Memoria sin rastro

Myriam Lopez · Capítulo 2 de 25

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Memoria sin rastro

Capítulo 1

Viernes, 19 de junio de 2009.

—Pues, cariño, ya está todo el «pescao» vendido. Es hora de que desconectes y descanses —me aconseja papá, conocedor del estado actual de nervios que invade mi mente.

—De momento, vamos a celebrar que hemos terminado —cambio de tema rápidamente, fingiendo tener más seguridad en mí misma.

—¡Esa es mi chica! ¿A dónde vais a ir?

—Al Club Fantasía.

—Pasadlo bien, pero no demasiado.

Pongo los ojos en blanco.

—Gracias, papá. ¡Nos vemos en dos días!

—Deseando estoy. Te quiero, peque.

—Y yo a ti, viejito.

Me quedo unos segundos mirando el teléfono antes de colgar, esperando a que él lo haga primero. Como siempre, termino colgando yo.

Alucino con lo rápido que han pasado estos meses, por fin puedo cerrar esta etapa. Ahora viene lo mejor… ¡No tengo ni idea de qué voy a hacer con mi vida!

Le echo un ojo a mi reloj de pulsera, Ruth debería haber llegado ya.

Ella es mi mejor amiga desde que me alcanza la memoria. Somos muy distintas, pero nos complementamos a la perfección. Hace mucho tiempo que tenemos el poder de leernos las mentes, somos capaces de comunicarnos tan solo con mirarnos. Reconozco que siento envidia sana de ella. Es una tía decidida que sabe lo que quiere y pasa a la acción de inmediato. A mí me cuesta más hacerlo, confieso que le doy mil vueltas a todo. Por eso somos un buen equipo, no sé qué sería de mí sin ella.

Además de Ruth, esta noche se apuntan a la salida dos amigas más: Celia y Olivia. Nuestra idea es ir a cenar algo y luego tomarnos unas copas en el Club Fantasía, en pleno centro de Sevilla. Estas chicas siempre me acaban liando, saben que odio las discotecas. Yo soy de planes más tranquilos, pero Olivia ha insistido en que no es como cualquier otra discoteca que haya visto hasta ahora. El Club Fantasía lleva abierto apenas unos meses y están ansiosas por ir. Me tomaré una copa y, desde que pueda, me iré a casa. Justo me llega un mensaje de Ruth:

«¡Tasi! Voy saliendo de casa, bájate en diez minutos, ¿OK?».

Termino de prepararme, cojo un pósit y le escribo a mi madre.

«Mamá, salgo con las chicas a celebrar que terminamos la selectividad y somos libres al fin. Intentaré llegar cuanto antes. ¡Qué descanses!».

Mi madre trabaja como matrona en el Hospital de la Mujer, que pertenece al Hospital Universitario Virgen del Rocío. Hoy tiene uno de esos turnos interminables en los que acaba reventada. Sé que me la encontraré en el séptimo sueño cuando llegue a casa. Miro por la ventana y veo a Ruth parando en doble fila. Voy corriendo a subirme al coche antes de que le llamen la atención.

—¿Preparada para pasar una noche que nunca olvidarás? —pregunta.

—¡Cómo te gusta dramatizar! —Le enseño la lengua, burlona.

—Nací para ello. ¡Vamos!

Paseamos tranquilas por las calles de Sevilla mientras bajamos la cena que nos acabamos de meter entre pecho y espalda. Parecemos unas ancianas contando batallitas, recordando anécdotas del último curso. Como suele pasar a lo largo de nuestras conversaciones, terminamos hablando de los amoríos. Ruth es una romántica empedernida, se ilusiona tan rápido cuando conoce a un chico que este se va igual de pronto como llega. Celia está colada por un amigo desde hace años, pero nunca se ha atrevido a confesarle sus sentimientos, así que está esperando el día que ocurra un milagro y se lance él. Olivia nos cuenta que conoció a una chica hace un mes por Badoo que le encanta, pero vive a unos cuantos kilómetros de aquí

—en París, concretamente—, por lo que eso de conocerse aún tendrá que esperar. Y yo… ¿qué decir de mí? Conocí a un chico hace un año y lo intentamos por un tiempo, pero no funcionó. Desde entonces no he tenido interés en conocer a más, sino en ir a lo mío.

