Merca

Loyds · Capítulo 1 de 10

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Merca

Capítulo 1

La rubia se sube al auto con algo de desconfianza. Baja sus anteojos floreados con los dedos y me mira por encima con aire de superioridad. Le digo: sí, soy yo, Johnny, mientras mi mente insulta a la idiota de Jackie por no haberme avisado que estaba pasando a buscar a una bomba sexy hueca que requeriría el doble de mi atención. Jackie sabe bien que odio a las rubias histéricas, tal vez por eso no me alertó antes. Una vez sentada en la butaca del acompañante, la rubia estira sus largas piernas, examina el interior del auto y me pregunta si tardó mucho. Le digo que no, que el mensaje que le mandé desde mi iPhone 11 tiene apenas un par de minutos, y lo chequea enfrente mío desde su móvil, un poco por ansiedad, otro poco, probablemente, para mostrarme su pedorro Samsung nuevo. Arranco el motor del BMW X6 que me regaló mi viejo para los 30 y acelero fuerte en punto muerto, para que la rubia escuche claramente el rugido alemán y termine de aprobar el transporte que le tocó en suerte. Pongo primera y salgo, convencido de que nunca vio un auto como este en su vida, aunque posiblemente ni se dé cuenta del asunto. Ella no tiene mejor idea que bajar su parasol en busca de un espejo. Su chillido histérico dice algo así como:

¡qué horror, no tenés espejo! , y yo disimulo mi vergüenza con una burla suspicaz hacia su frivolidad. Me gustaría contarle que el espejo está en la guantera, siempre listo para otros menesteres, pero todavía no me animo porque ni sé cuán careta es esta chiquita. De hecho, acabo de tomarme una raya para apaciguar la espera, antes de que ella baje. Para qué existen los vidrios polarizados si no. Y los espejos. Tal vez por eso mi incisiva y veloz respuesta la deja conforme y, sin hacerse cargo ni darse por aludida, se ríe, tal como se ríen todas las rubias. En el estéreo suena David Bowie y yo subo el volumen, mientras ella tararea una canción que creo es «Ziggy Stardust». Aspiro hondo y la coca se mete aún más adentro de la sangre que circula por mis venas. Me siento bien y la rubia parece estar a gusto, cantando y moviendo levemente los brazos. Por un par de cuadras no

hablamos o, al menos a mí, no se me ocurre nada inteligente para decir.

Mejor así. En cada semáforo me dedico a relojear a través de mis Ray Ban esas piernas largas, finas y bronceadas, mientras la frula me sigue trepando a la cabeza. Ella parece darse cuenta de mis miradas, porque poco a poco va subiéndose la falda para, distraídamente, mostrarme un poco más. De pronto me pregunta: ¿viste al grasa ese del Megane? Le contesto que no y ella afirma haberlo visto tirar un papel por la ventana. Me pide que lo alcance y me ponga a la par para decirle que se le cayó algo. Yo prefiero evitar la ironía —y los problemas— y no le hago caso. Ella insiste. En el siguiente semáforo nos toca al lado del Megane, pero yo lo esquivo deliberadamente. No me siento en condiciones de ajusticiar a nadie, primero porque vengo colocado, segundo porque no me gusta retar ni que me reten, tercero porque no creo que un papelito del orto incida en la limpieza de esta ciudad de garcha ni en el puto medioambiente. La rubia se queja como la malcriada de mierda que seguramente es y yo la despacho con un fuck off, break the rules, que parece gustarle, como si de repente le despertase la faceta de chica mala. El Megane sigue merodeando unas cuadras más y los dos nos reímos. Hasta me animo a mostrarle al grasa la trompa de mi BM, cuyo ruido es mucho más power que el de su pedorro Renault nacional. Ella se da cuenta y dice: igual ese auto es un cache total,

¿cómo querés que no haga grasadas si le chorrea? Me gusta lo básico de su metáfora, me gusta estar en un buen auto con una buena rubia, camino a una buena casa en zona norte. Al fin y al cabo, esas son las cosas que todo hombre siempre quiere tener, aunque yo no consiga valorarlas. Pero hoy puede ser un gran día, estoy bastante puesto y me quiero divertir un poco.

