Médico, El
Hakim
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
Llevaron a Mary a los baños, lo que fue sumamente engorroso. Rob le había contado que las musulmanas tenían la obligación religiosa de depilarse el pubis cada diez días frotándose con una mezcla de cal y arsénico. También debían arrancarse o afeitarse el vello de las axilas, una vez por semana las mujeres casadas, cada dos semanas las viudas y una vez por mes las vírgenes. Las mujeres que atendían a Mary la contemplaron con mal disimulado asco.
Después de lavarla, le ofrecieron tres bandejas con esencias y tintes, pero sólo se puso un poco de perfume.
La llevaron a una habitación y le indicaron que esperara. La cámara sólo estaba amueblada con un gran jergón, almohadones y mantas, y un gabinete cerrado sobre el que había una palangana con agua. En algún lugar cercano interpretaban música. Mary tenía frío. Cuando llevaba aguardando lo que le pareció un largo rato, cogió una manta y se envolvió con ella.
En seguida llegó Ala. Mary estaba aterrada, pero él sonrió al verla acurrucada en la manta.
Meneó un dedo indicando que se la quitara y con señas impacientes le hizo saber que también debía quitarse la túnica. Mary sabía que era delgada en comparación con la mayoría de las mujeres orientales, y las persas se las habían arreglado para informarle de que las pecas eran el castigo de Alá para alguien tan desvergonzado que no usaba velo.
El sha tocó su espesa cabellera pelirroja y se llevó un mechón a la nariz.
Ella no se había perfumado el pelo, y la ausencia de aroma provocó una mueca en el hombre.
Mary logró desviar la mente del momento que estaba viviendo y la concentró en su hijo. Cuando Rob J. fuese mayor, ¿recordaría que lo había llevado a aquel lugar? ¿Se acordaría de los gritos de alegría y los suaves mimos de las mujeres? ¿De sus caras tiernas sonriéndole y arrullándolo?
¿De sus manos acariciándolo?
Las manos del rey seguían en su cabeza. Hablaba en persa, Mary no sabía si para sus adentros o para ella. Ni siquiera se atrevía a mover la cabeza para hacerle saber que no entendía, con el fin de que no interpretara su gesto como un desacuerdo.
Ala hizo un examen detenido de las manchas de su cuerpo, pero lo que más le llamaba la atención era su pelo.
—¿Alheña?
Ella comprendió esa palabra y le aseguró que no era tintura, en una lengua que naturalmente él no podía entender. El hombre tironeó suavemente de un mechón con las yemas de los dedos y trató de quitar el color rojo.
Un instante después se despojó de lo único que llevaba puesto: una holgada vestidura de algodón. Sus brazos eran musculosos y su cintura gruesa con una panza velluda y protuberante. Tenía vello en todo el cuerpo.
Su verga parecía más pequeña y oscura que la de Rob.
En la silla de mano, camino de palacio, Mary había hecho fantasías. En una lloraba y explicaba al sha que Jesús había prohibido a las mujeres cristianas copular fuera del matrimonio; como si fuera la historia de una santa él se habría apiadado de sus lágrimas y, con un gesto bondadoso, la enviaría de regreso a su casa. En otra de las fantasías, después de haber sido
llevada por la fuerza a aquella situación para salvar a su marido, gozó del más lascivo placer físico de toda su vida, el embeleso de un amante sobrenatural que aunque tenía a sus pies a las mujeres más bellas de Persia, la había elegido a ella.
La realidad no se asemejó en nada a la imaginación. Él le observó los pechos, le tocó los pezones; quizá el color era distinto al de los que estaba acostumbrado a ver. El aire frío le endureció los senos, pero no lograron retener el interés del monarca. Cuando la empujó a la esterilla, Mary imploró en silencio la ayuda de la bendita Madre de Dios, cuyo nombre llevaba. Fue un receptáculo mal dispuesto, reseco por la ira y el miedo al hombre que había estado a punto de ordenar la muerte de su marido. Le faltaron las dulces caricias con que Rob la calentaba y convertía sus huesos en agua. En lugar de un órgano tieso como un palo, el de Ala era más flojo, y tuvo dificultades para penetrarla, por lo que recurrió al aceite de oliva, con el que la embadurnó a ella y no a sí mismo. Por fin se introdujo en su interior engrasado, y Mary permaneció inmóvil, con los ojos cerrados.
A ella la habían bañado, pero descubrió que a él no. No era vigoroso.
Parecía casi aburrido y gruñía débilmente mientras empujaba. Unos segundos después, soltó un levísimo estremecimiento nada regio para un hombre tan corpulento, y de inmediato un gemido de disgusto. Luego el rey de reyes retiró su verga, produciendo un chupón de aceite, y salió dando zancadas de la habitación, sin decirle una palabra ni dirigirle una sola mirada.
Mary permaneció donde él la había dejado, pegajosa y humillada, sin saber qué hacer. No se permitió derramar una sola lágrima.
Poco más tarde, fueron a buscarla las mismas mujeres y la llevaron junto a su hijo. Mary se vistió deprisa y cogió a Rob J. Al despacharla a casa, las mujeres pusieron en la silla de mano una bolsa de cuerda entretejida llena de melones. Cuando llegaron al Yehuddiyyeh pensó en dejar los melones en el camino, pero le pareció más fácil acarrearlos hasta la casa y dejar que la silla siguiera su camino.
Los melones de los mercados eran de mala calidad porque durante todo el invierno persa permanecían almacenados en cuevas y muchos se
estropeaban. Aquellos estaban en excelentes condiciones y perfectamente maduros cuando Rob volvió de su misión en Idhaj, con un sabor finísimo y dulce.
64
LA BEDUINA
Curioso. Extraño. Entrar en el maristán, ese lugar frío y sagrado, con su hedor a enfermedad, sus penetrantes olores medicinales, sus gruñidos, gritos y ajetreos: la canción del hospital. Todavía Rob contenía la respiración, aún le palpitaba el corazón cada vez que entraba en el maristán, y detrás de él iba —como los polluelos tras la clueca —un corro de estudiantes.
¡Lo seguían a él, que poco antes había seguido a otros!
Detenerse y escuchar a un aprendiz que recitaba una historia de sufrimientos. A continuación acercarse a un jergón y hablar con el paciente, observar, examinar, tocar, oler la enfermedad como un zorro que olisquea en busca de un huevo. Tratar de ser más listo que el pérfido Caballero Negro. Y, por fin, hablar del enfermo o herido con el grupo, oír opiniones a menudo inútiles y absurdas, pero a veces maravillosas. Para los aprendices, un aprendizaje; para Rob, una oportunidad de moldear aquellas mentes como un instrumento crítico que analizaba, proponía tratamientos y analizaba y volvía a proponer, de modo que a veces, como resultado de lo que enseñaba, alcanzaba conclusiones que de lo contrario se le habrían escapado.
