Los gatos pardos
Capítulo 3
3
La calle, a esa hora, después de que el sol la haya estado batiendo toda la tarde, literalmente apesta. Y no es que sea el ano del culo del mundo pero tampoco es el puto Versalles. Digamos el sobaco de la city. Y huele. A asfalto recalentado, a aceras llenas de polvo. A contenedores que rebosan basura de colores. María, la puerta todavía sujeta, se hace con la escena. La gente, que ha estado escondida en sus madrigueras durante el sofoco, ya empieza a asomar sus hociquillos tiernos. Hay golpes de dominó en el bar y mujeres con abanicos en las aceras. En el pequeño jardín de enfrente se han reunido, en mecedoras o en silletas, las comadres. Las mira sin verlas. Como si tuvieran algo que repeliera su mirada. Las conoce bien. Ellas son las que le dicen a doña Sonia si María vino por aquí o por allá. Vino con aquel, con este. Nota sus miradas. Sabe qué piensan. Ninguna sorpresa aquí.
Lo primero, va pensando, cambiar el billete. Lo segundo, tabaco.
Y la próxima vez decirle a Ginés que uno de cien no.
Que cinco de veinte.
En números no consecutivos y sin marcar.
Y algo de cambio.
La tarde, la casi noche, es hermosa. Y más con las perspectivas. Fiesta en la plaza. Toda la noche. Porque la va a armar. Y antes lo de Vicky. Muy justo, se dice. Preciso a la vez que precioso.
Conforme anda, con su paso elástico y cadencioso, con ese culo que los de cuarto definieron como imposible cuando ella estaba todavía en segundo, va sintiendo la tensión acostumbrada. La plaga de mosquitos, de murciélagos. Que quieren beberle con los ojos el sudor y la sangre. Miradas bajándole por la camiseta, restregándosele por las piernas. Parada en el semáforo, ya al alcance de la tienda de Xu, siente un mordisco animal en la cola y levanta la vista.
Te cagas, se dice.
Porque vean lo que hay alrededor de los ojos mordedores y cochinos que tengo ahí agarrados como una garrapata interestelar.
Vean esos cincuenta y pico de años. Esos sesenta. Vean ese bigotito. Esa camisa de ir a misa.
El tipo, claro, al volverse María, como que mira hacia otro lado. Ella se ríe. Y se siente salvaje. Y deliciosa. Así que danza, cabrón, en tu honor. Y eso hace. Primero levanta los codos y luego arquea mucho la espalda. Para cogerse la melena, soltársela y volvérsela a coger. En plan mira, papi. Los ojos del hombre, pichita blanca de ratón, le bajan por el cuerpo como lluvia. Lo vuelve a mirar. Se ríe.
Así, en su trompa. El hombre ha apartado la mirada. Pero no lo suficientemente deprisa como para no ver el dedo que María le dedica.
Marrano, le dice, vete a misa con tu nieta.
El semáforo cambia y María se adelanta. Lo deja atrás y lo olvida.
Empuja la puerta de la tienda y el chorro del aire acondicionado la barre de arriba abajo. De inmediato nota los ojos. No Xu, se dice, no chinito empleadito. Solo Ojos de Cerdo. Y nadie más en la tienda.
Malo, se dice.
No Xu, se dice, mal asunto. Chinitos joderme bien.
Ojos de Cerdo es el marido de Xu. Ni sabe cómo se llama. Los dos llegaron al barrio hace como tres años. Cuando la ferretería de la familia de Yolanda fue mal y Yolanda y su familia desaparecieron del mapa. Luego los pasos de rigor. El «Se alquila» en un cartel y luego no cartel y sí obras. Luego chinitos vendiendo cocacolas, hielo, patatas fritas y cartones de leche del Mercadona. Cuatro chinitos, de hecho. Ojos de Cerdo, Xu, Chinito empleadito y Chinito pequeño que ver dibujos animados en chino. Todos bien. O más o menos. Todos menos Ojos de Cerdo. El enemigo. María y él se reconocieron nada más verse.
Tú, habían dicho los ojos de María en tan memorable ocasión, ser chinito mala leche.
Tú no ser Xu. Xu ser amable. Ella darme cambio para tabaco. Ella sonreír.
Tú no.
Y yo, había dicho la mirada de Ojos de Cerdo en idéntica ocasión, saber quién ser tú. Tú mala. Yo saber. Tú peligrosa. Tú nerviosa. Tú robar en mi tienda de chinitos si yo descuidarme.
Y sí, se había dicho María, todo eso. Y también, claro, lo otro. Las otras cosas que decían los ojitos de Ojos de Cerdo.
Ojos devoradores a la manera chinita.
En plan cerdito chinito que quisiera probar un chochito no chinito.
