Los gatos pardos

Ginés Sánchez · Capítulo 4 de 26

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Los gatos pardos

3. Viernes

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Viernes

 

En el Paseo de la Bahía se apostan y ven pasar el blindado del Antoñito. Le dan distancia y lo van siguiendo. Dejando siempre un semáforo de distancia. En la noche saturada de humedad las luces de los coches semejan temblorosos e inseguros fantasmas. Cerca ya del embarcadero lo dejan ir. El Osvaldo se detiene y saca los prismáticos. Lo ven subir a la lancha y zarpar.

¿Y si, dice el Osvaldo, justo hoy le da por irse para adentro y no volver?

Jacintito baja de la Suburban y se instala en una cantina desde la que controla el puerto. El Osvaldo parte hacia el mirador, cerca de Punta Godomia. Cada poco se comunican con los teléfonos. Está pescando, dice el Osvaldo. Ahora está comiendo. El día es gris. Jacintito come camarones, bebe cerveza. A eso de las cuatro el Osvaldo ya lo ve regresando. Pos ven tú ya, dice Jacintito. El Osvaldo llega con tiempo de que los dos vean la lancha atracar. Después van controlando el blindado entre el tráfico hacia Benito Juárez. Lo ven aparcar como a doscientos metros de la clínica y se sonríen. Buen sitio. Esperan en silencio. La consulta, según los detectives, es de cinco a seis. A veces un poco más larga. Jacintito va consultando los informes médicos del Antoñito y a las seis menos cuarto baja de la camioneta. Va paseando, mirando escaparates. Se va más allá de la clínica para que cuando el Antoñito salga le dé directamente la espalda. Las seis y nada. Las seis y diez y tampoco. De pronto hace calor. A las seis y cuarto por fin lo ve. Sale al mismo tiempo que el sol aparece por detrás de las nubes de color violeta.

Destellos verdosos en las palmeras del paseo.

Despacio, moviéndose entre la gente, se le coloca detrás. Le deja quince metros, luego diez, luego solo cinco. Lo bueno de que haya aparcado tan lejos es que conforme avanza está más lejos del centro comercial y hay menos gente. Espera. Hasta el último momento. La pistola abajo, apretada contra el pantalón, metida dentro de un periódico enrollado. Hasta que el otro ya le ha dado al mando a distancia que abre el coche. Entonces le va atrás.

La pistola golpea, seca, en los riñones del Antoñito, que se envara de pronto.

Antoñito, dice, ¿qué húbole?, ¿que no te acuerdas de mí?

Nadie se da cuenta. O sí. El Antoñito se vuelve apenas y Jacintito tiene un segundo para apreciar el destello moribundo de los ojos. De res, se dice, que va para el matadero. Y ándele, le dice. La Suburban está estacionada un poco más allá. Cuando están llegando la puerta lateral se abre y el Osvaldo los mira con ojos brillantes. Sube, cabrón. El Antoñito cae en el piso de la camioneta como un saco de papas. En un momento lo cachea y entonces el Osvaldo se va al volante y arranca. Atrás quedan Jacintito y el Antoñito. Jacintito sonríe.

¿Que no, le dice Jacintito, te acuerdas de mí? El otro asiente.

Eres Jacintito, el Chivatón.

El mero.

El otro tiembla. A través de las ventanillas de la camioneta árboles y palmeras. Luego, conforme suben, el mar. El Antoñito respira con dificultad. Como si fuera una cafetera vieja. Los ojos de los dos se vuelven a cruzar.

Y que sí, le dice Jacintito, que te pusiste viejo, cabrón. Y feo. Que ya lo eras. Y que hueles a corral, cabrón.

¿Que no te prueba la buena vida? El otro no dice nada y Jacintito sonríe un poco más.

¿O que no era tan buena? Que no lo sería. Porque te has quedado na más que en pelo y pellejo.

¿Qué, pregunta el otro de pronto, me vais a hacer?

Nada, güey, dice Jacintito, nomás queremos hablar.

De unas cositas. Ya sabes.

El otro vuelve a respirar hondo y tiene un ataque de tos. Jacintito se aparta un poco y lo encañona. Cuando el ataque cesa los ojos del Antoñito están enrojecidos y llenos de lágrimas.

¿Y que, le dice Jacintito, sabes lo que me jode? Que ahí nomás que mi compadre haya tenido razón. Porque él decía que tú, Antoñito, estabas acabado. Que estabas ya como aburrido. De la vida. Y más. Cansado de que no te llegáramos, si me entiendes.

Y sí, cabrón.

¿O es que te has asustado?

No, güey.

No te has asustado. ¿Sabes lo que ha pasado?

Que te has sorprendido. Pero no de vernos llegar. Tú ya sabías.

¿Sabes de qué?

Pues de que la muerte, al llegar, haya tenido unas caras tan normales.

Tan para nada horribles.

 

En la casa de La Laja lo han puesto en una silla. Jacintito se sienta frente a él. El Osvaldo se queda al lado de la puerta con la pistola.

Pos tenemos, dice Jacintito, un par de cuentitas que arreglar. Una, que dónde está la lana. Dos, que dónde está el Elías Marco. Así que cuéntame, Antoñito, ¿tenemos un problema?

Sí.

Pos cuéntame.

Dinero, dice el Antoñito, queda no más que lo que queda. No mucho. Una décima parte, si acaso.

¿Y el Elías Marco?

De ese cabrón no sé, dice el Antoñito. Como desde hace un año o así.

Pos sí, dice Jacintito, que tenemos un problema.

Se montan los tres en la Suburban y van a la casa del Antoñito en Las Gatas. El Antoñito les abre la puerta y le dice a la sirvienta que se vaya a su casa. La sirvienta llora pero se va. Van a la caja fuerte. El Osvaldo y Jacintito cuentan el dinero. ¿Y el resto? El resto lo gasté. También es esta casa y el carro y el barco. Todo se puede vender.

¿En qué lo quemaste?

En lo que se quema el dinero, dice el Antoñito.

En darte la gran vida con la lana de otro, cabrón, dice Jacintito. El Antoñito no dice nada, solo se encoge de hombros.

Jacintito hace una llamada y a la media hora llegan tres muchachos. Se van con el Osvaldo mientras Jacintito y el Antoñito esperan en el despacho. Se oyen ruidos. Muebles cayendo, puertas abriéndose. El Antoñito a veces parpadea o se encoge. A veces lo mira y Jacintito ve que presiente en esos ruidos la tormenta que se cierne sobre él.

¿Qué buscan?, dice de pronto.

Pos la lana, dice Jacintito, y también al Elías Marco.

Ya les dije, dice el Antoñito.

Ya sé que nos dijiste.

 

Han metido el dinero en una bolsa y han vuelto a la casa de La Loja. Han sentado al Antoñito en la silla.

Agarrasteis la lana, dice Jacintito, y qué pasó.

El Antoñito empieza a contar. Primero deprisa. Luego, cuando Jacintito le dice que despacio, más lentamente. Jacintito la historia la conoce. Al menos en parte. Porque estaba en los papeles de los detectives. De estos últimos y también de los otros que hubo antes. Así que se trata de precisar detalles, más que nada. La noche de tiros. La oportunidad. Y el salto. Luego el rastro que fueron dejando. Desde España a Argentina. Después los pasaportes falsos y entonces Brasil, Colombia, Venezuela, Cuba. Y drogas y fiestas y putas. La gran vida.

