Médico, El
El Cirujano de Guerra
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Los elefantes se ocupaban de su propio forraje. Al final de cada día, sus oscuros y menudos cuidadores los acompañaban hasta las vegetaciones donde se hartaban de hierba, hojas, ramitas y cortezas. A menudo conseguían su alimento derribando árboles con gran facilidad.
Un atardecer, mientras se alimentaban los elefantes, ahuyentaron de los árboles a una chillona banda de pequeños seres peludos y con rabo, muy semejantes al hombre. Por sus lecturas, Rob sabía que eran monos. A partir de entonces, vieron monos todos los días, además de una gran diversidad de aves de plumaje brillante y alguna serpiente en la tierra y en los árboles.
Harsha, el mahout del sha, informó a Rob que algunas de esas serpientes eran venenosas.
—Si muerden a alguien, debe usarse una cuchilla para abrir el lugar de la dentellada, y es necesario chupar todo el veneno y escupirlo. Luego hay que matar a un animal pequeño y atar su hígado a la herida para que atraiga la ponzoña. —El indio advirtió que quien chupara la herida no debía tener ninguna herida ni corte en la boca—. Si lo tuviera, el veneno entraría en su organismo y moriría en el plazo de media tarde.
Vieron las estatuas de unos Budas, grandes dioses sentados de los que algunos hombres se mofaron con cierta incomodidad, aunque nadie los profanó, pues aunque se decían unos a otros que Alá era el único Dios verdadero, las figuras inmemoriales contenían una regocijada y sutil amenaza que les recordó que estaban a gran distancia de sus hogares. Rob levantó la vista para mirar a los acechantes dioses de piedra, y los conjuró recitando, silencioso, el Paternoster de San Mateo. Esa noche Mirdin hizo probablemente lo mismo, porque, tendido en el suelo y rodeado del ejército persa, le dio una lección especialmente entusiasta sobre la ley.
Esa noche llegaron al mandamiento quinientos veinticuatro, a primera vista un edicto enigmático: «Si un hombre ha cometido un pecado que merece la muerte y es condenado a muerte, y tú lo cuelgas de un árbol, su cuerpo no permanecerá en el árbol toda la noche, pues tú lo enterrarás el mismo día.»
Mirdin le dijo que prestara especial atención a las palabras.
—Ateniéndonos a ellas no estudiamos cadáveres humanos, como hacían los griegos paganos.
A Rob se le puso la piel de gallina y se incorporó.
—Los sabios y eruditos extraen tres edictos de este mandamiento —
prosiguió Mirdin—. Primero, si el cadáver de un criminal convicto ha de ser tratado con tal respeto, el cadáver de un ciudadano respetado debe ser igualmente enterrado a toda prisa, sin verse sometido a la vergüenza o la desgracia. Segundo, quien mantiene a sus muertos insepultos durante toda la noche transgrede un mandamiento negativo. Y tercero, el cuerpo debe ser enterrado entero y sin cortes, pues si se deja fuera una pequeña cantidad de tejido, por mínima que sea, es lo mismo que si no hubiera entierro.
—Y de ahí se derivan todos los males —concluyó Rob, extrañado—.
Como esta ley prohíbe dejar sin enterrar el cadáver de un asesino, cristianos, musulmanes y judíos han impedido a los médicos estudiar aquello que intentan curar.
—Es un mandamiento de Dios —justificó Mirdin con tono sereno.
Rob se tumbó y fijó la vista en la oscuridad. Cerca, un soldado de infantería roncaba audiblemente, y más allá alguien carraspeó y escupió.
Por enésima vez, se preguntó qué hacía mezclado con aquella gente.
—Yo creo que vuestra costumbre es una falta de respeto para con los muertos. Los arrojáis a la tierra con tanta prisa como si no vierais la hora de quitároslos de encima.
—Es cierto que no somos remilgados con los cadáveres. Pero después del funeral honramos la memoria del muerto en el shiva, siete días en que los deudos permanecen encerrados en sus casas, lamentándose y orando.
La frustración hizo que Rob se sintiera tan violento como si hubiera bebido en exceso.
—No tiene ningún sentido. Se trata de un mandamiento dictado por la ignorancia.
—¡No te permito decir que la palabra de Dios es ignorante!
—No estoy hablando de la palabra de Dios, sino de la interpretación que hace el hombre de la palabra de Dios. Eso es lo que ha mantenido al mundo
en la ignorancia y la oscuridad a lo largo de mil años.
Mirdin guardó silencio un momento.
—Nadie ha pedido tu aprobación —dijo finalmente—. Además, no es sensata ni decorosa. Lo único que acordamos fue que estudiarías las leyes de Dios.
—Sí, acepté estudiarlas. Pero no accedí a cerrar mi mente ni a callar mi criterio.
Esta vez Mirdin no respondió.
Dos días después, llegaron por fin a los márgenes de un gran río, el Indo.
Había un vado fácil unas millas al norte, pero los mahouts les informaron de que a veces estaba custodiado por soldados, de modo que recorrieron unas millas rumbo al sur, en busca de otro vado, más profundo pero igualmente practicable. Khuff destinó una partida de hombres a construir balsas. Los que sabían nadar cruzaron con los animales hasta la otra orilla.
Quienes no eran nadadores subieron a bordo de las balsas. Algunos elefantes caminaban por el lecho del río, totalmente sumergidos pero asomando la trompa para respirar. Cuando el río se volvió demasiado profundo incluso para ellos, los elefantes nadaron como los caballos.
En la otra orilla, la expedición se reunió y reemprendió su avance hacia el norte, en dirección a Mansura, desviándose ampliamente del vado custodiado.
Karim llamó a Mirdin y Rob a presencia del sha, y durante un buen rato fueron con él a lomos de Zi. Rob tenía que hacer un esfuerzo para concentrarse en las palabras del rey, porque el mundo era diferente desde lo alto de un elefante.
En Ispahán, los espías del sha le habían informado que Mansura no estaba bien defendida. El antiguo rajá del lugar, un feroz comandante, había muerto recientemente y se decía que sus hijos eran pésimos militares y que no protegían con eficacia sus guarniciones.
