México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 7 de 10 · parte 1/6

Páginas del PDF

México mutilado

Tercer capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

 

La segunda conquista de México

El carácter esencial del americano

es duro, solitario, estoico y asesino.

D. H. LAWRENCE

La raza maldita, la anglosajona, no se define por su amor a todo lo ajeno, sino por el

impulso divino que experimentan al robar y la bendición que perciben del más allá al

consumar el hurto.

MARTINILLO

Era por todos sabida la resistencia de Polk a dar sus instrucciones por escrito. Jamás asentaba su firma al calce de un documento que posteriormente pudiera comprometerlo, más aún si se trataba de una operación secreta de las tantas que tramó en el interior de la Casa Blanca. Obviamente temía las consecuencias políticas que podrían derivarse si una de sus órdenes confidenciales aparecía repentina y sospechosamente sobre la mesa de trabajo de un legislador de la oposición o «traspapelada» sobre el escritorio de un periodista enemigo. Pero no sólo en ese sistema de respuestas adversas radicaba la justificación de su conducta, no, Polk también temía el juicio de la historia en el caso de que un documento confidencial, suscrito por él, fuera a caer en manos de biógrafos o investigadores que pudieran «ensuciar» su imagen de cara a las futuras generaciones.

Mackenzie recibió sus órdenes verbales como cualquier otro funcionario o agente encargado de una operación secreta. Su obligación consistía en abstenerse de mandar reportes por correo que pudieran ser interceptados o abiertos en los despachos del Departamento de Estado o de la Casa Blanca y, con carácter urgente zarpar rumbo a Washington para informar al presidente, de viva voz, cara a cara, de lo acontecido. La primera entrevista no sería con Bancroft ni con Marcy ni con Buchanan: antes que rendirle cuentas a nadie se debería apersonar con el presidente de los Estados Unidos y luego, luego, ya recibiría instrucciones.

¿Qué hizo Alexander Slidell Mackenzie? Legó a los historiadores y novelistas un material invaluable para reconstruir los hechos tal y como se dieron entre los más encumbrados personajes de la época. En primer lugar, la misma noche del 8 de julio envió una carta al secretario Buchanan relatándole los pormenores de la conversación con Santa Anna y explicándole cómo había desarrollado, punto tras punto, exactamente, las instrucciones del Polk. «Le leí, señor secretario, las órdenes que me dio el presidente para no cometer error alguno, órdenes que aquí mismo le transcribo con las respectivas respuestas del líder mexicano». Si Buchanan y Polk no podían creer las indiscreciones de su «enviado diplomático», menos, mucho menos pudieron concebir cómo Mackenzie, en lugar de navegar a toda vela rumbo a Washington, había zarpado en dirección a los cuarteles de Taylor en las márgenes del Río Bravo, por supuesto sin autorización alguna, para revelarle al general su misión secreta, así como las sugerencias del mismo Santa Anna para intervenir militarmente en México.

[102]

Por un momento Taylor creyó estar soñando o hasta llegó a dudar del equilibrio mental de Mackenzie:

—¿Entonces me quiere usted decir que Polk invita a Santa Anna a regresar a su país para encabezar al ejército mexicano en contra de nosotros y al mismo tiempo para lograr la paz que incluya la anexión de toda California y Nuevo México y tal vez parte de Chihuahua y Sonora a cambio de treinta millones de dólares? Ya decía yo que el pleito de la franjita entre el Nueces y el Bravo era un mero pretexto para algo mayor, mucho mayor…

Mackenzie asentía mecánicamente con la cabeza.

—¿Entonces yo debo proceder a bombardear Saltillo, Monterrey y bajar hasta San Luis Potosí, señor comandante? —preguntó Taylor en plan provocador a sabiendas que él no daría un paso sin instrucciones escritas de Marcy o del presidente y que Mackenzie en todo caso era un irresponsable, un niño que jugaba con la cuerda de un cañón Horwitzer cargado.

—No, por supuesto, no haga eso.

—¿Por qué no…?

—Porque no lo ha autorizado el presidente ni Marcy ni el Alto Mando.

—¿Entonces qué sentido tiene venirme a ver si de cualquier manera, como militar, sólo acataré las órdenes que tenga sobre mi mesa de campaña?

—Buenos días, general…

—Vaya usted con Dios, comandante…

Mackenzie nunca se dio cuenta de los errores cometidos hasta que pisó la oficina de Polk y éste le exhibió el reporte enviado a Buchanan y le reclamó tanto la nota aparecida en el New York Journal of Commerce, como la conversación supuestamente secreta que había sostenido con Taylor en sus cuarteles generales del Río Bravo. Fue de las escasas ocasiones en que escuché a Polk dirigirse a un subalterno recurriendo a expresiones procaces y soeces. Si bien es cierto que su carrera se vio de alguna manera truncada por estas efemérides, no es menos válido que sus indiscreciones se convirtieron en un material muy valioso para conocer de cerca a Polk, así como descubrir o confirmar las tramas que urdió para apropiarse de más de la mitad del territorio mexicano. Bienvenido sea a la historia de México el comandante Alexander Slidell Mackenzie…

El día 8 de julio de 1846, tan pronto se perdió de vista el enviado norteamericano, estalló una revolución en la residencia de los Santa Anna en Cuba, cuando propios y extraños fueron informados, entre gritos y sombrerazos, que el destierro de más de un año tocaba a su final. Don Antonio, decían, volverá a ser presidente: ¡Viva, viva, viva…! El movimiento era similar al que se vivía en la Casa Blanca y en el Palacio Nacional de México por aquellas fechas. Con una importante excepción en las comparaciones: en la finca del Quince Uñas todo era celebración en torno al patriarca, al invencible, al supremo. Hasta doña Lola, tan poco amiga del alcohol, no tuvo empacho en tomarse «a pico» dos buenos tragos de tequila rodeada del personal doméstico mexicano y cubano. El César y doña Lola fueron paseados en hombros por la casa, los jardines y hasta la playa.

