Merca

Loyds · Capítulo 6 de 10

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Capítulo 6

Estuve las últimas dos horas sacándome costras de la cabeza y tomando.

Hace un par de años se me empezó a resecar el cuero cabelludo y cuando estoy muy duro se me da por arrancarme las cascaritas frenéticamente. Ya me tomé cinco rayas y cada vez me lastimo más la cabeza. Pero no me importa, no tengo nada mejor que hacer. Mi teléfono sonó varias veces y nunca atendí ni me fijé quién era. Se hizo de noche y afuera hace frío. No tengo ganas de salir ni de hablar con nadie. Instagram está como paralizado y me aburre. Me acaba de entrar un WhatsApp: es Marina y dice si podemos hablar. Ni le contesto. Pienso que tal vez debería comer algo o encender la tele, pero no tengo hambre ni ganas de ver nada. Quizá debería tomarme un Alplax, porque en el estado en que estoy no me voy a dormir nunca más, pero con toda la frula que me metí antes tengo miedo de entrar en un sube y baja que me pare el corazón. De repente suena la cerradura de la puerta principal y mientras pienso si me estarán afanando me sigo rascando la cabeza sin parar. Es el pelotudo de mi hermano que se quedó con las llaves durante esos días que estuvo en casa. No lo puedo creer. Era la última visita que esperaba tener en este fin de tarde de merca. Me da un abrazo falso y me pregunta qué onda, que qué estoy haciendo. Le digo que nada. Dice que la noche está bárbara y que él está soltero y que por qué no vamos a dar una vuelta. También dice que se compró un Audi y que es un fierro y que mamá lo cagó a puteadas porque dice que es un auto de nuevo rico pero a él le importa un carajo. Y que por qué no vamos a Isabel, que parece que hay unas putitas divinas y que él no ve la hora de ponérsela a todas. Que le acaban de abrir la jaula. Yo no contesto y me rasco la cabeza. Entonces ve el espejito que hay sobre la mesa y mi billete de cincuenta dólares enrollado y me pide un queto. Le hago señas de que adelante, que haga lo suyo, y agarra la bolsita y se prepara un gusano largo y finito. Cuando se inclina de narices sobre la mesa le pido que por favor se arme su propio canuto porque me da un poco de asco compartir mi billete, y el muy forro se ríe y no hace

caso e igual toma con el mío. Después lo desenrolla, lo agarra con una mano y con la otra lo sacude exageradamente, como jodiéndome que lo limpia. Me mira y me dice: ya está, bien limpito. Y como ve que me sigo rascando, agrega : dejá de tocarte el pelo que parecés un perro pulgoso, Juan. Yo lo miro con odio mientras pienso por qué será que este estúpido que tengo de hermano vino a invadirme, a tomar mi merca con mi canuto, a darme indicaciones y a decirme Juan, cuando sabe que odio que me digan Juan y él es el único imbécil que a veces me sigue llamando Juan. Pero no para de hablar: dale loco, andá a pegarte una ducha y vamos al bar este que los jueves se pone buenísimo. Yo me entero de qué día es cuando dice

«jueves» y no sé por qué pero me paro y me voy al baño acatando la orden, no sin antes encanutar la bolsa para que el muñeco no me la tome toda mientras espera. Entro a la ducha y me lavo el pelo con el shampoo anti costras que me recetó un dermatólogo y que no sirve para nada. Odio a los médicos. Después me enjabono furiosamente. Estoy tan duro que no puedo pensar. Me doy cuenta de que me olvidé del extractor y de que el baño se está llenando de vapor. Me empieza a bajar un poco la presión, entonces salgo de la ducha y lo enciendo. Ahora se siente bien abajo del agua. Me dan ganas de quedarme ahí y de no salir ni del baño ni de mi casa, de esperar a que el pelotudo de mi hermano se aburra y se vaya solo. Me quedo como media hora encerrado, entre ducha, secado, peine y lavado de dientes, y cuando salgo el maldito está en mi cuarto, tirado lo más tranquilo en la cama con mi Mac, mirando fotos en Instagram. Me ve salir y se ríe y me muestra un par de minas que según dice, están chateando con él. Que a una ya se la llevó a Martindale y se la cogió toda, dice. A mí me chupa un huevo y casi no miro las fotos que va pasando. También dice que se sirvió algo para tomar y recién ahí distingo un vaso con hielo apoyado en la mesa de luz con un charquito húmedo alrededor. Le pido que agarre un apoya vasos para no dejarme la marca y ni me contesta. Sigo de largo y me meto en el vestidor a elegir la ropa que me voy a poner. Agarro una camisa Polo, unos Levi’s de corderoy bien abrigados, unos zapatos de La Martina y un saco Armani. Remato con una bufanda a rayas que me regalaron y unos guantes de cuero que eran de mi abuelo. Me pongo un poco de Aqua di Gio y estoy listo. Mi hermano me pide un poco de perfume y le digo que elija el que más le guste. Se levanta y se pone un poco de Farenheit y me pide que le convide otra raya, para levantar antes del boliche. Abro mi bolsita y dejo caer un poco sobre la mesa de luz, al lado de la humedad de su vaso,

esperando que se le moje un poco y se joda por tarado. A él parece no importarle mucho, lo corre, prepara la línea y se abalanza de cabeza. Esnifa profundo y me pregunta: ¿vamos? Y yo con voz desganada le contesto: dale, vamos.

