Los elegidos

Marianne Curley · Capítulo 34 de 43

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Los elegidos

Ethan

–Desde pequeña ha estado loca por mí. Se cree que no lo sé. Y, bueno, cuando estábamos en el dormitorio de Juan de Gante nos besamos.

–Lo sé. Lo presencié.

–Pues ya ves, soy su alma gemela.

–Lo único que sé es que Isabel está enamorada de ti. Pero ¿tú qué?

¿Sientes lo mismo por ella?

Me detengo un segundo y busco la verdad en mi corazón. ¿Qué siento por Isabel?

–Yo… Vaya, yo… Le tengo cariño. Creo que es estupenda. Somos grandes amigos.

–¿La amas?

–No… no lo sé a ciencia cierta, pero… -Mi mirada se desplaza al cuerpo inmóvil y lívido de Isabel, desprovisto de sangre. Si soy su alma gemela, tengo una oportunidad de salvarle la vida. O sea, que tengo que serlo y punto-. Soy su alma gemela, Arkarian. Eso lo sé. Deja que vaya.

Debo intentarlo.

–De acuerdo, Ethan. Pero antes hay unas cuantas cosas que debes saber.

ETHAN

Este mundo intermedio es gris y monótono, como un vídeo en blanco y negro. Arkarian me deposita en pleno centro de un bosque. Los árboles presentan diversos tonos de blanco y gris; sus lianas plateadas se extienden a mi alrededor como telas de araña. Las aparto de mi camino y reparo en su textura seca, en nada parecida a la sedosa humedad de una selva real.

La descubro de inmediato, muy por delante de mí, como una figurita blanca a lo lejos. Corro en su dirección y busco la luz que la guía, pero no alcanzo a distinguir nada en el cielo gris y bajo. Descubro que mi camino está obstruido por un árbol caído tan alto y ancho que apenas veo por encima de él. Salto para sortearlo y, buscando apoyo para los pies donde puedo, trepo hasta arriba. Por el rabillo del ojo vislumbro un movimiento oscuro e indefinido. Me aparto por instinto, justo a tiempo, ya que una tarántula del tamaño de un perrillo corretea hacia mí sobre sus ocho patas peludas, con un chillido tan agudo que empiezan a dolerme los oídos. Me divisa e inclina la cabeza como si calibrara si soy amigo o enemigo. De repente se alza sobre las patas traseras y chilla otra vez, dispuesta a saltar.

La adrenalina se dispara por mis venas y me proporciona una fuerte dosis de energía, que aprovecho para saltar volando al otro lado.

Mientras corro todo lo rápido que alcanzan mis piernas, recuerdo la advertencia de Arkarian: «Tus miedos se exagerarán. Si sucumbes a ellos las criaturas de tus pesadillas se harán realidad. Manten puros tus pensamientos y saldrás indemne. En ese lugar hay bondad y maldad, pero ante todo almas perdidas y errantes, criaturas que no saben ni siquiera que están muertas. Habitarán las formas de tus temores.»

Trato de mantener el pensamiento concentrado en la figura blanca de Isabel, que avanza rápido por delante de mí. Sigo corriendo hasta que al fin me descubro fuera del bosque y en un inmenso espacio abierto que conduce directamente a un valle hermoso pero gris, con una distante cordillera nevada, en apariencia interminable, a la derecha. Caigo en la cuenta de lo vasto e interminable que es este lugar. Me llama la atención un movimiento en el fondo del valle. Una familia de lobos grises, padre, madre y cinco grandes lobeznos, juega y retoza en un campo de exuberante hierba gris. El corazón me da un vuelco y me quedo petrificado, incapaz de apartar los ojos de esas criaturas desproporcionadas. ¿Es que nada es pequeño en este sitio?

Desvío con pesadumbre la mirada de la familia de lobos y busco a Isabel. Finalmente diviso su figura menuda, que se precipita disparada hacia el valle, el mismo valle que la familia de lobos ha convertido en su hogar.

