México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 6 de 10 · parte 1/8

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México mutilado

Segundo capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

 

De la indigerible felonía jamás contada

No puede darse a los mexicanos mayor castigo que el de que se gobiernen por sí

mismos.

BATALLER, 1821.

Santa Anna llevaba casi ocho meses en el destierro. Había llegado a La Habana a mediados de 1845, después de haber padecido no sólo el dolor del viaje al infinito y sin retorno de su primera mujer, ¡ay Inesita!, sino también por el derrocamiento de su elevado cargo como presidente de la República, puesto que tan sólo pudo desempeñar, como titular, desde junio de aquel fatídico 1844 hasta diciembre de ese mismo año y, por si fuera poco, los incontables sufrimientos vividos en una cárcel inmunda por un espacio de cinco meses. Felizmente casado, aunque despojado nuevamente del glamour del poder, había abandonado México junto con su séquito de «emperejiladas jarochas, las acompañantes negras, la balumba de los mozos del cordel», las notas del chuchumbé, el requinto, por lo menos tres marimbas, las guitarras, las arpas, los botines blancos de tacón alto, indispensables para el zapateo, los paliacates colorados, el imperativo sombrero de cuatro pedradas, las jaulas con sus gallos favoritos, los barriles de mezcal y de tequila, en fin, «todo aquel aparato con el que desvelaría y sorprendería a los habaneros del siglo XIX».

Su compleja personalidad, ¿le permitiría sufrir en toda su intensidad los períodos adversos de la vida, en este caso el exilio forzoso, o simplemente echaría un tupido velo sobre lo acontecido en contra de sus deseos, sepultando los malos momentos bajo siete capas de tierra o de olvido para nunca más volverlos a recordar? ¿Para qué son los requintos y los bongos? ¿Santa Anna tendría mala memoria o la tenía tan espléndidamente desarrollada como su admirable dominio sobre sus paisanos? ¡Cómo conocía a su gente…! ¡Cuántas veces lo oí decir!: «Yo conozco las fibras de este país castrado. Sé cómo sacudirlo y estimularlo. Domino todas las combinaciones. Tengo en mi poder las claves para despertar, si así lo deseo, sus pasiones, incendiar sus rencores, apaciguar sus resabios y consolarlo en sus fracasos. No hay mexicano que no coma en mi mano…».

Según me acerco a la residencia del exdictador, me percato de la existencia de una gran habitación que da al mar. Todo parece indicar que se trata de una sala de recepción, una biblioteca, tal vez la galería de sus trofeos, reconocimientos nacionales y extranjeros, condecoraciones, uniformes y galardones. Esta parte de la casa se encuentra muy cerca de la playa. Para llegar hasta ella es menester cruzar por encima de un banco de arrecifes. A Su Excelencia le fascina el riesgo. Pocas veces experimenta esa morbosa sensación de miedo infantil como cuando se producen las terribles tormentas del Caribe y las olas furiosas se estrellan con demencial insistencia contra los seis ventanales que hoy, durante un día fresco y sereno, permanecen abiertos permitiendo que las cortinas de lino blanco ondeen con toda libertad, flotando en el ambiente cual banderas de la paz y de la concordia.

Nadie se encuentra en estos momentos en el salón. Entro con gran sigilo por la puerta central de madera de dos hojas, abierta de par en par. El viento insiste en llevarse consigo las cortinas. Las succiona frenéticamente mientras éstas latiguean como si se resistieran a ser absorbidas. No se dejarán vencer por los elementos. Se defenderán aun cuando lleguen a desgarrarse. El piso está confeccionado a base de cuadros de barro rojo cocido y callejones de madera barnizados con resina café oscuro. La ventilación es estupenda. De pronto experimento la curiosa sensación de estar en un museo. Permanezco de pie unos instantes advirtiendo detalle tras detalle de la decoración. En realidad, la historia contemporánea de México está presente, reunida, a modo de síntesis, en esa amplia estancia. La luz, a esa hora de la mañana, parece arrancar los colores vivos e intensos a las piezas ahí exhibidas para recordar las hazañas del héroe.

En el lado izquierdo aparecen flotando en el vacío las telas de las banderas que el Benemérito enarboló a lo largo de las campañas militares. Imposible recordarlas todas pero distingo la realista, la que él mismo portó cuando era soldado fanático e incondicional al servicio de España, durante la misión militar encabezada por Arredondo en 1813 en contra de los tejanos insurrectos, a los que mi general ordenó pasar por las armas como escarmiento para los norteamericanos y otras alimañas que quisieran apoderarse por las malas de Tejas, o de cualquiera otra parte vital del sagrado patrimonio de México. Al lado no podía faltar su uniforme como comandante del cuerpo de Realistas Fieles de Extramuros de Veracruz y pueblo de Boca del Río y ayudante del virrey Apodaca.

En el centro del salón sobresale el histórico lábaro que ostentara el Ejército Trigarante el día de su entrada a la Ciudad de México en septiembre de 1821. Justo abajo de esa magnífica pieza está el uniforme completo como jefe de la Undécima División del Ejército de las Tres Garantías, entregado por el propio Iturbide. Por supuesto que, en aquella época, Santa Anna había cambiado de casaca; ya no era realista, sino insurgente, esta vez enemigo declarado de los españoles, razón por la cual tuvo el derecho de desfilar atrás de Guerrero e Iturbide en la Marcha de la Victoria por la calle de Plateros. El paladín de la libertad guardaba el paño tricolor, representante mudo del efímero imperio de Iturbide con tan sólo nueve meses de duración. ¡Cuánto había adorado al emperador mexicano y cómo había jurado defenderlo con la vida misma, hasta que don Agustín lo despreció y no tuvo más remedio que levantarse en armas en contra de él y precipitar así su estruendoso derrumbamiento!

En orden, desde luego, se encuentra la vistosa tela que representaba el nacimiento de la República federal por la que él tanto había luchado y ofrecido derramar hasta la última gota de su sangre y anexa, como si no tuviera significado, la de la República centralista, la opuesta al Federalismo y por la que él también había prometido obsequiar su vida misma a cambio de su supervivencia política… Guardaba a título de recuerdo estandartes de intensos colores, en especial el utilizado por Barradas en Tampico durante la invasión española en 1829. Ahí mismo, en una vitrina especial estaban dos uniformes, uno el que acreditaba su ascenso como general, máximo grado militar ya concedido por el presidente Guerrero y el otro, no menos querido, estrenado triunfalmente la primera vez en su carácter de general-presidente.

Sin que tuvieran menor importancia advierto las banderas tomadas a los norteamericanos conjurados, ¿cuáles tejanos o mexicanos?, a los mismos yanquis de El Álamo y El Goliad, momentos antes de ser masacrados, fusilados o degollados en su calidad de prisioneros de guerra en 1836, así como un pabellón arrebatado, al estruendo de los cañones, a las tropas francesas durante el bombardeo a Veracruz de 1838. ¡Qué colorido!

