Médico, El

Noah Gordon · Capítulo 7 de 7 · parte 4/6

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Médico, El

Hakim

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Realizaba disecciones varias veces por semana, y empezó a usar sus materiales de dibujo, hambriento por hacer más cosas, aunque no las llevaba a cabo, pues necesitaba un mínimo de sueño si quería desempeñar adecuadamente sus funciones en el maristán durante el día.

En uno de los cadáveres que estudió, el de un joven que había sido acuchillado en una reyerta de borrachos, encontró el pequeño apéndice del ciego dilatado, con la superficie enrojecida y áspera, y conjeturó que lo estaba observando en la primera etapa de la enfermedad del costado, cuando el paciente comenzaría a sentir las primeras punzadas intermitentes.

Ahora tenía un cuadro amplio del progreso de la enfermedad desde el inicio hasta la muerte, y escribió en su registro:

Se ha observado la enfermedad abdominal en seis pacientes, todos los cuales fallecieron.

El primer síntoma marcado de la enfermedad es un repentino dolor abdominal.

El dolor suele ser intenso y rara vez ligero.

En ocasiones va acompañado por escalofríos, y con mayor frecuencia con náuseas y vómitos.

Al dolor abdominal sigue la fiebre como siguiente síntoma constante.

Al palpar se percibe una resistencia circunscrita al bajo vientre derecho, con el área a menudo dolorida por la presión y los músculos abdominales tensos y rígidos.

El mal se asienta en un apéndice del ciego que, en apariencia, no difiere de una lombriz rosada y gruesa de la variedad común. Si este órgano se inflama o infecta, se vuelve rojo y luego negro, se llena de pus y finalmente estalla, escapando su contenido hacia la cavidad abdominal general.

En tal caso, se presenta rápidamente la muerte, por regla general entre media hora y treinta horas después del inicio de la fiebre alta.

Sólo estudiaba las partes del cuerpo que quedarían cubiertas por la mortaja. Este hecho excluía los pies y la cabeza, una verdadera frustración, pues ya no se contentaba con examinar el cerebro de un cerdo. Su respeto por Ibn Sina permanecía incólume, pues había tomado conciencia de que en ciertas cuestiones su mentor había recibido enseñanzas incorrectas acerca del esqueleto y la musculatura, y había transmitido la información errónea.

Rob trabajaba con gran paciencia, descubriendo y dibujando músculos como alambres y cuerdas. Algunos comenzaban en un cordón y terminaban en un cordón, otros presentaban acoplamientos planos, otros tenían acoplamientos redondeados, o un cordón únicamente en un extremo; tampoco faltaban músculos compuestos de dos cabezas, y aparentemente su función específica consistía en que si una de las cabezas se lesionaba quedaba útil la otra. Comenzó en la ignorancia y, de modo gradual, en constante estado de exaltación enfebrecida y ensoñadora, fue aprendiendo.

Dibujó estructuras de huesos y articulaciones, formas y posiciones, comprendiendo que esos bosquejos tendrían un valor incalculable para enseñar a los jóvenes doctores a tratar torceduras y fracturas.

Siempre, cuando terminaba de trabajar, amortajaba los cadáveres, volvía a colocarlos en el depósito y se llevaba los dibujos. Ya no sentía que se asomaba a las profundidades de su propia condenación, pero en ningún momento perdió de vista el terrible fin que le aguardaba si lo descubrían.

En las disecciones que hacía bajo la luz inestable y parpadeante de la lámpara en el cuartito sin ventilación, se sobresaltaba ante el menor ruido y quedaba paralizado por el terror en las raras ocasiones en que alguien pasaba ante la puerta.

Y tenía sobradas razones para estar asustado.

Una madrugada sacó del depósito el cadáver de una anciana que había muerto poco antes. Levantó la vista, y al otro lado de la puerta vio a un enfermero que iba hacia él, llevando el cadáver de un hombre. La cabeza de la mujer se inclinó y un brazo se balanceó cuando Rob se detuvo, enmudecido, y miró fijo al enfermero, que inclinó amablemente la cabeza.

—¿Te ayudo con ésa, hakim?

—No es pesada.

Volvió a entrar detrás del enfermero, dejaron los dos cadáveres en el depósito y salieron juntos.

El cerdo sólo le había durado cuatro días, pues rápidamente se descompuso y fue indispensable deshacerse de él. Sin embargo, abrir el estómago y el intestino humanos producía olores mucho peores que el hedor dulzón de la podredumbre porcina. A pesar del agua y el jabón, el olor impregnaba todo el recinto.

Una mañana compró otro cerdo. Por la tarde, al pasar ante el cuartito de Qasim encontró al hadji Davout Hosein golpeando la puerta cerrada.

—¿Por qué está cerrada con llave? ¿Qué hay adentro?

—Es un cuarto en el que estoy haciendo la disección de un cerdo—replicó serenamente Rob.

El vicerrector de la escuela lo observó con asco. En esos días, Davout Hosein lo miraba todo con suspicacia, pues los mullahs le habían solicitado que vigilara el maristán y la madraza en busca de infractores de la ley islámica.

Ese mismo día, varias veces, Rob lo vio rondar por allí.

Por la tarde, Rob volvió a casa temprano. A la mañana siguiente, cuando llegó al hospital, vio que habían forzado y roto la cerradura de la puerta del cuartito. Dentro, todas las cosas estaban como las había dejado..., aunque no

exactamente. El cerdo yacía cubierto sobre la mesa. Sus instrumentos estaban desordenados, pero no faltaba ninguno. No habían encontrado nada que lo acusara y, por el momento, estaba a salvo. Pero la intrusión tuvo espeluznantes repercusiones.

Sabía que tarde o temprano lo descubrirían, pero estaba acumulando datos preciosos y viendo cosas maravillosas, y no estaba dispuesto a abandonar.

Aguardó dos días, hasta que el hadji lo dejó en paz. En el hospital murió un anciano mientras mantenía una serena conversación con él. Por la noche abrió el cadáver para averiguar qué le había proporcionado una muerte tan pacífica, y descubrió que la arteria que alimentaba el corazón y los miembros inferiores estaba reseca y encogida, como una hoja marchita.

En el cuerpo de un niño comprendió por qué el cáncer tenía ese nombre, al ver como la hambrienta protuberancia en forma de cangrejo había extendido sus pinzas en todas direcciones. En el cadáver de un hombre descubrió que el hígado, en lugar de ser blando y de un rico color pardo rojizo, se había convertido en un objeto amarillento con la dureza de la madera.