Ibn Sina lo instaba a dar clases. Cuando Rob las impartía, otros iban a oírlo, pero nunca se sintió del todo cómodo delante de ellos, de pie y sudoroso mientras discurseaba sobre un tema que había repasado atentamente en los libros. Sabía la impresión que debía producirles, más corpulento que la mayoría y con la nariz rota, atento a cómo se expresaba, porque ahora su lenguaje era lo bastante fluido como para ser consciente del acento.
De igual manera, como Ibn Sina le exigía que escribiera, pergeñó un breve artículo sobre el tratamiento de las heridas con vino. Trajinó con el
ensayo pero no extrajo el menor placer, ni siquiera cuando lo concluyó y fue transcrito y ocupó un lugar en la Casa de la Sabiduría.
Sabía que debía transmitir conocimientos y pericia, pues a él le habían sido transmitidas, pero Mirdin se había equivocado: Rob no quería hacerlo todo. No se imaginaba imitando a Ibn Sina. No tenía la ambición de ser filósofo, educador y teólogo, no necesitaba escribir ni predicar. Se sentía forzado a aprender e investigar para saber qué hacer en el momento de actuar. Para él, el reto se presentaba cada vez que retenía las manos de un paciente con la misma magia que había sentido por primera vez a los nueve años de edad.
Una mañana, un fabricante de tiendas beduino llevó a su hija Sitara al maristán. La muchacha estaba muy enferma, con náuseas y vómitos, y se retorcía a causa de los dolores en la parte inferior del lado derecho del vientre rígido. Rob sabía qué era, pero no tenía la menor idea de cómo se trataba la enfermedad del costado. La muchacha se quejaba y apenas podía contestar pero Rob la interrogó con todo detalle, tratando de aprender algo que le indicara el camino.
La purgó, le aplicó paños calientes y compresas frías, y esa noche le habló a Mary de la beduina y le pidió que rezara por ella.
A Mary le entristeció pensar que una jovencita se viera aquejada de lo mismo que había matado a James Geikie Cullen. Entonces recordó que su padre yacía en una tumba que nadie visitaba, en el wadi Ahmad de Hamadhan.
A la mañana siguiente, Rob sangró a la beduina, le dio medicinas y hierbas, pero todo fue en vano. La notó febril, con los ojos vidriosos, y comenzó a decaer como una hoja después de la helada. Murió al tercer día.
Rob repasó todos los detalles de su corta vida con gran cuidado.
Había estado sana con anterioridad a una serie de dolorosos ataques que, finalmente, la mataron. Era una virgen de doce años que poco antes había comenzado a menstruar... ¿Qué tenía en común con aquel chiquillo que vio morir y con su suegro, un hombre de edad mediana? Rob no logró encontrar ninguna similitud.
No obstante, los tres habían muerto exactamente del mismo modo.
La brecha entre Ala y su visir, el imán Qandrasseh, se hizo pública, más pública si cabe, en la audiencia del sha. El imán estaba sentado en el trono más pequeño, a la diestra de Ala, como era costumbre, pero se dirigió a él con tan fría cortesía que el mensaje resultó claro para todos los asistentes.
Esa noche Rob fue a casa de Ibn Sina y jugaron al juego del sha. Era más una lección que una lid, como cuando un adulto juega con un niño.
Aparentemente, Ibn Sina tenía pensada toda la partida por adelantado.
Movía las piezas sin vacilaciones. Rob no pudo contenerlo, pero percibió la necesidad de planear con anticipación, y esa previsión se convirtió de inmediato en parte de su propia estrategia.
—En las calles y en las maidans se reúnen grupitos que cuchichean —dijo Rob.
—Se sienten preocupados y confundidos cuando los sacerdotes entran en colisión con el señor de la Casa del Paraíso, pues temen que la rencilla destruya el mundo. —Ibn Sina comió un rukh con su caballero—. Ya pasará. Siempre pasa y los bienaventurados sobrevivirán.
Jugaron un rato en silencio y luego Rob le habló de la muerte de la beduina, narró los síntomas y describió los otros dos casos de enfermedad abdominal que lo acosaban.
—Sitara era el nombre de mi madre. —Ibn Sina suspiró: no contaba con una explicación para la muerte de la adolescente—. Hay muchas respuestas que no nos han sido dadas.
—Y no nos serán dadas a menos que las busquemos —dijo lentamente Rob.
Ibn Sina se encogió de hombros y resolvió cambiar de tema, relatando novedades de la corte. Reveló que enviarían a la India una expedición real.
Esta vez no serían atacantes, sino mercaderes autorizados por el sha para comprar acero indio o el mineral de hierro de fundición, pues a Dhan Vangalil no le quedaba acero para fabricar las hojas azules estampadas que tanto valoraba Ala.
—Les ha dicho que no regresen sin una caravana de mineral de hierro o acero duro, aunque tengan que ir hasta el final de la Ruta de la Seda para conseguirlo.
—¿Qué hay al final de la Ruta de la Seda? —preguntó Rob.
—Chung-Kuo. Un país inmenso.
—¿Y más allá?
Ibn Sina se encogió de hombros.
—Agua. Océanos.
—Algunos viajeros me han dicho que el mundo es plano y está rodeado de fuego. Que sólo es posible aventurarse hasta antes de caer en ese fuego, que es el Infierno.
—Sandeces de los viajeros —rechazó Ibn Sina en tono desdeñoso—. No es verdad. Yo he leído que fuera del mundo habitado todo es sal y arena, como el Dasht-i-Kavir. También está escrito que gran parte del mundo es de hielo. —Observó pensativo a Rob—. ¿Qué hay más allá de tu país?
—Mi país es una isla. Más allá hay un mar y después está Dinamarca, la tierra de los nórdicos, de donde es originario nuestro rey. Más allá de eso, se dice hay una tierra de hielos.
—Y si uno va al norte desde Persia, más allá de Ghazna está la tierra del Rus... y después una tierra de hielos. Sí, creo que es verdad que gran parte del mundo está cubierta de hielo —conjeturó Ibn Sina—. Pero no hay un fiero infierno en los bordes, porque los hombres de pensamiento siempre han sabido que la tierra es esférica como una ciruela. Tú has viajado por mar. Al avistar un barco a la distancia, lo primero que se ve en el horizonte es el extremo del mástil, y luego cada vez más partes del cuerpo de la embarcación, a medida que navega sobre la superficie curva del mundo.
