Los gatos pardos

Ginés Sánchez · Capítulo 20 de 26

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Los gatos pardos

Capítulo 2

2

 

En el barrio los murciélagos estaban sustituyendo a los vencejos y la gente había sacado las sillas a las aceras. Las mujeres se abanicaban. La gente, que me conocía el torpe aliño indumentario habitual, a base de camisetas baratas, despeinados y vaqueros desteñidos y viejos, me miraba el Gianni Versace como los patos debieron de mirar al cisne del cuento. Tiré la bolsa de basura al contenedor y enfilé hacia la plaza.

Allí el tiempo se había detenido treinta años atrás. Así seguirá. Con las mismas losas grises, con los mismos bancos verdes. Con los mismos árboles centenarios. Porque la plaza era, ante todo, esos árboles. Y como ellos estaban allí, pues también estaba lo demás. El rumor de las toneladas de ramas y hojas que se mecían suavemente sobre las cabezas humanas. Y los pájaros. Y, a ras de suelo, las mismas venas nudosas de las raíces abriéndose paso a través de las losetas. Y sí que los coches que había en el aparcamiento eran más modernos. Y que los bancos presentaban cicatrices nuevas. Pero la gente seguía siendo la misma. Los mismos hombres en camiseta y los mismos jóvenes comiendo pipas. Las mismas niñas jugando al elástico. Y las viejas en baby tomando la fresca y las palometas revoloteando en torno a las farolas. En los balcones los mismos tendederos y en los tendederos las mismas bragas descomunales y los mismos pantalones de pobre.

Al fondo, cerca de donde había estado el Castillejo, había movimiento de guitarras y de gitanos. Más cerca, sentada en el respaldo de un banco, comiendo patatas fritas y bebiendo cocacola, estaba Mariamne con su amiga la rubia. No nos quisimos ver. Me pareció bien. Justo.

Estaba a mitad del segundo cigarro cuando por la bocacalle, solemne e interminable, como si en lugar de ir circulando fuera deslizándose sobre una alfombra mágica, dobló el Mercedes negro. Tiré el cigarro al suelo y salí de entre los coches aparcados para que el chófer pudiera verme. El Mercedes, con un suspiro, se paró a mi lado y la puerta de atrás se abrió.

 

Jacinto ahora no es nada porque lo mataron hace unos años en una pelea en una cárcel americana, pero en el 2011 era un manito cabrón de nervios de acero. Un güey chato, de dientes como relámpagos y ojos y cabellos como ala de cuervo. Yo lo conocía desde Las Vegas en el 98, cuando empezó a trabajar para el gran hombre.

Hey, cabrón, me dijo, qué viejo te pusiste.

Pos a ver, le dije yo imitándole el acento, que la buena vida no me prueba.

Él había bajado del coche para que nos pudiéramos abrazar. Otro coche estaba tocando el claxon detrás del Mercedes y los dos miramos al conductor y nos reímos. Ya de vuelta en el interior nos sacudimos las manos con fuerza. Como si quisiéramos rompérnoslas.

Cuánto tiempo, güey, me dijo.

Cinco años, le dije yo.

Los asientos del Mercedes eran de cuero blanco y la parte de atrás era amplia y espaciosa. Con su televisión y su mueble bar. Ahí se me fueron los ojos y se me salió la sonrisa. Jacinto me miraba y se rio también. Alargué la mano y agarré una botella. Pequeña y panzuda, etiqueta blanca y cápsula y collarín azul. Un Dalwhinnie de veintinueve años. Mecí la botella y el whisky parpadeó cálido de un lado a otro como oro líquido.

Ah, cabrón, se reía Jacinto, ¿que no tienes tú dinero de sobra para comprarte una de esas cuando quieras?

Ah, no, cabrón, le dije yo, que yo solo bebo de esto cuando me invitan.

Pos ya ves, dijo él, cómo el gran hombre sí que piensa en ti.

Y a ver, le dije yo, si es que no va a saber, a estas alturas, lo que le conviene.

Nos reímos. Nos miramos de frente. Dos viejos amigos que se veían poco y que se apreciaban. Su boca un chorro de luz blanca y la mía un chorro de luz amarilla.

¿Y que estás, me dijo, por Camboya?

Sí, huevón, le dije yo.

Pos no andas tú muy moreno para estar allá.

Ah, güey, le dije yo, es por el arroz, que blanquea la piel.

Claro, carnal, lo que tú digas.

Podíamos estar así horas. Yo le pregunté que si le dejaban ya limpiarse el culo solo. Él me preguntó que si tenía también blancos los pelos de allá abajo. El chófer nos miraba por el retrovisor.

¿Y qué haces, me dijo, en Camboya?

Nada, güey, le dije, estoy de vacaciones. Jacinto me miró y se echó a reír.

Maldito cabrón mentiroso, dijo, la gente como tú no se toma vacaciones.

