Memoria sin rastro
Capítulo 5
Viernes, 3 de febrero de 2010.
Estamos a punto de llegar a casa. Tras las navidades, y la visita sorpresa de Lucy, he recapacitado mucho y me he dado cuenta de que no puedo seguir así. Mamá y papá están muy contentos, dicen que me ha cambiado la mirada, que es la Tasia que tanto han estado echando de menos, y que seguiremos batallando juntos.
Cuando entro en la habitación, siento una sensación de vacío. Es extraño, he vivido aquí toda mi vida y la percibo como si nunca hubiera estado aquí. Debe de ser todo el tiempo que llevo fuera de casa, entiendo que esta nostalgia irá desapareciendo. Me detengo frente al espejo, no me reconozco en él. Desde esa noche, he hecho lo posible e imposible por no mirarme. Mis ojos no tienen brillo y estoy más pálida de lo habitual en mí, Ruth tenía razón. No quiero seguir dándole más vueltas al tarro, por lo que voy hacia mi maleta y empiezo a vaciarla.
Cuando termino de recolocar todo, bajo al salón con mamá.
—Cariño, ¿estás bien?
—Sí, mamá —miento.
—¿Segura? Estabas radiante cuando has llegado y has bajado de la habitación con el rostro desencajado.
A mamá es imposible engañarla.
—Me he estado observando en el espejo.
Sabe perfectamente a qué me refiero.
—¿Y qué has sentido?
—Miedo de mí misma. Creo que no voy a poder recuperar el control de mi vida. Ya ni te digo como antes, doy por hecho que nunca será así, pero pienso que esto me perseguirá toda la vida.
—Anastasia, sé que tuviste muy mala experiencia con la terapia el pasado verano, pero piensa que han pasado meses. Creo que ya es hora de que te replantees volver.
—No me gustaba lo que me transmitía esa mujer, sentía que me estaba cuestionando todo el rato.
Era una pesadilla, parecía que me culpaba por todo lo que había vivido. De los peores días que habré tenido en mi vida.
—¿Y si pruebas a ir a otro sitio? —sugiere.
—¿Y tener que volver a contar todo lo vivido? No, gracias.
—Podríamos probar con una asociación, Anastasia. Sé que hay una a veinte minutos de aquí andando. No recuerdo el nombre, me lo dijo una compañera de trabajo. Si quieres, le vuelvo a preguntar cuando me reincorpore y probamos. Conocerás a más mujeres que han pasado por una situación similar a la tuya y os podéis ayudar entre vosotras.
No digo nada durante unos segundos. Mamá no me retira la mirada, expectante a mi respuesta.
—Me lo pensaré.
Sonríe de oreja a oreja.
—Gracias, hija.
Lunes, 8 de febrero de 2010.
Voy rumbo a AFEMCOM, la asociación que recomendaron a mamá. Ella insistió en acompañarme, por si no me sentía del todo segura, pero, finalmente, he optado ir sin nadie.
Tengo el corazón a mil, hacía meses que no iba sola por la calle y quería probar qué sentía. Hago unos esfuerzos monumentales por centrarme en el momento presente: la música que oigo, algunas respiraciones profundas… Me está costando la vida, pero consigo llegar a mi destino sin caer presa de un ataque de pánico. Mamá ha estado leyendo muchos libros sobre duelos, dice que yo estoy pasando por uno. Insiste en que haga el trabajo de mirar las pequeñas cosas del día a día y no pensar ni en el pasado ni en el futuro, ya que ambos me transmiten emociones que me impiden avanzar: tristeza y ansiedad.
Me paro frente al portal. Veo el telefonillo y localizo enseguida el botón de AFEMCOM.
—¡Hola! ¿Vienes a la sesión de hoy?
Me sobresalta una muchacha de pronto, debe ser de mi edad más o menos.
—¡Perdón, no quería asustarte! —se disculpa, juntando las manos.
