Los elegidos

Marianne Curley · Capítulo 32 de 43

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Los elegidos

Isabel

–Esa noche, en el presente trece personas fueron oficialmente dadas por desaparecidas.

Entonces me agarra de un brazo.

–¿Qué quieres decir?

–Como se alteró la vida de Elizabeth Howath y murió años antes de lo que le correspondía, algunos de sus descendientes dejaron de existir.

–Entonces todos sus descendientes fueron… ¿qué, aniquilados de repente?

–No todos. Arkarian cree que algunos llegaron a nacer de todas formas, a través de otras ramas del mismo linaje.

–¡Eso es terrible, Ethan!

–Sólo disponemos de una oportunidad. Si alguien muere, pues muere, Isabel. Si la Orden del Caos mata a alguien de forma prematura y la Guardia no lo impide, no hay nada que hacer. Con la muerte no hay segundas oportunidades.

–Oh, vaya.

–Sí, es mucha responsabilidad, pero por eso mismo la Guardia se las apaña la mayor parte de las veces para enmendar las cosas y llevarnos allí antes de que sea demasiado tarde. Ésa ha sido mi metedura de pata más grande hasta la fecha, aparte de la noche que me acompañaste y evitaste que la situación se convirtiera en un completo desastre. – La veo sonreír para sí-. En fin, de esa experiencia aprendí.

Recorremos el resto del camino en silencio. En la entrada de su casa se vuelve y me dice muy seria:

–No me equivocaré, Ethan. Lo prometo.

Mientras se dirige al interior con un paso más vivo, reconozco lo certero de su afirmación: Isabel lo hará lo mejor que sabe. Y lo mejor que sabe es más de lo que la Guardia puede desear. Sin embargo, sé que en la misión de esta noche hay un ingrediente más, un ingrediente de peligro. Arkarian no ha podido disimular del todo su preocupación. Sospecha que esta noche no sólo la delicada Abigail podría estar en peligro.

Sospecha que también Isabel podría estarlo.

ISABEL

Esta vez ceno algo, más por mantener las apariencias que porque tenga hambre. El estómago ya me da vueltas sin necesidad de comer. Jimmy llega

y se hace el loco, como de costumbre. Sólo reconoce que nos encontramos la otra noche en la vieja cripta de la ciudad subterránea con una larga mirada antes de ir a ver la televisión con mamá.

Friego los platos, me ducho y me acuesto. Esta noche no me preocupa que mi madre venga a echarme un vistazo. Tengo la impresión de que Jimmy la mantendrá ocupada. Se me pasa por la cabeza la posibilidad de que venga Matt, pero aún no ha llegado a casa; esta noche sale con unos amigos.

Me cuesta cierto tiempo conciliar el sueño. Mi cuerpo, todavía cansado, parece poseído por un exceso de energía nerviosa. Tomo el cuaderno en el que tengo apuntada la Profecía, como hago casi cada noche estos últimos días, y trato una vez más de descifrarla. Pero se me empiezan a cerrar los ojos y de repente siento que me desplazo, como si mi cuerpo descendiera en caída libre. Entonces me dejo llevar y aterrizo en una superficie suave y mullida.

Me despierto en el interior de una de las habitaciones más bonitas que he visto en mi vida. Un artista que tuviera a su disposición todos los colores del espectro no podría crear una obra maestra que estuviese a la altura del brillante espectáculo que ofrece esta sala. Todas las paredes están pintadas con murales de colores eléctricos: algunos son abstractos; otros, paisajes tan reales que sería fácil pensar que se puede entrar en los parajes plasmados.

Desde mi posición, tumbada en el suelo de la Ciudadela, contemplo el techo, que presenta pinturas no menos vividas.

Para subir al desván tengo que abrir una trampilla del techo con un gancho y tirar de una escalerilla. Con esta falda eso ya representa un gran trabajo. Pero la habitación no está tan mal, es bastante grande, pues el desván cubre la mayor parte del piso superior de la casa. El techo, bajo, está cubierto de vigas entrecruzadas; la cama es pequeña y dura y en la habitación reina un frío gélido; por suerte, se supone que no me quedaré mucho tiempo.

No tardo en entender con exactitud lo que se espera de mí: básicamente, de todo, desde hacer las camas a quitar el polvo, pasando por sacudir las numerosas alfombras, almidonar todo tipo de ropa blanca, sábanas incluidas, y echar una mano en la cocina.

