Merca

Loyds · Capítulo 2 de 10

Páginas del PDF

Merca

Capítulo 2

Estoy en la puerta de Tequila, hablando un par de palabras con El Gallego, que es el patova de la entrada y que no es gallego ni español ni nada pero le dicen El Gallego. Le pregunto por el gimnasio y el box y todo eso y el tipo me dice que va muy bien, que está organizando una pelea para el año que viene con Mickey Rourke. El actor, me aclara. Le contesto que ya sé quién es Mickey Rourke, pero que pensé que se había muerto. Me explica que no, que se muere en la película «El Luchador» pero que en la realidad vive y que está muy recuperado, que se rescató de la falopa. Que «se rescató», dice. Yo no vi esa película, de hecho con Mickey Rourke recuerdo haber visto solamente «La Ley de la Calle», que me pareció un experimento blanco y negro desastroso, pero igual respondo: qué bueno, y agrego que no me acuerdo dónde lo vi hecho mierda, con la cara toda desfigurada, y que entre la falopa y el box debe haber quedado para atrás, y que tenga cuidado porque si llega vivo a la pelea lo puede llegar a matar él. Me río y festejo mi propio chiste, pero El Gallego me mira fijo y serio. Parece que no le hizo demasiada gracia, o tal vez no lo entendió. Yo le meto un billete de cien dólares en el bolsillo mientras me pregunto quién carajo me manda a mí a hacerle chistes a este cavernícola, que la única charla que puede darte es sobre boxeo y su puto gimnasio. Cuando voy a atravesar la puerta, aparece Alfred con tres modelitos y me grita: ¡Aló Johnny! , como si estuviera hablando por teléfono. Me presenta a las chicas, bastante ordinarias pero una más linda que la otra, y justo cuando vamos a entrar todos juntos aparecen dos pendejos que lo saludan a Alfred en voz alta y le piden que los ayude a pasar. Alfred relojea la cara de piedra del Gallego y, para evitar una situation, se hace el boludo olímpicamente, sonríe, los saluda con la mano y encara para adentro agarrándonos del brazo a mí y a una de las chicas. Ya estamos semi a oscuras y me doy cuenta de que una vez más varias cosas han cambiado de lugar. El dueño del boliche es un tipo muy feo pero muy hábil, con un gusto bastante aceptable en cuanto a diseño. Lo que en

cualquier otro sitio puede resultar muy cargado, en Tequila casi siempre encaja a la perfección, por más rococó que parezca. Además el espacio está bien distribuido, los tragos son muy ricos, la música es sublime, la gente es toda estéticamente linda. Hasta la gente ordinaria, como las chicas que nos acompañan. Lo único malo de Tequila son los baños, muy chicos para raquetearse la nariz con tranquilidad, las camareras, que en su afán de atosigar a la gente para que consuma no distinguen a los buenos de los malos, y que dejen entrar a algunos conductores grasas de la tele y a jugadores de fútbol. Por los parlantes suena un remix de «Satellite of Love»

