Merca
Capítulo 5
Llegamos a la fiesta de Charlie con Javi y Nacho. Charlie inaugura una casa en La Horqueta a todo culo. Se la compró con los euros que acaba de heredar de la madre que vivía en la Costa Azul con un marido europeo millonario. Hace unos meses se estrolaron en la ruta con una Porsche Cayenne y Charlie pasó de ser uno del montón a un joven acaudalado con libre disponibilidad. La casa es gigante, debe valer más de dos palos. Está bastante pelada, no sé si para hacer lugar para la fiesta o porque todavía no terminó de mudarse. O las dos cosas. Está ambientada como un boliche, con luces de colores y algunos pufs desparramados por el piso alrededor de unas mesitas con velas. Del techo cuelga una bola de espejos giratoria. En las paredes hay varias pantallas planas que pasan videos de música y sobre una barra de bar, de madera, un dj tira bombas desde una consola. Hay bastante gente, sobre todo chicas. Charlie siempre tuvo una excelente convocatoria, desde mucho antes de la herencia. Enseguida lo vemos venir a recibirnos con una botella de tequila en la mano. Nos abraza y nos dice que estamos en nuestra casa y que hagamos exactamente lo que queramos. Charlie está ciego de coca y se le nota, pero parece no importarle porque moquea sin parar como un chiquito resfriado. Nos da una bolsita y nos dice que aprovechemos que nos invita unos tiros y que también tiene pastis, pero para más tarde. Los tres aceptamos y enfilamos para el baño, que está ocupado. Alguien nos dice que hay otro más atrás, también ocupado. Vamos a buscar alguno arriba. Subimos las escaleras y nos encerramos en el baño de un cuarto en suite, que también está a medio decorar aunque tuneado para la ocasión. Seguramente alguna de sus amiguitas lo ayudó a poner a tono su casa nueva con este fiestón. La cosa pinta bien, convenimos con los chicos, mientras nos raqueteamos bastante la nariz. La merca de Charlie está bastante buena sin llegar a ser la del peruca. A caballo regalado no se le miran los dientes, pienso. Repartimos un poco para cada uno para después y Nacho exige que le dejemos un toque más porque seguramente, intuye,
nosotros trajimos la nuestra y él no tiene, pero siempre aporta el faso de su jardín. Javi me mira cómplice y los dos negamos con la cabeza, pero igual le damos un poquito de más para que no patalee, y él agradece mirándonos fijo con su ojo bueno. Cuando salimos del baño estamos bastante más on fire que al llegar. Al bajar las escaleras nos damos cuenta de que hay unas minas espectaculares. Imagino que casi todas las presentes ya han pasado por las manos de Charlie, porque es un demonio con las mujeres y porque además nadie sabe cómo pero siempre termina de amigo con todas. El tipo levanta como loco, hace las mil y una y después se retira y habilita a los amigos. Y siempre todas hablan maravillas de él. Un genio. Con los chicos encaramos para una barra de Bacardí que Charlie puso en el fondo del living, justo delante de las puertas corredizas que dan a la galería. A través del vidrio se ve que hay un escenario armado, señal de que va a tocar una banda en vivo. Nada librado al azar. Pedimos unos tragos al barman. Yo odio el ron barato pero es lo que hay, así que opto por un mojito, que el pibe a pesar de todo prepara bastante rico. Le doy un par de sorbos y siento como una sinusitis de cocaína. No estoy acostumbrado a tomar una distinta a la del peruca. Me persigo un poco con eso de que le meten vidrio molido, entre otras porquerías, pero enseguida repito como un mantra: no pasa nada Johnny, no pasa nada. Javi me pregunta si me pasa algo y respondo que no, que no me dé bola. El dj está a full con un chill out tipo Café del Mar bastante volador. La gente no baila pero se traslada con movimientos laxos, como patinando sobre hielo, bastante rítmicamente. El humo de porro llega desde todos los rincones y, sumado a mi paranoia incipiente, me da un poco de claustro, así que les digo a los chicos que voy a salir un toque al jardín.