Ansiosa por entregarme al auténtico motivo de mi estancia, realizo mis faenas tan rápido como me es posible, reservando la habitación de Abigail

para el final. Quiero pasar más tiempo con ella que en el resto de mis tareas, sin que la señora Smith diga que tendría que estar trabajando en otra parte.

Tengo un plan: ojalá pueda llevarlo a la práctica.

Cuando entro en su cuarto, Abigail está durmiendo. Me dedico a mis tareas sin perder un segundo. Dejo caer la escoba con estrépito al suelo de madera encerada y la chica no se mueve. ¿Y si ya está muerta? Pero entonces emite un leve gemido y me tranquilizo un poco.

Al terminar con el dormitorio me planto junto a su cama. Al lado, sobre una silla, hay un libro: una antología de poemas. Dejo el volumen en la mesilla y me siento. Echo un vistazo a la puerta y me alegro de que no haya nadie cerca. Por espacio de un minuto no hago otra cosa que contemplar cómo duerme Abigail. Es menuda, pero me da la impresión de que todavía tiene que crecer mucho. Lleva el pelo largo recogido en dos trenzas. Su quietud es casi inhumana. La ropa de cama está tersa y pulcra, si se tiene en cuenta que es alguien que pasa mucho tiempo entre las sábanas. Tal vez sencillamente disfrute de un sueño profundo y sin pesadillas. Tiene la piel pálida, algo lógico en una persona que ha estado tan enferma. Le tomo una mano, cierro los ojos y empiezo a visualizar.

Lo que percibo me sobresalta. Su cuerpo es presa de un tormento interior; todas sus células combaten contra una especie de invasión, ajena y muy indeseable. Escudriño la sangre, los huesos, los órganos y los tejidos en un intento desesperado de hallar la fuente de semejante intrusión. Un sinfín de imágenes y posibilidades palpitan en mi cabeza. Me entran náuseas.

–¿Qué haces?

Rompo mi concentración y me vuelvo hacia la voz, mientras dejo de nuevo con suavidad la mano de Abigail sobre la superficie blanca y rígida por efecto del almidón.

–Disculpe, señora, pero la señorita Abigail gritaba en sueños. Quería reconfortarla.

La señora Smith ve que Abigail duerme y asiente secamente con la cabeza.

–Si ocurre otra vez, Evans, avísame.

–Sí, señora.

Abigail se agita con un suave quejido y abre los ojos. Empiezo a pensar que al fin lograré hablar con ella.

–Si has acabado con tus tareas, Evans, ya puedes irte.

Genial, ni siquiera voy a tener oportunidad de presentarme. Me levanto a regañadientes, y con una última y prolongada mirada dirigida a Abigail, o Abby, como la llama su madre, me acerco a la puerta. Abby ya tiene los ojos abiertos del todo y me observa con expresión intrigada. Le dedico una amplia sonrisa mientras salgo de espaldas de la habitación. La señora Smith no aparta su severa mirada de mí hasta que cruzo el umbral.

Aprovecho el poco tiempo libre del que dispongo para salir a echar un vistazo. Es una granja y hay un gran número de actividades en marcha. Me encamino hacia el lugar del que procede un sonido de conversaciones humanas y gruñidos y bufidos de animales. Junto a un gran cobertizo, que probablemente sea un granero, hay un espacio cuadrangular vallado. Los que trabajan ahí me miran con cara rara, y como no veo a Ethan por ninguna parte vuelvo dentro. En la cocina ayudo a una mujer llamada Mary a preparar un estofado con mazorcas de maíz, guisantes, nabos y otras verduras. Pero lo que me llama la atención es el pastel de pacana: se trata del pastel más grande que he visto nunca. Con cuidado, lo saco del horno de leña con las dos manos. Debe de pesar cerca de un kilo.

Mientras trabajamos acoso a Mary con preguntas sobre Abigail, pero o bien es reacia a comentar la salud y los pormenores de la niña, o bien no sabe gran cosa y punto. Dado que Mary lleva años trabajando aquí, supongo que lo más probable es que se muestre discreta por lealtad a la familia.

Trabajo dos días y sigo sin estar más cerca ni de Abby ni de la causa de su enfermedad. La señora Smith es demasiado protectora; está encima de su hija como un halcón ojo avizor. También estoy un poco angustiada porque no he recibido ni una señal de Ethan. ¿Dónde está? Me prometió que andaría cerca. Pues, si es así, desde luego puede enorgullecerse de su talento para permanecer invisible.