Como siempre, hay bastante ambiente por la ciudad. El tiempo, de momento, permite que podamos estar en la calle sin asfixiarnos de calor. Es

lo que tiene vivir aquí, pasamos de un extremo a otro, no conocemos el término medio.

—¡Ya hemos llegado! —brama Olivia, haciendo que nos sobresaltemos.

Echo la vista hacia arriba y observo la imponente fachada del club. Es sinónimo de ostentosidad. Se nota a leguas que es el típico antro para pijos, niños de papá y de mamá. ¡Tierra, trágame! Pensaba que se trataba de una discoteca de lo más común, ¡pero no! De haberlo sabido, me habría vestido para la ocasión, más elegante… ¡Todo el mundo me va a mirar!

Me detengo en Ruth, que está disfrutando con la escena, sabedora del careto que tengo ahora mismo. Le echo una mirada furtiva, haciendo que suelte una carcajada sonora que capta la atención de la gente que está en cola. Olivia nos hace señas para que nos pongamos en la fila y dejemos de dar el cante. No es la primera vez que Olivia viene aquí. Su madre ha trabajado en el diseño y la decoración interior del Club Fantasía, así que ella tiene enchufe tanto para entrar como para consumir. El dueño del club insistió en que viniéramos pronto. Después de unos veinte minutos, Olivia le da su nombre al gorila que salvaguarda esta caverna —muy selecta, eso sí— y entramos.

Me quedo absorta con la decoración del interior. Desde luego que la madre de Olivia sabe muy bien lo que se hace. El lugar es de lo más ecléctico, un diseño muy moderno y elegante que combina los tonos lilas y dorados. La música, de entrada al menos, permite que se pueda hablar sin elevar tanto la voz y crea buen ambiente. Un hombre se acerca a nosotras, sacándome de mi ensoñación inicial, y nos hace señas para que lo sigamos.

Nos indica que entremos en un reservado, donde tomamos las primeras copas de la noche. Se agradece tener un espacio para nosotras solas, aunque poco dura mi alegría. Olivia nos informa de que el reservado no es únicamente para nosotras, sino que se van a sumar tres personas más.

—¡De verdad, Tasia! ¿Puedes ser más aburrida? —se queja—. Relájate y disfruta, que la noche es joven. Ya tendrás tiempo de volver a encerrarte en tu cuarto cuando entres en la uni. ¡Carpe diem!

Y por este tipo de cosas siempre me he considerado un bicho raro. Me hace rabiar mucho que me hagan sentir así, pero sé que, en el fondo, tienen razón y debo salir de mi zona de confort y decir más veces que sí para que no se molesten conmigo… Una de cal y otra de arena. Hago caso a las palabras de Olivia, voy a divertirme como nunca.

—¡Por nosotras! —brindamos juntas.

Y desde chinchín, ya no recuerdo más.

Sábado, 20 de junio de 2009.

Un escalofrío me despierta. Intento abrir los ojos, pero todo me da vueltas.

Parece que no hay nadie aquí. ¿Dónde están las chicas?

Estoy en un parque infantil. ¿Qué hago aquí? Ando por la calle un poco, a ver si soy capaz de reconocer algo. Es de noche aún, pero parece que pronto va a amanecer. No sé cuánto tiempo llevo caminando, pero parece una eternidad. Estoy muy confusa, no recuerdo nada…

Una pareja se acerca a mí.

—¿Estás bien? —pregunta la chica, alarmada, creo—. ¿Estás sola?

Sigo sin entender qué me pasa… En mi mente me oigo a la perfección, pero soy incapaz de pronunciar una sola palabra. Observo cómo me miran horrorizados, no sé por qué, y veo al chico hacer una llamada.

