Los elegidos
Ethan
Sera grita de nuevo y empieza a sangrar por los ojos y las orejas. El niño se desespera, no deja de temblar, de inclinarse hacia delante y hacia atrás. Las lágrimas empiezan a formar un camino sinuoso por su cara.
Trata de levantarse para buscar ayuda, pero Sera le agarra el tobillo con más fuerza. Sus ojos han perdido parte de su intenso color.
– Espera - le dice con gran esfuerzo; y mientras él se agacha para acercarse a su boca, ella susurra sus últimas palabras-. Recuerda el nombre.
– ¿El nombre de la criatura1? - le pregunta el niño, que levanta la vista como si aquella palabra tan extraña siguiera flotando en la neblina que tiene ante él.
Sin embargo, lo único que ve es una escuálida planta verde que se ha marchitado y cuyos pétalos negros caen lentamente al suelo.
El niño grita con el corazón lleno de dolor.
El grito del niño es lo que al final despierta a Ethan. Sus hombros desnudos están empapados de sudor, lo que le hace temblar de frío en el aire gélido de la noche. Se envuelve con el edredón mientras empieza a ver claramente su habitación y le desciende el ritmo cardíaco. Una extraña sensación de alivio se apodera de él mientras poco a poco entiende lo ocurrido: el sueño se ha acabado y por fin se ha despertado de otra de sus recurrentes pesadillas, que parecen casi reales.
ETHAN
Me despierto atontado con una insoportable sensación de pesadez en la cabeza. He vuelto a tener el mismo sueño. Bueno, ¿y de qué me sorprendo?
Durante los últimos doce años he soñado con ese monstruo horrible. Lo normal sería que ahora que he cumplido los dieciséis ya no sufriera esas pesadillas infantiles. ¿Si tuviesen algún significado no debería haberlo adivinado ya? Claro.
Un sonido consigue abrirse paso a través del punzante dolor y llegar hasta mi cabeza. Al principio creo que es Dillon. A veces se pasa por casa antes de ir al colegio y tomamos el autobús juntos, pero luego me doy cuenta de que hoy es domingo, y mi cerebro, que se despereza poco a poco, detecta que ese triste sonido proviene de la habitación de mis padres. Es mamá. Está llorando. Los sollozos son cada vez más fuertes, a pesar de que está claro que intenta amortiguarlos con la almohada.
Me levanto de la cama refunfuñando y me pongo unos vaqueros.
Cuando llego al dormitorio de mis padres respiro hondo. La última vez que lloró así no pudo parar durante tres días. Abro la puerta y echo un vistazo por toda la habitación en busca de papá, pero no me extraño cuando no veo rastro de él. Cuando a mamá le entra la depresión, él acostumbra a ser el primero en marcharse.
Mamá me ve y trata de secarse la cara con un pico de la sábana. Y
sonríe a través de las lágrimas y los ojos rojos, pero sólo puede aguantar así unos instantes y se viene abajo de nuevo.
–¿Una taza de té? – me pregunta entre pucheros. Asiento con la cabeza y salgo de la habitación sin hacer ruido, aliviado de poder hacer algo útil.
Papá está en la cocina, sentado a la mesa. Tiene una pierna doblada sobre la otra y observa una taza de café vacía. Está sumido en la apatía y la emprendo con él.
–¿Qué ha ocurrido esta vez?
Sigue observando la taza; yo tampoco me muevo. El silencio se vuelve insoportable. Al final responde:
–¿Es que tiene que haber un motivo, Ethan? – Está en lo cierto, pero no pienso reconocerlo en voz alta-. Por si te sirve de algo -añade-, ha tenido una pesadilla.
–¿Qué? ¿Ella también?
Papá me mira un instante y pienso: «¡Genial, por lo menos reacciona!», pero luego vuelve a observar la taza de café vacía. Intento recordar la última vez que mantuvimos una conversación normal, y, claro, no me cuesta demasiado. La muerte repentina de mi hermana Sera supuso el inicio de todos nuestros problemas. ¿Cuándo se acabarán?
Mamá está esperando, así que le preparo la taza de té tal y como le gusta, con un poco de miel, y se la subo al dormitorio. Tiene mejor aspecto y me regala una sonrisita valiente cuando toma la taza de mis manos.
Charlamos de varias cosas durante un rato y cuando estoy seguro de que se encuentra mejor, la dejo a solas.