A veces sí.

Ni modo, dijo él.

 

Seguimos hablando tonterías hasta que salimos de la ciudad. Entonces nos callamos unos minutos. La noche había terminado de instalarse en el exterior y por la autovía los globos naranjas de las farolas corrían en contra nuestra. Los coches exhalaban suspiros ahogados al ser superados por el Mercedes. La sierra, a mitad de camino entre el violeta y el azul, venía lentamente hacia nosotros.

Ábrame la ventana, mi güey, le dije a Jacinto. Y él se echó hacia delante y pulsó un botón para apagar el aire acondicionado y otro para abrir la ventana de mi lado.

La luna casi raspaba las cumbres de la sierra. Era más grande y más blanca que la que había sido una hora atrás. También estaba más cerca. Como si fuera un globo aerostático que anduviera pensando en si acostarse sobre las copas de los árboles. Abrí mucho la nariz y aspiré con fuerza pero seguía oliendo a metal caliente y a nada más. Cuando me volví a sentar Jacinto me miraba y se sonreía.

Tremendo loco, dijo. Loco tremendo.

Yo lo mandé a cagar.

 

¿Y qué onda es esa, me dijo, de que te retiraste?

Ahí, güey.

¿Que le viste la matrícula?

No, güey. Solo cansancio.

Y que, seguí, el negocio ya no es lo que era. Jacinto asintió y miró al frente.

Que nadie está organizando.

Bueno, dijo él, que está lo de la gallina y el huevo, si me entiendes.

Que, siguió, el año pasado el gran hombre dijo de organizar una.

Y tremenda chingadera.

El desastre, carnal.

Gente mala. Sin nervios y sin huevos.

¿El gran hombre, le pregunté, organizó el año pasado?

Sí, güey. Una para unos rusos repodridos de lana.

Yo le dije: «Patrón, ¿a qué con esa gente nueva?».

«¿Por qué no con los de siempre?»

Y él dijo que no.

Que los de antes erais ya carne de hospital o de asilo de locos.

Y que, de prueba, como que tenía lo del desastre del Sheraton del 2007.

¿Te enteraste?

Sí, mentí yo.

Pues ahí, güey. Gente nueva.

Y la ruina.

Y el gran hombre pues te puedes imaginar. Bien bravo.

¿Y los rusos?

Pues ahí. Que al final el negocio se pudo salvar.

Pero mala onda, si me entiendes.

Es que, le dije yo, don Jorge se toma todo esto de una forma demasiado personal. Jacinto sonrió un poco pero me miró como diciendo que si es que había alguna otra forma de tomárselo. Yo sonreí.

Y por eso, le dije, nos ha llamado esta vez a Sasha y a mí.

Sí, güey, dijo él.

Que están otra vez los mismos rusos de la otra vez.

Y que tiene que ir todo fino.

 

¿Cómo está Sasha, le pregunté, lo has visto?

Sí, dijo Jacinto, llegó ayer tarde de Cancún, vía Londres, yo mismo lo fui a recoger al aeropuerto.

¿Y cómo está?

Como siempre. Triste.

No tuvo suerte, dije yo.

Eso le pasó, dijo Jacinto.

 

El chófer, la sombra de una cabeza, redujo la velocidad y dio el intermitente para meterse en el carril de deceleración. El Mercedes se puso en cuarta y ronroneó suavemente. Vi casas, gente sentada a la puerta de las casas o en la terraza de los bares, paseando a la vera de los huertos. Empezamos a subir.

¿Adónde vamos?, dije. Jacinto sonrió.

¿Que nunca estuviste en la casa del gran hombre? Yo lo miré fijo.

¿Cuál, le pregunté en plan Isla del doctor Moreau, es la ley?

Ay, carnal, dijo Jacinto, pues eso mismo pensé yo.

Pero a ver quién es el patrón y quién el marinero.

Otra vez me encontré mirando por la ventanilla del coche. La tierra, dejada atrás la amabilidad suave de los huertos y las casas, se manifestaba ya en toda su crudeza. Una tierra dura y de olor agresivo, de savias sulfúricas. Por todos lados pinares rojizos y sofocantes brotaban de una corteza polvorienta. En el fondo de los barrancos y al lado de los caminos se amontonaban los espartos y los tomillos, así como cataratas de piedras blancas y redondas como calaveras. De los riscos bajaban sombras negrísimas que se retorcían sobre la alfombra de agujas y piñas. Otra vez le pedí a Jacinto que abriera la ventanilla y me asomé a respirar.

Olía al musgo seco de los árboles y a madera.

Al polvo que cubría la tierra y a metal caliente.

Metal de espada.

Pero había más. Al fondo, escondido, intenso, latente, fino y salado, estaba aquel otro olor. Ese que era negro bajo los rayos ardientes de la luna llena e inmensa.