La semana siguiente hizo la disección de una mujer embarazada de varios meses y dibujó la matriz de su abultada tripa como una copa invertida que protegía a la vida que se estaba formando en su interior. En el dibujo le dio la cara de Despina, que nunca tendría un hijo. Lo tituló Mujer embarazada.

Una noche se sentó junto a la mesa de disecciones y creó a un joven al que dotó de los rasgos de Karim, en una semejanza imperfecta aunque reconocible para cualquiera que lo hubiese querido. Rob dibujó la figura como si la piel fuese de cristal. Lo que no podía ver con sus propios ojos en el cadáver de la mesa, lo dibujó tal como decía Galeno. Sabía que algunos detalles imaginarios serían desacertados, pero el dibujo resultó notable incluso para él, pues mostraba los órganos y los vasos sanguíneos como si el ojo de Dios se asomara a través de la carne sólida.

Cuando lo concluyó, lo firmó, lo fechó y le dio el título de El hombre transparente.

73

LA CASA DE HAMADHAN

En todo ese tiempo no hubo noticias de la guerra. Tal como había sido acordado, salieron cuatro caravanas cargadas de provisiones en busca del ejército, pero nunca volvieron a verlas, y se suponía que habían encontrado a Ala y se habían sumado al combate. Pero una tarde, inmediatamente antes de la cuarta oración, llegó un jinete con las peores noticias posibles.

Tal como habían conjeturado, cuando Masud hizo escala en Ispahán, su fuerza principal ya había encontrado a los persas y se había enzarzado con ellos. Masud envió a dos de sus generales más veteranos —Abu Sahl al-Hamduni y Tash Farrash— a la cabeza de su ejército por la ruta esperada.

Planearon y ejecutaron el ataque frontal a la perfección. Dividieron sus fuerzas en dos, permanecieron ocultos detrás de la aldea de al-Karaj y enviaron una patrulla de reconocimiento de cuatro hombres. Cuando los persas estuvieron lo bastante cerca, las huestes de Abu Sahl al-Hamduni aparecieron por una orilla de al-Karaj y los afganos de Tash Farrash salieron por la otra. Cayeron sobre los hombres del sha por dos flancos, que rápidamente se acercaron hasta que el ejército de Ghazna quedó reunido a través de una gigantesca línea de combate semicircular semejante a una red.

Tras la sorpresa inicial, los persas lucharon valientemente, pero eran inferiores en número y estrategia, y fueron perdiendo terreno día a día. Por último, descubrieron que a sus espaldas había otra fuerza de Ghazna al mando del sultán Masud. Entonces la batalla se volvió más desesperada y salvaje, pero el resultado era inevitable. Los persas estaban enfrentados a la fuerza superior de los dos generales de Ghazna. Detrás, la caballería del sultán, poco numerosa pero feroz, libraba un conflicto similar a la histórica batalla entre los romanos y los antiguos persas, aunque esa vez la enemiga de Persia fue la efímera fuerza que resultó arrasada. Los afganos golpeaban una y otra vez, y se esfumaban para reaparecer en otro sector de la retaguardia.

Finalmente, cuando los persas estaban suficientemente debilitados y confundidos, bajo la cobertura de una tempestad de arena Masud lanzó toda la fuerza de sus tres ejércitos en un ataque global.

A la mañana siguiente, el sol puso de relieve los remolinos de arena sobre los cadáveres de hombres y bestias, lo mejor del ejército persa. Algunos habían escapado y se rumoreaba que entre ellos estaba el sha Ala, según el emisario, aunque este detalle no había sido confirmado.

—¿Qué ha sido de Ibn Sina? —inquirió al-Juzjani.

—Ibn Sina abandonó el ejército bastante antes de llegar al al-Karaj, hakim. Lo había afectado un terrible cólico que lo dejó imposibilitado, de modo que con permiso del sha el médico más joven de entre los cirujanos, Bibi al-Ghuri, lo llevó a la ciudad de Hamadhan, donde Ibn Sina sigue siendo propietario de la casa que fuera de su padre.

—Conozco el lugar —dijo al-Juzjani.

Rob sabía que al-Juzjani iría.

—Déjame ir contigo —le pidió.

Durante unos segundos, el celoso resentimiento parpadeó en los ojos del médico de más edad, pero en seguida la razón ganó la batalla y asintió.

—Partiremos de inmediato —dijo.

Fue un viaje arduo y tétrico. Espoleaban sus caballos, pues no sabían si iban a encontrarlo vivo. Al-Juzjani había enmudecido por la desesperación, y no era extraño que así fuera; Rob había amado a Ibn Sina durante pocos años relativamente, mientras que al-Juzjani idolatró toda su vida al Príncipe de los Médicos.

Tuvieron que hacer un rodeo hacia el este para eludir la guerra que, por lo que sabían, aún se libraba en el territorio de Hamadhan. Pero al llegar a la ciudad capital que daba nombre al territorio, la encontraron adormilada y pacífica, sin rastros de la gran matanza que había tenido lugar a pocas millas de distancia.

Cuando Rob vio la casa pensó que se adaptaba mejor a Ibn Sina que la gran finca de Ispahán. La vivienda de adobe y piedra era semejante a la ropa que siempre llevaba Ibn Sina: modesta y cómoda.

Pero en el interior reinaba el hedor de la enfermedad.

En un asomo de celos, al-Juzjani pidió a Rob que esperara fuera de la cámara en la que yacía Ibn Sina. Poco después, Rob oyó el murmullo de

una conversación y luego, para su gran sorpresa y alarma, el inconfundible sonido de un golpe.

El joven médico llamado Bibi al-Ghuri salió de la cámara. Tenía la cara blanca y sollozaba. Pasó junto a Rob sin saludarlo y salió corriendo de la casa.

Poco después apareció al-Juzjani, seguido por un mullah anciano.

—Ese joven charlatán ha condenado a Ibn Sina. Cuando llegaron aquí al-Ghuri dio semillas de apio al maestro para interrumpir las ventosidades del cólico. Pero en lugar de darle dos danaqs de semillas, la dosis fue de cinco dirhams, y desde entonces Ibn Sina ha evacuado gran cantidad de sangre.

Cada dirham se dividía en seis danaqs, lo que significaba que había ingerido quince veces la dosis recomendada del brutal purgante.

Al-Juzjani lo miró.

