Los elegidos
Ethan
cuaderno me han provocado una inquietud que no podía quitarme de encima.
Lo dice en un tono muy melancólico, y como yo quiero que deje de pensar en el cuaderno, le doy un reconfortante abrazo.
–No pasa nada. Lo que me ha asustado ha sido despertarme y encontrarme con tu cara.
Me devuelve el abrazo, en un momento de hermandad poco habitual que hace años que no compartimos.
–Caramba, gracias. Qué cosas más bonitas me dices.
Cuando se retira me asalta un olor conocido que me sacude el cuerpo entero con un escalofrío.
–¿Qué es ese olor?
Se endereza y olisquea el aire.
–¿El qué? ¿Te refieres al olor a flores?
Asiento con la cabeza sin decir palabra; mi lengua parece el doble de grande. El aroma floral me recuerda demasiado el perfume que dejaba a su paso la asesina del dormitorio de Abigail Smith. Hago un poco de saliva y trato de tragar.
–Sí, a ese perfume… ¿Por qué hueles así?
Se encoge de hombros y se encamina hacia la puerta.
–No es perfume. Pero si te gusta, intentaré conseguirte un poco. Son las gotas para los ojos que usa Rochelle, por la alergia. Le encantan, y dice que además van fenomenal para los ojos cansados. Y es verdad, yo mismo las he probado hoy.
Me obligo a respirar.
–¿De verdad?
–Sí, se las prepara por encargo un herborista que no es de aquí. – Lo observo sin habla mientras desliza la mandíbula a la derecha y luego a la izquierda, un gesto nervioso que ha perfeccionado con los años-. Se hacen con una flor muy especial. Un lirio gigante, me parece.
ETHAN
Esta semana entreno a Isabel con mayor intensidad que nunca.
Practicamos incluso los aterrizajes.
–Vamos a volver a ver al rey Ricardo II.
–Pensaba que habías dicho que no podíamos volver al mismo período de tiempo dos veces.
–Al mismo período, no. Pero ahora Ricardo tiene treinta y dos años.
–Ah.
–Sí, y…
Tengo que contarle lo de que el Tribunal quiere que mi padre regrese y termine su misión… y se encargue de Marduke. Le cuento la mayor parte de lo que Arkarian me explicó, y que mi padre debe asegurarse de que Ricardo realiza el viaje a Irlanda que estaba planeado.
–Pero eso podemos hacerlo nosotros, ¿no? ¿Por qué llevar a rastras a tu padre cuando es obvio que no quiere?
–Al parecer hizo un juramento de sangre con Juan de Gante y se comprometió a proteger a su hijo Enrique. Y además está el asunto pendiente con Marduke. El Tribunal desea que mi padre concluya el duelo.
Dicen que ya es hora de que se ponga a Marduke en su sitio, antes de que se destruyan más vidas inocentes.
Isabel lo pilla enseguida.
–Como la mía. Piensan en las amenazas que profirió y en su presencia en el dormitorio de Abigail, cuando intentó matarme.
Se estremece de arriba abajo, como si de repente unos caballos salvajes galoparan sobre su tumba.
–Esto se está poniendo muy siniestro.
Espero que sea su sexto sentido y no un destello de memoria. Arkarian dice que a Isabel no le conviene recordar el mundo gris y lo cerca que estuvo de la muerte, que eso podría acabar con su espíritu intrépido.
–¿Y cuando partimos? – me pregunta.
–Esta noche. Pero no te sorprendas, porque no vamos di-rectamente a la Ciudadela. Arkarian nos reunirá primero a todos en sus aposentos.
–¿ Y tu padre también vendrá?
–No sabe nada… todavía. Se supone que yo soy el cebo que lo llevara hasta Arkarian.
–¿Y como te las apañaras para eso?
No se lo digo, porque tampoco es que yo lo tenga muy claro.
–Tiene que ocurrirseme algo que lo haga descubrir de sopetón la verdad sobre mi, pero de un modo que lo enfurezca lo bastante para que quiera protegerme, o si no matar a Arkarian. Cualquiera de las dos cosas. Lo único
que tiene que hacer es pronunciar el nombre de Arkarian para acceder a sus aposentos.
–¿Eso es todo?
–Bueno, tiene que hacerlo con sentimiento. Así Arkarian lo oirá.
Isabel frunce el entrecejo, como si recordara un pensamiento inquietante. Estoy a punto de preguntarle lo que significa esa mirada, pero me indica con un gesto que me aparte y alza la espada con las dos manos.