Me reí y mis dientes de oro iluminaron durante un segundo la parte de atrás del coche. Jacinto me miraba extasiado, como habría mirado, si hubiera podido, a Picasso mientras pintaba.

Creo que quiero ya una copa, le dije.

El Dalwhinnie se ha de beber en vaso tallado, con la octava parte de un cubito de hielo para quitarle el primer amargor. Encontraréis quien os diga lo contrario. Me lo serví yo mismo. El Dalwhinnie huele a madera, a melón confitado. En la boca es como aceite mezclado con azúcar y con oro. Le ofrecí la botella a Jacinto y este me aceptó una cinta para brindar. Levantamos los vasos.

Por aquel que espera al lado de la puerta.

Por aquel, dijo Jacinto, y los dos bebimos.

 

Paladeé el Dalwhinnie, me recosté en el asiento. El Dalwhinnie era como seda dorada deslizándose sobre fundas doradas. Imaginé la habitación amarilla y sonreí por dentro. Miré a Jacinto.

Y a ti, huevón, le dije, ¿te chinga nomás la vida o te deja estar?

Jacinto me miró, sus ojos negros brillaban.

Ahí, güey, me dijo, lo menos que se acabaron los viajes. Que ya estaba cansado de siempre de acá para allá.

Viajar, le dije yo, es injusto. Jacinto sonrió y durante unos minutos disfrutamos del silencio. Luego noté sus ojos.

Déjame ver, dijo. Yo abrí la boca y le enseñé la dentadura completa. Jacinto volvió a sonreír.

¿Qué harás, dijo, cuando los tengas todos?

Pos no sé, le dije yo imitando su acento de chingón mexicano, mira que nomás la muerte me agarra antes.

Ay, cabrón, dijo Jacinto señalándome con el dedo, no me andes imitando, que lo haces fatal.

Dime lo de la Mauser, le pedí yo.

Ah, chingón, ni me mientes la Mauser, ¿eh?

 

El coche se detuvo ante una cancela que dividía un muro de tres metros de alto. Un guardia de seguridad nos dejó pasar. Luego había una avenida abierta entre dos filas interminables de palmeras y otra cancela. Al pasar esta ya se entraba en la zona de césped. Arbolitos japoneses decorados con farolillos rojos. En lo más alto de la colina, iluminada como un árbol de Navidad, se veía la casa.

Ya verás qué onda, me dijo Jacinto, hay políticos, banqueros y toda la crema. Luego tirarán petardos.

 

He estado en unas cuantas mansiones en mi vida. En más de las que quisiera recordar desde luego. Ninguna me ha parecido más que la sucesión de caprichos caros de un niño mimado. Allá me ponen un torreón, aunque no pegue. Y más allá una piscina. La más grande que tengan. Y esa terraza del rincón. Y el helipuerto al lado de mi jardín estilo Versalles. Y el baño que me lo pongan con piedras traídas de la luna. Los arquitectos borrando en los planos y haciendo cling con los ojos. Y a ver quién la tiene más grande. Así unas tenían cuadras y otras colecciones privadas de arte. Unas, fuentes traídas tal cual en helicóptero desde el confín del mundo, y otras, tapices provenientes de palacios italianos. Siempre, cuando alguno de los orgullosos propietarios se ha ofrecido a mostrarme una, vanidad de vanidades, he paseado por las habitaciones haciéndome una serie interminable de preguntas. Para qué necesita un hombre tanto espacio. Para qué necesita un hombre tantas cosas si no es para llenar un agujero igual de grande. Cómo puede vivir una persona en una casa tan llena de ojos. En una ocasión, recuerdo, uno de los orgullosos propietarios nos dijo a Antón y a mí que todo aquel despliegue tenía que ver con la voluptuosidad. Antón y yo no protestamos pero nos miramos y nos reímos por dentro. Después millones de veces brindamos por la voluptuosidad de aquel tipo. Otra vez le dije a otro que la única diferencia entre él y un obrero de Sheffield era que, llegado el sábado por la tarde, el obrero se iba al rastro y se compraba una lámpara o una chaqueta mientras que él iba y se compraba dos coches. El tipo me miró muy fijo y dijo que no. Que no era esa la diferencia. Que él era un coleccionista.

Todo el mundo colecciona, me dijo. Tú mismo coleccionas.

¿Qué colecciono yo?, le pregunté.

Tus dientes de oro.

Yo lo miré y no dije nada. El tipo tenía que ver con los yacimientos de gas en Rusia y coleccionaba iconos. Algunos los adquiría en las subastas pero la mayoría provenían directamente del mercado negro. Me consta que presumía que había bandas que robaban iconos por encargo para él.

Antón estuvo de acuerdo conmigo en que el tipo no había entendido nada.