Llegamos a lo de Jackie, que hoy hace un baby shower. Alguien me explica que un baby shower es una especie de evento que ahora está de moda, organizado por una mina que va a tener un hijo, con la excusa de mostrarse embarazada frente a otras chicas que le hablan de sus bebés o todavía no están en situación de ser mamás, para que la adoctrinen o la envidien, respectivamente, y para de paso recibir regalos. Cuando entramos la cosa ya está bastante animada. Jackie aparece hinchada como una pelota de playa, con una copa llena de algo frío y rosa. En la parrilla, Sebas acomoda el fuego donde, según anuncia a cada uno que llega, pondrá a cocinar unas pizzas que él mismo amasó más temprano. También tiene una

copa en la mano. Me saluda y me dice que están tomando un vino rosado riquísimo que les regaló el novio de la mamá de Jackie, la dueña de casa.

Me pregunta si quiero un poco y le digo que sí, claro, mientras la rubia se desentiende de mí y empieza a hablar a los grititos con la pelota de playa y a acariciarle la panza, en una escena que me excita un poco. Le pregunto a Sebas cómo le sienta esto de ser el futuro padre y pone cara de nada. Me dice que le aburre escuchar todo el tiempo lo mismo, que el bebé y la maternidad y el parto y toda esa mierda, que lo único que quiere es volverse a su casa en Punta del Este. Propone que hablemos de otra cosa y empieza a comentar los partidos de fútbol de la última fecha y el nuevo disco de no sé qué banda. Me da la sensación de que por momentos está medio ido, por cómo salta de un tema a otro sin ningún conector y por la manera meticulosa en que mueve las brasas bajo la parrilla. En un momento dado se queda estático, hace un silencio, me mira y me pregunta en voz baja si tengo un queto. Le miento y le digo que no. Probablemente sabe que le estoy mintiendo, porque me estudia unos segundos más con desconfianza.

Después se ríe, se sirve un poco más de vino y me dice que el primer corte solista de Liam Gallagher es una reverenda garcha. Yo le contesto que coincido, aunque en realidad nunca lo escuché, y le pregunto qué onda la amiga de Jackie. Entonces él dice que es una rubia pelotuda, alejándose un poco para que no lo escuchen y para poder agarrar la primera pizza que va a poner a la parrilla. Aprovecho para hacer un paneo del resto de los presentes, justo en el momento en que una morocha que actúa en la tele pierde todo el glamour y se tira a la pileta completamente vestida, atrás del hijo que tuvo con su novio famoso, que se le acaba de caer al agua. Entre los demás, la distingo a Maca, borracha como siempre, que se tambalea por el jardín mientras apunta a alguien con una cámara de fotos. Cuando me ve se ríe histérica, me abraza y me golpea un poco con la cámara. Me cuenta que está estudiando fotografía y yo le digo que qué bueno, y ella se vuelve a reír y agrega que acaba de rendir un examen en el que le fue muy mal porque no estudió nada, y yo me pregunto qué será lo que hay que estudiar para sacar fotos y a la vez le pregunto dónde está el baño porque no veo el momento de meterme otra raya. Me indica que adentro, derecha, izquierda o algo así, y le pregunto también si la pareja dueña de casa está y ella se encoge de hombros. Me meto en la casa y encuentro un baño con traba en la puerta, ideal para olvidarme un poco de este puto baby shower al que ya me arrepiento de haber venido. Preparo una línea bien gorda con una de mis

tarjetas de crédito, sobre la mochila del wáter y, justo cuando enrollo mi billete de cincuenta dólares siempre listo para la ocasión, alguien golpea la puerta. Digo que está ocupado casi al mismo tiempo que una voz de mujer pregunta: ¿hay alguien? Alzo un poco la mía para repetir que está ocupado mientras veo que la muy ansiosa hace girar el picaporte hacia abajo para comprobar que la puerta está trabada. Cuando desiste, me inclino sobre mi raya gordita y aspiro con fuerza, primero con un orificio de la nariz hasta la mitad, luego con el otro hasta el final. Me gusta partir mis líneas y que las dos mitades sean lo más exactas posibles. Desenrollo, limpio y guardo mi billete. Chequeo frente al espejo que no queden rastros en mi nariz, destrabo la puerta y salgo del baño y de la casa. Ya en el jardín, las cosas tienen otro color, me empiezo a sentir vital otra vez. Los veo a Javi y a Martín que, recién llegados, me miran desde lejos, y me acerco a saludar.

