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Loyds · Capítulo 4 de 10

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Capítulo 4

Estoy en Florería Atlántico, en la barra. La rubia aparece rodeada de dos amigos gays y me los presenta a los gritos. Es obvio que no sabe que odio a los gays. Hace unos días me mensajeó por Instagram diciendo que estaba

«invitando» en este bar y que servían unos «tragos divinos». Y me dijo que me pasara un rato. Así que acá estoy, tomando un gin tonic, no sé si divino pero bastante rico. A ella le parece que sus amiguitrolis son lo más y se pasea abrazada con ellos riéndose por todo el boliche. Me propone que los acompañe a fumar un fasito a la calle y yo le digo que por qué mejor no vamos a casa, más tranquilos. Me dice que no, que tiene que trabajar. Así llama a lo que está haciendo, porque trabajar trabajar, nunca trabajó en su vida. Le digo que a la calle no thanks, que la espero acá tomando otro gin tonic, porque el mío ya se muere, y le pregunto dónde es el baño, porque esta vez mi auto está lejos. Cuando ella se va para afuera sigo sus instrucciones y me meto en el baño, me encierro en un cubículo, pongo la traba, saco el papelito metalizado de adentro de la billetera, lo abro y rasqueteo con el borde de una de mis tarjetas de crédito una montañita blanca que enseguida meto de un saque en uno de mis orificios nasales. Se siente bien. Dejo mi cubículo, me miro bien en el espejo, chequeo la ausencia de rastros incriminadores y salgo, de nuevo a la barra en busca de otro gin tonic. El barman se confunde y me pone un gin de mierda en el vaso. Le pido que me lo cambie y me dice que igual ese lo tengo que pagar.

Le digo que no me importa, que cobre los dos, y le doy la misma tarjeta de crédito que acabo de usar en el baño. El tipo me mira sorprendido, como si lo lógico hubiera sido que yo me plantara beligerante a pelearme con él y con los de seguridad, a quienes seguramente alertaría después. Va a la caja y vuelve con la tarjeta y el ticket. Me dice que sólo me cobró los dos primeros, que el tercero es invitación de la casa. Quién entiende a la gente.

Me tomo mi gin tonic esperando a ver si a la rubia se le ocurre volver y pasar el resto de la noche conmigo, o si va a dedicarla a hacerse la

fantástica entre putos, modelos de casting y polistas de segunda línea.

Decido darle tiempo hasta el final de mi gin tonic. Me suena el teléfono y es mi hermano, lo cual sí es una novedad. Atiendo pero no escucho nada por la música y además se entrecorta, porque en este sótano del orto no hay señal.

Vuelve a llamar pero se corta antes de que atienda. Malditos telefonitos, los odio. Entra un mensaje y es mi hermano que quiere saber adónde ando, porque necesita hablar con alguien. Por lo mal que está escrito adivino que está borracho. Le pongo que estoy ocupado, que en un rato lo llamo.

Termino el gin tonic y justo vuelve la rubia. Le pregunto si me va a dar bola o si solo me hizo venir para llenar su boliche freak. «Boliche freak», así le digo, y parece que mi ocurrente definición no le gusta mucho porque pone trompita. Me grita que es su trabajo. Me grita porque la música está muy alta, no porque esté tan enojada. De hecho se ríe y se pone cerca y me deja que la abrace y me pregunta al oído si los tragos no estaban divinos como ella decía y también me dice que estoy más flaco pero muy lindo. Le contesto que yo hago mejores gin tonics y que de hecho en casa tengo un gin inglés que en Buenos Aires no se consigue. Ella dice que no toma gin, que le gusta el ron nada más, y también el champagne con Red Bull. Tengo una caja de champagne francés en casa, insisto yo, pero no hay caso. La mina se toma su laburito de garcha demasiado en serio y repite que se tiene que quedar. Tengo ganas de decirle que lo que le pagan ahí en un año yo se lo puedo dar por adelantado ahora mismo, pero no me parece prudente hacer esa inversión, en este estado y a esta hora de la noche. Además mañana me voy a querer pegar un tiro en las bolas, ya lo sé. La traigo bien cerca para sentir cómo me apoya las tetitas en el pecho y me despido. Ella insiste en que me quede un rato más, alegando que el boliche está «a full».