A la tercera noche decido acelerar las cosas. Resulta obvio que Abby no está mejorando, mientras que Mary se muestra cada día más irascible a causa de su preocupación de matrona. Tengo la impresión de que la señora Smith está descargando en ella parte de su inquietud por Abby. De modo que, cuando por fin la casa se duerme, salgo a hurtadillas de la cama y afronto el frío que crece con cada escalón que bajo. Cruzo descalza y con paso ligero el largo y angosto pasillo, echo un rápido vistazo a mi alrededor y abro la puerta del dormitorio de Abby.

La encuentro sentada, apoyada en una pila de cojines y leyendo a la luz de una única vela situada en su mesilla. Cuando me ve lanza un tímido chillido de sorpresa.

–Uy, lo siento -dice con una risilla-. No esperaba a nadie. Debes de ser Judith Evans. Madre dice que eres descuidada y floja en el trabajo.

Su comentario me deja de piedra, pero pronto caigo en la cuenta de que está de broma. Aunque hay poca luz y su cara debería estar en penumbra, la veo como si la habitación estuviera inundada de sol radiante.

–Entonces tengo que trabajar más duro todavía, aunque tenga las rodillas y los codos rojos de fregar los suelos a todas horas.

Suelta otra risilla que luego se convierte en una áspera tos. Dejo sin pensar la mano en la espalda y visualizo sus costillas a través de los pulmones, que están irritados y en mal estado. Contienen líquido, demasiado, además de flemas. Trato de relajar los tejidos doloridos con lentos movimientos circulares y pongo toda mi voluntad en que el líquido retroceda y circule por los canales correspondientes.

Deja de toser, suspira y vuelve a apoyarse en los cojines. Tiene los ojos húmedos por el intenso acceso de tos.

–No sé lo que has hecho, pero gracias.

–No he hecho nada.

–Bueno, no te vayas, me has traído buena suerte. Ahora que ha desaparecido ese horrible estertor puedo respirar como una persona normal.

Eso me sorprende, porque yo he limpiado la habitación todos los días mientras Abby duerme y no he oído estertores en ningún momento.

–¿Sólo lo tienes por la noche?

Se seca los ojos.

–Sí, sobre todo cuando hace frío.

Parece asma o bronquitis, enfermedades comunes las dos. Pero no es eso lo que noté el primer día, cuando le tomé la mano. Aquello era un cuerpo sublevado. Ojalá pudiera tomarle la mano otra vez sin que resultase sospechoso o extraño.

Estira un brazo hacia el arcón de madera que tiene al lado de la cama para agarrar la jarra de agua que hay encima.

Le sirvo un vaso y se lo doy.

–¿Te gustaría que te leyera? – le pregunto; una idea ha cobrado forma en mi cabeza.

–Me encantaría. Me escuecen los ojos de leer con tan poca luz.

–Podría encender más velas.

Abre unos ojos como platos.

–¡No, no! Si madre las ve me obligará a apagarlas y ponerme a dormir.

–Perdona que te lo diga, pero ¿no te vendría bien dormir un poco?

Probablemente si duermes tanto durante el día es porque te quedas despierta por las noches.

–¡Ya duermo más que suficiente! – dice con voz algo ronca.

Su tono de complicidad me hace sonreír. Tomo el libro que está leyendo, me siento y empiezo a recitar en voz alta uno de los poemas. A ella le gusta y me pide que siga hasta que creo que no va a volver a dormirse nunca. Pero al final los párpados empiezan a pesarle y por fin cierra los ojos. Es la oportunidad que esperaba. Echo un vistazo a mi alrededor y escucho con atención; por suerte todavía no hay nadie despierto. Ya debe de estar cerca el amanecer, que es cuando la casa empieza a levantarse, de modo que no hay tiempo que perder. Agarro la mano de Abby, cierro los ojos y me concentro.

Como la otra vez, la batalla desatada en el interior de su endeble cuerpo resuena con estrépito en mi cabeza. Capa a capa mis pensamientos atraviesan sus vasos sanguíneos, órganos y tejidos en busca de la fuente de sus problemas. Al fin la veo. Células dañadas que luchan contra una toxina muy fuerte, aunque sutilmente disfrazada. Ahora entiendo por qué ni siquiera los médicos de Abby han sido capaces de diagnosticar la causa. Es veneno, administrado lo más seguro en cantidades minúsculas para no parecer evidente, pero que a la larga resultará lo bastante dañino para matarla.