Qué suerte que vine.

Martín parece más colocado que yo. Le pregunto si tiene, más que nada para pasarle el dato a Sebas y que no me rompa las bolas a mí. Odio sentir que toda una fiesta depende de la fucking bolsa que tengo en el bolsillo.

Martín me dice que no, que últimamente no está tomando porque le pega mal y después no puede trabajar. Martín se autodenomina «artista plástico»

y cuando habla de trabajar se refiere a unos cuadros rarísimos que pinta en el atelier que tiene instalado en la casa de sus viejos en Tortugas. El padre de Martín es el dueño de la mitad de la Argentina y él es único hijo, con lo cual puede trabajar de lo que quiera, así sea de artista. De hecho, la primera exposición que hizo fue curada por su vieja, que además se encargó de que sus amigas le compraran todos los cuadros al hijo. La gente del palo le da mucha bola porque sabe que Martín tiene espalda para hacer cualquier movida, aunque después, por la misma espalda, lo destrocen sin piedad. Él lo tiene clarísimo, pero igual esos muñecos le sirven y cuando alguno se le cruza fuerte, al toque lo borra de sus futuros beneficiarios. Además no le importa, es más, tiene una teoría y es que el arte de todos esos boludos está condicionado por el hecho de que tienen que mantenerse económicamente, de que no son libres para crear porque además tienen que vivir. En cambio él no tiene ese problema y por ende su obra está completamente liberada de cualquier condicionamiento. A mí me gusta su forma de razonar y sobre todo cómo la cuenta, y por eso lo banco. De arte no entiendo un carajo, pero

él dice que no hay nada que entender, que es un tema de gustos, puramente subjetivo. En ese caso, sus cuadros en particular me parecen una poronga, aunque siempre le digo que me encantan. Martín me cuenta que dentro de poco va a exponer en una galería de la Avenida Alvear, que me va a mandar la invitación al vernissage por mail o por Instagram. Le contesto que obvio y que buena onda, aunque ya sé que no voy a ir ni en pedo. Cuando Javi me saluda, le pregunto cómo anda su viejo y me dice que mejorando. El padre de Javi tiene varios campos y, yendo de uno al otro, se la puso con la camioneta y se salvó por poco. Hace meses que está entubado en el Fleni haciendo rehabilitaciones de todo tipo. Le digo que me alegro y le pregunto si después a la noche va a ir a Tequila. Contesta que no, porque al otro día tiene que ir a visitar al viejo temprano. En ese momento le suena el teléfono y se aleja un poco para responder. Por la manera en que suaviza la voz sé que se trata de una de las minitas a las que Javi es adicto en calidad y cantidad. Giro para el costado y la veo a la actriz toda mojada muy cerca de mí, y no me queda otra que saludarla porque justo me mira. Le doy un beso y me presento: Johnny, le digo, para que crea que no tengo la más puta idea de quién es. Pero ella sólo responde: hola, dando por entendido que los dos sabemos que yo sé quién es ella. Odio a los famosos. Me encanta la gente presumida por naturaleza, pedante porque nació así, pero odio a la que se transforma en eso después de volverse famosa. Y esta pendeja encima no es más que la hija de alguien, si no fuera por eso no la conocería nadie.

Además tiene un cutis de mierda. Su pelo es divino pero su cutis es de terror. Me pregunto si al rato caerá su novio igual de famoso y ruego que no, porque con ella presente ya me basta. De pronto me escucho putear en voz alta, como exteriorizando mi fastidio interno y me doy cuenta de que estoy re duro. Por suerte nadie llega a oír mi puteada. Le echo la culpa al peruano ese que consiguió Robert y a la muy buena porquería que vende.