Todavía le cuesta, aunque ha progresado horrores desde que le ejercitamos los brazos con pesas.
–Tengo la sensación de que voy a necesitar esta habilidad dentro de poco.
–¿A que te refieres?
–Cuando luchemos con Marduke.
Durante un momento me deja sin habla.
–Pero… tu no lucharas con el. El duelo es entre Marduke y mi padre.
Estas cosas tienen sus reglas, reglas que ni siquiera Marduke se puede saltar.
Me mira fijamente, como si sopesara si hablar o no. Tengo la molesta sensación de que me oculta algo.
–Puede que quiera matar a tu padre, Ethan, pero también intento matarme a mi. Yo creo que eso me da motivos suficientes para subirme al carro de los duelos.
La agarro por la muñeca, que sigue en alto.
–jTu no vas a volver a acercarte a Marduke!
–¡Ojala fuera cierto! No soy tan inocente, Ethan, y tu tampoco deberías serlo. Despierta. Marduke me metió en este duelo al tratar de asesinarme. Y, puesto que lo hizo para ata-carte a ti, ahora tu tambien estas vinculado. Es como si Marduke tratara de atraer a todos los miembros posibles de la Guardia. A lo mejor su idea es eliminarnos mientras seamos vulnerables. Tu suposicion es tan buena como la mia.
–Bueno, lo que esta claro es que el Tribunal tiene unas prisas desesperadas por acabar con el.
–¿ A que crees que se debe? – Prosigue para responderse a si misma-.
Porque la situation se les esta yendo de las manos, por eso, y el Tribunal lo sabe. ¿,A cuantos mas ha implicado Marduke en este duelo?¿Eh? Si es capaz de debilitar a los Guardias aquí, donde estuvo la antigua ciudad,
entonces es que el y la Diosa nos llevan mucha ventaja. Al perseverar en su búsqueda de venganza, Marduke le esta haciendo un favor a la Diosa. –
Deja caer esas ideas sobre mi como una bomba, pero me da la impresion de que no es eso en lo único en que ha estado pensando-. Dime, ¿hasta que punto conoces a Rochelle? – añade.
La pregunta me sorprende y me quedo mirandola un instante.
–¿Por que lo preguntas?
–No te pongas a la defensiva -me contesta.
–No lo hago. ¿Por que iba a hacerlo?
–Olvidalo.
La agarro del brazo y evito que vuelva a levantar la espada.
–¿A que viene esto? ¿Y por que me preguntas por Rochelle? Sabes que no la soporto.
Isabel guarda silencio un momento y me mira como si me viera a través del alma o algo así. De pronto su cara se pone ligeramente roja, como si hubiera tornado demasiado el sol.
–Me parece que… Creo que trabaja para Marduke.
Oigo las palabras, pero no puedo creer que las haya pronunciado.
–¡Eso es una estupidez!
Isabel me sujeta por un brazo cuando me doy la vuelta.
–Ethan, piensalo. ¿Recuerdas el olor que desprendía la asesina de Abigail Smith y que los dos reconocimos pero no supimos ubicar?
–Te equivocas, Isabel. El perfume no se transfiere con el alma.
–¡Ya lo se! Pero Rochelle utiliza una especie de gotas para los ojos. –
Mueve una mano por delante de mi cara-. Gotas para los ojos, Ethan, hechas de flores.
–Me lo ha contado Matt.
Algo en mi interior comienza a bullir como una olla a presión con la tapa tan bien cerrada que no puede escapar nada de vapor. ¿Por que no hay manera de que se olviden de Rochelle? Primero el Tribunal extrae conclusiones precipitadas de su dura infancia, y ahora Isabel saca una cosa de la manga por un olor insignificante que captamos en el pasado.
–No sabes lo que dices. Deja a Rochelle en paz, ¿vale?
Me mira y juraría que sus ojos empiezan a llenarse de lagrimas. Pero antes de que le encuentre algún sentido a esa reacción se gira y empieza a
actuar como si nunca hubiesemos mantenido esta charla. En esta ocasión alza la espada sin problemas con sus dos manitas mientras farfulla:
–Sigamos con el entrenamiento.
Y asi entrenamos el resto de la tarde, envueltos en un silencio cargado de tensión. Cuando lo damos por terminado y nos encaminamos a casa estoy muerto de cansancio y soy incapaz de dejar de pensar en las acusaciones de Isabel sobre Rochelle y Marduke. Y ahora tengo que prepararme para vermelas con papa.