Caminando sobre unos tapetes persas, por lo visto muy antiguos, doy con una colección de cristos crucificados, unos tallados en maderas preciosas tropicales, otros en mármol negro y blanco, otro más pequeño en marfil, en jade, en lapislázuli, una verdadera maravilla realizada por insuperables orfebres y que le fueron obsequiados por los máximos jerarcas de la iglesia católica, tanto de México como de Roma misma. Abajo, en vitrinas cerradas con llaves, se encuentran, vaciados en pergaminos semi enrollados, planos militares de las batallas en las que él tomó parte, además de textos de las proclamas y manifiestos a la nación publicados por Santa Anna para divulgar sus levantamientos armados.

En una esquina se distinguen, colgados de la pared, sables de todos tamaños y espadas de gala fraguadas en acero refulgente, con sus respectivas dedicatorias grabadas al fuego y mangos decorados con las más diversas piedras preciosas. A un lado, y sobre una mesa alargada, pueden observarse diferentes estuches forrados con terciopelo rojo o negro conteniendo pistolas inglesas y francesas de duelo, sillas de montar españolas, mexicanas, con los arzones repujados en oro y plata y albardones ingleses, plumas y tinteros de plata, recuerdos de su dilatada carrera política, sillones tapizados con elevados respaldos verdes ostentando el escudo nacional bordado con hilos de oro en el ángulo superior derecho. Llaman la atención los mosquetes alemanes, además de unas pequeñas estatuas de cuerpo completo manufacturadas simbólicamente con hierro forjado obtenido de los cañones fundidos tomados a los soldados norteamericanos, nada de colonos, que defendían El Álamo, en San Antonio de Béjar.

Los curiosos podemos observar sus títulos como Alteza, Benefactor de la Patria, Benemérito de México, entre otros tantos recuerdos adicionales. Imposible que faltaran los retratos de sus gallos pintados con acuarela y al óleo. Réplicas en oro y plata de sus aves de corral más valientes, sobre todo las de El Malviviente, El Mandón, El Tirano y El No-te-dejes… Valdría la pena recordar cuando éste último fue muerto en combate y uno de sus empleados cubanos, un negro más negro que el carbón, no tuvo una ocurrencia mejor que solicitar permiso para hacer un buen caldo con el cadáver, un puchero maravilloso, no lo comerás en toda Cuba, chico, ante lo cual el César Mexicano respondió iracundo que le daría cristiana sepultura en el patio del honor de los gallos caídos en batalla. El caldo lo vamos a hacer con tu abuela, negro de mierda…

En la pared principal destaca un cuadro monumental pintado por un artista mexicano que había estudiado en Italia, con el motivo de la honorable misa impartida, el Te Deum celebrado en la catedral metropolitana antes de volver a darle cristiana sepultura a su pierna perdida en combate. A un lado se aprecia una acuarela de tamaño regular, en la que aparece el futuro Napoleón del Oeste entrando a la catedral el 21 de julio de 1822, tomando del brazo a doña Nicolasa, nada menos que la hermana de 65 años de edad de Iturbide, el mismísimo día de su coronación como emperador de México. ¡Qué coraje le produjo al líder indiscutible de la independencia del país contemplar a su hermana, mucho mayor que él, acompañada de un bribón como Santa Anna! Parece que este oportunista no encuentra otra manera de acercarse a mí… ¡Cómo olvidar que nuestro héroe contaba tan sólo 29 años de edad!

Las medallas y condecoraciones están particularmente bien guardadas gracias a la dedicación de Dolores. Ella las acomodó cuidadosamente para que los listones de todos los colores no se arrugaran y se distinguieran los trabajos de grabado, los esmaltes y los emblemas a la perfección, resistiendo los ataques de la humedad y del tiempo.

Finalmente, entre diplomas, retratos, bustos, estatuas, cuadros de gallos y de batallas, nombramientos, espolones de oro, gallos disecados y de plata, se advierten cartas del presidente Jackson y de otros senadores norteamericanos, enviados al Benemérito después de su largo cautiverio en Estados Unidos a raíz de su aprehensión por las tropas de Houston en 1836.

Como última muestra de su orgullo patrio, descubro diez diferentes prótesis de madera para su pierna izquierda. Cada una de ellas tiene un zapato perfectamente lustrado para cada ocasión. Así, puedo tocar una pata de palo con un elegante calzado para ser usado sólo en saraos, otra cuando se trata de etiqueta rigurosa, como las recepciones diplomáticas; la del bailarín del siquisiri, la del militar de gala, la de campaña, la propia de los palenques, la del ganadero, agricultor, la de montar a caballo con todo y espuela, la del citadino, y hasta una pantufla, la de descanso para estar en la casa.

De pronto, mientras contemplo este curioso conjunto de prótesis de madera — nunca había visto tantas y tan variadas en mi vida—, escucho música cubana proveniente de un jardín contiguo al «Salón de la Gloria», en donde me encuentro ubicado. Son sin duda notas cargadas de un entusiasmo contagioso, arpegios saturados de vida y levedad, acordes optimistas, felices llamados a disfrutar lo mejor de la existencia. Santa Anna se encuentra de pie, tras los bongós, vestido como siempre de blanco, golpeando los tambores al lado de quien, a todas luces, parece ser su maestro, un hombre negro como el carbón, de pelo hirsuto corto, casi totalmente canoso, alto, senil, pero movido por una alegría juvenil con la que parecía ser eterno.

El reducido grupo interpreta canciones cubanas y veracruzanas a modo de un duelo musical. El bailongo forma parte de la naturaleza cubana. Uno de los músicos baila como nadie la galopa, el rigodón y las piezas del cuadro. En uno de sus invitadores desplazamientos el maestro se acerca, contorsionándose, a una hermosa mulata vestida de falda de gran vuelo hasta la rodilla, diseñada con colores amarillos, verdes chillantes, fondo negro y blusa blanca, sin mangas y hombros descubiertos. Escotada, fresca y graciosa, de pelo negro largo, suelto, la joven bailarina es una diosa del trópico. Ella acepta el desafío y empieza a mover los brazos, las caderas, las muñecas y los dedos como si agitara mil maracas. Acto seguido, todo su cuerpo parece haber sido poseído por Satanás mientras interpreta el Diablo Cojuelo y posteriormente la danza de la celdita, de chiquito abajo, yé, yé, la cachumba, el cangrejito y el repiqueteo. Los asistentes rodean a la pareja aplaudiendo y repitiendo los pasos que todos conocen de memoria desde su remota infancia. Tomás Vuelta y Flores, Clemente Peichler, Claudio Brindis y Ulpiano Estrada, los famosos autores de la música y bailables, podrían haber estado confundidos en este improvisado grupo de bailarines nativos. La fiesta cubana, como ésta que celebra Su Excelencia, se presenta en cada esquina sorprendiendo a los turistas.