Pero Xu no está y a ella le apetecen unas cocacolas. Para tomarlas con Rocío. Y además tiene que cambiar el billete. Y aquí, se dice, son más baratas las cocacolas que en otro lado. Y lo mismo, se va diciendo, esta vez cuela. Así que deambula durante cinco minutos entre las estanterías. De las libretas a los chicles. De las neveras a los productos de limpieza. Va haciendo la cuenta de cabeza. Que sea en torno a los diez euros. Para que al cabrón le venga bien cambiar. Y que quede cambio. Coge chicles, patatas fritas, cocacolas. Con todo se va al mostrador. Ojos de Cerdo la mira mientras va metiendo las cosas en la bolsa de plástico.
Diez con sesenta, dice.
María respira hondo y saca el billete de cien del bolsillo de la minifalda. Lo pone encima del cristal del mostrador. Ojos de Cerdo la mira. Sus ojos se cruzan.
Ese billete no, dice Ojos de Cerdo, que tiene ganas de bronca.
Tú mira, le señala a un cartel que hay tras el mostrador. No billetes de cien.
Pues no tengo otra cosa, dice María.
Ah, ah, dice Ojos de Cerdo.
Se miran un segundo y María se encoge de hombros. Que te follen, piensa. Coge el billete, se da la vuelta y enfila hacia la puerta. Ojos de Cerdo la llama.
Tú ven, le dice. Tú ven.
María vuelve. La compra está todavía en el mostrador. Ojos de Cerdo le pide el billete y lo examina.
Es bueno, dice María.
No ser cuestión, dice Ojos de Cerdo. Al final echa mano del bolsillo y saca la cartera. Va poniendo el cambio sobre el mostrador. Luego las monedas. María guarda los billetes en el bolsillo de la falda y se queda con las monedas en la mano.
¿Le das a la máquina?, le dice a Ojos de Cerdo. El hombre la mira. Otra vez la misma canción.
No, dice al fin. Tú pequeña. No carné. No tabaco.
Que te follen, va pensando María mientras sale de la tienda, tus honorables ancestros. La campanilla suena a sus espaldas. La calle la asfixia.
La cuestión, se va diciendo, es que necesito tabaco.
Como el comer.
La cuestión es que a ver en qué bar o en qué estanco no me van a pedir el carné.
A pasos largos atraviesa la plaza y se sienta en el respaldo de un banco. Las miradas otra vez la azotan hasta dejarla exhausta. Como un millón de gotas de sudor agrio que fueran bajando lentamente por su piel. Las nota, conforme los hombres pasan, en las piernas largas y morenas, en el triángulo de sombra que proyecta su minifalda justo ahí, en las teticas. María los ignora o los fulmina con la mirada.
Cochinos.
De la bolsa saca una lata de cocacola y la abre. Bebe media de un trago. Eructa suavemente. Las burbujas le suben por la nariz en oleadas. La chispa de la vida. De la puta vida. Burbujas marrones. Ginés le dijo una vez que las burbujas marrones de la cocacola eran como sus pecas. María se lo quedó mirando y pensó que era lo más bonito que le habían dicho nunca. También pensó que era una lástima. Que hubiera sido justo Ginés quien se lo había dicho.
A la plaza, poco a poco, va bajando gente. Ráfagas de viento provenientes del río hacen crujir los árboles sobre su cabeza. Se siente pegajosa. De otro trago termina la cocacola y estruja la lata. Vuelve a meterla en la bolsa de plástico y mira a su alrededor.
En el banco vecino, como a cinco metros de ella, hay dos hombres del barrio. Los conoce vagamente. A uno de verlo por la calle. Al otro, Jose o Javi, de que alguna vez ha estado en su casa arreglándole una lavadora o un grifo a doña Sonia. Tal vez también sea pariente de alguien del instituto. Los mira. Ellos le han mirado las piernas al pasar. Se levanta. Los dos hombres la ven venir.
¿Tenéis un cigarro?, les dice. El tal Javi se echa mano al bolsillo y saca un paquete de Fortuna. Se lo tiende. Por supuesto los dos la repasan bien. De arriba abajo y vuelta a empezar. María coge un cigarro y luego otro. Por el espectáculo, se dice. Que mirar no es gratis. El tal Javi la ve coger el segundo cigarro y le sonríe. Es un tipo asqueroso. Qué mierda, se dice María, se piensa este que está haciendo.
¿Para qué mierda sonríe?
Tenemos fuego también, dice el tal Javi.
Y candela, añade el otro. Los dos se ríen y María piensa que lo que le faltaba. Mira al Javi a los ojos.
Si tú lo dices, dice.
La noche termina de cerrar mientras llega Rocío. Rocío tiene dos años más que María y es la Guapa y la Putilla. Del barrio y del instituto. Y es guapa, a qué negarlo. La siente llegar antes de verla. Porque siempre hay algo en el ambiente cuando Rocío se acerca. Algo en la barriga de los hombres. Lo nota ella y también el tal Javi y su amigo. Ahí se les van los ojos. María, la verdad, le envidia hasta los callos de los pies.
