Médico, El
El Cirujano de Guerra
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—. Si hay muchos puentes que lo cruzan, ¿puede importarle mucho a Dios qué puente elige el viajero?
—Creo que no —dijo Rob.
Se separaron cariñosamente y deprisa, y cada uno se dirigió a atender sus tareas.
En la sala de operaciones, Rob y otros dos aprendices escucharon atentamente a al-Juzjani, quien les advirtió sobre la necesidad de mantener discreción respecto de la operación que iba a tener lugar. No reveló la identidad de la enferma, con el propósito de proteger su reputación, pero les
hizo saber que estaba emparentada estrechamente con un hombre poderoso y célebre, y que padecía cáncer de mama.
Dada la gravedad de la dolencia, se conculcaría la prohibición teológica conocida como aurat, que proscribe a todo hombre, salvo al marido, ver el cuerpo de una mujer desde el cuello hasta las rodillas.
Habían administrado a la mujer opiáceos y vino, y cuando la llevaron estaba inconsciente. Era robusta y pesada, y del paño que cubría su cabeza escapaban mechones de pelo gris. Iba embozada y estaba totalmente cubierta, dejando a la vista sólo los pechos, que eran grandes, suaves y flácidos, lo que indicaba que había dejado atrás la juventud.
Al-Juzjani ordenó a los aprendices que se turnaran para palparle suavemente ambos pechos y determinaran cuál es el tacto de un tumor de mama. Éste resultaba discernible incluso sin palparlo, pues formaba un bulto visible a un lado del pecho izquierdo. Era tan largo como el pulgar de Rob y tres veces más grueso.
Estaba muy interesado en observarlo todo: nunca había visto un pecho humano abierto.
Manó la sangre cuando al-Juzjani apretó la cuchilla en la carne blanda y cortó muy por debajo del final del bulto, pues deseaba extraerlo en su totalidad. La paciente gimió y el cirujano trabajo con rapidez, ansioso por terminar antes de que despertara.
Rob vio que el interior del pecho contenía músculo, carne celular gris y nódulos de grasa amarilla, como en una gallina aderezada. Advirtió claramente varios conductos lactóforos de color rosa, que se unían en el pezón como brazos de un río que confluyen en una bahía. Quizá al-Juzjani había pinchado uno de los conductos, pues del pezón brotaba un líquido enrojecido semejante a una gota de leche rosada.
Al-Juzjani extrajo el tumor y cosió deprisa. Si algo semejante fuera posible, Rob habría dicho que el cirujano estaba nervioso.
«Es de la familia del sha —se dijo—. Probablemente una tía.» Tal vez la mujer de quien el sha le había hablado en la caverna; la tía que lo había iniciado en la vida sexual.
Quejándose y casi totalmente despierta, se la llevaron en cuanto quedó cosido el pecho. Al-Juzjani suspiró.
—No tiene cura. Finalmente, este cáncer la matará, pero al menos podemos tratar de detener su avance.
Vio afuera a Ibn Sina y se acercó a informarle sobre la operación mientras los aprendices limpiaban el quirófano.
Unos minutos más tarde, Ibn Sina entró en la sala de operaciones y habló brevemente con Rob, palmeándole la espalda antes de volver a separarse de él.
Rob estaba anonadado por lo que le había dicho el médico jefe. Salió de la sala de operaciones y se encaminó al khazanat-ul-sharaf, donde estaba trabajando Mirdin. Se encontraron en el pasillo de salida de la farmacia.
Rob vio reflejadas en el rostro de Mirdin todas las emociones que bullían en su interior.
—¿Tú también?
Mirdin asintió con la cabeza.
—¿Dentro de dos semanas?
—Sí. —Rob probó el sabor del pánico—. No estoy preparado para los exámenes, Mirdin. Tú llevas cuatro años aquí, pero yo vine hace tres y no me considero preparado.
Mirdin olvidó su propio nerviosismo y sonrió.
—Lo estás. Has sido cirujano barbero y todos los que te han enseñado algo conocen lo que vales. Nos quedan dos semanas para estudiar juntos, luego nos presentaremos al examen.
55
EL DIBUJO DE UN MIEMBRO
Ibn Sina había nacido en el pequeño poblado de Afshanah, en los aledaños de las aldeas de Kharmaythan, y poco después de su nacimiento su familia se había trasladado a la cercana ciudad de Bujara. Cuando era pequeño, su padre —un recaudador de impuestos— dispuso que estudiara con un maestro coránico y con otro de literatura. Al cumplir los diez años
había memorizado todo el Corán y absorbido gran parte de la cultura musulmana. Su padre conoció a un versado verdulero ambulante, Mahmud el Matemático, que enseñó al niño cálculo indio y álgebra. Antes de que al dotado joven le crecieran los primeros vellos faciales, era competente en leyes, profundizaba en Euclides y en la geometría, y los maestros rogaron a su padre que le permitiera dedicar la vida al saber.
Empezó a estudiar medicina a los once años, y a los dieciséis daba clases a médicos mayores y pasaba gran parte del tiempo en la práctica del derecho. Toda su vida sería jurista y filósofo, pero notó que aunque estas profesiones doctas merecían la deferencia y el respeto del mundo persa en que vivía, nada importaba a ningún individuo más que su bienestar y saber si viviría o moriría. A temprana edad, el destino volvió a Ibn Sina servidor de una serie de gobernantes que aprovechaban su talento para proteger su salud, y aunque escribió docenas de volúmenes sobre leyes y filosofía —los suficientes para que le dieran el afectuoso apodo de Segundo Maestro
¡siendo Mahoma el Primero!—, como Príncipe de Médicos alcanzó la fama y la adulación que lo seguían fuera donde fuese.
En Ispahán pasó inmediatamente de refugiado político a hakim-bashi o médico jefe, y descubrió que había una numerosa oferta de médicos y que constantemente aumentaba el número de sanadores. Éstos entraban en el oficio por medio de una simple declaración. Muy pocos de esos médicos en ciernes compartían la tenaz erudición o el genio intelectual que había señalado su propia dedicación a la medicina, y comprendió que hacía falta un recurso para determinar quién estaba capacitado y quién no. Durante más de un siglo se habían efectuado exámenes para médicos en Bagdad, e Ibn Sina convenció a sus colegas de que en Ispahán el examen final de la madraza debía crear médicos o rechazarlos, ofreciéndose él mismo como examinador jefe.
