Los gatos pardos
Capítulo 6
6
El coche del Mono está aparcado al final de la plaza. Encima de la acera y como por la parte de atrás de los juzgados. Y tampoco tanto lujo. Un Peugeot de color rojo. Bastante viejo. El Mono abre y montan. Las chicas atrás. En silencio. Y cuatro calles hasta La Fama. El Chato, un pie descalzo asomando por la ventanilla abierta, indicando.
Que no vamos, le va diciendo al Mono, a donde el Lucas.
Que paso del Lucas.
Así que vamos a otro sitio.
Y por ahí, Mono. Que estás como dormido.
El coche es el único en movimiento en la avenida desierta. El Chato le indica la calle y luego la puerta. Pero, le dice al Mono, no pares justo delante, Mono.
Que a veces pareces tonto.
Cuando el coche está ya detenido, el Chino mira a un lado y a otro y luego se revuelve en el asiento y mira fijamente a María. María le aguanta la mirada.
A ver, payita, dice el Chato, el color de tu dinero.
¿Cuánto es?, dice María. El Chino se sonríe.
Dame treinta.
María se retuerce y saca el dinero del bolsillo. Se lo tiende al Chato. Las manos se rozan.
¿De dónde has sacado toda esa pasta?, dice.
He atracado un banco, dice María.
El Chato coge el dinero y sale del coche. Ahora vengo. El Mono, entretanto, ha terminado un canuto y lo ha encendido. Da dos caladas y se vuelve para pasarlo. Rocío se hace con él. Luego lo pasa a María. María cierra los ojos.
¿Qué va a pillar?, dice Rocío.
Un poquito de nieve, dice el Mono con voz cantarina, y alguna cosita más para endulzar los porritos.
¿Algo más como qué?, dice María.
Ay, payita, dice el Mono, que lo quieres saber todo. Alguna cosita para volar bien. Y se vuelve en el asiento y la mira como de arriba abajo. Pero tú no te preocupes por nada, payita, que estás en buenas manos.
Fuman en silencio. María relajada, ensimismada por el dolor laxo de la marihuana. Y que esta es mejor que la que tenía el Dani y que la marihuana siempre la pone bien. La relaja. Es una herida. Suave y honda. Como revestida de terciopelo. Alta y áspera en la garganta mientras el cerebro se convierte en una esponja empapada. Una calada larga y luego retener. Soltar. Otra calada. Los ojos del Mono por encima del asiento. Que rule, dice. María da otra calada y lo pasa. El Mono se echa hacia atrás para recoger el cigarro y ella nota los ojos que le recorren las piernas. Los ojos de los dos se encuentran un momento. María conoce esa mirada.
Todas las sensaciones, en cualquier caso, son interrumpidas por el regreso del Chato. El portal se ha abierto de pronto y él ha surgido como un Cristo gitano. María lo vuelve a repasar de arriba abajo. Con ese pelo negro y esa cojera. Con la cadena de oro rebotando en el pecho. Ay, gitano, piensa, que estás bueno de la hostia.
Mono, dice el Chato cuando llega al coche, haz los honores. El Mono recoge lo que el Chato le tiende y se pone a la tarea. El Chato le da la vuelta al coche y se detiene junto a la ventanilla de Rocío. Su mano, morena y áspera, entra y se para en la barbilla de la chica.
Ay, primita, dice el Chato, eres dinamita.
El Chato tira de Rocío y Rocío se deja llevar. María aparta la mirada pero lleva las orejas puestas de fábrica. Así que tiene que oír los besos y las risas. La risa del Mono. Al Chato volviendo a decir lo de la dinamita.
¿Me dais un cigarro?, dice María.
Espera un poco, Mierdecita, dice el Chato, que ahora viene lo bueno. A María le arde la cara. Recomienzan los besos. Mirad, oye decir al Chato, lo que he traído. De una bolsa de plástico que lleva en la mano saca una botella de whisky y la exhibe ante la cara de Rocío.