Esta noche el camino que va de casa de Isabel a la mia me resulta mas largo porque los pies me pesan como si llevaran plomos. Aprovecho el tiempo para ensayar unas cuantas ideas. Lo que no quiero bajo ningún concepto es causarle mas dolor a mi padre. He visto el efecto que tuvo en su vida la perdida de Sera. Pero cuando por fin llego a casa y me lo encuentro con la vista fija en la televisión, todos los sutiles planes que he ido formando salen disparados de mi cabeza.
Esta es ahora su vida: la ausencia total de vida.
¿Es este modo para que un miembro de la Guardia, o incluso un hombre común, pase sus días, como si viviera a cámara lenta?
Yo siempre quise tener un padre que me sirviera de ejemplo. Otros niños los tenían. Al parecer hubo un tiempo en que yo lo tuve. Me he pasado la vida entera intentando ser ese hombre: el hombre que debiera haber sido mi padre.
Y cuando contemplo su figura inmóvil, me recorre un escalofrío:
¿podría ser esa mi vida algún día, podría estar atenazado por el temor? Es esa imagen la que me lleva a decir en voz alta:
–Marduke asesino a Sera y ahora planea matar a Isabel. Solo tu puedes pararle los pies.
Mi padre sacude los hombros. Se vuelve poco a poco, con aspecto de cadáver de tres días y la cara desprovista de todo color.
–¿Que has dicho?
Respiro hondo.
–Lo se todo sobre ti, papa, y tu vida en el otro mundo. La cuestión es que tienes que finalizar tu misión y después enfrentarte a Marduke para acabar de una vez con esa guerra aparte que tenéis antes de que se pierdan vidas inocentes.
Se levanta a medias de su sillón y gira el torso para ver-me mejor.
–No sabes lo que dices.
–¿Negación, papa? Ojalá eso pudiera parecerme increible. Pero,
¿sabes?, es muy propio de la persona en que te has convertido. Yo pensaba que los padres debían dar ejemplo. No es que quiera que luches, papa, solo quiero que seas quien eres de verdad. Que vivas al máximo de tu potencial.
Sabes lo que hay que hacer: la elección te corresponde a ti.
Me vuelvo, voy a mi habitación, me tiro de espaldas en la cama, contemplo el techo y espero. Espero a oír sus pasos acercándose por el pasillo para hablarme cara a cara, para exigirme respuestas, o al menos para admitir la verdad sobre lo que fue…, lo que es, porque ahora comprendo que estar en la Guardia no es cuestión de elección. Es lo que somos. Lo que ha hecho mi padre es escurrir el bulto.
Espero tanto tiempo sin oir un sonido que me quedo dormido sin darme cuenta.
Me despierto y aterrizo en la sala octagonal de Arkarian. Mi anfitrión no esta solo. Carter se examina las uñas sentado en un taburete. Me mira y me saluda con un leve asentimiento de cabeza. También esta Jimmy, que atrapa mi mano en un enérgico apretón. Un soplo de polvo resplandeciente prende el aire que tengo delante y aterriza Isabel, como es debido, con los dos pies y las manos extendidas para mantener mejor el equilibrio. Se estira y lanza un gritillo de satisfacción.
El éxito de su aterrizaje arranca una salva de aplausos de Jimmy y Cárter y una amplia sonrisa de Arkarian. Este nos señala a todos uno por uno, contando con los dedos:
–Uno, dos, tres, cuatro y conmigo cinco… Sí, ya vamos llegando.
–¿Cuántos se supone que seremos? – le pregunto, contagiado de su emoción.
–Nueve con todos.
–Eso cuadra -dice Isabel-. Ese número se menciona en la Profecía. ¿Y
quién falta todavía?
Al pensarlo, menciono al primer miembro ausente:
–Bueno, está mi padre, el guerrero que debe regresar. Con él seríamos seis.
–No te olvides del guerrero que no es de fiar. – Cárter también se sabe la Profecía.
Arkarian le lanza una mirada inquieta.
–No creo que sea del todo así.
Cárter se limita a encogerse de hombros. Jimmy recuerda otro verso:
–El otro imbuido de maldad.
–Y un líder de corazón puro -añade Arkarian en tono reverente.
De repente Isabel se dobla por la mitad y da un traspiés hacia delante.