¿Por qué vinisteis a México?, dice Jacintito.

No sé, dice el Antoñito, llegamos.

¿Los dos juntos?

Sí.

¿Cuándo?

Por el 2010.

¿Y a Zihuatanejo?

Al año siguiente.

¿Por qué os quedasteis?

No sé.

¿Pensabais, dice Jacintito, que os habíais librado?

No, dice el Antoñito, sabíamos que no.

Sigue, dice Jacintito, ¿qué pasó después?

Lo que sigue no es tan diferente de lo anterior. Más fiestas, más de lo mismo. Solo que ahora cada uno con su casa y su carro. Uno dedicándose a la pesca y el otro al golf. Los dos juntos. Amigos pero también vigilándose. Hasta que el Elías se encoñó con una teibolera y le cambiaron las lealtades. Tuvo un chamaco y luego otro. Entonces dijo que se iba.

 

Él se fue y tú te quedaste, dice Jacintito, ¿por qué?

Teníamos un pacto, dice el Antoñito.

Él se iba, dice, pero yo tenía su teléfono y su dirección y él los míos. Nos controlábamos. Todas las semanas. Si él quería cambiarse entonces tenía que decírmelo, si yo me cambiaba entonces tenía que decírselo a él.

¿Y qué pasó?

Que un día lo llamé y no cogió el teléfono. Tampoco devolvió la llamada.

Lo estuve llamando más veces, dice el Antoñito, y luego dejé de llamarlo.

¿Qué pensaste, que lo habíamos cogido?

No.

¿Entonces?

Pensé que me la había jugado. También pensé que yo sabía que me la iba a jugar. Que lo sabía desde que se quedó clavado con aquella.

Ok, Antoñito, dice Jacintito, el cabrón se voló. ¿Por qué no te fuiste tú también?

El Antoñito levanta los ojos y mira a Jacintito. Un segundo. Luego se encoge de hombros.

 

¿No tienes miedo, cabrón?, dice Jacintito, porque yo, en tu puesto, estaría cagado de miedo. Sobre todo si el Elías no está donde tú dices que estaba la última vez.

¿Qué me vais a hacer?, dice el Antoñito.

Pos arrancarte la madre, cabrón, ¿tú qué harías?

Ya te he dicho lo que sé. No sé más.

El detalle, dice Jacintito, no es lo que sepas, cabrón, si no lo que no sabes. El detalle es cómo pudiste ser tan pendejo. Cómo pudiste ponerte en situación de que te llegáramos y no saber las cosas que tenías que saber.

 

Por la noche lo llevan a la cochera. Allí el Osvaldo tira un colchón en el suelo y lo esposa a un radiador. Jacintito sale al jardín y llama al gran hombre. Que si el cabrón anda diciendo que perdió al Elías Marco. Que si dice que un día se fue para los USA. A un sitio llamado Payson, en Arizona. Que si, con todos los respetos, patrón, en esas no habría que mandar para allá a los detectives a que vieran. Y el gran hombre no, Jacinto, tú no te preocupes de eso. Tú a lo tuyo.

Vamos, dice el gran hombre, a lo que vamos.

Usted dirá, patrón.

Tú lo sabes, Jacinto, dice el gran hombre. Primero vamos a enterarnos bien. De todo. No sea que esté diciendo que no sabe y sí que sepa. Que estemos seguros. Y luego, pues empezar a cobrarnos.

Por la mañana, muy temprano, el Osvaldo se va en la Suburban con dos de los muchachos. Regresa a las dos horas con una bolsa de plástico en la que van cincuenta mil dólares.

Estaban, dice, escondidos en un doble fondo en un camarote.

¿Y el Elías?

Nada, dice el Osvaldo.

Se van a la cochera. El Osvaldo lleva la maleta con ruedas. De él va sacando cosas. Un rollo de alambre, un trípode, una webcam, un portátil pequeño. Todo lo va montando delante de una silla que ha puesto en medio de todo. Empiezan a transmitir y Jacintito llama al gran hombre. Estamos, dice. Al poco llega la conformidad. Entonces sueltan al Antoñito del radiador, le quitan la ropa y lo amarran a la silla con los alambres y el Osvaldo se adelanta. El Osvaldo es buen pegador. Suave. Ordenado. Profesional. Primero con los puños. Luego con la correa. El Antoñito grita. Cada poco el Osvaldo hace una pausa y Jacintito se adelanta. Preguntas. Y el dinero. Cuánto queda. En qué lo gastaste. Y después. Y el Elías Marco. Qué nombre llevaba en los pasaportes falsos. Cuándo os vinisteis a México. Cuál era su casa. Cómo se llamaba la esposa. Y los chamacos. Cuándo nacieron. Cuándo se fueron. Para dónde. Cuándo te dejó de contestar al teléfono. En las pausas el Osvaldo Vargas menea la cabeza. Este no sabe, Jacintito, dice. No sabe ni pinga. Tú hazme caso que yo entiendo de estas vergas. Jacintito lo mira fijo y se encoge de hombros. Pos a ver, dice, qué hacemos.

 

Paran para comer. Dejan la webcam transmitiendo. Encargan ensaladas, filete relleno y camarones. Se los suben y se sientan junto a la piscina. Beben Pacífico. Jacintito va dando tragos largos a la cerveza y comiendo el filete con cuidado. El Osvaldo lo ve apartar trozos de pulpo y se ríe.

Ya estás, le dice, con tus pendejadas.

Jacintito no dice nada. Sigue tragando muy despacio. Porque ya lo tiene ahí. Desde más o menos la media mañana. Lo nota apretándosele contra cada pedazo de comida que se va metiendo. Justo debajo de la oreja derecha. Un bulto blando, del tamaño de un guisante. O eso le parece. Caliente. Se esfuerza en seguir tragando pero al poco ya no puede. Así que se levanta y va corriendo al baño. Vomita.

Se ducha y decide no pasar por el jardín. Por no verle los ojos al Osvaldo. Ni modo, se dice. En lugar de eso se va a la habitación y se tiende en la cama. Logra dormir un rato y tiene el sueño de la mujer calva y la lágrima negra. Cuando se despierta el bulto es más grande y está bañado en sudor. Vuelve a ducharse. El Osvaldo no está en el jardín. Lo encuentra en la cochera. De la maleta ha sacado los tubos que conforman la mesita y está terminando de montarla. Luego le sujeta los estribos y pone las piernas del Antoñito en estos. Los ata bien fuerte con las correas y lo muestra todo a la cámara. Luego se aparta y Jacintito se adelanta.

Ahórrate esto, le dice al Antoñito.

Ahórratelo. Que si nos dices ahora te matamos rapidito.

Aunque don Jorge haya dicho que no.

No hay modo. Jacintito se retira y el Osvaldo vuelve a arrimarse. Lentamente le va explicando el plan al Antoñito. Va sacando más cosas de la maleta. Un barreño pequeño, el paquete con la cal viva, los guantes, las gafas para proteger los ojos, los cuchillos, el soplete, las tenazas. Todo lo va mostrando a la cámara.