Robert es el único tipo en quien confío, el único que hasta ahora nunca me garcó, lo cual es mucho decir dado mi alto nivel de exigencia. Nos conocemos hace quince años y siempre fui una especie de sponsor para él, eso debe haber influido también. A cambio, hace casi todo lo que le pido.

Entre otras cosas, pegarme la mejor merca que se pueda conseguir en nuestro pequeño círculo: el mejor círculo para conseguir merca, el peor para todo lo demás. Me sale carísima, pero para mí no hay plata mejor gastada.

Es probable que Robert se quede con una parte del business, y de ser así me chupa un huevo. A mí lo que me importa es siempre tener mi pelpa, sin

embarrarme yendo a comprar ni tener que recibir a un fucking dealer en mi casa. El peruano ni idea quién es, me dijo Robert que este año le empezó a pegar a un peruca que era el que le vendía al Diego y, no sé si será cierto, pero a partir de entonces estoy tomando la mejor mandanga de mi vida.

Antes odiaba a los peruanos, me parecían todos chorros, ahora reconozco que me caen un poco más simpáticos, porque además a este no se le corta la línea nunca. En eso viene Jackie con la otra pelotuda de la cámara de fotos, se me pone al lado y le pide que nos saque una. La mina está desfilando su embarazo por el jardín y quiere fotos con todos, como la novia que recorre las mesas en un casamiento. Un pelotazo. Jackie me pregunta si quiero ponerle la mano en la panza y yo digo que no porque tengo miedo de que se me pare la pija. Pongo mi mejor sonrisa para que quede congelada mientras la otra enfoca manualmente haciéndose la fotógrafa artesanal. Le pido que ponga en automático pero no me da bola. Sostengo mi sonrisa lo más que puedo hasta que de tanto esperar se me desmorona. Entonces Maca dispara, mira la imagen y me bate: qué cara de orto, chabón, sonreí un poco, y lanza una carcajada burlona. No sé si me molesta más que me diga chabón haciéndose la minita de barrio, su risita socarrona o todo lo que tardó. Igual no le contesto, no quiero engranar, solo quiero disfrutar de la tarde, del jardín, del sol, del vino rosado y de la bolsa que tengo en el bolsillo. Me acerco al quincho para ver cómo van las pizzas y aprovecho también para hacer un refill de mi copa de rosado. La rubia conversa con otras varias tilingas y me pide que me acerque mientras les cuenta el episodio con el Megane en nuestro camino de ida, como si fuera el relato más gracioso de la historia. Cuando termina se ríe muy agudo y vuelve a contar el final. Yo revivo mi sonrisa falsa aunque el cuento y la narradora no me causen ni un poco de gracia. La rubia remata diciendo: ¡es el tipo más simpático del mundo chicas! Yo la quiero descuartizar, pero me contengo, sonrío y tomo un largo sorbo de vino mientras pienso si no irá siendo hora de hacer otra expedición por el baño. Me suena el teléfono, así que aprovecho para alejarme un poco del grupo. Miro el caller id y me aparece número desconocido. Odio las llamadas no identificadas, pero a la vez me da mucha curiosidad saber quién es, sobre todo cuando estoy medio puesto. Atiendo y nadie responde. Enseguida vuelve a sonar. Esta vez escucho la voz de Marina, que me saluda y me dice: tanto tiempo. Marina es la hija de re mil putas de mi exnovia.

