Los gatos pardos

Ginés Sánchez · Capítulo 19 de 26

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Los gatos pardos

Degüello

1

 

En el 2007 yo estaba en San Antonio desintoxicándome. Entonces no había whatsapp ni facebook ni mierdas de esas. Así que una vez al mes o así, de promedio, me conectaba al ordenador de la clínica y me asomaba a ver cómo andaba el mundo. Fue así como vi el correo que me había mandado la prima Lucía. El mensaje era el que cabía esperar, más bien sucinto y sin muchas pistas. Lo que decía, básicamente, era que madre estaba enferma. También dejaba traslucir que mucho. Pero ya digo que no daba pistas. Lo pensé dos días. El tercero pedí la cuenta y cogí un avión. Madre estaba enferma y la casa también. Fui a verla al hospital. Nos miramos y no hubo nada. Por las noches la tía Carmen se quedaba con ella. Le dije que se fuera, que yo me quedaba. La tía lloró pero se fue. Madre también jodió un poco pero andaba muy floja y poco podía hacer. Los médicos me dijeron que se moría y yo les dije que para eso mejor en su casa. Así que me la llevé. Yo le hacía la comida y le daba las medicinas y le cambiaba los pañales. Digamos que le cambié todos los pañales que ella me cambió de pequeño. Al final nos tolerábamos. Podría decirse que fuimos casi amigos. Tan amigos como pueden llegar a ser un tigre y un león que estuvieran encerrados en jaulas contiguas y que no tuvieran más remedio que verse cada día las jetas.

Luego se fue apagando y al final se murió. Creo que estaba más contenta que cuando yo llegué. Pero eso quién lo sabe.

Ni que decir tiene que no fui al entierro. Los entierros son para las verduleras. Los curas son unos gilipollas.

Los cuerpos son naturaleza y deberían quedarse para los animales.

Dios es un viejo gitano.

 

Al poco de morirse madre cumplí los cuarenta y tres. Decidí quedarme. En realidad no es que lo decidiera sino que no me fui. A fin de cuentas el lugar era tan bueno como cualquier otro. Allí había una casa y la familia que quedaba me tenía el suficiente miedo como para no atreverse a dar por saco. Tal vez fue tan sencillo como una añoranza de colores. De inviernos, otoños y primaveras. Del río. Poco importa. Los hechos, a veces, son simplemente hechos y no obedecen más que a que el tiempo pasa y no sucede nada. Imagino que alguien podría decir que me quedé para reflexionar sobre la vida pero eso son mierdas. Nadie reflexiona sobre la vida. Yo, desde luego, estuve allí cuatro años y no reflexioné ni un maldito minuto.

Luego, también es cierto, me fue invadiendo una cansada inmovilidad, un letargo pesado. Pero eso fue luego. Después de quedarme. Ya por el 2008. Fue entonces cuando le quité el sonido al teléfono del negocio y lo guardé en un cajón.

El tiempo, de alguna manera, se convirtió en piedra. Los días dejaron de contar.

También, no lo vamos a negar, estaba Mariamne.

Luego llegó el 2011 y junio y San Juan.

 

El teléfono del negocio aún suena, hoy día, un par de veces al año. Ya he dicho que en esa época yo lo tenía guardado en un cajón. Una vez al mes, de promedio, lo sacaba y le cargaba las baterías. Como tenía que encenderlo aprovechaba para revisar las llamadas perdidas. Tampoco había tantas. El Persa varias veces. También el Vikingo. Una vez Ivo, el viejo cabrón. En junio del 2010 llamó seis veces Liu. Luego me enteré de que todavía vivía. Todas las veces vi con retraso las llamadas y ninguna la contesté. Ya he dicho por qué.

Luego, en abril del 2011, vi la llamada del gran hombre. Era del 28 de marzo. No la devolví pero ya tampoco guardé el teléfono otra vez en el cajón. En abril volvió a llamar. Y también en mayo. Esa última vez yo tenía el teléfono en las manos. Se lo cogí en junio. El día 2. Su voz, de pronto, después de tantos años, me hizo temblar.

Ginesito, me dijo, ¿cómo estás?

Don Jorge, dije yo, cuánto tiempo.

Hablamos un rato. Tampoco tanto. De viejas heridas. Historia antigua. Él me dijo que estaba allí, en casa. Yo le dije que estaba en Camboya, con Liu. No sé si me creyó. Luego fue al grano. Negocio, Ginesito, negocio. Allí mismo. Sin necesidad de tomar un avión. Ni siquiera un tren.