En esa ocasión, el Ángel Tutelar de la República Mexicana está particularmente risueño. No se le distinguen canas ni arrugas. Continúa esbelto como siempre. Su alegría y juventud son contagiosas. Mueve las manos rítmica y rápidamente sin perder de vista las de su instructor, don Son, quien, al volver a colocarse tras los bongós, ostenta las falangetas vendadas mientras golpea los tambores sin poder controlar en ningún instante el movimiento de sus pies, cabeza y cuello. ¿Por qué razón podía estar tan feliz el exjefe del Estado Mexicano si se encontraba en el insufrible anonimato, en el destierro, lejos de los suyos, de su medio, de sus fincas, de los palenques, del ejército, de la política y de las mulatas? ¿Lejos de las mulatas? Eso sí, ¡jamás!: al llegar a La Habana se había ocupado personalmente de la contratación de un nutrido grupo de mujeres, lo más parecidas a las veracruzanas, jóvenes, muy jóvenes, igualmente de tierra caliente, «para que se ocuparan de las faenas domésticas…».

De pronto el exgeneral-presidente se desprende del grupo musical y, tomando del brazo a un desconocido elegantemente vestido, se acerca cojeando, muy despacio, hablándole al oído, en dirección al salón anexo en donde yo me encontraba. Ríen y celebran. Después de cruzar por un breve pasillo, llegan a una amplia terraza cubierta, donde ambos toman asiento en unos equipales de cuero de cerdo orientados en dirección a un gran jardín espléndidamente cuidado, rematado al fondo, por una fuente espectacular. ¡Cuál no sería mi sorpresa al identificar al invitado con el cual Santa Anna intercambiaba, según parecía, importantes puntos de vista…! Se trataba de Alejandro Atocha, su amigo español-mexicano-norteamericano y colaborador de los años de 1841 a 1845. Atocha, sí, sí, Atocha, el mismo que lo acompañaba cuando Manuel Domínguez, el asaltante de caminos, lo había hecho preso cerca de Xico y estaba dispuesto a cocinar a Su Excelencia como un tamal de Oaxaca envuelto en hojas de plátano macho.

Don Alejandro le narra a Santa Anna los detalles de su entrevista con Polk en el verano del año pasado. Efectivamente, ambos se habían reunido en junio de 1845 en la Casa Blanca sin que el presidente de Estados Unidos le concediera mayores esperanzas para cobrar una indemnización personal a cargo del gobierno mexicano y, respecto a la cual, él ostentaba la existencia de diversos derechos. Tal y como lo había prometido, Atocha visitaría Cuba de nueva cuenta a principios de ese mismo enero de 1846, por lo que se le pudiera ofrecer al Supremo Protector de la Nación…

Un mozo, vestido con guayabera y pantalón blanco, descalzo, se acercó con un par de mojitos servidos en vasos de los que sobresalían unas hojas de hierbabuena. El expresidente hizo una breve señal con la mano, una clave, la necesaria para que el muchacho se ocultara y no se le ocurriera regresar. La plática que ambos hombres sostendrían debería escapar a cualquier registro, memoria, anal o diario y, sobre todo, tendría forzosamente que llevarse a cabo en el más escrupuloso secreto. Encontrar una versión de la charla, una transcripción «tendenciosa e irresponsable», podría comprometer históricamente a Su Alteza Serenísima, al Benemérito de la Patria en Grado Heroico.

La brisa del mar no podía ser más tibia y perfumada. Las flores integraban un mosaico de colores, un remanso de paz en medio de la selva tropical. El monótono murmullo del mar, aunque lejano, producía placidez entre los interlocutores como si el propio escenario natural insinuara la improcedencia de temas trascendentes en semejante atmósfera. El cielo azul, el rumor de la selva, la temperatura, los aromas, los sonidos silvestres, los aromas marinos y selváticos, la paz y la quietud invitaban a una somnolienta indolencia. El vuelo elevado, lento y remoto de una parvada de zopilotes parecía ser un claro reflejo de los ritmos en los que se movían los habitantes de la isla caribeña. Sólo que en ese enero de 1846, si para algo no había espacio ni oportunidad posible, era para el ocio, la indiferencia ni la deliciosa apatía remojada con bebidas tropicales. El viento traía un viejo y lejano olor a pólvora y a sangre antigua.

—¿Cómo percibió usted a Polk después de casi seis meses en la Casa Blanca? — preguntó Santa Anna dando un breve trago de su mojito.

—Mire usted, mi general —repuso Atocha mordiendo el tiro de su puro y escupiendo el pedazo de tabaco a un lado—. A mí en lo particular me sorprendieron sus ojos como de acero, escondidos en unas cuencas grises que impiden la proyección de la menor expresión. Es un hombre de estatura media, delgado, obviamente de tez clara, muy clara, frente amplia, casi permanente pálido, con el rostro un poco chupado, de poco hablar y mucho escuchar salvo cuando el tema de conversación es México, más concretamente la frontera norte de México, En esos casos surge su verdadera personalidad…

—¿Es un individuo callado? —preguntó el dictador.

—En ocasiones parece un funcionario distraído cuando se abordan temas irrelevantes, sólo que, si por ejemplo, lo nombro a usted de manera tangencial, es decir, con el hecho de pronunciar el nombre de Santa Anna, entonces se endereza, se alisa la cabellera, le vuelve a brillar la mirada y pone atención como si se hablara de algo en lo que le fuera la vida misma.

—¿Le informó usted que me conocía?

—¿Cree que yo perdería semejante oportunidad?

—¿Qué quiso saber de mí?

—Sus planes en relación a México: en concreto, si intentaría volver o no a ocupar el poder después de este doloroso exilio.

—Eso depende de él —interceptó Santa Anna al español para entrar al corazón del tema.

—¿De él, señor…?

—Sí, don Alejandro, escúcheme bien —adelantó Santa Anna la cabeza de modo que no lo pudiera oír nadie más. Apoyó entonces los codos encima de las rodillas y rodeó su boca con las palmas abiertas de sus manos. Una vez comprobado que no los escuchaba nadie y cumplido su deseo de que Atocha acercara la cabeza, continuó—: durante todo este tiempo en La Habana, ya pronto cumpliré nueve meses, he tenido la oportunidad de reflexionar respecto a diferentes alternativas de solución para los problemas que tanto afligen a mi país.

Atocha prefirió guardar silencio mientras encendía su puro con una pequeña vela, colocada sobre una mesa de tijera al lado de un cenicero de barro rojo. El rumor del viento hacía parpadear la llama.