Ibn Sina era el médico más destacado de los Califatos de Oriente y Occidente, pero trabajaba en un entorno docente que no contaba con el prestigio de los grandes centros. La Academia de Toledo tenía su Casa de las Ciencias; la Universidad de Bagdad, su escuela para traductores; el
Cairo se jactaba de una tradición médica rica y sólida con una antigüedad de muchos siglos.
Todos estos lugares poseían bibliotecas famosas y magníficas. Por contraste, en Ispahán sólo existían la pequeña madraza y una biblioteca que dependía de la caridad de la institución homóloga de Bagdad, más amplia y rica. El maristán era una pálida versión en miniatura del gran hospital Azudi, de la misma ciudad. La presencia de Ibn Sina tuvo, pues, que compensar las insuficiencias de la escuela persa.
Ibn Sina reconocía incurrir en el pecado del orgullo. Aunque su propia reputación era tan encumbrada como para resultar intocable, se mostraba sensible en cuanto a la categoría de los médicos que formaba.
El octavo día del mes de Shawwa, una caravana de Bagdad le llevó una carta de Ibn Sabur Yaqut, el examinador médico jefe de aquella capital. Ibn Sabur iría a Ispahán y visitaría el maristán en la primera mitad del mes de Zulkadah. Ibn Sina ya conocía a Ibn Sabur y se fortaleció para aguantar la actitud condescendiente y las constantes comparaciones de su colega de Bagdad, llenas de suficiencia.
Pese a las apetecibles ventajas de que disfrutaba la medicina en Bagdad, Ibn Sina sabía que allí los exámenes solían ser notoriamente superficiales.
Pero en su maristán tenía a dos aprendices tan competentes como los mejores que había visto en su vida. De inmediato supo cómo podía dar a conocer a la comunidad médica bagdadí la clase de médicos que pasaban por las manos de Ibn Sina en Ispahán.
Así, gracias a que Ibn Sabur Yaqut iría al maristán, Jesse ben Benjamin y Mirdin Askari fueron convocados a un examen que les concedería o negaría su derecho al título de hakim.
Ibn Sabur Yaqut era tal como Ibn Sina lo recordaba. El éxito había vuelto su mirada ligeramente imperiosa por debajo de sus párpados hinchados.
Tenía más canas que cuando se conocieron en Hamadhan doce años atrás, y ahora usaba una indumentaria ostentosa y suntuaria, de paño multicolor, que proclamaba su posición y su prosperidad. A pesar de su exquisita confección, no podía ocultar cuánto había aumentado su corpulencia con el paso de los años. Recorrió la madraza y el maristán con una sonrisa en los
labios y arrogante buen humor, suspirando y comentando que debía ser un lujo afrontar problemas en tan ínfima escala.
El distinguido visitante se mostró complacido cuando solicitaron su participación en la junta examinadora que interrogaría a dos candidatos.
La excelencia de la comunidad docente de Ispahán no gozaba de reconocimiento, pero en los niveles altos de casi todas las disciplinas había suficiente brillantez para que a Ibn Sina le resultara fácil reclutar una junta examinadora que habría sido respetada en el Cairo o en Toledo. Al-Juzjani se ocuparía de la cirugía. El imán Yussef Gamali, de la mezquita del Viernes, interrogaría sobre teología. Musa Ibn Abbas, un mullah del visir de Persia Mirza-aboul Qandrasseh, examinaría de leyes y jurisprudencia. Ibn Sina se ocuparía personalmente de la filosofía, y el visitante de Bagdad fue sutilmente estimulado a plantear sus preguntas más difíciles de medicina.
A Ibn Sina no le preocupaba que sus dos candidatos fuesen judíos.
Algunos hebreos eran obtusos y se convertían en pésimos médicos, naturalmente, pero según su experiencia los Dhimmis más inteligentes que elegían esa profesión ya tenían recorrida la mitad del camino, pues sus creencias fomentaban la investigación y el debate intelectual, además de la búsqueda de la verdad y las pesquisas acerca de las pruebas. Eso, en efecto, se les inculcaba en sus casas de estudios mucho antes de llegar a ser aprendices de medicina.
Llamaron primero a Mirdin Askari. La cara tosca, de mandíbula prominente, estaba alerta pero serena; cuando Musas Ibn Abbas le hizo una pregunta sobre las leyes de propiedad, respondió sin florituras, pero se explayó citando ejemplos y jurisprudencia del Fiqh y la Shari'a. Los otros examinadores se enderezaron un poco en sus asientos cuando las preguntas de Yussef Gamali mezclaron la ley con la teología, pero cualquier idea de que el candidato estaba en desventaja por no ser un auténtico creyente, la disipó la profundidad de las respuestas de Mirdin. Utilizó como argumento ejemplos de la vida y los pensamientos registrados de Mahoma, comentando las diferencias legales y sociales entre el Islam y su propia religión cuando eran pertinentes y, en caso contrario, citando en sus respuestas la Torá como sostén del Corán, o el Corán como apoyo de la
Torá. «Utiliza la mente como una espada —pensó Ibn Sina—; hace fintas y quites, hundiendo de vez en cuando la punta a fondo, como si fuera de fino acero.» Tan polifacéticos eran sus conocimientos, que aunque cada uno de los presentes compartía su erudición en mayor o menor grado, los dejó admirados y los convenció de que se hallaban ante una mente privilegiada.
Cuando le tocó el turno, Ibn Sabur lanzó pregunta tras pregunta como si fueran flechas. Las respuestas salían sin la menor vacilación, pero ninguna de ellas correspondía a la opinión de Mirdin Askari. Citó en cambio a Ibn Sina o a Rhazes, a Galeno o Hipócrates, y en una ocasión repitió textualmente una cita de Las fiebres bajas, de Ibn Sabur Yaqut. El médico de Bagdad permaneció impasible escuchando la repetición de sus propias palabras.
El examen se prolongó más de lo acostumbrado, hasta que finalmente el candidato guardó silencio, los miró y nadie le hizo más preguntas.
Ibn Sina despidió amablemente a Mirdin y mandó a buscar a Jesse ben Benjamin.