—Formé parte de la junta examinadora que aprobó a al-Ghuri —se lamentó amargamente.

—No podías prever el futuro ni conocer por anticipado este error —dijo Rob amablemente.

Pero al-Juzjani no se consoló con sus palabras.

—¡Qué cruel ironía que el médico más grande del mundo termine en manos de un hakim inepto!

—¿Está consciente el maestro?

El mullah asintió.

—Ha liberado a sus esclavos y repartido sus riquezas entre los pobres.

—¿Puedo entrar?

Al-Juzjani hizo un ademán afirmativo.

Una vez en la cámara, Rob recibió un fuerte choque. En los cuatro meses transcurridos desde que lo viera por última vez, la carne de Ibn Sina se había consumido. Tenía los ojos hundidos, la cara parecía socavada y su piel era cerúlea.

Al-Ghuri le había perjudicado, pero el tratamiento erróneo sólo había servido para apresurar el inevitable efecto del cáncer de estómago.

Rob le cogió las manos y sintió tan poca vida, que le resultó difícil hablar.

Ibn Sina abrió los ojos y los fijó en los suyos. Rob sintió que el maestro leía sus pensamientos y no había necesidad de fingir.

—Pese a todo lo que puede hacer un médico, maestro, ¿por qué se es una hoja al viento y el auténtico poder sólo está en manos de Alá? —preguntó amargamente.

Para su gran confusión, una brillantez iluminó las facciones deterioradas del maestro. Y repentinamente, supo por qué Ibn Sina intentaba sonreír.

—¿Ése es el acertijo? —inquirió débilmente.

—Ése es el acertijo..., europeo. Debes pasar el resto de tu vida... tratando de... encontrar la respuesta.

—Maestro...

Ibn Sina había cerrado los ojos y no contestó. Rob permaneció un rato sentado a su lado, en silencio, y finalmente dijo en inglés:

—Podría haber ido a cualquier otro sitio sin necesidad de imposturas. Al Califato occidental...: Toledo, Córdoba... Pero había oído hablar de un hombre, Avicena, cuyo nombre árabe me acometió como un hechizo y me sacudió como un estremecimiento. Abu Alí at-Husain ibn Abdullah Ibn Sina.

No podía haber entendido nada más que su nombre; sin embargo volvió a abrir los ojos y sus manos ejercieron una leve presión en las de Rob.

—Para tocar el borde de tus vestiduras. El médico más grande del mundo

—susurró Rob.

Apenas recordaba al fatigado carpintero golpeado por la vida que había sido su padre natural. Barber lo había tratado bien, aunque con escaso afecto. Aquel era el único padre que su alma conocía. Olvidó todas las cosas que había menospreciado y sólo fue consciente de una necesidad.

—Solicito tu bendición.

Ibn Sina pronunció unas vacilantes palabras en árabe clásico, aunque Rob no tenía necesidad de comprenderlas. Sabía que Ibn Sina lo había bendecido largo tiempo atrás.

Se despidió del anciano con un beso. Al cruzar la puerta, el mullah ya se había instalado junto al lecho y leía en voz alta el Corán.

74

EL REY DE REYES

Volvió solo a Ispahán. Al-Juzjani se quedó en Hamadhan, pues quería estar a solas con su maestro agonizante durante sus últimos días.

—Nunca volveremos a ver a Ibn Sina —dijo Rob a Mary suavemente; ella dio vuelta a la cara y lloró como una criatura.

Después de descansar, Rob fue deprisa al maristán. Sin Ibn Sina ni al-Juzjani, el hospital estaba desorganizado y todo eran cabos sueltos; pasó un largo día examinando y tratando a los pacientes, conferenciando sobre heridas y en la desagradable tarea de reunirse con el hadji Davout Hosein para hablar sobre la administración general de la escuela.

Como los tiempos eran inciertos, muchos estudiantes habían abandonado su aprendizaje y regresado a sus hogares de fuera de la ciudad.

—Esto nos deja con muy pocos aprendices de medicina para hacer el trabajo del hospital—protestó el hadji.

Afortunadamente, el número de pacientes también era escaso, pues por instinto la gente se preocupaba más por la inminente violencia militar que por las enfermedades.

Aquella noche Mary tenía los ojos rojos e hinchados; ella y Rob se abrazaron con una ternura casi olvidada.

Por la mañana, al salir de la casita del Yehuddiyyeh sintió un cambio en el aire, una humedad semejante a la que precede a una tormenta en Inglaterra.

En el mercado judío casi todos los tenderetes estaban vacíos, y Hinda amontonaba frenéticamente sus mercancías en el puesto.

—¿Qué pasa? —le preguntó Rob.

—Los afganos.

Cabalgó hasta el muro. Al subir la escalera descubrió que en el camino de ronda se alineaban hombres extrañamente silenciosos, y de inmediato comprendió el motivo de sus temores, porque las huestes de Ghazna habían

reunido sus numerosos efectivos. Los infantes de Masud llenaban la mitad del pequeño llano que se extendía más allá del muro occidental de la ciudad. Los jinetes, tanto a caballo como en camellos, habían acampado al pie de las montañas. Se veían elefantes de guerra atados en las partes más elevadas de las laderas, cerca de las tiendas, y puestos de nobles y comandantes cuyos estandartes crujían bajo el viento seco. En medio del campamento, flotando por encima de todo, ondeaba el amenazador pendón de guerra de Ghazna: la cabeza de un leopardo negro sobre campo naranja.

Rob calculó que aquel ejército de Ghazna cuadruplicada el que Masud había llevado a través de Ispahán camino del oeste.

—¿Por qué no han entrado en la ciudad? —preguntó a un miembro de la fuerza policial del kelonter.

—Persiguieron al sha hasta aquí y ahora el sha está dentro de las murallas.

—¿Y por esa razón permanecen fuera?

—Masud dice que Ala debe ser traicionado por su propio pueblo. Afirma que si le entregamos al sha nos perdonará la vida. En caso contrario, promete hacer una montaña con nuestros huesos en la maidan central.

—¿Y Ala será entregado?

El hombre lo miró echando chispas por los ojos y escupió.

—Somos persas y él es nuestro sha.

Rob asintió. Pero no le creyó. Bajó del muro y volvió cabalgando a la casa del Yehuddiyyeh. Había guardado su espada inglesa envuelta en trapos aceitados. Se la sujetó a un costado del cuerpo e indicó a Mary que cogiera la espada de su padre e hiciera una barricada en la puerta tras su salida.