—Mire usted —agregó Santa Anna sin moverse—: Estados Unidos ha ambicionado nuestros territorios norteños desde principios de este siglo. Cuando fui recibido en Washington por el presidente Jackson, allá por 1836, me di cuenta cómo la avaricia de nuestros vecinos los impulsaba a apropiarse de Tejas echando mano de cuantas argucias, zancadillas y embustes se les ocurrieran. Ya en aquella época se empezaba a hablar de California y Nuevo México. Digamos que coqueteaban con la idea de una anexión similar a la tejana…

Atocha, inclinado para adelante con tal de no perder detalle de la conversación, inhalaba largamente el humo de su puro deteniéndolo entre el dedo índice y cordial de la mano izquierda.

—Polk quiere pasar a la historia como el presidente yanqui que duplicó la superficie territorial de su país. A nadie debe escapar esta posición para entender a cabalidad el problema, ¿verdad? —Santa Anna acomodaba sus ideas como quien construye un castillo diminuto y busca cada una de las piezas desperdigadas sobre un mantel—. Sólo que Tyler y Polk sabían que Inglaterra o Francia o ambas juntas le podían hacer, a su juicio, una mala pasada para convertir Tejas y California en colonias europeas y de ahí que aquellos apresuraran la marcha de los acontecimientos y aseguraran, por lo menos, la anexión, ya lograda, de Tejas. Ahora les queda California y Nuevo México para discutir con los ingleses, sólo que con ellos mismos, con sus propios primos, tendrán que arreglar igualmente sus diferencias en torno al destino de Oregón. No les será fácil arribar a un acuerdo.

—¿Y México? —cuestionó Atocha ocultando su curiosidad y sin perder de vista la posibilidad de realizar un jugoso negocio.

—California y Nuevo México, querido amigo, también podrían llegar a ser propiedad de Estados Unidos, sólo que Polk está moviendo muy mal sus fichas…

—¿Cómo es eso…?

—Yo nunca entendí —respondió el «Libertador de los Mexicanos»— las razones por las que Polk levantó transitoriamente el bloqueo del Puerto de Veracruz en el otoño pasado ni comprendí por qué Taylor permanece en Corpus Christi en lugar de avanzar hasta el Río Bravo. Los mexicanos, escúcheme bien y créame que los conozco, jamás firmarán un tratado de cesión territorial de California y Nuevo México si no es por el uso de la fuerza militar que permita imponer la voluntad de los yanquis. De otra suerte no lo lograrán ni con diplomacia ni con precios elevados legales o ilegales. Como sea, simplemente no lo lograrán, Atocha.

Santa Anna continuó como si impartiera una cátedra.

—Herrera no recibió a Slidell y Paredes tampoco lo hará y todo ello por una razón: el presidente mexicano, de hecho o de derecho, que reciba a Slidell se echará encima de sí tal carga de sospechas de soborno que le impedirán seguir gobernando un sólo día más. Basta que el embajador plenipotenciario ponga un pie en Palacio Nacional para que el jefe de la Nación en turno sea depuesto inmediatamente del cargo acusado de corrupto y vendepatrias. Apréndaselo de memoria: un mexicano desconfiará hasta la muerte de lo que haga otro mexicano. Esas divisiones, esos vacíos son los que deben aprovechar los norteamericanos —tal y como él lo había hecho con insuperable habilidad, iba a agregar, pero prefirió omitir esta última parte de su alocución.

—Bien —acotó Atocha permaneciendo erguido con el oído cerca, muy cerca de la boca de Santa Anna, sin dejar de sorprenderse por la información tan detallada de que disponía el expresidente en torno a los movimientos militares yanquis, algo así como si continuara viviendo en la Ciudad de México y estuviera rodeado de informantes—. Si Polk se equivocó enviando a Slidell —adujo con la voz apenas audible— y, además se volvió a equivocar levantando el bloqueo naval en Veracruz y ordenando a Taylor permanecer en Corpus Christi, ¿cuál debería ser la postura correcta a adoptar? Si usted, señor presidente, estuviera ahora mismo enfrente de Polk, ¿que le aconsejaría para que Estados Unidos finalmente se quedara con Nuevo México y California?

El Padre del Anáhuac apuró de un solo trago su mojito. Había que refrescar la garganta. Se acercó tanto a la cabeza de Atocha que pudo oler el refrescante aroma a lavanda que distinguía a su huésped español. ¡Qué pulcro era su interlocutor! ¡Cuántos esfuerzos imprimía en el arreglo de su persona!

—Polk debe bloquear herméticamente Veracruz de modo que no pueda pasar nadie —contestó el Benemérito ya sin tardanza—, de esa manera podrá hacerse de la aduana, de los impuestos al comercio exterior, la única fuente de dinero extranjero de la que depende México para poder pagar su deuda externa y para importar armamento adquirido de otras potencias.

—Señor —iba a interrumpirlo Atocha…

—Veracruz, don Alejandro, es la tráquea de mi país: por ahí respira y gracias a ello vivimos y sobrevivimos. Quien le apriete a México los huesos del cuello nos asfixiará con sorprendente facilidad. Es nuestra parte más frágil y vulnerable — agregó sin hacer caso a la interrupción de su invitado—. Al mismo tiempo que la marina norteamericana se haga de ese punto vital, Polk debe ordenar, sin más, que Taylor baje de Corpus Christi hasta la desembocadura del Río Bravo, de cara a Matamoros, en una clara maniobra de intimidación, una genuina exhibición de fuerza en territorio abiertamente mexicano.

Atocha no podía ocultar su azoro. Ahora le quedaba claro por qué un mexicano debía desconfiar de otro. Sólo que el español iba tras su asunto. No era él a quien le correspondería hacer juicios ni evaluaciones éticas. Su objetivo era el dinero y jamás perdería de vista su papel en semejante juego histórico.

—Eso mismo le informaré a Polk, lo sacaré de sus errores, Su Excelencia — concluyó Atocha recargándose por primera vez en el respaldo del equipal. Ocultaba como podía sus sentimientos.

—¿Estaría usted dispuesto a hacer eso por mí? —preguntó Santa Anna entornando los ojos y sin permitir que se le moviera un solo músculo de la cara.

—Por supuesto, señor presidente, me dejé la puerta abierta con Polk para tratar otros temas. De hecho, él me espera de nueva cuenta en Washington el próximo 13 de febrero después del lunch.