—Tendré que enviar una partida de reconocimiento —decidió Ala—. Iréis vosotros, pues se me ocurre que dos mercaderes Dhimmi podrán aproximarse a Mansura sin despertar comentarios.
Rob reprimió el impulso de mirar a Mirdin.
—Debéis descubrir si hay trampas para elefantes cerca de la aldea. A veces, esta gente construye armazones de madera de las que sobresalen afilados pinchos de hierro, y las entierran en zanjas poco profundas excavadas en la parte exterior de sus murallas. Estos artilugios estropean las patas de los elefantes, y debemos enterarnos de que aquí no los hay, antes de hacer pasar a nuestras bestias.
Rob asintió. Cuando uno va montado en un elefante todo parece posible.
—Sí, Majestad —respondió al sha.
Los atacantes acamparon a la espera del regreso de los exploradores. Rob y Mirdin dejaron sus camellos, obviamente bestias militares entrenadas para la velocidad y no para la carga, y se alejaron del campamento montados en sendos asnos.
La mañana era fresca y soleada. En la selva frondosa las aves chillaban y un grupo de monos se burló de ellos desde un árbol.
—Me encantaría hacer la disección de un mono.
Mirdin todavía estaba enfadado con él, y descubrió que ser observador secreto le gustaba menos aún que ser soldado.
—¿Una disección? ¿Por qué?
—Para descubrir lo que pueda —replicó Rob—. De igual modo que Galeno abrió macacos para aprender.
—Pensaba que habías decidido ser médico.
—Eso es ser médico.
—No; eso es ser taxidermista. Yo seré médico y pasaré toda mi vida atendiendo al pueblo de Masqat en tiempos de enfermedad, que es lo que debe hacer un médico. ¡Tú no eres capaz de decidir si quieres ser cirujano, taxidermista, médico o... comadrona con cojones! ¡Quieres hacerlo todo!
Rob sonrió a su amigo pero no hizo comentario alguno. Carecía de defensas, pues, en gran medida, era verdad aquello de que lo acusaba Mirdin.
Viajaron un rato en silencio. Dos veces se cruzaron con indios: un granjero que iba hundido hasta los tobillos en el lodo de una acequia a la vera del camino, y dos hombres cargados con un poste del que colgaba un canasto lleno de ciruelas amarillas. Estos últimos los saludaron en una lengua que ni Rob ni Mirdin entendían, y sólo pudieron responder con una sonrisa.
Rob esperaba que no llegaran andando al campamento, pues quienquiera que tropezara con los invasores sería inmediatamente convertido en cadáver o en esclavo.
Al cabo de poco, media docena de hombres que conducían burros se acercaron a ellos por un recodo, y Mirdin sonrió a Rob por primera vez, pues esos viajeros usaban polvorientos sombreros de cuero como los de ellos y caftanes negros que daban testimonio de esforzados viajes.
—¡Shalom! —los saludó Rob cuando estuvieron cerca.
—¡Shalom aleikhem! Feliz encuentro.
El portavoz y jefe dijo que se llamaba Hillel Nafthali, de Ahwaz, mercader en especias. Era conversador y sonriente. Una marca de nacimiento lívida, en forma de fresa, cubría la mejilla bajo su ojo izquierdo.
Parecía dispuesto a pasar el día entero en presentaciones y explicaciones genealógicas. Uno de los que lo acompañaban era su hermano Ari, otro era hijo suyo, y los otros tres eran maridos de sus hijas. No conocía al padre de Mirdin, pero había oído hablar de la familia Askari, compradores de perlas de Masqat. El intercambio de nombres se prolongó hasta que por último llegaron a un primo lejano de apellido Nafthali, al que Mirdin sí había conocido, y de este modo ambas partes quedaron satisfechas al comprobar que no eran extraños.
—¿Venís del norte? —preguntó Mirdin.
—Hemos estado en Multan, haciendo un pequeño recado —dijo Nafthali con un tono que indicaba la magnitud de la transacción—. ¿Adónde viajáis vosotros?
—A Mansura. Por negocios, un poco de esto y otro poco de aquello —
dijo Rob, y los hombres asintieron respetuosamente—. ¿Conocéis bien
Mansura?
—Muy bien. De hecho, ayer pasamos la noche allí con Ezra ben Husik, que comercia con granos de pimienta. Un hombre muy valioso y siempre hospitalario.
—Entonces, ¿has observado la guarnición del lugar? —preguntó Rob.
—¿La guarnición?
Nafthali los miró fijamente, desconcertado.
—¿Cuántos soldados hay estacionados en Mansura? —preguntó tranquilamente Mirdin.
En cuanto comprendió, Nafthali retrocedió, espantado.
—Nosotros no nos mezclamos en esas cosas —dijo en voz baja, casi en un susurro.
Comenzaron a apartarse, al cabo de un instante habrían desaparecido. Rob sabía que ese era el momento de dar una prueba de buena fe.
—No debéis llegar muy lejos por este camino si no queréis poner en peligro vuestra vida. Y tampoco debéis regresar a Mansura.
Lo contemplaron, ahora pálidos.
—Entonces, ¿adónde podemos ir? —quiso saber Nafthali.
—Sacad a vuestros animales del camino y ocultaos en el bosque.
Permaneced escondidos tanto tiempo como sea necesario... hasta que hayáis oído que pasa el último de un gran número de hombres. Después volved al camino e id a Ahwaz a toda velocidad.
—Muchas gracias —dijo Nafthali, impresionado.
—¿Es prudente que nos aproximemos a Mansura? —preguntó Mirdin.
El mercader de especias movió la cabeza afirmativamente.
—Están acostumbrados a ver comerciantes judíos.
Rob no estaba satisfecho. Recordó el idioma por señas que Loeb le había enseñado camino del este, las señales secretas con que los mercaderes judíos de Oriente cerraban sus tratos sin conversar. Extendió la mano y le dio la vuelta, haciendo la señal que significaba «¿Cuántos?»
Nafthali lo observó. Por último, apoyó la mano derecha en su codo izquierdo, que quería decir centenas. Después extendió los cinco dedos.