Trato de iniciar el proceso de curación sin tardanza. Hará falta algo de tiempo para reparar todas las células dañadas, aunque no es ése el problema que preveo. Quienquiera que esté haciendo esto no dejará de hacerlo a menos que Ethan o yo podamos descubrir su identidad. ¿Cuánto nos costará eso? Con todas las tareas que tengo encomendadas es imposible que me fije en todas las personas que entran o salen de la habitación de Abby. ¿Y quién dice que el asesino tenga siquiera que acercarse tanto? La comida se la preparan en la cocina, en una bandeja aparte. Está al alcance de cualquiera.

Y si el asesino se da cuenta de que Abby se recupera, quizá decida incrementar la dosis, lo bastante para acabar con ella de una sola vez.

–Ethan, ¿dónde demonios te metes?

Lo pregunto sin esperar respuesta. Al principio no quería que Ethan me acompañara en esta misión sólo para que fuese mi canguro. Para eso me basta con Matt. Desde que tengo uso de razón me ha acompañado esa necesidad de hacer las cosas por mi cuenta, y hacerlas igual de bien que cualquier otro o quizá incluso mejor. Pero Ethan tiene más experiencia, y no soy tan estúpida como para rechazar su ayuda cuando resulte necesaria.

Como ahora.

Oigo el suave chasquido de la puerta a mis espaldas y por poco no se me sale el corazón por la boca. Entra Ethan, descalzo y de puntillas.

Se acerca y se arrodilla a mi lado, como si eso contribuyera a hacerlo invisible.

–Me llamo Wilbur, ¿te acordarás?

–Claro. ¿Dónde estabas?

–No me quisieron contratar. Al parecer acaban de tomar a una criada a petición de un amigo.

–¿Cómo has entrado? No he oído nada.

–En el sótano hay una ventana con el pestillo roto. No me ha visto nadie. – Mira a Abby, que duerme-. ¿Sabes ya lo que le pasa?

–Veneno.

–Lo que sospechaba Arkarian. ¿Qué puedes hacer?

–Creo que puedo curarla, pero tenemos que encontrar al culpable o no servirá de nada si puede intentarlo de nuevo.

–¿Algún sospechoso?

Me encojo de hombros, desconcertada por completo.

–Mary prepara la comida, pero cualquiera podría fisgar en la cocina.

–Entonces, ¿piensas que el veneno le llega por la comida?

–Bueno, no estoy en absoluto segura, pero la señora Smith vigila a Abby muy de cerca.

Canta un gallo fuera, una advertencia de que el día está a punto de comenzar. Ethan se incorpora.

–Más vale que desaparezca del mapa.

–¿Dónde te alojas?

–No te preocupes, me las he apañado para procurarme un trabajo la mar de digno, atendiendo a los animales en el granero. El puesto incluye alojamiento.

Algo en su tono de voz lo delata.

–Ese trabajo… ¿no precisará una pala, verdad?

Sonríe.

–Veo que tu sexto sentido está en plena forma esta mañana.

El sonido de una puerta cercana que se abre con un suave chirrido y se cierra con igual cautela hace que Ethan salga corriendo y atraviese el pasillo. Decido imitarlo, pero unos pasos al otro lado de la puerta de Abby me invitan a volverme y usar la ventana como salida. Por desgracia, la puerta se abre cuando estoy sólo a medio camino. Con apenas un segundo para ponerme a cubierto, me tiro al suelo y ruedo en silencio hasta ocultarme bajo la cama.

Entra una mujer, pero no es Mary ni la señora Smith ni la hermana de Abby. Despide un olor que me resulta vagamente familiar, aunque no puedo situarlo con claridad. Sería genial verle la cara, pero, si se trata de la asesina, su rostro, y en realidad todo su cuerpo, probablemente estén lo bastante alterados como para enmascarar su verdadera identidad. Sólo sus ojos permanecerán iguales. De pronto habla: pronuncia una sola palabra, en voz muy baja y muy pegada al oído de Abby. No la oigo. Aunque sí capto el gorgoteo del líquido que la mujer vierte en la jarra de agua de la muchacha. El corazón me da un vuelco: tiene que ser eso. La mujer adultera el agua. Y, por supuesto, nadie más beberá de ella por miedo a contagiarse del mal de Abby.