El maestro percibió un sutil cambió en la atmósfera cuando entró el nuevo candidato, lo bastante alto y robusto para significar un desafío visual para hombres mayores y ascéticos, curtido por el sol de Oriente y Occidente, de ojos castaños y hundidos, con una mirada de precavida inocencia, y una feroz nariz rota que le daba más aspecto de lancero que de médico. Sus grandes manos cuadradas parecían hechas para doblar el hierro, pero Ibn Sina las había visto acariciar rostros enfebrecidos con la máxima dulzura y cortar la carne sangrante con una cuchilla perfectamente controlada. Y su mente... hacía tiempo que era la de un médico.
Ibn Sina había presentado antes a Mirdin adrede, con el fin de preparar el escenario, dado que Jesse ben Benjamin era diferente a los aprendices a que estaban acostumbradas aquellas autoridades, y poseía cualidades que no podían ponerse de relieve en un examen académico. Había asimilado prodigiosamente gran cantidad de conocimientos en tres años, pero su erudición no era tan profunda como la de Mirdin. Tenía presencia y personalidad, pese al nerviosismo del momento.
Rob tenía la vista fija en Musa Ibn Abbas, y sus labios estaban pálidos; se lo notaba más nervioso que Askari.
El edecán del imán Qandrasseh había advertido su mirada fija, casi grosera, y bruscamente empezó por una pregunta política cuyos peligros no se molestó en ocultar.
—¿Pertenece el reino a la mezquita o al palacio?
Rob no respondió con la rápida y resuelta seguridad que tanto había impresionado en Mirdin.
—Está expresado en el Corán —dijo en su parsi con acento europeo—.
En la azora segunda Alá dice: «Pondré un virrey en la tierra.» Y en la azora treinta y ocho, se define la tarea del sha con estas palabras: «David, te hemos nombrado virrey en la tierra; por tanto, debes juzgar imparcialmente a los hombres y no seguir tus caprichos, para que no te extravíes del Camino de Dios.» Por ende, el reino pertenece a Dios.
Al adjudicarle el reino a Dios, su respuesta evitó la elección entre Qandrasseh y Alá, solucionando la pregunta bien e inteligentemente. El mullah no discutió.
Ibn Sabur preguntó al candidato la diferencia entre la viruela y el sarampión.
Rob citó el tratado de Rhazes titulado La división de las enfermedades, señalando que los síntomas premonitorios de la viruela son la fiebre y el dolor de espalda, mientras que en el sarampión hay más calentura y un marcado agotamiento mental. Citó a Ibn Sina como si éste no estuviera presente, diciendo que el libro cuatro del Qanun sugiere que el sarpullido del sarampión suele brotar simultáneamente, en tanto el de la viruela aparece punto por punto.
Estaba sereno y no flaqueaba; tampoco intentó encajar en la respuesta su experiencia con la plaga, como habría hecho un hombre de menos talento.
Ibn Sina sabía cuánto valía; de todos los examinadores, sólo él y al-Juzjani conocían la magnitud del esfuerzo que había hecho aquel hombre durante los últimos tres años.
—¿Y si debes tratar una rodilla fracturada? —preguntó al-Juzjani.
—Si la pierna está recta, hay que inmovilizarla vendándola entre dos tablillas rígidas. Si está doblada, hakim Jalal-ul-Din ha ideado un entablillado que sirve tanto para la rodilla como para un codo fracturado o dislocado. —Había papel, tinta y pluma frente al visitante de Bagdad, y el candidato se acercó para cogerlo. Puedo dibujar un miembro para que observéis la colocación de la tablilla —dijo.
Ibn Sina estaba horrorizado. Aunque el Dhimmi era europeo, tenía que saber que quien dibuja la imagen de una forma humana en su totalidad o parcialmente, se quemará en los fuegos del infierno. Era pecado y transgresión que un musulmán estricto mirara siquiera una imagen semejante. Dada la presencia del mullah y del imán, el artista que se mofaba de Dios y seducía su moral recreando al hombre, sería llevado ante un tribunal islámico y jamás recibiría el tratamiento de hakim.
Los rostros de los examinadores reflejaron una diversidad de emociones.
La cara de al-Juzjani indicaba un gran pesar, una leve sonrisa temblaba en la boca de Ibn Sabur, el imán estaba perturbado, y al mullah ya se le notaba furioso.
La pluma volaba entre el tintero y el papel. Se oyeron unas rápidas raspaduras y, al momento, ya era demasiado tarde: el dibujo estaba hecho.
Rob se lo entregó a Ibn Sabur, que lo estudió, evidentemente incrédulo.
Cuando se lo pasó a al-Juzjani, éste no pudo ocultar una mueca.
Ibn Sina experimentó la sensación de que el papel tardaba una eternidad en llegar a él, pero cuando lo tuvo ante sus ojos vio que el miembro dibujado era... ¡el miembro de un árbol! La rama doblada de un albaricoquero, sin la menor duda, pues estaba cubierta de hojas. Un nudo en la madera hacía ingeniosamente las veces de articulación de la rodilla, y se veían los extremos del entablillado atados muy por encima y por debajo del nudo.
No hubo preguntas sobre la tablilla.
Ibn Sina miró a Jesse, cuidándose de enmascarar tanto su alivio como su afecto. Disfrutó ampliamente contemplando la expresión del visitante de Bagdad. Luego, se acomodó en el asiento y planteó a su discípulo las más complejas cuestiones filosóficas que se le ocurrió formular, con la certeza
de que el maristán de Ispahán podía permitirse el lujo de alardear un poco más.
Rob se había estremecido al reconocer a Musa Ibn Abbas, el edecán del visir, al que había visto en una reunión secreta con el embajador seljucí.
Pero de inmediato recordó que en aquella ocasión él no fue descubierto, y que la presencia del mullah en la junta examinadora no significaba una amenaza especial.
Al concluir el examen, fue directamente al ala del maristán donde estaban los pacientes de cirugía, pues él y Mirdin habían acordado que sería difícil sentarse a esperar, sencillamente, para conocer su destino. Sería mejor salvar ese lapso trabajando, y Rob se vio enseguida inmerso en una variedad de tareas: examinó pacientes, cambió vendajes, quitó puntos de sutura...; los trabajos sencillos a los que estaba acostumbrado.
El tiempo pasaba, pero nadie se acercó a decirle una palabra.