Si me fueran las tías, le había dicho una vez que estaban muy borrachas, te comía hasta la goma de las bragas. Rocío se había reído. A María le había quedado un resquemor por dentro. Y es normal. Esos ojos verdes, ese pelo rubio, esa barriga flaca, esas tetas y ese culo. Con esa boca y esa manera de maltratar.
Para la ocasión, vean ustedes, Rocío viste uniforme reglamentario de putilla. Vean las sandalias de medio tacón, la minifalda vaquera y el top de rayas horizontales azules y blancas. Vean el bamboleo de los senos arriba y abajo, la manera de andar.
María le tiende el cigarro de sobra. Abren las patatas fritas. Comentan cosas. La noche. La fauna. Quién va a ir adónde y quién no. Qué van a hacer después.
Al final, dice Rocío, Laurita se ha rajado.
Era de esperar, sentencia María.
La chochotriste.
Acaban los cigarros. Ven llegar a Mario.
Y cuando Mario está llegando María ve a Ginés, su vecino. Está al otro lado de la plaza y lleva puesto el traje que doña Sonia le estaba planchando por la tarde. Lo ve de espaldas, fumando un cigarro, mirando hacia los coches que bajan por la calle de La Gloria. Como si esperara a alguien. Y va muy elegante, todo hay que decirlo. Él no la ve a ella. Mejor.
Buena suerte, le dice mentalmente, compañero del metal.
Que la fuerza te acompañe.
Permanece mirándolo hasta que el hombre, de pronto, se da la vuelta y mira en su dirección. María, entonces, se esconde detrás de Rocío. Mario llega hasta ellas.
Mario y Rocío fueron novios hace tiempo. Es alto, de ojos negros. Así es como a María le gustan. Hay besos, abrazos, sonrisas. Mario se sienta entre las dos y charlan unos minutos. Luego Mario les enseña su nuevo teléfono. Regalo de cumpleaños. Y qué, les dice, ¿vamos a hacer un vídeo o qué? Las apunta y las muchachas sonríen.
El sector bellezas del comando destroyer.
A ver, les dice, una sonrisa y una teta cada una.
Vicky, dice Rocío a la cámara, hoy por fin nos vas a comer el coño.
Vicky, dice María, las Shakiras te van a dedicar una canción de San Juan.
Muy bien, chicas, dice el muchacho, que las recorre con la cámara, ahora la teta, por favor.
Mira mis tetas, dice María, y le saca un dedo a la cámara.
Los tres echan a andar. Mario lleva una petaca con whisky. Dan chupitos. Mezclan con la cocacola. María se apodera del teléfono y va trasteando con él mientras Rocío y Mario hablan.
Mario, dice Rocío, no seas gilipollas y no vayas a poner nada de esto en Internet.
No soy tan tonto, dice Mario.
Que me matan.
En el jardín hay tres muchachos. Los tres compañeros de clase de Rocío. María los conoce bien. Hay gritos de bienvenida, abrazos, saludos. Se pasan cigarros, botellas de cerveza, una botella de dos litros llena de ron con cocacola. El teléfono lo va grabando todo. Mario solicita miradas, gestos, discursos.
Para la posteridad, va diciendo.
¿Y Laurita?, dice alguien.
Se rajó.
Como siempre.
Vicky, dice uno de los muchachos asomándose a la cámara, esto va por ti.
Hoy, dice otro, nos vas a chupar la polla.
Tengo un discurso, tengo un discurso, dice Mario. Y María pasa la botella de ron y se hace con el teléfono. Enfoca al muchacho, que se aclara la garganta y echa mano al corazón.
Una vez, dice, hubo en Murcia un colegio de educación secundaria de nombre Francisco de Quevedo. Ahí sufrieron muchos, demasiados. El centro nunca morirá. El sufrimiento, en cambio, tiene los días contados. Los tiempos están cambiando. Un día Victoria Ferrer, la infame, vino del norte y se instaló. Vino fea, como siempre fue. Vino puta, como siempre fue. Jodió. Jodió mucho. Dio por culo. Llegó, se instaló, prosperó y un día alcanzó la posición de jefa de estudios y así tuvo un despacho desde el que mover sus asquerosos tentáculos y joder al por mayor.
Hasta hoy, prosigue. Hasta que llegó el día en que esos días terminaron.
Desde hoy habrá, sí, un Francisco de Quevedo. Pero no un Francisco de Quevedo con despacho de Vicky.
Esos días fueron un rumor. Jamás existieron.
Hoy, termina, es una noche histórica.
Otra vez hay gritos, aplausos, levantar de vasos. María se encuentra al lado de Mario. Sus cuerpos se rozan. María le busca los ojos y sonríe.
¿Qué?, dice él.
Que eres un copión.
Que no.
Que eso lo has sacado de La lista de Schindler.