Ocultando el pulgar de la mano izquierda, extendió los otros cuatro dedos y lo apoyó en su codo derecho.
Rob tenía que cerciorarse de haberlo entendido bien.
—¿Novecientos soldados?
Nafthali asintió.
—Shalam —dijo con serena ironía.
—La paz sea con vosotros—dijo Rob.
Llegaron al límite del bosque y divisaron Mansura. La aldea estaba enclavada en un pequeño valle, al pie de una vertiente pedregosa. Desde lo alto distinguieron la guarnición y cómo estaba dispuesta: barracas, campos de entrenamiento, caballerizas, rediles de elefantes. Rob y Mirdin tomaron nota de la situación de todos los efectivos y grabaron los datos en su memoria.
Tanto la aldea como la guarnición estaban rodeadas por una única empalizada de troncos hincados en el suelo, muy juntos, con la parte de arriba afilada para dificultar la trepa.
Cuando se acercaron a la empalizada, Rob azuzó su asno con un palo, y luego, seguido por gritos y risas infantiles, lo guió rodeando la parte exterior de la empalizada mientras Mirdin hacía lo mismo en dirección contraria, como para cortar la retirada al animal aparentemente desmandado. No había indicios de trampas para elefantes.
Ellos no se detuvieron; de inmediato giraron al oeste y no tardaron mucho en regresar al campamento.
El santo y seña del día era mahdi, que significa «salvador»; después de pasarlo ante tres líneas de centinelas, pudieron seguir a Khuff hasta la tienda del sha.
Ala arrugó la frente cuando se enteró de que había novecientos soldados, pues sus espías le habían hecho creer que Mansura no estaba tan bien defendida. Pero no se amilanó.
—Si logramos caer por sorpresa, todas las ventajas estarán de nuestro lado.
Mediante dibujos en la tierra, Rob y Mirdin indicaron los detalles de las fortificaciones y el emplazamiento de los rediles para elefantes, mientras el sha escuchaba con atención y formulaba mentalmente sus planes.
Los hombres habían pasado toda la mañana atendiendo los equipos, engrasando los arneses, afilando las hojas cortantes de sus armas.
Pusieron vino en los cubos de los elefantes.
—No mucho. Sólo lo suficiente para que se pongan de mal humor y estén dispuestos a luchar —aconsejó Harsha a Rob, que asintió maravillado—.
Sólo se les da vino antes del combate.
Las bestias parecían comprender de qué se trataba. Se movían inquietas, y sus mahouts tenían que estar alerta mientras los soldados desempacaban las cotas de los elefantes, los cubrían con ellas y las ajustaban. Encajaron en sus colmillos espadas pesadas y especialmente largas, con encajes en lugar de empuñaduras. A la de fuerza bruta que ya poseían se sumó así un elemento nuevo de eficacia mortífera.
Hubo un estallido de nerviosa actividad cuando Ala ordenó que se movilizara toda la partida. Bajaron por la Ruta de las Especies lentamente, muy lentamente, porque la regularidad era muy importante y Ala quería arribar a Mansura a la caída de la tarde. Nadie hablaba. Sólo se cruzaron con unos pocos desdichados, que de inmediato fueron aprehendidos, atados y custodiados por soldados de infantería para que no pudieran dar la alarma.
Al llegar al lugar donde habían visto por última vez a los judíos de Ahwaz, Rob pensó que esos hombres estaban ocultos en las cercanías, escuchando el ruido de los cascos de los animales, las pisadas de los soldados de a pie y el suave cascabeleo de las cotas de malla de los elefantes.
Salieron del bosque cuando el crepúsculo empezaba a tender su manto sobre el mundo y, bajo la cobertura de las penumbras, Ala desplegó sus fuerzas en la cumbre de la colina. A cada elefante —sobre los que iban sentados cuatro arqueros espalda contra espalda— le seguían espadachines en camellos y equinos, y tras la caballería avanzaban los infantes armados con lanzas y cimitarras.
Dos elefantes que no tenían avíos de combate y sólo llevaban a sus mahouts, se apartaron a una señal. Los que estaban en lo alto de la colina los observaron descender lentamente en medio de la pacífica luz grisácea.
Más allá, de un lado a otro de la aldea, llameaban los fuegos donde las mujeres preparaban la cena. Cuando los dos elefantes llegaron a la empalizada, bajaron la cabeza, como para embestir los troncos.
El sha levantó el brazo. Los elefantes avanzaron. Se oyó barritar y una serie de ruidos sordos a medida que caía la empalizada. Entonces, el sha bajó el brazo y los persas iniciaron su avance. Los elefantes bajaron ansiosos la colina. Detrás, camellos y caballos salieron al paso largo y en seguida iniciaron el galope. De la aldea brotaban los primeros gritos débiles.
Rob había desenvainado la espada y la usaba para golpear los flancos de Bitch, pero la camella no necesitaba que la apremiaran. En principio sólo se oía el suave chocar de los cascos y el tintineo de las cotas de malla, pero luego seiscientas voces lanzaron su grito de batalla, y de inmediato se les unieron las bestias: los camellos bramaban, los elefantes barritaban y todo era espeluznante.
A Rob se le pusieron los pelos de punta y aullaba como una bestia cuando los atacantes de Ala cayeron sobre Mansura.
59
EL HERRERO INDIO
Rob tuvo impresiones fugaces, como si hojeara una serie de dibujos. La camella se abrió paso a gran velocidad a través de las ruinas astilladas de la empalizada. Mientras cabalgaba por la aldea, el miedo en los rostros de los lugareños que se escabullían frenéticamente le dio la extraña sensación de su propia invulnerabilidad, un conocimiento carnal que era una combinación de poder y vergüenza, como la sensación que había experimentado tiempo atrás en Inglaterra, cuando hostigó al viejo judío.
Al llegar a la guarnición, ya estaba desencadenada una batalla sin cuartel.