Jimmy la agarra por la cintura al instante. Arkarian corre a su lado.
–¿Qué tienes, Isabel?
–No… no lo sé. Tengo la cabeza rara, y el estómago… -Gime y da una arcada-. ¡Apartaos! – Y tras esa advertencia empieza a vomitar.
Arkarian mira a Jimmy por encima de ella con ojos interrogadores.
–Hace horas que Matt ha salido. Cuando me he acostado aún no había vuelto. Pensaba que estaba a salvo.
Las palabras de Isabel me sobresaltan.
–¿Qué quieres decir con «a salvo»? ¿A salvo de Matt? ¿Es sospechoso o qué?
–La ha espiado mientras dormía -tercia Jimmy.
–¡No puede ser! Es imposible que lo sepa.
Isabel, con las manos sobre el estómago, susurra con voz áspera:
–Leyó la Profecía. – Levanta la vista hacia Arkarian-. Lo siento. Fue un accidente.
–Lo sé -dice él con amabilidad-. Jimmy me lo contó.
–¡Arkarian!
La palabra, chillada con innegable pasión, resuena por la cámara.
Reconozco la voz: es la de Matt.
–¡Oh, no, se ha vuelto loco! ¿Cuánto creéis que sabe de nosotros?
Isabel se incorpora un poco y toma aire profundamente, atragantada y con la cara transformada por el asco ante el charco de vómito que tiene delante.
–Esto…, hay algo que deberíais saber. – Todos esperamos con nerviosismo-. La otra noche pronuncié sin darme cuenta el nombre de Arkarian, y Matt lo oyó.
Sus ojos tropiezan con los de Arkarian. Ninguno de los dos habla.
Podrían ser las dos únicas personas del universo. Jimmy comparte conmigo una sonrisa tolerante.
–¡Arkarian! Seas lo que seas, ¿por qué no responde mi hermana?
Isabel gime de nuevo, y esta vez casi se desmaya.
–Me está moviendo.
Cárter se levanta del asiento.
–La Profecía no tiene sentido para nadie que no conozca la existencia de la Guardia. Lo del nombre ha sido un puro golpe de azar. Iré a visitar a Matt. Seguro que puedo frenarlo durante el tiempo suficiente para que vayáis a ver al rey Ricardo y volváis.
Arkarian lo agarra por un hombro y después alza una mano frente al rostro de Cárter con un movimiento circular.
–¡Bien dicho! Ahora ve, y date prisa.
Cárter desaparece al instante y tras de sí deja tan sólo un fragmento de centelleante polvo que flota hacia el suelo. Por primera vez, y sin que sirva de precedente, ese hombre me inspira algo de simpatía. Pero parece costarle una eternidad llegar a casa de Matt.
–¿Dónde vive? – pregunto cuando el dolor de Isabel empeora y vomita otra vez-. ¿No tiene alas?
Jimmy me frota un brazo.
–No, no las tiene, y recuerda que primero debe despertar en su cuerpo mortal y después ir en coche hasta casa de Matt. Pero no te preocupes, Cárter conduce como un demonio poseído por la velocidad de la luz.
Intento reírme. Intento relajarme. Aunque es difícil con Isabel doblada de dolor. Sé cómo se siente. Ya le cuesta respirar. Arkarian no es un sanador, pero afortunadamente ha acumulado muchas cualidades con el paso de los siglos, y entre otras cosas ha aprendido la habilidad de reconfortar a los afligidos y a los que sufren. Ahora está con Isabel y su contacto la ayuda a conservar la calma.
El repentino relajamiento de Isabel nos indica que Matt debe de haberse distraído, probablemente para ir a la puerta.
–No podemos esperar mucho más -dice Arkarian, y todos sabemos a lo que se refiere, por quién aguardamos: por mi padre. Mientras Isabel recupera el aliento, Arkarian y Jimmy se ponen a limpiar el vómito.
–Estamos perdiendo el tiempo, no se presentará -les informo. Pensar en que mi padre ha optado por dejar de lado la lucha y esconderse en su caparazón me irrita tanto que me hierve la sangre-. ¡Es un cobarde!
En el mismo segundo en que pronuncio esas palabras, una nube de polvo resplandece en el aire ante mis ojos y mi padre cae de pie con la mirada clavada en mi dirección.
–¡Papá! No quería decir…
–Me llamas cobarde porque no tienes idea del valor que me hizo falta para retirarme de la Guardia. – No espera a que responda-. Sólo quería poner fin al derramamiento de sangre. No eras más que una criatura.