—¿Sí? Mire, estamos en la Avenida de la Palmera. Nos hemos encontrado a una chica sola y semidesnuda andando por la calle. —Se queda en silencio unos segundos mientras le siguen preguntando—. No, señor, no la conocemos y no está acompañada. Como le digo, le hablamos, pero parece que no nos oye, no nos responde. —Otro silencio breve; asiente con la cabeza—. De acuerdo, nos quedamos con ella mientras. —Mira a su acompañant —. Muchas gracias.

—¿Qué te han dicho?

—Van a enviar una ambulancia y la van a llevar al Virgen del Rocío.

—Me observa cauteloso—. Tranquila, vendrán enseguida.

¿Esto es real o es una pesadilla?

Oigo una sirena, debe ser la ambulancia. Una mujer me habla mientras me examina, pero no respondo. Me están preparando para llevarme al hospital y reconocerme con mayor detenimiento. La pareja se despide de mí antes de que cierren la puerta y me animan para que me recupere pronto.

¿Qué mierda es esta?

La ambulancia se detiene en urgencias, donde hay un celador esperándome. Vuelvo a cerrar los ojos, quedando presa, nuevamente, de un

profundo sueño. Cuando despierto, tengo muchas personas a mi alrededor, haciéndome preguntas y pruebas de toda clase. Me siento abrumada… ¿Me estaré muriendo? Oigo la voz de mi madre, pero no puedo hablarle.

¡Mamá, no me dejes sola!

No sé cuánto tiempo llevo así, pero consigo abrir los ojos y siento que, por fin, estoy despierta. Veo a mamá, dormida, sosteniéndome la mano. Hago un amago de levantarme, pero siento un dolor fuerte entre las piernas.

Mamá se despierta al sentirme.

—¡Anastasia, gracias a Dios! ¿Puedes oírme? ¿Cómo te sientes? —Se pasa ambas manos por el rostro—. Perdón, no quería abrumarte. Duerme un poco más, ya hablaremos luego.

—No, mamá, creo que ya he dormido bastante. Tengo la cabeza embotadísima —me quejo mientras me masajeo el lado izquierdo de la cabeza.

—¿Recuerdas algo?

—Salí con las chicas al Club Fantasía, ese del que te hablé, porque la madre de Olivia ha trabajado en su diseño, ¿lo recuerdas? —Mamá asiente con la cabeza—. Entramos en un reservado y nos tomamos unas copas, después de eso todo está en blanco.

Mamá sabe algo, su rostro la delata.

—Mamá, si sabes algo prefiero que seas tú la que me lo diga.

La situación es realmente grave y me estoy empezando a asustar.

—Está bien. Anastasia, una pareja te encontró sola en la calle, estabas semidesnuda…

Palidezco y siento que voy a vomitar. Recuerdo a la pareja, pero no me había percatado de que estaba en ese estado. ¡Qué vergüenza!

—Llamaron al 112 —continúa, prudente—. Intentaron hablarte, pero no respondías. Había claros indicios de que habías sufrido violencia, por lo que enviaron una ambulancia para traerte aquí. Avisaron a la policía y

también a un forense para que te realizase las pruebas necesarias para confirmar que…

—¡Mamá, para! —exploto de rabia—. ¡No quiero saber más!

—Anastasia, hay un agente de policía esperando fuera por si quieres denunciar…

—¡He dicho que pares! No quiero denunciar, no quiero estar así…

¡Quiero irme a casa!

Mamá rompe a llorar.

—Hija, sé que todo esto es muy difícil, pero ahora más que nunca debes apoyarte en la gente que te quiere y dejarte ayudar. Entre todos conseguiremos que te recuperes…

Otra vez dejo de oír. Siento el bombeo de mi corazón en la nuca, tan fuerte que empiezo a marearme. No puedo respirar. Mamá llama corriendo a un enfermero, que me administra algo que hace que caiga en un profundo sueño.

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