Ni respondo. Le doy un beso, le digo que nos hablamos por Instagram y salgo. Lo llamo a mi hermano a ver en qué quilombo anda metido, pero no contesta. Voy al estacionamiento donde dejé el auto, pago y lo busco yo mismo porque no tienen valet parking, un desastre. Cuando subo a mi BM

aprovecho que estoy lejos de la cabina de cobro y me meto otro saque corto.

Suena el teléfono y es el pelotudo de mi hermano. Ahora atiendo y se escucha perfecto. Me dice que otra vez se le fue un poco la mano con su mujer y que lo echó de la casa, que me llama a mí porque no quiere joder a nadie, como si a mí no me estuviese jodiendo. Le sugiero si quiere ir para casa y agarra viaje enseguida, y me doy cuenta de que está completamente en pedo.

Al rato llego a casa, guardo el auto y, cuando subo, el tipo ya me está esperando en el palier. Me saluda y me dice que el de seguridad lo dejó entrar y que por qué estoy tan flaco. Tiene un aliento a whisky violento. Lo hago pasar y le pregunto si quiere corregir, pero dice que no, que no está tomando porque le da taquicardia y se asusta y se pone mal. Y además ahora está mal en serio así que le va a pegar peor, más para la mierda. Me preparo una raya y le pregunto qué pasó y a qué se refería con que se le fue la mano con su mujer y me cuenta que la cagó un poco a palos, como si se pudiese cagar a palos a alguien «un poco». Me dice que últimamente estaban re bien, pero que no cogían mucho y que ella se la pasaba todo el día mirando fotos en Instagram, y cuando él volvía de jugar al golf reducía la pantalla de repente. Mi hermano juega al golf casi todos los días, es un enfermo. Yo odio el golf. Me cuenta que entonces él se puso paranoico y empezó a sospechar cosas. Que trató varias veces de meterse en su cuenta y no pudo, hasta que un día ella lo pescó y lo cagó a pedos y él aprovechó para interrogarla sobre el tema y si se estaba viendo con alguien o al menos histeriqueando por Instagram. Entonces ella dijo que nada que ver, pero él le insistió y le quemó la gorra y al rato ella le reconoció que sí hablaba con algunos pibes por chat, pero que no había pasado nada y que al fin y al cabo no era un problema suyo si a ellos les gustaban sus fotos y le hablaban y le decían cosas lindas que él nunca le decía porque lo único que le importaba era irse a jugar al golf. Y que entonces él se sacó y la zamarreó y como ella lo rasguñó la cagó «un poco» a palos. Que después ella no paraba de llorar y de insultarlo y le pidió que se fuera a la mierda y lo empezó a amenazar con que le iba a hacer una denuncia y que no la iba a ver nunca más, y entonces él intentó calmarla y le pidió perdón y le dijo que no había sido nada pero ella no aflojaba y él se asustó y agarró sus cosas y se fue. Que después la llamó mil quinientas veces pero ella nunca atendió, y entonces se fue a La Biela y se tomó una botella de Johnnie Walker etiqueta negra y lo agarró la noche y no sabía qué hacer y me llamó. Entonces yo aprovecho la pausa para preguntarle si nosotros no estábamos peleados, y él dice que no se acuerda. Después le pregunto: ¿La Biela? ¿Sigue abierto? Y él contesta que sí y sigue hablando sin parar y yo que ya me había olvidado lo que era escucharlo tanto tiempo seguido. Y lo insufrible que es el hijo de puta. Solo por un momento interrumpe su discurso para preguntarme si tengo whisky, le miento y le digo que no porque no pienso desperdiciar un Blue Label en mi hermano borracho y él sigue hablando y en un momento se arma un

canuto y se termina tomando una de las rayas que yo había dejado preparadas sobre la mesa. Después de un par de horas de escucharlo me tomo un Alplax para empezar a bajar mi locura y para soportar el epílogo de esa tortura inesperada que dura todavía una media hora más, hasta que por suerte y gracias al cielo se queda dormido en el sillón y empieza a roncar.