 

La del gran hombre, en tal sentido, era una mansión más. Donde otras tenían chopos o robles, esta tenía sus palmeras y sus pinares; donde otras tenían Kandinskis, esta tenía tallas africanas y colmillos de elefante. Por todas partes había pasillos y habitaciones y terrazas y muebles y flores. Jacinto me llevó a un lado, donde había una puerta y un despacho pequeño que era también biblioteca.

Don Jorge, me dijo, me ha dicho que lo esperes aquí. Y yo entré en la habitación y Jacinto me señaló el mueble bar y luego se fue. Junto a la chimenea había una gigantesca cabeza de alce americano. También un búho real, disecado para hacer las veces de sujetalibros en una de las estanterías.

Don Jorge Illescas, el gran hombre, el anfitrión, no tardó más de cinco minutos en llegar.

Don Jorge y yo nos parecíamos en algunas cosas. Tampoco tantas. Por ejemplo los dos medíamos en torno al metro ochenta y los dos teníamos el pelo blanco. A los dos nos gustaba be ber bien y Bach. Los dos habíamos viajado mucho y habíamos cruzado líneas que la inmensa mayoría de los hombres ni siquiera saben que existen. Eso, en cierto sentido, nos hermanaba. Y nuestra historia en común. De algún modo nos apreciábamos y se podía decir que éramos amigos. Al menos todo lo amigo que se puede llegar a ser de alguien que ha llevado una vida como la nuestra. Sin embargo, pese a todo eso, nadie que nos hubiera mirado nos habría puesto jamás en el mismo conjunto.

Porque don Jorge, aunque fuerte y en buena forma física pese a rondar ya los sesenta, era delgado y dulce. Tallado en el cristal del jogging, el tenis, los masajes y los paseos en yate. En cambio yo era un hombre fuerte, incluso robusto, pero al estilo de la Legión Extranjera. Así eran nuestros cuerpos pero también todo lo demás, incluyendo pieles, narices y trayectorias vitales.

Digamos que en el gran hombre todo era armonioso y sutil, como dibujado por un pintor amante y delicado, y que lo mío se parecía más a lo que pudiera haber hecho un carnicero borracho con un bloque de mármol y una cuchilla de destazar.

Digamos que él parecía el Tony Curtis de sus años maduros y yo el Sylvester Stallone del último Rambo. Ropas incluidas.

Paisano, me decía siempre, y también esa vez, te equivocaste de siglo. Sus dientes resplandecían. Sus ojos eran de tigre. Nos abrazamos y nos besamos en las mejillas. Luego nos apartamos para mirarnos.

Ginesito, me dijo, cuánto tiempo.

Sí, don Jorge, dije yo, desde la noche del Sheraton, en Shanghái.

¿Cuándo fue eso?

En enero del 2006.

Terminamos de mirarnos. Él sonrió. Dijo que me veía bien.

A que Jacinto ya te ha contado que me he metido en política, dijo.

La verdad es que sí, dije yo.

Qué vergüenza, ¿eh?, a mi edad. Pero, dime, ¿qué has estado haciendo todo este tiempo?

Poca cosa, dije yo, plantar té.

¿En serio, Ginesito?, el gran hombre se inclinó hacia mí y me apretó el brazo. No te imagino. Escucha, siguió luego, ¿quieres venir a ver los coches nuevos? Tengo un MC12 y una sorpresa que quería enseñarte.

Yo le dije que sí, que por supuesto. El gran hombre me dijo que lo esperara cinco minutos.

 

Me senté en un sillón. Me puse un vaso de Dalwhinnie con hielo. El gran hombre, era su privilegio, tardó veinte minutos. Me hizo una seña desde la puerta y salimos al jardín de atrás. Caminamos en silencio. Don Jorge mirando al suelo. Yo con la vista fija en la sierra y en la luna. El garaje estaba un poco más abajo, al final de una vereda. Don Jorge lo abrió con el mando a distancia y encendió la luz.

Los traje todos de vuelta desde Escocia hace un par de años, dijo. Luego, lentamente, fue paseando por entre los bultos tapados con lonas y sonriendo cada vez que descubría uno. ¿Cuáles llegaste a ver?, me decía, ¿este lo viste, y este? Algunos ya los había visto, otros no. Había un Bugatti Veyron y un Lamborghini Murciélago. Un Ferrari 599 GTO. Porsche estaba representada por un Carrera y por el viejo 911. Al final de la fila estaba el Mustang rojo del 56 que me había prometido para cuando me retirara. Las nuevas incorporaciones eran una de las únicas veintidós unidades construidas del W8 de Vector, un GTA de Spano, un SKR de Keating y un Maserati MC12, versión legal. Para terminar, don Jorge me llevó ante una lona que era bastante más grande que las otras y me indicó con un gesto que me pusiera al otro lado para ayudarlo a apartarla. Cuando lo hicimos de debajo surgió la legendaria limusina negra de los grandes jefes soviéticos. Una ZIL-41041, iba diciendo don Jorge, blindada, con motor en V8, siete con siete litros de cilindrada y más de tres toneladas de peso. Don Jorge no cabía en sí de orgullo y yo, por homenajearlo, le dije que era hermosa. Y lo era. Don Jorge me dijo que estaba a la espera de los permisos para poder sacarla a la calle.