Santa Anna brincó del equipal como si le hubiera picado un alacrán negro, pantanero, de los que tantas muertes ocasionan en su tierra. La mesura y la serenidad habían desaparecido por completo de la conversación. Ahora se mostraba arrebatado, exaltado, tal cual era en la realidad el Benemérito de Tampico. Las ideas y las ambiciones se derramaban en tropel:

—Si usted lo va a ver el mes entrante —agregó con la mirada fija, ya puesto de pie y ajustándose la prótesis—, dígale de mi parte, no sin antes externarle mis respetos y parabienes, que estoy de acuerdo en la suscripción de un nuevo tratado de fronteras en el que México cedería a Estados Unidos las llamadas «Tierras naturales»

por treinta millones.[43]

Ya no importaban ni la discreción ni los cuidados ni el recato previos. Santa Anna se había convertido en una pira humana.

—Repítale, hasta que Polk también se lo aprenda de memoria, que México requiere de una amenaza militar, recurrir a la guerra misma si fuera necesario, a la violencia, al uso de los cañones para ablandar al Senado, a la prensa y a la sociedad y, en general, a mis compatriotas, respecto a las ventajas de la cesión. No entenderán de otra manera. Necesitamos las bayonetas yanquis muy bien afiladas, tocando el cuello de México o hundiéndolo en sus carnes, para hacerlos entrar en razón, ¿está claro?

¿Treinta millones?, pensó para sí Atocha, sintiendo una excesiva salivación en la boca. No dejaba de sorprenderlo la facilidad con la que Santa Anna había hecho sus planteamientos claros y concisos. En los negocios y en el amor se exigía la selección de un lenguaje muy decantado para coronarse con el éxito. Para invitar a una mujer a ir a la cama se requería de una estrategia de abordaje sumamente cuidadosa y prudente con tal de no herir susceptibilidades. Santa Anna, en su ansiedad y desesperación, había escogido los mejores atajos para llegar lo más rápido posible a la meta, a las conclusiones. ¿Para qué los circunloquios? ¡Treinta millones a cambio de California y Nuevo México! ¿Para qué los rodeos? Ya está. Punto y aparte. Ahora veamos cómo…

—Lo haré, Su Excelencia —iba a agregar Atocha para precisar el porcentaje que le correspondería en su carácter de gestor, cuando Santa Anna continuó con sus ofrecimientos.

—Yo sé cómo deshuesar a un mexicano, a los partidos políticos, a la sociedad, a las logias, a los periodistas y al Congreso para facilitar el desmantelamiento de la menor resistencia u oposición a la venta o a la cesión de California y Nuevo México, sólo que dichas claves no se las daré a usted el día de hoy —exclamó de espaldas el Protector de la Nación, contemplando cómo se mecían unas palmeras en la playa y llenando los pulmones con la suave brisa caribeña—; lo único que necesitaré para firmar los tratados respectivos es que, de operar nuevamente el bloqueo a Veracruz en los términos acordados, se me permita pasar únicamente a mí hasta pisar otra vez suelo mexicano y de ahí poder conquistar nuevamente la presidencia de la República.

Polk debe facilitarme el tránsito, de lo demás me ocuparé yo mismo…[44]

—¿Por qué concepto deberán ser pagados los treinta millones, señor?

—Informe a Polk que el tesoro mexicano está quebrado y que requeriremos de armas y hombres para armar la guerra.

—¿Guerra?

—Sí, guerra señor Atocha, ¿o cree usted que saldré vivo si yo mismo le firmo un tratado de cesión de territorios a Estados Unidos, así porque sí…? Milagrosamente salvé el pellejo después de suscribir los Tratados de Velasco cuando les entregué Tejas a los yanquis, no a los tejanos… No me jugaré otra vez el pellejo. Ya sé lo que me puede pasar de reincidir en el error: si Polk quiere California y Nuevo México, tendremos que confeccionar una guerra para que en los tratados de paz y, a modo de derecho de conquista, Estados Unidos retenga las extensiones que desea. México recibirá una indemnización valuada en dinero de la que nos serviremos todos, también usted, amigo Atocha, también usted… Así y sólo así, demostrando a mi pueblo que se trata de una verdadera necesidad, probando que no teníamos otra alternativa y que estaban canceladas todas las opciones —concluyó sin voltear a ver al español—, mi país podrá aceptar un nuevo tratado de límites distinto al firmado en 1819.

He ahí la gran diferencia entre un hombre capaz de enfrentar los retos más temerarios y otro que se disminuye de tamaño ante la menor adversidad, se dijo Atocha. Ambos guardaron un breve silencio, tiempo que aprovechó Santa Arma para imaginar cómo dispondría de los treinta millones de dólares depositados en la tesorería mexicana, si es que llegaban a entrar a las arcas durante su nueva gestión como presidente de la República.

Lo primero consistirá en lograr que efectivamente ingresen, se dijo pensativo mientras cruzaba los brazos y buscaba a Juancillo, el mozo, para ordenarle más mojitos y un habano con un chasquido de dedos. Tiempo habrá después para saquear el tesoro público mediante fórmulas eficientes diseñadas con el objetivo específico de retirar gradualmente los recursos con la mano y sin exhibir el rostro.

—¿Cree usted que Polk pueda declarar la guerra porque México ha incumplido con los pagos por indemnización a los ciudadanos norteamericanos?

—Recurrir a ese pretexto exhibirá a Estados Unidos como un país de asaltantes, más aún si para cobrar lo adeudado se quedan con California y Nuevo México, cuyo valor es infinitamente superior al conjunto de las reclamaciones. Quedarían como rateros ante el mundo y ante su propio pueblo.

Antes de que Santa Anna pudiera explicarse más, Atocha ya había disparado a quemarropa:

—Si Slidell no es recibido por Paredes, ¿será suficiente para detonar el inicio de hostilidades? —inquirió para agotar, según él, las posibilidades reales de guerra.

—No amigo Atocha, no, ¿cuándo se ha visto que por no recibir a un embajador que ni siquiera se ha acreditado ni ha presentado sus cartas credenciales como ministro de un país, sea suficiente razón para invadir a otra nación? ¿No quedaría Polk ante su propio Congreso, ante el electorado norteamericano y ante la comunidad internacional como un vulgar atracador de llegar a proponer una declaración de guerra sobre bases tan endebles?

El «Visible Instrumento de Dios» dio unos pasos cojeando ante su interlocutor. Le extendió la mano. Atocha entendió que la reunión histórica había llegado a su fin. Al ponerse de pie, Santa Anna lo acompañó fraternalmente hasta la puerta, Tenía su brazo izquierdo sobre los hombros del español.

—¿Cuando tendré noticias suyas? —preguntó el exdictador, ávido de tener respuestas de Polk a sus solicitudes. Bien sabía él que se abriría un interminable compás de espera en lo que obtenía una contestación de la Casa Blanca.

—Mi reunión con Polk, como ya se lo mencioné, es el día 13 del mes entrante — repuso Atocha mientras se cambiaba el puro a la mano izquierda con la que ya detenía su sombrero, para poder estrechar la diestra de Santa Anna—. Ese mismo día yo le enviaré la síntesis y más tarde le escribiré los pormenores de la entrevista, Su Excelencia.