Me pregunta si puede pasar a saludar a Jackie, porque está muy emocionada con su embarazo y quiere verla antes de que nazca el bebé. Me empieza a contar parte de sus recuerdos de cuando estuvimos todos juntos en Punta del Este, de que muchas veces extrañaba a «mi gente» (así le gusta llamar a mi grupo de amigos), bla, bla, etcétera. Por supuesto no le creo nada, interrumpo su falsa nostalgia y le digo que sí, que pase, que no hay ningún problema, que si espera un poco incluso ni se arriesga a cruzarse conmigo porque me estoy yendo en un rato. Entonces empieza con los planteos de: si no me querés ver no voy, si te incomoda, son tus amigos y no me quiero entrometer, bla, bla, etcétera. Le digo que haga lo que quiera, la saludo y corto. Vuelve a llamar, un poco más nerviosa. Me dice que la disculpe, que está un poco alterada, que me quiere mucho, que tenía ganas de venir pero que no sabía si era «bueno para los dos». Odio ese recurso que tienen las mujeres de pretender pensar por las dos partes de una pareja

—o expareja en este caso—, como cuidando algo que no existe. Estuve dos años con Marina y la verdad es que no fue gran cosa, de hecho la mayor parte de la relación me la pasé creyendo que estaba perdiendo el tiempo, que había cosas mucho más divertidas que estar de novio y coger siempre con la misma persona (siempre es un decir, porque en el último tiempo lo hacíamos de tanto en tanto), que mi vida de mierda daba para mucho más que eso. Marina es un poco depresiva y padece además de algo que yo también tengo y que vendría a ser una suerte de insatisfacción crónica, como una sensación de que allá afuera siempre hay algo mejor que lo que uno tiene, una especie de fiesta que nos estamos perdiendo mientras pasan cosas que no tienen sentido. Esa autoexigencia, sumada a ciertas incompatibilidades de cama y de carácter, hicieron que todo se terminase de un día para otro, cuando me hizo un favor y decidió dejarme, porque yo estaba como paralizado y tal vez nunca hubiera tomado esa iniciativa. El problema fue que a partir de ahí ella sola se generó un lastre eterno, como de añorar algo que antes le parecía una poronga, idealizándolo constantemente. Y que en el camino se garchó a uno de mis mejores amigos. Marina sigue hablando y yo casi no la escucho. Mientras me dice algo de Daniel yo paseo mi mirada por el jardín, por sobre todas las personas que toman vino rosado alrededor de la pileta. Cualquiera diría que son gente linda, interesante, aunque a mí la escena me resulta poco glamorosa y bastante patética. Marina vuelve a mencionar a Daniel, que es un pendejo con el que está saliendo ahora, y me cuenta que no es como yo,

que hay un montón de cosas que no tiene, bla, bla, etcétera. Yo pienso que es imposible que alguien que se llame Daniel sea parecido a mí, pero me lo callo. Odio el nombre Daniel, ya me parecía espantoso mucho antes de escuchar hablar de este. Pongo el teléfono en mute y le digo que odio el nombre Daniel. Ella no escucha, por supuesto. Lo repito más alto porque me parece increíble la función de mi iPhone y los que sí escuchan son un par que están cerca, así que decido bajar la voz. Me tiento un poco, me río solo, para adentro, y aspiro profundo. Siento un latigazo ácido que me recorre la nariz hasta el centro de la cabeza y le digo al mute, bajito: qué rica porquería que vende ese peruca, estoy tomando la del Diego nena, qué Daniel ni Daniel. Y vuelvo a cortar el teléfono.

Nacho me abraza y me palmea la espalda mientras deja salir el humo que aguantaba en su cuerpo. En cuanto se separa de mí, extiende su mano derecha para ofrecerme el porro que hasta ese entonces yo no había percibido. Lo agarro con dos dedos y me lo acerco a la nariz para olerlo. Es flor, seguramente casera. Sonrío. Este es de tu jardín, le digo. Nacho asiente, como siempre que me pasa uno de sus porros. Hace años que fuma solamente de su jardín. Nacho la va de creativo publicitario, aunque todos sabemos que lo único que hace es armar ciertas campañas muy básicas vinculadas a los negocios inmobiliarios de su viejo y los amigos, fumar chala todo el día sin parar y, de vez en cuando, hacer que escucha a su estúpida novia adolescente que, por suerte, parece no haber venido. Nacho ve con un solo ojo, el otro lo tiene de adorno. Hace unos años le pegaron un balinazo jugando al paintball, uno de los juegos más boludos del mundo.

