México mutilado
Tengo que escribir un breve prólogo…
Hace muchos años —así comienzan los cuentos—, cuando cursaba la escuela primaria, mis maestros, esos auténticos héroes nacionales ignorados, me revelaron la existencia de un rico e inmenso territorio mexicano conocido como Tejas, así, con jota, nada de Texas, el que después nos robaron los gringos recurriendo a la diplomacia de la anexión para tratar de legalizar, ante los ojos del mundo, un robo artero e imperdonable, que mutiló a nuestro país para siempre. Ahí, en las aulas, se incubó mi rencor y creció un resentimiento que subsiste hasta hoy.
Sólo que la amañada absorción de Tejas a la Unión Americana desde luego no satisfizo los apetitos expansionistas de nuestros vecinos del norte, quienes también codiciaban ávidamente Nuevo México y California. ¿Qué haría Estados Unidos para apropiarse de dichos departamentos cuando sus ofertas de compra no eran siquiera escuchadas por el gobierno mexicano ni existía la posibilidad de apertura de un espacio político para oírlas? Muy sencillo: invocar la ayuda de la Divina Providencia… Al sentirse los yanquis apoyados por el Señor, desenfundaron sus pistolas y después de disparar varios tiros en la cabeza del propietario de los bienes, inexplicablemente opuesto a ganar dinero, es decir, después de matar, según ellos, a quien se resistía a evolucionar y a enriquecerse, tomaron posesión de la propiedad ajena alegando defensa propia, en el caso concreto, derechos de conquista, logrados en el nombre sea de Dios…
En síntesis: cuando México se negó a vender sus tierras, los embajadores abandonaron el escenario para que éste fuera ocupado por los militares, verdaderos profesionales especializados en el exterminio en masa del hombre, la única criatura de la naturaleza que utiliza la razón para matarse colectivamente…
Estados Unidos le declaró la guerra a México en mayo de 1846. La catastrófica y no menos traumática derrota, tanto de nuestras fuerzas armadas como de la población civil, condujo a la firma de la paz en 1848, nada menos que en Guadalupe Hidalgo, lugar «sugerido» por el representante del presidente Polk, porque ahí había hecho supuestamente sus apariciones la Santa Patrona de los mexicanos y, de esta forma, Ella bendeciría los acuerdos… Por si fuera poco, y para nuestra vergüenza, el tratado fue firmado «EN EL NOMBRE DE DIOS TODOPODEROSO» para legalizar así, ante Dios —¡claro que ante Dios!—, ante la humanidad, la historia y el mundo, el gran hurto del siglo XIX. ¿Quién les concedió a los norteamericanos el derecho de hablar y actuar nada menos que en el nombre de Dios…?
De esta suerte fuimos despojados de praderas, llanuras, valles, ríos, litorales, riberas y cañadas, además de promisorias minas. Tan sólo unos meses después de la cancelación de las hostilidades, apareció mágicamente el oro en California, una California que, con todo y las inmensas riquezas escondidas en su suelo, había dejado de ser mexicana para siempre.
¿Perdimos la guerra gracias a la inferioridad militar de México? ¡Falso! Fuimos derrotados por una cadena de traiciones sin nombre, tanto por parte de los militares como de los políticos y de la iglesia católica, apostólica y romana, institución, esta última, no sólo la más retardataria de la nación mexicana, sino también aliada al invasor, al igual que el propio Santa Anna. ¿La iglesia aliada…? ¡Sí, aliada a nuestros enemigos, porque los jerarcas militares norteamericanos le habían garantizado a los purpurados no atentar contra sus bienes ni contra el ejercicio del culto, siempre y cuando el clero convenciera a los feligreses mexicanos de las ventajas de la rendición incondicional ante las tropas norteamericanas! ¿Resultado? Puebla, entre otras ciudades, se rindió sin disparar un solo tiro. Una de las peores vergüenzas la sufrimos cuando un obispo poblano bendijo la odiosa bandera de las barras y de las estrellas…
En lo que hace a la capital de la República, si bien hubo batallas feroces en donde los soldados mexicanos mostraron coraje y dignidad, la resistencia civil, una vez caída la ciudad, fue tan escasa como vergonzosa. La consigna silenciosa rezaba más o menos así: «Quien mate o hiera a un norteamericano pasará la eternidad en el infierno…». ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de México si la iglesia católica, por el contrario, hubiera sostenido: «Haz patria, mata a un yanqui…». La guerra habría adquirido otra connotación…!