de Lou Reed muy arriba y yo sonrío. Las cuatro líneas que tomé antes de entrar comienzan a subir a mi cabeza y siento que si existe la felicidad, es esto. Hace tiempo que casi no tomo falopa en los baños —y mucho menos en el de este lugar— porque me pega mal la falta de intimidad. El no estar tranquilo en ese momento tan placentero me resulta insoportable. Así que me sacudo lo más que puedo antes de entrar y si me quedo sin nafta en medio de la noche vuelvo a mi auto a darme un saque extra. Alfred, que parece estar más duro que yo, tira un gritito de guerra dándose la bienvenida al boliche y me invita a sentarme a una mesa con el capo de una automotriz, un exembajador y el dueño de una agencia de modelos, a los que me presenta uno por uno, a pesar de que al último ya me lo había presentado hace poco. Alfred es un maestro de las relaciones públicas, aunque siempre termine mostrando la hilacha, como Isidoro Cañones. La gente lo adora porque es el tipo más simpático y halagador de la noche de Buenos Aires, pero le desconfía: en el fondo el tipo es un chanta, y más tarde o más temprano se le nota porque es muy desprolijo, como una especie de estafador berreta. Para mí es un talento desperdiciado, un diamante en bruto. Tiene un don que, bien utilizado, le hubiera permitido ser el playboy más grande de la época. Alfred es gracioso, culto, de buena familia, elegante, divertido, refinado, pero no es lo suficientemente inteligente como para poder usufructuar todas esas virtudes al ciento por ciento. Toma demasiada merca hace demasiados años y por momentos no le pega bien y no puede disimular su soberbia de pendeviejo rico venido a menos que tiene que mezclarse con gentuza para poder mantener su nivel de vida. Alfred fantasea con negocios imposibles casi todo el tiempo y por momentos convence a sus admiradores más incautos, esos mismos que cuando después le ven la real face le huyen como a la peste. Y hablo con autoridad porque yo fui uno de esos hace unos años. Apenas lo conocés,

Alfred te cautiva, seduce por igual a hombres y mujeres con su humor fino y su discurso mechado de palabras en otros idiomas. Alfred es internacional, conoce a las mujeres más lindas, entra a los mejores lugares por la puerta grande y se va antes de que la fiesta decaiga, siempre. Nunca saca la billetera porque nunca paga, ni se muestra en público morreándose con alguna de las diosas de su séquito eterno, ni te pide que lo lleves a la vuelta en tu auto, ni te manguea frula. Te hace de celestino todas las veces que puede, te presenta ante la gente más interesante como si fueses el rey del mundo, te invita tragos que a su vez le invitan a él, te cuenta las aventuras más inverosímiles que en su caso son casi todas reales. Alfred jura que dio la vuelta olímpica en el campo de juego del Estadio Azteca con el Diego en hombros en el Mundial 86, vas al Gráfico de la época y lo ves en la foto. Alfred te cuenta que salió en la revista Gente en una nota titulada

«El último playboy», conseguís esa Gente y ahí está la nota. Alfred te dice que estuvo de novio con la perra más linda de la Argentina en su mejor momento, los googleás y encontrás las fotos. Alfred hace gala de su amistad con la artista plástica más top y el político más proyectable en las próximas elecciones, y cuando vas a su cumpleaños ellos están ahí, brindando y haciéndole regalos. Alfred nunca miente sobre su pasado, pero sí sobre su futuro, y ese es posiblemente su mayor problema. Porque a la hora de venderte su próximo business empieza a volar y volar y ya es difícil creerle.

Los ilusos que le creen tras escuchar su impecable foja de aventuras caen desilusionados en muy poco tiempo, porque al tipo se le acaba la nafta al toque, tiene una autonomía de vuelo muy corta. Y es una pena porque es un verdadero talento, pero andá a hacérselo entender a sus 60 años, después de haberse tomado una montaña de frula y de haber salido de joda por París con Cristopher Lambert y por Ibiza con un yerno de los reyes de España.

Imposible. Esta noche se reparte entre nuestra mesa y otra de unos petroleros árabes que le están sponsoreando sus últimas juergas. Se lo ve más animado que nunca. Yo me dedico a interactuar lo menos posible con mis compañeros de mesa, que están tomando champagne Cristal. Me ofrecen una copa pero les digo que no gracias y cuando viene la moza a preguntar qué necesitamos le pido una caipira de maracuyá, porque cuando estoy muy duro prefiero empezar con vodka y después pasarme al champagne. Mientras espero mi trago, el impresentable de la agencia de modelos, de pantalones blancos, pañuelo fucsia al cuello y con el pelo todo engominado para atrás, habla de los próximos eventos donde va a llevar a

sus chicas, a los cuales dice que por supuesto estamos todos invitados.