Liquidó a Rob en el tablero capturándole el rey, casi distraído, y luego pidió a un esclavo que les llevara sherbet de vino y un cuenco con pistachos.
—¿No recuerdas al astrónomo Ptolomeo?
Rob sonrió; sólo había estudiado los rudimentos de astronomía necesarios para satisfacer los requisitos de la madraza.
—Un griego antiguo que redactó sus escritos en Egipto.
—Exactamente. Escribió que el mundo es esférico y está suspendido bajo el firmamento cóncavo, ocupando el centro del universo. A su alrededor giran el Sol y la Luna, creando la noche y el día.
—Este mundo como una bola, con su superficie de mar y tierra, montañas y ríos y bosques y desiertos y lugares con hielo... ¿es hueco o macizo? Y si es macizo, ¿cuál es la naturaleza de su interior?
El anciano sonrió y se encogió de hombros; ahora estaba en su elemento y disfrutaba.
—No podemos saberlo. La tierra es enorme, como tú muy bien puedes comprender, ya que has cabalgado y andado un vasto fragmento. Y nosotros sólo somos seres diminutos que no podemos ahondar lo suficiente para responder a semejante pregunta.
—Pero si pudieras asomarte al centro de la tierra, ¿lo harías?
—¡Naturalmente!
—Sin embargo, puedes asomarte al interior del cuerpo humano y no lo haces.
A Ibn Sina se le borró la sonrisa.
—La humanidad está muy cerca del salvajismo y tiene que regirse por normas. De lo contrario, nos hundiríamos en nuestra propia naturaleza animal y pereceríamos. Una de nuestras reglas prohíbe la mutilación de los muertos, a quienes un día el Profeta rescatará de sus sepulcros.
—¿Por qué la gente sufre la enfermedad abdominal?
Ibn Sina se encogió de hombros.
—Abre la barriga de un cerdo y estudia el enigma. Los órganos del cerdo son idénticos a los del hombre.
—¿Estás seguro, maestro?
—Sí. Así consta por escrito desde los tiempos de Galeno, cuyos colegas griegos no le permitieron abrir seres humanos. Los judíos y los cristianos se guían por una prohibición similar. Todos los hombres abominan de la disección. —Ibn Sina lo miró con tierna inquietud—. Has tenido que
superar muchas cosas para hacerte médico. Pero debes practicar la cura de las enfermedades dentro de las reglas de la religión y de la voluntad general de los hombres. Si no lo haces, su poder te destruirá —concluyó el maestro.
Rob inició el regreso a casa contemplando el cielo hasta que los puntos de luz comenzaron a nadar ante sus ojos. De los planetas, sólo distinguió la Luna y Saturno, y un brillo que podía ser Júpiter, porque derramaba un resplandor estable en medio del parpadeo de las estrellas.
Comprendió que Ibn Sina no era un semidiós. El Príncipe de los Médicos era, sencillamente, un erudito anciano atrapado entre la medicina y la fe en la que lo habían criado. Rob le amaba más aún por sus limitaciones humanas, pero experimentó cierta sensación de ser engañado, como un niño pequeño que nota las fragilidades de su padre.
En el Yehuddiyyeh y en su casa, mientras se ocupaba de las necesidades del caballo castaño, seguía meditando. Mary y el niño estaban dormidos, y Rob se desnudó con mucho cuidado. Luego se acostó y permaneció despierto, pensando en qué provocaba la enfermedad del abdomen.
En mitad de la noche Mary despertó repentinamente y salió corriendo.
Una vez fuera, vomitó. Estaba mareada. Rob la siguió. Obsesionado por la enfermedad que se había llevado a James Cullen, recordó que los vómitos eran la primera señal. Aunque ella protestó, Rob la examinó cuando volvieron a entrar en la casa, pero el abdomen estaba blando y Mary no tenía fiebre.
Finalmente, retornaron al jergón.
—¡Rob! —gritó súbitamente Mary—. ¡Mi Rob!
Emitió un grito desesperado, como si acabara de despertar de una pesadilla.
—Calla, que despertarás al niño —murmuró Rob.
Estaba sorprendido, porque no sabía que Mary tuviera pesadillas. Le acarició la cabeza y la consoló; ella, por su parte, lo abrazó con fuerza desesperada.
—Mary, estoy aquí. Aquí estoy, amor mío.
Le dijo palabras suaves y tranquilizadoras hasta que se calmó, ternuras en inglés, en persa y en la Lengua. Poco después empezó de nuevo, pero tocó la cara de Rob, suspiró y lo acunó entre sus brazos. Rob apoyó la mejilla en el pecho de su mujer hasta que el dulce y lento palpitar de su corazón le permitió descansar.
65
KARIM
El cálido sol arrancaba pálidos brotes verdes de la tierra mientras la primavera emergía en Ispahán. Los pájaros cruzaban los aires llevando paja y ramitas en el pico para construir sus nidos, y las aguas manaban de los arroyos y los wadis hacia el Río de la Vida, que bramaba al tiempo que su cauce crecía. Rob tenía la impresión de haber cogido las manos de la tierra entre las suyas y sentía la naturaleza sin límites, la vitalidad eterna. Y entre otras pruebas de fertilidad, estaba la de Mary. Las náuseas persistían y esta vez no necesitaron que Fara les dijera que estaba embarazada. Rob estaba encantado, pero Mary se mostraba taciturna y muy irritable. Él pasaba más tiempo que nunca con su hijo. La carita de Rob J. se iluminaba cuando lo veía. El bebé balbuceaba y meneaba el trasero como un cachorro que mueve el rabo. Rob le enseñó a tironear alegremente de su padre.
—Tira de la barba a papá —decía, orgulloso por la fuerza del tirón.
—Tira de las orejas a papá.
—Tira de la nariz a papá.
La misma semana que dio sus primeros pasos indecisos e inestables, empezó a hablar. No es extraño que su primera palabra fuera «papá». El sonido que emitió la criatura para dirigirse a él lo inundó de tal amor reverencial, que apenas podía creer en su buena fortuna.
Una tarde templada convenció a Mary de que fuera andando con él, que llevaría en brazos a Rob J., hasta el mercado armenio. Una vez allí bajó al bebé cerca del almacén de cueros para que diera varios pasos temblorosos hacia Prisca. La antigua ama de cría dio gritos de deleite y cogió al niño en sus brazos.