Isabel está bastante movido. Al entrar compramos una pila de Isabelinas que es la moneda que rige en el interior del bar. Son como unas fichas de casino que te permiten comprar tragos en la barra o en las mesas, donde no aceptan efectivo. Supongo que será una manera de neutralizar a los empleados chorros, unificar toda la guita en unas pocas personas para que pase por la menor cantidad de manos posible, aunque me parece una pelotudez y resulta bastante incómodo para los clientes. Quiero sentarme en una mesa y pedir un gin tonic pero mi hermano insiste en que vayamos a la barra porque dice que ahí están las mejores minas. Le digo que sí pero que él me pida el trago porque odio las barras apretujadas. Le paso algunas de mis Isabelinas y él se hace lugar empujando, mientras yo me quedo más apartado. Hago un paneo y veo ahí cerca a unas lungas con pinta de modelitos haciendo face y me aburre seguir mirando. Cambio al otro lado y encuentro una especie de milf semi gato muy cachonda, sobre todo porque tiene una pancita que la hace parecer embarazada, si es que efectivamente no está embarazada. Le sonrío y me hace gesto de brindar con un vaso que tiene algo de varios colores, uno de esos típicos tragos que toman las minitas en estos bares. Me acerco un poco y le digo que estoy esperando lo mío, que mi hermano fue a pedir, y ella me ofrece de su vaso y yo hago que no gracias con la mano. Hablamos un poco y me empieza a contar que trabaja en una inmobiliaria y a mí me empieza a aburrir al toque, entonces voy al grano y le pregunto si está embarazada y ella contesta que no, medio enojada, y repregunta si me parece que está tan gorda. Le respondo que no, le pido disculpas y justo veo que aparece mi hermano con mi gin tonic y me rajo atrás de él rumbo al chill out del fondo. Cruzamos la puerta de vidrio y salimos al chill out, que es una especie de patio al aire libre con un fogón trucho que siempre está encendido aunque regulado con electricidad. No sé cómo funciona pero funciona, y permite que la gente pueda salir a fumar y a charlar sin la música tan fuerte y a la vez no cagarse de frío. Lo bueno de Isabel es que siempre hay gente pero nunca está repleto, a pesar de que casi no filtran en la entrada. La música está bastante bien y, lo que es más

importante, nunca pasan reggaetón, algo que hoy en día se expandió como una epidemia por todos los boliches de Buenos Aires y una de las razones por las cuales cada vez salgo menos de mi casa. En el patio nos encontramos con Lalo, un amigo de mi hermano que ya es parte del mobiliario, porque las veces que voy a Isabel él siempre está ahí. Lo mismo en Tequila. Se ve que hace preboliche en Isabel y cuando empieza a caer se va a Tequila. Cuando lo encuentro yo solo, lo saludo y sigo, pero como estoy con mi hermano él se pone a darnos charla a los dos. Habla de fiestas y de minas como si no hiciera ninguna otra cosa, salvo algunos inserts acerca de salir a navegar en un barco que tiene en el delta. Mi hermano le dice que tienen que ir a navegar con unas minitas porque él ahora está soltero y Lalo contesta que sí, que estaría buenísimo, que pueden llevar un montón de chupi y unas pastis y no sé qué más y que la pueden pasar joya, que él se cansa de coger en el barco ese que tiene. A mí ni me participan, probablemente porque saben que seguro les diría que no, o tal vez porque Lalo ve en mi cara que no me cae muy en gracia. No lo sé ni tampoco me importa tanto el tema como para intervenir. Aprovecho la charla de ellos y digo que me voy a dar una vuelta y me meto de nuevo adentro del boliche.