«¡Bendita la ley Lerdo! ¡Benditas las leyes de Reforma! ¡Bendito Juárez, el Benemérito de las Américas, el verdadero Padre de la Independencia de México! Él y sólo él, junto con un selecto grupo de notables mexicanos, lograron desprender del cuello de la nación a esa enorme sanguijuela gelatinosa llamada iglesia católica, leal a Roma, al dinero, al poder político y al militar, pero nunca a México, al que le succionaba rabiosamente las energías y le negaba cualquier posibilidad de progreso y de estabilidad política. ¡Cuánta sangre se derramó al arrebatarle la inmensa mayoría de los bienes de producción a un clero voraz que había olvidado su misión divulgadora del evangelio!», se decía en discursos abiertos en la Plaza del Volador, años después de la conclusión de la guerra contra Estados Unidos y meses antes de que iniciara la intervención francesa…
¡Pobre México!, acosado a mordidas y puñaladas desde el exterior por corsarios modernos y, además, dividido en lo doméstico por las ambiciones y los egoísmos desbridados de sus líderes, desprovistos de un claro concepto de patria por el que exponer la vida, misma que, eso sí, perdieron quienes dormían en petate… ¡Pobre México!, sometido a un clero terrateniente autorizado a recaudar el diezmo, además de ser dueño de financieras, titular de bancos camuflados, hipotecarias, latifundios, empresas e inmuebles, privilegios y patrimonio que defendía con ejércitos propios, tribunales especiales, policía secreta, cárceles clandestinas y fuero constitucional para la alta jerarquía eclesiástica…
¿Por qué el presidente Polk se negó a la anexión de todo el país, All México, según le aconsejaban sus más allegados, y únicamente retuvo Tejas, Nuevo México y California? Porque los norteamericanos sólo deseaban apoderarse de los territorios despoblados en los que pudiera asentarse libremente la raza superior, la suya, la anglosajona, sin contaminaciones de ninguna clase: «Nosotros integramos una raza blanca, libre, de extracción caucásica, poderosa, imaginativa, industriosa, alfabetizada y productiva, jamás nos sometimos a la degradación racial propia de un mestizaje…». En nuestro país muy pocos se percataron de que si México no desapareció de la geografía política mundial, se debió a la existencia de millones de indígenas asentados al sur del Río Bravo, de los que el jefe de la Casa Blanca no quiso saber nada… ¿Acaso tendré que exterminar a seis millones de aborígenes torpes y tontos, igual de inútiles que nuestros pieles rojas? ¡No!, sentenció Polk de viva voz en aquel enero de 1848, ¡no!: prefiero pasar a la historia como un anexionista que como un asesino. Allá los mexicanos, que han cubierto de plomo las alas de su águila nacional… Su mestizaje es imposible de regenerar… No sólo nunca remontarán el vuelo, sino que se precipitarán irremediablemente en al vacío…
¿Cómo explicar la recepción popular brindada a Winfield Scott, el victorioso general norteamericano, cuando llegó hasta la Plaza de la Constitución entre vítores y aplausos provenientes de los balcones repletos de aristócratas y de una buena parte del sector adinerado del país? ¡Horror! ¡Imposible olvidar tampoco cuando a él, precisamente al jefe del ejército invasor, se le invitó posteriormente a convertirse nada menos que en el presidente de México! ¿A eso se le llama solidaridad nacional? ¿Cómo fue posible que muchos estados de la Federación se hubieran abstenido de enviar recursos económicos, soldados y armas para defender a la patria invadida, con el argumento de que «el problema no era suyo…»?
La rabia se me desborda. Debo dejar aquí el prólogo para explicar los hechos tal y como se dieron en las sacristías, en los cuarteles, en Palacio Nacional, en las tiendas de campaña durante la guerra, en la Casa Blanca, en el Capitolio, en el Potomac, en San Jacinto y en el Río Bravo, entre otros tantos lugares. Muchos personajes, anécdotas y pasajes no fueron contemplados con la debida profundidad en estas páginas. Espero tener la oportunidad de lograrlo en el futuro. Por esta ocasión, sólo deseaba revelar a grandes zancadas lo ocurrido y liberarme, a como diera lugar, del efecto causado por las palabras de mis maestros cuando me relataron el gran robo del siglo XIX. Fue mi contacto con la impotencia política.
Los mexicanos no queremos recordar cuando los yanquis nos hurtaron Tejas y nos despojaron, apuntándonos con un mosquete a la sien derecha, de California y Nuevo México, mientras estábamos derribados en el piso con la frente adherida al polvo. No, no hablamos ni escribimos de la guerra contra Estados Unidos, porque nos produce la misma sensación de vergüenza que el hecho de reconocer la existencia de un hermano asesino, o de tener una inmensa cicatriz en nuestro rostro, que nos negamos a contemplar en el espejo. Por ello mejor, mucho mejor, vivir envenenados, sin hablar del traumatismo histórico, en lugar de gritar de día nuestros dolores y complejos para volver a dar con la libertad.
Perdón por las omisiones. Son involuntarias. Perdón. Como sé que es imposible entender el país de nuestros días sin conocer el México del siglo XIX, me apresuraré a contar. Nací para contar; sin embargo, no ignoro que dejo el tintero casi lleno. Sí, pero, por otro lado, he gritado hasta desgañitarme. Ya sin voz, escribo…
Francisco Martín Moreno
Prado Sur, México
Septiembre del 2004