Los indios luchaban en tierra, pero entendían de elefantes y sabían cómo atacarlos. Los soldados de infantería, con largas picas, intentaban pinchar los ojos de los elefantes, y Rob vio que lo habían logrado con una de las
bestias sin armadura que habían derribado la empalizada. El mahout había desaparecido, sin duda asesinado. El elefante había perdido los dos ojos y permanecía de pie, ciego y tembloroso, barritando patéticamente.
Rob se encontró con la vista fija en un rostro moreno, vio la espada desenvainada, y observó el avance de la hoja. No recordaba haber decidido usar su sable a la manera de una delgada hoja francesa; empujó, sencillamente, y la punta se hundió en la garganta del indio. El hombre cayó y Rob se volvió hacia una figura que arremetía contra él desde el otro lado de la camella, y empezó a acuchillar.
Algunos indios blandían hachas y cimitarras e intentaban reducir a los elefantes tajeándoles la trompa o las patas, pero era una contienda desigual.
Los elefantes arremetían extendiendo sus orejas, anchas como velas.
Doblaban sus trompas hacia adentro, detrás de sus letales colmillos con espadas, y embestían como barcos con espolones, cayendo sobre los indios en cargas que dejaban a muchos fuera de combate. Los animales, de fuerza descomunal levantaban las patas en una especie de danza salvaje, y las dejaban caer golpeando el suelo de tal manera que hacían temblar la tierra.
Los hombres atrapados bajo los inflexibles cascos quedaban como uvas pisoteadas.
Rob estaba encerrado en un infierno de matanza y espantosos ruidos, gruñidos, bramidos, berridos, maldiciones, gritos y quejidos.
Zi, por ser el elefante más voluminoso y estar regiamente engalanado, atraía a más enemigos que cualquier otro. Rob vio que Khuff, que había perdido su caballo, luchaba sin apartarse de su sha. Ahora empuñaba su pesada espada, haciéndola girar por encima de su cabeza, gritando reniegos e insultos, mientras en lo alto del elefante Ala hacía buen uso de su arco.
En el fragor de la batalla, los hombres combatían con furia, todos atrapados en la misma carnicería.
Rob lanzó a su camella en pos de un lancero que lo eludió y huyó, y en ese momento vio a Mirdin de pie, con la espada a un costado de su cuerpo, aparentemente sin usar. Tenía a un herido entre los brazos y lo estaba arrastrando para apartarlo de la virulencia sanguinaria, ajeno a todo lo demás.
La escena conmovió a Rob como si le hubieran echado un jarro de agua fría. Parpadeó, soltó las riendas de Bitch y se apeó antes de que la camella estuviese del todo arrodillada. Se acercó a Mirdin y lo ayudó a evacuar al herido, que ya estaba gris a causa de una puñalada en el cuello.
A partir de ese momento, Rob olvidó la contienda y comenzó a esforzarse como médico.
Los dos cirujanos tendieron a los heridos en el interior de una casa, llevándolos de uno en uno mientras proseguía la matanza. Todo lo que podían hacer era recoger a las víctimas, pues sus provisiones preparadas con tanto cuidado seguían a lomos de media docena de asnos dispersos nadie sabía dónde, por lo que no había opio ni aceite, ni grandes existencias de trapos limpios; cuando necesitaban paños para restañar la sangre, los cortaban de la ropa de los muertos.
En breve la cruenta lucha se convirtió en una matanza. Los indios habían sido sorprendidos, y aunque aproximadamente la mitad había logrado encontrar sus armas y usarlas, los demás habían resistido con palos y piedras. Así, eran víctimas fáciles, aunque la mayoría luchaba desesperadamente con la certeza de que si se rendían deberían enfrentar una vergonzosa ejecución o vivir como esclavos o eunucos en Persia.
La carnicería se prolongó en la oscuridad. Rob desnudó su espada y, portando una antorcha, entró en una casa cercana. Dentro había un hombre pequeño y delgado, su mujer y dos hijos. Los cuatro rostros oscuros se volvieron hacia él, con los ojos fijos en la espada.
—Debéis iros sin ser vistos mientras haya tiempo —dijo Rob al hombre.
Pero no entendían el persa, y el hombre farfulló algo en su lengua.
Rob volvió a la puerta y señaló el bosque distante, volvió a entrar e hizo apremiantes movimientos con las manos.
El hombre asintió. Parecía aterrorizado, pues tal vez había bestias en el bosque. Pero reunió a su familia y, en un santiamén, salieron por la puerta.
En la casa Rob encontró lámparas. Luego, entró en otras viviendas, y descubrió aceite y trapos. Todo cuanto halló lo trasladó a donde estaban los heridos.
Entrada la noche, cuando concluyó la última refriega, los espadachines persas aniquilaron a todos los enemigos heridos, para comenzar después el pillaje y las violaciones. Rob, Mirdin y un puñado de soldados recorrieron el campo de batalla con antorchas. No recogían a los muertos ni a nadie que estuviese evidentemente moribundo, pero buscaban a los persas que aún podían salvarse. Mirdin encontró dos de los asnos con su preciosa carga de material sanitario, y a la luz de las lámparas los cirujanos comenzaron a tratar las heridas con aceite caliente, a coserlas y vendarlas. Amputaron cuatro miembros destrozados, pero murieron todos los pacientes de estas intervenciones, salvo uno. Así pasaron aquella terrible noche.
Tenían treinta y un pacientes, y con las primeras luces del amanecer sobre la asolada aldea, descubrieron a otros siete heridos pero vivos.
Después de la primera oración, Khuff transmitió la orden de que los cirujanos debían atender a cinco elefantes heridos antes de reanudar la cura de los soldados. Tres animales tenían cortes en las patas, a otro una flecha le había atravesado una oreja, y el quinto tenía la trompa abierta. Por recomendación de Rob, este último y aquel al que habían arrancado los ojos fueron sacrificados por los lanceros.
Después del plato matinal de pilah, los mahouts entraron en los rediles de elefantes de Mansura y empezaron a seleccionar a los animales, hablándoles tiernamente y tironeándoles las orejas con aguijadas ganchudas a las que daban el nombre de ankushas.
—Venga, papaíto.
—Muévete, hija mía. ¡Tranquilo, hijo! Mostradme lo que sois capaces de hacer, queridos míos.