Pienso en irme, pero todavía me quedan un montón de Isabelinas y justo están pasando The Cure y como me tomé dos rayas más en el auto antes de entrar sé que si me voy a casa no me voy a poder dormir. Al menos no me dejé convencer por mi hermano de venir los dos en su nuevo auto de nuevo rico —mamá esta vez tiene razón— y tomé la precaución de traer el mío, así me puedo rajar cuando quiera. Nada peor que depender de un borracho recién separado. Entonces me encuentro a la rubia amiga de Jackie y me dice: qué onda y le digo que bien y me dice: boludo, no estás nunca en Instagram. Yo le digo que sí, que un montón, y ella insiste: pero nunca subís nada maaaan. Dice man así, estirando la a: «maaaan». Y sigue hablando, dice que esto es un embole total, que no hay nadie, que no sabe para qué vino y que cada vez que me ve estoy más flaco. Yo le digo que tal vez vino para encontrarse conmigo y para irnos después a tomar unos

«tragos divinos» a casa, que tengo mucho mejor alcohol que este barzucho.

Ella se ríe y me dice que soy muy insistente, que nunca me doy por vencido y no sé qué otra pelotudez. Y agrega que no puede porque vino con Lucas, un relaciones públicas que la invitó antes a comer al Faena con otras chicas, y que ahora lo tienen que bancar y quedarse con él toda la noche. Yo ya sé quién es ese relaciones públicas, un putito bastante histérico que

nunca supe por qué pero creo que me odia. A mí también me cae como el orto, desde la vez que me lo presentó Alfred en un evento de Chandon, así que la cosa al menos es recíproca. Cuando estoy pensando en eso aparece el tal Lucas y me saluda con cara de piedra y yo le respondo el saludo con la misma cara y pienso qué triste ser un puto RR.PP. de mierda en esta ciudad de mierda. Lucas no pierde el tiempo y me caga el chamuyo, agarra a la rubia del brazo y le dice: vamos para allá que me dieron una mesa y ahora traen unos champagne. Se la lleva y me deja pintado hablando conmigo mismo. Yo levanto la vista y veo que en la mesa a la que se dirigen también está sentada Natalia, que es una modelito medio grasa que me cogí un par de veces y que gritaba como una hija de puta pero, según me contó, nunca había podido acabar. Nunca en su vida, dijo. La miro a ver si me ve pero está meta charla con las otras tilingas y justo llegan la rubia y Lucas a la mesa y una moza con los baldes de champagne y ya no se ve nada y sigo caminando por el pasillo del boliche. Más adelante veo a una chica de pelo cortado a lo groupie con una lengua de los Stones en la remera, que viene avanzando con dos porrones de cerveza como en una propaganda. Me intimida un poco su actitud, pero igual le digo al pasar, en el oído : quiero ser tu rockstar, y parece que no estuve tan mal porque la minita se da vuelta, sonríe y me guiña un ojo, mientras hace un giro completo y sigue caminando hacia su destino originario: una mesa, bastante más allá, donde está sentado un ruludo con un sombrero escocés, que tiene cara de cineasta pedorro o, peor, de booker. No siempre se gana, pienso, mientras imagino que con un poco de suerte tal vez me la vuelva a cruzar más tarde y pueda hacerle el dientudo al del sombrero. El dientudo consiste en esperar que un tipo se distraiga y clavarle los dientes a la chica que está con él. Porque además, como vi que decía Jude Law en esa película «Alfie»: por más buena que esté una mina, siempre hay alguien que está cansado de cogérsela. Vuelvo a salir y veo que Lalo y mi hermano se encararon a un grupete de tres veteranas que están bastante bien, salvo la que quedó libre, de la que no pienso hacerme cargo. En la mesa hay un paquete de puchos y les pregunto a los chicos de quién es y me dicen que de nadie, que agarre nomás. Saco un Marlboro y la gordita que quedó en banda me da fuego y me dice que se llama Melissa. Nombre de trola, pienso, y le agradezco.

Fumo sin hablar y Melissa insiste en darme charla. Dice algo como que ella y sus amigas son de zona sur y menciona una serie de localidades que no registro, o que escuché nombrar pero mi GPS no cubre para nada. Activo el

radar por miedo de que a alguna de estas tres chiruzas se le ocurra la posibilidad de pedirme que las acerque a alguno de esos barrios bajos con mi BM y me voy alejando de a poco. Por suerte justo la veo salir a la groupie, sola, con intenciones de fumar un cigarrillo. Le ofrezco uno de los Marlboro que quedaron abandonados sobre la mesa y ella me rechaza con simpatía, mostrándome un paquete de Dunhill que saca del bolsillo de su abrigo. Tiene puesto un montgomery todo peludo en el cuello, lo que la hace ver aún más groupie de lo que parecía adentro. Enciende su cigarro y me dice que se llama Feli. Mucho mejor. De Melissa a Feli hay un abismo, pienso. Le digo que soy Johnny y le pregunto qué hace de su vida, y ella contesta que canta, sin especificar nada más. Indago y me cuenta que tiene una banda con el flaco de rulos y sombrero de adentro, que pronto van a sacar su primer disco, que están terminando de grabar. Yo le pregunto qué música hacen y ella dice que rock and roll y que solo cantan en inglés, y la cosa me va sonando cada vez mejor. En un momento no me puedo contener y le digo que qué pena que vino con el amigo y ella responde que el ruludo ya se fue a su casa.

