Memoria sin rastro
Capítulo 2
Jueves, 9 de noviembre de 2017.
—¡Perfecto, el lunes estoy allí! ¡Muchas gracias! —Me apresuro y cuelgo el teléfono—. ¡Mamá! —Corro por el pasillo, llevándome media puerta por el camino.
—¡Ay, hija! Nunca miras por dónde…
—¡Me han llamado para cubrir una vacante! —la interrumpo.
—¿En serio? ¡Felicidades, cariño! ¿Cómo te sientes?
—¡Acojonada! Por lo que se ve, ha sido algo de un día para otro y tengo que ir este mismo lunes allí.
—¿Allí dónde es?
—Rivera del Azahar.
Mamá piensa durante unos segundos, a veces le cuesta un poco orientarse.
—Eso está en la campiña sevillana, vas a tener que buscarte un alquiler, si no, te vas a meter una paliza grande todos los días. ¿Tendrás tiempo?
—Sí, justo te iba a decir eso. Ahora mismo voy a encender el ordenador, a ver si encuentro algo.
—No te preocupes, cariño. Ya sabes que tu padre y yo estamos para lo que necesites —me anima mientras se despide de mí—. Salgo a trabajar, luego me dices si has encontrado algo interesante.
—Cuenta con ello.
Miro el reloj y son casi las doce del mediodía. Llevo un rato mirando pisos por internet cuando justo veo algo que se adapta a lo que busco en Idealista. ¡Genial! Lo lleva un particular. Llamo corriendo al teléfono de contacto.
—¡¿Sí?! —responde una voz brusca y seca.
—Buenos días… —saludo con un poco de miedo—. Mi nombre es Tasia, llamaba porque he visto su piso en Idealista…
—¿Quieres venir a verlo? —suelta, tajante.
—Claro… ¿Podría ser hoy?
—Sí, esta tarde estará mi hermana. Le daré tu teléfono y cuadras con ella.
No puede ser más «malaje» este tío.
—Perfecto, señor.
Cuelga. Confirmado, no se puede ser más antipático. Como la hermana sea igual, menuda la que me espera.
Son las cinco de la tarde. He quedado con María Jesús, la hermana de Luis, el Malaje.
—¡Hola! —exclama una mujer detrás de mí—. ¿Eres Tasia?
¡Gracias a las diosas! Esta mujer me habla como a una humana.
—Sí, ¿María Jesús? —Asiente ella con la cabeza—. Encantada de conocerla.
—¡Ay, por favor, niña! ¡Puedes tutearme! Hablándome de usted parece que me haces más vieja de lo que ya soy. Puedes llamarme Chus.
Me gusta esta mujer, por suerte, no tiene nada que ver con su hermano.
—¿Has tenido dificultad para llegar? —pregunta mientras me hace un escaneo—. Se nota que no eres de por aquí.
—No, gracias a que existen los GPS.
—Me alegro, niña. ¿Qué te trae por Rivera del Azahar?
Normalmente, no me suele gustar que me pregunten por mis asuntos personales, pero Chus me transmite confianza y ternura. Me recuerda a mi abuela materna.
—Pues me llamaron esta mañana de las listas de reserva. Soy orientadora educativa.
—Si que tienen prisa, sí… —responde, indignada, agitando la cabeza
—. Pues acompáñame, Tasia, voy a enseñarte el piso. Espero que te guste y puedas instalarte cuanto antes.
Chus me cuenta que este piso fue una herencia que recibieron sus hermanos y ella al fallecer su madre. Durante el verano le han realizado las reformas pertinentes y está niquelado, para entrar a vivir. ¡No me puede gustar más! Tiene una habitación, un baño, salón y cocina juntos, separados por una isla —más bien una mesa con un par de taburetes para comer— y una terraza. Es sencillo, no necesito más.
—Me lo quedo, es perfecto para mí.
—¿De verdad? Pues me tienes que dejar una señal para ir…
—¡Aquí tienes el dinero! —interrumpo mientras saco la cartera—. Ya puedes ir tramitando el contrato, Chus.
Suelta una carcajada ante mi urgencia.
—Lo siento, pero ha sido todo muy rápido y ni siquiera he tenido tiempo de procesar nada.
—No sientas nada, niña. Ahora te daré un papel con los datos personales y la documentación que necesitamos para tramitarlo. Intentaré tenerlo para mañana, o pasado a más tardar.
—¿Podría instalarme durante el fin de semana?
—Claro que sí. Será un buen cambio, no te va a decepcionar.
Domingo, 12 de noviembre de 2017.
Mañana empiezo a trabajar. Estoy reventada de la mudanza y de tanto trajín, pero me apetece salir a conocer Rivera del Azahar. En estas fechas, aunque hace más frío que en Sevilla, sigue haciendo buen tiempo. Es precioso estar aquí, los alrededores del pueblo están repletos de distintos tipos de arboleda y de campos de cultivo, todo muy verde, como digo yo.
Estar en este lugar me da ganas de volver a recuperar una afición que tengo aparcada: la fotografía. Es una pasada la historia que esconde este pueblo, donde predominan los restos arqueológicos de todo tipo y de distintas épocas. Es algo que me ha llamado la atención desde siempre, conocer las diferentes culturas que han pasado a lo largo de los años y cómo cada una ha dejado su huella, su legado. Tras recorrerme las calles más emblemáticas, vuelvo a casa para comer algo rápido y hacer una sesión de peli, sofá y manta, uno de mis planes favoritos.
Decido tomarme el resto de la tarde para ordenar mis pensamientos y organizarme para mañana. Cojo mi diario, uno de tantos que llevo escribiendo desde hace siete años. Escribir me ayuda a sanar, a mirar el mundo con mayor optimismo e ilusión, aunque reconozco que lo hago porque temo volver a perder la memoria. Por suerte, hace tiempo que las pesadillas no me persiguen, antes eran una auténtica tortura.
Intento deshacerme de este último pensamiento y centrarme en escribir lo que siento en el momento presente, esa sensación de mariposas en el estómago ante la incertidumbre de lo que me puedo encontrar mañana.
Escribo una frase de Raquel Simonét que leí el otro día y captó mi atención:
«Y entonces te das cuenta de que todo comienza de nuevo… y la sonrisa vuelve a ser la dueña de tu vida».
Y así es como me voy a la cama, con la ilusión de que, por primera vez en mucho tiempo, mi sonrisa —y yo— volvemos a ser las dueñas de mi vida.
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