Vuelvo a mi habitación y me quedo de pie mirando fijamente el despertador de la mesilla, como si tuviera todas las respuestas que mi familia necesita para curar las heridas de su alma. Sé que no es más que un despertador, hecho principalmente de madera y cristal, pero lo compré en un mercadi-llo años atrás porque me llamó mucho la atención la idea de que
había tenido toda una vida antes de que yo lo encontrara, en casa de otra persona, a la que había despertado todas las mañanas.
No me doy cuenta de que estoy mirando fijamente el reloj hasta que las manillas se vuelven locas y empiezan a dar vueltas cada vez más rápido, mientras yo me libro de parte de la energía frustrada que acumulo en la cabeza. De repente, el despertador empieza a moverse, se eleva sobre la mesilla y se pone a girar sobre sí mismo. Es algo que ya he hecho algunas veces, mover objetos es uno de mis poderes, pero nunca con tanta fuerza.
Noto rápidamente que estoy perdiendo el control, pero el reloj me pilla desprevenido cuando empieza a dar volteretas y casi toca el techo. Al final explota. Una lluvia de astillas de madera, metal y cristal cae sobre mí. Me pongo a limpiarlo antes de que mamá o incluso papá vengan a ver qué ha pasado.
Mamá llega la primera.
–¿Qué ha ocurrido? – me pregunta desde la puerta mientras se pone la bata-. Ha sonado como si hubiera explotado una bomba aquí dentro. – Se fija en los restos del reloj que hay esparcidos por el suelo-. Y también lo parece. ¿Estás bien, Ethan?
Miro los trozos de despertador que tengo en las manos.
–Oh, lo siento, mamá, se me ha caído.
Aguza la vista y observa la multitud de pequeñas piezas.
–¿Estabas colgado del techo? – Me encojo de hombros y esbozo una sonrisa de inocencia-. Bueno, recógelo y vigila que no quede ningún trozo afilado tirado por el suelo.
Le digo que lo barreré todo antes de salir y ella se va para darse una ducha. Como mínimo, ahora parece más animada. Lo limpio todo y acabo de vestirme sin dejar de pensar en cómo es posible que mi padre pueda quedarse sentado a la mesa de la cocina, contemplando una taza de café vacía, cuando una explosión hace temblar la habitación de su hijo, que se encuentra a unos pocos metros de donde está él.
Al cabo de unos minutos salgo de casa. Aliviado, me dirijo hacia la montaña, a un lugar que se ha convertido en un santuario para mí. Decir que este lugar me traslada a otro mundo es entender la realidad. Es otro mundo.
La primera vez que entré en la montaña tenía cuatro años. No recuerdo mucho de aquel día, tan sólo el camino largo y pedregoso, y que intentaba escapar de mi padre, que en aquellos tiempos no quería perderme de vista.
Pero al cabo de poco se apoderó de mí una sensación de aturdimiento que desde entonces no ha desaparecido.
Fue en estas colinas, enterradas en las laderas del sudoeste de la Gran Cordillera Divisoria, donde me encontró Arkarian. Durante días me habló de retos, grandes aventuras y poderes que iban mucho más allá de mi imaginación. Luego, ese hombre extravagante que tiene el pelo de color azul eléctrico y unos ojos muy raros me tomó de la mano y me llevó al interior de la montaña.
A pesar de todo eso, Arkarian no es tan extraño cuando pasas por alto las rarezas más superficiales. Su pelo azul eléctrico y sus ojos de color violeta son así sólo porque es normal que cambien de color a lo largo de los años. De muchos años. Nunca parece más viejo, a pesar de que lo conozco desde hace doce años. Dejó de envejecer físicamente cuando cumplió los dieciocho.
Arkarian sigue siendo más alto que yo, aunque ahora la diferencia ya no es tan clara. Tiene un aura a su alrededor. Todavía la noto, a pesar del tiempo que ha transcurrido. Parte de ella está en su forma de hablar, con un tono suave e inquisitivo desprovisto de arrogancia. Parte de ella está en sus ojos y la habilidad que tienen para comunicar. A lo largo de los años hemos trabado amistad. Durante los primeros cinco años de nuestra relación yo fui su aprendiz, y él sigue siendo mi superior inmediato. Me ha enseñado mucho más de lo que he aprendido en toda mi vida en una clase para mortales.
El muro de rocas desaparece cuando me detengo ante él y cobra forma de nuevo después de atravesar la abertura. En cuanto empiezo a bajar por el pasillo iluminado tenuemente, oigo a Arkarian que me llama:
–Ethan, te estaba buscando.
El pasillo tiene muchas puertas: algunas salas las usamos para entrenar, pero en otras no he estado nunca. Arkarian dice que cambian a menudo, así que no tiene sentido ver lo que hay en ellas a menos que necesite usar alguna en concreto. Además, pronto aprendí que la curiosidad no es siempre buena.