Porque hay que ser idiota para pagar por cagarse a tiros entre amigos, mancharse toda la ropa, que duela como la mierda y encima sacarse los ojos entre sí. A partir del episodio de Nacho, los lugares de juego comenzaron a darles antiparras a los chicos bien que van a jugar un rato a la guerra. Nacho me mira con el ojo bueno y me pregunta cómo quedó su aviso en mi revista.

Le digo que está en imprenta, pero que creo que muy bien. El aviso por el que pregunta es uno de un real estate de la constructora de su papá, que él diseñó. La revista en la que va a aparecer es una publicación especializada en «business & corporate» y es de lo que yo vivo, y también tiene que ver con mi viejo, que es el verdadero dueño de todo. Esa revista mantiene parte de mi nivel de vida (el resto lo hace precisamente mi viejo), me deja buena

guita para comprar porquerías, me entretiene y no demanda demasiado esfuerzo. Nacho me habla de no sé qué campaña de no sé qué cliente y yo pongo off, escucho que de fondo está sonando «Let it Bleed» y pienso que en un rato me voy a dar otro raquetazo, o que mejor me podría ir yendo, tal vez con la rubia tarada. Vuelve a sonar mi teléfono y debe ser otra vez Marina, así que no atiendo, aunque aprovecho el ringtone para alejarme un poco de la aburrida perorata de Nacho, no sin antes pegarle otra seca al caserito de su jardín.

La flor que fumé resultó muy loca pero me tiró la euforia un poco para abajo. Yo venía saliendo a la cancha con la banda de capitán con las fotos de Dalma y Giannina y de repente me caí en una hamaca paraguaya llena de dreadlocks. Un sube y baja letal. No me quiero dar vuelta y además me preocupan mis ojos, que son muy sensibles y enseguida se convierten en dos manchas de sangre. Me meto en el baño a mirarlos en el espejo: están bastante rojos pero no es para alarmarse. Me meto un par de gotas en cada uno y al principio arden un poco, después es un placer. Mientras me limpio los bordes de los ojos mojados con la toalla de mano, pienso en meterme otra raya, pero justo golpean la puerta. La misma voz femenina y molesta de hace un rato pregunta si hay alguien. No contesto. Abro directamente.

Me encuentro con una de las tilingas amigas de Jackie, que hace unos años debe haber estado buenísima y ahora se la ve un poco dejada. Con voz de borracha me pregunta qué estoy haciendo y si tengo un corrector para el pedo que lleva. Me río y le paso por al lado, más cerca de lo normal, poniéndole una mano en la cintura, sin contestar. Esta chiruza no es digna de la frula del peruca ni en pedo, me digo a mí mismo. Al llegar al jardín me vuelvo a reír, mientras pienso qué loco que estoy en este baby shower del orto.

Salen un par de pizzas que están muy bien. Sebas aprendió a cocinar de grande, pero tiene buena mano. Probablemente sea una de las pocas cosas que sabe hacer bien. Los inviernos en Punta del Este dieron algún fruto, al menos. Sebas se fue a vivir a Punta del Este hace un montón de años y no quiere volver nunca a Buenos Aires, por eso cada vez que lo vemos se lo nota un poco fastidiado, como con ganas de no estar acá. Jackie era amiga de la hermana de Sebas y por eso lo conoce desde chico, aunque nunca se