Lo único que faltaba para fletar el Arab, que estaría próximamente arribando a las costas cubanas, sería la liberación de don Valentín Gómez Farías de la cárcel de la Ciudad de México, en donde había sido recluido por participar en la conjura para derrocar a Paredes, junto con otros líderes liberales radicales.

Empezaron a escucharse las notas del chuchumbé, mientras los más cercanos del exdictador se dieron a bailar el siquisiri, otros a zapatear o a interpretar sones dirigidos a las mulatas. Juancillo Trucupey trajo rápidamente a los artistas del bongó, a los requintos y hasta una marimba de las que tanto disfrutaba el patrón. No tardaron en aparecer los barriles de ron, las tinajas con limonada, los tacos con ropa sucia, los moros y cristianos con plátanos machos y la salsa de las salsas, el ánimo, la alegría, el sabor, la intensidad festiva, el placer por la música y la feliz indolencia de soltar las piernas, de dejarlas ir contagiadas del lenguaje de un ritmo tropical.

La fiesta llevaba ya un par de horas cuando se escucharon gritos e insultos en el palenque, la antesala de la gloria, según la había bautizado el presidente. Nadie se hubiera percatado de la feroz riña que se producía en el lugar favorito del amo, sí no es porque un disparo rompió con todo el jolgorio. Por supuesto que bailarines, cantantes, novios y pretendientes, doña Lola y sus chicas e invitados de última hora corrieron a través de los gallineros para descubrir el origen y los protagonistas de la reyerta. El silencio se impuso antes de lo que se tarda en producir un chasquido de dedos para que sobresalieran solamente dos voces entre todos los asistentes: un norteamericano enorme, del tamaño de un oso, con las barbas eternas sin que jamás alguien le hubiera mostrado la existencia de unas tijeras, vestido casi con andrajos, su ropa hecha casi jirones, discutía, sosteniendo por el cuello una botella de ron y utilizando todo género de palabras soeces en inglés o español dirigidas a Santa Anna, quien no se había mudado de indumentaria después de la visita de Mackenzie. ¿Acaso había llegado el momento del duelo, sobre todo en ese día tan feliz que marcaba para el César un éxito diplomático en su carrera y el regreso a la vieja y amada patria? ¿Un duelo aunque fuera a golpes y que este salvaje le deshiciera el rostro, rescatado de mil batallas sin una sola cicatriz, con un puñetazo que, sin duda, derribaría a un gorila enfurecido?

—Raterou —le gritaba en plena cara al Invisible Instrumentó de Dios—, sois un ladróun di lo pior qui mí haber conocidou en mi vida, grandísimou cabraun.

—Usted no me va a venir a insultar en mi propia casa, con mi propia gente y frente a mi propia familia, maldito yanqui comemierda: ustedes son unos ladrones, abusivos, estafadores. Todo lo que tienen ustedes lo han hecho a base de quitarnos a los demás lo nuestro. Los cabraunes serán ustedes —dijo Santa Anna burlándose abiertamente del hombre-oso.

—¿Qui decir osté?

—Mí decir qui ustedes ser unos cabraunes —repuso Santa Anna imitando el acento inglés del agresor con su flema jarocha y sin dejarse intimidar.

—Mi no haber hechou trampas.

—Pues mí tampoco, cabrón.

—Usté haber sacado un gallou cuchou, todou jodidou y mí haberle apostado todous mis ahourrous.

—Mí no tener la culpa de que sea usted tan grandote y tan buey —desafió Santa Anna dispuesto a todo. Cualquier cosa podían criticarle en el ejército, pero el cargo de cobarde en el campo del honor, jamás lo toleraría. Eso sí que no. Todos los suyos lo habían visto en el frente, montando su caballo blanco, El Fauno, esquivando las balas y hasta las bombas. ¿Cobarde? Que me lo digan en la cara.

—Usté me engañóu.

—Miente, señor, yo no lo engañé, lo que pasa es que usted perdió y se niega a reconocer su derrota como corresponde a un cobarde.

—Mí no ser cobardei

—Sí que lo es.

—¿Por qué no nos damous de chingadazous, como decir por aquí su gente, ahí mismo en el centro del palenquei, en la arena?

—Porque mí no ser pendejou, siñour —devolvió otra vez Santa Anna la agresión con una burla desmedida—, con uno que usted me dar tener mí suficiente…

—Entonces escoger el arma que usté querer.

—Está bien —adujo Santa Anna, recuperando un poco el equilibrio—; de lo que se trata aquí no es de jugarse la vida sino de comprobar quién es más macho. Usted dice —bajó un poco la voz— que no es ningún cobarde y yo digo que usted y todos los que hablan como usted son unos cobardes malditos y rateros.

—¿Cómo querer usté que mí demostrar que no ser cobardei y que usté es una gran caca de vaca…? ¡Ouh!, caca de vaca, que bonitou versito le he compuesto, siñor.

—Mire güerito: déjese de payasadas y compruebe su valentía, esa que dice tener, pegándose un tiro en el pie, a ver si es tan hombre. Veamos quién resiste más el dolor, si un mexicano o un pinche yanqui robavacas… —asentó Santa Anna y de inmediato puso una pistola cargada en la mano derecha del norteamericano.

Se hizo un espeso silencio. Al fondo sólo se escuchaba el guirigay de los gallos. De pronto pareció que se estaba velando a un muerto. Nadie reía. No se percibían siquiera murmullos aislados. Todos los presentes enmudecieron y clavaron la mirada en el extranjero.

Santa Anna escuchó entonces la respuesta esperada.