Camino de casa a través del Yehuddiyyeh, sonreían y saludaban a uno y a otro, pues aunque ninguna mujer se había encariñado con Mary desde la partida de Fara, ya nadie maldecía a la Otra europea, y los judíos del barrio se habían acostumbrado a su presencia.
Más tarde, mientras Mary preparaba el pilah y Rob podaba uno de los albaricoqueros, las dos hijas pequeñas de Mica Halevi el Panadero salieron corriendo de la casa de al lado y fueron a jugar con su hijo en el jardín. Rob estaba encantado con sus grititos y sus tonterías infantiles.
Había gente peor que los judíos del Yehuddiyyeh, se dijo, y lugares peores que Ispahán.
Un día, al enterarse de que al-Juzjani daría una clase con la disección de un cerdo, Rob se ofreció voluntariamente a asistirlo. El animal en cuestión resultó ser un jabalí robusto, con colmillos tan feroces como los de un elefante pequeño, malignos ojos porcinos, un cuerpo largo cubierto de gruesas cerdas grises, y un robusto cipote peludo. El cerdo había muerto aproximadamente veinticuatro horas atrás, pero siempre lo habían alimentado con granos y el olor predominante, al abrirle el estómago, era de una fermentación como la de la cerveza, ligeramente acre. Rob había aprendido que esos olores no eran malos ni buenos: todos resultaban interesantes, pues cada uno contenía una historia. Pero ni su nariz, ni sus ojos, ni sus manos exploradoras le enseñaron algo acerca de la enfermedad abdominal mientras registraba la panza y la tripa en busca de señales. Al-Juzjani, más interesado en dar su clase que en permitir a Rob el acceso al cerdo, se sintió justificadamente irritado por la cantidad de tiempo que pasó toqueteándolo.
Después de la clase, y sin saber más que antes, Rob fue al encuentro de Ibn Sina en el maristán. Le bastó un vistazo al médico jefe para saber que algo funesto había ocurrido.
—Mi Despina y Karim Harun. Han sido arrestados.
—Siéntate, maestro, y tranquilízate —le aconsejo Rob amablemente, al ver que Ibn Sina se estremecía, y estaba desorientado y envejecido.
Se habían confirmado los peores temores de Rob. Pero se obligó a sí mismo a hacer las preguntas necesarias y no se asombró al saber que
estaban acusados de adulterio y fornicación.
Aquella mañana los agentes de Qandrasseh habían seguido a Karim a la casa de Ibn Sina. Mullahs y soldados irrumpieron en la torre de piedra y hallaron a los amantes.
—¿Y el eunuco?
En un abrir y cerrar de ojos, Ibn Sina lo miró y Rob se detestó a sí mismo, consciente de todo lo que ponía de relieve su pregunta. Pero Ibn Sina se limitó a menear la cabeza.
—Wasif está muerto. Si no lo hubieran matado a mansalva, no habrían entrado en la torre.
—¿Cómo podemos ayudar a Karim y a Despina?
—Sólo el sha Ala puede ayudarlos —dijo Ibn Sina—. Debemos pedírselo.
Cuando Rob e Ibn Sina cabalgaron por las calles de Ispahán, la gente desviaba la mirada, pues no quería avergonzar a Ibn Sina con su compasión.
En la Casa del Paraíso fueron recibidos por el capitán de las Puertas con la cortesía correspondiente al Príncipe de los Médicos, pero los llevaron a una antesala y no a la presencia del sha.
Farhad los dejó y volvió al instante para decirles que el rey lamentaba no poder perder un minuto con ellos ese día.
—Esperaremos —respondió Ibn Sina—. Tal vez se presente la oportunidad.
A Farhad le gustaba ver caídos a los poderosos: sonrió a Rob al inclinar la cabeza.
Aguardaron toda la tarde y luego Rob llevó a Ibn Sina a casa.
Volvieron a la mañana siguiente. Una vez más, Farhad les dispensó toda su cortesía. Los condujo a la misma antesala y allí los dejó languidecer, aunque era evidente que el sha no los recibiría.
No obstante, esperaron.
Ibn Sina rara vez hablaba. En un momento dado suspiró.
—Siempre ha sido como una hija para mí —dijo.
Y un rato más tarde:
—Para el sha es más fácil encajar el golpe de audacia de Qandrasseh como una pequeña derrota antes que desafiarlo.
Pasaron el segundo día sentados en la Casa del Paraíso. Gradualmente, comprendieron que a pesar de la eminencia del Príncipe de los Médicos y de que Karim era el predilecto de Ala, éste no movería un dedo.
—Está dispuesto a entregarlo a Qandrasseh —dijo Rob, alicaído—. Como si fuera una partida del juego del sha en la que Karim es una pieza que no merecerá una lágrima.
—Dentro de dos días habrá una audiencia —dijo Ibn Sina—. Debemos facilitarle las cosas al sha para que nos ayude. Solicitare públicamente su misericordia. Soy el marido de la mujer inculpada y Karim es amado por todo el pueblo. Éste se unirá en apoyo de mi solicitud para salvar al héroe del chatir. El sha dejará que todos crean que es clemente porque ésa es la voluntad de sus súbditos.
Si así ocurría, agregó Ibn Sina, darían veinte palos a Karim y una paliza a Despina, a la que condenarían a permanecer confinada el resto de sus días en casa de su amo. Pero al salir de la Casa del Paraíso hallaron a al-Juzjani esperándolos. El maestro cirujano amaba a Ibn Sina más que a nadie en el mundo, y en nombre de ese amor le dio la mala nueva.
Habían llevado a Karim y a Despina ante un tribunal islámico. Declararon tres testigos, que eran otros tantos mullahs ordenados. Sin duda para evitar la tortura, ninguno de los dos acusados intentó defenderse.
El mufti los había condenado a muerte y la ejecución sería la mañana siguiente.
—Despina será decapitada. A Karim Harun le rajarán el vientre. Los tres se miraron cariacontecidos. Rob esperaba que Ibn Sina dijera a al-Juzjani que Karim y Despina aún podían salvarse, pero el anciano meneó la cabeza.
—No podemos eludir la sentencia —concluyó con gran tristeza—. Sólo podemos cerciorarnos de que su fin sea lo más dulce posible.
—Entonces debemos poner manos a la obra —dijo serenamente al-Juzjani
—. Hay que pagar sobornos. Y tenemos que sustituir al aprendiz de la cárcel del kelonter por uno de nuestra confianza.
Pese a la tibieza del aire primaveral, Rob estaba helado.
—Permitid que sea yo —se ofreció.