—Arrodíllate, madre, y déjame montar en tu espléndida cabeza.
Con exclamaciones de ternura, los mahouts separaban a las bestias amaestradas de las todavía semisalvajes. Sólo podían llevar animales dóciles que les obedecieran en la marcha de regreso a Ispahán. Soltarían a los más salvajes, permitiéndoles volver a la selva.
A las voces de los mahouts se sumó otro sonido: el zumbido de las moscardas que ya habían descubierto los cadáveres. Pronto, con el calor
creciente del día, el hedor sería insoportable. Habían perecido sesenta y tres persas. Sólo se habían rendido ciento tres indios que conservaban la vida, y cuando Ala les ofreció la oportunidad de hacerse porteadores militares, aceptaron aliviados. En unos años ganarían la confianza de sus amos, y se les permitiría transportar las armas de los persas; preferían ser soldados a transformarse en eunucos. Empezaron a trabajar cavando una fosa común para los persas muertos.
Mirdin miró a Rob. «Peor de lo que temía», decían sus ojos. Rob pensaba lo mismo, pero le consoló que todo hubiera terminado, pues volverían a casa.
Pero Karim fue a hablar con ellos. Khuff había matado a un oficial indio, dijo, pero no antes de que la espada del enemigo partiera casi por la mitad el acero más blando de su enorme hoja. Karim había llevado la espada del capitán de las Puertas para mostrarles en qué estado había quedado. La espada del indio estaba hecha con el precioso acero de dibujos en espiral, y ahora la usaba Ala. El sha supervisó personalmente el interrogatorio de los prisioneros hasta averiguar que la espada era obra del artesano Dhan Vangalil, de Kausambi, una aldea situada tres días al norte de Mansura.
—Ala ha decidido marchar sobre Kausambi —concluyó Karim.
Apresarían al herrero indio y lo llevarían a Ispahán, donde fabricaría armas de acero ondulado para ayudar al sha a derrotar a sus vecinos y reconstituir la extensa Persia de tiempos pretéritos.
Era fácil de decir, pero resultó más difícil de lo esperado.
Kausambi era otra pequeña aldea de la margen occidental del Indo, y constaba de unas pocas docenas de destartaladas casas de madera sobre cuatro calles polvorientas que conducían a la guarnición militar. Una vez más lograron atacar por sorpresa, arrastrándose por el bosque que inmovilizaba la aldea contra la ribera. Cuando los soldados indios comprendieron que los estaban atacando, salieron disparados como monos sorprendidos y se internaron en la zona boscosa.
Ala estaba encantado, pensando que la cobardía enemiga le había servido en bandeja de plata la más fácil de sus victorias. No perdió un minuto en apoyar la espada en un cuello y decirle al aterrado aldeano que lo llevara
ante Dhan Vangalil. El fabricante de espadas era un hombre enjuto, de ojos que no mostraban la menor sorpresa, pelo gris y una barba blanca que intentaba ocultar un rostro ni joven ni viejo. Vangalil aceptó inmediatamente trasladarse a Ispahán para servir al sha Ala, pero aclaró que prefería la muerte a menos que el sha le permitiera llevar a su mujer, dos hijos y una hija, además de diversas pertenencias necesarias para fabricar el acero ondulado, incluida una enorme pila de lingotes cuadrados de duro acero indio.
El sha accedió en seguida. No obstante, antes de emprender el regreso volvieron las partidas de reconocimiento con inquietantes noticias. Las tropas indias, lejos de haber huido, habían ocupado posiciones en el bosque y a lo largo del camino, a la espera de caer sobre quien intentara salir de Kausambi.
Ala sabía que los indios no podían retenerlos indefinidamente. Como en Mansura, los soldados ocultos estaban mal armados; además, ahora se verían obligados a vivir de los frutos silvestres de la tierra. Los oficiales informaron al sha que sin duda habían enviado a sus mejores corredores a buscar refuerzos, pero la guarnición militar más cercana y de cierta importancia, se encontraba en Sehwan, a seis días de distancia.
—Debéis ir al bosque y barrerlos —ordenó Ala.
Los quinientos persas se dividieron en diez unidades de cincuenta combatientes cada una, todos soldados de infantería. Abandonaron la aldea y abordaron la maleza para buscar al enemigo, como quien sale a cazar jabalíes. Al tropezar con los indios se desencadenó una batalla feroz, sangrienta y prolongada.
Ala ordenó que sacaran a todas las víctimas del bosque, para que el enemigo no pudiera contarlas y enterarse de cómo menguaban sus fuerzas.
De modo que los muertos persas fueron tendidos en el polvo gris de una calle de Kausambi, para ser enterrados en fosas comunes por los prisioneros de Mansura. El primer cadáver que llevaron, en cuanto comenzó la refriega en el bosque, fue el del capitán de las Puertas. Khuff había muerto con una espada india clavada en la espalda. Era un hombre estricto y nunca sonreía, pero también era una leyenda. Las cicatrices de su cuerpo podían leerse
como una historia de cruentas campañas bajo el mandato de dos shas.
Durante todo el día, los soldados persas desfilaron ante su cadáver.
Todos estaban fríamente enfurecidos por su muerte, y no tomaron prisioneros: mataban a los indios incluso cuando se rendían. A su vez, debieron enfrentar el frenesí de hombres cazados que sabían que nadie sería misericordioso con ellos. El arte de la guerra era miserablemente cruel, con flechas despuntadas o con metales afilados. Sólo se oían puñaladas, estocadas y gritos.
Dos veces por día, reunían a los heridos en un claro, y uno de los cirujanos, fuertemente custodiado, salía a proporcionarles los primeros auxilios y trasladarlos a la aldea. El combate duró tres días. De los treinta y ocho heridos de Mansura, once murieron antes de que los persas abandonaran esa aldea, y otros diecisiete habían perecido en los tres días de marcha a Kausambi. A los once heridos que sobrevivieron gracias a los cuidados de Mirdin y Rob, se sumaron otros treinta y seis durante los tres días de batalla en el bosque. Murieron cuarenta y siete persas más.