—Créame que esperaré con interés la correspondencia con su nombre como remitente, don Alejandro —arguyó para ejercer más presión. A modo de recordatorio todavía concluyó:

—Cuando vea al presidente, dígale que «tome medidas enérgicas para que pueda

lograr el tratado y que yo lo apoyaré.»[45] Los mexicanos somos hijos de la mala vida, es más, amigo Atocha, somos como las putas, sólo funcionamos bien cuando tenemos al cliente encima —agregó en un desplante de simpatía para coronar la entrevista con un detalle de humor…

Cuando el Gran Almirante y Mariscal de los Ejércitos se aprestaba a retirarse del enorme portón de maderas preciosas talladas y contemplaba a la distancia cómo se alejaba el carruaje de Alejandro Atocha con acuerdos secretos que alterarían la historia de México, un chamaco negro, dueño de una dentadura nívea, descalzo y risueño porque sí, como todos, puso en manos de Santa Anna un sobre cerrado. Se trataba del correo que llegaba cíclicamente de México. El Benefactor de la Patria conocía en un notable nivel de detalle la marcha de los acontecimientos en México. Era oportunamente informado de los movimientos, las tendencias y orientaciones, así como los nombres e intenciones de cada uno de los protagonistas de la vida política del país.

A sus manos llegó, en aquella ocasión, un recorte periodístico escrito por un tal Martinillo, un columnista «agrio y amargado» que durante sus diversas responsabilidades públicas lo había atacado sin tregua ni pausa como si conociera su vida íntima. ¡Cómo lo había agredido con su pluma flamígera sobre todo cuando Santa Anna traicionó la Constitución federal de 1824 y aprobó una República Centralista en 1835, un suicidio político, pretexto que aprovecharon los tejanos para escindirse de México! Martinillo parecía un fantasma que habitaba los cuartos contiguos y hasta se apoderaba de sus reflexiones cuando se afeitaba en las mañanas en Palacio Nacional o en El Encero. La persecución era implacable:

Santa Anna sonreía. Lo sabía todo.

Los mexicanos deberíamos comprometernos a acabar con Santa Anna tan

pronto pise territorio nacional, si es que vuelve a intentarlo. El Congreso

debería emitir un decreto similar al promulgado en el caso de Iturbide para

que quien dé con el paradero del maldito cojo, el traidor Quince Uñas, tenga

la autorización legal para fusilarlo de inmediato sin mediar juicio alguno.

Cualquier mexicano debe poder privarlo de la vida en cualquier tiempo y

lugar. En caso de no lograr integrar un pelotón, sería válido colgarlo del árbol

más próximo y a falta de mecate o de árbol, el feliz verdugo que diera con él,

tendría el derecho de estrangularlo con sus propias manos y de no tener

manos, acabar con el bandido, hijo de la gran puta, a patadas…

 

Todavía de pie, Santa Anna concluyó la lectura de aquella columna. ¡Cabrones malagradecidos! Soy el Padre de la Patria, su líder natural: no me merecen… A este miserable de Martinillo un día lo van a encontrar clavado por una bayoneta contra la puerta de su periódico con todo y su sonrisita de pendejo…

Verdaderamente furioso, hizo trizas el recorte para evitar que alguien más lo pudiera leer. Mientras rompía el papel y murmuraba un sinnúmero de improperios, creía acabar con sus adversarios. Los cacheteaba. Calumnias, las calumnias de estos libertinos, repetía una vez más en tanto se guardaba una parte de los pedazos en las bolsas del pantalón y los otros los tiraba displicentemente al suelo antes de regresar a la terraza. Nadie podría volver a reunir el rompecabezas.

—¡Dolores! —grita sin saber si su voz altisonante responde al malestar inyectado por la nota periodística, o porque realmente desea hacerse acompañar por su mujer a los corrales donde se preparan los gallos para la pelea de la noche. Han improvisado un palenque. Veremos si en su desesperación por haberse quedado sin dinero para apostar se atreve a tirar otra vez a la arena, donde combaten los animales, la condecoración de la Cruz de Honor de Isabel la Católica… ¿Cuánto me dan por ella?

—¡Dolores…! ¡Carajo!

Mientras tanto, en la Ciudad de México, en aquel frío invierno de principios de 1846, Mariano Paredes Arrillaga aparece como el nuevo jefe de facto del Estado Mexicano. Llega al poder el 4 enero del mismo año. Su ascenso implica la culminación de la década centralista. El nuevo presidente desea imponer el máximo respeto a la religión, aprovechar la innata docilidad de la gente, garantizar la moralidad en el Estado, impulsar el patriotismo y el conocimiento, insistir en la sumisión, la obediencia y el respeto a la autoridad. Sólo quienes hubieran pagado cantidades importantes de impuestos podrían ser electos como legisladores o simplemente sufragar en los próximos comicios. Los evasores fiscales carecen de derechos electorales: ni pueden votar ni ser votados. Se debe cumplir con todas las obligaciones ciudadanas para poder concurrir de una forma o de la otra a las urnas. En el Congreso sólo caben los adinerados, los ilustrados, los demás, las escorias humanas, los analfabetos y los ignorantes, quienes ni siquiera saben tachar la boleta con el nombre de la persona a quien desean elegir, ésos, además, tan fácilmente manipulables, deben ser limitados como los invidentes-sordo-mudos, de cualquier contienda política. ¿No sabes leer ni escribir ni tienes trabajo? ¡No puedes votar!

Sólo los sacerdotes, los militares, los hacendados, los latifundistas, los empresarios prósperos y los sectores proclericales y los monarquistas, ellos y sólo ellos, únicamente ellos podrían ser votados para ocupar un asiento en el Congreso. Ellos harán los milagros. Las empleadas domésticas, los campesinos, los vagabundos entre otros ciudadanos más, podrían tener voz popular, pero en ningún caso tendrían peso en las urnas.

¿Cómo va a elegir a sus gobernantes un sujeto que no sabe ni leer ni escribir, se dedica a consumir pulque y tequila, y es, en el fondo, un parásito social? Sólo podría votar, repetía hasta el cansancio, quien estuviera al corriente en el pago de sus contribuciones. Nada más. No armemos con el voto las manos de los muertos de hambre que viven en las tinieblas… Como bien decía mi bienamado Lucas Alamán: «Las grandes masas no deben votar porque ni siquiera saben ni entienden por quién

lo hacen.» [46] Esa es sabiduría política: impedir que participe en las elecciones quien ignora lo que está haciendo. ¿Por qué permitir que un loco o un menor de edad o un zángano o un tonto o un mendigo, o, simplemente un «don nadie», encienda la mecha de una bomba y juegue con ella? Cuídate de un pueblo idiota porque lo puede engatusar cualquier político astuto y bribón… Lucas, ¡ay!, Lucas, bien por acabar con el Federalismo, bien por reformar el sistema electoral, bien por controlar a la prensa, a los Congresos locales y fortalecer el pilar de una sociedad civilizada: la iglesia católica.