También habría ido a por ti.
–Lo siento, papá. Es que, durante toda mi vida, has sido…
–¿Un cobarde? ¿Porque elegí la paz en vez de la guerra?
Arkarian le pone una mano en un hombro.
–Al retirarte y no afrontar la situación, en realidad originaste más derramamiento de sangre.
Mi padre parece indignado.
–¿Cómo?
Arkarian lanza una fugaz mirada a Isabel.
–Marduke casi mata a Isabel, posiblemente para tentarte a volver, puesto que es alguien que le importa a tu hijo. También ha convertido a uno de nuestros Elegidos en traidor. – Eso último es una pésima noticia. Me pregunto a quién se refiere y si lo conozco-. Marduke está impaciente. No esperará siempre, Shaun. Irá a por tus seres queridos, y todos a quienes ellos quieran, en un círculo cada vez más amplio.
Papá mira a Arkarian con expresión de súplica.
–No quiero que mi hijo esté en peligro. Sólo quiero que lleve unavida normal.
–¿Como la tuya, papá? ¿Es eso lo que haces tú? Porque yo no quiero eso. Eso no es vida.
Mi padre entrecierra los ojos y parece que va a darnos la espalda.
–Ethan, eres mi hijo. Me niego a que tomes parte en este juego tan peligroso. – Y a Arkarian le dice con voz teñida de amargura-: Pensaba que eras mi amigo, pero has engañado a mi hijo y te has valido de su inocencia para conseguir tus propios fines.
–Necesitaba nuestra ayuda, Shaun. Tenía cuatro años y había sido testigo de una muerte espantosa. Se encontraba al borde mismo de la demencia.
–¡No! Yo habría… -Mi padre se detiene al darse cuenta de que entonces no habría podido ayudarme, al igual que ahora tampoco. Le dedica a Arkarian una mirada hostil-. Pudiese o no ayudar a mi hijo, tú y el Tribunal
no teníais derecho a robarle su infancia y su juventud. ¡Tendríais que estar avergonzados!
Arkarian suspira.
–Es difícil avergonzarse, Shaun, cuando estamos tan orgullosos de lo que Ethan ha llegado a ser.
Papá me contempla con recelo.
–No permitiré que cometa los mismos errores que yo, Arkarian, por mucho que le hayas lavado el cerebro para ponerlo en contra de mí.
–No eres justo al juzgarme.
–¿Ah, no? A mí me parece que sí.
–Lo reconozco, al principio teníamos un plan, un plan sencillo.
Pensamos que si te enterabas de que Ethan se estaba entrenando, volverías y querrías tomar parte en ello. Al fin y al cabo, su instructor debías ser tú.
–¿Ethan es un Elegido?
–Sí. Pero, como tú te habías retirado, su entrenamiento me fue encomendado a mí. Ha sido un honor. Ethan ha superado todas nuestras expectativas.
–¿Me estás mintiendo, Arkarian? No me fío de ti.
–Por supuesto que Ethan es un Elegido. De otro modo no podríamos revelarle los secretos de la Guardia.
Papá nos mira con los ojos desorbitados y al cabo de un rato se tranquiliza.
–Si lo que dices es cierto, ¿cuáles son sus habilidades? Arkarian me observa y alza una ceja. Pienso con rapidez: ¿qué ilusión funcionaría mejor para que mi padre se dé cuenta de lo mucho que lo necesitamos ahora, más que nunca? Pienso en Sera y en su aspecto en aquel momento, tan cercano a la muerte, cuando me dijo que recordara el nombre de Marduke. Lo hizo para asegurarse de que podría identificar a su asesino, para que pudiera contárselo a papá y su muerte fuera vengada. Podría mostrarle esa escena, reproducirla tal y como sucedió, pero prefiero no hacerlo. Ese acontecimiento está todavía demasiado fresco en su memoria, a pesar de los años que han pasado. Papá no ha superado su dolor, y no haría más que empeorar las cosas. Quizá se retirase de forma definitiva. Arkarian comparte mis pensamientos y me muestra que está de acuerdo conmigo con un movimiento de cabeza apenas perceptible.