¿Te imaginas, me decía, con esta preciosidad por la Gran Vía?, y era fácil adivinar que aquello lo hacía feliz.

También me contó que un tipo en Moscú decía tener una ZIS-115 que había pertenecido al mismísimo Stalin. Yo le dije, con todos mis respetos, que eso era muy difícil. Él me dijo que en eso estaban, en que aquel cabrón pudiera demostrarlo.

 

El gran hombre abrió la ZIL. Nos sentamos delante. En el salpicadero había una botella de Hennessy a medias y sobre el asiento del copiloto dos copas. El gran hombre se sirvió una y brindamos.

Cuéntame, Ginesito, me dijo, cómo estaba el mundo en el 88.

Yo le conté la historia. En septiembre había habido un golpe de Estado en Birmania y en diciembre un ciclón en Bangladesh había dejado a cinco millones de personas sin hogar. Gorbachov había sido elegido presidente del Soviet Supremo y Bush padre había vencido a Dukakis por la presidencia de Estados Unidos y había relevado a Reagan. En España eran tiempos de huelga general. De Felipe González y Solchaga, de Pedro Delgado en el Tour y de Mujeres al borde de un ataque de nervios en los cines.

¿Y tú, Ginesito, dónde estabas?

Yo estaba en Madrid, don Jorge. Primero había estado en la cárcel.

¿Qué día fue?

El 16 de diciembre, dije yo, viernes. El gran hombre cerró los ojos como si estuviera escuchando música. Yo seguí. Ese día había estado pidiendo en el metro. Por la tarde cayó una tormenta. Yo había comprado un par de cartones de vino y me los había bebido debajo del toldo de un quiosco. En un jardín. Después estuve deambulando sin rumbo por la ciudad buscando más alcohol o alguien con quien pelearme. La noche me ha bía pillado en El Retiro y allí mismo me había tirado en un banco. Estaba mojado y hacía mucho frío. Entonces había llegado él.

¿Qué te dije?, me preguntó.

Usted se acercó con su abrigo negro y me preguntó si quería ganar un montón de dinero. Yo lo miré bien y le pregunté que a quién había que matar. Usted se rio y dijo que no había que matar a nadie pero sí tener muchos huevos.

Y vaya si los tenías, Ginesito, sonrió el gran hombre, vaya si los tenías.

Seguimos hablando un rato. De aquella noche en el Ritz y de otras noches. De ciudades que conocíamos. Murcia, Las Vegas, Shanghái. Hablamos del desierto y de la selva, de Buenos Aires, México y Macao. El gran hombre hablaba mirando al techo de la ZIL, con los ojos perdidos en el Hennessy. Luego se volvió hacia mí y me clavó los ojos.

¿Qué es, me dijo, eso del té, Ginesito? Yo le di un trago largo al Dalwhinnie.

En realidad, don Jorge, le dije, no estoy en Camboya. Él levantó los ojos y dijo algo que sonó como ¡ah!

Que me extrañaba, dijo. Que Camboya no es sitio para ti. Yo estuve de acuerdo. Él volvió a mirarme.

¿Entonces?

No lo sé, don Jorge, le dije. El tiempo se me convirtió en piedra. Él asintió.

¿Y estás esperando? Yo lo pensé.

En realidad, no. Él volvió a asentir. Luego dijo que nos parecíamos.

Demasiado, Ginesito, dijo. Yo levanté mi vaso. Por usted, dije. Brindamos. Luego él me preguntó si Jacinto me había contado lo del año pasado. Le dije que sí.

El negocio, dijo, ya no es lo que era.

No hay gente nueva, Ginesito.

La gente que sale nueva no tiene vuestras agallas.

¿Y sabes qué está pasando?

Que, como no hay agallas, ya nadie organiza.

Ya nadie organiza bien.

¿Te podrías creer, dijo, que lo vuestro hubiera sido una moda?

Porque la gente ya no quiere esto. Quiere otras cosas.

Ahora, dijo, solo es sexo.

En plan Berlusconi.

Putas. Orgías. Violencia.

Pero nada de clase, Ginesito.

Solo ahí, al barro, como si fuéramos perros.

Los tiempos, le dije yo, cambian, don Jorge. Hay que adaptarse.

No, Ginesito, dijo él, lo que hay es que retirarse.

Solo que tú, dijo, ya lo sabías.

Yo le dije que estaba en buenas manos, por lo menos esa noche, y luego seguimos bebiendo un poco más. Me dijo, otra vez, que el dinero no da la felicidad. Que la felicidad, ahora, para él, era eso. Sentarse a beber en lo oscuro con un amigo. Me dijo que, a veces, por las noches, se bajaba a la ZIL y se sentaba donde mismo y ahí se quedaba horas y horas. Con las luces apagadas y como acordándome de los tiempos pasados.