Pasó la noche en vela. Se levantó antes del amanecer y, montado en el castrado castaño, recorrió la ciudad a oscuras. Casi esperaba ver al eunuco Wasif en las penumbras de la casa de Ibn Sina. No había luz ni señales de vida en las habitaciones de la torre.
Ibn Sina le dio una tinaja con zumo de uvas.
—Contiene una fuerte infusión de opiáceos y un polvo de cañamón que se llama buing —dijo—. Y precisamente aquí está el riesgo. Deben beber mucho. Pero si alguno bebe demasiado y no está en condiciones de andar cuando lo llamen, tú también morirás.
Rob asintió.
—Dios sea misericordioso.
—Dios sea misericordioso —contestó Ibn Sina y antes de que Rob saliera comenzó a entonar cánticos del Corán.
En la prisión, Rob informó al centinela que era el médico y le proporcionaron una escolta. Fueron primero a las celdas de las mujeres, donde oyeron que una cantaba y sollozaba alternativamente. Rob temía que los terribles sonidos fuesen emitidos por Despina, pero ella aguardaba en silencio en una pequeña celda. No estaba lavada ni perfumada, y el pelo le caía en mechas lacias. Su cuerpo fino y menudo estaba cubierto por un atuendo negro y sucio. Rob dejó la jarra de buing, se acercó y le levantó el velo.
—He traído algo para que lo bebas.
En adelante, para Rob ella siempre sería femina, una combinación de su hermana Anne Mary, su esposa Mary, la prostituta que le había prestado sus servicios en el coche de la maidan y todas las mujeres del mundo.
En sus ojos había lágrimas no derramadas, pero se negó a beber el buing.
—Tienes que beberlo. Te ayudará.
Despina movió la cabeza de un lado a otro. «Pronto estaré en el Paraíso», le transmitió su mirada cargada de temor.
—Dáselo a él —susurró, y Rob se despidió.
Sus pasos resonaban mientras seguía al soldado por un pasillo, bajaba dos tramos de escaleras, entraba en otro túnel de piedra y, finalmente, se introducía en otra diminuta celda.
Su amigo estaba pálido.
—Así es, europeo.
—Así es, Karim.
Se abrazaron con firmeza.
—¿Ella está...?
—La he visto. Está bien.
Karim suspiró.
—¡Hacía semanas que no hablaba con ella! Sólo me acerqué para oír su voz, ¿me comprendes? Estaba seguro de que ese día nadie me seguía.
Rob asintió.
A Karim le temblaban los labios. Cuando Rob le ofreció la jarra, la cogió y bebió copiosamente. Al devolvérsela, el contenido había menguado en dos tercios.
—Surtirá efecto. La mezcla la hizo Ibn Sina personalmente.
—El viejo al que idolatras. A menudo soñé que lo envenenaba para poder tenerla.
—Todos los hombres alimentan pensamientos perversos. Pero tú no los habrías llevado a la práctica. —Por alguna razón, le pareció vital que Karim supiera esto antes de que le hiciera efecto el narcótico—. ¿Me entiendes?
Karim asintió. Rob lo observó atentamente, temeroso de que hubiese bebido demasiado buing. Si la infusión operaba rápidamente, el tribunal de un mufti decretaría la muerte de otro médico.
A Karim se le caían los párpados. Permaneció despierto, pero prefería no hablar. Rob lo acompañó en silencio hasta que oyó pisadas.
—Karim.
Su amigo parpadeó.
—¿Ahora?
—Piensa en el chatir —dijo Rob cariñosamente. Los pasos se detuvieron y se abrió la puerta: eran tres soldados y dos mullahs—. Piensa en el día más feliz de tu vida.
—Zaki-Omar solía ser bondadoso —dijo Karim, y dedicó a Rob una sonrisa breve e inexpresiva.
Dos soldados lo cogieron de los brazos. Rob los siguió fuera de la celda, pasillo abajo, subió tras ellos los dos tramos de peldaños y salió al patio donde el sol reflejaba un destello cobrizo. La mañana era templada y resplandeciente: una última crueldad. Notó que a Karim se le doblaban las rodillas al andar, pero cualquier observador habría pensado que era a causa del miedo. Pasaron junto a la doble hilera de víctimas del carcan hasta los bloques, escenario de sus pesadillas.
Algo espantoso yacía junto a un bulto cubierto de negro sobre el terreno bañado en sangre, pero el buing se burló de los mullahs y Karim no lo vio.
El verdugo parecía apenas mayor que Rob; era un mozo bajo y fornido, de brazos largos y ojos indiferentes. El dinero de Ibn Sina había pagado su fuerza, su destreza y el finísimo filo de su hoja.
Karim tenía los ojos vidriosos cuando los soldados lo hicieron avanzar.
No hubo despedida; la estocada fue rápida y certera. La punta del acero entró en el corazón y produjo la muerte instantánea, tal como había sido acordado con el verdugo en el momento del soborno. Rob oyó que su amigo emitía un sonido semejante a un suspiro de descontento.
Rob debía ocuparse de que Despina y Karim fuesen llevados desde la prisión hasta un cementerio fuera de la ciudad. Pagó bien para que rezaran oraciones sobre las dos sepulturas, lo que era una amarga ironía: los mullahs oficiantes se encontraban entre los que habían presenciado las ejecuciones.
Cuando concluyó el funeral, Rob dio cuenta de la infusión que quedaba en la jarra y dejó que el caballo lo guiara.
Pero en las cercanías de la Casa del Paraíso cogió las riendas, lo refrenó y estudió el edificio. El palacio estaba especialmente bello ese día, con sus
pendones variopintos ondeando y aleteando bajo la brisa primaveral. El sol destellaba en banderines y alabardas y hacía relucir las armas de los centinelas.
Hicieron eco en sus oídos las palabras de Ala: «Somos cuatro amigos...
Somos cuatro amigos...»
Sacudió el puño cerrado.
—¡IN-DIG-NOOOO! —gritó.
Su voz rodó hasta la muralla y llegó a los centinelas, que se sobresaltaron.
El oficial bajó y se acercó al guardia que ocupaba el extremo.
—¿Quién es? ¿Lo conoces?
—Sí. Creo que es el hakim Jesse. El Dhimmi.
Todos estudiaron la figura montada a caballo, lo vieron sacudir el puño una vez más, y notaron la jarra de vino y las riendas flojas del caballo.
El oficial sabía que el judío era el que se había quedado atrás para atender a los soldados heridos cuando la partida de ataque a la India retornó a Ispahán.