Hace 45 minutos que estoy en mi jacuzzi dándome un baño de inmersión y no puedo salir del placer. Por un momento me quedo dormido y justo me despierta un llamado en mi teléfono. Atiendo sin mirar quién es y es Marina que me dice que está embarazada y que no sabe si es mío. Le contesto que a menos que esté de seis meses o haya congelado mi semen es imposible, porque no la toco desde entonces. Se larga a llorar y me dice que es verdad, pero que nunca imaginó la posibilidad de estar embarazada de otra persona.

Yo le digo que lo llame al tal Daniel y le corto. Vuelve a llamar. Atiendo algo fastidiado, por la mala nueva y porque encima intente hacerme cargo a mí. Ella sigue llorando y me pide que por favor le dé una mano porque no puede ni pensar en tener un hijo con ese pibe, y yo le digo que en una de esas es de Fede y ella me putea y me pide que no la joda porque no está para chistes. Fede es un amigo mío que siempre le tuvo ganas a Marina y a quien ella recurrió apenas nos separamos. Primero me dijo que se vieron un par de veces y que no pasó nada, después me dijo que se lo había garchado.

Más tarde volvió a la primera versión e insistió en que no le había tocado un pelo. Yo creo que se lo cogió. En realidad no creo, estoy seguro. A Fede nunca le dije ni le diré nada, pero cada vez que hablamos o me mira a los

ojos noto cierto recelo, como si se sintiera culpable de algo. Marina no puede parar de llorar y me pregunta si conozco a alguien que le pueda hacer un aborto. También dice que no puede concebir la idea de tener un hijo con alguien que no sea yo y bla bla, etcétera. Paradójicamente usa la palabra

«concebir» para hablar de este tema. Yo por supuesto no le creo nada. Hace años que no le creo. Igualmente le digo que me deje hacer unas averiguaciones y que después le aviso. Corto y lo llamo a Robert. Le pido que me consiga un médico que haga abortos. Me pregunta cómo carajo va a hacer para averiguar eso y yo le respondo que ese es su problema, que yo les voy a pagar bien a los dos, a él y al puto médico que me consiga. Le hago hincapié en que sea uno de primer nivel y Robert asiente y pregunta para cuándo lo necesitaríamos. Le pregunto por qué mierda me habla en plural y él contesta que porque supone que el aborto no me lo voy a hacer yo. Supone bien Robert. Lo necesitamos para ayer, digo yo y corto.

Después le mando un mensaje a Marina para que se quede tranquila que ya estoy ocupándome del tema y ella me contesta que gracias, que me quiere mucho. Saco el tapón del jacuzzi y escucho como la cañería empieza a tragar el agua que ya me dejó arrugas en los dedos, mientras me pregunto cómo sería un hijo mío y de Marina, o un hijo de Fede o de Daniel, aunque a Daniel nunca lo vi en mi vida, por suerte. Después me la imagino a Marina embarazada y me pongo un poco cachondo y me empiezo a tocar la pija a media asta con los dedos arrugados.

Es un día de semana al mediodía y no sé por qué estoy sentado en una parrilla enfrente de la Plaza Armenia con Nacho y Fede. Creo que me llamó Nacho y me dijo algo de ir a comer un bife de chorizo por ahí a alguna terracita, que el día estaba lindo y que era bueno que tomáramos un poco de aire. Le debo haber dicho que sí porque estaba medio pelotudo, recién despierto después del Alplax que me tomé anoche porque no me podía dormir. Lo que sí estoy seguro es que no sabía o no entendí que venía Fede, ya que de haberlo sabido fija que yo no venía. Creo que Nacho no sabe nada de mi historia con Fede, o mejor dicho de la historia entre Fede y Marina, aunque en realidad no estoy muy seguro tampoco. De hecho ahora que lo pienso debe saber y por eso no me dijo que venía Fede, así yo me prendía también. A Fede lo noto un poco desmejorado, como si lo hubieran asaltado hace media hora o se hubiese quedado sin agua para bañarse. Se lo

ve desalineado, con el pelo sucio, y cuando me habla le huelo como un aliento a algo muerto. Fede es el típico niño rico venido a menos. En los últimos años se convirtió en un busca en todas las acepciones de la palabra.