Entro en la sala principal de Arkarian y, como de costumbre, los increíbles aparatos de alta tecnología que aún no existen en el mundo mortal me desconciertan.
–Muy gracioso, Arkarian, sabías que venía. Lo sabes todo.
Me mira desde el otro lado de la habitación y sonríe.
–Me halagas, Ethan, pero debes recordar que es imposible saberlo todo.
– Me mira fijamente para evaluarme. No le cuesta demasiado fijarse en mis ojeras-. ¿Has tenido otra pesadilla?
Me encojo de hombros y miro con decisión la esfera holo-gráfica tridimensional que hay en el centro de la caverna octagonal; en este momento refleja una imagen perfecta del Palacio de Westminster de Londres de, si no me equivoco, alrededor de 1300. Aún tengo la pesadilla muy reciente y no estoy preparado para hablar de mamá. Su depresión no hace más que empeorar, y ello me angustia. Señalo la esfera con la cabeza.
–¿Qué año es?
Arkarian se acerca, cambia de tema discretamente y señala la esfera con el dorso de la mano.
–Mil trescientos setenta y siete. Tu próxima misión. Pero no te he llamado por eso. Siéntate, Ethan. – Parece muy serio. Conozco ese tono de voz-. ¡Deja de preocuparte! Son buenas noticias.
Un antiguo taburete de madera surge delante de mí cuando Arkarian hace un gesto con un dedo. Me siento, me cruzo de brazos y mientras espero pienso, como hago a menudo, en la pasión que siente Arkarian por todo lo antiguo.
Me contempla durante un momento con la cabeza levemente inclinada.
Hoy lleva la melena azul recogida con una cinta en la base del cráneo, lo que hace que sus ojos parezcan de un violeta aún más intenso.
–Te van a ascender.
Me levanto del taburete de un salto.
–¡Sí!
Es una noticia fantástica. Es más que eso en realidad. La Guardia ha sido toda mi vida desde que tengo uso de razón. Y en muchas ocasiones también ha sido mi casa y mi refugio. No es que mi casa mortal no sea segura, tan sólo es… incómoda, y, bueno, reina un ambiente enfermizo.
Arkarian sonríe porque sabe lo mucho que deseaba este reconocimiento.
Nadie trabaja más duro que yo. Sería capaz de dar mi alma a la Guardia.
–El Tribunal está tan contento con tu trabajo, que vas a convertirte en miembro de pleno derecho en una ceremonia que se celebrará en Atenas el mes que viene.
Me cuesta asimilar todo el significado de sus palabras.
–¿Miembro de pleno derecho?
Asiente con la cabeza y sigue sonriendo ya que está satisfecho con mi reacción.
–Pero espera, Ethan, hay otra cosa más.
¿Qué más podría haber? Aunque tal vez… Estiro los brazos y lo agarro de los hombros como si tuviera que sostenerlo derecho cuando, en realidad, soy yo el que necesita que lo sostengan.
–Arkarian, ¿me estás diciendo que me van a conceder el poder de volar?
Aparta la mirada un instante y entiendo en el acto que lo que debe decirme va a decepcionarme. Vuelve a mirarme a los ojos y responde con delicadeza:
–Aún no te van a conceder las alas. Ten paciencia.
Pero la decepción, después de la pesadilla de la noche pasada y de la depresión de mamá de esta mañana, me golpea como una riada que arrasa un valle. Levanto las manos para pedir una explicación.
–¡Oh, venga, Arkarian! Hace años que acabó mi aprendizaje, y soy un miembro activo de la Guardia desde hace diez años como mínimo.
–Sí, pero empezaste cuando no eras más que un niño.
Asiento con la cabeza.
–Pero he oído hablar de otros que han recibido sus poderes muchos años antes que yo.
–Ellos estaban preparados, tú no -me dice claramente.
Gruño y me dejo caer sobre el taburete al darme cuenta de que no puedo hacer nada. Nada más de lo que ya hago, es decir: intentar demostrar que me lo merezco.
–Bueno, ¿qué otra noticia tenías?
Lanza un leve suspiro, hace aparecer un taburete igual para él y se sienta frente a mí, con lo que ambos quedamos a la misma altura.
–Te van a asignar un aprendiz.
Tardo un poco en entenderlo. Al final me golpea el impacto de ese honor y me pongo a saltar de nuevo y a andar por toda la sala subterránea agitando el puño en el aire en señal de alegría.
–¡Un aprendiz! ¿Mío?