Más tarde entró Jalal-ul-Din en la sala de operaciones..., lo que sin duda significaba que los examinadores se habían dispersado. Rob se sintió tentado a preguntarle si conocía la decisión, pero no se atrevió. Cuando Jalal le dirigió el saludo acostumbrado, no se dio por enterado de la agonía que significaba la espera para el aprendiz.
El día anterior trabajaron juntos atendiendo a un pastor que había sido embestido por un toro. El hombre tenía el antebrazo partido en dos puntos, como si fuera un sauce, donde la bestia lo había pisoteado. Después, el toro corneó a su víctima hasta que otros pastores lograron alejarlo.
Rob acomodó y cosió los músculos y la carne del hombro y del brazo, y Jalal redujo las fracturas y aplicó el entablillado. Ahora, después de que ambos examinaran al paciente, Jalal se quejó de que los abultados vendajes formaban una torpe yuxtaposición con las tablillas.
—¿No pueden quitarse los vendajes?
La pregunta desconcertó a Rob, porque Jalal sabía mejor que él lo que había que hacer.
—Es muy pronto —respondió.
Jalal se encogió de hombros. Miró a Rob afectuosamente y sonrió.
—Como tú digas, hakim —dijo y salió.
Así fue informado Rob. Estaba tan alelado, que por un rato no pudo moverse.
Finalmente, se sintió reclamado por la rutina. Aún debía ver a cuatro pacientes y prosiguió la ronda, esforzándose por brindar los cuidados de un buen médico, como si su mente fuera el sol enfocado en cada uno de ellos, pequeño y cálido a través del cristal de su concentración.
Pero después de atender al último paciente, permitió que sus sentimientos volvieran a fluir, experimentando el placer más puro de su vida. Caminando casi como un borracho, volvió a casa deprisa para contárselo a Mary.
56
LA ORDEN
Rob había llegado a hakim seis días antes de cumplir veinticuatro años, y el entusiasmo se mantuvo varias semanas. Para su satisfacción, Mirdin no sugirió que fueran a las maidans a celebrar su nueva condición de médicos.
Sin hacer demasiada alharaca, sentía que ese cambio en sus vidas era demasiado importante para celebrarlo con una noche de borrachera. Las dos familias decidieron reunirse en casa de los Askari y compartir una buena cena.
Después, Rob y Mirdin se acompañaron mutuamente a tomarse las medidas de la túnica negra con capucha correspondiente a un hakim.
—¿Ahora volverás a Masqat?—preguntó Rob a su amigo.
—Me quedaré aquí unos meses, porque todavía me quedan cosas por aprender en el khazanat-ul-sharaf. ¿Y tú? ¿Cuándo regresarás a Europa?
—Mary no puede viajar estando embarazada. Esperaremos a que el niño nazca y esté lo bastante fuerte para soportar el viaje. —Sonrió a Mirdin—.
Tu familia organizará grandes celebraciones en Masqat cuando su médico vuelva a casa. ¿Has enviado a los tuyos un mensaje diciendo que el sha quiere comprarles una gran perla?
Mirdin meneó la cabeza.
—Mi familia recorre las aldeas de pescadores de perlas y compra minúsculos aljófares. Luego los venden en una taza medidora a mercaderes
que, a su vez, los venden para ser cosidos en diversas vestimentas. Mi familia se vería en apuros si tuviera que reunir las sumas necesarias para comprar perlas grandes. Tampoco le interesaría hacer tratos con el sha, pues los reyes rara vez están dispuestos a pagar el precio justo de las perlas que tanto les gustan. Por mi parte, espero que Ala haya olvidado la «fortuna»
que ha concedido a mis parientes.
—Los miembros de la corte fueron a buscarte anoche y no te encontraron
—dijo el sha Ala.
—Estaba atendiendo a una mujer desesperadamente enferma —respondió Karim.
En verdad, había ido a ver a Despina. Y los dos estaban desesperados. Era la primera vez en cinco noches que lograba escapar a las aduladoras demandas de los cortesanos, y valoró más que nunca cada minuto que estuvo con ella.
—En mi corte hay gente enferma que necesita de tu sabiduría —se quejó Ala.
—Sí, Majestad.
Ala había puesto de relieve que Karim contaba con el favor del trono, pero el joven estaba hastiado de los miembros de la nobleza, que a menudo se presentaban ante él con dolencias imaginarias, y echaba de menos el ajetreo y la auténtica labor del maristán, donde podía ser útil como médico y no como ornamento.
Empero, cada vez que iba cabalgando a la Casa del Paraíso y los centinelas lo saludaban, se sentía nuevamente conmovido. Con frecuencia pensaba en lo sorprendido que estaría Zaki-Omar si pudiera ver a su muchacho cabalgando con el rey de Persia.
—...Estoy haciendo planes, Karim —decía el sha—. Proyectando grandes acontecimientos...
—Que Alá les sonría.
—Tienes que mandar a buscar a tus amigos, los dos judíos, para que se reúnan con nosotros. Quiero hablar con los tres.
—Sí, Majestad.
Dos mañanas más tarde. Rob y Mirdin fueron convocados para salir de cabalgata con el sha. Era una oportunidad para estar con Karim, que por esos días siempre se mantenía ocupado con Ala. En el patio de la Casa del Paraíso, los tres médicos jóvenes repasaron los exámenes, con gran placer de Karim. Cuando llegó el sha, montaron y cabalgaron detrás de él en dirección al campo.
Era una excursión conocida y nada original, salvo que ese día practicaron largamente la flecha del parto, ejercicio en el que sólo Karim y Ala podían abrigar alguna esperanza de éxito. Comieron bien y no tocaron ningún tema serio hasta que los cuatro estuvieron sumergidos en el agua caliente de la caverna, bebiendo vino.
En ese momento, Ala les dijo tranquilamente que cinco días más tarde saldría de Ispahán a la cabeza de una numerosa partida de ataque.
—¿Adónde, Majestad? —preguntó Rob.
—A los rediles de elefantes del sudoeste indio.
—Majestad, ¿puedo acompañarte? —inquirió Karim de inmediato, con los ojos encandilados.
—Espero que los tres podréis acompañarme.