Paredes recibe casi todos los días a Lucas Alamán y al ministro español Bermúdez de Castro. Los tres acuerdan la conveniencia de que el Congreso pueda escoger la forma más conveniente de gobierno para México… la monárquica, por supuesto. Sólo podrán votar la Constitución quienes posean recursos económicos demostrables, los que piensen, los que tienen algo qué perder, los que crean fuentes de riqueza. Los léperos, por definición, serán excluidos. Alamán habla de seleccionar únicamente candidatos a legisladores obsecuentes con la causa monárquica para garantizarse el éxito y preparar a la opinión pública nacional a través de la prensa publicando columnas financiadas con los recursos españoles depositados en Cuba. El periódico El Tiempo asienta en sus páginas, en un artículo intitulado «Nuestra profesión de la fe», que, en su opinión, la mejor forma de gobierno para México era la monarquía constitucional hereditaria, misma que descansaría en dos pilares fundamentales: uno, la iglesia y dos, el ejército. «Ya pasamos de la República representativa a la dictadura militar y al gobierno centralizado con resultados funestos. Que no quepa duda, la mejor alternativa para México descansa en un gobierno encabezado por un príncipe europeo. Sólo de esta manera recuperaremos la prosperidad de los días de la colonia y podremos oponernos a las agresiones propias del expansionismo norteamericano».

El London Times conviene en que la reconquista de México sería fácil y que el arribo de un príncipe español contaría con gran popularidad en México. Martinillo, por su parte, se opone a un gobierno integrado por el ejército y la iglesia, los dos peores enemigos de la estabilidad y el progreso de México. Por ellos y sólo por ellos estamos postrados en el fondo cenagoso de un pozo del que difícilmente podremos salir. Sólo a unos retrógradas como Paredes Arrillaga y Lucas Alamán se les puede ocurrir una conspiración monárquica… ¿Es hora de invitar a un rey español a gobernarnos o de defendernos de una invasión yanqui? ¿En qué debemos poner toda nuestra atención? Los políticos mexicanos, asienta valientemente Martinillo, duélale a quien le duela, piensan con la cara interna del ano: ustedes perdonarán… «Cuando el tal don Enrique, el supuesto rey de México, ponga un pie en Veracruz, yo mismo le sacaré los ojos con mis pulgares, lo colgaré vivo del principal asta bandera del puerto y después arrojaré sus restos entre las aguas que rodean la Isla de Sacrificios para que los tiburones den última cuenta de este cretino ibérico».

La confusión cunde en los medios políticos. Los moderados, quienes habían apoyado a Herrera en busca de argumentos para conciliar diferencias con Estados Unidos, pudieron comprobar cómo se desvanecían las posibilidades de un arreglo civilizado. ¿Qué tiene que ver España en todo esto, más aún si la reina Isabella II, ¡ah!, qué nombre tan hermoso para una soberana, la gobernante nominal de aquel reino, tan sólo contaba con quince años de edad, quince años, y, además, su país no acababa de recuperarse de las guerras carlistas y el gobierno se encontraba exhausto y debilitado? ¿España? ¿Don Enrique, de 22 años de edad, cuñado de la reina, el candidato a convertirse en rey de los mexicanos? ¿Quién era don Enrique para controlar a un país habitado por mexicanos extraviados en un caos laberíntico y amenazados, nada menos, que por Estados Unidos deseoso de engullirse medio país

con tan sólo una mordida? [47] Paredes Arrillaga tenía la respuesta puntual que nunca ha dejado de ser escuchada: «Necesitamos la presencia de un hombre enérgico que

nos ponga en orden…» [48] Los puros, por su parte, podían coincidir con Paredes pero jamás con la idea de instaurar una monarquía española, ¿Soluciones? Que venga Santa Anna, aun cuando despreciable, no coincidiría con el arribo de un príncipe rubio, idiota o no. ¡Una comisión para ir a Cuba! ¡Por favor: encuentren lo que quede de la pata del «Quince Uñas», debemos reparar su honor. Reconstruyamos el cenotafio…!

Paredes confía en que mientras la Gran Bretaña y Estados Unidos no diriman sus diferencias en torno a Oregón, no podrá haber guerra en contra de México. Polk, se dice en silencio, no abrirá dos frentes. No puede ser tan torpe. Él no cometerá el mismo error que Napoleón.

Las negociaciones entre radicales y santanistas se hacen públicas. El César Mexicano hace saber, desde Cuba, a través de dos pronunciamientos, que trabaría una alianza con los liberales, defenderá esta vez la República, la federal, porque sus principios democráticos son los dominantes. Regresará si Paredes es derrocado, garantizará el derecho de la gente a decidir la forma de gobierno más conveniente y, habiendo alcanzado sus propósitos en materia de bienestar político y social, se retirará a su rancho, a la vida privada, una vez rescatada la patria de nueva cuenta… «Estad seguros de que conmigo no seréis devorados por el fuego de la anarquía ni oprimidos por el cetro del despotismo».

Mientras tanto llega a Washington un despacho de México firmado por John Slidell, el embajador plenipotenciario: no será recibido por gobierno mexicano alguno. Se confirman los supuestos. Poinsett tenía razón: los mexicanos mezclan la tierra con el honor. Confunden los negocios con las emociones. Gobiernan los sentimientos antes que las razones. Fracasan los intentos de comprar civilizadamente Nuevo México y California. El dinero estaba listo. Las autorizaciones en el Congreso norteamericano medianamente acordadas. Slidell tenía amartillada una propuesta económica a negociar pero no podrá plantearla a ningún funcionario de alto nivel. Se jugarían el puesto y hasta el cuello. Permanecerá en Jalapa sin poder externar oficialmente la oferta del jefe de la Casa Blanca. Se la traga. Toda su vida escuchará el portazo en plena cara. Se sorprende al descubrir que los pobres mexicanos también tienen dignidad. ¿Será posible? ¿Acaso no deben arrebatarnos cualquier objeto que se les ofrezca? ¿Esa no es la caridad cristiana, la limosna, tan pregonada y la adopción de la humildad? ¿Cómo rechazan el dinero, aquello que más añoran y necesitan a gritos para subsistir? ¿Quién entiende a estos subhumanos?