—En la cara se le nota que se ha pasado con la bebida. —Sonrió—. Pero no es mala persona. Dejadlo en paz —dijo.
Siguieron con la mirada al caballo castaño que llevaba al médico hacia las puertas de la ciudad.
66
LA CIUDAD GRIS
O sea que era el último sobreviviente de la misión médica de Ispahán.
Pensar que Mirdin y Karim estaban bajo tierra era como tragar una infusión de cólera, pesar y tristeza; sin embargo, perversamente, sus muertes volvieron sus días dulces como un beso de amor. Paladeaba los detalles de la vida cotidiana. Respirar hondo, orinar largamente, emitir una lenta ventosidad. Masticar pan duro cuando tenía hambre, dormir si estaba fatigado. Tocar la gordura de su esposa, oírla roncar. Mordisquear la pancita de su hijo hasta que el gorgoteo de su risa infantil arrancaba lágrimas de sus ojos.
Y todo ello a pesar de que Ispahán se había convertido en un lugar sombrío.
Si Ala y el imán Qandrasseh eran capaces de aniquilar al héroe del atletismo de Ispahán, ¿Qué hombre común y corriente se atrevería ahora a quebrantar las leyes islámicas establecidas por el Profeta?
Las prostitutas desaparecieron y en las maidans ya no había jarana por las noches. Parejas de mullahs patrullaban las calles de la ciudad, fijándose en si un velo cubría inadecuadamente el rostro de una mujer, si un hombre era lento en responder con la oración a la llamada de un muecín, si el propietario de un puesto de refrescos era tan estúpido como para vender vino. Incluso en el Yehuddiyyeh, donde las mujeres siempre se cubrían los cabellos, muchas judías empezaron a usar los pesados velos musulmanes.
Algunos se lamentaban en privado, pues echaban de menos la música y la alegría de noches que habían quedado atrás, pero otros expresaban su satisfacción; en el maristán, el hadji Davout Hosein dio gracias a Alá durante una oración matinal.
—La mezquita y el Estado nacieron de la misma matriz, unidos, y nunca deben separarse —dijo.
Cada día iban más fieles a casa de Ibn Sina para unirse con él en la oración, pero ahora el Príncipe de los Médicos, al concluir los rezos, volvía a entrar en su casa y nadie lo veía hasta la siguiente oración. Se sumió en la congoja y cayó en el ensimismamiento, y ya no iba al maristán a dar clases ni a atender a los pacientes. Quienes ponían objeciones a que los tocara un Dhimmi eran tratados por al-Juzjani, aunque no eran muchos, y Rob trajinaba todo el día, pues además de atender a los pacientes de Ibn Sina tenía sus propias responsabilidades.
Una mañana entró en el hospital un viejo enclenque, con mal aliento y los pies sucios. Qasim ibn Sahdi tenía las piernas nudosas como una grulla y un vestigio de barba que parecía comida por las polillas. No sabía cuál era su edad y no tenía hogar, porque había pasado casi toda su vida haciendo faenas de criado en una caravana tras otra.
—He viajado por todo el mundo.
—¿Conoces Europa, de donde he venido yo?
—Casi todo el mundo. —No tenía familia, dijo, pero Alá lo protegía—.
Llegué ayer con una caravana de lana y dátiles de Qum. En la ruta me vi atacado por un dolor que es como un djinn malvado.
—¿Dónde?
Qasim, gruñendo, se tocó el lado derecho del vientre.
—¿Devuelves?
—Señor, vomito constantemente y soy presa de una terrible debilidad, Pero en medio de los mareos Alá me habló y me dijo que cerca había uno que me curaría. Y al despertar pregunté a la gente si había por aquí un lugar de curación y me orientaron hasta este maristán.
Lo llevaron a un jergón, donde lo bañaron y alimentaron ligeramente. Era el primer paciente con la enfermedad abdominal a quien Rob podía examinar en una etapa temprana del malestar. Tal vez Alá sabía cómo curar a Qasim, pero él lo ignoraba.
Pasó muchas horas en la biblioteca. Por último, y muy cortésmente, Yussuf-ul-Gamal, el cuidador de la Casa de la Sabiduría, le preguntó qué buscaba con tanto empeño.
—El secreto de la enfermedad abdominal. Estoy tratando de encontrar relatos de los antiguos que abrieron el vientre humano antes de que estuviera prohibido hacerlo.
El venerable bibliotecario parpadeó y asintió amablemente.
—Intentare ayudarte. Déjame ver lo que puedo encontrar —dijo.
Ibn Sina no estaba disponible, y Rob fue a ver a al-Juzjani, que no tenía la paciencia del viejo maestro.
—A menudo la gente muere de destemplanza —respondió al-Juzjani—, pero algunos llegan al maristán quejándose de dolor y ardor en el bajo vientre, y luego el dolor desaparece y el paciente vuelve a su casa.
—¿Por qué?
Al-Juzjani se encogió de hombros, lo miró con fastidio y decidió no perder un minuto más con ese tema.
El dolor de Qasim también desapareció días más tarde, pero Rob no quería darlo de alta.
—¿Adónde irás?
El viejo se encogió de hombros.
—Buscaré una caravana, hakim, porque las caravanas son mi hogar.
—No todos los que vienen aquí suelen marcharse. Como comprenderás, algunos mueren.
—Todos los hombres deben morir —dijo Qasim gravemente.
—Lavar a los muertos y prepararlos para su entierro es servir a Alá.
¿Podrías hacer ese trabajo?
—Sí, hakim, porque como tú dices es un trabajo para Dios —dijo solemnemente—. Alá me trajo aquí y es posible que Él quiera que me quede.
Había una pequeña despensa contigua a las dos habitaciones que hacían las veces de depósito de cadáveres del hospital. La limpiaron entre los dos, y la despensa se convirtió en el alojamiento de Qasim ibn Sahdi.
—Tomarás tus comidas aquí después de que sean alimentados los pacientes, y puedes lavarte en los baños del maristán.
—Sí, hakim.
Rob le dio una esterilla para dormir y una lámpara de arcilla. El viejo desenrolló su alfombra de rezo y afirmó que aquel cuartito era el mejor hogar que había tenido en su vida.
Transcurrieron casi dos semanas hasta que las ocupaciones permitieron a Rob ir a hablar con Yussuf-ul-Gamal en la Casa de la Sabiduría. Llevó un regalo como muestra de aprecio por la ayuda que le brindaba el bibliotecario. Todos los vendedores exhibían pistachos gordos y grandes, pero Yussuf tenía muy pocos dientes para masticar frutos secos, por lo que Rob le compró una canasta de juncos llena de blandos dátiles del desierto.