Volvió a montar y cabalgó hasta la casa del Paraíso.

En la avenida de Alí y Fátima se habían reunido grupos con gentes de expresión preocupada. Había menos personas en las cuatro calzadas de la avenida de los Mil Jardines, y nadie en las Puertas del Paraíso. El bulevar real, en general inmaculado, daba muestras de descuido; nadie había segado el césped ni podado los jardines últimamente. En el otro extremo del camino había un centinela solitario.

El guardia retrocedió para dar el alto a Rob.

—Soy Jesse, hakim del maristán. He sido citado por el sha.

El guardia era poco más que un niño y parecía indeciso, incluso asustado.

Por último, asintió y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Rob cabalgó por el bosque plantado para los reyes, por los verdes campos destinados al juego de pelota y palo, por las dos pistas de carreras y ante los pabellones.

Se detuvo detrás de los establos, en el alojamiento asignado a Dhan Vangalil. El fabricante de armas indio y su hijo mayor habían sido llevados a Hamadhan con el ejército. Rob ignoraba si habían sobrevivido, pero la familia no estaba allí. La casita se encontraba desierta y alguien había derribado a puntapiés las paredes de arcilla del horno que Dhan construyera con tanto cariño y esmero.

Bajó a caballo el largo y elegante camino de acceso a la Casa del Paraíso.

En las almenas no había un solo centinela. Los cascos de la montura de Rob resonaron en el puente levadizo. Después ató el caballo delante de las grandes puertas.

Una vez dentro de la Casa del Paraíso, sus pisadas también resonaban en los pasillos desiertos. Finalmente, llegó a la cámara de audiencias en la que siempre se había presentado ante el rey, y ahora lo vio sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, solo y en un rincón. Tenía enfrente una jarra de vino medio llena y un tablero en el que se había planteado un problema en el juego del sha.

Se lo veía en tan mal estado y desatendido, como los jardines. Su barba no había sido recortada. Tenía manchas purpúreas bajo los ojos y estaba más delgado, lo que hacía que su nariz se pareciera más que nunca a un pico de ave. Levantó la vista y vio a Rob con la mano en la empuñadura de la espada.

—¿Qué, Dhimmi? ¿Has venido a vengarte?

Pasaron unos segundos hasta que Rob comprendió que Ala se refería al juego del sha, pues ya estaba reacomodando las piezas del tablero.

Rob se encogió de hombros y apartó la mano de la empuñadura, apartando la espada a fin de poder sentarse cómodamente en el suelo, frente

al rey.

—Ejércitos nuevos —dijo Ala sin el menor humor, y abrió el juego moviendo un infante de marfil.

Rob movió un soldado negro.

—¿Dónde está Farhad? ¿Lo asesinaron en el combate?

Rob no esperaba encontrar solo a Ala. Había pensado que antes tendría que matar al capitán de las Puertas.

—Farhad no ha sido asesinado. Huyó.

Ala comió un soldado negro con su caballero blanco y enseguida Rob apeló a uno de sus caballeros de ébano para capturar a un soldado de infantería blanco.

—Khuff no te habría abandonado.

—No, Khuff no se habría fugado —coincidió Ala, distraído.

Estudió el tablero. Finalmente, en el extremo de la línea de batalla, levantó y movió al guerrero rukh tallado en marfil y con sus manos de asesino ahuecadas junto a los labios para beber la sangre de su enemigo.

Rob tendió una trampa y atrajo a Ala, cediendo un jinete de ébano a cambio del rukh blanco. Ala fijo la vista en el tablero.

A partir de ese momento sus movimientos fueron más deliberados y pasaba más tiempo sumido en la concentración. Le brillaban los ojos cuando ganó el otro jinete blanco, pero se le apagaron al perder su elefante.

—¿Qué ha sido del elefante Zi?

—Ah, ése era un buen elefante. También lo perdí en la Puerta de al-Karaj.

—¿Y el mahout Harsha?

—Muerto antes que el elefante. Una lanza le atravesó el pecho.—Sin ofrecerle vino a Rob, bebió directamente de la jarra y volcó buena parte en su túnica mugrienta. Se secó la boca y la barba con el dorso de la mano—.

Basta de charla —dijo, y se entregó de lleno al juego, pues las piezas de ébano llevaban una ligera ventaja.

Ala se transformó en un atacante porfiado y probó todas las tretas que antes le habían dado buenos resultados, pero Rob había pasado los últimos

años oponiéndose a mentes más agudas: Mirdin le había enseñado cuándo debía ser audaz y cuándo cauteloso. Ibn Sina le había enseñado a prever, a pensar con tanta anticipación que ahora era como si hubiese conducido a Ala por los caminos en los que la aniquilación de las piezas de marfil era una certeza.

Pasaba el tiempo, y un brillo sudoroso apareció en el rostro de Ala, aunque las paredes y el suelo de piedra mantenían fresca la sala.

Rob tenía la impresión de que Mirdin e Ibn Sina jugaban como si formaran parte de su mente.

De las piezas de marfil sólo quedaban en el tablero el rey, el general y un camello; en breve, con los ojos fijos en los del sha, Rob comió el camello con su general.

Ala colocó a su general delante del rey, bloqueando la línea de ataque.

Pero a Rob le quedaban cinco piezas: el rey, el general, un rukh, un camello y un infante. Rápidamente movió el soldado de caballería no amenazado hasta el otro lado del tablero, donde las reglas del juego le permitían cambiarlo por su otro rukh, que fue recuperado.

En tres movimientos, sacrificó al recién recuperado rukh, con el propósito de capturar al general de marfil.

Y en dos movimientos más su general de ébano amenazó el caballo de marfil.

—Quítate, oh sha —dijo en voz baja.

Repitió tres veces las palabras, mientras acomodaba sus piezas de modo que el sitiado rey de Ala no tuviera hacia donde volverse.

—Shahtreng —dijo Rob finalmente.

—Sí. La agonía del rey.

Ala barrió las piezas restantes del tablero. Ahora se examinaban mutuamente, y Rob volvió a apoyar la mano en la empuñadura de su espada.

—Masud ha dicho que si el pueblo no te entrega, los afganos saquearán esta ciudad y asesinarán a sus habitantes.

—Los afganos asesinarán y saquearán esta ciudad tanto si me entregan como si no. A Ispahán sólo le queda una oportunidad.

Se incorporó con dificultad, y Rob se puso inmediatamente de pie porque un plebeyo no podía permanecer sentado si el gobernante estaba levantado.