La madre es viuda de su segundo marido, que le dejó una fortuna millonaria, y ella le pasó a los hijos unos buenos mangos. A las dos hermanas de Fede, que son muy mameras y no hacen tantas cagadas, les tocó puro efectivo. A él le compró un depto, porque sabe que Fede es un tiro al aire y que si le habilitaba cash se lo patinaba en unos meses. Pero Fede se mantuvo a la altura de las expectativas, escrituró su derpa en Recoleta y lo vendió a los diez días, cazó la guita y se dedicó a darse la gran vida, a tirar manteca al techo. Se la pasó dos años tomando frula de la mejor, cogiéndose putas de Black, yendo al casino del Conrad y jugando a los burros en San Isidro. Y en el medio, también, se la cogió a Marina. Y un poco antes parece que tuvo una hija con un gato caro que se enganchó en alguna salida de gira, aunque no habla mucho del tema. Ahora vive en un dos ambientes de mierda que le dejó su viejo que murió hace poco, coge solamente con una psicóloga veterana que tiene de pseudonovia y, según dice, no toma más mandanga. Fede me habla y yo miro a la gente en la plaza de enfrente casi sin escuchar. Me dice algo de narcóticos anónimos, un grupo de exadictos que te ayuda a salir. «A salir», dice. Como si se pudiera salir de algún lado alguna vez. Me pregunta cómo ando yo con ese tema y yo le digo que para mí no es ningún tema y él insiste en indagarme:

¿pero estás tomando todos los días o solo los fines de semana? Se queda callado mirándome y, como no contesto, enseguida vuelve a la carga:

¿cuánto estás tomando? Más o menos decime. Además se nota que no estás comiendo nada, estás todo chupado, agrega. Yo le pido que no me rompa más las pelotas, que yo no tengo ningún problema y él dice que el primer síntoma es decir que no tenés ningún problema y que a él le pasaba lo mismo hasta que decidió ir a NA. Yo le pregunto qué carajo es NA y me dice que narcóticos anónimos. Que AA es alcohólicos anónimos y NA es…

y yo lo interrumpo y le digo que no hace falta tanta explicación, que ya entendí. Entonces me pide que vaya con él al menos una vez, a ver nada más, y yo le respondo que ni en pedo y lo empiezo a mirar a Nacho pidiéndole que me rescate o que intervenga antes de que le parta una silla en la cabeza a este pelotudo. Nacho entiende mis gestos y lo interrumpe y le dice que en realidad estamos acá para hablar de él y no de mí y yo cada vez entiendo menos y me acuerdo de un capítulo de Seinfeld en el que

organizaban una intervention para un muñeco que tenía problemas de drogas y todo era muy bizarro, pero también gracioso. Y me doy cuenta de que a veces la realidad supera a la ficción, aunque esto no me resulta gracioso en lo más mínimo y me pregunto por qué mierda no me habré quedado en mi casa. Empiezan a discutir entre ellos y aprovecho para levantarme y bajo las escaleras hasta la planta baja y pregunto dónde está el baño y alguien del restaurante me indica que aún más abajo. Entonces vuelvo a bajar las escaleras hasta el subsuelo y me meto en un cubículo y me preparo un raquetazo que me ayude a sobrellevar toda esta situación.

Cuando salgo ya me siento mucho mejor y le agradezco al pasar al que me indicó, que me contesta: «gracias a ti». Recién ahora cuando lo veo y escucho me doy cuenta de que tiene puesto un delantal de camarero y de que es de Colombia o algún otro lugar caluroso y tropical. Después sigo subiendo, mientras pienso por qué será que últimamente se puso de moda contratar a morenos latinos como camareros en el rubro gastronómico, como si fuera chic o cool, y no encuentro respuesta a mi propia pregunta.

Lo único que sé es que a mí no me parece nada chic y que odio a los colombianos y a los latinos en general. Lo único bueno de Colombia es la merca y el café, pienso, y me río, aunque en realidad la mejor merca hoy en día sea la peruana y venga de mucho más cerca. Cuando vuelvo a la mesa todo parece estar más calmo y mis dos amigos me miran llegar como estudiándome, como si sospecharan que me acabo de tomar un pase, pero me hago el boludo para que el forro de Fede no me empiece a sermonear otra vez y, sobre todo, para que a Nacho no se le ocurra manguearme. Me siento y les digo: qué onda, y ellos dicen que pidieron una parrillada para dos porque el camarero colombiano o lo que sea les dijo que alcanzaba para tres y yo les digo que bueno, porque no quiero volver a discutir, aunque en realidad me hubiese gustado pedir un bife de chorizo que era para lo que originalmente vine. También pienso cuándo fue que habilitamos a los colombianos a que nos recomienden parrilladas para compartir, y me doy cuenta de que estoy un poco enroscado con el fucking latino y que debe ser la frula y decido que tengo que cortarla. Entonces Nacho me mira y me dice con una voz un tanto melodramática: el problema es que Fede es ludópata, y yo me quedo mirándolo porque no tengo la menor idea de lo que significa ser ludópata y además no tengo ganas de escuchar problemas y menos de otros. Nacho parece darse cuenta de que no entiendo de lo que habla y me explica que Fede es adicto al juego y que no puede seguir endeudándose