Habla de sus chicas como si fueran cabezas de ganado: «voy con quince para allá, me pidieron doce para el otro lado y veinte más acá». El de la automotriz cuenta que van a lanzar el último modelo ultra turbo power en un restaurante de Puerto Madero, como si Puerto Madero fuera súper top, y cuando tuerce la muñeca para tomar el champagne de su copa deja ver las mangas de su camisa bicolor y unos gemelos dorados que son un latigazo en los ojos. El exembajador, el único de la mesa de apellido y buena familia, habla poco y chupa mucho. Parece ensimismado en sus pensamientos, pero a la vez no pierde oportunidad para echar miradas libidinosas a las jóvenes piernas que nos acompañan en la mesa. Me pregunto cuántas copas más necesitará para convertirse en un viejo verde y baboso. Me pregunto a cuál de estas aprendices de modelo se llevará a su casa de Barrio Parque esta noche. Escucho que Fabrizio, que así se llama el model agent, le comenta al de los autos, que no sé cómo se llama, que se compró un Audi A algo, y no puedo creer que estoy un sábado a la noche entre estos dos nuevos ricos compartiendo las bondades y beneficios del auto más grasa que hay en plaza. Digo irónicamente que prefiero el Mini Cooper, agarro mi caipirinha que la camarera acaba de dejar en la mesa sobre un apoya vasos y me levanto con la excusa de que voy a buscar a unos amigos. En los parlantes se escucha «and tonight’s gonna be a good night, and tonight’s gonna be a good good night», y espero que así sea.

Me paro en el borde de la pista, sobre el escalón, que para mí es el mejor lugar del boliche para hacer un paneo de todo lo que pasa. Una de las cosas que me gustan de Tequila es que podés tener un dominio íntegro y en tiempo real de todo lo que está sucediendo en el lugar. Desde mi posición puedo ver a los tontos acorralados en el mini VIP −para mí el sector menos feliz del local−, a las aspirantes a modelo que bailan en grupo en el medio de la pista, a los polistas que se pasean como moscas alrededor, a los alcohólicos acodados en la barra, a los bailarines de fin de semana, borrachos y empedernidos, por todas partes, a los extranjeros que billetean en sus mesas y a Alfred que va y viene sin pausa. Apoyada en uno de los parlantes la veo a Rochi, una amiga de Marina a la que siempre le tuve ganas. Me acerco sigiloso dando la vuelta a la pista con un dedo abajo de mi vaso para que ningún tarado me vuelque el trago y le toco con la mano

la espalda desnuda que luce su escote trasero. Se da vuelta, sonríe con ganas y me abraza, medio borrachita. Cuando empiezo a pensar que tal vez sea mi noche de suerte me dice que Marina vino con ella y que está en el VIP, por si la quiero saludar. Le digo que sí, que ahora paso, y me despido. Me voy al otro extremo del boliche, rogando que Marina no me vea, al menos por un rato, mientras pienso por qué le tengo tantas ganas a esta Rochi si no está tan buena. Me respondo pensando que últimamente lo único que me calienta es el morbo, solo eso. Y repito en mi cabeza: ¿lo único que me calienta es el morbo? Concluyo que estoy muy duro y que mi caipira está muy rica, pero inclino el vaso y me encuentro con los hielos del fondo.

Masticándolos, me acerco a la barra para pedir otra. El crowd está imposible, así que llamo a una camarera que pasa al lado mío con una bandeja llena y me contesta: ahora vengo y te tomo el pedido. Un poco agachado para no hacer contacto visual con los ojos de Marina, opto por regresar a la mesa cocoliche que me armó Alfred, y empiezo a pensar que tal vez esta en realidad no sea mi noche. Le pido el refill a nuestra moza y escucho que ahora hablan del club del millón, algo así como un no lugar donde ellos van amontonando todas las cosas que valen más de seis cifras.