—Desafiaré a Masud a combatir: rey contra rey.

Rob deseaba matarlo, y no quería admirarlo ni simpatizar con él, y frunció el ceño. Ala curvó el pesado arco que muy pocos podían curvar y lo armó.

Señaló la espada de acero estampado que le había hecho Dhan Vangalil y que ahora colgaba de la pared opuesta.

—Ve a buscar mi arma, Dhimmi.

Rob se la alcanzó y observó cómo se la sujetaba al cinto.

—¿Irás ahora a enfrentarte con Masud?

—Éste parece un buen momento.

—¿Quieres que te asista?

—¡No!

Rob notó el desprecio por la sugerencia de que al rey de Persia pudiera servirle de escudero un judío. Pero en lugar de enfurecerse, sintió alivio; lo había dicho impulsivamente y lamentó sus palabras en cuanto las pronunció, pues no veía ningún sentido ni gloria en morir junto al sha Ala.

Sin embargo, la cara de buitre se ablandó y el sha hizo una pausa antes de salir.

—Tu oferta ha sido viril. Piensa qué te gustaría tener como recompensa.

A mi regreso te adjudicaré un calaat.

Rob trepó por una estrecha escalera de piedra hasta las almenas más altas de la Casa del Paraíso, y desde su aguilera vio las viviendas de la zona más opulenta de Ispahán, a los persas en lo alto de las murallas, el llano y el campamento de Ghazna que se extendía hasta las montañas.

Aguardó largo rato con el viento agitándole los cabellos y la barba, pero Ala no apareció.

A medida que pasaba el tiempo comenzó a reprocharse no haber matado al sha; sin duda éste lo había engañado y había puesto pies en polvorosa.

Pero en seguida lo vio.

La puerta occidental estaba fuera del alcance de su mirada, pero en el llano, más allá de la muralla, emergió el sha a horcajadas de una montura conocida: el semental blanco salvajemente hermoso que agitaba la cabeza y hacía elegantes cabriolas.

Rob vio que Ala cabalgaba directamente hacia el campamento enemigo.

Cuando estuvo cerca refrenó el caballo y, con los pies en los estribos, gritó su desafío. Rob no oyó las palabras, pues sólo llegó a sus oídos un apagado grito ininteligible. Pero algunos súbditos del rey debieron de oírlas. Los habían educado en la leyenda de Ardewan y Ardashir, relativa al primer duelo librado para elegir un Shahanshah, y en lo alto del muro brotaron las aclamaciones. En el campamento de Ghazna, un grupito de jinetes bajó desde las tiendas de los oficiales. El que iba al mando llevaba un turbante blanco, pero Rob no sabía si era o no Masud. Estuviera donde estuviese éste, si había oído hablar de Ardewan y Ardashir y de la antigua batalla por el derecho a ser rey de reyes, nada le importaban las leyendas.

Una tropa de arqueros en veloces corceles salieron de las filas afganas.

El semental árabe era el caballo más rápido que Rob había visto en su vida, pero Ala no intentó correr más que ellos. Volvió a alzarse en los estribos. Esta vez, Rob estaba seguro, gritó pullas e insultos al joven sultán, que no presentaría batalla.

Cuando los soldados estaban casi sobre él, Ala preparó su arco e inició la fuga sobre el caballo blanco, pero no tenía hacia dónde correr. Veloz como el rayo, se volvió en la silla y disparó una flecha que derribó al jefe afgano, blanco perfecto de la flecha del parto que arrancó vítores de los labios de quienes observaban desde los muros. Pero una lluvia de flechas encontró el cuerpo del sha.

Cuatro cayeron sobre su caballo. Un chorro rojo manó de la boca del semental. La bestia blanca redujo la marcha, se detuvo y osciló antes de desplomarse en los suelos con su jinete muerto.

Rob se asombró de su propia tristeza, que lo cogió desprevenido.

Los vio atar con una cuerda los tobillos de Ala y arrastrarlo hasta el campamento de Ghazna, levantando una estela de polvo gris. Por alguna razón que Rob no comprendió, se sintió especialmente molesto por el hecho de que arrastraran al rey por el suelo, boca abajo.

Llevó su caballo castaño al pradito situado detrás de los establos reales y lo desensilló. Le costó trabajo abrir la pesada puerta, pero al igual que en el resto de la Casa del Paraíso allí no había nadie, y tuvo que arreglárselas.

—Adiós, amigo —dijo.

Palmeó la grupa del caballo, y cuando lo vio unirse a la manada cerró la puerta delicadamente. Sólo Dios sabía quien sería el dueño de su caballo castrado a la mañana siguiente.

En el redil de camellos cogió un par de cabestros de la impedimenta que colgaba en un cobertizo abierto y escogió las dos hembras jóvenes y fuertes que necesitaba. Las bestias estaban arrodilladas en el polvo, rumiando y observando cómo se acercaba.

La primera intentó morderle el brazo cuando se aproximó con la brida; pero Mirdin, el más delicado de los hombres delicados, le había enseñado cómo se razonaba con los camellos. Le propinó tan brutal puñetazo en las costillas que la camella soltó el aire entre sus amarillentos dientes cuadrados. Después se mostró muy tratable y el otro animal no le creó ningún problema, como si hubiera aprendido de la observación. Montó en la bestia más corpulenta y condujo la otra con ayuda de una cuerda.

El joven centinela había desaparecido de las Puertas del Paraíso, y mientras Rob entraba en la ciudad, tuvo la impresión de que Ispahán se había vuelto loca. La gente se precipitaba de un lado a otro con sus hatillos y conduciendo animales cargados con sus pertenencias. La avenida de Alí y Fátima estaba alborotada; un caballo desbocado pasó a la carrera junto a Rob, asustando a sus camellos. En los zocos, algunos vendedores habían abandonado sus mercancías. Notó que dirigían miradas codiciosas a los camellos, por lo que desenvainó la espada y la cruzó sobre su regazo mientras seguía adelante. Tuvo que hacer un amplio desvío alrededor de la parte oriental, con el propósito de llegar al Yehuddiyyeh. La gente y los animales ya habían retrocedido un cuarto de milla cuando intentaron huir de

Ispahán por la puerta oriental para eludir el enemigo acampado más allá del muro occidental.

Cuando llamó a la puerta de su casa, Mary abrió, con la cara cenicienta y la espada de su padre en la mano.

—Nos volvemos a Inglaterra.