Atravieso el final del living y me cruzo con unos hippies menesterosos que no paran de darle besos a una tuca ínfima. Un asco. Odio a los hippies. Pido permiso y abro la puerta de vidrio para salir y tomar un poco de aire con mi mojito en la mano. Veo unas típicas chicas sanisidrenses quemando un fasito en la galería y les pregunto si tienen tabaco porque me entraron ganas de fumar. Una mete la mano en una carterita de cuero, saca un paquete de Marlboro box y me lo extiende. La miro a los ojos y le agradezco, mientras mis dedos hurgan adentro de la caja en busca de un cigarro. Lo saco y otra me ofrece fuego, pero lo rechazo y me lo pongo en la oreja, a la espera de que mi claustrofobia desaparezca del todo. Vuelvo a agradecerles, me doy vuelta y me empiezo a ir. Cuando estoy de espaldas la que me dio el pucho me pregunta cómo me llamo, y yo digo: Johnny, sin interrumpir mi retirada,
porque no tengo ganas de conversar y porque odio a las chicas de San Isidro. Pongo mis pies en el jardín y miro el cielo estrellado mientras aspiro hondo y pienso que no está tan mal salir de vez en cuando.
Cuando me siento un poco mejor enciendo el cigarrillo y me pongo a pitar en el jardín escuchando la música, que parece haber mutado poco a poco a un chill más house, con agudos más altos en medio de temas más movidos. Veo que la gente empieza a bailar más específicamente y sonrío.
Yo odio bailar pero me encanta mirar a la gente bailando. Las chiquitas de San Isidro están hablando de tomar todas juntas clases de reggaetón y a mí me dan arcadas. Celebro internamente no haberme quedado a charlar con ellas. Odio el reggaetón, es una cuestión de piel, no lo puedo escuchar, me hace mal a los oídos. Y no entiendo cómo esa música insufrible se puso de moda, incluso en nuestro círculo. Y mucho menos que haya gente que pueda llegar a tomar clases de reggaetón, no me entra en la cabeza. Pero prefiero pensar en otra cosa porque cuando estoy muy duro y engrano, me da taquicardia. Por suerte los veo salir a los chicos con Martín que parece recién llegado y viene a mi encuentro. Me abraza y me pregunta: ¿qué se cuenta? Yo le contesto que estoy de puta madre y le ofrezco un poco de mandanga, descontando que me va a decir que no porque hace poco me contó que le pega mal y que no está tomando. Pero el muy hijo de puta me caga y dice que dale, que gracias, y no me queda otra que entregarle el papelito que me tocó en la repartija de la bolsa de Charlie. El tipo pregunta si es power y le decimos que está bien, entonces se va contento para el baño. Nacho quiere volver a entrar porque dice que está lleno de minas y quiere mirarlas un poco antes de que llegue su novia, pero Javi tira en voz alta: ¿y acá qué onda?, señalando con la cabeza al grupito de San Isidro. Yo le aclaro que no cuente conmigo porque son unas pendejas tilingas aprendices de reggaetón, pero al tipo le chupa un huevo y al toque se acerca a hablarles en pose de galán. Nacho me enfoca con su ojo bueno como preguntando qué hacemos y yo le digo que si quiere le haga la banca a Javi, que yo me voy para adentro, y él, que es un cagón dominado por su novia histérica, me dice que mejor me acompaña, y me sigue. Adentro está Charlie bailando con una rubia que la raja y nos hace señas de que vayamos así nos presenta a las amigas. Yo le hago con la mano que no gracias pero Nacho se acerca al grupete y se pone a bailar un poco con ellos. Aprovecho
para pedir otro mojito y me pregunto si Martín me devolverá algo de lo que le pasé, aunque presumo que ni a ganchos porque tampoco había demasiado en el pelpa que le di. De hecho vuelve con cara de feliz cumpleaños y no dice nada de la frula, solamente pregunta dónde se piden los tragos. Le señalo la barra de Bacardí, pero dice que no quiere ron, que vio a un par de muñecos tomando champagne. Le digo que ni idea y sale en busca de la cocina. Al toque vuelve y me tienta con un vaso cargado de champagne y Red Bull. Abandono mi mojito que ya me aburrió y le pregunto dónde está la cocina. Yo te acompaño, contesta. Me guía entre la gente hasta una puerta vaivén, empuja y entramos en un ambiente más iluminado. Hay dos chicas sentadas en la mesada y creo que a una la conozco. De hecho ella me mira y me pregunta si nos conocemos