A última hora de una tarde, Rob y Yussuf se sentaron a comer las frutas en la Casa de la Sabiduría, que estaba desierta.
—He retrocedido en el tiempo —dijo Yussuf— hasta donde me ha sido posible. La antigüedad. Incluso los egipcios, cuya fama de embalsamadores conoces, recibieron la enseñanza de que era malo y que significaba una desfiguración de los muertos abrirles el abdomen.
—Pero... ¿cómo se las arreglaban para momificar?
—Eran hipócritas. Pagaban a unos hombres despreciables, llamados paraschistes, para que pecaran haciendo la incisión prohibida. En cuanto practicaban el corte, los paraschistes huían con el fin de que no los mataran a pedradas, en un reconocimiento de culpabilidad que permitía a los respetables embalsamadores vaciar los órganos del abdomen y seguir adelante con sus métodos de conservación.
—¿Estudiaban los órganos que quitaban? ¿Dejaron escritas sus observaciones?
—Embalsamaron durante cinco mil años, destripando casi a las tres cuartas partes de mil millones de seres humanos que habían muerto de todas las enfermedades imaginables, y almacenaron sus vísceras en vasijas de arcilla, piedra caliza o alabastro, o simplemente las tiraron. Pero no hay pruebas de que alguna vez hayan estudiado los órganos.
»Los griegos... son otra historia. Y ocurrió en la misma región del Nilo —
Yussuf se sirvió más dátiles—. Alejandro Magno asaltó esta Persia nuestra como un bello y joven dios de la guerra, novecientos años antes del nacimiento de Mahoma. Conquistó el mundo antiguo y, en el extremo noroccidental del delta del Nilo, en una franja de tierra que se extiende entre el mar Mediterráneo y el lago Mareotis, fundó una ciudad llena de gracia a la que dio su nombre.
»Diez años más tarde murió de fiebre de los pantanos, pero Alejandría ya era un centro de la cultura griega. Con el desmembramiento del imperio alejandrino, Egipto y la nueva ciudad cayeron en manos de Ptolomeo de Macedonia, uno de los más sabios entre los allegados de Alejandro.
Ptolomeo creó el Museo de Alejandría, la primera universidad del mundo, y la gran Biblioteca de Alejandría. Todas las ramas del conocimiento prosperaron, pero la escuela de medicina atrajo a los estudiantes más prometedores del mundo entero. Por primera y única vez en la larga historia
del hombre, la anatomía se convirtió en la piedra angular de la ciencia, y durante los trescientos años siguientes se practicó a gran escala la disección del cuerpo humano.
Rob se inclinó hacia delante, ansioso.
—Entonces, ¿es posible leer sus descripciones de las enfermedades que afectan a los órganos internos?
Yussuf meneó la cabeza.
—Los libros de tan magnifica biblioteca se perdieron cuando las legiones de Julio Cesar saquearon Alejandría treinta años antes del inicio de la era cristiana. Los romanos destruyeron casi todos los escritos de los médicos alejandrinos. Celso reunió lo poco que quedaba e intentó conservarlo en una obra titulada De re medicina, pero sólo hay una breve mención de la
«destemplanza asentada en el intestino grueso, que afecta principalmente la parte donde mencioné que estaba el ciego, acompañada por una violenta inflamación y vehementes dolores, en especial del lado derecho».
Rob refunfuñó, decepcionado.
—Conozco la cita. Ibn Sina la menciona en sus clases.
Yussuf se encogió de hombros.
—De modo que mi exploración del pasado te deja exactamente donde estabas. Las descripciones que buscas no existen.
Rob asintió, melancólico.
—¿Por qué el único momento fugaz de la historia en que los médicos abrieron seres humanos fue el de los griegos?
—Porque ellos no tenían la ventaja de un solo Dios fuerte que les prohibiera profanar la obra de Su creación. Contaban en cambio con un hato de fornicadores, ese puñado de dioses y diosas débiles y pendencieros. —El bibliotecario escupió pepitas de dátiles en su palma ahuecada y sonrió dulcemente—. Podían disecar porque, al fin y al cabo, sólo eran bárbaros, hakim.
67
DOS RECIÉN LLEGADOS
Su embarazo estaba demasiado avanzado para permitirle montar, pero Mary iba a pie a comprar los productos alimenticios necesarios para su familia, llevando el burro cargado con las compras y con Rob J., que iba en un sillín en forma de cabestro a lomos del animal. La carga de su hijo no nacido la cansaba y le producía molestias en la espalda mientras se movía de un mercado a otro. Como hacía normalmente cuando iba al mercado armenio, se detuvo en el almacén de cueros para compartir con Prisca un sherbet y un trozo de delgado pan persa, caliente.
Prisca siempre se alegraba de ver a su antigua patrona y al bebé que había amamantado, pero ese día se mostró especialmente locuaz. Mary había hecho esfuerzos por aprender el persa, pero sólo entendió unas pocas palabras: Extranjero. De lejos. Como el hakim. Como tú.
Sin entenderse y mutuamente frustradas, las dos mujeres se separaron, y esa noche Mary estaba irritada cuando informó a su marido.
Rob sabía lo que había intentado decirle Prisca, porque el rumor llegó rápidamente al maristán.
—Ha llegado un europeo a Ispahán.
—¿De qué país?
—De Inglaterra. Es un mercader.
—¿Un inglés? —Mary fijó la mirada en el vacío. Tenía el rostro ruborizado y Rob notó interés y exaltación en sus ojos y en la forma en que inadvertidamente apoyó la mano en el pecho—. ¿Por qué no fuiste a verlo de inmediato?
—Mary...
—¡Tienes que ir! ¿Sabes dónde se aloja?
—Está en el barrio armenio, por eso Prisca oyó hablar de él. Dicen que al principio sólo aceptó convivir entre cristianos —explicó Rob sonriendo—, pero en cuanto vio los cuchitriles en que viven los pocos y pobres cristianos armenios del lugar, se apresuró a alquilarle una casa en mejores condiciones a un musulmán.
—Tienes que escribirle un mensaje. Invítalo a cenar.
—Ni siquiera sé cómo se llama.
—Y eso ¿qué importa? Llama a un mensajero. Cualquier vecino del barrio armenio lo orientará. ¡Rob! ¡Traerá noticias!
Lo último que deseaba Rob era el peligroso contacto con un inglés cristiano. Pero sabía que no podía negarle a Mary la oportunidad de oírle hablar de lugares más entrañables para ella que Persia, de modo que se sentó y escribió una carta.