—¿Por qué no comenzar usté?

—¿Me da la oportunidad de demostrar que yo soy mucho más valiente que usted y que su presidente Polk y el tal Taylor, ese mata-apaches?

—Sí, gustousou —exclamó el hombre-oso devolviéndole la pistola al expresidente, mostrando ya cierta humildad.

El general-presidente se percató de que si disparaba contra su pierna izquierda, ésta no sangraría y la trampa quedaría al descubierto. Dándose cuenta de las consecuencias emplazó a su enemigo a que cada quién disparara simultáneamente contra la pierna del otro, la que cada uno escogiera para el sacrificio. El yanqui aceptó temblando. Santa Anna expuso, obviamente, su pie izquierdo.

Su Excelencia nombró a Juancillo Trucupey como padrino, de tal manera que a la voz de tres ambos jalaran el gatillo. Juancillo, escondiendo como pudo la sonrisa y mirando fijamente al piso, pidió que cada uno de los agraviados adelantara el pie sobre el que hubieran decido recibir el disparo.

—No vaya usté a mover el pie cuando mí disparar.

—Usted tampoco, mister, eso sería una villanía, impropia de caballeros que se disputan el honor.

Juancillo llamó al orden:

—¿Listos?

—Listos —repusieron ambos al unísono.

—A la una…

—A las dos… y

—A las ¡tres…!

Se escucharon dos balazos casi disparados al mismo tiempo. El yanqui rodó por el suelo dando alaridos de horror, sujetándose el pie herido, cubierto de sangre que manchaba el piso como si hubieran combatido cien gallos bravos de pelea. Volteaba a diestra y siniestra en busca de ayuda, de algún consuelo posible, de un médico o tal vez un brujo que se apiadara de él y le evitara un dolor que jamás había sentido en su vida, ni siquiera cuando mataba comanches y recibía flechazos en las nalgas y en los hombros.

Por su parte Santa Anna, Su Excelencia, permanecía enhiesto, incólume, impertérrito, sin proferir el menor lamento ni acusar siquiera un rictus de dolor en el rostro. Disimulando como pudo la cojera, se dirigió al norteamericano para tirarle en el rostro la pistola y enseñarle a ser tan hombre como para resistir los balazos sin quejarse como mujercita.

—¿No que ustedes los del norte tenían muchos güevos? Ya me las veré muy pronto con miles de habladores como usted… Saquen de mi propiedad a esta mariquita y regálenle el gallo muerto para que se haga un taco. Si lo vuelven a ver que se atreve siquiera a acercarse por aquí, chínguenle la otra pinche pata…

A partir del 8 de julio los días parecían ser de cinco horas de duración. La luz de la alborada no terminaba de anunciar el nacimiento de un nuevo día, cuando los grillos y las luciérnagas se constituían en simpáticos heraldos para señalar el feliz arribo de una noche habanera más. Juan Nepomuceno Almonte llegó sin avisar a la finca de los Santa Anna. Traía noticias frescas de México, buenas nuevas: a Valentín Gómez Farías y a otros tanto de sus seguidores, los habían liberado de la prisión el día 15 de julio, sólo para ejecutar el golpe irreversible en contra del gobierno de Paredes. Nepomuceno sí que tenía el aire de don José María Morelos y Pavón. Nicolás Bravo había quedado como presidente interino. Los pasos se daban, uno tras otro, de manera puntual y magistral. En las próximas horas Salas, un santanista se haría del supremo poder presidencial.

Alejandro Atocha irrumpió una mañana cuando Santa Anna desayunaba un gran plato de fruta bomba y unos huevos rancheros confeccionados con chiles jalapeños muy picantes. Después de la agradable sorpresa, el dictador continuó la conversación a solas con su embajador, mientras remojaba un par de conchas en un chocolate de Oaxaca servido en un jarro de barro con sus iniciales, tal y como al presidente le gustaba hacerlo. Atocha comentó que acabar con Bravo era más fácil que quitarle a un niño una paleta de caramelo, ¿no cree usted, mi presidente?

—Nadie —cortó Santa Anna con suma severidad y honesta rispidez—; nadie debe saber nunca nuestros tratos con Polk, ¿entendido? La afabilidad de otros días había desaparecido. Ni siquiera se había hecho eco de su conversación.

—Señor —contestó Atocha sorprendido y sintiéndose casi insultado—, está usted hablando con un caballero español y los caballeros españoles no tenemos memoria ni tratándose de damas ni de negocios.

—Está bien, amigo Alejandro, por eso lo elegí para esta aventura en la que todos, también usted, se está jugando la vida —concluyó lanzando otras de sus puyas mortales—. Desde que Estados Unidos le declaró la guerra a México, estaba yo seguro que Paredes renunciaría a la presidencia, una porque no tiene los tamaños para ocupar ese cargo y dos, porque sabía que si él no dimitía, nosotros lo derrocaríamos. Que no se pierda de vista que estamos tras esto casi desde que él depuso a Herrera. ¡Mentecato!

Atocha nunca se había encontrado con un Santa Anna tan rudo. Sin embargo, no había razón alguna para alarmarse. Su Excelencia tendría buen cuidado en no ofender ni molestar a su interlocutor puesto que tenía nuevos planes para él… De cualquier forma no dejaba de advertirle:

—Yo sé que usted es un caballero pero la presencia de las damas o la recurrencia del alcohol en ocasiones relaja la voluntad, de ahí que me permito sugerirle que si habla dormido, a partir de este viaje empiece a dormir solo por lo que le quede de vida, y si bebe mucho vino tinto, es muy conveniente que lo cambie por agua de horchata, ¿me entendió? —cuestionó Santa Anna sin dejar el menor espacio a dudas ni a bromas—: una sola indiscreción de usted y todos estaremos muertos, además la puerta de la Casa Blanca la debemos tener permanentemente abierta y usted no puede faltar…

—Ni quiero faltar, señor…

—Cada vez que le sirvan pescado piense en que se lo come gracias a que el animal abrió la boca, ¿o no…?