de algún lado. Le digo que creo que sí mientras agarro una botella de Chandon que hay adentro de un tacho con hielo y me sirvo en un vaso que me pasa Martín después de llenarlo con varios cubitos. Martín les dice hola a las chicas y las dos saludan con la mano. Están fumando un porro y ofrecen. Martín dice que no pero yo acepto una pitada. Después digo: ¿de dónde nos conocemos? , porque me quedé con la intriga. ¿De Bariloche, del Hotel Catedral? , indaga la que supuestamente me conoce, y yo digo que puede ser, aunque hace años que no voy a esquiar. La mina debe tener nuestra edad, aunque está bastante baqueteada. Parece haber sido linda de más chica, aunque pese a algunas arrugas pronunciadas la treintena no le queda tan mal, sobre todo cuando sonríe. La amiga no da, es una gordita adelgazada, pero a Martín parece no importarle demasiado porque igual le charla. Nos quedamos hablando un rato de boludeces perdidas hasta que me acuerdo de dónde la conozco, pero prefiero no decirle nada. La conocí en el Shamrock hace mil años, cuando todavía vivía con mi vieja, y me la llevé al derpa de un amigo que vivía solo y me lo había prestado al irse de vacaciones a Praia do Rosa, para que yo le regara las plantas de chala. Me acordé que la minita tenía un pire importante, por más que ahora parezca más tranquila. Tal vez sea el porro, tal vez está sedada o de trip, quién sabe. Trato de leer en qué viaje está a través del iris de sus ojos pero no noto nada fuera de lo común. Les pregunto de dónde lo conocen a Charlie y me cuentan que salió un tiempo con una amiga de ellas y que por eso vinieron. La gordita vuelve a su charla separada con Martín y escucho que la mía dice que le encanta la casa, y que se llama Cata, y yo me acuerdo de su nombre y de más cosas. La noche que la conocí creo que estaba re empastillada, tal vez por eso ella no se acuerda.
Tomamos unas cervezas negras tiradas y logré convencerla de que me acompañara al departamento de mi amigo. Cuando llegamos se tiró en el sillón del living y cerró los ojos, y yo aproveché para hacer de las mías. Le levanté la pollera despacito y la empecé a tocar, pero ella me decía que no tenía ganas. Yo medio que me embolé y me fui a la cocina y abrí un porrón que tenía en la heladera. Al rato volví y seguía ahí tirada, igual que antes.
Le ofrecí cerveza y me dijo que no y me preguntó qué me pasaba, que estaba raro. Yo no dije nada, entonces ella se levantó sola la pollera y me dijo: querés tocarme, vení. Se sacó la bombacha y me agarró la mano y me dijo: dale, meté los dedos, ¿así te gusta?, mientras me miraba con los ojos desencajados y frotaba su concha seca contra mi mano cerrada que ofrecía resistencia, inmóvil. Enseguida la frené y le dije que no quería coger con un robot y que era tarde y que mejor se fuera, pero ella no quiso, así que le llamé un taxi mientras tomaba mi cerveza. Ella se quedó callada y cuando tocaron el timbre me dijo que no se quería ir. Le insistí y como no se movía la agarré de un brazo para levantarla. Entonces dijo: pará, pará, y agarró su cartera y la dio vuelta entera en el piso y empezó a revolver todo como una loca de atar. Yo no podía creer lo que me estaba pasando. Tomé aire y esperé a que juntara todo y lo pusiera de vuelta en la cartera. Incluso la ayudé un poco pero ella me sacó la mano como si yo le estuviese robando algo. Volvieron a tocar el timbre, atendí y le dije al taxista que ya bajaba, que esperara un poco. Me despedí de ella otra vez y ella de nuevo dio vuelta su cartera en la moquette y se puso a buscar frenéticamente. Ahí mi paciencia explotó, le metí todas las cosas adentro, la agarré fuerte del brazo, la llevé hacia el ascensor y la bajé hasta el taxi a los empujones, mientras ella me miraba con cara de miedo, como preguntándose quién de los dos estaba más loco. Esa es la misma Cata que ahora me habla apaciguada desde la mesada de la cocina de la casa de Charlie, como si nada hubiese pasado, como si no me conociera, como si la locura se le hubiese curado en estos años. Ahora que hilé toda la historia me puedo ir sin ningún cabo suelto, pienso, pero antes hago un refill de mi vaso de champagne. La verdad que no estoy para averiguar si a esta mina le dieron el alta, y tampoco está tan buena.