¿Qué decís?, ¿hacemos una rondita? Y desenrosca la botella y llena el tapón de líquido y lo bebe. Luego expulsa el aire. Esto, dice, sí que es buena mierda.
Vamos, primita, le dice a Rocío.
¿Y a ti, Mierdecita, te dejan beber? María coge el tapón que le tienden y bebe. El líquido la golpea directamente en la barriga. Con los ojos todavía cerrados le devuelve el tapón al Chato. Los vuelve a abrir cuando oye al Chato gritándole a la noche.
Es el grito de un pájaro, piensa. De un pájaro que se ha escapado de la jaula.
Venga, Mono, coño, dice el Chato, ¿tanta mierda para montar cuatro tiros?
En un espejo cuatro líneas blancas. El Mono les tiende un billete de diez euros hecho un rulo.
Las señoritas primero, dice.
Se inclina sobre el espejo. Aspira con fuerza. Un rayo frío. Un agujero de nieve. Uno que la atraviesa y por el que pasa la nieve a borbotones. Por encima de la nariz y después doblando por detrás del ojo. Congelándolo todo. Trepando nervio ocular hacia dentro, hasta el cerebro. Helador y dulce al mismo tiempo. Hiriente en el cuello, entumecedor en los dientes, frío en la nariz, eléctrico en la punta de la lengua. Se deja caer sobre el asiento. La cabeza hacia atrás. Mirando al techo. Se arranca la goma del pelo.
Qué mierda, piensa. Qué bueno.
Ese calor suave.
Esa jodida ola.
Los otros tres han procedido y se han salido del coche. Los oye hablar. Poco le importa. Por mí como si os fuerais los tres a la mierda. O más lejos. Ahora, se dice, que no os libráis de mí. Que me lleváis a rastras hasta el infierno. Por mis ovarios. Saca el móvil y lo mira. Otra llamada de Santi. Un mensaje. Que si ha llegado a casa y tal. Hay, también, dos llamadas de Mario y otras tres de Laurita. Pobres colgados. Le manda un mensaje a Santi. En plan pasa de mi coño. Cierra el móvil. Lo deja caer. Cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir se encuentra con la cara del Chato a dos palmos de la suya.
Mierdecita, le dice, ¿te vienes o te quedas?
Me voy.
Pues entonces pásate adelante.
Así que se baja del coche y se pone en el asiento del copiloto. El Mono arranca. Rocío y el Chato van en la parte de atrás.
Ponnos música, Mono, dice el Chato.
De La Fama al río. Luego hacia El Malecón. Con otros dos coches y un coche de policía que va patrullando. El Chino se ríe pero mete el pie dentro del coche. Las luces se acaban y la autovía. Rumbo a Cartagena. La música atruena e impide cualquier posibilidad de comunicación. María lo agradece. El Mono, bien alto, va siguiendo la música con los pies, las manos y la cabeza.
Eso cuando no se vuelve para ver lo que está pasando detrás o cuando no está más pendiente de eso por el espejo retrovisor que de la carretera.
Qué caña, va diciendo, qué caña.
María no mira. Pero sabe. Lo que está pasando. Además, hay pausas entre las canciones. Cuatro, cinco segundos que se llenan de besos, gemidos y risas.
No mires, se dice. No le des por lo menos ese gusto. Y lo lleva a rajatabla. Pero una vez no puede evitar mirar. Entonces ve.
La fiesta completa. El magreo total. Si ha mirado ha sido porque de pronto se ha acordado de que se ha dejado el móvil atrás. Pero también porque ha pensado que Rocío y el Chato ya lo estaban haciendo allí, a un metro de ella. Pero no.
¿Qué vio, doña María?
Pues, bueno, no es agradable rememorar ese momento, ¿sabes?
Todo sea por la audiencia. Por su público.
Sí, claro. Pues, verás, allí estaba el Chato. Sentado, ¿sabes? Y con Rocío sentada encima.
¿Vestidos?