Nos retiraremos, Ginesito, me dijo cuando ya estábamos poniendo otra vez las lonas sobre los coches, o nos retirará la muerte. En el jardín olía a galán de noche y a césped mojado. Una brisa perfumada mecía las copas de los árboles. Volví a aspirar con fuerza y a notar el olor denso y salado de la sangre que lo impregnaba todo. Don Jorge me vio y levantó una ceja.

¿Cómo está la noche?, me preguntó.

Pegajosa, le dije yo.

 

La fiesta tenía lugar al otro lado de la casa. Donde el césped y los arbolillos japoneses. Había una carpa con guirnaldas de flores y una orquesta. Sonaban cumbias y boleros. En dos mesas larguísimas estaban las fuentes con la comida. De todo. Delante de cada fuente un camarero. Había una barra aparte para las bebidas y también camareras vestidas de negro moviéndose entre los invitados con el champán y los aperitivos. Los invitados charlaban en grupos. Cada uno con su copa o su plato en la mano. Una selección. Una estricta selección. De empresarios, políticos y peces gordos. Y sus mujeres. La hoguera de las vanidades. Predominaba la cincuentena cuando no los cuarenta muy pasados. Muchos sesentones también. Chaquetas deportivas, camisas de manga larga, bronceados, relojes caros. Eso ellos. Ellas joyas, pecas en los hombros, perfumes caros, horas y más horas de peluquería y trajes de noche. Operaciones de cirugía estética. Me reí. Porque mirarlos siempre me daba la risa. El gran documental. La vida después de los cuarenta y cinco, así se llamaría, y entre paréntesis rituales de no apareamiento de los muy forrados. Luego, ya en faena, se vería a aquellos hombres follando con putas que podrían ser sus hijas mientras pensaban en las amigas de sus hijas. Y a aquellas mujeres follando con jardineros y persiguiendo por la casa a sus entrenadores personales y a sus guardaespaldas.

Me reí, también, porque si Antón hubiera estado allí nos habríamos pasado la noche apostando por los estiramientos de cara de ellas y por cuántos de ellos serían capaces de tener una erección sin tirar de química. Quizás hubiéramos apostado por cuáles de ellos iban a ser nuestro público.

Si he de contar las cosas como fueron diré que yo, desde Camboya en el 98, ya ni me ponía nervioso. Antes sí. Los primeros años. Esos que ya por aquel entonces eran un recuerdo que me hacía mover la cabeza y sonreír. Como se acuerda uno de las cosas que hizo de adolescente o en la primera juventud. Pero ya digo que antes de Camboya. Tampoco tanto en realidad. Pero al menos una reacción humana. Una que implicaba adrenalina, vértigo y angustia. Sequedad en la boca y ganas de dar patadas. Noches sin dormir. Y urgencia. De saber. De saber ya. De pronto. En ese momento. En las uñas. En los dientes. Pero luego, ya digo, los años dulcificándolo todo. Y más dulce la cosa cuanta más experiencia se tenía. Imagino que se podría decir que para esa noche yo era ya un veterano con los huevos bien pelados y que el negocio, para mí, era algo largamente asumido. Semejante, imagino, a lo que pudiera sentir un deportista antes de jugar una final. Y nada más. Algo que estaba olvidado y que no se miraba hasta un rato antes. Cuando ya se veía el estadio a lo lejos por la ventanilla del coche. Solo que a mí me daba igual ganar que perder.

Ve a donde quieras, me dijo el gran hombre, pide lo que quieras.

Y si quieres estar tranquilo un rato, me dijo, vete para la piscina. El camarero tiene de lo tuyo.

Así que me quedé un rato más mirando a la gente con sus bronceados y sus copas y luego me fui para la piscina. El ruso, me dije, sabrá poner la proa para donde conviene.

 

Junto a la piscina unas tumbonas y un grupo de muchachas. En la barra dos hombres con chaqueta y corbata que conversaban en un extremo. Yo me fui al otro y esperé a que el camarero, mulato caribeño, se acercara. Le pregunté cómo se llamaba.

Boris, señor, me dijo. Su acento era imposible de confundir.

Bien, Boris, le dije, tienes por ahí una botella de Dalwhinnie de veintinueve años, ¿es cierto?

Lo es, señor. Boris enseñó unos dientes blanquísimos al sonreír. Al momento tenía ahí la botella, el vaso y hielo. Lo dejó todo allí y se fue a seguir secando vasos y esas cosas que hacen los camareros para parecer ocupados. Yo me eché un primer vaso y me lo bebí mientras miraba a las muchachas de las tumbonas. Una de ellas estaba saliendo en ese momento del agua y su cuerpo resplandecía lujurioso a la luz de los faroles.

