Los gatos pardos

Ginés Sánchez · Capítulo 10 de 26

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Los gatos pardos

Capítulo 4

4

 

La noche y la luna. La patrulla. Poderosa, inmortal, encendida. Atravesando el parque, trepando por los puentes que cruzan el lago, traspasando como flechas la avenida, rompiendo, en un momento dado, a correr. Como lobos.

Porque, piensa María, lobos somos.

Libres.

Furiosos.

Ardientes.

 

Les lleva diez minutos llegar ante la fortaleza. La rodean siguiendo el largo muro de hormigón hasta llegar a la puerta de atrás. La puerta de atrás, todo el mundo lo sabe, es el punto débil. Una puerta alta, de metal, coronada por un metro de valla. La cerradura alguien la rompió. Desde entonces hay un candado y una cadena.

El muchacho más alto lleva una mochila al hombro. De ahí sacan la cizalla. La cadena cae. La patrulla corre en silencio por el patio. Altos árboles bordean el muro y los protegen de las miradas que pudieran caer desde las ventanas. Pero no de la luna gigantesca. Segunda parada las ventanas de la biblioteca. Dos de los muchachos izan a Mario y este forcejea con uno de los picaportes hasta que este cede y la ventana se abre. Los muchachos ayudan a trepar a las muchachas. María se ve, de pronto, por encima de las cabezas. Unas manos ásperas la agarran y está al lado de la ventana. Pasa una pierna, luego otra y está dentro. Junto a ella está Rocío. Los ojos le brillan salvajes. Mario graba con el teléfono.

 

Avanzan por la biblioteca en silencio. Un silencio que tiene, al principio, algo de temeroso. De ahí salen al pasillo. Huele a sol por las esquinas. Como si se hubiera quedado almacenado en algún generador imposible y ahora estuviera brotando en las sombras. Hay poca luz. Solo alguna ventana de vez en cuando por donde entran la luna y las farolas. Junto a secretaría huele a productos de limpieza. Más allá está la vitrina de los trofeos de voleibol y baloncesto. La cizalla la hace estallar. Los muchachos agarran los trofeos y los lanzan al suelo. Los golpean. Es Rocío quien graba ahora. Una copa más grande que las otras es lanzada contra un cristal. Hay risas, gritos, carreras, insultos, golpes entre los chicos.

Después por las escaleras, rectos hacia el corazón del edificio. Los techos altos, las colañas de madera, las paredes blancas, tienen una cualidad opresiva. Pero el edificio, que puede permanecer y permanecerá, no puede defenderse. Está desnudo, atado, vencido. Y debe. Muchas. Tantas que María siente cómo la rabia va creciendo por sus venas, inundándole el corazón, agarrándosele a las uñas, al pelo y al sexo.

Golpear. Gritar. Humillar.

Profanar cuerpos malditos.

Reducirlos a golpes.

Caminar sobre sus cadáveres. Sobre sus tumbas.

Todos escaleras arriba.

Grita. Como gritan los otros. Y en su grito no se reconoce. Esa, dice, no soy yo. Pero sí. La verdad es esa. Y ahora lo sabe. De pronto y sin aviso.

 

Como la puerta del despacho de Vicky, en la cuarta planta, está cerrada con llave, los muchachos entran en una de las aulas y salen con la mesa del profesor cargada. María graba. La mesa, usada como un ariete, hace temblar el edificio. Cuatro golpes. Cinco. La puerta cede. Los muchachos apartan la mesa. La manada se abalanza.

De las bolsas surgen pinchos, martillos, espráis de pintura. María pasa la cámara. Se apodera de algo. La manada trabaja furiosa. Destrucción sistemática es el título de la película. Los cajones de la mesa son destripados o reventados a golpes. Arrancados y vaciados. Lo mismo sucede con los archivadores. Los libros caen o vuelan de las estanterías. Los papeles son rotos y esparcidos. Con los pinchos van rajando las sillas y los sillones. Los cuadros, el equipo de música, el ordenador, la impresora, la cafetera y el proyector son arrojados al suelo y destrozados a martillazos. La máquina dispensadora de agua, con sus vasos de papel, es proyectada como un misil a través de la ventana y vuela hacia el patio. La sienten caer, reventar en el suelo, dejar allí una estrella negra y líquida.