Atocha sólo asentía con la cabeza.

—En este mismo barco —arguyó Santa Anna—. Todos se preguntarán las razones por las cuales los americanos romperán el bloqueo para dejarnos pasar únicamente a nosotros, ¿es claro? ¡Júreme por su vida que nunca nadie sabrá por usted cómo logramos pasar! —le dijo apretándole con una fuerza insólita el antebrazo y mirándolo como si estuviera pronto a un ataque de ira.

—Jamás se arrepentirá de haber confiado en mí. Nunca verá usted un libro con mis memorias, publicado para lucrar con secretos inconfesables. Yo no soy un yanqui, señor —contestó poniendo una mano sobre la otra de Santa Anna—; habla usted, repito, con un caballero español que tiene otro sentido de la dignidad, de la hidalguía y del honor.

Cuando Santa Anna había hecho los arreglos necesarios para fletar el Arab, un moderno vapor inglés, apareció Manuel Crescencio Rejón para formar parte de la comitiva que viajaría a Veracruz. En ese momento se contaba hasta con la fecha exacta en que zarparían: el 8 de agosto al amanecer. Ese mismo día, en la mañana, a un mes de la visita de Mackenzie a Cuba, el presidente Polk pedirá al Congreso los dos millones de dólares solicitados «para negociar los acuerdos de paz en México».

En realidad se trataba de «los gastos» a los que se refería Santa Anna.[103] ¿Coincidencias? Ninguna. Todo formaba parte de un plan perfectamente diseñado.

La noche anterior a la partida, un cometa rasgó la bóveda celeste dejando a su paso una lluvia de estrellas, considerada por los viajeros como una señal de buena suerte. Al día siguiente, el barco no zarpó hasta que se confirmó que todos los gallos del «señor» y también, por supuesto, la señora doña Lola, estaban ya a bordo. Empezaba una corta travesía de una semana dependiendo, claro está, del buen tiempo, aun cuando el capitán insistió en afirmar que la temporada de ciclones y huracanes comenzaría hasta el mes entrante.

Una vez en alta mar, la euforia se adivinaba en todos los rostros menos en el de Su Excelencia. La esperanza invitaba a la sonrisa, al optimismo y hasta a la ensoñación. Los cambios siempre despiertan entusiasmo que se convierte en frustración cuando ni las promesas ni las expectativas se cumplen. Sin embargo, el patriarca se mostraba hosco, esquivo y rejego a participar en cualquier conversación. Viajaba pensativo y absorto, analizando el significado político y militar de su viaje, así como las dificultades sin igual que implicaba su nuevo encumbramiento, más complejo y comprometedor que los anteriores. Por lo general solicitaba que se le dejara solo, en cubierta, con sus pensamientos. Claro está, Santa Anna no podía ignorar, ni lo ignoraba, que su misión, como todas, consistía en lucrar con los vacíos de poder, con las rivalidades internas; acomodarse finalmente con el grupo vencedor, creyera él o no creyera ni en sus principios ni en sus objetivos ni en sus representantes políticos. Se trataba de arrebatarles la bandera ideológica en el último tramo del camino y presentarse como el triunfador definitivo hasta llegar a la meta. ¿Monarquía constitucional, Federalismo, Centralismo, República democrática, dictadura y hasta otro imperio al estilo de Iturbide, si las circunstancias así lo aconsejaban? El tenía un traje en el armario y una máscara para cada ocasión, al igual que diversas prótesis para cada evento. Sí, sólo que la actual aventura tenía otros matices ciertamente muy delicados. Las condiciones exigían la pericia de un joyero.

Cuando el César escuchaba que alguien puede engañar una vez a una persona, pero no puede engañar siempre a todas, sonreía por dentro: efectivamente siempre las había engañado a todas y esta vez también lo haría, de ahí que resultaba imperativa la soledad y la oportunidad de pensar bien sus jugadas. No en balde tenía el espíritu, la actitud y la estructura mental del apostador. Se jugaba todo a un naipe, a una carta, a un caballo. Ahí es donde se conocía a los hombres de verdad. Todo se lo debo a mis gallos. Ese es el verdadero juego de la vida, aplastar al contrincante y zurcirlo a picotazos y a navajazos u obligarlo a retirarse prudentemente antes de la contienda. Los contrincantes no eran fáciles de vencer ni los obstáculos imposibles de salvar. Sólo deseaba meditar muy bien los pasos a dar, cuándo avanzar, con quién avanzar y, desde luego, dónde poner los pies para no precipitarse, en el momento menos esperado, en el vacío.

¿Cómo iba a jurar otra vez el sometimiento a unas leyes en las que no creía o tal vez ni siquiera sabía si las aceptaba, o no, si en el fondo le tenían muy sin cuidado, tanto su existencia, como su aplicación? El reto no era difícil: a los mexicanos les gusta que les mientas porque quieren creer en todo, se agarran de lo que sea con tal de tener una esperanza…

Sabía, porque también lo sabía, que el país estaba en guerra y que el erario, como siempre, se encontraría en crítica bancarrota. El reclutamiento sería forzoso y por lo mismo, los «soldados» acuartelados contra su voluntad a través de la leva combatirían sin convicciones, desertarían en las noches encontrándose al amanecer la mitad del ejército, porque como muchos prófugos le dijeron en momentos de intimidad, antes de ser pasados por las armas por traidores: «ustedes los políticos cometen los errores y cuando ya están metidos en un callejón sin salida entonces le piden al pueblo que pague con su vida sus traiciones a la patria, misma que para nosotros no es sino un buen plato de frijoles, un café de olla y un corral para que jueguen los chamacos y crezcan las gallinas…».