Yo estaba sentado en un banco al lado del río. Recuerdo detalles. Los jardines estaban llenos de flores rojas y ya se habían caído las flores violetas de los árboles. También que me dio por reírme. Con lo grande que es el mundo.

Dime que sí, Ginesito, me dijo. Te necesito. Luego me dijo que iba a venir Sasha.

Y yo no podía decir que no. A él no. Y menos si iba a venir Sasha. El viejo Flautista de Hamelín sabía todas esas cosas.

Le dije que lo iba a pensar. Por ser él. Colgamos y seguí leyendo mi libro. En casa hice pasta solo con aceite y ajo. Para estar amarillo y no rojo.

 

Recuerdo detalles de aquel junio. Había revueltas en Yemen y acampados en Sol y en la Glorieta. Nadal ganó Roland Garros. Mister Burdon andaba matando adolescentes rusos y alemanes en Turquía. Fue el junio del pepino y la bacteria, de cuando Mohamed VI dejó de ser sagrado. La Unión Europea andaba rescatando a Grecia y nosotros todavía pensábamos que nuestro culo no podía nunca oler así de mal. Eso en cuanto al mundo. En cuanto a mí lo más destacado era que me aburría desesperadamente en la Casa Desolada de Dickens y que la ciudad estaba polvorienta porque no llovía desde Semana Santa. El calor apretaba. El 7 o el 8 se abrieron los cielos y cayó una tromba. Así se pudo vivir una semana. Coincidió la entrada del calor con la llamada de Jacinto.

Ah, cabrón, le dije imitándole el acento, hijo y nieto de la gran chingada.

Ahí, güey, dijo él, ¿cómo de viejo estás?

Pues ahí, le dije yo, pero que a lo menos yo no soy mamporrero.

Ah, chingón, dijo él, que hay buenas vacas acá en tu tierra.

Nos reímos. Oírle la voz y las pendejadas como que me hizo recordar otros tiempos, como que me sacaba un poco de la modorra. Su voz era grave, brillante, amarga. Una voz difícil de olvidar. Como las de todos los amigos buenos.

Ahí, huevón, me dijo, que me digan que vuelves a la senda.

Ahí, sí, le dije yo, como una ratita obediente.

¿Y cómo, me dijo, lo hago contigo para la fiesta?

Yo le fui contando. Que fácil. Porque no tenía ni que buscarme hotel ni que irme a buscar al aeropuerto. Que yo me encargaba de todo. Que todavía tenía casa en la ciudad. Él se reía.

Ah, cabrón, decía, demasiado fácil.

Luego concretamos y quedamos. Al colgar me quedé un rato parado y como mirando al pasado.

Eso fue el 15 de junio. El 17 fue viernes. Salí a correr por el jardín y al pie de un árbol encontré un vencejo que había muerto por culpa del calor. Alas negras sobre la tierra blanquísima. Me senté en un banco a mirarlo y a pensar en la muerte. Fui a verlo el sábado y también el domingo. Me sentaba a su lado y lo miraba. El aire le movía las plumas tiesas. Columnas de hormigas avanzaban con aires colonizadores. El lunes ya no estaba. Los basureros lo habrían echado al cubo o un gato se lo habría llevado. Fue ese día cuando dejé de estar amarillo y empecé a estar rojo. De pensamientos y de sueños. De pronto las tardes empezaron a quedarse en una calima quieta y dura que se sentía como metal en los dientes.

Horas quietas, en blanco y negro. Espesas y silenciosas.

Como las tardes de Yosemite o la noche de Ses Caletes.

Yo las espiaba desde detrás de las cortinas, el gato metido entre los pies, y me acordaba de Jeannette y de cómo la sangre le bajaba entre los pechos.

 

El gato era muy inteligente y madre lo llamaba Bolita. Yo lo llamaba Gato. Era un angora blanco de pelo corto, con los ojos verdes y la cola terminada en una borla gris. Me trató, de inicio, como se trata a los intrusos. Luego, cuando madre murió, lo soborné con latas de paté de hígado de oca a treinta euros la lata. Entonces empezó a tolerarme. Claro que él a quien quería era a Mariamne. Y quién no. En nuestro primer encuentro, yo en el sofá, él muy erguido sobre la mesa de café, estuvimos media hora mirándonos a los ojos. Ganó él. Lo tuve que apartar porque me dio la impresión de que me quedaba sin secretos. Desde ese momento nos dedicamos a odiarnos cordialmente. Él me miraba desde debajo de los muebles y yo me decía que en cuanto madre se muriera lo iba a meter en un saco y lo iba a tirar al río. Sin embargo él volvió a ganar. Porque ya he dicho quién jugaba en su equipo. Y eso era mucho.