Arkarian no me quita la vista de encima. Cuando me detengo y lo miro para que me confirme todo lo que acaba de decirme, arquea las cejas y asiente con la cabeza.
El hecho de que el Tribunal me conceda esa responsabilidad debe significar que mis alas están al caer.
–Están cerca -me confirma Arkarian, que me ha leído el pensamiento como hace habitualmente-. Lo único que tienes que hacer es enseñar a tu aprendiz y llevar a cabo con éxito tu siguiente misión, y habrás conseguido las alas para tu próximo cumpleaños.
–¡Sí! Es fantástico, Arkarian. ¿Cómo lo has logrado?
Sonríe con benevolencia.
–Me gustaría atribuirme el mérito de tu ascenso, pero lo has logrado tú mismo con tu buen trabajo. Ahora que ya lo he admitido, no dejes que se te suba a la cabeza, tal y como creo que podría pasar. – Me mira seriamente-.
Quieres demostrar que eres digno de confianza y que pueden concederte ese último poder, ¿no?
Asiento con mucho afán.
–Sí, por supuesto. – Regreso al viejo taburete de madera e intento sentarme y quedarme quieto el tiempo suficiente para asegurarme de que lo he entendido todo, pero mi pierna derecha no para de dar saltitos, de forma que pongo una mano encima para detenerla-. O sea, que lo que tú dices es que, si consigo instruir con éxito a ese aprendiz, podré tener las alas dentro de tres meses. – No mueve los labios, aunque dice mucho más con los ojos-.
Esto tiene truco, ¿no?
–En absoluto -responde rápidamente-. Pero tienes que conseguirlo con cierta urgencia… -Señala con la cabeza la esfera holográfica donde aparece el Palacio de Westminster-. No te queda mucho tiempo antes de tu próxima misión.
–¿Cuánto?
–Unas cuantas semanas.
¿Semanas? ¿En qué piensa Arkarian o el Tribunal? Cuesta varios años instruir a un niño pequeño. Eso ocurrió conmigo. Recuerdo algunas de las primeras clases: Arkarian fue paciente (porque en aquellos días yo era un patoso) pero implacable. Nos entrenamos en distintas habitaciones y me enseñó técnicas que la mayoría de la gente no aprendería en toda su vida, desde autodefensa hasta supervivencia. Sin embargo, pasaron años hasta que el Tribunal me consideró preparado para llevar a cabo mi primera misión.
–¿Sólo tengo unas semanas para instruir a un aprendiz?
Arkarian asiente con la cabeza.
–Pero no será tan duro como crees. Recuerda que tú no eras más que un niño cuando nos conocimos, lo cual no es haitual. Tu nueva aprendiza es más hábil de lo que crees. Es toda una experta. – Ríe entre dientes y se mira las manos, finas, por las que no han pasado los años-. Por sorprendente que parezca.
Yo aún estoy intentando asimilar lo de «aprendiza».
–¿Voy a entrenar a una chica?
–Exacto.
–¿Cuántos años tiene?
–Quince.
De repente, la idea de entrenar a una chica da un giro interesante.
–¿Ah, sí? – Arkarian inclina la cabeza y sonríe-. ¿Cómo se llama? ¿La conozco?
Se queda callado y se me ponen los pelos de punta. Tengo un mal presentimiento.
–Se llama Isabel -dice en voz baja.
A pesar de que es un nombre poco habitual por aquí y me acordaría de él, no me suena de nada. Arkarian sigue mirándome como si debiera conocer ese nombre o, como mínimo, a la persona. Poco a poco empieza a aflorar un recuerdo. «Isabel.»
–Creo que ese nombre me suena de algo. ¿Recuerdas que hace unos años mi mejor amigo se llamaba Matt? Su hermana pequeña se llamaba Isabel. Pero tú has dicho que mi aprendiz era una chica, no una niña. Y, además -rechazo esa idea loca rápidamente-, la Isabel que yo recuerdo era como un mono salvaje, un incordio para la sociedad; siempre nos seguía a Matt, a Dillon y al resto de los chicos cuando teníamos que hacer cosas importantes, como construir cabañas en el bosque, registrar el vertedero en busca de piezas de motos, jugar al rugby… Cosas así. No puede ser ella. –
Arkarian me mira fijamente y esboza una sonrisa de complicidad-. No puede ser, Arkarian. Te digo que no puede ser ella. Isabel es una pesada. No hará más que molestar. No puede ser una persona adecuada para la Guardia.
Debes creerme. No da más que quebraderos de cabeza. Debes ir a ver al Tribunal y decírselo. Esta vez se han equivocado.
–¿Cuándo fue la última vez que viste a Isabel, que hablaste con ella?