Su forma de ser me recuerda a Ruth. ¿Qué habrá sido de ella? Desde ese día, no he vuelto a saber más de la que era mi amiga.
—No te preocupes, estaba buscando el telefonillo y no te he sentido. Y
no, no vengo a la sesión de hoy. Solo he venido a informarme —le anticipo cortándole un poco el rollo.
—Ah, de acuerdo —contesta mientras toca el timbre—. Pues espero que puedas unirte pronto a nosotras, te vas a sentir muy arropada. Somos una piña indestructible —declara, muy orgullosa de ello.
—¿Sí? —contesta una voz al otro lado del telefonillo.
—¡Soy Nuria!
Subimos juntas hasta donde hay una chica en recepción.
—¡Hola, Marta! —exclama Nuria con mucha alegría—. Tenemos un fichaje nuevo, se llama… —Hace una pausa esperando a que diga mi nombre.
—Tasia.
—¡Oh, qué nombre tan bonito! Marta, te presento a Tasia.
—Solo he venido a informarme —suelto, tajante.
—Encantada, Tasia —responde Marta amablemente—. Me alegra tenerte aquí, aunque sea solo para informarte. Nuria, el grupo ya está dentro. —Le hace un gesto con la mirada para que vaya entrando y nos dé más intimidad.
—A sus órdenes. Tasia, te veo otro día. —Me guiña un ojo y se une al resto de chicas que están en la sala.
—Nuria puede llegar a ser intensa. —Ríe Marta—. ¿Qué te trae por aquí, Tasia?
—Bueno, solo quería saber qué hacéis en esta asociación.
—Acompáñame, por favor. —Me guía hacia un despacho donde hay un sofá y me hace indicaciones para que nos sentemos—. Verás, Tasia, hace quince años fui víctima de violencia sexual por parte de mi novio. Me violaba, aunque yo no era consciente de ello, para mí era lo normal en una relación.
Palidezco de pronto. Marta me coge de la mano.
—Sé lo que sientes. Me costó años reconocerme como víctima, nunca me había imaginado que algo así me pudiera pasar, y menos por parte de alguien del que esperas amor.
—Te entiendo, yo sigo sin aceptar que todo esto me está ocurriendo.
—Es un sentimiento común, no debes sentirte mal por ello. —Percibo un atisbo de tristeza en su rostro ahora mismo—. Perdí las ganas de vivir, tenía muchos sueños por delante y todo se fue al traste. Estuve años aislada; sentía vergüenza, asco de mí misma… Y también me sentía culpable, culpable porque me creí tonta de no haberme dado cuenta antes y haber cortado con esa relación a tiempo —confiesa mientras agita la cabeza—.
Me negué durante años a recibir asistencia, nunca denuncié los hechos… Y
entonces conocí a María. —Sonríe al mencionarla, pero enseguida su expresión vuelve a tornarse seria—. Ella también sufrió este tipo de violencia, pero en su caso fue por parte de su tío desde que tenía tres años.
Vaya… Tres años, como Lucy.
—El conocernos marcó un antes y un después —continúa Marta—.
Dejamos de sentirnos solas. Pudimos volver a confiar en otras personas, pero, lo más importante: confiar en nosotras mismas. Una situación tan extrema como la que vivimos nos desconecta de nuestra existencia en el mundo, estamos y al mismo tiempo no estamos. Nos dimos cuenta de que las mujeres, cuando nos juntamos, hacemos auténticos milagros. Hace diez años fundamos AFEMCOM con el objetivo de luchar contra la violencia machista, especialmente, la violencia sexual —declara con mucho orgullo y la mirada brillante—. Trabajamos para ayudar a mujeres en su proceso de recuperación. La red de apoyo que se teje entre las mujeres es mágica y transformadora…
—¿Cuándo puedo empezar? —No la dejo terminar.
Marta sonríe con amplitud mientras me sujeta la mano.
—Bienvenida, Tasia.
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