El Osvaldo empieza a trabajar y Jacintito vuelve a examinarse la garganta. El bulto, por supuesto, sigue ahí. Solo que ahora es más grande y más duro. O eso le parece. Allí mismo, a un lado, tienen las botellas de agua. Abre una y empieza a beber. Se dice que el agua es buena. Para ablandarlo. O que lo mismo eso es también una leyenda de su cabeza enferma. Pero ni modo. El Antoñito grita ahora de una forma espantosa. Jacintito se queda unos pocos minutos. Luego se retira. Los gritos lo persiguen por el jardín. Junto a la cancela de entrada se detiene y contempla la ciudad. El mar, el azul cobalto de las nubes.

 

El culero, le dice el Osvaldo llegándole por la izquierda, dice que quiere hablar contigo.

Así que regresa. En la cochera huele a cal, a sangre y a mierda. Eso y que el Antoñito gime y se ha hecho de todo por el piso. Eso y que en sus ojos está el infierno. Jacintito consigue pasar por su lado sin mirarle las piernas.

Dile, dice, a don Jorge que no sé.

Ya, Jacintito señala a la cámara que sigue transmitiendo, se lo estás diciendo tú.

Dile que me perdone.

No, güey, dice Jacintito. Cómo le voy a decir eso.

Se caga de la risa.

Y no es eso.

Perdonarte, sigue, no puede ser. Y lo sabes.

Es lo otro. Es el Elías.

Y ya sé que dices que no sabes.

Pero el detalle no es ese.

El detalle es que tú te quedaste.

Y que no hago más que darle vueltas a eso.

Porque tú sabías que podíamos venir.

Y él te la había jugado.

Y sin embargo tú no se la jugaste a él.

Y yo digo, ¿por qué te quedaste?

¿Te quedaste para que si lo cogíamos a él primero pudiera decirnos rápido dónde estabas tú?

¿Te quedaste para que así no le hiciéramos daño a la mujer y a los chamacos?

Yo no lo sé, güey, pero puede ser.

Y si puede ser eso es que tú querías mucho al Elías Marco.

Que yo sé que el Elías Marco era como un hermano para ti.

Y, güey, si lo querías tanto, ¿cómo sé yo que no estás ahí aguantando?

El Antoñito insiste pero Jacintito ya no lo oye. Durante unos segundos mira al barreño y a las piernas del Antoñito. El Osvaldo ha vuelto a entrar y está a su lado. Por favor, está diciendo el Antoñito, por favor.

No llores, cabrón, dice el Osvaldo.

Que si fuiste valiente pa lo que hiciste pos selo ahora también pa pagar.

Mátame, Jacintito, dice el Antoñito. Jacintito lo mira otra vez y sale.

Ah, culero, oye decir al Osvaldo, que lo pasaste bien estos años, ¿que no? Pues ahora los tienes que pagar. Es la ley de la vida. Si estuviste pa las buenas, ¿cómo no vas a estar ahora pa las malas?

Por la noche Jacintito llama al gran hombre. ¿Cómo lo vio, patrón? Lo vi bien, dice don Jorge. Y tenías tú razón. El Osvaldo sabe bien. Es el mejor, patrón. ¿Y qué más? Pues está bien, dice don Jorge. Bien para cuatro años de buscarlo.

Le faltan los otros seis.

En la cochera el Antoñito gime, el Osvaldo le está poniendo una inyección. También le ha puesto un gotero. Pa que no se nos muera, dice. Aprovechan para limpiar el piso a manguerazos y cuando Jacintito pregunta si no hace falta esposarlo al radiador, el Osvaldo se ríe. Ni modo, dice, ¿adónde va a ir? Jacintito le mira las piernas al Antoñito y se estremece.

 

Te hago, siguió Jacintito cuando otra vez estaban los dos sentados junto a la piscina y bebiendo cerveza, otro mapa. Para que veas lo que pasó luego. Aquí estaba la ciudad y aquí la costa. Aquí la autovía por la que habíamos venido. Los caminos y la casa. El Chino, acuérdate, había sacado dos sillas y tomábamos la fresca y mirábamos la luna y chupábamos del tequila. Así como callados. Oyendo a los pájaros y sintiendo las ráfagas de aire caliente que venían a cada poco. La noche era azul. Como las del desierto. Y acuérdate de aquella luna que había. Que se veía como si fuera de día. Arriba, así, la luna, y abajo la tierra blanca y las manchas negras de las matas de mecate.

A ver, decía el Chino y escupía al suelo por un lado de la boca, cuándo llaman esos cabrones.

Y que ahí estábamos. Como sin nada que hacer. Porque no quedaba otra que esperar a que decidieran los Jurado.

Eso, carnal, y que me estaba meando.

 

Y esa fue la otra cosa que pasó. Que ya sabes tú aquello de la mariposa que bate las alas en Tokio y toda la historia. Qué hubiera pasado si no es lo que nunca sabremos. Pero ahí estuvo, carnal. Todo como bien cargadito por el demonio.

Pilas, le había dicho yo al Chino. Pilas con el Fran.

Que es un traidor.

Y que ha oído todo lo que hemos hablado con el Jokin.

Y no, carnal. Ni modo.

Tengo que ir al baño, le dije al Chino. Y el Chino, pues ve. Y ahí fui. Que ya eran horas dando vueltas. Por aquí, por este lado de la casa, había un sendero que iba trepando y que acababa en unas nopaleras. Hasta ahí llegué y ahí me puse. Una meada larga. Cuando acabé pues me la sacudí y volví. Por aquí. Al llegar al sitio desde donde se veía la puerta de la casa ya vi el desastre.

Que el Chino, carnal, no estaba sentado en la silla. Sino tirado en el suelo.

Por supuesto tiré de la pistola y eché a correr. En cuatro trancos llegué donde estaba el Chino y me metí hasta la habitación. El Fran, claro, no estaba por ningún lado. Volví a salir y a pasar por encima del Chino. Mirando para todos lados.

Pero ni rastro del Fran.

 

Ya te he dicho cómo era la zona. Todo bien plano. Piedras blancas y mecate negro. Por aquí y por allí los palos de la luz y poco más. El resplandor de un pueblo a lo lejos y las luces de la autovía. Y acuérdate de la luna. A ratos el terreno se ondulaba y formaba como ramblas llenas de arena. Pero sobre todo el mecate. Ralo por algunos lados y pesado y compacto por otros. Duro. Todo de zarzas y a ratos de alto como hasta la cadera. Metros y metros de espinas apretadas y apelmazadas. Y sombras. De tanta luz que venía del cielo.

Yo me había asomado por la esquina de la casa, así, y todo quieto. Ya te digo que se veía como si fuera de día. Y nada moviéndose. Ni el Fran ni nada. ¿Y dónde, me decía, está este? Despacio, con la pistola en la mano, seguí dándole la vuelta a la casa. Todo el tiempo, mientras me movía, iba pensando.

Porque en estas chambas lo suyo es estar bien despierto. Pensar.

Hacerse la película en la cabeza, si me entiendes.

