Memoria sin rastro
Capítulo 4
Lunes, 13 de noviembre de 2017.
Pego un bote cuando oigo el despertador. De un salto me pongo en pie y salgo a darme una ducha rápida antes de desayunar.
Echo un último vistazo a mi mochila, no quiero que se me olvide nada.
¡Lo tengo todo!
A estas horas aún es de noche, lo cual me sigue poniendo nerviosa a día de hoy. Pienso que no pasa absolutamente nada, que está todo en mi mente. En pocos minutos estaré en el instituto. Pongo el foco en ese momento justo, en el sonido de los pájaros que empiezan a oírse, el rocío cayendo sobre los coches —qué gusto que huela a campo mojado y no a asfalto, como en la ciudad— y, sobre todo, en la paz que se respira en este ambiente. Enseguida recobro el control y mi respiración se normaliza.
Cuando llego, me detengo a observar la fachada durante unos segundos. Este centro debe tener menos de cinco años, estoy segura. Raro en mí, y más habiendo tenido tiempo ayer, pero no me ha dado por buscar ningún tipo de información con respecto al instituto.
Una mujer que acaba de llegar se me acerca.
—¿Anastasia Díaz? —me pregunta con cautela.
—Sí, soy yo.
—¡Encantada! —expresa con mucha intensidad la desconocida—. Soy Micaela, la jefa de estudios del María de Maeztu.
Enseguida me llega su entusiasmo, tiene una alegría contagiosa y al mismo tiempo me ha transmitido ternura.
—Lo mismo digo. Puedes llamarme Tasia, por favor.
—Perfecto, Tasia. ¿Llevas mucho tiempo esperando? —se interesa mientras mira su reloj.
—¡No, no! Justo acabo de llegar.
—Estupendo, pues acompáñame y te voy enseñando todo esto. —
Busca las llaves en su bolso—. ¿Nerviosa?
—Un poco sí, la verdad. Es la primera vez que voy a ejercer como orientadora —contesto con mucha honestidad, apreciándose un atisbo de inseguridad.
—¿En serio? —Micaela no puede ser más expresiva—. Bueno, no te preocupes. Al principio será un poco caótico, tardarás unos días en adaptarte, pero el alumnado en sí se porta bien, tú sabes… —Pone los ojos en blanco—. Están en la edad del pavo. Cuenta con nosotros, tus compañeros y compañeras, para lo que vayas necesitando. No tengas ningún problema en decirnos cualquier inquietud que se te presente, ¿vale?
Esta mujer es un encanto.
—Genial, lo tendré en cuenta. Muchas gracias, Micaela.
Sonríe mientras termina de abrir la puerta principal.
—Adelante. —Hace un gesto con la mano para que pase yo primero.
Mi intuición no falla. Esto está impecable, lo han debido de construir hace bien poco.
—Un instituto, sin más —dice Micaela, como si me estuviera leyendo el pensamiento. Con tanto entusiasmo y con su sensor lector de mentes, me está empezando a recordar a Ruth. Sonrío solo de pensarlo.
—Te comento, Tasia, este centro ha cumplido los seis años en este curso escolar. Impartimos secundaria, bachillerato y educación especial. Un total de trece unidades. Tienes mucho trabajo con el alumnado de cuarto de la ESO, sus tutores son…
—Buenos días —nos interrumpe una mujer—. Anastasia, ¿verdad? —
Asiento—. Encantada. Soy Sofía, la directora del instituto María de Maeztu. —Me estrecha la mano mientras dirige la mirada a Micaela—. ¿Le has enseñado el centro?
—Estoy en ello.
—Estupendo, te dejo que sigas poniéndola al día. Me tenéis que disculpar —me agarra cariñosamente el brazo—, tengo tutoría con una familia a primera hora y debo organizar unas cosas primero.
—Sin problema —la tranquilizo—. Nos vemos en otro momento con más calma.
—¿Más calma? Ojalá supiera lo que es eso.
Me guiña un ojo y sale a paso ligero hacia su despacho.
—Perdónala, Tasia, no da abasto. Estamos a un paso de las primeras evaluaciones y han ocurrido unos cuantos imprevistos, incluida la baja de la compañera a la que estás sustituyendo. —Coge aire y resopla haciendo un gran suspiro—. Han sido unos días muy intensos para todos aquí. ¿Por dónde iba…? —Intenta hacer memoria.
—Los tutores de cuarto de la ESO.
—¡Ah, sí! Marcos es el tutor de ciencias. Alma, la de letras.
—¿Los voy a conocer ahora?