Entonces se me ocurre otra idea. Desde luego, no hay nada qué me impida mostrarle a mi padre la fuente de nuestros problemas: Marduke. ¿No le dijo a Isabel en la cima de aquella montaña que yo podía llegar a él a través de mis ilusiones? ¿Que si lo llamaba acudiría? ¿Qué mejor modo de demostrarle a papá mis habilidades que traer físicamente a Marduke a esta sala, siempre dentro de la red de seguridad de mi ilusión? Así que ahora ya sé exactamente lo que tengo que hacer. Cierro los ojos y me concentro unos segundos. Momentos antes de que aparezca bañado en luz verde, el olor del mal invade la habitación octagonal. Isabel toma aliento de forma audible y se echa hacia atrás hasta que topa con una pieza de maquinaria. Jimmy saca un cuchillo de una bota. Arkarian le indica que baje la mano. La criatura del centro de la habitación mira a su alrededor con interés y hace una pausa al ver a mi padre. Entonces se yergue en toda su fenomenal estatura, levanta los brazos y ruge.
–Marduke -susurra papá con la voz quebrada, como si hubiera visto un fantasma.
El monstruo baja los brazos y cruza la mirada con él. – Has envejecido.
–Y tú eres más feo incluso de lo que recordaba. El coraje de mi padre casi me hace reír en voz alta, pues ahora sé lo vanidoso que es Marduke.
Pero en lugar de eso se me llenan los ojos de lágrimas al atisbar algo del hombre que una vez fue mi padre.
El ojo amarillo de Marduke reluce con el fulgor de una llama al encajar el insulto.
–Cuenta las horas que te quedan con tus seres queridos -dice con su voz gutural-. Ya te quedan pocas. Por fin ajustaremos cuentas. Y, por supuesto, ganaré yo.
–¡No estés tan seguro!
Marduke emite un resoplido de burla y escupe una andanada de saliva, parte de la cual aterriza en la cara, el pecho y los brazos de mi padre. Pero éste no se inmuta lo más mínimo.
–Sugiere un sitio -le exige.
Marduke se ríe, aunque no entiendo por qué, y a juzgar por su expresión desconcertada, tampoco papá. Entonces se explica:
–Nos veremos en el bosque de las Ardenas. Ya sabes en qué sitio.
–Pero eso es… -Papá mira a Arkarian-. El emplazamiento de la última misión que realizamos juntos. En Francia, donde libramos el duelo.
–Esta vez lo terminaremos.
Arkarian recuerda una cuestión de importancia.
–No podéis volver al mismo momento.
Marduke alza un poco uno de sus pesados hombros.
–Nos veremos un año después. – Mi padre guarda silencio. Marduke se abalanza de nuevo hacia él, con una sonrisa en los labios-. Si no te presentas, sembraré una destrucción que no has conocido en tu vida.
–Esa actitud acabará creándote problemas -tercia Arkarian-. Hasta la Orden tiene reglas.
Esta vez Marduke se ríe a mandíbula batiente.
–Cuento con la bendición de mi Diosa. Al fin y al cabo -añade lentamente y en tono socarrón-, soy su favorito. Me adora.
Mi padre suelta un bufido burlón y comenta:
–Siempre te han perdido las faldas.
Es evidente que con su sarcástico comentario ha metido el dedo en la llaga. Marduke parece crecer ante nosotros y el ojo se le hincha.
–Lleva contigo a tres -escupe, y con esas palabras desaparece dejando tras de sí un hedor insidioso.
Arkarian mira a mi padre.
–Piensa llevar a cinco de sus mejores hombres.
Papá guarda silencio y nadie añade ni una palabra. Le están dando tiempo para reflexionar, para superar los demonios que todavía lo atormentan. Por último, me mira a mí.
–Eso ha sido fantástico, Ethan. Tienes el poder de llevar la realidad a una ilusión. No conocía a nadie capaz de hacerlo.
–Tu hijo posee un talento increíble -apunta Arkarian-. Y tiene más habilidades. Tendrías que pedirle que te hiciese una demostración cuando no estemos tan ocupados. Es un orgullo para todos.
Al escuchar las palabras de Arkarian trato de no pensar en cómo me deshonré al revelar una habilidad en público, y en cómo el Tribunal rehusa concederme el poder de volar a causa de mi inmadurez.
–Dinos, Shaun, ¿cuál es tu decisión? ¿Te unirás a nosotros?
Mi padre traga aire.
–Sólo puedo hacer una cosa. – Suspira con fuerza y baja los hombros.
Durante un segundo pienso que eso significa que ha decidido marcharse, pero entonces cruza los brazos sobre el pecho-. Como de costumbre, me has