Revisar fotograma a fotograma.

Y luego, despacio, me fui diciendo que era fácil.

Porque tú, me decía, te has ido por allá. Por ese camino. Has meado y has vuelto.

Entonces has visto y ya ha sido la carrera.

Y que ese ha sido el tiempo que ha tenido el Fran para lo suyo y no más.

Para tumbar al Chino de una pedrada y salir a esconderse.

El tiempo, me decía, de salir, subir, mear y volver.

¿Y que, me decía, cuánto tiempo es eso?

Me dije que cinco minutos, nomás.

Pero no cinco minutos de ventaja.

Porque antes de echar a correr ha tenido que acercarse al Chino.

Y para acercarse al Chino primero ha tenido que dejarme que me aleje.

Así que, me dije, pon tres minutos.

Que no serán.

Que pueden ser dos como pueden ser cuatro. Porque también tú has tenido que meterte dentro de la casa a ver si estaba.

Así que, me dije, cuatro.

Y que, me dije, en cuatro minutos no se puede correr tanto.

Y que, me dije, si te lleva cuatro minutos eso es que el cabrón no está corriendo. Porque si hubiera estado corriendo entonces lo hubieras visto. Y eso quiere decir que el cabrón se ha tirado al suelo y está metido por el mecate.

Además, me dije después, sabes para dónde se ha ido.

Porque no ha ido para donde tú estabas.

Así que pilas, me dije. Que lo agarramos ya mismito.

 

Luego, aparte, estaba el tema del Chino.

Lo primero si estaba bien.

Lo segundo que el Chino, cuando yo me fui a mear, tenía una pistola. Y un celular.

Y, carnal, como que la cosa era importante, si me entiendes. Así que saqué el celular y le marqué. El cabrón no contestaba. Le volví a marcar. En el desierto no se movía nada. Si acaso se oía a algún pájaro cantar. Y a las chicharras. Al final el Chino cogió el teléfono.

¿Qué?, dijo.

Tu pistola, le dije, ¿la tienes?

Voy a ver, dijo. Está aquí, dijo después.

Pos ven a ayudarme, entonces, le dije.

Espera, me dijo.

¿Que espere a qué?

A que pueda moverme.

Le corté y volví a mirar para el desierto. Me dije que el Fran tenía que estar muy cagado. Que aquello que había hecho de darle al Chino por la espalda había sido algo así como el canto del cisne y que, en realidad, no pensaba bien. Porque si hubiera pensado bien se hubiera llevado la pistola del Chino. O el celular.

Pan comido, Jacinto, me dije. Esto es pan comido para ti.

 

Así que eché a andar. Haciendo ruido. Haciendo sonar las piedras y las matas. Para que me oyera. Empecé a llamarlo.

Fran, le decía, sal ya. Fran, que sé que estás cerca.

Que no has podido ir lejos.

Yo iba gritándole pero el cabrón no salía. Cuestión de tiempo, me decía. Porque una cosa es dar un golpe por la espalda y salir corriendo y otra muy diferente estar ahí metido por las cañas, oyendo cómo lo buscan a uno y aguantándose los nervios y el miedo.

Hubo un estruendo y el Audi vino por el camino desde la casa. Yo me acerqué. El Chino llevaba la cara llena de sangre y se había puesto un pañuelo en la cabeza.

¿Dónde está?, me dijo.

Por aquí cerca.

¿Qué hacemos?

Armar ruido. Como si fuéramos a cazar tigres.

El Chino arrancó y se fue camino adelante. Yo seguí por el campo.

 

La casa estaba aquí y por aquí iba la autovía. Por aquí estaba el camino por donde se fue el Chino y por allá era donde se veían las luces del pueblo. Yo me había parado por aquí, que era una zona despejada y como un poco en lo alto. Ahí lo vi. Por aquí. Ya a una buena distancia. El cabrón había estado agachado, como yo dije. Solo que no había estado quieto sino que había ido arrastrándose por medio de las sombras que creaba el mecate. Corría que se lo llevaba el demonio. Recto hacia la autovía.

Y ahí, carnal, como que hubo que ponerse a correr.

Lo primero que hice, claro, fue tirar. Un tiro al aire. Por si se asustaba y se paraba. Pero ni modo. Y que llevaba una buena ventaja. Lo bastante como para llegar a la autovía. Y que eso, ya te imaginas, no convenía. Que lo nuestro era como más privado. Así que ahí. Detrás. Saltando matas y caminos, enganchándome los pantalones en los espinos. Con el Fran mirando cada poco hacia atrás y luego siguiendo.

Te lo pinto. Aquí estaba la casa y aquí la autovía. Por aquí iba él y por aquí yo. Por aquí había un camino por el que volvía el Audi. Que el Chino había oído el tiro. Llegó por aquí y le cortó. Solo que el cabrón siguió así y el Chino no pudo seguirlo porque no podía meter el carro por las matas.

Así que el Chino tuvo que bajarse también y echar a correr. Con aquella barriga. Párate, le gritaba. Y le tiraba también. Pero como si no. Que es difícil eso. Y que el Fran corría más que el Chino y a mí como que me llevaba demasiada ventaja.

Y ahí estuvo. Yo pasé al Chino y volví a tirar. Nada. El cabrón estaba ya junto al quitamiedos de la autovía. Ahí se paró un momento y me miró. Yo me paré también. Le grité.

Déjalo ya, le dije.

El cabrón se dio la vuelta y pasó el quitamiedos. Otra vez eché detrás de él.

 

Y eso pasó. Que el Fran iba corriendo así, ¿ves? Por el arcén. En el mismo sentido de la marcha de los carros. Y que por detrás, yo ya casi que estaba en el arcén también, fue llegando una troca.

Una de esas grandes.

Dieciséis ejes, carnal.

Un millón de toneladas.

Y no sé si nos había visto o no. Sé que pasó por mi lado como un huracán y que de pronto como que empezó a accionar el freno. ¿Has oído alguna vez a una de esas trocas cuando tratan de frenar? El olor, el chirrido de las ruedas. Y como el suspiro de un dinosaurio del freno al activarse.

Yo miré a la troca un segundo y luego para el Fran. Solo que el Fran no estaba. No delante de mí. La troca seguía frenando y entonces se oyó un chasquido.

Lo oí, güey. Un chasquido. Un reventón. Todo mezclado con el estruendo de la troca al querer frenar. Algo obsceno.

Y sí, güey. Ahí estaba. El Fran saliendo de debajo del camión como un muñeco que agita el vendaval.

 

Seguí corriendo y enseguida estuve. La troca necesitó todavía cincuenta o sesenta metros para pararse del todo. Yo miraba al Fran, lo que quedaba del Fran, y para la troca. El conductor venía corriendo. Yo lo dejé llegar y cuando lo tuve a un metro le puse la pistola en la cara. El güey se meó en los pantalones.

¿Vivo, le dije, o muerto?

¿Cómo?, dijo él.

Que cómo quieres quedar, le dije, si vivo o si muerto. Él me miró como si se lo estuviera pensando. Yo noté cómo se le secaba la garganta. Y es que mirar a un arma que lo mira a uno ya sabes cómo es. Yo se lo volví a decir.