Cuando Martín ve que salgo de la cocina, se despide de la gordita y me sigue. Se ve que tiene más ganas de estar acompañado por un amigo que de
aventurarse con una minita medio pelo. O que tiene ganas de seguir tomando, porque me pregunta si tengo más. Le digo que ya le di todo lo que tenía y los mando al frente a los otros dos. Javi y Nacho tenían, vamos a buscarlos, le digo. Nacho no está por ninguna parte. Javi está afuera tranzando con la minita de San Isidro que me ofreció fuego. Yo ya estoy listo para otra raya, pero antes necesito sacarme de encima al muñeco de Martín para no desperdiciar un tiro del peruca. Si le digo que voy a buscar algo al auto seguro me va a decir que me acompaña, así que hago como que me suena el teléfono, atiendo, hablo con nadie y me excuso con Martín. Es Marina, le susurro, y él pone cara de que entiende y se mezcla entre la gente. Aprovecho para ir hasta el auto y lo veo a Nacho en la puerta hablando con su novia. Hola, me dice ella, últimamente nos encontramos en todos lados nosotros, y Nacho me mira con cara de no entender, porque yo no le conté nada de que nos cruzamos en Josephinaś. Yo digo solamente hola y le pregunto a Nacho si le quedó algo de lo que nos dio Charlie, pero contesta que no, que entre él y la pendeja boluda se lo tomaron todo. No dice pendeja boluda, dice «la gordi». Odio los apodos que se ponen las parejas. Odio que la pendeja boluda se haya tomado nuestra merca. Como no sé cómo salir de la situación, hago otra vez el acting de que me suena el teléfono, atiendo y les digo que ahora vengo, me doy vuelta y empiezo a caminar. Me voy alejando haciéndome el tonto que anda sin rumbo y de a poco voy encarando para el auto. Me doy vuelta un segundo y veo que siguen hablando entre ellos y que él la abraza, que ya no me prestan atención. Llego hasta mi auto y cuando estoy preparando el ansiado raquetazo lo veo venir a Martín y escondo la bolsa abajo del asiento, quedando a la vista solamente el espejo con el tiro. Agarra la puerta del acompañante y no puede abrir porque está trabada. Toco el botón del cierre centralizado y hace un ruido seco, la puerta se abre y Martín entra. Viejo zorro, me dice, te agarré con las manos en la masa. Le digo que ya le di, que esta raya es todo lo que me queda y que me la voy a tomar yo solito.
Que por favor me sostenga el espejo. Hace caso, lo mantiene firme con las dos manos y yo apoyo la nariz y me llevo todo. Es un placer ser egoísta, pienso, mientras escucho que adentro ya está empezando a sonar la música en vivo. Al rato, cuando la fiesta empieza a caer porque la banda que trajo Charlie es malísima, le hago caso a Alfred que dice que siempre hay que saber retirarse a tiempo y me escabullo entre la gente sin saludar a nadie.