María y Rocío son las encargadas de los espráis. Puta. Bien grande. Ocupando una pared entera. Más veces. Y más. Vicky la chupa. Vicky hija de puta y puta. En cada puerta, en cada rincón, largos y circuncidados penes con sus respectivos cojones.

Ponednos, dicen las muchachas, la canción de la zorra.

En algún teléfono suena al punto. Shakira. Y Las Shakiras. María y Rocío bailan espalda contra espalda. Los culos en pompa, las espaldas rectas, arriba y abajo. Todo bien meneado, bien provocador, bien sensual.

Eres, cantan, una zorra. Zorra, zorra, zorra.

Te lo dedicamos, Vicky. Va por ti, gritan.

Los móviles las apuntan. Los muchachos las miran.

Hay un momento de descanso. El receso preciso. María da dos largos tragos del ron con cocacola y consigue dos cigarros. Enciende uno y se asoma a la ventana. Luces pero calma. La manada delibera. La secretaría. La sala de profesores. Alguien lleva silicona para las cerraduras. Alguien dice que es San Juan y que hay que hacer hogueras. La manada se pone en marcha otra vez. María los deja ir. Siente en los huesos el estruendo que forman por las escaleras. Ruido de tormenta furiosa. Puertas abriéndose y cerrándose. Risas apagadas por la distancia. Gritos.

María está sola en el despacho arrasado. Tiene un espray de pintura en la mano y está mirando al suelo mientras fuma.

El suelo del despacho. De mármol blanco.

Tan frío en invierno.

Como los ojos de Vicky, la zorra.

Se sonríe.

Porque las paredes se pueden volver a pintar. Porque se pueden poner muebles nuevos.

Pero, a ver, se dice, qué pasa con el suelo.

Va agitando el espray mientras aparta los papeles y los restos de destrucción. Se hace un hueco grande en el centro, delante de donde estaba la mesa, y vuelve a sonreírse. Se imagina el follón. Los obreros entrando. Arrancando el suelo. Poniendo otro nuevo.

Se toma su tiempo.

Aquí la cabeza calva, aquí el cuerpo, aquí los senos tan grandes. Con sus pezones.

Por supuesto el dibujo no es más que un remedo de lo que ella puede hacer en papel y con un lápiz. Pero tiene su sello. Su impronta. Por esto, Santi querido, va pensando, es por lo que se dibuja. Porque esto sí es estar viva. Como es complicado dibujar los pies con el espray la hace brotar de una botella. Como pasa igual con las manos las hace fundirse a las dos en una masa entre las piernas.

Cuando la tiene, suavemente, la va envolviendo en el alambre de espino. Gotas de sangre negrísima. Lágrimas del infierno.

Cuando la tiene se aparta. Con el móvil le saca una fotografía.

 

Y, díganos, señorita María, ¿por qué hizo eso?, ¿por qué dibujó una de sus Marías en el suelo?

Pues ya te digo, estaba ahí y me dio el punto.

Pero usted no lo había pensado antes, ¿o sí?

Hombre, lo había pensado. Para qué decir que no.

Digamos que había soñado que lo hacía, si me entiendes.

Claro que otra cosa era estar ahí y atreverse.

Y que todo, si lo piensas, iba muy deprisa.

Incluso demasiado.

Pero ¿alguien había visto antes alguna de sus Marías?

No, solo Santi.

Y claro, Santi no lo iba a decir, ¿verdad?

Claro.

Así que nadie podía ir y decir «fue María».

Bueno, ahí hay una cuestión, si me entiendes.

Porque, a lo mejor, al año siguiente, yo podía hacer en clase de dibujo una de las Marías.

Para ver qué pasaba.

Y hacer unas risas.

En plan destrucción total.

 

La escena no es difícil de imaginar. El tumulto. La profesora de dibujo viendo la María y acordándose. Porque todos los profesores verán los dibujos. Y más ella. Para comparar. Entonces, con el dibujo en la mano, yéndose recta para el despacho de Vicky. Después las prisas, las carreras, las llamadas. A doña Sonia. Doña Sonia buscándola.

Los gritos, los agarrones, los zarandeos.

Doña Sonia pegándole.

Y María sin rechistar. Sin llorar. Sin gritar.

Los golpes cayendo. La sangre brotándole al fin por la nariz, por la boca. María, estremecida, bebiéndose su propia sangre.