Cómo quieres, le dije.

Vivo, dijo él al fin.

Pues, le dije, me estás dando tu cartera.

El tipo echó mano al bolsillo pero le temblaban demasiado las manos y se le cayó la cartera al suelo. Yo me agaché a recogerla y saqué su carné. Le leí el nombre y luego me eché el carné al bolsillo del pantalón. Le devolví la cartera.

¿Me has visto?, le dije. El tipo volvió a decir que cómo y yo le repetí la pregunta.

No, dijo. Yo sonreí.

Si tú no me has visto, le dije, entonces yo no me acordaré de quién eres. El tipo me miraba. A mí y al arma.

Que si lo entiendes, le dije.

Sí, dijo él, lo entiendo.

Ahí lo dejé. Sin saber si mirar al Fran o para dónde. El Chino me esperaba junto a la autovía.

 

Nos movimos deprisa. A la carrera hasta el Audi y luego saliendo. Por los caminos de tierra y con los faros apagados. Y alejándonos, si me entiendes. Así, ¿ves? Como para esta zona. Hacia los campos que hay por dentro. Luego, más tarde, volvimos a salir a la autovía. Pero no por ahí, sino por aquí. Por este sitio. Que era como el ramal que llevaba para la costa. Pero ya te digo que eso fue después. Ahora el Chino andaba con que le dolía mucho la cabeza y como que se mareaba. Así que llevó el carro para un lado del camino y ahí lo paró y empezó a trastear con el pañuelo que llevaba en la cabeza. Yo lo miraba.

¿Qué pasó?, le dije.

Ni lo sé, dijo él. De pronto lo tenía detrás.

Yo me lo quedé mirando y me hice como un esquema. De la noche, si me entiendes. El Chino maldecía y le tiraba puñetazos al volante del Audi. Yo, en cambio, me decía que aún nos había ido bien. Porque sí que era que el Fran estaba muerto. Y bien muerto. Pero que, a cambio, pues como que no le había hecho daño de verdad al Chino. Y como que no se le había ocurrido robarle la pistola o el celular.

O las propias llaves del carro. Me reí y el Chino me miró.

¿Le quitaste, me dijo el Chino de pronto, la documentación a ese cabrón? Yo sonreí un poco y le señalé al asiento de atrás. Donde estaban las cosas del Fran. El Chino miró y luego me miró a mí.

Dime, me dijo, que tenemos tiempo.

El tiempo, le dije yo, es infinito. Y más si lo bajan a uno.

El Chino dijo algo como entre dientes e iba a decir algo más. Solo que no lo dijo porque justo ahí como que le sonó el celular.

Solo que no eran los Jurado. Era el Reyes.

Como para terminar de animar la fiesta.

 

Chino, dijo el Reyes, tienes que soltar al Fran. El Chino y yo nos miramos.

¿Y eso, Reyes?, dijo el Chino.

Porque hemos estado hablando toda la noche. Los Carpio y los Jurado. Y hemos decidido que no queremos guerras. Que lo vamos a dejar estar. Que lo vamos a arreglar con calma y sin sangre.

Todo el mundo está de acuerdo, Chino. Los más viejos y los más jóvenes.

Así que déjalo estar.

Coge al Fran y déjalo en su casa. Que ya me arreglaré yo.

Y ya se arreglará con él el Marquitos también.

Reyes, dijo el Chino, ¿qué me estás contando?, explícamelo otra vez porque no lo entiendo.

¿No eras tú el que iba en el coche que cogió al Fran?, ¿no eras tú, Reyes?

Lo sé, Chino, dijo el Reyes, pero ahora las cosas han cambiado.

Y tú lo dijiste antes. Aquí manda el patrón.

El Chino se quedó callado un minuto o así. Nos miramos. El Reyes esperaba.

Reyes, dijo el Chino, ahora me pillas mal. Te llamo en cinco minutos, ¿de acuerdo?

 

Nos miramos. El Chino agonizaba. Yo pensaba. Lo miré a él un poco y luego miré para el camino. A un ladito llevaba la botella de tequila. Que a saber cómo era que el Chino la había echado al carro. Le di un trago. El tequila daba frío. Lo que es imposible. Siguió un silencio de mierda.

Mexicano, me dijo el Chino, ¿qué hacemos?

Pos, le dije yo, pensarlo mucho. Y sí que había, si me entiendes. Que la historia, con el Fran muerto y toda la raza diciéndonos de parar y volver a los boxes, pues como que pintaba de lo más negro. Porque estábamos ahí, carnal, como cogidos en medio del fuego cruzado. Como para echarse a temblar. Así que a pensar y a ver por dónde. Yo volví a decirme que al final iba a ser, otra vez, cuestión de estilo. De quiénes éramos nosotros y a ver. Me sonreí y el Chino me miró. Yo me sonreí más. Cosa rodada, me dije. Porque, carnal, tú lo sabes. Que cuando no hay más que un camino para que eche el burro, entonces el burro no tiene otra que echar por ese camino. Así que di otro trago, le pasé la botella al Chino, lo miré y se lo dije.

Si tú, le dije al Chino, estuvieras en medio de una tormenta, ¿qué buscarías? El Chino me miró muy serio.

¿Qué sé yo, mexicano, dijo, un paraguas?

¿Y si hubiera rayos? El Chino suspiró y abrió mucho los ojos.

¿Un pararrayos?

Ahí, le dije. Luego le fui explicando.

Que es, le dije, lo mismo que tú has dicho antes. Lo que le dijiste al Reyes.

Que nuestro jefe es nuestro jefe. Y ya.

Y que, si nosotros solo hacemos caso de quien hacemos caso, entonces la cosa es mucho más la presentación que otra vaina. El Chino no me entendía y yo seguí.

Que hay dos chances, Chino.

Una echar patrás. Y otra echar padelante.

Y luego, presentar.

Y que no es lo mismo.

Porque tú puedes irle a don Jorge y contarle la historia del Fran. Tal y como va.

Vamos y le decimos: «Mire, patrón, que cogimos a este para esto y lo otro y pasó aquello».

Entonces, Chino, es una cagada.

Pero está la otra opción. La de tirar pa delante.

O sea, seguimos y agarramos al Chus.

Y le llevamos al gran hombre lo que él quería. Su bolsa de plástico con su cabeza dentro.

Entonces, Chino, todo lo que acaba de pasar ya no es una cagada. Sino otra cosa.

Es algo que pasó. Algo inevitable. Un accidente.

Algo que pasó por el camino y que no se pudo evitar. El Chino me miraba.

Que lo que nos hace falta, Chino, le decía, es el pararrayos.

¿Y qué mejor pararrayos que don Jorge, Chino?

 

El Chino tenía una buena brecha en la cabeza. Aquello sangraba. Se quitó el pañuelo empapado en sangre y le dio la vuelta. Volvió a ponérselo y le marcó al Reyes.

Reyes, dijo el Chino, que no.

¿Que no qué?

Que no lo soltamos.

El Reyes se quedó callado un momento, luego volvió a hablar.

Eso, dijo, no puede ser.

Claro que puede, dijo el Chino.