Estaba aterrorizada, pero Rob notó que sus labios se movían en una oración de acción de gracias.

Se quitó el turbante y las vestiduras persas para ponerse el caftán negro y el sombrero judío de cuero.

Cogieron el ejemplar del Canon de medicina de Ibn Sina, los dibujos anatómicos enrollados e insertados en una caña de bambú, los registros de historias clínicas, el equipo de instrumentos médicos, el juego que había sido de Mirdin, alimentos y unas pocas medicinas, la espada del padre de Mary y una cajita que contenía su dinero. Cargaron todo a lomos del camello más pequeño.

De un costado del más grande, Rob colgó una cesta de juncos, y del otro, un saco de tejido flojo. Tenía una ínfima dosis de buing en un frasco pequeño, sólo lo suficiente para humedecer la yema del dedo índice y hacer que Rob J. lo chupara, y luego repetir la operación con Tam. En cuanto se durmieron, acomodó al mayor en la cesta y al bebé en el saco. La madre montó en el camello, entre ambos.

Aún no había oscurecido cuando dejaron para siempre la casita del Yehuddiyyeh, pero no se atrevieron a esperar, pues los afganos podían caer en cualquier momento sobre la ciudad. La oscuridad era total cuando hizo pasar los dos camellos por la abandonada puerta occidental. La senda de caza que siguieron a través de las montañas pasaba tan cerca de los fuegos del campamento de los soldados de Ghazna, que oyeron cánticos y gritos de los afganos preparándose para una orgía de pillaje y violaciones.

En un momento dado, creyeron que un jinete iba al galope directamente hacia ellos, vociferando como un energúmeno, pero el sonido de los cascos se desvió y se apagó.

El efecto del buing comenzó a disiparse; Rob J. gimió y luego lloró. El sonido era terriblemente audible, pero Mary sacó al niño de la cesta y lo silenció amamantándolo.

No los persiguieron. Poco después dejaron atrás los campamentos, pero cuando Rob volvió la mirada notó que ascendía una nube rosada y comprendió que Ispahán estaba ardiendo. Viajaron toda la noche, y cuando asomaron las primeras luces tenues del amanecer, notó que habían salido de las montañas y ya no había soldados a la vista. Tenía el cuerpo entumecido y en cuanto a los pies... sabía que cuando dejara de andar el dolor sería otro enemigo. Ahora los dos niños gimoteaban y su esposa, con el rostro ceniciento, cabalgaba con los ojos cerrados, pero Rob no se detuvo. Obligó a sus cansadas piernas a seguir adelante, conduciendo los camellos rumbo al oeste, hacia la primera aldea judía.

SÉPTIMA PARTE

EL RETORNO

75

LONDRES

Cruzaron el Gran Canal el veinticuatro de marzo del año del Señor de 1043, y tocaron tierra a última hora de la tarde, en Queen's Hythe. Quizá si hubiesen llegado a la ciudad de Londres un cálido día de verano, el resto de su vida habría sido diferente, pero Mary pisó tierra bajo un aguanieve primaveral llevando a su hijo menor que, al igual que su padre, había vomitado sin parar desde Francia hasta el final del viaje. Le disgustó la ciudad y desconfió de ella por su desapacible humedad del primer momento.

Apenas había lugar para desembarcar. Rob contó más de una veintena de temibles naves de guerra negras ancladas y meciéndose en la marejada, y había embarcaciones mercantes por todos lados. Los cuatro estaban exhaustos por el viaje. Se encaminaron a una de las posadas cercanas al mercado de Southwark, que Rob recordaba, pero resultó ser una pocilga infame plagada de bichos, lo que volvió más desdichada aún su primera noche en Londres.

A la mañana siguiente, con las primeras luces, Rob salió solo a buscar un alojamiento mejor. Bajó el talud y cruzó el Puente de Londres, que se mantenía en buen estado y era el detalle que menos había cambiado en la ciudad. Londres se había expandido; donde antes había praderas y huertos, vio edificios desconocidos y calles que serpenteaban tan delirantemente como las del Yehuddiyyeh. La zona norte le resultó del todo extraña, pues cuando era niño había sido el barrio de casas solariegas rodeadas de campos y jardines, propiedades de las familias antiguas. Evidentemente, algunas habían sido vendidas, y la tierra se usaba para oficios más sucios. Había una fundición de hierro, los orfebres tenían su propio grupo de casas y tiendas, lo mismo que los plateros y los trabajadores del cobre. No era un lugar para vivir, con su velo de humo brumoso, el hedor de las curtidurías, los constantes martillazos sobre los yunques, el rugido de los hornos, los golpeteos, golpes y golpazos de manufacturas e industrias.

A sus ojos, en todos los barrios faltaba algo. Cripplegate había que desecharlo a causa del terreno pantanoso no desecado, Halborn y Fleet se hallaban demasiado alejadas del centro de Londres, y Cheapside estaba abarrotada de tiendas minoristas. Los bajos de la ciudad se encontraban aún más congestionados, pero habían sido parte fundamental de su infancia y se sintió atraído por el puerto.

La calle del Támesis era la más importante de Londres. En la mugre de las estrechas callejuelas que corrían desde Puddle Dock en un extremo y Tower Hill en el otro, vivían porteadores, estibadores, sirvientes y otros desgraciados, pero la larga franja de la calle del Támesis propiamente dicha y sus embarcaderos y desembarcaderos eran un próspero centro de las exportaciones, importaciones y comercios mayoristas. En el lado sur de la calle, el malecón y los muelles obligaban a cierta alineación, pero el lado norte era un disparate a veces estrecho y por momentos ancho. En algunos lugares, de las casonas asomaban fachadas abultadas como vientres de embarazadas. De vez en cuando sobresalía un jardincillo vallado o un almacén se alzaba a cierta distancia de la calle. Éste era casi todo el tiempo un hervidero de seres humanos y animales cuyos efluvios vitales y sonidos recordaba muy bien.

En una taberna preguntó por una casa desocupada y le hablaron de una no muy lejos del Walbrook. De hecho, la casa estaba junto a la pequeña iglesia de St. Asaph, y Rob se dijo que a Mary le gustaría. En la planta baja vivía el propietario, Peter Lound. El piso de arriba estaba en alquiler, y consistía en una pequeña habitación y una sala grande de uso general, que se comunicaban con la bulliciosa calle por una escalera empinada.

No había huellas de ningún tipo de parásitos, y el precio parecía correcto.