Sí, bueno. El Chato sí. Rocío lo llevaba todo hecho un gurruño alrededor de la cintura. La minifalda y el top. El Chato se la comía a besos, ¿sabes? Por todas partes. Llevaba un tanga color verde pistacho.
¿Y ella qué hacía, doña María?
Restregarse más que nada. Como si se le fuera la vida. Así, ¿entiendes? Contra la polla del Chato.
Ella tenía eso entre las piernas, ¿sabes qué tenía yo? La puta botella de whisky.
La tenía cogida tan fuerte que me daban calambres en los dedos.
Y, díganos, Mierdecita, ¿podemos llamarla Mierdecita?
Claro, no te cortes.
Pues eso, ¿era este el Peugeot rojo en el que iban?
Tiene que ser.
Entonces usted iba sentada aquí.
Sí.
Y ahí estaba Rocío.
Sí.
¿Tan cerca?
Ya ves.
Y, díganos, Mierdecita María, de verdad, ¿qué sintió en esos momentos?
Pues una inmensa alegría, te puedes imaginar.
Se hizo una canción, ¿se acuerda?
Fue muy popular, sí.
Y, díganos, Mierdecita María, ¿qué hizo usted entonces?
Pues concentrarme. En lo que fuera.
En el viento. En el paisaje negro.
En la música.
En cualquier cosa que fuera no oírlos.
En, sobre todo, que Rocío no se diera cuenta de que me importaba una mierda su vida.
¿Y entonces?
Pues como que abrí un poco la ventanilla y me concentré en el hormigueo del aire caliente. Luego me dio por una cosa muy típica mía.
¿Cuál, Mierdecita María, puede compartirlo?
Sí, verás, como que la carretera era una cinta negra y las rayas blancas que se venían contra el coche pues que eran como rocas en el mar.
Rocas que venían a atacar al coche. A volcarlo.
Otra vez, ya sabes, en plan cuerpos destrozados en la cuneta. En mi línea patética de siempre.
¿Y entonces?
Nada. Me reí y el Mono me miró.
Le pide un cigarro al Mono y este rebusca y le tiende una cajetilla de Winston. Con un mechero dentro. María enciende y apoya la cabeza en el marco de la ventanilla. Encoge las piernas, las sube arriba del asiento. Los ojos del Mono se van de la carretera a sus muslos. Ella se vuelve a los campos negros que pasan a toda velocidad, a los fluorescentes de los quitamiedos.
Entonces nota la mano.
En el muslo. Arriba. Primero junto a la rodilla, acariciando. Después amasando. Pretendiendo ir hacia el borde de la minifalda. María no dice nada. Ni siquiera mira. Se queda en la ventanilla solo que le da una calada al cigarro. Una bien fuerte. La brasa, naranja, brilla y le ilumina los ojos. Entonces lo baja a toda velocidad contra la mano. El Mono grita y el coche da un bandazo.
Mierdecita, coño, dice el muchacho entre risas, que voy conduciendo. María no dice nada. De atrás llega de improviso la voz del Chato.
Mono, dice, que tú no le gustas a la Mierdecita. Que a la Mierdecita le gusto yo.
María no vuelve la vista ni dice nada. A los lados de la carretera aletean los fantasmas blancos y gigantescos de los invernaderos.
La guerra atrás ha parado. Por algún motivo. María mira de reojo y sorprende a Rocío en el momento de recolocarse el top y bajarse la falda. Siguen algunas risas y luego el Chato diciéndole al Mono que esté atento a encontrar una gasolinera.
Que algo tendremos que comer.
El Mono se muestra de acuerdo y unos kilómetros más allá aparecen las luces inconfundibles. El Mono reduce y va entrando. Aparca y el Chato se inclina hacia María.
Mierdecita, le dice, la pastita.
¿Qué pasa, dice María, que lo pago yo todo?
No, Mierdecita. Aquí paga todo el mundo. ¿O que te querías venir gratis?