como lo está haciendo. Yo lo miro a Fede y él baja la mirada como aceptando que tiene ese problema del que Nacho habla tan dramáticamente, mientras a mí me sube la merca a la cabeza y pienso que ludópata debe tener algo que ver con el juego de mesa ese que se llamaba Ludo Matic que teníamos de chicos, o al revés, y que tal vez esta reunión termine con Fede pasándonos la gorra para pagar sus deudas, y enseguida empiezo a pensar en excusas que me permitan no salir en auxilio de este sorete que probablemente se cogió a mi exnovia semanas después de que nos peleáramos. No tengo cash porque metí todo en un plazo fijo. La revista está para atrás y mi viejo me cortó los víveres. Estoy por cambiar el auto y llego justo. Mi hermano se acaba de separar y le tuve que prestar para mudarse a su casa nueva. Internaron a uno de mis sobrinos. Esas son algunas de las excusas que se me ocurren. Pero no llego a decir ninguna porque Fede aclara que se sinceró con su vieja y que ella le está sponsoreando las deudas, así que no me hace falta mentir. Mientras respiro aliviado me pregunto entonces por qué carajo me estará contando toda esta historia a mí, que sabe que lo odio. Y él nos sigue explicando que se había endeudado con una financiera que le cobraba unos intereses usurarios y que se le empezó a armar una bola de nieve insoportable, hasta que su vieja salió a bancarlo. Pero el problema es que todavía tiene ganas de jugar, según dice, a pesar de estar yendo a jugadores anónimos. Yo lo escucho y todo lo que cuenta no me mueve un pelo, de hecho me resbala bastante. Mi cabeza piensa a dos mil por hora, más por el tiro que me acabo de pegar que por mis ganas de encontrarle alguna solución a este muñeco. Imagino entre otras cosas si jugadores anónimos será JA o JAJA, así como NA y AA, y por un momento casi que me tiento de risa porque sonaría muy ridículo.

También me pregunto si Fede no se estará haciendo adicto a los grupos de autoayuda, como Edward Norton en «El Club de la Pelea». Entonces escucho que Nacho le comenta que tiene que ponerse las pilas al menos por su hija, y él lo mira con desaprobación por haber mencionado a la hija de la que nunca habla, pero a la vez se le llenan los ojos de lágrimas. A mí me dan ganas de preguntarle por la hija aparentando que no sé nada, o de contarle que Marina está embarazada y que en una de esas le puede dar un hermanito, pero no hago ninguna de las dos cosas. En el medio llega la parrillada y yo me quejo porque no trae mollejas y Nacho me dice que en casi ninguna parrillada te sirven mollejas. Fede sigue hablando de su situación con la boca llena mientras yo me muero del asco y me veo

cortando sin ganas una tira bastante grasosa. Termino llamando al camarero colombiano para pedirle el bife de chorizo que en realidad había venido a comer. Cuando el mozo se va, el poligrillo en que se ha convertido Fede me dice que por qué pedí algo aparte si con la parrillada alcanza y sobra y que nos va a salir un hue vo. Entonces yo medio caliente le digo que no se preocupe, que me voy a hacer cargo de la cuenta de los tres así él puede guardarse la plata para ir después al casino flotante. El ambiente se pone tenso y Nacho trata de calmar los ánimos mientras Fede me levanta la voz y yo aprieto fuerte el tramontina reprimiendo las ganas de clavárselo en el cuello. Por suerte pasa el impulso y a los pocos minutos llega el camarero con mi bife de chorizo chorreando sangre y entonces me la agarro con él y le recuerdo que se lo pedí cocido y se lo mando de vuelta para la cocina.