El emplazamiento era bueno, pues en las calles laterales de la pendiente que subía hacia el norte vivían y tenían sus tiendas comerciantes ricos. Rob no perdió un instante en ir a buscar a su familia a Southwark.

—Todavía no es un hogar digno, pero servirá, ¿verdad? —preguntó a su mujer.

La mirada de Mary era tímida y su respuesta se perdió por el repentino tañido de las campanas de St. Asaph, que resultó excesivamente audible.

En cuanto estuvieron instalados, Rob se apresuró a ir a ver a un fabricante de carteles y le pidió que tallara una tabla de roble y pintara las letras de negro. Cuando la placa estuvo lista, la clavó en la puerta de su casa de la calle del Támesis, para que todos supieran que allí vivía «Robert Jeremy Cole, médico».

Al principio, para Mary fue agradable encontrarse entre británicos y hablar inglés, aunque seguía dirigiéndose a sus hijos en gaélico, pues quería que dominaran la lengua de los escoceses. La posibilidad de comprar en Londres era embriagadora. Buscó a una costurera y le encargó un vestido de buen paño marrón. Habría preferido un azul como el de la tintura que una vez le había regalado su padre, un azul cielo estival, que naturalmente era imposible. No obstante, el vestido resultó atractivo: largo y ceñido, de alto cuello redondo y mangas tan holgadas que bajaban hasta sus muñecas en voluptuosos pliegues.

Para Rob encargaron unos buenos pantalones grises y una capa. Aunque él protestó por la extravagancia, Mary le compró dos batas negras de médico, una de paño ligero y sin forro y la otra más pesada, con una capucha ribeteada de piel de zorro. Hacía tiempo que necesitaba ropa nueva, pues seguía usando la que habían comprado en Constantinopla

después de completar las etapas de las seguras aldeas judías como quien sigue una cadena eslabón a eslabón. Él se había recortado la tupida barba hasta convertirla en una perilla de chivo, se vistió a la usanza occidental y cuando se unieron a una caravana, Jesse ben Benjamin había desaparecido.

Ocupó su lugar Robert Jeremy Cole, un inglés que volvía a su tierra con su familia.

Siempre práctica, Mary había conservado el caftán y usó la tela para hacer prendas a sus hijos. También guardaba las ropas de Rob J. para Tam, tarea que se vio dificultada porque el mayor estaba muy desarrollado para su edad y Tam era algo más pequeño que la mayoría de los niños de su edad, porque había estado gravemente enfermo durante el viaje. En la ciudad franca de Freising los dos niños contrajeron anginas y tenían los ojos llorosos, y después padecieron fiebres altas que afligieron a Mary con la idea de que perdería a sus hijos. Los niños estuvieron febriles días enteros.

A Rob J. no le quedaron secuelas visibles, pero la enfermedad se había asentado en la pierna izquierda de Tam, que se volvió pálida y parecía sin vida.

La familia Cole llegó a Freising con una caravana que tenía previsto partir en breve, y el amo dijo que no esperaría a los enfermos.

—Vete y maldito seas —le había dicho Rob, porque el niño necesitaba tratamiento y lo recibiría.

Mantuvo vendajes húmedos y calientes sobre el miembro de Tam, quedándose sin dormir para cambiarlos constantemente y rodear la pequeña pierna con sus grandes manos, doblar la rodilla y hacer trabajar los músculos una y otra vez, pellizcar, retorcer y masajear la pierna con grasa de oso. Tam se recuperó, aunque lentamente. Llevaba menos de un año caminando cuando lo atacó la enfermedad. Tuvo que aprender de nuevo a arrastrarse y gatear, y cuando dio los primeros pasos no mantenía bien el equilibrio, pues la pierna izquierda era ligeramente más corta que la otra.

Estuvieron en Freising casi doce meses aguardando la recuperación de Tam y luego una caravana adecuada. Aunque nunca llegó a querer a los francos, Rob se mostró algo más comprensivo con sus costumbres. La gente iba a consultarle a pesar de la ignorancia de su idioma, pues habían notado

con cuánto cuidado y ternura trataba a su propio hijo. Nunca dejó de atender la pierna de Tam, y aunque a veces el niño arrastraba un poco el pie izquierdo al andar, se encontraba entre los niños más activos de Londres.

Por cierto, sus dos hijos se encontraban más a gusto en Londres que la madre, la cual no lograba adaptarse. Encontró que el tiempo era húmedo y los ingleses, fríos. Cuando iba al mercado tenía que reprimirse para no deslizarse en el animado regateo oriental al que se había acostumbrado afectuosamente. Los londinenses, en general, eran menos amables de lo que esperaba. Hasta Rob dijo que echaba de menos el efusivo fluir de la conversación persa.

—Aunque rara vez la adulación era algo más que una palabrería hueca, resultaba agradable —le dijo con tono melancólico.

Mary se encontraba en un atolladero con respecto a él. Algo estaba ausente en el lecho matrimonial, se palpaba una falta de júbilo que no sabía definir. Compró un espejo y estudió su imagen, notando que su cutis había perdido brillo debido al cruel sol del largo viaje. Tenía la cara más delgada que antes y los pómulos más pronunciados. Sabía que sus pechos se habían alterado por la lactancia. En las calles de la ciudad pululaban las furcias de mirada dura y algunas eran bellas. ¿Recurriría Rob a ellas tarde o temprano? Lo imaginó diciéndole a una prostituta lo que había aprendido del amor en Persia y sufrió viéndolos rodar y muertos de risa, como en otros tiempos hacían ella y Rob.

Para Mary, Londres era una ciénaga negra en la que ya estaban hundidos hasta los tobillos. La comparación no era casual, pues la ciudad olía peor que cualquier pantano encontrado durante sus viajes. Las cloacas abiertas y la tierra no eran peores que las cloacas abiertas y el polvo de Ispahán, pero aquí se multiplicaba el número de habitantes y en algunos lugares vivían hacinados, de modo que la fetidez acumulada de sus desechos corporales y de la basura era abominable.

Al llegar a Constantinopla y encontrarse otra vez entre una mayoría cristiana, se dedicó a frecuentar con gran asiduidad las iglesias, pero ahora su fervor se había templado porque los templos londinenses la abrumaban.