¿Eres cubano?, le pregunté a Boris.

De Matanzas, señor.

Yo estuve en Cuba en el 95. Conocí a Fidel y también a Raúl.

¿De veras?

Sí. Anduvimos unos días por La Habana, por la Marina Hemingway, y luego nos fuimos para la Isla de la Juventud. Estuvimos cazando tiburones y comiendo langostas. También estuvimos en aquel sitio de El viejo y el mar.

Cojímar, señor.

Eso, Cojímar. Ahí también estuvimos.

Yo miraba a las muchachas en biquini. Boris, cortando limones, se había puesto a mi lado. Me contó cosas de Cuba. De la Cuba de verdad, no de la de los yumas. En el fondo todo era la misma historia. De cansancio y necesidad absoluta de presente. De sueños confusos a la vez que odiados. De chancleteo y buchito, de revolución y Guillermo Tell, «Nuestros cinco héroes volverán». También me contó que él había salido casi sin querer, en la cámara de camión que usaba para salir a pescar, el día que la corriente lo había sacado fuera.

Estuve, me dijo, dos días sin comer ni beber. Con el mar lleno de tiburones.

Luego había visto los Cayos a lo lejos y había remado para allá. El resto de la historia no era tan entretenido. Digamos que fue camarero y todo eso.

América, América, canté yo.

La tierra de los bravos, dijo él.

Una de las muchachas se acercó a la barra y puso fin a la conversación. Era hermosa. La típica rubia de cuerpo perfecto. Como salida de un sueño nórdico. Y aderezada, además, con un tatuaje en forma de estrella sobre el coxis y un delicioso piercing en el ombligo. Nuestras miradas coincidieron y yo le sonreí y le enseñé mi boca llena de oro. La muchacha se estremeció como si una corriente eléctrica le hubiera entrado por la boca y le hubiera salido por el coño. Boris también me vio y los dos nos reímos. La muchacha se fue con sus amigas.

Fue entonces cuando noté que se me erizaban los pelos de la nuca y me volví en el taburete. Sasha, una cabeza descollando entre la multitud de seres vulgares, se acercaba hacia mí como un gigantesco rompehielos.

 

Sasha tenía varios motes. El Diez Pollas, lo que tenía que ver con el tamaño de sus dedos. El Triste. Sin embargo, el que más nos gustaba a Antón y a mí era el que hacía referencia a su tamaño. Dos Metros Cuadrados, lo llamábamos. Y es que Sasha era eso. Dos metros de alto. Un metro de ancho. Un poco más de cada cosa en realidad. Cuando yo lo conocí en Colombia en el 91 ya tenía el pelo color ceniza y llevaba aquel bigote tan típicamente soviético. También sus ojos tenían aquella tristeza honda y desesperada. A través del césped caminaba como si bailara. Cuando ya estuvo cerca sus ojos sonrieron y yo me levanté del taburete para salir a recibirlo. Nos abrazamos y nos besamos en las mejillas y nos miramos a los ojos. Los suyos tenían alguna emoción íntima que lentamente afloraba. Los míos buscaban nuevas heridas en los suyos.

Ginés Iosifovich, me dijo con su voz salida directamente del coro de los cosacos, estaba al lado de mi bungalow, bebiendo champán, y te he percibido en la distancia y de pronto ya no podía vivir sin ti.

Aleksandr Porfirievich, le dije yo, eres el hermano que nunca tuve.

Puso un taburete al lado del mío y le pidió a Boris una botella de Grande Dame Rosé de 1995 y un cubo con hielo. Durante unos minutos bebimos sin hablar.

¿Cuándo nos vimos por última vez?, dijo Sasha.

En el 2005, en las Maldivas.

¿Y antes?

En el 2003, en Las Vegas.

¿Y antes?

En el 2002, en Manila.

¿Y antes?

En el 99, en casa de Tom Cruise.

Ah, dijo Sasha, y sonrió, Nicole.

Sí, dije yo levantando mi vaso, Nicole.

 

¿Cancún?, le dije.

En realidad La Gloria, más allá de Playa del Carmen. Compré una casa en la playa. Les alquilo habitaciones a los surfistas.

No te imagino en bañador y con un canuto en la mano, le dije yo.

Haces bien, dijo Sasha, ahora leo mucho. Nada ruso. Solo mierdas americanas.

Haces bien.

¿Y tú?, me dijo.

Yo también leo mucho, nada ruso.

Me dijeron que estabas en Camboya, con Liu, dijo él.

Pero es mentira, le dije. Estoy aquí, en casa de mi madre. Los últimos cuatro años. Sin moverme.

Sasha no dijo nada, vació su copa y la volvió a llenar. Sus ojos eran negros y dulces y destilaban compasión y cariño.

Ya no tenemos, dijo, la fuerza de antaño. Yo sonreí.

Pero, dije, ¿somos lo que somos?