Nacho me dice que seguro me lo van a mear porque es un clásico de cuando te quejás y mandás el pedido de vuelta a la cocina. Lo tira tipo chiste, para distender un poco la situación. Pero a mí no me hace ninguna gracia y lo miro con cara de ojete. Igual todos nos tranquilizamos y al rato llega mi bendito bife mucho más cocinado. Como casi la mitad y lo dejo, porque es una mierda y porque además, cuando estoy fastidiado y duro a la vez, me cuesta tragar. Nacho sigue con su perorata, aconsejándole a Fede que no juegue más y que se ocupe de su hija y de su vida. Terminamos y pago todo con mi tarjeta de crédito y le dejo una buena propina al maldito colombiano que al final no nos atendió tan mal y vamos a buscar la Toyota 4x4 de Nacho, con la que me pasó a buscar para venir porque yo no quería manejar. También lo llevamos a Fede, que dice que a la ida se tomó un taxi, aunque yo sospecho que vino en un colectivo infecto. Cuando Nacho arranca su camioneta le pregunta a Fede dónde lo deja y él le dice que no sabe si pasar por el hipódromo de Palermo porque tiene una fija. Yo pienso que está jodiendo, pero no. De hecho saca La Rosa del bolsillo del saco, la revistita esa que tiene las referencias de todas las carreras del día, y se pone a mirar los horarios y los nombres de los caballos que corren. Nacho le dice que ni en pedo lo lleva a Palermo, que para qué carajo hablamos todo lo que hablamos durante el almuerzo, pero Fede insiste y nos explica que tiene que dejar de a poco, que de un día para el otro es imposible y que eso es lo que recomiendan en jugadores anónimos. Entonces yo me vuelvo a calentar un poco, pero haciéndome el boludo le pido que me pase La Rosa un toque que quiero ver si corre el caballo de un amigo mío. Cuando me la da, la estrujo toda y la tiro por la ventana con la camioneta andando. Ahí me doy cuenta

del grado de enfermedad de Fede, que totalmente fuera de timing dibuja unos manotazos en el aire como queriendo rescatar su revista, aunque con un delay importante. Por supuesto que La Rosa vuela por el aire y los tres la vemos caer, allá a lo lejos, sobre el piso empedrado de la calle Gorriti. Para qué. Fede parece más enojado que nunca y se la pasa todo el viaje hasta que lo dejamos en lo de su vieja puteando por la pérdida de la revista. Y de la fija, claro. Cuando se baja en Posadas y Rodríguez Peña, nos saluda así nomás, con cara de desahuciado, y nos promete que va a tratar de no jugar más, como si fuéramos sus padrinos que tenemos que controlar que se mantenga limpio. Apenas se va yo lo recontra puteo a Nacho y le exijo que nunca más me arme este tipo de programas. Nacho me pide que me tranquilice y me dice que estoy re duro y también me pide que le convide un queto, pero yo le contesto que nada que ver, que flasheó cualquiera, que ni estoy duro ni tengo merca encima. ¿Y en tu casa?, pregunta, con el pico caliente. Tampoco, le miento, se me acabó toda anoche. Cuando le pegue más al peruca si querés te pido un poco para vos, agrego. Él no contesta, solo maneja rumbo a la isla, para dejarme en mi departamento.

Otra vez estoy con palpitaciones. Esta vuelta fue al llegar a casa de una fiesta. Volví medio bajón y tuve la pésima idea de darme una biaba justo antes de acostarme. No lo recomiendo. Terminé dando vueltas y vueltas en la cama. Interminables vueltas, como esa película de Al Pacino que está en el Polo o en Alaska, no me acuerdo. «Noches Blancas» creo que se llama, pero no estoy seguro, se me mezcla con el nombre de una canción. Como no podía estar más acostado porque me comía la cabeza, me paré y me puse a caminar a lo largo y ancho de mi departamento. En un momento salí al balcón, pero había un poco de viento y hacía frío. Además me representé la escena de Olmedo colgado en Mar del Plata y me dio miedo de terminar como él. Aunque dicen que El Negro escondía la frula en la parte de afuera del balcón y yo nunca la pondría ahí, a ver si todavía se me vuela a la mierda. Así que me volví a meter adentro y seguí caminando y caminando, arrastrando mis pies fríos sobre la moquette. Las manos transpiradas, el corazón que se me salía. El diagnóstico, luego de mi primera consulta con el médico, fue panic attack. Al menos el nombre en inglés le da un toque de glamour, pensé esa primera vez, aunque después me di cuenta de que un montón de boludos lo llaman también ataque de pánico. Ahora creo que no