Habló con ellos largo y tendido, lisonjeándolos mientras los hacía partícipes de sus planes más secretos. Evidentemente, al oeste los seljucíes se estaban preparando para la guerra. En Ghazna, el sultán Mahmud se mostraba más amenazador que nunca, y finalmente habría que enfrentarlo.
Era el momento ideal para que Ala acrecentara su poderío. Sus espías le habían informado de que en Mansura una débil guarnición india custodiaba un buen número de elefantes. Una escaramuza sería una valiosa maniobra de entrenamiento y, lo que era más importante, le proporcionaría unos animales de incalculable valor que, cubiertos con cota de malla, se transformarían en armas pavorosas capaces de modificar el curso de los acontecimientos.
—Y tengo otro objetivo. —Ala cogió la vaina que había dejado junto al pozo y extrajo una daga cuya hoja era de un desconocido acero azul, con adornos en espiral—. El metal de esta hoja sólo se encuentra en la India. Es
distinto a todos los que tenemos. Su filo es mejor que el de nuestro propio acero y se mantiene más tiempo. Su dureza le permite atravesar las armas comunes y corrientes. Buscaremos espadas hechas con este acero azul, pues el ejército que tenga las suficientes vencerá a cualquier otro.
Les pasó la daga para que examinaran su filo templado.
—¿Vendrás con nosotros? —preguntó a Rob.
Rob sabía que era una orden y no una solicitud; el sha le pasaba la cuenta y había llegado el momento de que pagara su deuda.
—Iré, Majestad —dijo, tratando de que su voz sonara alegre.
Estaba mareado con algo más que el vino, y sentía que se le aceleraba el pulso.
—¿Y tú, Dhimmi? —preguntó Ala a Mirdin.
Mirdin estaba pálido.
—Contaba con tu permiso para regresar a Masqat con mi familia.
—¡Permiso! ¡Claro que tenías mi permiso! Ahora eres tú quien debes decidir si nos acompañas o no— le espetó Ala.
Karim se apresuró a coger la bota de piel de cabra y servir vino en las copas.
—Acompáñanos a la India, Mirdin —le rogó.
—Yo no soy militar —contesto Mirdin lentamente, y miró a Rob.
—Ven con nosotros, Mirdin —se oyó apremiarlo Rob—. Hemos analizado menos de un tercio de los mandamientos. Podríamos estudiar juntos en el camino.
—Necesitaremos cirujanos —agregó Karim—. Además, ¿Jesse es el único judío, entre tantos que he conocido en mi vida, que está dispuesto a luchar?
Era una broma con las mejores intenciones, pero algo volvió tensa la mirada de Mirdin.
—Eso no es verdad —se apresuró a decir Rob—. Karim, el vino te pone muy estúpido.
—Iré —concluyó Mirdin, y los otros gritaron encantados.
—¡Pensad en lo bien que lo pasaremos, cuatro amigos juntos cabalgando hasta la India! —dijo Ala con gran satisfacción.
Esa tarde Rob fue a ver a Nitka la Partera, una mujer seria y delgada, no muy vieja, de nariz afilada en un rostro cetrino y ojos como pasas. Lo invitó a tomar algo sin entusiasmo, y luego escuchó sin sorprenderse lo que le dijo. Rob sólo explicó que debía irse de Ispahán. La expresión de la mujer le transmitió que ese problema formaba parte de su mundo normal: el marido viaja, y la mujer se queda en su casa y sufre a solas.
—He visto a tu esposa. Es la Otra de pelo colorado.
—Es una cristiana europea, sí.
Nitka meditó un rato, hasta tomar una decisión.
—Bien. La atenderé cuando llegue el momento. Si se presentan dificultades, me instalaré en tu casa durante las últimas semanas.
—Gracias. —Le dio cinco monedas, cuatro de ellas de oro—. ¿Es suficiente?
—Es suficiente.
En lugar de volver a casa, Rob se alejó del Yehuddiyyeh para presentarse, sin ser invitado, en casa de Ibn Sina.
El médico jefe lo saludó y después le escuchó atentamente.
—¿Y si mueres en la India? A mi hermano Alí lo mataron mientras participaba de un ataque similar. Tal vez no se te haya pasado por la cabeza esta posibilidad, porque eres joven y fuerte y te sientes pletórico de vida.
Pero ¿qué ocurrirá si la muerte te lleva?
—Dejo dinero a mi mujer. En realidad, muy poco me pertenece, pues casi todo era de su padre —aclaró escrupulosamente—. Si muero, ¿te ocuparás de que pueda volver a nuestra tierra con el niño?
Ibn Sina asintió.
—Espero que tengas cuidado y me evites ese trabajo. —Sonrió— ¿Has pensado en el acertijo que te he desafiado a desentrañar?
Rob estaba maravillado de que una mente tan privilegiada pudiera pensar en juegos infantiles.
—No, médico jefe.
—No importa. Si Alá lo desea, habrá tiempo de sobra para que lo resuelvas. —Cambió de tono y dijo bruscamente—: Ahora, acércate, hakim.
Sospecho que haríamos bien en dedicar algún tiempo a hablar del tratamiento de las heridas.
Rob se lo dijo a Mary cuando ya estaban acostados. Le explicó que no tenían opción, que se había comprometido a pagar la deuda que tenía con Ala y que, de cualquier manera, su presencia en la partida de ataque era una orden.
—Huelga decir que ni Mirdin ni yo participaríamos de una aventura tan delirante si pudiéramos evitarlo.
No entró en detalles sobre las posibles vicisitudes, pero le dijo que había contratado los servicios de Nitka para el parto, y que Ibn Sina la ayudaría si se presentaba cualquier otro problema.
Seguramente estaba aterrada, pero no discutió. Rob la notó irascible cuando lo interrogó, aunque tal vez sólo se trataba de un ardid de su propia culpabilidad, pues reconoció que, íntimamente, a una parte de su ser, le procuraba alegría hacer de militar, pues eso satisfacía un sueño infantil.
Una vez, durante la noche, apoyó ligeramente la mano en el vientre de Mary y palpó la carne tibia que comenzaba a crecer, a mostrarse.
—Tal vez no puedas verla del tamaño de una sandía, como habías dicho
—murmuró ella en la oscuridad.
—Para entonces, sin duda estaré de vuelta.
Mary fue replegándose en sí misma a medida que llegaba el día de la partida, y otra vez se convirtió en la mujer dura que Rob había encontrado sola defendiendo encarnizadamente a su padre agonizante en el wadi Ahmad.