Mirdin hizo otra amputación y Rob tres más, una de las cuales se limitó a fijar un colgajo de piel sobre un muñón perfectamente recortado por debajo del codo, cuando una espada india cercenó el antebrazo de un soldado. Al principio trataban a los heridos siguiendo las enseñanzas de Ibn Sina: hervían aceite y lo volcaban a la mayor temperatura posible sobre la herida, para evitar la supuración. Pero la mañana del último día Rob se quedó sin aceite. Recordando cómo atendía Barber las laceraciones con hidromiel, cogió una bota llena de vino y comenzó a lavar las heridas con él antes de vendarlas.
La última batalla comenzó al amanecer. A media mañana llegó un nuevo grupo de heridos, y los porteadores depositaron un cadáver envuelto de la cabeza a los tobillos en una manta robada a un indio.
—Aquí sólo entran los heridos —dijo Rob bruscamente.
Pero los soldados bajaron el cadáver y esperaron indecisos, hasta que, de repente, Rob notó que el muerto llevaba puestos los zapatos de Mirdin.
—Si hubiese sido un soldado corriente lo habríamos dejado en la calle —
informó uno de los porteros—. Pero como es hakim, se lo hemos traído al
otro hakim.
Explicaron que volvían con los heridos cuando un hombre saltó de entre los arbustos con un hacha. El indio sólo golpeó a Mirdin, pues de inmediato lo mataron.
Rob les dio las gracias y los soldados se alejaron.
Cuando apartó la manta de la cara comprobó que sin duda alguna era Mirdin. Tenía el rostro contorsionado, y parecía asombrado y dulcemente extravagante.
Rob cerró sus tiernos ojos y ató aquella mandíbula prominente, tosca y franca. Tenía la mente en blanco y se movía como si estuviese borracho. De vez en cuando, se alejaba para consolar a los agonizantes o a los heridos pero siempre volvía y se sentaba a su lado. En una ocasión besó la fría boca de Mirdin, aunque sabía que él no podía enterarse. Sentía lo mismo cada vez que intentaba retenerle la mano. Mirdin ya no estaba allí. Abrigó la esperanza de que su amigo hubiese cruzado uno de los puentes.
Finalmente, Rob lo dejó y trató de mantenerse alejado, trabajando ciegamente. Llevaron a un hombre con la mano derecha en pésimo estado y practicó la última amputación de la campaña, cortando por encima de la articulación de la muñeca. Cuando volvió junto a Mirdin, a mediodía, las moscas ya se habían reunido a su alrededor.
Apartó la manta y vio que el hacha había escindido el pecho de Mirdin.
Se inclinó sobre la gran herida y logró curiosear, abriéndola un poco con las manos.
Pasó por alto los hedores del muerto dentro de la tienda y el aroma de las hierbas pisoteadas. Los lamentos de los heridos, el zumbido de las moscas, los gritos lejanos y el fragor de la batalla desaparecieron de sus oídos.
Perdió la conciencia de que su amigo había muerto y olvidó la aplastante carga de su pesadumbre.
Por primera vez tuvo acceso a las vísceras de un hombre y tocó un corazón humano.
60
CUATRO AMIGOS
Rob lavó a Mirdin, le cortó las uñas, lo peinó y lo envolvió en su taled, del que cortó la mitad de uno de los bordes, según la tradición.
Buscó a Karim, que al enterarse de la noticia parpadeó como si lo hubieran abofeteado.
—No quiero que lo arrojen a la fosa común —dijo Rob—. Estoy seguro de que su familia vendrá a buscarlo para llevarlo a Masqat y enterrarlo entre los suyos, en sagrado.
Escogieron un lugar, delante de una roca redondeada, tan grande que los elefantes no podían moverla. Tomaron medidas y contaron los pasos desde la roca hasta el borde del camino. Karim aprovechó sus prerrogativas para obtener pergamino, pluma y tinta; después de cavar la sepultura, Rob levantó un mapa. Más adelante, volvería a dibujarlo todo y lo enviaría a Masqat. Si no había pruebas incontrovertibles de que Mirdin había muerto, Fara sería considerada una agunah, una esposa abandonada, y nunca le permitirían volver a casarse. Eso decía la ley: Mirdin se lo había enseñado.
—Ala querrá estar presente —dijo Karim.
Rob lo siguió con la mirada cuando se acercó al sha, que estaba bebiendo con sus oficiales, bañándose en el cálido destello de la victoria. Vio que escuchaba a Karim un momento y luego lo despedía con un ademán impaciente.
Rob experimentó una oleada de odio al recordar la voz del rey en la caverna y rememorar las palabras que había dicho a Mirdin: «Somos cuatro amigos.»
Karim volvió a su lado y dijo, avergonzado, que siguieran con la ceremonia. Murmuró unos fragmentos de oraciones islámicas mientras cubrían el sepulcro, pero Rob no intentó rezar. Mirdin merecía las voces afligidas del Haskavot, el cántico de enterramientos, y del kaddish. Pero este último debía ser entonado por diez judíos y él era un cristiano que se fingía ser hebreo, y permaneció obnubilado y en silencio mientras la tierra se cerraba sobre su amigo.
Esa tarde los persas no encontraron más indios que matar en el bosque. El camino de salida de Kausambi estaba abierto. Ala nombró capitán de las
Puertas a Farhad, un veterano de mirada dura que empezó a vociferar órdenes destinadas a fustigar a la tropa, a fin de disponer la partida.
En medio del júbilo general, Ala hizo un recuento. Tenía un fabricante de espadas indio. Había perdido dos elefantes en Mansura, pero se había apoderado de veintiocho en la misma plaza. Además, los mahouts encontraron cuatro elefantes jóvenes y sanos en un redil de Kausambi; eran animales de trabajo no entrenados para la batalla, pero seguían siendo valiosos. Los caballos indios eran achaparrados, y los persas hicieron caso omiso de ellos, pero habían descubierto una pequeña manada de camellos finos y veloces en Mansura, y docenas de otros, aptos para la carga, en Kausambi.
Ala no cabía en sí de gozo por el éxito de sus ataques.