—Soy Bostock. Charles Bostock.
De un solo vistazo, Rob recordó. La primera vez que regresó a Londres después de hacerse ayudante de cirujano barbero, él y Barber cabalgaron dos días bajo la protección de la larga fila de caballos de carga de Bostock, que acarreaban sal de las salinas de Arundel. En el campamento, Rob y su amo habían hecho malabarismos y el mercader le regaló dos peniques para que los gastara en Londres.
—Jesse ben Benjamin, médico del lugar.
—Su invitación estaba escrita en inglés y veo que habla mi idioma.
La respuesta sólo podía ser la que Rob había difundido en Ispahán.
—Me crié en la ciudad de Leeds.
Estaba más divertido que preocupado. Habían transcurrido catorce años.
El cachorro que había sido estaba transformado en un perro grandote, se dijo, y no era probable que Bostock relacionara al chico de los juegos malabares con el altísimo médico judío a cuyo hogar persa había sido invitado.
—Y ésta es mi esposa, Mary, una escocesa de la campiña norteña.
—Señora...
A Mary le habría encantado ponerse sus mejores galas, pero el protuberante vientre le impedía lucir su vestido azul y llevaba uno muy holgado, que parecía una tienda. Su cabellera roja, bien cepillada, brillaba esplendorosamente. Se había puesto una cinta bordada, y entre sus cejas colgaba su única joya, un pequeño colgante de aljófares.
Bostock todavía llevaba el pelo largo echado hacia atrás, con lazos y cintas, aunque ahora era más canoso que rubio. El traje de terciopelo rojo que vestía adornado con bordados, abrigaba en exceso para el clima
reinante y resultaba ostentoso. Nunca unos ojos fueron tan calculadores, pensó Rob, considerando el valor de cada animal, de la casa, de sus vestimentas y de sus muebles. Y evaluó con una mezcla de curiosidad y disgusto la vergonzosa unión de aquella pareja mixta —el judío moreno y barbado, la esposa pelirroja, de rasgos celtas, tan adelantada en su embarazo
—, de la que el bebé dormido era una prueba concluyente.
Pese a su inocultable disgusto, el visitante anhelaba hablar su idioma tanto como ellos, y en breve los tres estaban conversando. Rob y Mary no podían contenerse y lo abrumaron a preguntas:
—¿Tiene noticias de las tierras escocesas?
—¿Corrían buenos o malos tiempos cuando partiste de Londres?
—¿Reinaba la paz?
—¿Canuto seguía siendo rey?
Bostock debió darles todo tipo de informaciones para compensar la cena, aunque las últimas noticias eran de casi dos años atrás. Nada sabía de las tierras escocesas ni del norte de Inglaterra. Los tiempos eran prósperos y Londres crecía en paz, cada año con más viviendas y con más barcos, dejando pequeñas las instalaciones del Támesis. Dos meses antes de abandonar Inglaterra, les informó, había muerto el rey Canuto de muerte natural, y el día que llegó a Calais se enteró del fallecimiento de Roberto I, duque de Normandía.
—Ahora gobiernan unos bastardos a ambos lados del Canal. En Normandía el hijo ilegítimo de Roberto, Guillermo, y aunque todavía es un niño, se ha convertido en duque de Normandía con el apoyo de los amigos y parientes de su difunto padre.
»En Inglaterra, la sucesión correspondía por derecho a Hardeknud, el hijo de Canuto y la reina Emma, pero durante años ha llevado la vida de un extranjero en Dinamarca, de modo que el trono le ha sido usurpado por su medio hermano más joven que él. Haroldo Pie de Liebre, a quien Canuto ha reconocido como hijo ilegítimo habido de su unión con una desconocida de Northampton, llamada Aelfgifu, es ahora rey de Inglaterra.
—¿Y dónde están Eduardo y Alfredo, los dos príncipes que tuvo Emma con el rey Ethelred antes de su matrimonió con el rey Canuto? —quiso saber Rob.
—En Normandía, bajo la protección de la corte del duque Guillermo, y cabe presumir que miran con gran interés al otro lado del Canal —
respondió Bostock.
Hambrientos como estaban por las noticias de su tierra, los olores de los platos preparados por Mary también los volvieron hambrientos de comida, y los ojos del mercader se ablandaron al ver lo que había cocinado en su honor.
Un par de faisanes, bien aceitados y generosamente rociados, rellenos al estilo persa con arroz y uvas, todo cocido en una cacerola a fuego lento durante largo tiempo. Ensalada de verano. Melones dulcísimos. Una tarta de albaricoques y miel. Y, no menos importante, una bota con buen vino rosado, caro y conseguido con grandes riesgos. Mary había ido con Rob al mercado judío, donde al principio Hinda negó vehementemente que tuviese ninguna bebida alcohólica, mirando temerosa a su alrededor para comprobar si alguien había escuchado el pedido. Después de muchos ruegos y de ofrecerle el triple del precio corriente, apareció un odre de vino en medio de un saco de granos, que Mary llevó oculto de la vista de los mullahs en el sillín en que reposaba su hijo dormido.
Bostock se consagró a la comida, pero poco después, tras un gran eructo, declaró que al cabo de unos días reemprendería el camino a Europa.
—Al llegar a Constantinopla por asuntos eclesiásticos, no pude resistir a la tentación de continuar hacia el este. ¿Sabéis que el rey de Inglaterra dará un título nobiliario a cualquier mercader-aventurero que se atreva a hacer tres viajes para abrir mercados extranjeros al comercio inglés? Bien, eso es verdad, y es un buen sistema para que un hombre libre alcance un rango nobiliario y, al mismo tiempo, saque jugosos beneficios. «Sedas», pensé. Si pudiera seguir la Ruta de la Seda, volvería con un cargamento que me permitiría comprar todo Londres. Me alegré de llegar a Persia, donde en lugar de sedas he adquirido alfombras y finos tejidos. Pero nunca volveré
aquí, pues el beneficio será escaso... Tengo que pagar a un pequeño ejército para poder volver a Inglaterra.
Cuando Rob trató de encontrar similitudes en sus rutas de viaje al este, Bostock le informó que él había ido en primer lugar a Roma.
—Combiné los negocios con un recado de Ethelnoth, el arzobispo de Canterbury. En el Palacio de Letrán, el Papa Benedicto IX me prometió amplias recompensas por expeditiones in terra et mari y me ordenó, en nombre de Jesucristo, que hiciera mi trayecto de mercader vía Constantinopla y entregara allí unas cartas papales al Patriarca Alejo.