A continuación la mujer se dirige a la puerta para salir. No puedo revelar mi presencia ni arriesgarme a que sospeche que la Guardia va a por ella. Aun así, no tengo más remedio que ver quién es, por si nuestros caminos se cruzan algún día. En cuanto la puerta se cierra a sus espaldas, salgo corriendo y me asomo un momento, con cuidado de no hacer el menor ruido. Lo único que acierto a ver es la figura embozada de una mujer que atraviesa descalza y a toda prisa el pasillo en dirección a las escaleras que llevan al exterior.

Ethan aparece al otro lado del corredor y con el susto se me escapa un grito ahogado. Él se cubre la boca con la mano para indicarme que hable en voz baja.

–¿Has visto a esa mujer? – le pregunto en cuanto estamos de nuevo a salvo en el cuarto de Abby.

–Sí. También la vi ayer. Les llamó la atención a un par de hombres que trabajan en el granero. Dijeron que era la viuda Wittman -susurra-. Al parecer se llama Margaret. Se mudó a la casa que hay carretera abajo hará unos dos meses. No tiene hijos, vive sola y casi no habla con nadie, aunque una o dos veces ha venido a traer huevos recién puestos y judías. Es de suponer que así se las ingenió para conseguir una llave de la puerta trasera y sacar una copia. Y recuerda: si es de la Orden, tampoco ocupará su cuerpo mortal. Será difícil identificarla.

–Bueno, sabemos a lo que se dedica en su tiempo libre.

–Exacto. ¿Cómo administra el veneno?

–Ha echado algo en el agua de Abby.

Ethan se acerca a la mesilla, saca un pequeño recipiente del bolsillo de los pantalones y lo llena de agua. Se guarda la botellita y sale sin perder un minuto, pues la casa ya se depierta.

Yo vacío la jarra, la lavo a conciencia en la cocina y la relleno con agua limpia y clara de la bomba que hay fuera antes de que nadie se dé cuenta.

El día transcurre con lentitud. Me las apaño para acabar con mis tareas a media tarde y decido salir a dar un paseo, sólo para ver dónde vive esa asesina. Llego a la casa del final de la estrecha carretera y el panorama me provoca un escalofrío. Las ventanas de la fachada están rotas, a la balaustrada del porche le faltan barras, y láminas enteras de pintura se desprenden de las paredes descascarilladas. Se trata de una casa vieja y ruinosa, pero no es eso lo que me hiela la sangre. Es la sensación fantasmagórica de que algo malo se ha albergado entre esas paredes, algo mucho más maligno que la mujer que ha estado esta mañana en la habitación de Abby.

Giro sobre mis talones y vuelvo corriendo a la granja Smith, pero no a descansar al desván. Decido mantenerme ocupada, apartar del pensamiento las inquietantes vibraciones que emanan de la casa. Cuando al fin cae la noche todavía tengo los nervios a flor de piel. Pero debo intentar curar a Abby esta noche, y es de esperar que Ethan dé con un modo de pararle los pies a esa mujer que se hace llamar Margaret para que los dos podamos regresar a casa sanos y salvos. La cuestión es que no puedo dejar de pensar en esa presencia maligna, consciente de que no cuadra.

Me encuentro a Abby sentada, aguardándome. Tiene mejor aspecto, y creo que el amago de curación de anoche seguido de un día sin veneno ya

se han hecho notar. Esas ojeras ya no son tan oscuras como ayer, y su nivel de energía también parece mayor.

–¿Volverás a leerme?

–Por supuesto. – Me siento y tomo el libro de poesía.

Ella me lo quita de las manos y lo deja boca abajo sobre la cama.

–Pero antes hablaremos.

Oh, oh.

–Claro. ¿De qué quieres hablar?

Suspira feliz.

–Hace una eternidad que no salgo de entre estas paredes, tienes que contarme todo lo que pasa.

No es tarea sencilla, sobre todo si se tiene en cuenta que lo ignoro.

Aunque la Ciudadela me otorga el acento correcto y los rudimentos de la cultura de la época, no me proporciona recuerdos ni información sobre acontecimientos de actualidad. Al verme en blanco, Abby me da unas palmaditas en la mano.

–Te llamaré mi amuleto. – Menudo halago-. Hacía mucho que no me sentía tan bien. Prométeme, Judith, que nunca te irás. Y cuando me case y tenga familia propia trabajarás para mí, o yo para ti, depende de quién se case con el hombre más rico.

Un plan estupendo, y lo máximo a lo que podía aspirar una mujer de esta época, me imagino. Pero no es mi concepto de una vida ideal, y tengo que hacerle saber que para entonces no estaré por aquí.

–No me quedaré mucho, Abby. Trabajo porque mi familia necesita algo de dinero para el traslado.