Hablan de casas, autos, joyas y yachts como si fuesen caramelos y esto me resulta más divertido, sobre todo viendo las caras de idiotas que ponen las chiruzas sentadas alrededor, cada vez más insinuantes con cualquiera de los presentes. Cuando me siento y digo que yo soy miembro del club del millón, el vendedor de autos me pregunta que cómo es eso, con tono de superado. Le cuento del auto que tengo y de dónde vivo y se ríe amigable.

Me dice que ahora entiende, pero que ellos hablan de los productos, que el club del millón solo es integrado por productos que valen más de un palo, que ese es el punto en común, que no hay miembros físicos por ser propietarios. Yo tengo ganas de romperle el vaso en la frente y de decirle que no me importa el criterio que use, que si junto más de dos palos es porque puedo ser vitalicio de su puto club y que mi auto vale el triple que cualquiera de las chatarras nacionales que él fabrica, pero prefiero no armar quilombo y me quedo callado y tranquilo. Sin embargo, escucho la voz del diplomático que me defiende y que explica que sociológicamente sería muy interesante transpolar la cuestión esa de la comunión productiva a una suerte de camaradería interactiva, y mientras dice esto que casi nadie entiende pero tampoco ninguno se anima a corregir, le mira las tetas a la morocha sentada a su lado, que a su vez lo mira a él con admiración, pero a

la cara. Yo trato de imaginar lo que debe haber garchado este viejo con esa labia y por un lado no puedo más que admirarlo también, pero a la vez siento un poco de pena por el post sexo, porque debe resultarle abrumador despertarse junto a una de estas ordinarias siendo un tipo tan sabio, si es que no las raja antes o si es que le importa, en cuyo caso, y esto es lo que pienso, sería más merecedor de desprecio que de lástima o admiración, por aquello de las margaritas a los chanchos. De lo que estoy seguro es de que va seguir poniéndola donde sea y hasta que el viagra se lo permita. Cuando llega mi nueva caipirinha dejo la pajita en el vaso y aspiro fuerte como si estuviera tomando otra línea. La sensación es satisfactoria, todo sube en mi organismo y dejo atrás el enrosque algo depresivo en el que me había sumergido. La chica de al lado me empieza a hablar y reparo por primera vez en ella. Tiene el pelo castaño oscuro, con ondas desprolijas y calculadas, y una cara extraña, interesante pero brusca, que con algunas expresiones adquiere intensidad y con otras se asemeja a la de un pájaro asustado. Con todo, la escucho. Me pregunta si la conozco, que es actriz. Le contesto que no y le pregunto dónde actúa. Ella insiste y me dice, dale, en Telefé, y yo le explico que no veo televisión, lo que la descoloca un poco.

Se ve que no está acostumbrada a no ser reconocida y a tener que hablar de otra cosa que no sea de ella. Pero a esta en serio que no la conozco. Me dan ganas de decirle que las actrices me torran un poco y que tampoco entiendo a la gente que trabaja fingiendo que es otra persona, cuando bastante difícil ya es aprender a ser uno mismo. Otra vez elijo callar y justo me entra un mensaje. Es Marina y dice: te vi. Pienso en ni contestarle pero me tiento y escribo: juntabas margaritas del mantel. Y ella responde al toque: pelotudo, te vi hablando con esa putita de Atados por Siempre. Entonces me río un poco, levanto la vista y le digo a la chiquita esta que tengo enfrente: disculpá, un amigo fumado que me pregunta cómo está esto. Y agrego: che, pará, creo que ya te saqué, ¿vos sos la de Atados para Siempre? A ella parece volverle el alma al cuerpo y, mientras sonríe algo fastidiosa, me contesta: sí, yo sabía que me tenías que haber visto, pero es Atados por Siempre, no para siempre. Bueno, eso, le digo, ¿querés tomar algo? Y ella me dice que ya está tomando y no me da mucha cabida.

OceanofPDF.com