Me contó cosas. Que llevaba tres años sin moverse. Que cuando el gran hombre lo había llamado primero había dicho que no. Que luego había cambiado de opinión cuando el gran hombre le dijo que yo iba. Yo le conté que a mí me había dicho lo mismo y brindamos por las marionetas. También me dijo que después de la noche en las Maldivas había estado dos años internado en un hospital en China.

Sabía muchas cosas de los viejos conocidos. Por ejemplo que Claude, el francés, y Antonio, el filipino, habían muerto los dos la misma noche. En el Hilton de Bangladesh. Sus cuerpos habían sido arrojados al mar. Sabía que Serguéi, el otro ruso, se había casado y tenía un hijo. Que Chang, el chino, se había vuelto a su aldea en Qinghai.

Me habló también de las pesadillas, de los aullidos estremecedores. Yo le hablé de mis sueños.

A Dieter, me dijo luego, lo mataron.

Se lo había contado Chang. Había sido en Shanghái en el 2007 y otra vez en el Sheraton. Organizaban unos rusos. Cuatro y tirando hasta que cayera uno. Todo normal. Mucha tensión. Solo que a Dieter le había entrado la pájara o había visto salir su número y se había escapado. A los organizadores no les había sentado muy bien que digamos. Se canceló todo y empezó la búsqueda. Registraron Shanghái de arriba abajo. Lo fueron a encontrar dos días después. En un fumadero.

¿Te acuerdas, dijo Sasha, de haber visto en las noticias a un tipo que apareció colgado de sus propias tripas del Antiguo Banco de Hong Kong y Shanghái?

No, dije yo.

Luego le pregunté si aquello podía ser el desastre de Shanghái del 2007. Él me miró y dijo que podía ser.

 

Hablamos de más cosas. Recuerdo cuáles pero no vienen al caso. Entonces Sasha me preguntó por Antón. Yo le conté la historia.

Nos habíamos enfadado y habíamos perdido el contacto. A mí me pasó lo de madre y me fui a casa. Ese año Antón me llamó por teléfono. Yo no se lo cogí. Debió de ser por navidades. Un par de meses después me llamó su madre. Al parecer Antón también había vuelto a casa. Solo que tenía pesadillas por las noches y había empezado a perder peso. Su madre me dijo que al final no pesaba más de cincuenta kilos.

Una noche los gritos fueron más espeluznantes que nunca. Y entonces se oyó un disparo.

Su madre me dijo que ya se lo esperaba. También que Antón había dejado algunas cosas para mí.

Los fantasmas, dijo Sasha después de un rato, siempre están llamando a la puerta.

Seguimos bebiendo. Mirando a las estrellas. Sasha me preguntó por lo que Antón había dejado para mí.

No lo sé, dije yo, nunca fui a recoger lo que fuera.

Quién quiere ir a Sibiu, Rumanía.

O a Yakutsk, en la Siberia oriental.

La ciudad más fría del mundo.

Brindemos, dije yo, por aquel que espera al lado de la puerta. Y brindamos. Al otro lado del jardín los camareros habían encendido una hoguera y ahora la gente le iba arrojando cosas viejas que habían traído de casa. También había velas encendidas flotando en el agua azul de la piscina.

 

Dime, le dije, aquello. Sasha sonrió.

Bez deneg, dijo, net muzyki.

No, dije yo, sin dinero no hay música.

Brindamos por la gran verdad y nos quedamos en silencio. El tiempo pasaba lento y caliente, como a nosotros nos gustaba. Sasha terminó su botella y le pidió otra a Boris. Las muchachas se fueron y vino una pareja. Luego cruzó una mujer muy hermosa y se llevó nuestras miradas y nuestra sonrisa cómplice. Poco a poco la fiesta se fue viniendo hacia nosotros. El espectáculo, tengo que contarlo como fue, nos fascinaba. A Sasha y a mí y a todos nosotros. De siempre. Mirar a la gente. Individualmente o en grupos. Su normalidad. La vulgaridad absoluta de sus actos. Antón dijo una vez que nosotros mirábamos a la gente como un tigre miraría un rebaño de cabras. También decía, cuando estaba muy borracho, que nosotros éramos unos extraterrestres que habíamos perdido la nave nodriza. Los extraterrestres, así nos llamaba.

A eso de las doce empezaron los fuegos artificiales y la masa de gente que venía hacia nosotros se hizo insoportable. Huimos. Yo cogí mi vaso y mi botella y Sasha sus cosas y trasladamos el campo al bungalow que el gran hombre le había cedido a Sasha. El ruso tenía cigarrillos turcos De Reszke, así que nos pusimos a fumar. Cada poco yo levantaba la cabeza y olfateaba.

¿Cómo viene la noche?, me preguntó Sasha.

Con sangre, le dije yo.

¿Sangre nuestra?

Cualquiera sabe, le dije. Y brindamos.