María rebusca en la falda y tiende un billete de diez. Luego decide quedarse. Rocío como que se estaba meando y los otros dos como a las estanterías a coger sándwiches y bolsas de patatas fritas. María se encarama en el asiento y rebusca por detrás. Su móvil y su cinta del pelo. Se lo recoge y enciende otro cigarro. Por la ventanilla la luna. Un queso gigantescamente amarillo. Tan bajo y tan cercano que casi le da la impresión de que proyecta sombra sobre el coche. Estamos, se dice, en la sombra de la luna. Rocío va volviendo del baño. María se recoloca la falda.
Dame un cigarro, dice Rocío.
Estamos, dice María, en una gasolinera.
Tú estás fumando.
Yo estoy dentro del coche.
Rocío no dice nada pero como que sonríe. Se da la vuelta y se apoya en el coche. De espaldas a María.
¿Sabes algo de Laurita?, dice. María no contesta. Rocío la mira.
¿Ya estás, le dice, con lo tuyo?
Pasa de mi cara, dice María. Rocío sonríe y María como que le arrancaba los ojos con las uñas.
No haberte venido, le dice, para estar así.
Que fácil lo tenías.
Y tanto, dice María. Otra vez los ojos de Rocío.
¿Y tanto qué?, dice.
Y tanto. Como que ellos no sabían que yo tenía dinero. Y tú sí.
Y tanto que, cuando viniste a buscarme, no viniste a decirme «vente».
Viniste a decirme «préstame». O sea, dame el dinero y piérdete.
Rocío se aparta del coche y se sienta en el bordillo a atarse una de las sandalias. María tiene que ver otra vez el tanga color verde. Verdes son también los ojos de Rocío. La apuntan.
Mira, le dice, si estás de mala folla es tu problema. Pero no vengas vendiéndome la moto. Que a mí me da igual si te quieres venir o no. Que eran ellos los que no querían que te vinieras.
Y una mierda, dice María.
Lo que tú digas.
Lo que yo diga, no. No me des la razón como si fuera una imbécil.
Pues, entonces, dice Rocío, no te portes como una imbécil.
O sea, dice María, que ellos no querían que yo viniera.
No.
Ya, dice María, y entonces va el Mono y me mete mano. Rocío se encoge de hombros.
Ya, dice, lo que tú digas. Que no digo yo que no. Que sí. Pero las cosas son las cosas.
Y ellos no querían.
Y que tú, sigue, no estás enfadada por eso. Que estás enfadada por otra cosa.
Que lo sé yo.
Y te jodes, sigue Rocío, porque está conmigo.
No está contigo, dice María. Solo te va a follar y luego te va a tirar para la mierda. Rocío se encoge de hombros. Luego habla.
Por lo menos a mí me va a follar, dice.
No como a ti. Que bien te gustaría.
En el silencio que sigue María comprende cosas que no entendía antes. Cosas que tienen que ver con cristales en la barriga, con sangre, con puñales. Cosas de color púrpura que pulsan en silencio.
Cosas que tienen que ver con mujeres, cosas que salen de las tripas, que ahogan y no dejan pensar. Cree, incluso, que comprende a doña Sonia. A las vecinas viejas y feas.
Que comprende sus motivos para odiar la felicidad y la locura.
Motivos desesperados, que son más fuertes que una, que marcan, que no se borran. Motivos que son como un pozo por el que se cae y se cae.
Los muchachos regresan y preparan otras cuatro rayas. María va a la suya con apetito. Esta vez se pone atrás, al lado de Rocío. Evitan mirarse. María va apoyada en la ventanilla. Alguien ha traído una botella de agua. Mientras bebe abre el cristal hasta abajo. El aire de la noche le estira la cara y le trae el aroma del mar.
Cierra los ojos y otra vez se concentra. En oír solo el viento. Solo el ruido del motor. Nota cómo Rocío se echa hacia delante y cuchichea con el Chato. Hay risas. Suenan como un tiro.
Mierdecita, se vuelve el Chato en el asiento y la apunta con sus ojos gitanos, ¿es que eres virgen?
María no contesta. No hay nadie. Los dueños salieron. Esto no es más que un puto contestador.