Chino, dijo el Reyes, no hagas locuras. ¿No te acabo de decir que los Carpio y los Jurado están de acuerdo en esto?

Sí, dijo el Chino, me lo has dicho. Pero a mí no me mandan ni los Carpio ni los Jurado.

El Pepón, dijo el Reyes, está de acuerdo con lo que hemos hablado. El Chino me miró.

Negativo, Reyes, dijo, no hay trato. Seguimos adelante por el Chus. El Reyes volvió a quedarse callado. Pensaba a toda marcha y casi se le oía.

Te diré, dijo, lo que vamos a hacer. Tú estate ahí con el Fran. Tranquilo. Sin hacer nada. Y deja que el Pepón hable con don Jorge y lo aclare.

Negativo, dijo el Chino.

¿Negativo?

Negativo. Porque con don Jorge ya he hablado yo. Hace un minuto. Y no. Y pasa, además, que las cartas ahora están a mi favor. Y pasa que, si paro ahora, lo mismo dan otras y se me jode la partida.

Así que no, Reyes.

 

El Chino colgó y se quedó como mirando para el suelo. Después me miró.

¿Eso, dijo, puede ser verdad?

¿Eso de que los Carpio hayan convencido al Pepón?

¿De que el Pepón vaya a llamar al gran hombre? Yo lo pensé. Mientras lo pensaba le di un trago al tequila. Ya no daba frío, lo que era buena señal. Lo pensé un minuto y dije que no.

El Pepón, le dije al Chino, sí que podría llamar a don Jorge.

O darle el teléfono a alguien.

Pero, seguí, no lo hará. El Chino quiso saber por qué yo estaba tan seguro. Yo lo miré.

Porque al Pepón le importa más don Jorge que los Carpio.

Porque el Pepón sabe que llamar a don Jorge para decirle eso sería insultarlo.

Pero, dijo el Chino, imagina que algún otro consigue el teléfono de don Jorge.

No sé cómo, siguió, de alguna manera.

Que lo consigue y que lo llama. Yo me sonreí.

Eso, Chino, le dije, son tres cosas. Tres cosas muy difíciles. Primero que alguien lo consiga y que se decida a llamarlo. Segundo que don Jorge hable con quien sea. Que ya sería. Tercero que a don Jorge lo convenzan.

No, Chino, meneé la cabeza, demasiado difícil.

Aun así, siguió el Chino, ponte en lo peor. Imagina que sí. ¿Qué hacemos entonces?

Tú lo sabes, le dije.

No.

Sí.

 

Volvió a sonar el celular. Esta vez era el Jokin.

Chino, dijo el Jokin, ¿qué pasa?

No sé, dijo el Chino, dímelo tú.

¿No has hablado con el Reyes?

Sí.

¿Y qué?

Y nada, Jokin, dijo el Chino, a mí el Reyes no me da órdenes.

Chino, Chino, decía el Jokin, ¿es que no has entendido? Nadie quiere que sigas en esto. Así que acaba ya.

Yo lo entiendo muy bien, Jokin, dijo el Chino, eres tú el que no lo entiende.

Chino, Chino, ¿qué vas a hacer?, ¿vas a montar una guerra solo porque a ti te apetece? Chino, esto no funciona así. Te estás poniendo entre la espada y la pared. Y estás poniendo a mucha gente. A mí, a don Jorge. Escucha, Chino, ¿por qué no llamas a tu jefe?, ¿no es eso lo que deberías hacer?

Ya lo he hecho, dijo el Chino, y me ha dicho que quiere la cabeza del Chus en una bolsa.

Estás mintiendo, Chino, dijo el Jokin.

Como quieras, dijo el Chino.

Dame, entonces, dijo el Jokin, el teléfono de don Jorge, que hable yo en persona con él. Ahí el Chino se echó a reír.

Jokin, dijo, ¿estás loco?, ¿tú sabes quién es don Jorge Illescas?, ¿por qué no me das tú, de paso, el teléfono del Papa?

Ahí hubo un silencio largo. Como si el Jokin hubiera tapado el altavoz del celular con la mano y estuviera hablando con alguien. Duró como un minuto o así. Luego ya volvió a hablar.

No te vamos a dar al Chus, Chino, dijo.

Como quieras, dijo el Chino. Y colgó.

 

Ahí nos quedamos. Esperando, mirando al celular. Cada uno echándose las cuentas. Las mías eran sencillas. Al aeropuerto y ya. Y ahí nos vemos. Peor, claro, era lo del Chino. Porque el cabrón tenía esposa e hijos. Y ahí sí que lo chingaban bien. Pero no, me decía. No puede ser. Que se haya acabado. Otra vez me acordaba de la servilleta del Reyes y trataba de colocar el nombre del Fran y el del Chus. Y ni por esas, me decía.

Llaman, le dije al Chino. Seguro.

Llamaron.

Chino, dijo el Jokin, quiero que entiendas que va a haber una guerra. Y que a lo mejor la guerra son los Jurado y los Carpio contra los Campos.

Quiero que entiendas tú otra cosa, dijo el Chino, y es que a lo mejor la guerra es don Jorge y su gente contra los Jurado.

El Jokin se calló. Otra vez pareció que hablaba con alguien. Luego volvió.

Ok, Chino, dijo, organicemos esto.

Dos coches, dijo el Chino, dos personas por coche. Aparte el Chus y el Fran. Esos dos en los asientos de atrás. Conmigo irá mi socio Jacinto, el mexicano. ¿Quién va contigo?

Mi hermano el Lolo.

Bien, dijo el Chino, si va más gente o la gente que va no sois vosotros me largo y me cargo al Fran, ¿está claro?

Muy claro.

Bien, siguió el Chino, son las seis menos veinte. Nos vemos a las ocho en el campo de los Monje. ¿Sabes dónde está?

Sí.

Pues ya está.

No, no está, Chino, dijo el Jokin, pásame al Fran. El Chino soltó aire.

No puede ser, dijo.

¿Por qué?

Porque ahora mismo no está conmigo. Está en donde lo tenemos y yo no estoy allí.

Chino, dijo el Jokin, ¿qué me estás contando? Quiero hablar con el Fran.

¿Y qué hago yo, dijo el Chino, si al Fran no lo tengo aquí?, ¿lo pinto?

Chino, Chino, decía el Jokin, que se te está yendo la cabeza. Júrame que el Fran está bien.

Joder, Jokin, dijo el Chino, ¿y qué iba yo a hacerle al Fran?, ¿es que a mí me importa el Fran?

 

Otra vez ahí callados. Y como vacíos. Chupando del tequila y mirando para los campos plantados que había a los lados del camino. La luna ya no estaba en lo más alto ni era tampoco tan grande. En lugar de eso se había ido hacia el oeste y andaba como arrimándose a una sierra que había más allá. El Chino me miraba.

Ya estarán ahí, me dijo, las ambulancias y la policía. Donde el Fran. Yo asentí.

Así que, siguió el Chino, dime que tenemos tiempo. Yo le dije que sí.

No lleva identificación, le dije.

Y nadie, de momento, lo está buscando.

Y que, seguí, de aquí a las ocho nadie lo va a buscar.

Porque ellos se piensan que lo tenemos nosotros.

