Merca
Capítulo 3
Estoy en casa con Rochi. La encontré en Instagram subiendo una story medio borrachita, como siempre, y me contó que se había peleado con el flaco con el que estaba saliendo. Y lo que es más importante, que se había peleado con Marina, a muerte. Le dije que por qué no se venía para casa a tomar algo, y agarró viaje. Acabamos de tomar las dos botellas de Dom Pérignon que tenía guardadas desde el año pasado. Me pareció una buena ocasión para sacarlas a la cancha. La acidez de este señor champagne francés es más pronunciada, queda rebotando en el sistema digestivo, arriba, abajo y así. También deja un gustito a cítricos y a ahumado que está muy bueno. Punto, no me voy a hacer el sommelier. Odio a los sommeliers, esos pretenciosos de la botella que la van de rock stars y cobran por ponerle puntaje a bebidas que hicieron otros.
Rochi es rubia oscura, medio ceniza, bajita, con cara de pendeja. Lo mejor que tiene son dos tetas impresionantes, bastante desproporcionadas para lo que es el resto de su cuerpo, pero muy tentadoras. Lo peor es la nariz, porque tiene uno de los orificios más chico que el otro, como si se le hubiese quedado pegado con los mocos, como cuando sos chiquito, un asco.
Tampoco tiene un gran culo, pero es muy flaca y eso está bueno, porque si no sería un tapón por su altura. Vino vestidita con unos pantalones chupines violetas y una remera suelta que le deja un hombro al aire y le hace bailar las tetas, cuyo movimiento no puedo dejar de mirar. Probablemente ya se haya dado cuenta, pero no me importa nada, por algo está acá en el living de mi casa bastante borracha. Ya charlamos, nos reímos y nos mamamos juntos, ahora ella mira el techo, como enfocando un punto fijo, los ojos un poco idos. Quizá sea el momento de avanzar. Me siento más cerca, en el mismo sillón donde está medio acostada, y le agarro los pies. Hace un rato se sacó los zapatos y los tiró ahí al lado, en el piso. Le toco los dedos con
suavidad y empiezo a subir un poco a través de la media de uno de ellos, hasta encontrarme con la piel. Ella cierra los ojos y suspira, mientras sigo acariciándola y se me empieza a poner dura. Me encanta pensar todas las cosas que le puedo llegar a hacer a la amiga de mi ex. Entonces ella los vuelve a abrir, me mira fijo y me dice: Johnny, quiero que me cojas por el orto.
Me despierto y veo que hay un hilito de sangre en las sábanas, así que las saco, incluyendo los cubre almohadas, mientras me siento Patrick Bateman. Envuelvo todo y tiro el paquete que armé en el canasto de la ropa sucia. Como no entra bien empujo un poco con los pies. Después entro al baño y me miro al espejo. Tengo resaca. Me tomo un Falgos y un Alikal.
Eructo varias veces con fuerza para sacar toda la mierda y toso y escupo algo negro, lo que me recuerda que anoche fumé varios cigarrillos. Hace un montón que dejé de fumar, pero anoche me dieron ganas. En realidad odio el cigarrillo, sobre todo el día después, ahora. Me agarro la cabeza, me duele a la altura de la sien, un poco más al costado. Pienso en tomarme un Alplax y olvidarme de todo, pero me acabo de clavar dos pastelas distintas y no quiero terminar como Jim Morrison, tirado en la bañadera. Además se supone que hoy tengo que trabajar, al menos lo mínimo indispensable. Odio trabajar. Voy a la heladera y me sirvo un vaso de jugo de tomate bien frío, ideal para la resaca. Se siente bien en mi garganta. Pico un pedazo de queso brie que nunca falta entre las provisiones que me trae Betty y encaro para mi escritorio. Paso por el living y miro atrás de la ventana, a través de la bruma, los veleros que desfilan sobre el río en un imponente collage visual.
Más atrás, un barco petrolero y otro bien grande que parece un Buquebús.