Luego, ya digo, lo soborné y todo empezó a ir bien. A veces, cuando ponía música, se me venía encima y se me dormía en las rodillas. Hasta llegó a ronronear varias veces en mi presencia. Pero ya digo que era mera tolerancia. Yo le daba lo que los gatos quieren. Él justificaba su existencia por el hecho de gustarle a Mariamne. Todos en paz.

También es cierto que él era la única nota de color en la casa, que era deprimente.

 

Hay determinadas enfermedades que se quedan dentro de las personas. La mayoría no. Las importantes no. La enfermedad de madre, por ejemplo, se había instalado en cada rincón de aquella casa. Se había extendido sobre todas las cosas como la baba amarillenta de un caracol gigantesco. El amarillo es el color de la muerte y de la vejez. Por eso las personas, cuando se van a morir, se van volviendo poco a poco amarillas y como transparentes. Me acuerdo de que Mariamne siempre me decía que pusiera muebles nuevos o cortinas nuevas o que por lo menos abriera las ventanas un poco. Yo no le hacía caso. No se lo hacía porque hacer aquello hubiera implicado una voluntad de permanencia que yo estaba lejos de tener clara. También porque la casa, tal y como estaba, era el lugar ideal para un tiempo solidificado como el que teníamos.

Si cierro los ojos puedo rememorarla sin problemas. El pasillo angosto y con poca luz. Las losas grises, los muebles viejos y pesados de notario del XIX, el reloj del recibidor que era también termómetro y barómetro. En el salón las estanterías repletas de tomos encuadernados en piel. Aparte de los cuadros. Un prado, más allá una marina, junto al mueble de la televisión un óleo de padre vestido de chaqueta y corbata. También el crucifijo con el cristo de alabastro y sobre uno de los anaqueles, en blanco y negro, el retrato de bodas de padre y madre. Padre sereno, madre tímida. Aparte de eso la mesa de café y el sofá de escay rojo que en verano había que cubrir con una sábana. También dos sillones con orejeras y dos butacones con respaldo alto de terciopelo también rojo.

En el baño y en la cocina los azulejos estaban descascarados y comidos por los bordes. Las tuberías gemían como almas que fueran conducidas a través de la Estigia. Por el fregador entraban, por las noches, ejércitos de cucarachas.

Las cortinas, por supuesto, eran pesadas y dobles. Eso favorecía la penumbra. Tampoco ponía nunca el aire acondicionado. El gato, cuando quería luz, se metía en el espacio que quedaba entre las cortinas corridas y el cristal y ahí se quedaba mirando al balcón. Cuando hacía eso lo único que se veía de él era la borla gris asomando por debajo de la cortina y moviéndose como una serpiente sobre las losas.

 

San Juan amaneció despejado y seco. Sin viento. Era jueves. Me acuerdo de que mientras me aseaba se oía a Bruno llorando en la casa de al lado y a doña Sonia gritando algo. Me senté a tomarme un café. De la habitación traje la libreta para escribir el sueño que había tenido por la noche. Esto es lo que escribí:

«Lugar: la caja oscura. Objeto: la araña mecánica.

»La araña es de metal. Patas como agujas. Émbolos. Ojos rojizos que brillan en lo oscuro. Un tenue resplandor rojizo ilumina el interior de la caja y se refleja en las patas. La araña se mueve frenética. Quiere escapar. Arriba y abajo. Las patas tamborilean contra la pared. La caja está cerrada. Sube al techo. Todas las paredes son techo. Ataca una esquina. Inserta el aguijón contra la esquina y abre un agujero minúsculo. Lo va haciendo más grande. Por el agujero entra un chorro de luz roja.

»La araña sale. Ahora está sobre el cuerpo de Jeannette. Sobre el pecho de Jeannette. Del agujero por el que se ha escapado la araña brota la sangre. La araña empieza una tela entre el pezón y la barbilla de Jeannette. El cuerpo de Jeannette está frío. Está de lado. Sobre una sábana. El resto es oscuridad. Como si hubiera un foco muy potente que la alumbrara desde atrás.