Me encanta irme sin avisar y que mis amigos se pregunten si todavía estoy
por ahí dando vueltas o me fui directamente, como siempre. Ellos ya me conocen. Subo al auto medio doblado y la llamo a Rochi al móvil. Le pregunto dónde está y dice que en su casa. Le digo si quiere que la pase a buscar e ir a la mía y me contesta que bueno. Peor solo que mal acompañado, pienso, y pongo en marcha el auto.
Al otro día me despierto y me duele todo. Rochi tiene puesta una camisa blanca mía que le trasparenta las tetotas y está jugando con su telefonito. Le digo: hola, y le pregunto qué está haciendo y contesta que tuiteando. Yo le digo que prefiero Instagram, que a Twitter no le termino de sacar la onda y que además no se pueden ver bien las fotos de las minas. De las embarazadas no le digo nada. Ella empieza a explicarme de Twitter como si estuviese dando una clase en la facultad. Que los followers y los trending topics y los hashtags, palabras que por su patética pronunciación no debe saber lo que quieren decir más allá de Twitter. Odio a la gente que habla con palabras en inglés y las pronuncia como el culo. Creo que odio Twitter también, aunque a veces lo use para divulgar las notas de la revista. Ella sigue y me explica que sí se pueden ver bien las fotos, abriéndolas o a través de los links que la gente tuitea. Me cuenta que a veces aparecen fotos de gente famosa y otras de gente que no es famosa pero se vuelve famosa después de que esas fotos se viralizan. Se «viralizan», dice, y yo me imagino una gran epidemia que va matando a todos los que están conectados. Imagino algo parecido en Instagram, pero no me divierte tanto.
Le digo que Twitter me parece el LSD de nuestra época, que seguramente va a dejar secuelas en toda una generación de usuarios, y ella se ríe y dice: todos peposos jaja, aunque creo que no entiende el concepto y yo tampoco, porque lo dije solo para molestarla un poco y porque ya está empezando a aburrirme y quiero que se vaya. Pero ella vuelve a hablar y me empieza a contar de un tipo que nadie sabe quién es y tiene un nik que se llama «Basta de Cachudos» y pone consignas para que la GCU, que es gente como uno, meta sus tuits. Le digo que no entiendo del todo bien y me empieza a leer una que es el comienzo de una oración que dice: en el campo… y que todos empiezan a completarla, por ejemplo con: en el campo la leche se toma recién ordeñada y tiene nata, en el campo los chicos duermen todos juntos en un cuarto enorme, en el campo tenés la misma maid tooooda la vida y después se van sumando hijos y nietos, en el campo siempre hay un caballo
tobiano llamado «el tobiano», etcétera. A mí me parece un pelotazo pero igualmente me hace acordar al campo de mis abuelos, al que dejé de ir después de la muerte de Mamina, la mamá de papá. El campo sigue estando, pero mi viejo se peleó a muerte con el hermano por problemas con la herencia, y hace años que no se hablan. Mi tío se quedó con el campo y a partir de ahí mi viejo nos prohibió que fuéramos, a pesar de que nosotros teníamos buena onda con él y con nuestros primos, a quienes tampoco vimos más. Cada tanto sé algo de ellos porque los tengo en Instagram, pero no nos hablamos nunca, a lo sumo un mensaje de feliz cumpleaños y listo.
Cuando vuelvo a concentrarme en Rochi, me está contando algo de una conocida suya que se casaba y en la despedida de soltera las amigas le llevaron un negro senegalés de esos que venden relojes en la calle y se re descontrolaron y la cosa se les fue de las manos y parece que la mina terminó en la guardia del Fernández con el ojete desgarrado y que el senegalés está prófugo y que el novio mandó todo a la mierda y suspendió el casorio, y los padres de su amiga la mandaron a vivir unos años a Madrid por el papelón y hasta que se enfríe un poco todo. El cuento es bastante bueno pero Rochi lo cuenta como el orto, valga la redundancia. Y yo empiezo a pensar la mejor excusa para que se vaya de una vez así me puedo tomar una rayota y meterme un rato en Instagram.
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