–¡Oh, no! ¿Adonde vas? Al oeste no, espero. Todo el mundo se va al oeste. Sois tan valientes… -Me encojo de hombros para salir del paso y ella acepta bien la noticia-. No importa, nos escribiremos. ¡Cómo me gusta escribir! Un día escribiré a los que hacen las leyes.

Su entusiasmo me intriga.

–¿Y qué les dirás?

Me mira fijamente y susurra:

–Les pediré a esos hombres que aprueben una ley que permita que las mujeres nos expresemos.

Me recuesto en la silla para admirar a esta chica, que tal vez esté muy enferma pero posee un coraje extraordinario. Finjo tener una copa en la

mano, que sostengo en alto.

–¡Bien dicho! Secundo la moción.

Charlamos una eternidad y perdemos la noción del tiempo. Me habla de su abuela, que le enseña a leer y escribir. Me deja claro lo firme que es su opinión de que todas las niñas deberían recibir educación, y parece muy entendida en una cantidad increíble de materias. Sus amplios conocimientos me dejan anonadada.

–¿Cómo sabes tantas cosas? – no puedo evitar preguntarle.

–Leo, por supuesto.

Y vaya si lee: no sólo poesía, sino también historia, teología, teatro y política.

Al final, a Abby le entra el cansancio y mientras le leo el último poema de la noche cae rendida. En ese momento entra Ethan, que echa un vistazo a su alrededor y por encima del hombro; después cruza la habitación para mirar por la ventana en todas direcciones.

–Pensaba que nunca ibas a dejar de darle conversación.

Oh, no, ¿de verdad hemos hablado tanto?

–Tiene un gran ímpetu, y unas ideas maravillosas, muy adelantadas a su tiempo.

Ethan emite un gruñido impaciente.

–Hablando de tiempo, ya sabes que no vamos sobrados. ¿Has empezado ya a curarla?

–Estaba a punto cuando has entrado.

Hace un gesto de impaciencia con las manos. Algo lo reconcome.

Nunca lo había visto tan… inquieto.

–Tienes que correr.

–¿Qué pasa? ¿A qué viene tanta prisa?

–¿Quieres saber lo que pasa? Marduke está aquí. ¡Marduke!

–Ya me lo parecía.

Me mira con los ojos como platos.

–¿Lo has visto?

–No, pero esta tarde he sentido su presencia. Está en casa de esa mujer.

–Margaret. Ella lo protege. He tratado de encargarme de ella, pero Marduke se ha metido por medio. De modo que ahora sabe que la Guardia anda por aquí.

–¡Genial! Bueno, ¿qué podemos hacer para librarnos de los dos?

Ethan gime como si hablara en contra de su voluntad.

–De momento tendremos que olvidarnos de Marduke. Nos limitaremos a la viuda Wittman. Ésa es nuestra misión. Y tengo una idea.

Caigo en lo que me está diciendo.

:-¿Quieres esperar a que la viuda vuelva como todas las mañanas, con el veneno?

–Sí. Ahora corre. Para que mi plan funcione, Abby debe estar curada.

–Para que podamos salir pitando hacia la Ciudadela.

–Exacto, antes de que Marduke se presente por aquí. No es cosa nuestra vernos las caras con esa criatura, sea lo que sea. Que el Tribunal se ocupe de él.

Me pongo a trabajar en Abby mientras Ethan pasea sigiloso de la puerta a la ventana y viceversa. De cuando en cuando me apremia con un susurro, pero yo ya voy todo lo rápido que puedo. Hay que atravesar muchas cicatrices antes de llegar al veneno, que está en las profundidades de sus células.

En cuanto el sol empieza a asomar por el horizonte me recuesto en la silla, agotada por completo.

–¿Está curada?

Asiento y gruño en voz baja, pues el cuerpo no me da para más. No pensaba que curar pudiera resultar tan agotador, aunque también es cierto que jamás había intentado nada que costara más de unos minutos. Esta sesión ha durado horas.

Canta el gallo, la señal de que nace el día.

–¡Bien hecho! Ahora siéntate junto a la ventana y yo me encargo del resto.

Pero levantarme es una tarea ímproba.

–¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? – me pregunta Ethan, preocupado.

–Exhausta.

–¡Oh, no!

–Lo siento. No sabía que iba a tener este efecto.

Me lleva medio a rastras, medio en volandas al otro lado de la habitación y me sienta al lado de la ventana.