Tengo entendido que los lobos se muestran muy protectores con sus hijos.

Me pongo de pie en la cresta rocosa y hago bocina con las manos.

–¡Isabel!

Pero no me oye, aunque el eco de mi voz resuena a lo largo y ancho del valle. Todavía debe de estar demasiado lejos. Sin embargo, son los lobos, los siete, los que vuelven la cabeza al oír mi grito y olisquean el aire con las fosas nasales abiertas. Y con el estómago revuelto comprendo lo que he hecho. El lobo más grande se encarama a una roca, alza la cabeza y aulla.

Su compañera se une a él y emite a su vez un solitario aullido. La llamada va seguida de otras. Mi corazón late desbocado ante la visión que se extiende ante mí: centenares de lobos se congregan procedentes de todas las direcciones. Empiezan a avanzar hacia mi risco con velocidad cada vez mayor; sus largas y ágiles extremidades atruenan sobre el suelo frío y gris.

Pero lo peor es comprobar que Isabel corre con pasos ligeros entre el promontorio y las fauces de los lobos.

–¡Isabel!

No sirve de nada: sigue corriendo, ajena a los lobos que se le acercan.

¿Cómo puedo lograr que me oiga? Corro directo hacia ella, más rápido de lo que creo posible, y después más todavía; pero ahora que ya no estoy en lo alto de las rocas la pierdo de vista. Lo único que distingo es la manada de enormes lobos.

Ya los tengo encima. Un polvo gris me azota la cara cuando el viento que levantan sus cuerpos me hace volar por los aires; entonces espero sentir unos dientes clavados en la garganta. Pero no: «Manten puros tus pensamientos», me ha dicho Arkarian. «Sólo juegan -trato de decirme-. No me harán daño…» Alzo la vista y veo que un lobo salta limpiamente por encima de mí, y después otro. Diviso un huequecito entre la manada y corro como una flecha hacia el único refugio que hay, una roca que queda en su camino. Me escondo tras ella y me hago lo más pequeño posible mientras ellos pasan por encima y por los lados de mi escondrijo momentáneo, aparentemente ajenos a mi presencia.

Y lo único que puedo pensar es que seguramente Isabel estará tirada por ahí, con el cuerpo aplastado contra la tierra gris o reducido a pedazos.

Al cabo de un rato salta por encima de mí la retaguardia de la manada y el polvo empieza a aposentarse. Un último lobezno solitario brinca juguetón alrededor de mi piedra. Me ve encogido en una minúscula bola cubierta de polvo y me mira como si reconociera algo en mis ojos temerosos. Al final aparta la vista a regañadientes, olisquea el aire y sigue el camino de sus compañeros.

Me levanto, respiro a fondo para tranquilizarme y oteo el panorama en busca de algún rastro de Isabel, con la boca completamente seca, temiéndome lo peor. La veo, veo nuevamente su pequeña figura vestida de blanco, trepando por las rocas que bordean un río.

La sensación de alivio que me invade hace que sienta las piernas líquidas como el agua de la corriente, pero entonces caigo en la cuenta: se supone que Isabel se dirige hacia un puente, y ahora estamos siguiendo un río. Le grito una vez más:

–¡Isabel!

Sin embargo, todavía está demasiado lejos.

Me pongo en marcha de nuevo sin prestar atención al dolor que me asalta el pecho al tratar de correr con los pulmones aún llenos de polvo gris.

–¡Isabel! – chillo otra vez.

Se detiene un segundo y creo que al fin va a darse la vuelta. Pero en lugar de eso se agacha y huele una flor gris. La imagen me trae un vivido recuerdo.

Al instante, una ráfaga de viento como un tornado en miniatura cae sobre mí y me deja clavado al suelo. Y en un estallido de luz el viento desaparece y se forma una figura tenebrosa. Sé al momento de quién se trata: nadie más puede ser tan alto, maligno o deforme.