tiene nada de glamoroso, de hecho me la imagino a Betty descubriéndome tirado en la alfombra tras un bobazo y me resulta una escena bastante patética. No tengo miedo de morirme. Sí tengo pánico al dolor físico. Si me garantizan una muerte sin pain firmo ya, donde sea, lo que sea. El problema es que duela y la manera en que te encuentran después de muerto: por ejemplo, sentado en el wáter con los lienzos en los tobillos, me muero muerto. La cosa es que siento que el corazón se me sale del cuerpo, como si no lo pudiera contener en su lugar. La cabeza abombada, una especie de inquietud que no me permite mantenerme en el mismo lugar. Lo de los pies fríos y las manos sudadas creo que ya lo dije. Es el principio de un panic attack, me informó el médico entonces, y también me preguntó si yo consumía drogas. «Drogas», dijo, como si todas fuesen iguales. Yo le contesté que cada tanto me fumaba un porro con mis amigos, nada más. De la frula no le dije nada, falta que me la prohíban para así tener una vida larga, sana y aburrida. No, gracias. «Vive rápido, muere joven y tu cadáver lucirá bello», declaró Mick Jagger mucho antes de convertirse en un viejo choto, gagá y arrugado. Como me tomé medio Alplax y hasta ahora no pasó nada, decido tomarme la otra mitad. Saco el resto de la pastillita que me queda en el blíster y la miro antes de metérmela en la boca. Es rosa y tiene como una letrita que se hunde en la propia consistencia del comprimido, muy loco. Me cuesta tragarlo pero me meto una catarata de agua en la garganta y pasa. El agua parece potenciarme la merca, como cuando uno toma un bicho y se clava una botella de agua mineral para hidratarse y seguir saltando como un loco. De pronto me acuerdo de una Creamfields con Marina, pero fue hace mucho y éramos felices, principalmente por el bicho que habíamos tomado que era buenísimo. No tiene mucho sentido enroscarse con esas cosas, y menos en este momento. Se me cruza por la cabeza llamarlo a Robert para que venga, pero tampoco tiene sentido porque me va a empezar a hablar y en vez de tranquilizarme me voy a comer más el coco. Lo mejor es esperar a que haga efecto este maldito Alplax y después dormir hasta que mi cuerpo se recupere. Y a partir de mañana tomar un poco menos o no clavarme una raya cuando vuelvo de fiesta antes de irme a acostar. Hay que ser pelotudo para morirse a los 31

años por pelotudo. Me pregunto cómo será morirse, si te das cuenta de que te estás muriendo, si después de muerto habrá algo. ¿Habrá merca en el cielo? Me imagino que sí hay. Me imagino al Poli Armentano, de fiesta,

regenteando una sucursal de El Cielo allá arriba. Y de a poco me voy quedando dormido.

Escucho un mensaje de Marina en el contestador. Hace un montón que no levantaba un mensaje del contestador y me parece un poco como volver al pasado. Se ve que se cansó de llamar y de que no la atendiera y decidió que era mejor dejar su voz ahí que mandar un audio por WhatsApp. Marina dice que salió todo bien, que está medio triste, como vacía, pero que fue lo mejor. Y que muchas gracias, que no se va a olvidar de todo lo que la ayudé. En realidad yo no hice demasiado, el que se encargó de todo fue Robert. Yo solo le escribí un mail explicándole a quién tenía que ir a ver y diciéndole que no se preocupara por los gastos porque ya estaba todo pago.

Le escribí un mail porque en Instagram resolví bloquearla cuando nos separamos. Por eso ahora me escribe por WhatsApp o me deja mensajes en el contestador. A partir de que me contestó el mail amagando con que la acompañara ya no le contesté más ni el teléfono ni los mensajes. Y hasta ahora que levanto este mensaje no sabía nada, únicamente tenía el parte de la clínica, a través de Robert, de que todo había salido según lo planeado.

Me resulta aliviador saber que ya está todo hecho y que no me va a romper más las pelotas. Su aborto en sí no me provoca ninguna sensación en especial, aunque me alegre un poco saber que no va a tener un hijo de ese tal Daniel. De todas formas, ya no me mueve un pelo y me resulta imposible imaginarme cualquier clase de futuro, tanto con Marina como con Rochi, como con cualquier otra mina. Lo único que me mueve la aguja es el morbo, y el hecho de saber que no la voy a ver embarazada quizá me causa cierta desilusión. Aunque nada me garantizaba que de seguir su embarazo yo fuese a verla en algún momento en ese estado, con pancita y sonrosada, con toda esa clase de síntomas que tanto me calientan. Mientras pienso en todas estas cosas estoy en casa tratando de trabajar, pero no hago otra cosa que mirar por la ventana hacia abajo. Desde el lugar donde estoy sentado puedo ver la autopista, con sus miles de autos que vienen y van ininterrumpidamente. Me quedo mirándolos pasar y me pregunto qué estarán pensando todos esos hombres sin cara que pasan al volante por unos segundos frente a mis ojos. Me pregunto si ellos pensarán lo mismo al observar las ventanas de los edificios que van atravesando en su periplo de ida o de regreso a sus trabajos grises. Quién sabe. Lo que más me gusta en

estos días despejados es que los rayos del sol se reflejan en los chasis y en los parabrisas. Entonces juego a mirar fijo el reflejo hasta que me incomoda la vista. Pienso en todas las cosas que tengo que hacer antes de cerrar el próximo número de la revista. Las notas por terminar, otras para arrancar de cero, cerrar auspiciantes, presupuestar otros, hablar con el contador, con mi viejo. Por el momento, mientras espero que Betty me traiga el almuerzo, solamente miro por la ventana.

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