–No te preocupes. Saldremos de aquí en un periquete.

–De verdad que así lo espero. Sería capaz de dormir mil años seguidos.

Ethan se planta en el centro del cuarto, cierra los ojos y pone en marcha su magia. Crea una ilusión, y bastante interesante, por cierto. Ha llenado la habitación con un extenso muestrario de jarras de agua, unas de cristal, otras de arcilla vidriada o porcelana. Están por todas partes, a diferentes alturas, y todas llenas a rebosar de agua cristalina y centelleante.

Alzo una ceja con gesto inquisitivo.

–Una distracción momentánea -me explica-. Quiero que baje la guardia lo bastante para fijarme en sus ojos. Para eso necesito que mire fijamente, y un buen rato. Está un poco traído por los pelos, pero ojalá pueda descubrir algo distintivo para identificarla.

–¿Y si la reconoces y es miembro de la Orden? ¿Entonces qué?

Se abre un poco la camisa y descubre un puñal, cosa que me deja sin aliento, agradecida por que mi habilidad sea la curación. Pienso en esa otra que todavía no se ha revelado y me estremezco. ¿Qué puede ser? Espero que sea útil, como la curación, y no algo que pueda usarse para matar.

El chasquido de la puerta me arranca de mis pensamientos. Es la mujer, Margaret. La asesina. Entra en el dormitorio y se detiene ante la visión de un centenar de jarras de agua.

Tendría que verme sentada en la repisa, y a Ethan de pie en el centro del cuarto, pero es como si las jarras la tuvieran hipnotizada. Me doy cuenta de que la ilusión de Ethan es más de lo que aparenta, porque los ojos de Margaret, a la sombra de la capucha calada de su capa, permanecen clavados en los recipientes, desplazándose con lentitud de uno a otro.

Parece haber olvidado el propósito de su visita.

Se vuelve a cámara lenta y ya tiene a Ethan justo delante, quien intenta echar un buen vistazo a las profundidades de su capucha. Es el único modo de identificar a uno de los nuestros en el pasado. Resulta evidente que la mujer está aturdida y al parecer ni siquiera ve a Ethan, quien entrecierra los ojos como si la reconociera, aunque después alza un poco los hombros.

–Creo que lleva algún tipo de camuflaje -susurra.

–¿Como unas lentillas o algo así?

–Eso. – Se encoge de hombros y olfatea el aire-. Sin embargo, su olor me suena.

–Lo sé. Es su perfume. Un olor a flores, como a jabón. Pero ¿cómo es posible? ¿No se quedaría su olor en la cama junto con su cuerpo físico?

–Por supuesto.

–¿Entonces qué hacemos ahora?

La mujer se vuelve de repente, como si hubiera hallado una manera de zafarse del hechizo de Ethan. Pero antes de que tenga ocasión de actuar o de comprender lo que sucede, Ethan la agarra por detrás y la aprieta contra su pecho. La mujer gruñe y se retuerce en sus brazos.

–Dime -le susurra Ethan al oído-. ¿Qué hace Marduke en esta época?

La mujer inspira con fuerza y el aire sisea al pasar por su nariz.

–Mátame si quieres, porque no pienso decir nada.

En cuanto ha pronunciado la última palabra, empieza a desaparecer, y de pronto Ethan da un traspiés hacia delante sin nada entre los brazos más que aire.

Miro a mi alrededor presa de la desesperación por si sólo se ha teletransportado y no ha abandonado este período de tiempo.

–¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha marchado?

Ethan recupera el equilibrio y se gira.

–No sé…

Con esas palabras empieza a despedazarse la ilusión. Una tras otra las jarras explotan y el ruido del cristal y la loza despedazados desgarra el aire.

Me llevo un brazo a la cara para taparme los ojos.

–Eh, ¿qué pasa?

Ethan se acerca a mí con la cabeza resguardada por el brazo. Cuando llega a mi lado, su ilusión desaparece por completo en un estallido de luz verde y cegadora, y por un momento nos miramos, preguntándonos qué demonios está sucediendo.

–¿Estás bien? – me pregunta.

Me limito a mover la cabeza afirmativamente, pues aún estoy recuperando el aliento queme ha arrebatado lo repentino y violento de la explosión.

–Tenemos que salir de aquí.

–Sí.

Pero, en cuanto me toma de la mano y comienza a llamar a Arkarian, una imagen grande empieza a cobrar forma ante nuestros ojos. A medida que se hace más corpórea, una sensación de malicia invade la habitación con tal intensidad que resulta asfixiante. Incluso antes de que su figura se forme por completo, adivino quién es nuestro visitante: Marduke.