Ciento veinte de los seiscientos soldados que habían seguido al sha desde Ispahán estaban muertos, y Rob se encontraba a cargo de cuarenta y siete heridos. Muchos de éstos se hallaban en estado grave y morirían durante el viaje, pero no los abandonarían en la aldea devastada. Todos los persas que se encontraran allí serían asesinados cuando llegaran los refuerzos indios.
Rob envió a unos soldados a registrar las casas para requisar alfombras y mantas, que se sujetaron entre palos, a fin de improvisar unas parihuelas. Al amanecer del otro día, cuando partieron, los indios apresados acarreaban las precarias camillas.
Fueron tres días y medio de viaje arduo y tenso hasta un lugar en el que podía vadearse el río sin tener que presentar batalla. En las primeras etapas del cruce dos hombres fueron arrastrados por las aguas y se ahogaron. En medio, el cauce del Indo era poco profundo pero rápido. Los mahouts situaron los elefantes río arriba, para frenar la fuerza de las aguas mediante aquel muro viviente, una nueva demostración del auténtico valor de estos animales.
Murieron primero los gravemente heridos: los que tenían el pecho perforado o el vientre tajeado, y un hombre que había recibido una puñalada en el cuello. En un solo día sucumbieron seis soldados. En quince días llegaron al Beluchistán, donde acamparon en unos terrenos en los que Rob acomodó a sus heridos en un granero. Al ver a Farhad intento hablarle, pero
el nuevo capitán de las Puertas no hizo más que darle largas pomposamente.
Por suerte, Karim lo oyó y de inmediato lo llevó a la tienda del sha.
—Me quedan veintiuno. Pero deben descansar un tiempo, pues de lo contrario también morirán, Majestad.
—Yo no puedo esperar por los heridos —dijo Ala, ansioso por desfilar triunfante por las calles de Ispahán.
—Solicito tu permiso para quedarme aquí con ellos.
El sha estaba atónito.
—No prescindiré de Karim para que te acompañe como hakim. Él debe volver conmigo.
Rob asintió.
Le asignaron quince indios y veintisiete soldados armados para llevar camillas, además de dos mahouts y los cinco elefantes lesionados, a fin de que continuaran recibiendo sus cuidados. Karim se ocupó de que descargaran varios sacos de arroz. A la mañana siguiente, el campamento bullía con el acostumbrado frenesí. Luego, el cuerpo principal de la partida se puso en camino. Cuando desapareció el último hombre, Rob quedó con sus pacientes y su puñado de ayudantes en una repentina ausencia de ruido que resultaba al mismo tiempo acogedora y desconcertante.
El reposo a la sombra y sin polvareda benefició a los pacientes, ahorrándoles los constantes saltos y traqueteos del viaje. El primer día en el granero murieron dos hombres y otro el cuarto día, pero los que se aferraban a la supervivencia resistieron, y la decisión de Rob de hacer una pausa en el Beluchistán les salvó la vida.
Al principio, los soldados se tomaron a mal las nuevas obligaciones. Los demás estarían en breve en Ispahán, donde serían recibidos con aclamaciones, mientras ellos seguían expuestos a todos los riesgos y obligados a realizar faenas sucias. La segunda noche se escabulleron dos miembros de la guardia armada, y nunca volvieron a verlos. Los indios desarmados no intentaron huir, lo mismo que los demás miembros de la guardia. Como soldados profesionales, pronto comprendieron que la
próxima vez podía tocarle a cualquiera de ellos, y se sintieron agradecidos de que el hakim pusiera en peligro su propia vida para ayudar al prójimo.
Todas las mañanas Rob destacaba partidas de caza que volvían con presas pequeñas, que aderezaban y guisaban con el arroz que les había dejado Karim. Los pacientes se recuperaban ante sus propios ojos.
Trataba a los elefantes como a los hombres, cambiando regularmente sus vendajes y bañando sus heridas con vino. Las grandes bestias permanecían impasibles y permitían que les hiciera daño, como si comprendieran que él era su benefactor. Los hombres eran tan resistentes como los animales, incluso cuando se les gangrenaban las heridas, y Rob no tenía más remedio que cortar la sutura y abrir la carne para limpiar el pus y empaparla en vino antes de volver a cerrarla.
Asistió a un hecho extraño: prácticamente en todos los casos que había tratado con aceite hirviendo, las heridas estaban inflamadas y supuraban.
Muchos de los pacientes habían muerto, en tanto la mayoría de aquellos cuyas heridas habían sido tratadas cuando ya no había aceite, no tenían pus y sobrevivieron. Comenzó a tomar notas, sospechando que esa sola observación podía hacer que su presencia en la India valiera para algo. Se había quedado casi sin vino, pero fabricar la Panacea Universal le había servido para aprender que donde había granjeros podían obtenerse barriles de bebidas fuertes. Comprarían más en el camino.
Al cabo de tres semanas, cuando abandonaron el granero, cuatro de sus pacientes estaban en condiciones de montar. Doce soldados iban sin carga para poder turnarse con los camilleros, lo cual permitía que en todo momento algunos descansaran. En la primera oportunidad que se presentó, Rob se desvió de la Ruta de las Especias y dio un rodeo. Éste les retrasaría casi una semana, lo que disgustó a los soldados. Pero Rob no quería arriesgar su reducida caravana siguiendo a las numerosas fuerzas del sha por un camino en el que los desenfrenados intendentes persas habían sembrado el odio y la inanición.
Tres elefantes aún cojeaban y no los cargaron, pero Rob montó en el que tenía cortes de escasa gravedad en la trompa. Se alegró de dejar a Bitch, y estaría contento si nunca tuviera que volver a cabalgar un camello. Por
contraste, el amplio lomo del elefante le proporcionaba comodidad, estabilidad y una visión regia del mundo.
Este agradable viaje le ofreció ilimitadas oportunidades de pensar, y el recuerdo de Mirdin lo acompañaba a cada paso, de modo que las maravillas que amenizan cualquier viaje fueron percibidas por sus ojos, pero le proporcionaron muy poco placer: el vuelo repentino de miles de pájaros, una puesta de sol que dejaba el cielo en llamas, la forma en que uno de los elefantes pisó el reborde de una zanja, que se derrumbó, y cómo el animal se sentó como un niño para deslizarse en la rampa resultante...