Entonces le dejo un cartel a Betty para avisarle que tenemos un intruso y ya me puedo ir a acostar más tranquilo. Me cuesta un huevo, porque no puedo parar de pensar en el forro indeseable de mi hermano y en cuánto tiempo pensará quedarse, pero al final logro dormirme un rato.

Estoy almorzando en Josephinaś mientras miro Instagram en mi Mac.

El solcito está divino, las pastas al dente. Odio salir de mi casa, pero hoy Betty traía una maid a hacer una limpieza general del quilombo que dejó el mugriento de mi hermano en sus dos días de intruso. Por suerte ahora se fue a la casa de mamá en Martindale y yo recuperé mi soledad. Mi hermano dice que hace negocios, aunque papá dice que cuando no juega al golf hace cagadas. Y cuando juega al golf también, porque papá juega mucho mejor.

Algo de razón tiene, no recuerdo que alguno de los mil business que emprendió hasta ahora le haya salido bien. Una máquina de perder plata, un grano en el orto para mi viejo, que igual lo banca sin que él se dé mucha cuenta, porque además el tipo es un orgulloso de mierda. Mi hermano siempre quiso competir con papá e indefectiblemente perdió, por eso dejaron de verse. Su única victoria es un cuento que tiene de que la conoció a Mery antes que papá, que se la llevó una noche de Buenos Aires News y se la garchó. Nadie sabe si es cierto y, por supuesto, aunque tal vez le haya llegado por otro lado, nunca se menciona esa historia enfrente del viejo. Mi hermano acaba de cerrar un restaurante que montó en Palermo Hollywood con un amigo chef y que le duró cinco meses, un fracaso récord. Ahora dice que está armando una página web para hacer reservas en restaurantes, un modelo de negocios que en Estados Unidos anda bárbaro y que acá no existe, que lo único que hay es Restorando y la Guía Óleo que son una poronga, que en este tiempo con su restaurante se dio cuenta de que el negocio no es tener uno sino trabajar con los que ya existen y son exitosos y tienen clientela. El otro día en casa yo le dije que si tienen clientela tal vez no necesiten un servicio de reservas on line, pero él me contestó que yo de eso no entendía nada y preferí dejarlo ahí. Mientras termino mis penne

rigate veo pasar caminando por Juncal a la novia de Nacho y trato de mirar para otro lado, de hacerme el distraído. Pero ya es tarde, porque mi mesita está sobre la vereda. Ella me ve y se me acerca sonriente. ¿Qué hacés boludo? Me muero muerta encontrarte acá, ¿qué estás comiendo? Le digo que penne rigate. Odio el nombre penne rigate. Odio que una pendeja me diga boludo, aunque sea amistosamente. Odio tener que hablar con esta infradotada. Ella se ríe, no sé por qué pero se ríe casi todo el tiempo y, moviendo mucho las manos, lanza una frase enmarcada en un gritito, creo que dice algo así como que es pura harina y que tengo que aprender a comer porque somos lo que comemos y que además me ve flaquísimo, como chupado, y no sé qué otra mierda de discurso veggie. Esta chiquita es vegana y afirma que evitar la explotación y crueldad hacia los animales le cambió la vida. Yo odio a los vegetarianos y sus derivados, sobre todo a los argentinos, que terminan comiendo verduritas asadas a la parrilla. Qué pelotudez. Dios le da carne al que no tiene dientes. Después de pasarme doscientas indicaciones de las porquerías orgánicas que tengo que comer y dónde comprarlas o pedirlas, ya que algunas dietéticas te las llevan a tu casa, por suerte dice que está apurada y que se tiene que ir porque tiene hora en la peluquería. Yo le digo qué pena y que justo la iba a invitar a sentarse y ella se ríe porque intuye que estoy siendo irónico, y me la devuelve amagando con darme una receta de arroz yamaní con espinacas, cebolla y zanahoria, pero yo la corto en seco con mi cara de orto. Cuando por fin se va pido una lágrima y vuelvo a bucear un rato en Instagram, mientras pienso que tal vez ya vaya siendo hora de meterme la primera raya del día.