El ejército de Estados Unidos contaba con voluntarios aguerridos a sueldo y el sueldo se les pagaba efectiva y puntualmente. En México no existían los voluntarios y a la tropa no se le pagaba en meses. Los americanos tenían acceso diario al rancho, abundante y diverso, mientras nosotros teníamos comida de vez en cuando, cada vez más racionada y rancia, hasta que ya no quedaba sino el recurso de las hierbas silvestres. Ellos tenían equipo y sabían usarlo. Nosotros carecíamos de las armas adecuadas y además, no teníamos capacitación para usarlas. Sus generales eran buenos estrategas con grados militares ganados en la academia y en la carrera castrense; nuestros oficiales de mayor grado casi nunca habían pasado por las aulas, por ningún tipo de aulas y por ello era común oírlos decir: soy general por mis güevos y cuide los suyos si pretende ignorar mis títulos… El orden en las filas de los invasores se imponía a través de Consejos de Guerra o de cortes marciales, instrumentos a los que muy pocas veces recurríamos nosotros, porque casi siempre resolvíamos las diferencias por compañerismo. Sí, sí, es cierto que tenemos más brigadas de generales que generales de brigada.

Cuando adivinaron la cercanía de la costa yucateca, Santa Anna experimentó un largo calosfrío. ¿Qué no estaré mejor en Cuba gozando de mi mujer y de mis mujeres, de mis gallos, de mis amigos, de mi dinero ahorrado y de mi paz? ¿De dónde me saldrá esta vocación de mártir si tengo títulos y riqueza para vivir plácidamente hasta el último de mis días? ¿Qué me importa Tejas ni California ni Nuevo México ni Polk ni su padre ni los mexicanos ni su abuela? ¿Cuál es la necesidad de coleccionar más coronas de laureles puestas en mis sienes? ¿Hasta dónde se va a saciar mi deseo de conquistar la eternidad? ¿Qué más te dan los yucatecos, Toñis? Tú tírate a los gallos, a las mulatas y a la diversión. Créeme que te lo has ganado.

Santa Anna engañaría a Polk porque, desde luego, no firmaría tratado alguno de nuevas fronteras al llegar a la presidencia y estafaría, también, a los mexicanos haciéndoles saber que o se sometían y aceptaban los treinta millones ofrecidos, o los norteamericanos absorberían de plano todo el país imponiéndonos una religión diferente a la católica y romana y además, nos gustara o no, tendríamos que aprender inglés y aceptar sus modos de vida, sus alimentos, su música, su concepto de civilización, sus costumbres y su odiosa manera de ser que no sólo nos condenaría ante Dios, sino que nos amargaría la existencia por no tener que ver nada con nosotros. Un yanqui, por definición, se somete a la ley siempre y cuando se encuentre dentro de las fronteras de su país; nosotros le guiñamos el ojo a cualquier disposición y a quien intenta hacerla valer. Sería una tortura eterna…

La imposición del sistema norteamericano a toda la sociedad mexicana, incluida la educada, me dijo Sam Houston, equivale a colocar por primera vez la montura sobre los lomos de una potranca salvaje. Darán de coces, de patadas y de cabezazos; se estrellarán enloquecidos contra los corrales, relincharán lanzando su dolor a todas las comarcas, tirarán mordidas y dentelladas, se arrojarán al piso como si fueran presas de una comezón atroz, claro que sí, aunque son muchos y muchas las malas costumbres, domarlos será laborioso, pero para eso están los tiros de gracia, los azotes con látigos de acero, las exposiciones al sol sin agua durante una semana, los disparos a quemarropa destinados a los rebeldes incurables, los pelotones de fusilamiento, las horcas en cualquier palo improvisado, los verdugos y las sentencias a cadena perpetua que no te las quita ni el Santísimo, querido Tony… No te preocupes, nosotros los convertiremos a culatazos en seres humanos…

Era muy claro: a Polk tenía que sacarle el dinero. A los mexicanos, sus compatriotas, la autorización para vender California y Nuevo México, antes de aceptar un destino de horror. A Gómez Farías tendría que permitirle atentar contra el patrimonio eclesiástico como único recurso para hacerse de fondos económicos de cara al financiamiento de la guerra. Ningún país le prestaría a México en esta coyuntura tan dramática. Los contribuyentes mexicanos no cooperarían alegando carencia de capitales o escepticismo en torno al destino de la exangüe recaudación que se lograra. La única opción era la apuntada por don Valentín: les guste o no, la única institución más rica que el propio gobierno es la iglesia católica. A ella le impondremos préstamos forzosos, mi general Santa Anna, y si se niegan, la única alternativa, por lo pronto, será el embargo y remate de sus cuantiosos bienes. Ahora sí pido su ayuda, a diferencia de 1833. Si quiere usted ganar la guerra contra Estados Unidos o al menos defendernos con gallardía y llegar a la suscripción de los tratados de paz con la frente en alto, sólo nos queda disponer de la inmensa riqueza eclesiástica, sin perder jamás de vista que el clero mexicano le tiene más lealtad al Papa que al presidente en turno y que, por si fuera poco, no les importaría que México fuera absorbido por Estados Unidos si les respetan sus bienes y sus gigantescas rentas. ¿Quién está antes, el Papa y sus intereses o la patria…? Dime, dime, hijo…

Quedaba claro: Santa Anna tenía que engañar a Polk y a su gabinete ofreciéndole unos territorios y una paz que tal vez nunca suscribiría, pero que le permitiría romper el bloqueo en Veracruz; tendría que engañar a su pueblo asustándolo para que negociara; engañar a Gómez Farías haciéndolo sentir que estaba a su lado en la expropiación de los bienes eclesiásticos, cuando en el fondo anticipaba la virulencia clerical en la defensa de su patrimonio material. Engañar, engañar, engañar…