«¡Jesús —pensó—. O Shaddai, o Alá, o quien seas! ¿Cómo puedes permitir semejante pérdida?»
Los reyes conducían a hombres ordinarios a la batalla, y algunos de los sobrevivientes eran gentes de baja estofa y otros, individuos perversos, pensó con amargura. No obstante, Dios había permitido que segaran la vida de quien poseía cualidades de santidad y una mente que cualquier erudito envidiaba y ambicionaba. Mirdin habría pasado toda su vida tratando de curar y servir a la humanidad.
Desde el entierro de Barber, Rob no había estado tan conmovido y afectado por una muerte, y todavía mascullaba desesperado cuando llegaron a Ispahán. Se aproximaron a última hora de la tarde, de manera que la ciudad estaba tal como la vio por vez primera, con sus edificios blancos sombreados de azul y los tejados con el reflejo rosa de las montañas de arenisca. Cabalgaron directamente hasta el maristán, donde dejaron a los dieciocho heridos. Después fueron a los establos de la Casa del Paraíso, donde se libró de la responsabilidad de los animales, las tropas y los esclavos.
Luego, pidió su castrado castaño. Farhad, el nuevo capitán de las Puertas, estaba por allí y lo oyó. Ordenó al mozo de cuadra que no perdiera un minuto tratando de localizar a un caballo determinado entre tantos animales.
—Entrega otra montura al hakim.
—Khuff dijo que me devolverían mi caballo.
«No todo tenía que cambiar», dijo Rob para sus adentros.
—Khuff está muerto.
—Pues aun así quiero mi caballo.
Para su propia sorpresa, su voz y su mirada se endurecieron. Venía de una carnicería que le daba náuseas, pero ahora ansiaba golpear, descargar la violencia.
Farhad conocía a los hombres y supo reconocer el reto en la voz del hakim. No tenía nada que ganar y sí mucho que perder en una reyerta con aquel Dhimmi. Se encogió de hombros y dio media vuelta.
Rob montó junto al mozo de cuadra, recorriendo de un lado a otro los establos. Cuando divisó a su castrado, se avergonzó de su desagradable conducta. Separaron el caballo y lo ensillaron, mientras Farhad acechaba sin ocultar su desdén al ver la bestia defectuosa por la que el Dhimmi había estado dispuesto a pelear.
Pero el caballo castaño trotó entusiasmado hasta el Yehuddiyyeh.
Al oír ruidos entre los animales, Mary cogió la espada de su padre y la lámpara, y abrió la puerta que separaba la casa del establo. Él había vuelto.
El caballo castaño ya había sido desensillado, y en ese momento Rob lo hacía retroceder hacia el pesebre. Se volvió, y bajo la tenue luz Mary notó que había adelgazado mucho; era casi idéntico al muchacho flacucho y semisalvaje que había conocido en la caravana de Kerl Fritta.
Rob estuvo a su lado en tres zancadas y la abrazó sin hablar.
Después le tocó el vientre plano.
—¿Todo fue bien?
Mary soltó una carcajada temblorosa, porque estaba fatigada y dolorida.
Rob se había perdido sus frenéticos gritos por cinco días.
—Tu hijo tardó dos días en llegar.
—Un hijo.
Apoyó su enorme palma en la mejilla de Mary. A su contacto, la oleada de alivio la hizo temblar, estuvo a punto de derramar el aceite de la lámpara y la llama parpadeó. Durante su ausencia se había vuelto dura y fuerte, una mujer curtida, pero era todo un lujo volver a confiar en alguien competente.
Como pasar del cuero a la seda. Mary dejó la espada y le cogió la mano para llevarlo al interior, donde el bebé dormía en una cesta forrada con una manta.
En ese momento, vio con los ojos de Rob el trocito de humanidad de carne redonda, las facciones enrojecidas e hinchadas por los dolores del parto, la pelusilla oscura en la cabeza. Sintió fastidio por ese hombre enigmático, pues no logró dilucidar si estaba decepcionado o sobrecogido de júbilo. Cuando Rob levantó la vista, en su expresión había congoja y placer.
—¿Cómo está Fara?
—Karim vino a decírselo. Observé con ella los siete días del shiva.
Después cogió a Dawwid e Issachar y se unió a una caravana con rumbo a Masqat. Con la ayuda de Dios, ya están entre los suyos.
—Será duro para ti estar sin ella.
—Es más duro para ella —respondió Mary amargamente.
El bebé soltó un leve vagido y Rob lo levantó del canasto y le acercó el dedo meñique, que el niño aceptó, hambriento. Mary usaba un vestido suelto, con un cordón en el cuello, que le había cosido Fara. Aflojó el cordón, dejó caer el vestido por debajo de sus senos henchidos y cogió al bebé. Rob también se echó en la estera cuando ella comenzó a amamantarlo. Le apoyó la cabeza en el pecho libre y Mary notó que tenía la mejilla húmeda.
Nunca supo que su padre o ningún otro hombre llorara, y las sacudidas convulsivas de Rob la asustaron.
—Querido mío. Mi Rob... —murmuró.
Instintivamente, su mano libre lo orientó suavemente hasta que la boca de él rodeó su pezón. Era un lactante más indeciso que su hijo, y cuando apretó y succionó, Mary se sintió muy emocionada, aunque tiernamente divertida: por una vez, una parte de su cuerpo penetraba en el de él. Pensó fugazmente en Fara, y sin experimentar la menor culpa agradeció a la Virgen que la muerte no se hubiera llevado a su marido. Los dos pares de labios en sus pechos, uno diminuto y el otro grande y conocido, le hicieron experimentar
una hormigueante calidez. Quizá la Madre bendita o los santos estaban obrando su magia, pues por un instante los tres fueron uno. Finalmente, Rob se incorporó, y cuando se inclinó y la besó, Mary probó su propio sabor tibio.
—No soy un romano —dijo él.
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