—Alma viene a media mañana; Marcos, en un rato, tiene clases a primera hora.
—De acuerdo. Me gustaría saber un poco cómo son los alumnos de cada clase.
—Es entendible, pero no te preocupes, Tasia, no son malos chavales.
Sí hay un alumno que lleva una racha rebelde… Está atravesando algunos problemas familiares, pero es eso, un poco de rebeldía, nada más.
—Lo tendré en cuenta.
Conocer esa información, por un lado, me reconforta, pero al mismo tiempo me está creando intriga. Micaela no tiene pinta de soltar prenda sobre qué problemas tiene ese alumno, al menos por ahora… Pero la verdad es que me gustaría saber a qué se refiere con esa racha rebelde.
Micaela me enseña el resto del instituto mientras me cuenta cómo es el proyecto educativo que tienen: programa de Erasmus, una escuela de TIC…
Justo se queda mirando mi pulsera de color violeta.
—Tenemos plan de igualdad en el centro —me dice con una amplia sonrisa—. Hacemos talleres y actividades el 8 de marzo y el 25 de noviembre.
—Interesante. Me alegra saber que estáis involucrados con trabajar la coeducación en el centro. ¿Las familias participan?
—Bueno, ya sabes. —Sonríe tímidamente—. Hay un poco de todo: familias que lo hacen más y otras que pasan. Aun así, están todas informadas de las actividades que vamos trabajando para que puedan seguir poniéndolo en práctica en casa.
De momento me encanta todo lo que me estoy encontrando en este instituto, me da muy buenas sensaciones. Micaela me explica el porqué del funcionamiento del instituto, de los proyectos innovadores y sus nuevas instalaciones. En los últimos años son muchas las personas que se han ido de Rivera del Azahar, buscando un futuro en otras ciudades más grandes.
Quieren retener todo el talento que puedan para que el pueblo crezca.
Apuestan por las nuevas generaciones. Tienen un buen reto por delante.
—Este pueblo es precioso. Sé que llevo tres días aquí, pero lo poco que he podido conocer de él me ha fascinado. Ni siquiera sabía de su existencia.
—¿De dónde dices que vienes?
—De Sevilla. Para mí ha sido un cambio importante, mucho contraste todo, pero la verdad es que me ha sorprendido para bien.
—Me alegra que así sea.
Entramos en la sala de profesores y Micaela me indica dónde voy a trabajar desde ahora. Me dispongo a empezar cuando tocan a la puerta.
—¿Se puede? —pide permiso un desconocido—. He pillado a Alberto otra vez a punto de escaparse del instituto… —Acaba de percatarse de mi presencia—. Disculpa, soy Marcos…
—De ciencias, ¿no? —termino la frase por él ante su propia incredulidad, la cual muestra arqueando las cejas y mirando a Micaela—.
Yo soy Tasia, la nueva orientadora.
—Pues entonces he venido en el mejor momento. Micaela, pon al día en cuanto puedas a Tasia sobre el asunto con Alberto. Me tenéis que disculpar, pero tengo que empezar la clase.
—Ahora le cuento.
Marcos sonríe mientras sale de la sala.
Primer día superado con éxito. Salgo triunfante del instituto. Cuando voy girando por la esquina de la calle, oigo una voz que me llama. Es Marcos, que se acerca a paso ligero.
—Perdona que te avasalle de este modo. He intentado localizarte antes, pero el día se me ha complicado. —Se detiene mientras recupera un poco el aliento—. Quería saber cómo te has encontrado hoy y cómo ves lo de Alberto.
—No te preocupes, no tengo prisa. El día ha estado bien, un poco caótico, será cuestión de adaptarme. Y Alberto… Es un asunto complejo.
Tendré que hablar más con la familia para poder atar algunos cabos y abarcar su situación de la mejor manera posible.
—Me alegro mucho. Mira, es muy mala hora y debes de tener hambre.
—Mira su reloj—. ¿Te importa que hablemos mientras comemos algo?
¡Uy! Esto no me lo esperaba. Sé que no irá con mala intención, pero desde esa noche no he podido volver a estar a solas con ningún hombre. Se me ha debido de notar porque enseguida recula.
—Bueno, olvídalo. —Hace un aspaviento con la mano—. Tendrás ganas de descansar. Mañana recapitulamos el tema Alberto.
—No, no… Marcos, me has pillado en fuera de juego. Siento parecer una borde.
—No, de verdad. Mañana nos vemos —me tranquiliza esbozando una sonrisa.
—Hasta mañana, Marcos.
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