A don Valentín le debía, en el fondo, su posición actual, sí, sin duda, pero no por ello ignoraba que la grey católica se lanzaría a las calles a matar con tal de defender los intereses divinos. Su Excelencia sabía que el pueblo tomaría las armas sólo por no ir a dar al infierno como castigo por no haber respetado las consignas sanguinarias de los purpurados. Los sacerdotes eran expertos manipuladores de la conducta de sus seguidores con tan sólo insinuar los horrores a padecer en el más allá, de incumplir con los inapelables mandatos de los «representantes de Dios» aquí en la tierra. ¿Cómo alguien puede aceptar serenamente semejante nombramiento? El fanatismo les impedía distinguir que el patrimonio, a cambio del cual darían tal vez la vida, era simplemente propiedad de hombres voraces, hipócritas y despiadados, banqueros, financieros, arrendadores, latifundistas, agiotistas disfrazados de sacerdotes. ¿Quién engañaba a quién…?

Santa Anna, bien lo sabía él a la perfección, engañaba también al pueblo de México: nunca nadie en la historia debería saber que él había tenido tratos secretos, inconfesables, nada menos que con el presidente de Estados Unidos, el causante de la guerra, el asesino, el invasor, el mutilador.

La tarde del 16 de agosto de 1846, Santa Anna fue el primero en identificar la fortaleza de San Juan de Ulúa. Se llenó de recuerdos desde su más remota infancia. Su padre le había mostrado por primera vez y, con fundado orgullo, una larga muralla de 32 argollas de bronce para resguardar de los vientos a la real flota de galeones. Conoció, gracias a él, la batería Corrida de Glacis, un modelo de cañones ingleses en serie, empleada para su defensa. Le señaló el lugar donde comenzaba un banco de corales que había servido, en su momento, como barrera defensiva natural en contra de piratas y corsarios como John Hawkins, Walter Raleigh, Francis Drake y Laurenz de Graff, entre otros tantos más. Muy pronto alcanzó a distinguir la Gran Plaza de Armas, la Casa del Castellano, los cuarteles y baluartes, las troneras y parapetos, la cuantiosa artillería para defender la fortaleza. Se sintió en su casa cuando casi pudo tocar con la mano el Faro de San Pedro, un fanal hecho con linternillas de aceite que irradiaba luz a ocho leguas de distancia sobre el que ondeaba feliz e indolente el lábaro patrio. ¡Cuántas joyas tan hermosas! Lástima que los yanquis fueran a destruirlas a bombazos… Más le valía verlas y grabarlas fijamente en su memoria por última vez… Ningún pesar le produjo imaginar la bandera de las barras y de las estrellas sobre la torre del Caballero… Todo era parte de la estrategia…

De golpe empezaron los momentos difíciles. Tarde o temprano tendrían que presentarse y por supuesto no se hicieron esperar. Un barco norteamericano se acercó lentamente hacia el Arab en busca de identificaciones y justificaciones de su presencia en un puerto bloqueado militarmente. Los marines se abstuvieron de abordarlo y mucho más de revisarlo para constatar si llevaban o no carga, en especial armamentos de cualquier tipo. Tenían instrucciones precisas de exigir únicamente la identificación adecuada.

Santa Anna le pidió a Atocha que no diera explicaciones en público y que se dirigiera a hablar directamente con Conner en el buque insignia.

—Muéstrele usted al comodoro los papeles que juzgue convenientes —adujo, recordando el acuerdo previo al que ambos habían llegado—. Además, usted es quien habla el mejor inglés de todos nosotros —concluyó sonriente cuando sólo el español conocía el nivel de tensión que existía en el interior de su Excelencia.

—¿Sucede algo? —preguntó doña Lola sin ocultar su ansiedad.

—Nada, nada, mujer, trámites aduanales de todos los días. Rutinas, rutinas, mi amor… Tú por lo pronto dispón lo necesario para desembarcar de un momento a otro.

Atocha se ausentó con el salvoconducto guardado en el redingote, para mostrárselo a Conner después de los saludos de rigor.

El comodoro abrió el sobre lacrado sin ver siquiera a Atocha ni devolver el saludo. Si acaso revisó despectivamente su indumentaria. Vio la firma de Bancroft. Constató que el texto recibido del Departamento de Marina era igual al que le exhibía el español. Tenía que permitirle el paso y someterse a las órdenes llegadas de Washington desde mediados de junio. Retuvo las instrucciones para que nadie pudiera hacer mal uso de ellas y más tarde pudieran llegar más Santa Annas: punta de bribones.

Con un movimiento de la mano, como quien da el último escobetazo para sacar la basura de una habitación, Conner invitó a un Atocha confundido a abandonar el barco mientras le decía:

—Ya sé que muchas ciudades y departamentos se han pronunciado a favor de Santa Anna, pero debo mencionarle —advirtió con una voz muy ronca— que a menos que Santa Anna haya aprendido algo útil en la adversidad y se haya convertido en otro hombre, lo único que hará es aumentar el desorden del país y será echado nuevamente del poder en menos de tres meses… En lo que hace a mi persona, debo dejarlo pasar en contra de mis convicciones. Si por mí fuera lo colgaba del palo mayor de esa goleta, ¿lo ve…? Lo demás sería trabajo de los buitres y de los zopilotes veracruzanos…

—¿Podemos pasar?

—Sí, sí, adelante. Me es imposible impedirlo. Salgan lo más rápido posible del alcance de mis cañones…

Los marines condujeron a Atocha de regreso al Arab. A lo lejos hacía aspavientos de felicidad, levantaba los brazos en señal de éxito, mensajes que Santa Anna devolvía con el rostro impertérrito.