»Sonidos: el tictac de la araña. El tamborileo contra las paredes de la caja. Como una máquina de coser que trabaja a toda velocidad.

»Sensación general: rojo. Todo rojo».

 

Por la mañana seguí estrictamente mi rutina. Me puse la ropa de deporte y me fui a correr. Luego hice doscientas flexiones y desayuné huevos revueltos con cebolla y tabasco, salchichas, tostadas y otro café. Me fui a una terraza a leer Juventud, de Coetzee. Leyéndolo me sentía un vengador. Más tarde, cuando el calor me echó de la calle, volví a casa y preparé una ensalada de pasta y unas pechugas de pollo. Puse el despertador a las cuatro y me eché una siesta. Me desperté confuso, boqueando y empapado en sudor. Lo siguiente fue ducharme y afeitarme. Luego, con una botella de agua recién sacada del frigorífico, salí al balcón y espié el barrio. La tarde era tan calcinante y tan pesada como habían sido las tardes previas. El gato me miraba. Como si yo fuera la pastora.

A fin de contar las cosas como realmente fueron diré que la tarde antes la había pasado entera metido entre las cortinas y los cristales, amagando con sacar el coche y llevarlo al sitio en que tenía que estar. Fue una lucha que ganaron las excusas y la pereza. Hay que hacer lo que hay que hacer, me decía. Y luego me decía que era altamente improbable que aquella noche fuera a ser como las otras. Que aquello era pasado. Que yo ya no era así. La realidad es que me aterraba la monstruosa intensidad de todo, la posibilidad de que aquella fuerza que chirriaba en las venas y en los huesos pudiera regresar.

Pero aquello, yo bien lo sabía, no eran más que ganas de andar jodiendo. De esperar que pasara un milagro que lo resolviera todo. El recurso de los perdedores. Porque la cuestión, como siempre y al fin, es si se es responsable o no. Si uno es consecuente con sus propias cosas o si uno no es más que un miserable.

Si uno está en lo que tiene que estar o no.

Y que, si uno está, entonces tiene que bailar con la música que ponen.

Y no con la que le suena a uno en la cabeza.

Así que dije a la mierda y me puse unos pantalones y una camiseta y cogí las llaves del coche.

 

Fuera, a las cinco de la tarde, la calle era un infierno. Calor reverberando en las aceras y en las paredes. Atmósfera de platino. Todo el aire succionado por una jeringa descomunal accionada desde la luna. Personas, escasas personas, respetando escrupulosamente las zonas de sombra. Un viejo puesto a momificar en un jardín. En las bocacalles rachas de viento provenientes del desierto.

Como siempre, antes de entrar en el coche me fumé un Camel espiando la persiana del garaje. En todo el cigarro pasaron por la calle tres personas y cuatro coches polvorientos. Un hombre se movió detrás de una ventana. Una niña pequeña con mallas rosas se asomó a un balcón. Nada más. Ahí empecé ya a olfatear la tarde. Cada pocos segundos abría las fosas nasales y aspiraba buscando algún resto de metal en el ambiente. Era demasiado temprano. Olía a los árboles, al asfalto y a polvo. Cuando se acabó el Camel crucé la calle, levanté la persiana y saqué el coche. Luego bajé y volví a cerrarla.

Salí por el hospital y luego bordeando el río.

No sé cómo estará ahora pero entonces bastaba con conducir diez minutos fuera de la ciudad para entrar en otro mundo. Uno de pueblos semidormidos, de huertos y cañadas, de pájaros y chicharras. Uno en que la gente, a la siesta de junio, dormía sin vergüenza, acunada por una música que era el petardeo de alguna moto y el ruido cansino de los viejos jugando al dominó en el bar, a la sombra de las moreras. Mirándolos la boca se me llenaba de tinto fresco.

El coche era un Ibiza de segunda mano que había comprado en 2008 y que estaba a nombre de una sociedad en Detroit. Conduje despacio. Con tiempo de sobra. El sitio había sido elegido el año antes. Los detalles. Siempre. Y era simple. Un pueblo a cinco kilómetros del cementerio de coches. Y dentro del pueblo una plaza lo bastante grande como para que un coche más no se note y con un camino que le llegue desde el monte. Eso y estar atento a las cámaras. Lo demás es naturalidad, teatro y camuflaje. Sé normal. Sé gris. Nadie te mirará.