A la hora de la partida ella estaba fuera, cepillando su propio caballo negro. Tenía los ojos secos cuando lo besó y lo vio marcharse: una mujer alta y de cintura creciente, que ahora sustentaba su corpulencia como si siempre estuviera cansada.
57
EL CAMELLERO
Como ejército habría sido una fuerza pequeña, pero era grande para una partida atacante: seiscientos combatientes montados en caballos y camellos, y veinticuatro elefantes. Khuff requisó el caballo castaño en cuanto Rob llegó al lugar de encuentro en la maidan.
—Se te devolverá el caballo en cuanto regreses a Ispahán. Sólo llevaremos monturas acostumbradas a no arredrarse con el olor de los elefantes.
El castrado se sumó a la recua que sería llevada a los establos reales, y para su gran consternación —y diversión de Mirdin— le dieron una desaliñada hembra de camello, de color gris, que lo miró fríamente mientras rumiaba su bolo alimenticio retorciendo los labios elásticos y oprimiendo las quijadas en direcciones opuestas.
A Mirdin le tocó un camello castaño; toda su vida había montado camellos y enseñó a Rob a torcer las riendas y vociferar una orden para que el dromedario de una sola joroba doblara las patas delanteras, cayera de rodillas, doblara las traseras y se echara al suelo. El jinete montó a mujeriegas y tironeó de las riendas mientras voceaba otra orden; la bestia se desdobló, repitiendo al contrario la operación del descenso.
Había doscientos cincuenta soldados de infantería, doscientos de caballería y ciento cincuenta montados en camellos. En seguida llegó Ala, y su visión les deparó un espléndido espectáculo. Su elefante sobresalía un metro por encima de los demás, con anillos de oro en sus feroces colmillos.
El mahout iba orgullosamente sentado en la cabeza del elefante y orientaba su avance hundiendo los pies detrás de las orejas. El sha iba sentado, muy orondo, en una caja totalmente almohadillada por dentro, sobre el enorme lomo convexo, magnífico con sus sedas azul oscuro y su turbante rojo. La multitud era estruendosa. Tal vez algunos estaban saludando al héroe del chatir, pues Karim montaba un nervioso semental gris de ojos fieros, inmediatamente detrás del elefante real.
Khuff emitió una orden ronca y atronadora, y su caballo salió al trote en seguimiento del elefante del rey y de Karim. A continuación, los otros infantes se pusieron en fila y todos salieron de la plaza. Más atrás
avanzaron los caballos y luego los camellos; después, cientos de asnos de carga con los ollares rasgados quirúrgicamente para que aspiraran más aire al desplazarse. Los soldados de a pie ocupaban la retaguardia.
Una vez más, Rob se encontró en el tercer cuarto de la alineación, al parecer la posición que le correspondía cuando viajaba formando en partidas numerosas. Eso significaba que él y Mirdin tendrían que tragar constantes nubes de polvo; previsoramente, se quitaron los turbantes y se pusieron los sombreros de cuero de judíos, que protegían mejor del polvo y del sol.
Rob se alarmó con su camella. Cuando se arrodilló y él instaló su considerable peso en el lomo, la bestia gimió audiblemente, gruñó y se quejó al ponerse otra vez en cuatro patas. Rob no podía creerlo: estaba más alto que cuando montaba a caballo; botaba y oscilaba, y contaba con menos grasa y carne para acolchar su trasero.
Mientras cruzaban el puente del Río de la Vida, Mirdin le echó un vistazo y sonrió.
—¡Aprenderás a quererla! —gritó a su amigo.
Rob nunca aprendió a quererla. Siempre que tenía la oportunidad, la bestia le escupía gotas viscosas y, como si fuera un perro, quería morderlo.
Tuvo, pues, que atarle las quijadas. También intentaba cocearlo, a la manera de las mulas ariscas. En todo momento debía cuidarse de su montura.
Le gustaba viajar con soldados delante y atrás; pensaba que podían formar parte de una antigua cohorte romana y le encantaba imaginarse como miembro de una legión que llevaba la ilustración por donde iba. La fantasía se disipó aquella misma tarde, porque no montaron un campamento romano como es debido.
Ala tenía su tienda, mullidas alfombras y músicos, cocineros y servidores en abundancia para hacer su voluntad. Los demás escogieron un trozo de terreno y se envolvieron en sus ropas. El hedor a excrementos animales y humanos flotaba por todas partes, y si llegaban a un arroyo, dejaban fétidas sus aguas antes de marcharse.
De noche, tendidos en la oscuridad sobre el duro suelo, Mirdin seguía enseñándole las leyes del Dios judío. El consabido ejercicio de enseñanza y aprendizaje los ayudaba a olvidar incomodidades y aprensiones. Analizaron docenas de mandamientos, y Rob hacía excelentes progresos, llegando a observar que ir a la guerra podía brindarle una ocasión ideal para estudiar.
La voz serena y erudita de Mirdin parecía afirmar que verían días mejores.
Durante una semana, consumieron sus propias existencias, pero luego desaparecieron todas las provisiones, tal como estaba planeado. Encargaron de la intendencia a cien soldados de infantería, y los hicieron avanzar delante de la partida principal. Registraban el campo con habilidad, y se convirtió en un espectáculo cotidiano verlos conducir cabras o manadas de ovejas, arrastrar aves y todo tipo de productos. Se seleccionaba lo mejor para el sha, y el resto se distribuía, de modo que todas las noches se encendían centenares de fuegos para cocinar y los expedicionarios comían bien.
En cada nuevo campamento se montaba diariamente una consulta médica, al alcance de la vista de la tienda del rey para desalentar a los simuladores, pero la cola era larga. Una noche, Karim se acercó a ellos.
—¿Quieres trabajar? Necesitamos ayuda —le dijo Rob.
—Lo tengo prohibido. Debo permanecer junto al sha.
—Ah.
Karim esbozó su sonrisa torcida.
—¿Queréis más comida?
—Tenemos suficiente —respondió Mirdin.
—Puedo conseguiros lo que queráis. Tardaremos unos meses en llegar a los rediles de elefantes de Mansura. Haríais bien en volver lo más cómoda posible vuestra marcha.