—Vamos. Descendamos. Llegó la hora.

Más tarde Conner reportaría lo acontecido:

Hoy permití a Santa Anna pasar sin ser molestado y sin dirigirme siquiera

a su barco, dado que el Capitán Lambert, un oficial inglés a cargo del vapor

en que viajaba, me indicó que no traía carga ni pensaba llevarse alguna de

regreso. Pude abordar fácilmente el Arab, pero preferí no hacerlo para que

pareciera que había entrado sin mi concurrencia.[104]

 

Don Valentín Gómez Farías lo esperaba rodeado de sus tres hijos, un grupo insignificante y lastimoso de soldados de infantería muy mal uniformados y otros tantos rezagados que habían llegado tarde al encuentro. Del pueblo se habían reunido algunos curiosos en número por demás muy reducido, a quienes Santa Anna les dirigió un discurso flamígero y grandilocuente como si toda la Plaza de Armas estuviera pletórica de seguidores y fanáticos incondicionales.

Les dijo:

—«Juro no desviarme jamás de las obligaciones que me impone la ley… Lo juro» —se desgañitó hasta casi perder la voz—. «Estad seguros de que conmigo no seréis devorados por el fuego de la anarquía ni oprimidos por el cetro del despotismo. Jamás lo perdáis de vista…» —gritó como si una rabia interna lo devorara ferozmente—. «He repetido muchas veces que estoy muy distante de las aspiraciones del poder, las que considero mezquinas, cuando todo mexicano no debe aspirar a otra cosa que contribuir a la salvación de la patria…» —exclamó como si intentara desenvainar su sable dorado obsequiado por el rey de Prusia y deseara amenazar con él al cielo. Acto seguido les recordó, blandiendo el puño, sin que la mayoría entendiera el contenido del mensaje—: «No ha habido ningún secreto: la dictadura la ejercí por voluntad de la nación. Yo sólo cumplí instrucciones de la patria. Soy un mero instrumento». «El único y sagrado objeto de toda mi vida ha sido romper el triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio» —reclamaba airado mientras el rostro se le enrojecía por la furia—. «Ha sido forzoso venir a ocupar un poder que me repugna y que estaba decidido a no admitir jamás» —confesó dolorido pero convencido de la necesidad de su presencia—. «Todas las tareas de mi vida quedarían recompensadas si en medio de

la paz y de la prosperidad pública, termino mis días entre vosotros…». [105] Yo, el héroe de Tampico, el héroe de Veracruz, el héroe de Zacatecas, el Benemérito de la Patria, os prometo que exterminaré sin piedad con el filo de mi espada a los invasores que han osado profanar el divino suelo patrio.

Cuando termina el acto, escucha un grito perdido en el anonimato que le hace cimbrar todo el cuerpo:

—¿Cómo le hicistes para pasar Quince Uñas? ¿No que mucho bloqueo…?

Santa Anna siente una daga tasajeándole el escroto. Cierra los ojos. Prefiere no contestar a la chusma ignorante, vulgar, insensible y malagradecida. «Eso es lo que son, unos malagradecidos», se dice en silencio.

Comienzan los insultos. El recibimiento frío se torna hostil. Los gritos no lo ensalzan: lo ofenden, lo apostrofan, lo denigran. «Viene usted porque no nos quedó otro». «Primero nos convencerá de las ventajas de ir a la guerra y luego nos convencerá de las razones por las que perdimos». «Tienes más caras que dedos, Quince Uñas». «¿Federación y Santa Anna…? ¿Hasta cuándo…?».

Gómez Farías lo toma del brazo:

—Es cierto señor presidente, esa duda la tenemos todos. ¿Cómo logró romper el bloqueo? A mí en lo personal me llamó mucho la atención que llegara aquí, al puerto… Creí que desembarcaría en cualquier parte del litoral yucateco y…

—Ya ve Valentín, son tal vez cortesías diplomáticas que en ocasiones se conceden como honores a quienes fuimos jefes de Estado.

Antes de que Gómez Farías pudiera contestar, Santa Anna arguyó:

—Quisiera pasar unos días en El Encero y después salir rumbo a la capital. Deseo reponerme del viaje.

—Señor, sabemos que Taylor se dirige a Monterrey —arguyó Gómez Farías—. Sus tropas empezaron a moverse rumbo al Cerro de la Silla a partir del 6 de julio, hace casi más de un mes que iniciaron su desplazamiento y apenas empezamos a organizar la defensa en esa plaza…

—Muy pronto tendrá usted noticias mías —contestó cortante. Nada lo conmovería.

—¿Y la presidencia? No olvide que tenemos que convocar a un Congreso que elija a un presidente y vicepresidente. Debemos acabar con las bases orgánicas y con todo resto de Centralismo. Reinstaurar la Constitución de 1824…

—Dígale a Salas que se ocupe del Congreso y de las convocatorias para la presidencia. Que no pierda tiempo.

—¿Jurará usted la Constitución del 24 y defenderá el Federalismo? —cuestionó Gómez Farías a sabiendas de que no era el momento oportuno para hacerlo, sólo que le urgía ratificar lo más importante.

—Lo juro —repuso Santa Anna lacónicamente, exhibiendo ya un rostro cansado y de hartazgo. Parecen menores de edad recordando las reglas del juego.

—¿Está conforme en imponerle a la iglesia préstamos forzosos y en rematarle bienes, si llegara a oponerse, para pagar gastos de la guerra?

—Proceda Valentín, proceda, no tenemos alternativa. Ellos tienen los recursos. Es hora de que exhiban su patriotismo —concluyó sabiendo que nunca lo exhibirían.

