Memoria sin rastro
Capítulo 3
Sábado, 27 de junio de 2009.
—¡Vamos, Anastasia, ya es hora de que muevas el culo! —grita Ruth mientras sube las persianas de mi cuarto—. Hace un día espléndido y una
«calufa» que te mueres. —Hace aspavientos para abanicarse—. ¡Ponte el bikini, te vienes conmigo a darte un buen chapuzón!
Ahí está Ruth en estado puro, es la intensidad personificada.
—Tasia, no puedes vivir eternamente aquí, necesitas que el cuerpo absorba algo de vitamina D… ¡Estás más pálida de lo habitual!
Sigo sin decirle nada.
—¡Toc, toc! —Toca dos veces en mi cabeza.
—¿Qué coño quieres de mí, Ruth? —chillo con mucha rabia.
—Ya te lo he dicho… —pone los ojos en blanco—, que te levantes de la cama y vengas conmigo a disfrutar de un baño refrescante y un poco de sol.
—¿Dónde estabais esa noche? —escupo mientras cojo un poco más de aire—. ¿Dónde estabas tú, que me dejaste sola?
Ahora la muda es ella.
—¿Ya no dices nada, Ruth? ¿Qué clase de amigas sois, que en un momento de descuido me perdéis el rastro y encima me pedís que haga como si nada?
—Tasia, créeme cuando te digo que no me perdono el haberte perdido de vista. Fue un momento y no supimos dónde estabas. Intentamos llamarte, pero no cogías el teléfono… Tu madre me avisó luego, cuando estabas en el hospital. —Se me acerca para acariciarme el brazo, pero mi reacción natural es apartarlo—. Tasia, por favor, solo quiero estar cerca de ti…
—¿Sabes, Ruth? Nada va a volver a ser como antes, yo ya no seré nunca la de antes. No sé si voy a poder perdonarte… —Empiezo a
acelerarme—. La Tasia que conocías murió esa noche, no tiene sentido que sigas viniendo por aquí. Por favor, te pido que te vayas y que no vuelvas más.
¿De verdad quiero eso? Ruth, descompuesta como nunca, con las lágrimas cayéndole por el rostro, totalmente destrozada. No dice nada más, sale por la puerta, cumpliendo mi deseo. Me arrepiento enseguida de lo ocurrido, pero tengo mucha rabia y no sé si algún día seré capaz de olvidar esa noche en la que me vi sola con unos depredadores.
¡Maldita sea y maldito orgullo!
Viernes, 3 de julio de 2009.
—¿Estás segura, Anastasia? —reitera el agente Álvarez por decimotercera vez.
—Sí, agente. Parece que la tierra me ha tragado y toda esta situación me está superando. No quiero que sigan indagando, va a caer todo en saco roto y alargará más esta agonía. Quiero pasar página cuanto antes.
—Pe…
Cuelgo. No quiero que me siga volviendo loca con este tema.
Esto es todo lo que sé:
1. Mi cuerpo metabolizó rápidamente las sustancias que esos desgraciados emplearon, por lo que fue imposible obtener nada en los análisis. Lo único, los restos de semen que me dejaron por todas partes: fueron tres. Siento mucho asco. Repudio mi cuerpo desde entonces.
2. La policía no ha averiguado nada aclaratorio en el Club Fantasía. No sé cómo lo harían, pero las cámaras de seguridad no captaron nada sospechoso ni a nosotras saliendo… Es como si todo se lo hubiera tragado la tierra, incluida a mí. Sospechan que alguno de ellos debe conocer el sistema de seguridad que hay implantado en el Club o que tiene algún tipo de relación con su dueño, Óscar Guillena. Él declaró que en su club no entran sustancias de ningún tipo y que tienen el mejor sistema de seguridad empleado de toda la ciudad, que a mí nunca me había visto —mentiroso de mierda— y que esas drogas me las facilitó cualquier camello.
Mis padres terminaron convenciéndome de que denunciara lo ocurrido esa noche. No tengo ganas de seguir batallando, me quedan pocas energías, pero me hicieron hincapié en que se irían de rositas y que volverían a actuar con otras chicas de la misma forma que hicieron conmigo.
3. Las pintadas en mi calle: «Ella se lo buscó». «Zorra». «Puta», y los comentarios de la gente: «¿qué hacía sola con tres desconocidos?», «¿qué esperabas? Si iba borracha».