 

Se ha sentado en el suelo, al lado de la puerta del despacho. Ha cruzado las piernas. De pronto está exhausta. También hambrienta. De un cigarro. Porque tenía dos y ahora no tiene ninguno. El segundo se dice que se lo habrá fumado mientras dibujaba. La luz de la luna se cuela por la ventana y le da un aspecto fantasmal al despacho en ruinas. Una ciudad bombardeada. Una ciudad después de un terremoto. Eso se le ocurre. Sigue ahí, mirando, entretenida por el estruendo lejano de la jauría. Entonces alguien sube.

Siente los pasos. El eco de los pasos por la escalera. Luego la silueta. Es Mario. Con esa carita de bueno y ese puntito navajero. Con ese cuerpo duro y ese culo. Ay, viejo, se dice, que hay algo de ti que se me escapa y me pone a mil. Los ojos oscuros la miran. El muchacho sonríe desde las sombras.

Y, díganos, doña María, ¿a qué cree que había subido él?

Pues no lo sé. Nunca se lo pregunté.

Pero ¿buscando eso?

No. No lo creo. Nosotros no íbamos de ese palo. Además, él tenía novia.

¿Y entonces?

Pues que le puse mi mirada de pantera.

¿Qué haces?, dice él. Ella no dice nada ni se levanta del suelo. Solo lo mira. Sus ojos saben hablar. Decir cosas. Y se le han convertido en un líquido semejante al ámbar. Soy una perra, dicen. Y estoy lista. Así que ven.

Él va. Por supuesto que va. Es un chico. Tiene que ponerse de rodillas para llegarle a la boca. María le da besos furiosos, angustiosos. Él la agarra por los sobacos y la levanta en peso de un tirón, la pone de pie, la aprieta contra la esquina. María muerde, se restriega, lo nota crecer contra su barriga, lo atrapa con sus dedos. Ese calor insoportable. En un momento dado le coge una mano y se la guía por debajo de la falda. Hasta ahí. Mi tesorito. Siente sus dedos y se le doblan las rodillas. Aguanta. Hasta que siente que ya no podrá respirar nunca más. Después aguanta otro poco.

Entonces lo aparta.

 

Ven, dice él, que está turbio, acelerado, que quiere seguir, meterla para dentro del despacho de la zorra. Qué sitio perfecto.

No, dice María.

Él vuelve a apretarla, a buscarle la boca. María se la niega, se ríe.

No, dice, vamos abajo.

Y echa a andar. Él la sigue.

 

La sala de profesores está en el segundo piso. También zona de guerra. Los muebles volados y despanzurrados. En el centro una tonelada de papeles hechos trizas. Los muchachos han arrancado puertas y han decorado los pasillos. El polla-look. Ahora están todos sentados otra vez. Pasando cigarros y botellas. Cuando llegan María y Mario, Rocío los mira y se sonríe.

Saquean la cantina y la secretaría. Más adelante vuelven a actuar las Shakiras.

¡Piqué, le gritan María y Rocío a la cámara, llámanos!

Mario, vuelve a decir Rocío, nada de esto en Internet, ¿eh?

Rocío lo dice y María se proyecta en el tiempo hacia el futuro. Hasta el día en que ella dibuje su María y Vicky se haga la composición de lugar.

Si estaba María Valverde, dirá Vicky, entonces Rocío Martínez también tuvo que estar.

María se estremece. Otra vez el dolor. El daño.

 

Nos vamos de fiesta, dicen las muchachas en la puerta del colegio.

¿Y vosotros?

Nos vamos a hacer hogueras, dicen ellos, es San Juan.

¿Os venís?

Pasamos.

En el corro iluminado por la luna María vuelve a sentir la mirada de Mario. La ha vuelto a agarrar antes, entre las sombras de la biblioteca. Le ha dado un tirón y la ha metido en una esquina y se le ha vuelto a echar encima. María se ha dejado hacer. Un poco. Luego lo ha apartado.

¿Qué?, había dicho él.

Que no, dijo ella.

¿Por qué?

Otro día, había dicho ella.

Hoy, le dice, no me apetece.

Así que otra vez la mira. Con hambre. María lo evita. Hay besos, promesas y la manada, al fin, se disuelve. Los muchachos por un lado, María y Rocío avenida abajo. Rocío va mirando a María.

¿Qué?, le dice.

¿Qué de qué?, dice María.

Con Mario.

Con Mario nada.

Mentirosa, se ríe Rocío.

Lo que tú digas.

¿A que, se ríe Rocío, la tiene gorda?