¿Y el chófer del camión? Yo me reí.

Ahí, le dije al Chino, no hay problema.

¿Y entonces?, dijo el Chino. Yo di otro trago. El tequila sentaba bien.

Entonces, le dije, nos buscamos un cañón. Uno bien grande. El Chino miró hacia el frente y extendió la mano para que le pasara la botella. Yo se la di.

Porque, le dije, ellos van a llevar al Chus.

Y nosotros, seguí, al Chus como que lo queremos.

Solo que no tenemos al Fran para darles.

Así que, me encogí de hombros, pues como que habrá que cogerlo por las bravas. El Chino meneó la cabeza y volvió a arreglarse el pañuelo. Tenía una gota de sangre solidificada por delante de la oreja.

Y que, le dije, tampoco hay que pensar que vayan a ir solo esos tres que han dicho.

Que van a ir más.

 

El Chino dijo que le dolía la cabeza y que mejor que condujera yo un rato. Nos cambiamos. Ya te digo que al final salimos por aquí. Así. Eso y que había que repostar. Así que paramos y luego seguimos. Al poco ya estábamos otra vez por el puerto y al poco ya como que volvimos a ver la ciudad abajo y como que amanecía.

Vamos, dijo el Chino, a casa del Currito.

Pos ve guiándome, le dije.

¿Nunca fuiste a la casa del Currito?, dijo el Chino.

Sí que fui, dije yo, pero yo no soy chófer. Y me pierdo por vuestros caminos.

El Chino se rio y marcó en el celular. Sonó seis veces y entonces contestó un hombre.

Currito, dijo el Chino, ¿qué haces?

Dormir, Chino, dijo el Currito, ¿qué quieres que haga?

Pues espabílate, que estamos llegando.

Colgó y me fue indicando. Otra vez nos salimos de la autovía pero ahora siempre como yendo para la ciudad. Al poco estábamos por la zona de los huertos. Una zona hermosa, güey. Y más a esas horas. Millones de árboles llenos de flores. Todos pegados los unos a los otros. Naranjos. Limoneros. Palmeras. Cañaverales azules. Pájaros cantando. Y aquel olor. Grillos y flores amarillas. El cielo poco a poco del color del acero. Y por todos lados senderos de tierra que salían de la carretera y al final las casas. Todas con su jardín y su carro debajo del emparrado.

Una de las casas era la del Currito. Tenía una verja negra. Delante nos paramos y el Chino volvió a marcarle.

El Currito, le pregunté, ¿qué es?

¿Qué es de qué?

De familia.

Es Campos, dijo el Chino. Solo Campos.

 

Hubo un chasquido y la verja se abrió. Yo entré con el carro. El suelo del jardín estaba lleno de flores blancas que habían caído de los árboles. Olía como el paraíso. La casa estaba situada al fondo. Con una parra y ventanas azules. Había un camino y por ahí vimos venir al Currito.

El Currito llevaba bigote y rondaría los cincuenta. Venía descalzo, en pantalón corto. Se le podían contar los huesos. Los ojos los tenía profundos, de gitano viejo. Aparte de eso era muy chico de talla pero también muy famoso. Porque se decía que, chico y flaco como era, tenía un fierro homologado de veinticinco centímetros. El Chino y él se dieron los abrazos y los besos correspondientes y luego fuimos pasando.

Pasad, pasad, decía el Currito. La casa era fresca y estaba en penumbra. Con ese temblor que se apodera de las casas en las que hay personas durmiendo. Fuimos por un pasillo hasta una cocina y el Chino le dijo al Currito que si podía darle algo para el dolor de cabeza. Una aspirina, Currito, le dijo, o lo que tengas. El Currito fue a ver y volvió al poco. Yo me acerqué a verle la cabeza al Chino. Tenía como una boca, así, en la cabeza. Una buena pedrada. Ahí, le dije, habría que limpiarte eso. Y coserte. El Chino me miró.

¿Se me ve la calavera?, dijo.

No.

Entonces puede esperar un rato. Luego se volvió hacia el Currito.

Currito, le dijo, tenemos que bajar al agujero. El Currito dijo que iba por las llaves.

 

Para llegar al agujero primero había que bajar a un sótano lleno de trastos. Allí hubo que mover algunos muebles que el Currito tenía puestos de camuflaje. Por debajo de los muebles una trampilla con un candado. El Currito la abrió y prendió una luz. Bajamos.

¿Qué necesitáis?, dijo el Currito.

Cañones, dijo el Chino.

El Currito se acercó a una mesa y quitó la manta que la tapaba. Bastante, güey. Solo que aquello tampoco es esto. Cuchillos, revólveres, pistolas, escopetas, fusiles de asalto. Mucha munición. Colts, algunas alemanas de nueve milímetros, Berettas italianas, Sigs también de nueve milímetros, Anacondas, Reugers de cañón corto. De escopetas había Winchesters calibre veintidós, alguna Browning y dos Rangers recortadas de doble cañón.

Todo eso pero muy pocas automáticas, que era lo que yo quería. No más que dos MP5 y un rifle de asalto M16.

Yo miré al Chino y el Chino me miró a mí.

¿Qué?, dijo.

Poca cosa, dije yo.

Fui cogiendo los fusiles y los fui revisando. Estaban bien. Operativos. De cargadores había varios que valían para los MP5 pero solo uno para el M16. Y de los de veinte balas.

¿No hay más que este?, le dije al Currito. Y el Currito se rascó la cabeza y miró para todos lados.

Pues no, dijo, parece que no.

 

¿Qué pasa, mexicano?, me dijo el Chino, que me estaba viendo la cara.

Que no me gustan estas, le dije.

¿Qué mierda dices, mexicano?, ¿son metralletas o no?

Sí, pero no valen para lo que yo quiero.

¿Por qué no?

Porque no.

El Chino me miró con paciencia. Yo se lo fui explicando.

Esto, le fui diciendo, es un M16. La misma cosa que llevan los soldados americanos por Iraq. ¿Lo ves? Es un arma larga. Buena para lo que es buena. Para patrullar por las calles, ¿ves? Me escondo aquí, me meto detrás de aquella pared. En plan vamos a limpiar una casa. Tú me cubres, yo me desplazo, ahora miro, ahora pienso, ahora busco posición. Me agacho, me vuelvo a desplazar, suelto los tres tiros, me escondo, suelto un tiro, lo suelto todo. Esas cosas.

Y esto, le dije, es un MP5. Que es más de lo mismo, ¿lo ves? Igual de larga. Que valdría si por lo menos se le pudiera quitar la culata. Pero no se puede. No a este modelo, en cualquier caso.

¿Y qué más da, mexicano?, dijo el Chino.

Pues sí da.

¿Por qué?

Porque lo nuestro no va a ser así. No va a haber ningún sitio que tomar sino que va a ser algo mucho más latino. Algo en plan muy rápido, ¿entiendes? En plan gente corriendo para todos lados en busca de dónde meterse. Y entonces ratatá y en un minuto o así a contar los agujeros.

Tiros, Chino, muchos tiros. Y eso quiero yo. Algo que sea corto y manejable. Y que tenga capacidad para pegar muchos tiros.