Rob pensó en todo lo que le había contado Karim durante la plaga de Shiraz. El ejército que pasó por la provincia de Hamadhan durante su infancia había amargado los últimos días de la vida de sus padres. Ahora Rob se preguntó cuántos bebés serían aplastados contra las rocas para no someterlos a la inanición debido al paso de aquel ejército.
Después se sintió avergonzado de la animosidad que sentía por su amigo, pues él no era responsable de la ofensiva.
—Sí, quiero pedirte algo. Deberían abrirse zanjas en los cuatro perímetros del campamento, para usarlos como letrinas.
Karim asintió.
La sugerencia se aplicó de inmediato, junto con el anuncio de que el nuevo sistema era una orden de los cirujanos. Eso no les dio popularidad porque ahora todas las tardes los fatigados soldados tenían que cavar, y todo el que despertara durante la noche con retortijones y apretándose las tripas debía tambalearse en medio de la oscuridad en busca de una zanja. Los infractores eran castigados con las varas. Pero el hedor había disminuido, y era mejor olvidar la preocupación de no pisar excrementos humanos al levantar el campamento por la mañana.
Casi todos los soldados los miraban con blando desdén. Todos sabían que Mirdin se había presentado sin armas, y Khuff tuvo que darle la espada de un guardia, que por lo general Mirdin olvidaba ceñirse. Los sombreros de cuero también los diferenciaba de los demás, como la costumbre de levantarse temprano y alejarse andando del campamento para ponerse sus taleds, recitar bendiciones y atarse tiras de cuero alrededor de los brazos y las manos.
Mirdin estaba perplejo.
—Aquí no hay otros judíos para espiarte y sospechar de ti, de modo que no entiendo por que rezas conmigo. —Sonrió al ver que Rob se encogía de hombros—. Sospecho que una pequeña porción de ti se ha vuelto judía.
—No.
Le contó a Mirdin que el día que había decidido asumir la identidad judía fue a la catedral de la Santa Sofía, en Constantinopla, y prometió a Jesús que nunca lo abandonaría.
Mirdin asintió y dejó de sonreír. Ambos eran lo bastante sensatos para no proseguir con el tema. Sabían que había cosas en las que nunca coincidirían porque habían sido criados en distintas convicciones respecto de Dios y del alma humana, pero se contentaban con evitar esos escollos y compartir su
amistad como hombres razonables, como médicos y, ahora, como torpes soldados.
Cuando llegaron a Shiraz, tal como estaba acordado, el kelonter salió a recibirlos al otro lado de las murallas, con una reata de animales cargados de forraje, sacrificio que salvó al distrito de Shiraz de ser indiscriminadamente saqueado por los forrajeadores. Tras rendir homenaje al sha, el kelonter abrazó a Rob, a Mirdin y a Karim, que se sentaron con él a beber vino y recordar los tiempos de la plaga.
Rob y Mirdin lo acompañaron hasta las puertas de la ciudad. Al volver, sucumbieron ante un tramo de camino llano y suave y al vino que recorría sus venas, e hicieron una carrerilla con sus camellos. Para Rob fue una revelación, pues lo que había sido un andar pesado se convertía en otra cosa cuando la camella corría. La zancada de la bestia se alargó, y cada paso era un salto gigantesco que la llevaba con su jinete por el aire con un ímpetu estable y estrepitoso. Rob se sentía cómodo, y gozó de diversas sensaciones flotó, rugió y se transformó en medio del viento.
Ahora comprendía por qué los judíos persas habían acuñado para esa variedad de animales un nombre hebreo que el pueblo había adoptado: gemala sarka, camellos volantes.
La camella gris se esforzó denodadamente y, por primera vez, Rob sintió afecto por ella.
—¡Venga, muñequita! ¡Vamos, chica! —le gritaba, mientras avanzaba a la velocidad del rayo hacia el campamento.
Ganó el camello de Mirdin, pero la contienda dejó a Rob de muy buen humor. Solicitó forraje extra a los cuidadores de los elefantes y se lo dio con sus propias manos. La bestia aprovechó para morderle el antebrazo. El mordisco no le rasgó la piel, pero le ocasionó un desagradable moretón púrpura que le duró varios días, momento en que decidió bautizarla. Le puso Bitch como les decían en su lengua a las putas.
58
LA INDIA
Más al sur de Shiraz, tomaron la Ruta de las Especias y la siguieron hasta que, para esquivar el terreno montañoso del interior, se aproximaron a la costa cerca de Ormuz. Corría el invierno, pero el aire del golfo era cálido y perfumado. A veces, después de montar el campamento y a última hora del día, los soldados y sus animales se bañaban en la tibia salinidad de las playas arenosas, mientras los centinelas vigilaban por si aparecían tiburones. Ahora, entre la gente que veían, había tantos negros o beluchistaníes como persas. Eran pueblos pescadores o, en los oasis que brotaban de las arenas costeras granjeros que cultivaban datileros y granados. Vivían en tiendas o en casas de piedra enlucidas con barro y de techo plano. De vez en cuando, los invasores atravesaban un wadi, donde muchas familias vivían en cuevas. A Rob le parecía una tierra horrible, pero Mirdin se fue alegrando a medida que avanzaban y miraba a su alrededor con ojos tiernos.
Al llegar a la aldea de pescadores de Tiz, Mirdin cogió de la mano a Rob y lo llevó a la orilla del agua.
—Allá, al otro lado —dijo mientras señalaba el golfo—, está Masqat.
Desde aquí, una barca podría llevarnos a casa de mi padre en unas horas.
Estaba seductoramente cerca, pero a la mañana siguiente levantaron el campamento, y a cada paso se fueron alejando de la familia.
Casi un mes después de la partida de Ispahán dejaron atrás Persia. Se produjeron cambios. Ala ordenó que todas las noches se formaran tres círculos de centinelas alrededor del campamento, y cada mañana se pasaba un nuevo santo y seña a los hombres; todo el que intentara entrar en el campamento sin conocer la contraseña, sería ejecutado.
En cuanto pisaron el suelo extranjero de Sind, los soldados dieron rienda suelta a su instinto, y un día los encargados de la intendencia volvieron al campamento arrastrando a unas mujeres de la misma manera que arrastraban animales. Ala dijo que les permitiría llevar hembras al campamento esa única noche y nunca más. Sería bastante difícil que seiscientos hombres se aproximaran a Mansura sin ser descubiertos, y el sha no quería que los rumores llegaran antes que ellos debido a las mujeres que violaban a su paso.