habían dado bola. Hasta que ella empezó a surfear y a escaparse los fines de semana a Punta del Este. Se veían en el agua y a veces en el único bar abierto en La Barra durante el año, hasta que un buen día curtieron y se engancharon. Y ella se fue a vivir para allá, y a él le pareció una buena idea no pasar tan solo los inviernos, además de una gran excusa para volver a Buenos Aires lo menos posible. Pero Jackie es la más hincha pelotas de todas las mujeres y hay que fumársela, sobre todo ahora que le hizo un pendejo y quiere venir a ver todas las ecografías a Buenos Aires. Ni hablar del parto porque, según ella, la Clínica del Cantegril es una mierda. Cuando vienen a Buenos Aires, Sebas se dedica a escabiar y a drogarse lo más que puede, mientras ella organiza meetings con las amigas, donde juntas critican a todo el mundo sin dejar títere con cabeza. Esas son sus maneras de pasar el tiempo. Mientras mastico una porción con rúcula y champignones, alguien pide un aplauso para el maestro pizzero y todos aplauden y ríen como si hubiese sido una gran ocurrencia. El eterno problema de un ambiente de gente bien: todos se ríen de cualquier pelotudez y siguen hablando uno encima del otro, como si cada uno fuese lo más importante del universo. A mí tantos universos me fastidian, con el mío me basta y me sobra, y tal vez por eso soy el único que no aplaude ni festeja la propuesta.

Tras el eco de las risas escucho una voz que me pregunta: vos me dijiste que te ibas temprano, ¿no? Enfoco y la que me habla es la rubia, atrás de sus anteojos floreados. No recuerdo haberle dicho eso, pero le digo que sí, que estoy para irme en un rato. ¿En un rato tipo cuánto?, insiste. Una vuelta más y nos vamos, le contesto, blandiendo mi copa casi vacía de vino rosado.

Ella sonríe aprobando estúpidamente, aunque con lo de una vuelta más yo me refiera a otra cosa.

En la Panamericana la rubia me cuenta que tiene un casamiento en la Iglesia Santa Elena, en la calle Seguí, al toque de Libertador, que si la puedo dejar cuando entramos por el Monumento de los Españoles.

Enseguida empieza a hablar de los novios, tira varios apellidos paquetísimos que siempre le escucho mencionar a mi vieja y me cuenta que después la fiesta es en La Rural y que va a estar buenísima. Le digo que qué bueno, que la van a pasar bárbaro, y ella pregunta qué voy a hacer yo. Le contesto que ni idea, que me invitaron a un asado pero que estoy un poco cansado, que solo quiero llegar a casa y meterme un rato en Instagram. Si

querés agregame, escucho que me dice, y aclara que la puedo encontrar como Pipi, un sobrenombre muy ridículo que hasta ahora no me había dicho, y el apellido. Yo me río por dentro y siento más fuerte la raya que me metí antes de irnos del baby shower, mientras me pregunto por qué carajo será que todas las minitas bien usan apodos terminados en «i»: Mili, Pili, Tati, Coni, Fati, Costi, Flopi, Pipi. Qué pelotudez. Entrando a Buenos Aires me vuelve a sonar el teléfono y otra vez no atiendo. Al toque entra un mensaje de WhatsApp. Es Marina: no peleemos, perdoname, si no querés verme no voy. Resoplo y le escribo que ya me fui hace rato. La rubia me pregunta si estoy bien y le digo que sí, que es la hincha pelotas de mi ex, que le gusta torturarme. Ella me tira una historia con un pibe, bastante infantil por cierto, y después me confiesa que nunca se enamoró, que algún día le gustaría encontrar a alguien, como le pasó a Jackie con Sebas, y tener un bebito. Yo pienso en decir que la relación de Sebas y Jackie es un martirio, pero prefiero cerrar la boca. La conversación se torna un poco insoportable, la rubia se esfuerza por ir perdiendo el poco glamour que le quedaba. La imagino tomando el té con las amigas, todas hablando de bebitos, y me da un poco de impresión. Entonces le digo en voz baja que los bebitos son lo menos y ella parece que no escucha y me pregunta: ¿qué? Y

yo le digo que nada, que cómo llego a la fucking Iglesia Santa Elena. Me indica cómo y en un momento me pregunta si no quiero ir con ella. Le digo que ni en pedo, que estoy en bermudas, y se ríe. Me refiero a si querés venir después a La Rural, goma, agrega. Mientras pienso en que me dijo en una misma oración «me refiero» y «goma», hago que no con la cabeza, agradezco y rechazo la invitación. Nos hablamos por Instagram, me despido cuando llegamos a destino. Y ella se baja y camina muy elegante mientras le miro las piernas.

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