Todo ese cúmulo de circunstancias provocó que retirara la denuncia y no saliera más de casa.
Miércoles, 23 de diciembre de 2009.
—¡Anastasia! —me llama mamá por vigésima vez—. ¡Llevas ahí media mañana! Tu padre está a punto de llegar.
Mañana es Nochebuena y papá viene a pasarla con nosotras, como de costumbre. Siempre me ha gustado mucho la Navidad, es de las pocas veces que pasamos unos días como la familia que éramos antaño. Papá y mamá se divorciaron cuando yo tenía trece años. Él volvió a rehacer su vida rápidamente, casándose y teniendo a mi hermana Lucy, de tres añitos. Me encanta estar con ella: es ingeniosa, divertida, valiente, inteligente… A veces me saca de mis casillas porque quiere estar todo el rato conmigo, pero es lo mejor que tengo en mi vida. Hace mucho que no la veo, creo que sería muy egoísta por mi parte dejar que me vea en este estado, no se lo merece.
Estos meses han sido muy duros, mi vida ha dado un cambio radical y sigo sin creerme que me haya visto involucrada en algo así. Sé que nadie está exento de nada, pero estas cosas solo las veía en películas, series o en otras vidas ajenas a la mía, nunca pensé que me podría pasar a mí.
Tras esa noche, paso la mayor parte del tiempo en mi habitación. Es el único sitio donde me siento segura, salvo por las noches. Sufro de trastorno de estrés postraumático, además de depresión. Me siguen perturbando a diario pesadillas de esa noche. Oigo las voces de esos desgraciados de forma distorsionada. Están de jolgorio. Hago increíbles esfuerzos por atisbar sus rostros, pero nunca consigo verlos.
Mamá y yo estamos viviendo desde hace unos meses en nuestro piso de la playa, en Matalascañas. Papá estaba de acuerdo en que necesitaba salir de esa vorágine que me estaba consumiendo, que me vendría bien cambiar de aires y que la playa me ayudaría a encontrar algo más de sosiego. Mamá solicitó una excedencia para estar a tiempo completo conmigo y desde agosto estamos aquí. Papá viene a verme todos los fines de semana y algún día suelto que puede escaparse.
Lo oigo preguntando por mí. En menos de un minuto toca la puerta.
—¿Se puede, peque?
—Claro, papá, tú sabes que siempre eres bienvenido.
—¿Qué haces que no estás preparada? —Me coge en volandas, como cuando era pequeña, lo que provoca que chille ante la sorpresa—. He traído matasuegras, confetis, máscaras… Todo lo necesario para pasar una noche genial.
Me encanta papá. Sabe muy bien cómo persuadirme, aunque últimamente sus tácticas no funcionan tan bien.
—No tengo ganas, papá, prefiero quedarme aquí. No quiero aguaros la fiesta.
—Pues es una lástima, porque tengo una sorpresa para ti —dice mientras arquea un poco los labios, dibujando un amago de sonrisa que le es imposible contener.
—¿Ah, sí? —Sabe cómo picarme—. ¿Una piñata, tal vez?
Papá rompe a reír.
—Muy graciosa… ¡Mira! Vamos a hacer una cosa. —Se sienta a mi lado—. ¿Qué te parece si te vistes y lo compruebas tú?
No va a dejarme tranquila hasta que se salga con la suya.
—Bajo en diez minutos. —Dejo caer los brazos en la cama, signo de rendición.
—¡Esa es mi chica! —Me hace un gesto de cariño en la pierna y sale triunfante de la habitación.
No estoy para mucha celebración, pero tampoco quiero ser injusta con él, menos en estas fechas y cuando está lejos de su otra familia. Cojo lo primero que pillo en el armario y me armo una cola alta.
¡No me lo puedo creer! Se me ha parado el corazón de golpe. Por un momento parece que he visto un ángel. Pero no, es algo mucho mejor que eso: Lucy.
—¡Tasiiiii! —chilla mientras me aprieta fuerte a pesar de tener unos brazos tan pequeñitos—. ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes gotitas? —Me mira fijamente los ojos llorosos.
—Nada, Lucy. —Me paso la manga del jersey por la cara y la nariz—.
Tenía muchas ganas de verte. ¡Anda, dame otro abrazo más!
Y solo necesito eso, un achuchón de Lucy. Por primera vez en mucho tiempo, siento una felicidad y paz profundas.
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