Dicho lo anterior, abordó su diligencia. Con el rostro adusto se sentó y, sin despedirse, se perdió entre las primeras calles del puerto mientras Gómez Farías y los suyos se miraban confundidos a la cara. Las campanas de una iglesia cercana anunciaban las cuatro en punto de la tarde. Mientras Santa Anna recordaba cada esquina de Veracruz y se retiraba del lugar en donde la metralla francesa le había hecho perder la pierna izquierda tan sólo ocho años antes, se dijo para sus adentros: debo retirarme y dejar que pase el tiempo. Hoy es claro que me necesitan, mañana seré indispensable y vendrán a buscarme de rodillas…

Por su parte, el presidente Polk intenta un acercamiento con Salas para tratar de llegar a un acuerdo. ¿Duda de Santa Anna? Fracasa. Salas aduce la imposibilidad de cualquier negociación en la medida en que no se nombre un nuevo Congreso y autorice sus gestiones. Su poder es provisional. Carece de fundamento legal para actuar en cualquier sentido. Durante las juntas sabatinas del gabinete en la Casa Blanca se insiste en que Estados Unidos debe demandar la frontera en el paralelo treinta y dos, en El Paso, o en el veintiséis, la desembocadura del Río Bravo, incluyendo la mayor parte de Chihuahua, Sonora y la Baja California. No aceptemos ni un metro cuadrado menos de indemnización por el daño que nos han causado los mexicanos al obligarnos a entrar en esta guerra que nos ha costado tantos millones de dólares. No tengamos piedad con ellos. Que nos paguen con su territorio si no tienen dinero ni para comer y el que llegan a tener se lo roban entre ellos. Se continúa hablando de la necesidad de llevar a cabo una guerra corta. Estamos seguros de que el enemigo emplazará a lo mejor de sus tropas en una sola batalla que ganaremos a cañonazos y después el país quedará a nuestra disposición. Un único combate bastará para desmoralizar a toda una nación. Les preocupa la guerra de guerrillas pero la desestiman. Es muy sofisticado para los mexicanos.

¿No les fue suficiente ver cómo Fremont se hizo de California con sesenta hombres? ¿No basta con ver las noticias frescas de Nuevo México, que revelan cómo el gobernador Armijo entregó la plaza sin disparar un solo tiro, contando con tres mil hombres para defenderse, sólo porque nuestro James Maggoffin le llenó los bolsillos

con dólares, una media carreta con oro y muchas botellas de champán? [106] Un soborno oportuno entregado a este gobernador mexicano hizo el milagro de la rendición total. Así no es tan difícil ganar una guerra, ¿verdad? Ni siquiera Archuleta, su segundo de a bordo, hizo una defensa decorosa. Ambos permitieron que izáramos nuestra bandera sin haber desenvainado ni un cuchillo para matar a un conejo. Fue mucho más sencillo de lo que esperábamos: sin mediar trámites legales engorrosos. Kearny sentenció antes de continuar su viaje a California: «Declaro a Nuevo México, que de ahora en adelante se escribirá sin acento, al igual que nuestra Texas ya se escribe sin la jota, como un estado más anexado a Estados Unidos, para lo cual, en

este acto, les entregamos un gobierno civil». [107] ¿Y los tratados de cesión territorial? ¿Y la autorización de los congresos? ¿Ya es nuestro así porque sí?

Sin embargo, las líneas de abasto por el norte, hasta llegar a donde se encuentran las tropas de Taylor, revisten cada vez más dificultades. Taylor fue informado finalmente el 10 de junio que Polk había declarado formalmente la guerra a México y que el Congreso había expedido por mayoría de votos la ley respectiva. Era irrelevante: él ya había tomado Matamoros. El estallido de las hostilidades era ahora una realidad. Se extienden ampliamente todas las licencias para matar. Se prosigue en los planes para atacar Saltillo y Monterrey de acuerdo a los planes conjuntos, eso será de un momento a otro, sí, pero dicha estrategia alargará la guerra y el tiempo correrá a favor de la oposición en el Congreso norteamericano, más aún por el costo económico creciente del conflicto. Cuentan los dólares, el número de morteros, de cañones, de rifles, las balas, las bombas, cómo transportarlas y cómo fabricarlas en un centro de operaciones, en una fundición alejada del espionaje enemigo, pero no se habla de los muertos ni de los heridos ni de los irreversiblemente mutilados. Las cifras se esconden a la prensa. La sangre es desprestigio. Los caídos son argumentos a favor de la cancelación de hostilidades. Son señales evidentes del salvajismo y del precio de la codicia. ¿Seguir matando por tener más territorio? ¿Invadir, atacar y destruir porque envidiamos el patrimonio del vecino llámese indio cherokee o mexicano? Cuidado con los ojos de la prensa. ¿Acaso esconder la realidad no es un engaño a la nación? Calla, chamaco, es la guerra. Ya aprenderás. Eres muy joven para criticar…

Santa Anna, por su parte, se levantaba temprano en la mañana, se llevaba perezosamente una chirimoya de la cocina y se retiraba a sentarse lejos, muy lejos, al lado de una acequia ubicada todavía dentro de los linderos de su propiedad, en donde, recostado contra una ceiba, ordenaba sus pensamientos. Dejaba servidos sobre la mesa del comedor sus huevos a la veracruzana, su rebanada de requesón, su tamal de Oaxaca envuelto en cáscaras de plátano, su vaso de leche bronca, sus cortes de papaya en láminas, sus limones bien agrios partidos en dos, su jugo de naranjas recién exprimidas, sus frijoles refritos, sus tortillas, sus totopos, sus conchas favoritas, las de azúcar, no las de chocolate y su café, bien concentrado, servido con mucho piloncillo en su jarro de barro con sus iniciales.

Seguir: parte 2 de 6