Aparqué el coche en la plaza y salí caminando tan tranquilo. Me senté en la parada del autobús, saqué mi Coetzee y bajé la cabeza.

 

El autobús tardó diez minutos en llegar y otros diez en dejarme al lado del río. De camino a casa, por la sombra, iba olfateando la tarde y tratando de decidir si se parecía a alguna otra cosa que yo conociera. No es que realmente importara porque luego la noche puede ser totalmente diferente y hay una miríada de detalles que pueden hacer que todo sea al revés, pero eso era lo que iba pensando y no otra cosa. Tampoco llegué a ninguna conclusión porque los olores estaban muy mezclados. Tampoco los entornos eran comparables.

Si he de decir qué prefería yo, diré que a esa hora prefería una noche tranquila. Pero eso tampoco importa. Porque lo que se quiere a las seis y lo que se quiere a las doce no tienen por qué tener nada que ver.

Y ya se vio.

En casa me quité la camiseta y los pantalones y me metí otra vez en la ducha. Al salir de la ducha el olor se había incrementado. Me puse otra camiseta y otro pantalón y colgué la toalla en el tendedero del balcón. Luego salí al rellano y llamé a la puerta de doña Sonia.

 

Doña Sonia no era tan mala como Mariamne solía decir. Era solo una mujer de tantas. Un arquetipo en el fondo. Y no era culpa suya. Su problema era que desde lo mismo los trece años no había sido más que un coño. Uno tan grande y tan exigente que había anulado todas las demás funciones del cuerpo y le había impedido pensar en otra cosa o completar ninguna otra tarea. Si a eso se le añade que era pobre y, sobre todo, vulgar, el cuadro resultante no podía ser demasiado diferente del que había terminado por darse. Físicamente era tirando a baja y morena. Más bien flaca, con el cuello flojo y arrugado y los hombros últimamente llenos de huesos. No debía tener más que treinta y tres o treinta y cuatro pero le sentaban fatal. El embarazo de Bruno había terminado de arruinarla. Luego estaban los ojos. Asomados al abismo. Viéndolo irremediable ya.

A mí me hacía la ropa y también limpiaba un par de veces a la semana. Por pura caridad. Para que Mariamne tuviera el frigorífico un poco más lleno y para un par de pantalones nuevos de vez en cuando. Para que el bebé tuviera para pañales.

Esta vez tenía que verla porque le había dejado el traje y la camisa para que me los planchara. Me abrió y me dejó pasar. La casa olía a col hervida. Me dijo que estaba terminando y que pasara. Unos minutos la estuve viendo trastear con mi camisa. Todo en silencio. Porque rara vez hablábamos. Porque no se habla cuando no hay nada que decir. Cuando se sabe que el interlocutor es un espía del enemigo.

¿Por qué no te casas con doña Sonia?, me preguntó un día Mariamne, los ojos felinos deliciosamente divertidos. A mí, la verdad, no me hizo gracia, así que le pegué duro. Puede ser, le dije, a fin de cuentas todo el mundo dice que se parece mucho a ti. Mariamne ni pestañeó siquiera pero el golpe dio en el centro exacto de su diana. Esa tarde apenas habló y estuvo un mes haciéndomelo pagar con silencios y ausencias.

Y no se parecen, aunque haya quien dice que sí.

¿Es lo mismo un diamante que un pedazo de carbón?

¿Es lo mismo un lebeche que un mistral?

Doña Sonia terminó y puso la camisa y el traje en una percha. Yo le pregunté por Mariamne.

Salió, me dijo.

¿Puedes decirle que necesito ayuda con el gato?

Se lo diré, me dijo.

 

De vuelta en casa corrí las cortinas y puse un concierto de Bach en el equipo de música. Encendí un Camel y me senté en el sillón. El tiempo corría despacio y a mi favor. Se cumplieron las seis y veinte, luego las seis y media. Los ojos del gato iluminaban la escena. A las siete menos veinte se bajó del butacón y se fue hacia la puerta de entrada. Tres minutos después se sintió el ascensor y luego voces en la casa de al lado. A las siete menos cinco unos deditos blancos llamaron a mi puerta y me levanté a abrir.