Busco el ángulo visual ideal para ponerlos en fila, como si estuviesen a punto de tocarse, de colisionar como los autitos chocadores del Italpark, y después hundirse. Qué lindo sería, al menos por un rato se volvería la excusa perfecta para no tener que ponerme a editar el próximo número de la revista. Pero lamentablemente no chocan. Ni cerca. Este parece ser un mediodía exento de todo tipo de emociones. Entro a mi escritorio que está impecable y me siento frente a la computadora, que brilla recién lustrada por Betty. Abro Instagram y Twitter y empiezo a ver qué es lo que pasa en esta ciudad de mierda y sus alrededores con tal de no ponerme a trabajar.
Nada nuevo, nada destacable más allá de fotos de ecografías y vacaciones y
niños felices, y de la muerte de algún pseudofamoso que todos lamentan y dicen haber conocido alguna vez. Instagram, la red social de la alegría impostada y la sobreexposición. Twitter, la de la muerte anunciada. Abro el bloc de notas y me pongo a escribir algunas ideas de tapa, pero ninguna me convence. Odio diseñar las tapas. Odio las tapas, salvo las españolas. Algún día voy a mandar todo a la mierda y voy a publicar una tapa recontra puteando a los hombres de negocios, o a mis viejos, o diciendo que le estoy rompiendo el culo a una amiga de mi ex. Es probable que sea mi última tapa, pero también sé que me voy a sentir libre y que hasta podría tener motivos valederos para tirarme de esta torre de mierda y caer como caían los muñequitos de las Twin Towers por televisión. Por ahí hasta me den un reconocimiento post mortem ese día, destacando que fui un transgresor a la vanguardia del periodismo de marketing y negocios. Pongo guardar los cambios y me río solo, mientras pienso en todos esos paquetudos que al principio me mandaban las notas de sus empresitas baratas únicamente para congraciarse con mi viejo, y a los que ahora les encanta verse en el kiosco de revistas frente al Hotel Alvear. Mi revista vale 2500 pesos y casi no se vende al público, más bien le llega a toda la gente como uno, o a la que a muchos de esos tipos les gustaría parecerse. En realidad no importa tanto a quién le llegue, a ellos les gusta estar ahí, colgando en el kiosquito estilo francés, reminiscencia de París. Anunciarse en mi revista es caro, pero no imposible. Hay muchos que pagan una parte con canje, aunque a mí me llega el líquido todo junto a través del contador de mi viejo, que cuantifica los montos y me manda el efectivo. De eso vivo y bastante bien, por cierto.
Vuelvo a probar en el pagemaker y me sale un título bastante digno, pongo save changes y close y se lo mando por mail al redactor para que lo termine de pulir. Voy a Instagram y empiezo a surfear por los perfiles de todas las minas que ponen las fotitos de sus bebés. Odio las fotos de bebés en Instagram. Odio a los bebés en realidad. Pero me encantan las minas embarazadas, por la cuestión del morbo. Encuentro un par de fotos de chicas bien, orgullosas mostrando sus panzas, y me pongo bastante cachondo. Me toco muy lento hasta que se me pone como un garrote y, previo chequear que Betty no ande todavía dando vueltas por la casa, me voy corriendo al baño para volcar todo en el inodoro. Me mareo un poco y por un momento me vuelve la resaca cuando acabo, hasta que un largo escalofrío me reacomoda en la realidad. Me limpio mientras pienso que es mucho mejor coger con uno mismo que romperle el culo a una pendeja de
mierda. Después vuelvo a la computadora y me pongo a trabajar con las notas de la revista.
Atiendo el teléfono y es mi vieja. Está borracha. Me doy cuenta porque la lengua le hace como un loop al hablar. Me pregunta cómo estoy y le digo que bien. Me pregunta si no le voy a preguntar a ella cómo está. Le pregunto y dice que bien. Nos quedamos los dos en silencio. Después lo rompe y me cuenta que anoche ganó un torneo de bridge. Le contesto que qué bueno, la felicito y me agradece. Pregunta por mi hermano y respondo que ni idea, que hace un montón que no hablo y dice que está un poco preocupada porque parece que está chupando mucho y que la mujer otra vez lo echó de la casa. Qué bajón, le digo. Ella sigue con su monólogo hasta que termina con un: gracias por escucharme pichón, y yo no contesto.
