortesía son casi sagradas.
—Desconfío de las cosas sagradas, siempre acaban con alguien quemado en una hoguera.
—No te pongas melodramático, hombre. Y piensa en el bienestar de los amigos: en esto tú no tienes nada que perder y yo tengo mucho que ganar. Pero es tu decisión, naturalmente; si no te interesa, le avisamos y aquí paz y después gloria —acabó, dejando que sus palabras cayesen sobre mi conciencia igual que una lluvia de dardos en una diana.
Miré a Isabel, indeciso, y ella aprobó el plan con un gesto: ¿por qué no?
Así empezó todo. Y luego una cosa llevó a otra, como suele ocurrir, y no todas fueron buenas: tiras del hilo y al final aparece la araña.