Fue una noche de desenfreno. Vieron que Karim seleccionaba con gran cuidado a cuatro mujeres.
—¿Para qué necesita cuatro? —preguntó Rob.
—No son para él —dijo Mirdin.
Era verdad. Observaron que Karim llevaba a las mujeres a la tienda del rey.
—¿Para esto nos esforzamos en ayudarlo a aprobar el examen y convertirse en médico? —dijo Mirdin amargamente, y Rob no respondió.
Las demás mujeres pasaron de hombre en hombre, en turnos que éstos habían echado a suertes. Los que esperaban observaban los apareamientos y chillaban, y los centinelas eran relevados cuando les llegaba el turno de compartir los despojos.
Mirdin y Rob permanecieron apartados, con una bota llena de vino agrio.
Al principio intentaron estudiar, pero no era momento para repasar las leyes del Señor.
—Ya me has enseñado más de cuatrocientos mandamientos —dijo Rob asombrado—. En breve habremos acabado.
—Me he limitado a enumerarlos. Hay sabios que dedican su vida entera a tratar de comprender los comentarios sobre una sola de las leyes.
La noche estaba plagada de gritos y ruidos propios de borracheras.
Durante años Rob se había dominado bien y evitado beber mucho, pero ahora se sentía solo y con una necesidad sexual no disminuida por la morbosidad que reinaba a su alrededor, y bebió con excesiva avidez.
Poco después estaba agresivo. Mirdin, sorprendido de que aquel fuese su amigo bondadoso y razonable, no lo justificó. Pero un soldado que pasaba tropezó con él y habría sido objeto de su cólera si Mirdin no lo hubiese tranquilizado y confortado, mimándolo como a un niño malcriado y llevándoselo a dormir.
Cuando Rob despertó por la mañana, las mujeres se habían ido y pagó su estupidez cabalgando con un terrible dolor de cabeza. Mirdin, que en ningún momento dejaba de ser estudiante de medicina, incrementó su sufrimiento interrogándolo con todo detalle y, finalmente, comprendió
mejor por qué algunos hombres debían tratar al vino como si fuera veneno y hechicería.
A Mirdin no se le había ocurrido llevar un arma para la ofensiva, pero sí el juego del sha, que resultó una bendición, porque jugaban todas las tardes hasta que caía la oscuridad. Ahora las partidas eran más reñidas, y en alguna ocasión en que lo acompañó la suerte, Rob ganó.
Frente al tablero le confió su inquietud por Mary.
—Sin duda está bien, porque Fara dice que tener bebés es algo que las mujeres han aprendido hace mucho tiempo —comentó Mirdin alegremente.
Rob se preguntó en voz alta si sería niña o niño.
—¿Cuántos días después del menstruo tuvisteis contacto?
Rob se encogió de hombros.
—Al-Habib ha escrito que si tiene lugar entre el primero y el quinto día después de la sangre, será varón. Si ocurre entre el quinto y el octavo, será niña.
Vaciló, y Rob se dio cuenta de que titubeaba, porque al-Habib también había escrito que si la cópula tenía lugar después del decimoquinto día, existía la posibilidad de que el bebé fuera hermafrodita.
—Al-Habib también ha dicho que los padres de ojos pardos engendran hijos y los de ojos azules, hijas. Pero yo vengo de una tierra donde la mayoría de los hombres tienen ojos azules y siempre han tenido muchos hijos varones —dijo Rob malhumorado.
—Indudablemente, al-Habib sólo se refería a la gente normal que suele encontrarse en Oriente —conjeturó Mirdin.
A veces, en lugar de dedicarse al juego del sha, repasaban las enseñanzas de Ibn Sina sobre el tratamiento de las heridas de guerra, o pasaban revista a sus provisiones y se cercioraban de estar preparados para cumplir su tarea de cirujanos. Fue una suerte que lo hicieran, porque una noche Ala los invitó a compartir la cena en su tienda y a responder a preguntas acerca de sus preparativos. Karim estaba allí y saludó incómodo a sus amigos; pronto fue evidente que le habían ordenado interrogarlos y poner en tela de juicio su eficacia.
Los sirvientes llevaron agua y trapos para que se lavaran las manos antes de comer. Ala hundió las manos en un cuenco de oro bellamente repujado y se las secó con toallas de lino azul claro con versículos del Corán bordados con hilo de oro.
—Cuéntanos cómo tratarías heridas de estocadas —dijo Karim.
Rob repitió lo que le había enseñado Ibn Sina: era preciso hervir aceite y volcarlo en la herida a la mayor temperatura posible, para evitar la supuración y los malos humores.
Karim asintió.
Ala estaba pálido. Dio instrucciones de que si él mismo se encontraba mortalmente herido, debían dosificarlo con soporíferos para aliviar el dolor inmediatamente después de que un mullah lo hubiese acompañado en la última oración.
La comida era sencilla en relación con lo que el soberano acostumbraba tomar: aves asadas en espetones y verduras de verano recogidas a lo largo del camino. Con todo, los alimentos estaban mejor preparados que el rancho que ellos solían ingerir, y se los sirvieron en platos. Después, mientras tres músicos interpretaban sus dulcimeres, Mirdin puso a prueba a Ala en el juego del sha, pero fue fácilmente vencido.
Fue un cambio oportuno en su rutina, pero Rob se alegró de separarse del rey. No envidiaba a Karim, que solía desplazarse en el elefante Zi sentado con el sha en la caja.
Pero Rob no había perdido su fascinación por los elefantes, y los observaba de cerca siempre que se le presentaba la ocasión. Algunos iban cargados con bultos de cotas de malla similares a las armaduras de los guerreros humanos. Cinco elefantes acarreaban a veinte mahouts de más, llevados por Ala como exceso de equipaje con la esperanzada expectativa de que en el viaje de vuelta a Ispahán se ocuparan de atender a los elefantes conquistados en Mansura. Todos los mahouts eran indios aprehendidos en ataques anteriores, pero habían sido excelentemente tratados y retribuidos con generosidad, según su valía, y el sha no abrigaba la menor duda sobre su lealtad.