Esta vez no actuaré sin pensar. Me impongo la necesidad de hallar cierta calma interior antes de enfrentarme a este hombre.

Marduke, no sabía que fueras un alma perdida.

Se ríe con un sonido gutural y quebrado.

Tú me has invocado, necio.

Mi recuerdo, pienso. ¿Ahora cómo me libro de él?

Me dedica una media sonrisa.

–No puedes.

Vaya, además oye mis pensamientos. Respiro a fondo y trato de distinguir a Isabel, que está más allá de él. Ha reanudado la marcha, pegada a la orilla del río. Ahora distingo algo por delante de ella, algo de un blanco deslumbrante. Dios mío, me parece que es el puente.

Cuando Marduke habla, lo hace en tono burlón:

–No la alcanzarás, y aunque lo consiguieras, no es tu voz la que conseguirá que se vuelva.

–Mientes. – Recuerdo las instrucciones de Arkarian para disipar lo que no es real en este mundo-. Y en realidad tú no estás aquí.

–Pero aquí me tienes, Ethan. Tú me has creado en tus pensamientos.

–Eres una imagen de mis sueños, sí, lo sé. Pero ahora me refiero a ti como lo que de verdad eres en este momento: un producto de mi imaginación. – Hago un gesto con una mano en su dirección-. ¡Desaparece!

Camino sin vacilar hacia él con las manos alzadas y las palmas hacia fuera, como si quisiera empujarlo a un lado, mientras mentalmente me despojo con firmeza de todas las dudas.

Recuerdo el consejo de Arkarian: «Si lo crees con todo tu corazón, la ilusión creada a partir de tu pensamiento desaparecerá.»

Entonces, cuando estoy a punto de topar con el grueso torso de Marduke, se descompone dejando sólo motas de polvo gris.

–¡Sí! – Ahora a por Isabel. Miro hacia delante y la veo plantada al borde de un resplandeciente puente blanco-. ¡Dios, no, Isabel!

No se gira, pero parece dudar. Corro y salto por encima de las rocas que encuentro a mi paso, sin prestar atención a las bestiezuelas que se cruzan en mi camino.

–¡Isabel! – Pone un pie en el puente, pero por fin estoy tan cerca que sin duda tiene que oírme-. ¡Isabel! – Da otro paso. Llego al sitio donde comienza el puente; Isabel sólo está a unos centímetros. Sin embargo, de espaldas a mí, da otro paso más-. ¡Isabel! ¡Soy yo, Ethan! ¡Date la vuelta y mírame!

No se gira y comprendo que he fracasado. Marduke estaba en lo cierto al decir que no soy yo quien conseguirá que se vuelva.

No soy su alma gemela.

¿Y ahora qué hago? Tres pasos más y estará al otro lado.

–¡Isabel!

Pero no sirve de nada. Da dos pasos más. Dos pasos que la acercan aún más a la muerte. La derrota me abruma como una carga insoportable. No me queda nada por hacer.

Sin embargo, de repente se oye una voz a mis espaldas, una palabra que pasa disparada por encima de mi hombro, pronunciada en tono nada alto aunque igualmente cargada de sonoridad y profunda pasión:

–Isabel. – Ella se queda inmóvil, con el pie derecho suspendido en el aire. Me giro y veo a Arkarian. Avanza y se sitúa a mi lado-. Isabel, da la vuelta y regresa a casa.

Isabel se gira y desaparecemos los tres, directos a la sala de curas de la Ciudadela.

Y ahora Isabel respira otra vez. La sangre de su camisón es un crudo recuerdo de lo que acabamos de experimentar, pero su herida está sellada por completo.

Abre los ojos.

–¿Qué… qué ha ocurrido?

Mis ojos coinciden con los de Arkarian por encima de su cuerpo. Su expresión me aconseja guardar silencio. Baja la mirada hacia Isabel.

–¿Qué recuerdas?