Mariamne nació en octubre del 96, más o menos cuando yo estaba en Singapur. Así que por aquel verano tenía catorce años y ocho meses. Era flaca, morena, con el pelo muy negro y muy lacio y muy largo, siempre recogido. Tenía los ojos azules o grises según la luz y un buen montón de pecas. Era muy guapa. Muy guapa y muy especial. Imagino que no faltó quien en su momento dijera que Mariamne era una Lolita. En mi opinión fue algo parecido un par de años antes. Solo que aun entonces había algo que rompía el concepto. Algo frío y duro. Despiadado. Algo viejo y sin edad que se escondía detrás de sus ojos. No lo sé precisar pero lo que fuera lo tenía ya cuando yo la conocí. Luego se le incrementó con los años, conforme la cáscara de la inocencia se le fue desprendiendo y fue sustituida por una coraza de hielo.

Mariamne, digámoslo claro, tenía un corazón de madera. Mirándola me acordaba de la vieja Portia hablándole a la pequeña Mick, diciéndole aquello de «tú nunca has amado a ninguna persona, eres dura y correosa como el cuero». Aquello de «vas a andar por todas partes sin estar nunca satisfecha, tu corazón va a latir tan fuerte que casi te matará, porque no amas y no tienes paz». De hecho, de tanto acordarme estuve a punto de cambiarle el mote y empezar a llamarla Mick. Al final no se lo cambié porque releyendo a Mrs. McCullers no encontré que Mick se pareciera tanto a mi Mariamne.

Es curioso que no recuerde exactamente cómo fueron los primeros minutos de Mariamne en casa aquella tarde. Recuerdo cosas pero apenas puedo ponerlas en orden ni garantizar que no se trate de fragmentos de otras tardes. Recuerdo que olía a sudor y a desodorante del Mercadona, que en algún momento se bebió una cocacola, que se fumó varios Camel y se guardó por lo menos uno. Que doña Sonia, por supuesto, no le había dado el recado. También que el gato se fue directamente a ella y que enseguida estuvo sentado sobre sus rodillas. También que fue escuchar a Bach y torcer el gesto.

¿Puedo, dijo, quitar eso? Yo le dije que claro. Y creo, aunque tal vez, ya digo, yo esté mezclando las tardes, que le dije que pensaba que le gustaba Bach. Ella volvió hacia mí esa mirada suya.

Es, dijo, verano. ¿Cómo puedes tener eso puesto en verano?

El caso es que trasteó con los mandos y apagó el concierto y puso la televisión. Yo la miraba desde mi puesto y cronometraba mentalmente cuánto tardaba entre vez y vez en levantar los codos para soltarse la melena y volvérsela a recoger. A veces ella volvía sus ojos hacia mí y hacía un gesto de fastidio.

No me mires, me decía siempre, y esa tarde también. Yo no lo evitaba.

Te he dicho que no me mires, volvía a decir, y en los ojos fastidiados brillaba el tiempo implacable.

Tienes ojos de vieja, le decía yo.

Bueno, decía ella, TÚ eres viejo.

No soy viejo, decía yo, soy maduro.

Eres viejo, se reía ella, seguro que ya no se te levanta.

Sí que se me levanta, le decía yo, y la miraba de arriba abajo como relamiéndome.

Eres un cerdo, decía ella, no me mires así. Baboso. Pero no se enfadaba. Era un juego. Ella era mi amiga. Y si se te levanta, decía, será porque usas viagra. Yo, entonces, a lo mejor, le tiraba algo, un cojín, un posavasos, y los dos nos reíamos. Yo le decía Mariamne y ella me decía Copito de Nieve.

Esa tarde, sin embargo, no hablamos de nada de eso sino del asunto del gato. Mariamne me dijo que ella también salía, yo le dije que lo único que necesitaba era que ella viniera por la mañana a darle una vuelta al gato y ella me preguntó que si es que no iba a estar yo por la mañana. Yo le dije que eso nunca se podía saber por anticipado.

Bueno, dijo ella al fin, no hay problema.

Toma, le dije, y le tendí un billete de cien euros. Mariamne miró el billete y luego a mí. No movió ni un músculo.

¿Para qué es eso?, dijo.

Puede ser, le dije, que esté fuera varios días. Y no quisiera que el gato te supusiera una carga. Si no lo gastas me lo devuelves. Los ojos de Mariamne, infinitos, bailaron del billete a los míos mientras la sentía pensar. Al final estiró la mano y lo cogió y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

¿Qué crees, dijo, divertida y salvaje, que pensaría doña Sonia si me viera volver de tu casa con cien euros?