Siempre me dice pichón. Odio que me diga pichón. Al final me pregunta si estamos peleados con mi hermano y yo digo que creo que no y entonces responde: ah bueno, se despide y corta. Voy a la cocina a ver qué me dejó Betty para comer y veo un sticker pegado en la puerta de la heladera en el que se lee: le dejé la comida en el microondas. Betty siempre me deja la comida preparada en porciones y platos individuales, porque sabe que odio servir y ensuciar cosas de más, aunque después las termine lavando ella.
También sabe que siempre —salvo cuando estoy muy duro— termino el plato, y que puedo llegar a comer mucho si me dejan, pero que tampoco me gusta comer mucho porque tengo pánico de ponerme gordo. Odio a los gordos. Por antiestéticos, porque se tiran pedos y porque andan siempre todos transpirados, caminando con las piernas abiertas para no pasparse. Un asco. Enciendo el microondas sin mirar, pero después me da curiosidad y abro la puerta y miro. Betty dejó un plato de pasta que bien puede ser lasaña o crepes, al parecer de verdura, porque se trasluce algo verde a través de la pasta, aunque no estoy seguro. Pero tiene buena pinta y yo tengo hambre, así que lo pongo otra vez a calentar. Después abro la cava y saco un vino al azar. Me da igual, porque todas las botellas que tengo son buenas. Lo abro y lo dejo respirar mientras termina de calentarse la comida y bajo una copa de cristal del techo del mini bar. Cuando escucho el sonido del microondas saco el plato ya preparado, sirvo el vino y lo huelo. Después me pongo a comer y parecen puerros y están riquísimos, como casi todo lo que Betty me cocina. Tomo el vino y también está riquísimo. Cuando ya terminé de
comer y tomé casi tres cuartos de la botella vuelve a sonar el teléfono, pero esta vez no atiendo. Me pregunto si será mamá otra vez, o tal vez mi hermano, con el que en realidad no sé si estoy peleado, o Marina, o su amiga Rochi. Deja de sonar y me sirvo el fondo del vino.
Me despierto por el sonido de un mensaje en el móvil. No sé qué hora es, pero sí que me fastidia que me hayan despertado. Odio que me despierten.
Miro el mensaje y es papá que me pide que almorcemos juntos. Me pregunto si será fin de semana. Me pregunto si finalmente habrá aprendido a usar el WhatsApp o si lo asistió su noviecita. Miro el día en el calendario del teléfono y me doy cuenta de que es martes. También de que es su cumpleaños. Borro de mi mente el mensaje que pensaba escribir contestando que no podía y le pongo ok, que a qué hora y dónde. Dice que nos encontremos en el Club Francés, en su mesa de siempre.
Llego un poco tarde y papá está sentado en la misma mesa de los últimos 20 años con un par de socios, los de siempre. Me hace señas para que me acerque y me los vuelve a presentar, por enésima vez. Saludo amablemente y sin ganas mientras me dicen qué grande que estoy y uno se levanta para dejarme el asiento. Apenas me acomodo, el otro termina de decirle algo a mi viejo y también se levanta para dejarnos solos. ¿Cómo estás?, me recibe papá, y enseguida agrega: te veo muy flaco. Él está igual de elegante que todos los días, adentro de un traje de los que se manda a hacer a medida, con una camisa Brooks Brothers impecable, aunque rematada con una corbata Hermès algo colorinche, seguramente influencia de la pendeja pulida que vive con él. Yo le digo feliz cumpleaños y le pregunto si necesita algo en especial, por el tema del regalo. Él me dice que no gaste y pregunta por mi hermano. Le contesto que hace rato que no lo veo y quiere saber si estamos peleados y yo repito que creo que no, aunque cada vez estoy menos seguro. Me mira dubitativo y pregunta en voz alta: ¿sigue chupando? Yo no digo nada y él se contesta solo: y también..., con la influencia de tu madre.