Estoy en el living de casa escuchando las lamentaciones de Robert. Por supuesto que mientras tanto miro los barquitos navegando por el río. Es un día espectacular y Robert propuso que fuéramos a algún lado, que quería charlar conmigo. Yo le retruqué que viniese para casa y él accedió porque sabe que odio salir, porque está acostumbrado a hacer casi todo lo que yo digo y, principalmente, porque me quería mangar. Robert es el único amigo pobre que tengo. Odio a los pobres, salvo a Robert porque es mi amigo. En realidad ya no es tan pobre gracias a mí, que ya no sé qué inventar para darle laburo y además le pago bastante bien por esas changas que le doy. A cambio él hace muchas de las cosas que yo odio hacer y cada tanto me pide

un poco más de guita o un adelanto o un préstamo que los dos sabemos que nunca me va a devolver. Así camuflamos mi charity para proteger su orgullo. Robert viene de una familia súper bien pero recontra chupacirios.

El padre es militar retirado de apellido muy tradicional pero sin un peso, porque la guita de la familia se la patinaron el abuelo y los tíos. Robert tiene ocho hermanos que crecieron bancados por el Opus Dei, entre ellos una monja y un seminarista. Y un puto que es Robert. Porque además de pobre, Robert es puto. Y yo odio a los putos, salvo a Robert porque es mi amigo.

En realidad hasta ahora él no se animó a salir del closet, pero todo el mundo sabe que le gustan los pibes, sobre todo yo, que tuve uno de mis únicos deslices un tanto homos precisamente con él. Robert se lamenta de que no le alcanza para llegar a fin de mes, de que está pagando el crédito de su pedorro monoambiente en Monserrat. No dice «pedorro», eso lo pienso yo, que fui una sola vez y me resultó suficiente, nunca más. Sigue llorando la vela y agrega que hace dos años que no sale de vacaciones, bla, bla, etcétera. Yo le sugiero que se haga una escapada unos días a algún lado, que yo le presto la plata y que después me la va devolviendo como puede, pero parece no convencerle mucho la idea. Le ofrezco la casa de Punta del Este de mamá, o la de Bariloche, y tampoco acepta. Entonces me confiesa que sueña con irse a Miami a hacer shopping como Ricardo Fort. Yo no lo puedo creer. Odio los shoppings. Odio Miami. Y no tengo la menor idea de quién es Ricardo Fort, pero de tenerla seguramente también lo odiaría. Me da la impresión de que Robert está por desatarse, por dinamitar ese closet que lo tiene atrapado hace tantos años por temor al qué dirán. Y me imagino que debe ser jodido ser puto en una familia del Opus, y que la mejor manera de liberarse debe ser irse a Estados Unidos pero a vivir a New York o a San Francisco, no a comprar chucherías en ese Sawgrass del orto. Igual le digo que no se preocupe, que voy a hablar con papá para que le habilite la casa que tiene en Key Biscayne y que no usa nunca, y que si quiere se compre un pasaje con mis millas de la tarjeta black de American, que creo que tengo un montón. Yo no las voy a usar nunca porque odio viajar. Robert me agradece y me dice si quiero que pida algún delivery porque últimamente no estoy comiendo nada y estoy cada vez más flaco. Le respondo que no y entonces me pregunta cómo ando de fafafa. No sé por qué pero le encanta decirle fafafa a la mandanga. Yo prefiero mandanga, o frula, o la clásica merca, o simplemente coca. Le digo que bien pero que voy a necesitar otra bolsa para la semana que viene y contesta que él se encarga de eso. Para

celebrar, preparo dos gusanos blancos bien gorditos sobre la mesa y le digo que se acerque. Lo abrazo y le digo fuerte en el oído: tranquilo neneeee, todo va a salir bien, no te preocupes por la guita, preocupate por esta mierda. Y lo guío hasta su raya pellizcándole el culo, mientras él saca un billete y se arma un canuto.

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