 

Todavía se quedó un rato, hasta las ocho o así. En silencio y viendo la televisión con el gato encima de las rodillas mientras yo controlaba el reloj. Cuando dijo de irse la acompañé a la puerta.

Siempre que te vas, le dije, te veo partir con tristeza. Mariamne levantó la vista y me miró y respiró hondo.

Ya te he dicho que no me gusta que me digas esas tonterías, dijo.

Pero a mí me gusta decirlas, dije yo.

 

Por supuesto Mariamne había descorrido la cortina y abierto la puerta corredera del balcón. Como consecuencia de ello el olor a metal caliente había terminado por meterse dentro de la casa. La temperatura ya había bajado un poco y el gato y yo salimos al balcón y miramos los tejados. El metal caliente estaba en todas partes, se adhería a la piel. Metí al gato para adentro, cerré la puerta, volví a poner la música y a correr las cortinas. Luego recogí los restos que Mariamne había dejado en el sofá y lo llevé todo a la cocina. Estuve fregando un buen rato, concentrado en la música, en el agua fría que me corría por los dedos. Luego me sequé las manos y fui al baño. Afilé bien la navaja y volví a afeitarme. Me gusta afeitarme. Mientras lo hacía me miraba los ojos en el espejo. Tengo unos ojos extraños, siempre me lo han dicho. Azules. Metálicos. Como lagos de mercurio.

Son más extraños precisamente esos días que hay negocio.

Cuando terminé de afeitarme empecé con los dientes.

 

Desde la cuarta vez, en el 90 en Brunéi, siempre hago el ritual del samurái. Delante del espejo, sin perderme de vista los ojos, me voy sacando las fundas y las voy limpiando y guardando en su estuche. Después limpio las prótesis con el cepillo y para terminar me pongo las fundas de oro.

Aquella noche, y desde la noche en Valencia en el 2009, llevaba dieciocho. Una por vez. Todos de la parte de delante. Los ocho incisivos, los cuatro colmillos y los cuatro premolares. Aparte de los dos primeros molares de la parte de arriba. Cuando terminé abrí la boca y le sonreí al espejo. No pude por menos que echarme a reír.

Y es que con aquellos ojos y aquellos dientes y aquel pelo mi aspecto era decididamente irreal.

El pelo se me había vuelto totalmente blanco en un fin de semana. Fue en Camboya, en el 98. El fin de semana del horror, lo llamábamos. Hay fotografías que demuestran que el jueves por la tarde yo tenía el pelo negro y que el lunes estaba como estoy ahora.

Junto a la ventana, metido en su rincón, estaba el gato. Abrí y salimos al balcón. El barrio era un amasijo de viejas antenas y terrazas llenas de polvo. Al final se veía la plaza. En ella se presentía el frescor que emanaba de los árboles más altos. La tarde acababa y la luna, redonda y pálida, ocupaba una esquina del cielo.

Otra vez cogí aire. Esta vez no hubo dudas.

 

A eso de las nueve preparé la ropa y abrí el cajón de las navajas. Abrí varias y al final elegí dos Crossnar de las pequeñas y las dejé sobre la mesa. A las nueve y diez llamó Jacinto.

¿Qué onda, cabrón?, le dije imitando su acento mexicano, ¿qué llamas, para chequear que no salí corriendo?

No, cabrón, solo para decirte que ya voy en el coche y que tardaré unos veinte minutos y que no me hagas esperar que me cabreo.

Ay, chingón, hijo de una chingada, pos ya bajaré yo para entonces.

Pos más te vale.

Colgamos y volví a la habitación. El traje estaba sobre la cama. La camisa colgaba de una percha que estaba colgada a su vez del picaporte de la puerta. Me lo puse todo y también la corbata, los calcetines y los zapatos. Luego me eché el último vistazo en el espejo y encendí un Camel.

El gato estaba sentado en una silla y me miraba. Sus ojos fosforescían. Me detuve al lado de la mesa y acaricié suavemente las dos navajas. Elegí la Crossnar Remitger negra y me la sujeté al cinturón con el clip. Guardé la otra en su sitio. Luego cogí las llaves y la cartera. También la bolsa de basura que había al lado de la puerta.

Al gato le dejé una rendija de la puerta del balcón abierta para que pudiera respirar mejor.