Después me empieza a contar de Pía, de su marido, de sus hijitos y todo eso. Pía es mi hermana mujer, el marido mi cuñado, sus hijitos mis sobrinos. Papá me recrimina que nunca los voy a visitar, que ellos me quieren mucho y que les encantaría verme, que por qué no voy a la chacra uno de estos fines de semana que vayan ellos, que siempre hay un cuarto
disponible para mí, y que además a Mery le gustaría mucho que vaya también, y yo sé que es mentira porque con Mery nos profesamos un odio mutuo y correspondido. Mery es la pendeja que lo vive a mi viejo, tiene un año menos que yo y está fuertísima, pero es una tilinga y una trepadora. Él dice que lo hace sentir joven y mientras tanto ella le esquilma la billetera y cada tanto, con la plata de él, le regala una corbata Hermès brillosa por demás. Es su billetera y su plata, en definitiva, y a mí no me preocupa demasiado. Además él dice que a nosotros nunca nos va a faltar nada y tiene razón. Y a nuestros hijos y nietos tampoco, salvo que patinemos de aquí a la eternidad, pero es poco probable que podamos gastarle todo, aún con la invalorable ayuda de Mery. Yo con Mery casi no me trato, hablo lo mínimo indispensable e intento no acercarme mucho porque es una yegua y me puede meter en un quilombo en cualquier momento. Por eso prácticamente no voy a la chacra, salvo que sea ineludible. Además no hay señal de Internet. Ni televisión hay. Porque ellos no quieren, claro, porque así el ámbito les parece más rústico y eso los hace sentir más tradicionales.
La chacra es en Monte y para mi viejo, mi hermana y mis sobrinos, es una especie de lugar en el mundo. Plantan rosales, andan a caballo, juegan al tenis, hacen dulces, juegos de mesa, tocan la guitarra y cantan. Juegan a la Familia Ingalls casi todos los fines de semana. Parece que Pía y el inútil del marido se hicieron íntimos de Mery, así que todos felices y contentos. Yo prefiero pasar de largo porque no me creo el cuento de la familia feliz y porque me aburro como un hongo. A veces voy en verano a la pileta, pero no puedo parar de mirarle el culo a Mery en su bikini mientras me imagino cómo le entraría. Aunque últimamente también dejé de ir en verano, porque si mi viejo me llega a pescar desnudándole la pendeja con la mirada, me corta el chorro para siempre. Y como no tengo en mis planes que me desherede, prefiero desechar la invitación con un: dale, me organizo y te aviso para ir uno de estos fines de semana. Papá se da cuenta de que no voy a ir y sonríe. Gracias por no ser descortés, agrega, con sus modales y léxico de caballero inglés. Llama a Manuel, el eterno mozo del Club Francés, y pide la comida para los dos y un par de copas de vino sin consultarme en nada. Después me dice que cómo va la revista y cómo van las cosas con Marina. Yo le contesto que de Marina me separé hace casi dos años y él dice que ya sabía, pero que le parece que no termino nunca de despegarme de esa chica, mientras me sonríe buscando una complicidad que no encuentra. El resto de la comida lo ocupa hablando de sus negocios, de sus
inversiones, de su oficina en la bolsa, del gobierno de zurdos de mierda que tenemos, de Mery que es divina, de todas las cosas que está haciendo en la chacra, de él, de su vida maravillosa y de su éxito. Cuando terminamos nuestros bifes de lomo a la Club Francés saca un Cohiba y me invita a pasar al salón de fumar. Yo le agradezco y le recuerdo que estoy tratando de dejarlo y dice: qué bueno, y me pregunta si estoy bien de salud y si eso de dejarlo va para todo y si me estoy portando bien. Los dos sabemos de lo que habla sin que ninguno lo mencione directamente. Yo sospecho que Norberto lo debe mantener informado, mientras busco las palabras apropiadas para formularle una respuesta satisfactoria. Norberto es mi psicólogo y el de mi hermano, a quien papá le paga los honorarios religiosamente todos los meses, a pesar de que yo voy sin ganas y casi no le cuento nada, sólo le hablo de mis cosas de vez en cuando. Al final contesto: todo controlado. Y
él dice: eso espero, aunque en el fondo no me cree y los dos lo sabemos también, y cambiamos piadosos de tema. Entonces él me da un abrazo y me agradece haber venido y agrega que esa noche se van a juntar en lo de Pía y que por supuesto estoy invitado también. Yo le digo que a la noche no puedo y me dice que lo suponía, que por eso me invitó a almorzar, y se pregunta en voz alta si mi hermano podrá y yo lo miro con cara de nada sin decir nada. Entonces me palmea y se da vuelta mientras se pone el habano en la boca, agarra su diario La Nación que descansaba en el borde de la mesa, se lo dobla abajo del brazo y se aleja, elegante y cansino.
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