Este alza una mano y toda la luz de la habitación empieza a dar vueltas y dibuja un arco iris que cae en espiral hacia la palma de sus manos.

Flexiona los dedos y el torbellino de luz desaparece en un instante, vaciado en sus manos, hasta el último rayo.

La habitación queda completamente a oscuras, a excepción del único y resplandeciente ojo amarillo de Marduke.

Ethan parece atónito, a duras penas respira. Empiezo a preocuparme por su estado y caigo en la cuenta, con una intensa sensación de vacío en la boca del estómago, de que ésta es la primera vez que se enfrenta cara a cara con su peor pesadilla. Y aunque él no puede ver nada con esta oscuridad, sí que distingue el perfil de Marduke por el resplandor de su ojo.

–Ethan, ¿te encuentras bien?

Recupera la compostura con rapidez.

–Me vendría bien un poco de luz -contesta sin apartar la vista del hombre descomunal que tenemos delante, y luego avanza a tientas para situarse directamente delante de mí.

Por instinto levanto los pies, me abrazo las rodillas y trato de no respirar demasiado fuerte. El olor que hay ahora no se parece en absoluto al aroma floral que Margaret dejaba a su paso; ahora apesta a algo podrido, algo abyecto.

Las manos de Marduke empiezan a iluminarse cuando le indica a Ethan que se aparte.

–No es a ti a quien quiero. Al menos de momento.

–¿Qué tramas? ¿Qué quieres de Isabel?

–Es el primer peón para poner en marcha mi plan.

–¿Qué plan?

–¿Tú qué crees? Me cansan vuestros juegos. Ya es hora de ajustar cuentas de una vez.

–¿De qué hablas? Ni Isabel ni yo te hemos hecho daño nunca. No te conocemos, excepto en sueños…

Marduke se impacienta con tanta pregunta.

–De ti -dice mientras mueve los resplandecientes dedos en dirección a Ethan- me encargaré más adelante.

De las puntas de sus dedos, que apuntan hacia Ethan y después hacia la pared de enfrente, surgen unos brillantes relámpagos azules. Al instante la

habitación se llena de un color eléctrico, y Ethan se ve catapultado horizontalmente por los aires para estrellarse contra la pared.

Marduke vuelve la cabeza para mirarme y me dedica una media sonrisa.

–Y ahora…

Pero Ethan lo interrumpe: se pone en pie con rapidez y grita. La intención del grito es distraer a Marduke.

Y funciona.

El monstruo gruñe, molesto:

–O eres valiente hasta la estupidez o sencillamente te atrae la muerte.

–Me atrae la muerte -replica Ethan con voz áspera mientras, con la mano derecha extendida, hace volar el puñal hasta su palma-. La tuya.

Marduke alza sus descomunales manos una vez más, pero ahora Ethan es más veloz. Grita por segunda vez -un aullido de rabia- y arroja el cuchillo de lado a lado de la habitación.

El puñal se clava de lleno en el hombro de Marduke, hiriéndolo. La sangre mana y se extiende por su brazo izquierdo.

El monstruo ruge. El ruido tendría que despertar a la casa entera y a todos los vecinos, pero Abigail no se mueve, y tampoco el resto de la familia. Deben de hallarse bajo algún tipo de encantamiento.

Marduke se arranca el puñal de la carne y entonces brota un chorro de sangre que le provoca una furia espantosa. Cruza la habitación como una bestia enloquecida, agarra a Ethan y lo aplasta en el interior de su brazo gigantesco. Durante un segundo temo que le haya roto la espalda, pero entonces Ethan se lanza hacia delante en un intento de zafarse de los brazos de nuestro enemigo. Sin embargo, Marduke está poseído por una fuerza rabiosa que en poco tiempo reduce las acometidas de Ethan a meras convulsiones inútiles.

–Mira -sisea Marduke mientras me apunta con el puñal y sus manos resplandecientes iluminan como una antorcha-. Mira cómo muere por tu propia hoja.

El puñal brilla un momento en su mano antes de desgarrar el aire cuando lo lanza directamente hacia mí. Lo veo venir, pero soy incapaz de moverme para salvarme. El agotamiento que me ha producido la curación sigue afectando a mis extremidades, y además me parece que Marduke me ha hechizado. Mis ojos permanecen fijos en el filo reluciente y empapado en sangre.