En Londres había muchas más iglesias que mezquitas en Ispahán: más de

un centenar de ellas descollaban de los demás edificios —era una ciudad construida entre iglesias— y «hablaban» con una constante voz atronadora que la hacía temblar. A veces sentía que estaba a punto de ser levantada y arrastrada por un gran viento agitado por las campanas. Aunque la iglesia de St. Asaph era pequeña, sus campanas eran grandes y retumbaban en la casa de la calle del Támesis, repicaban en vertiginoso concierto con los campanarios de las otras iglesias, comunicándose más eficazmente que un ejército de muecines. Las campanas llamaban a los fieles a la oración, las campanas estaban presentes en la consagración de la misa, las campanas advertían del toque de queda a los rezagados; las campanas anunciaban bodas y bautizos, y sonaban en un tañido fúnebre y solemne por cada alma que pasaba a mejor vida; las campanas era la alerta de incendios y disturbios, daban la bienvenida a los visitantes distinguidos, sonaban para anunciar los días festivos y doblaban con tonos apagados para señalar los desastres. Para Mary, las campanas eran la ciudad.

Y odiaba las condenadas campanas.

La primera persona atraída a su puerta por el nuevo cartel no era un paciente. Quien había llamado era un hombre menudo y cargado de espaldas, que parpadeaba y miraba a través de sus ojos siempre entornados.

—Nicholas Hunne, médico —se presentó e inclinó su cabeza calva a la manera de un gorrión, esperando la reacción—. De la calle del Támesis —

agregó significativamente.

—He visto vuestra placa —dijo Rob y sonrió—. Vos estáis en un extremo de la calle, maestro Hunne, y ahora yo me establezco en el otro. Entre ambos hay suficientes londinenses enfermos para una docena de ajetreados médicos.

Hunne arrugó la nariz.

—No tantos enfermos como creéis. Y no tantos médicos ajetreados.

Londres ya está abarrotada de profesionales de la medicina, y opino que una población alejada sería mejor elección para un médico que se inicia.

Cuando el maestro preguntó donde había estudiado, Rob mintió como un mercader de tapices y dijo que había aprendido durante seis años en el reino franco oriental.

—¿Y cuánto cobraréis?

—¿Cobrar?

—Sí. ¡Vuestros honorarios, hombre!

—Todavía no lo he pensado.

—Pues hacedlo cuanto antes. Os diré cuál es la costumbre, porque no sería justo que un recién llegado rebajara las cuotas establecidas por los demás. Los honorarios varían según la riqueza del paciente... y el cielo es el límite, por supuesto. Pero nunca debéis bajar de cuarenta peniques por una flebotomía, dado que la sangría es el elemento básico de nuestra profesión, y no menos de treinta y seis peniques por el examen de la orina.

Rob lo observó pensativo, pues los precios mencionados eran inhumanamente altos.

—No debéis molestaros con la chusma que se apiña en las barriadas de los extremos de la calle del Támesis. Ya hay cirujanos barberos para atenderla. Tampoco obtendréis frutos si vais en pos de la nobleza, pues la atiende un grupo reducido de médicos como Dryfield, Hudson, Simpson y otros como ellos. Pero la calle del Támesis es un jardín maduro de comerciantes ricos, aunque yo he aprendido a hacerme pagar antes de iniciar el tratamiento, momento en que la angustia del paciente es mayor.

—Dedicó a Rob una mirada astuta—. Que seamos competidores no debe convertirse en una desventaja, pues he descubierto que impresiona bien llamar a consulta cuando el enfermo es próspero, y podremos usarnos mutuamente con lucrativa frecuencia, ¿no os parece?

Rob dio unos pasos hacia la puerta, indicándole la salida.

—Prefiero trabajar solo —dijo finalmente.

El otro se puso de todos los colores por el tajante rechazo.

—Entonces estaréis contento, maestro Cole, pues haré correr el rumor y ningún otro médico se acercará a vos.

Inclinó la cabeza y desapareció de la vista.

Se presentaron pacientes, aunque no a menudo.

«Es lo que cabe esperar», se dijo Rob; él era nuevo en la plaza y le llevaría cierto tiempo darse a conocer. Mejor sentarse a esperar que entrar en juegos sucios y prósperos con gente de la calaña de Hunne.

Entretanto, se instalaron. Llevó a su mujer e hijos a visitar las tumbas de la familia y los niños retozaron en el cementerio de St. Botolph. Ahora Rob aceptaba, en el rincón más hondo y secreto de sí mismo, que nunca encontraría a sus hermanos; pero recibía consuelo y orgullo de la nueva familia que había formado, y abrigaba la esperanza de que, de alguna manera, su hermano Samuel, mamá y papá se enteraran de su existencia.

En Cornhill encontró una taberna que le gustó. Se llamaba El Zorro, un bodegón de trabajadores semejante a aquellos en los que su padre buscaba refugio cuando él era pequeño. Volvió a evitar el hidromiel y sólo bebió cerveza negra. Allí conoció a un contratista de la construcción, George Markham, que había pertenecido al gremio de carpinteros al mismo tiempo que su padre. Markham era un hombre robusto, de cara colorada, con las sienes y la punta de la barba canosas. Había pertenecido a una Centena distinta de la de Nathanael Cole, pero lo recordaba, y por último Rob descubrió que era sobrino de Richard Bukerel, que en aquel entonces era carpintero jefe. Había sido amigo de Turner Horne, el maestro carpintero con quien vivió Samuel antes de ser atropellado por un carro en los muelles.

A Turner y a su mujer se los había llevado la fiebre de los pantanos cinco años antes, lo mismo que a su hijo pequeño. Fue un invierno terrible, concluyó Markham.

Rob contó a los hombres de El Zorro que había estado unos años en el extranjero, estudiando medicina en el reino franco de Oriente.

—¿Conoces al aprendiz de carpintero Anthony Tite? —preguntó a Markham.

—Era jornalero cuando murió, el año pasado, de la enfermedad del pecho.

Rob asintió y bebieron un rato en silencio.

Por Markham y los demás parroquianos, Rob se enteró de lo que había ocurrido en el trono de Inglaterra. Parte de la historia la había conocido en Ispahán, de labios de Bostock. Ahora descubrió que después de suceder a Canuto, Haroldo Pie de Liebre demostró ser un rey débil aunque con un

guardián fuerte: Godwine, conde de Wessex. Su medio hermano Alfredo, que se hacía llamar príncipe heredero, llegó a Normandía, y las fuerzas de Haroldo hicieron una carnicería con sus hombres, le arrancaron los ojos y lo mantuvieron en una celda hasta que le sobrevino una muerte horrible a causa de la supuración de sus torturadas cuencas oculares.

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