¿Y estas no sirven para eso?

No es que no sirvan, Chino, le dije. Pero mejor otra cosa.

 

Faltan, dijo de pronto el Currito, las Ingram.

¿Cómo?, dijo el Chino, y yo lo miré.

Sí, el Currito se fue para un lado de la mesa y de ahí apartó otra manta. Debajo había cinco cargadores largos e inconfundibles.

¿Y dónde están?, dijo el Chino.

Había dos, dijo el Currito, pero se las llevó el Chato hará como quince días.

¿Se las llevó el Chato para qué?, dijo el Chino.

Dijo que quería limpiarlas. Dijo que tenía permiso del Samuel.

Ahí el Chino fulminó al Currito con la mirada. El Currito, que ya era pequeño, se encogió unos cuantos centímetros más.

 

¿Qué os lleváis?, dijo el Currito.

Fuimos eligiendo. Como en un colmado. Pistolas no hacían falta pero cogimos más munición por si acaso. Cañones. Al final nos llevamos las dos Rangers de cañón recortado. También uno de los Winchester y los cargadores de las Ingram.

Con todo volvimos a subir y nos sentamos en la cocina. El Chino sacó el celular y lo puso sobre la mesa con el manos libres. Entonces empezó a marcarle al Chato.

Al Chato tú no lo conoces. Y no hubieras podido. Porque cuando tú estuviste por allá él no tendría más que diez u once años. Yo tampoco lo conocía tanto. A lo mejor dos veces lo había visto. Era familia del Chino y, por lo que me pareció, también del Currito. Por entonces andaba por los veinte años y era un gitano loco y drogadicto. Recién ahí había salido de la cárcel por un atraco que había dado cuando era plebito.

Todo eso y que no contestaba al celular.

El Chino marcaba y el celular sonaba y sonaba quince o dieciséis veces hasta que de pronto se cortaba. Los ojos del Chino quemaban a lo bravo.

Dame las llaves del coche, mexicano, me dijo. Se las di y salió. Volvió al poco con la botella de tequila y pidió un vaso. Se lo llenó hasta la mitad y se lo bebió de un trago. Miró al Currito.

¿El Samuel, Currito?, decía el Chino, ¿desde cuándo el Samuel da permisos para que nadie se lleve nada de ningún lado?

Y, ya que estamos, seguía el Chino, ¿qué hacía el Chato en el agujero?, ¿quién le había dado permiso, el Samuel también?

¿Qué pasa, Currito, que por aquí viene cualquiera y lo bajas al agujero?, ¿haces visitas guiadas también?, ¿también haces prácticas de tiro en el jardín?

Currito, decía el Chino, no sé si te das cuenta de que te la estás jugando.

El Currito miraba para el suelo. Como si hubiera algo muy interesante por sus pies.

 

Siguió un rato que se hizo muy largo. Uno de esos que sabes que va a explotar una bomba. Que la oyes silbar mientras cae y que sabes que no puedes hacer nada más que apretar el culo. El Chino no hacía más que marcarle al Chato y siempre pasaba igual. El Currito y yo seguíamos allí, sentados a la mesa, sin decir nada. Se oía a los pájaros en el jardín y a los gallos a lo lejos. Eso y el sonido del celular hasta que se cortaba. El Chino maldecía.

Me cago, decía, en sus muertos. En todas sus calaveras. Y, ya de paso, decía, también en los tuyos, Currito.

Volvió a marcar y volvió a pasar lo mismo. Durante un minuto o así estuvo clavado en la ventana. Luego se volvió a mí.

¿Tú qué dices, mexicano?, me dijo, ¿lo han agarrado o qué? Yo lo pensé un momento.

Él, dije, no es Carpio.

Lo sé, dijo el Chino. Pero no creo que los Jurado estén ahí ahora pidiendo el DNI.

Y acuérdate de lo que dijo el Jokin. Yo lo volví a pensar. Me salió que no. Se lo dije.

Si lo tuvieran, le dije, estarían ellos llamándonos a nosotros.

Y con todo.

Piensa, le dije mirando al Currito, que ellos no saben del Fran. O no deben saber. El Chino meneó la cabeza.

¿Y si, dijo, se lo están guardando? Para cuando lleguemos, ya sabes.

Yo lo pensé otra vez y me salió que eran demasiadas coincidencias. Que no habían tenido tiempo ni casi modo. Claro que el otro no contestaba al celular y daba que pensar.

Bueno, le dije al Chino, si lo tienen no le van a hacer nada.

Piensa que ellos esperan al Fran.

El Chino me miró y yo vi que ahí él estaba pensando en mil cosas al mismo tiempo. En su familia. En sus hijos. En que quien se metiera en una guerra contra don Jorge tenía siempre las de perder, pero que muertos, sobre todo primeros muertos, hay en todas las guerras. En que esto mismo que nosotros le estábamos haciendo a los Jurado nos lo podían estar haciendo ellos a nosotros. A él. Yo miré la hora y él me vio hacerlo y la miró también.

Me cago en la hostia, dijo. Y le pegó un puñetazo a la mesa. Los platos dieron un salto y una taza de café se volcó y el Currito tuvo que venir con un trapo.

Paciencia, le dije.

Paciencia una mierda, dijo él.

 

Ahí seguimos. Los tres mirándonos las caras, el Chino cada poco llamando por teléfono, el Chato no contestando. A eso de las seis y veinte tuvimos un atisbo de una gitana hermosa. De unos cuarenta años. Ojos negros y pelo más negro. Hermosa como el cielo. Se asomó un instante por la puerta y el Currito le hizo un gesto y se fue. Yo me sonreí. Por lo feo que era el Currito y lo hermosa que era ella. Y es que el fierro, carnal, es el fierro.

¿Qué más da, mexicano, dijo el Chino de pronto, estas que las otras? Son metralletas, pijo, se aprieta el gatillo y disparan.

No es así, Chino, le dije yo.

Tú imagínate, le dije, que eres Sebastian Vettel y que estás en la Q3, y que tienes el Red Bull que te lo están arreglando y te van a tardar cinco minutos. Y entonces tus mecánicos te dicen que puedes hacer los diez minutos con el Mercedes de Schumacher o cinco con tu Red Bull. ¿Tú qué harías? El Chino me miraba con los ojos enloquecidos.

¿Estás loco, mexicano?, ¿de qué hablas?

De lo mismo que tú, le dije yo, solo que tú ni siquiera te das cuenta de que hablamos de lo mismo.

Y puestos, seguí, a meter bala, mejor ir a lo seguro.

Entonces el Chino se volvió para el Currito y otra vez lo fulminó con la mirada.

Como no encuentre al Chato deprisa, le decía, me lo voy a cobrar contigo, Currito. Con tus huevos. Tu esposa va a tener que poner un puesto de pepinos en el mercado.

El reloj empezó a volar. Se hicieron las seis y media y luego las siete menos cuarto. El Chino se echaba chupitos de tequila en el vaso y se movía en la silla como si se hubiera vuelto loco.

Un cuarto de hora te doy, mexicano, dijo, si en un cuarto de hora no estamos disparas con un Force India o con un Dos Caballos o con el Vespino de mi abuelo.