James Polk, al mismo tiempo que envidia a Jefferson y a Adams por haber podido comprar la Luisiana a Francia y una parte de la Florida a España, respectivamente, enfurece al constatar el rechazo abierto a su iniciativa diplomática. Necios, suicidas, irresponsables, obnubilados. Ahora sólo queda un camino. Se acabaron las alternativas y las opciones. Las palabras se han desgastado. Los argumentos carecen de peso al igual que las amenazas de eficacia. Si los mexicanos no entienden con dólares los haré entrar en razones con balas… ¿No que eran corruptos? ¿No que se venderían por un puñado de billetes? ¿Cómo comprender a estos infames, menores de edad, ignorantes de su mejor conveniencia?

Cuando Slidell fracasa y Polk es abofeteado con guante blanco relleno de acero, el presidente decide convocar de urgencia a su gabinete: Taylor debe bajar de las márgenes del Río Nueces hasta llegar a la desembocadura del Río Bravo, en territorio abiertamente mexicano, enfrente de Matamoros, para acercar más agresivamente la trampa e intensificar la provocación.

El jefe de la Casa Blanca argüirá en su defensa o fundamentará sus acciones en el hecho de que Tejas ya era un estado de la Unión y sus fronteras colindaban originalmente con dicho Río Bravo.

Crece la oposición doméstica al desplazamiento de Taylor. El National Intelligencer lo acusa: «Polk quedará en una posición totalmente indefendible si envía tropas americanas más allá del Río Nueces. Moverse hacia el Río Bravo sería una guerra ofensiva y no necesariamente vinculada con la defensa de Tejas». El Río Bravo jamás fue la frontera de Tejas. ¡Revisen las leyes mexicanas. Ahí constan las fronteras históricas entre Tejas y Tamaulipas!

Otros diarios, igualmente influyentes como el National Observer, publican una columna con la línea editorial propia de un periódico de corte liberal:

Tejas tiene que ser anexada con los mismos linderos y medidas. El tamaño

exacto de la extensión territorial que disfrutaba cuando formaba parte de

México. Ni un acre más. La frontera entre Tejas y Tamaulipas, en términos de

las leyes y de la geografía política de México, la constituía, al sur, el Río

Nueces, en ningún caso el Bravo, por lo que si el ejército norteamericano

remonta el Río Nueces, Estados Unidos estaría violando la soberanía de

México y, por ende, nos convertiremos no en defensores de nuestro legítimo

patrimonio, sino en los filibusteros, piratas, invasores, enemigos de la

legalidad, a quienes siempre hemos criticado con toda la fuerza de nuestra

verdad y de nuestra razón.

 

Señor presidente, ¿invadir militarmente a nuestro vecino es lo que usted llama guerra defensiva? Es evidente que usted busca un conflicto armado con México. ¿Verdad que después de cruzar el Rio Nueces y llegar al Bravo, culpará a nuestros vecinos de habernos atacado cuando el ejército norteamericano penetró ilegalmente en su territorio? A quienes colaboramos en el National Observer, nos es evidente quién es el invasor…

El Enquirer publica una carta asombrosa, visionaria y muy reveladora, redactada en 1812, treinta y cuatro años antes, nada menos que por el propio embajador del Imperio Español en Washington y dirigida al virrey de la Nueva España en aquellos años. La vida me permitió leer y copiar la siguiente misiva enmarcada y colgada en la biblioteca de Enrique Rivas, un ilustre mexicano, estudioso de los hechos: «Estados Unidos intenta fijar su frontera sur a partir de una línea al oeste de la desembocadura del Río Bravo, incluyendo Tejas, Nuevo México, Chihuahua, Sonora y las Californias, así como parte de otras provincias. Este proyecto podría ser delirante

para muchas personas racionales, pero créame, ciertamente existe.»[49]

Polk finge no leer ni oír. Se defiende diciendo que los únicos tratados válidos son los suscritos por Santa Anna en 1836 cuando fue derrotado en San Jacinto. Se niega a reconocer que sus planes personales forman parte de un muy viejo proyecto norteamericano.

Falso, le contestan algunos senadores de su propio partido demócrata: todos sabemos que Santa Anna, aun cuando presidente de México, estaba preso y, en dichas condiciones, cualquier abogado de barandilla podría explicarle que los Tratados de Velasco están viciados de nulidad. Es lo mismo que cuando usted firma un acuerdo contra su voluntad por estar amenazado con una pistola apuntando a su cabeza. En esas condiciones firmó Santa Anna, señor presidente y por lo tanto, lo pactado es nulo. Por supuesto que eso no le quita lo cobarde ni lo pusilánime al dictador mexicano. ¿Los Tratados de Velasco los ratificó el Congreso mexicano? No, ¿verdad…?

James Polk insiste. No escucha argumentos ni cuando alegan que las tropas americanas no están para proteger Tejas, sino para garantizar una colisión con México.

¡He dicho que Taylor bajará hasta el Río Bravo!

Una tarde de enero de 1846 recibe a Buchanan, su secretario de Estado, para externarle sus conclusiones finales. Alguien debería conocer las verdaderas intenciones del presidente de Estados Unidos. El subalterno encuentra a Polk contemplando un retrato al óleo de Andrew Jackson, un espléndido claroscuro al estilo de la escuela holandesa, realizado en el último año de gobierno como presidente de Estados Unidos.

—¡Cuánto le debemos los políticos liberales de nuestra generación a este hombre virtuoso! —adujo Polk con una cierta expresión de nostalgia sin voltear a saludar a Buchanan, quien dejó sus papeles sobre el escritorio presidencial y se acercó a admirar la obra de arte.

—No sabe el dolor que me produjo su muerte. El era mi padre político. Jamás olvidaré la deuda contraída con él: sólo le debo la presidencia de Estados Unidos… Él y sólo él, James, me rescató de hecho del anonimato y me comprometió a luchar por Tejas desde la Casa Blanca. Juntos redactamos varios discursos durante mi campaña. Juntos recorrimos algunos estados, aun cuando ya estaba muy enfermo. Juntos hicimos planes y juntos llegamos a la presidencia después de convencer al Partido Demócrata de las ventajas de mi candidatura y al electorado norteamericano de la validez de mis promesas. Podría jurarle que si se resistió a morir hasta mediados del año pasado, es porque deseaba verme convertido en su sucesor y asistir a mi lucha por lo que él no había podido conquistar… Duele, James, duele como la pérdida de un padre —concluyó Polk sin retirar la vista del cuadro y permaneciendo con los brazos recogidos tras la espalda.

—Yo he pasado por lo mismo, señor presidente —repuso Buchanan sobriamente —. He perdido hombres y mujeres, las personas que realmente me forjaron. Nunca tendré tiempo suficiente para agradecerles en mis plegarias lo que hicieron por mí. Lo que yo daría por volverlos a abrazar y repetirles hasta el cansancio: gracias, gracias, gracias, pero ya no están, me faltan y nunca volverán. Lo único que cuenta es honrar su recuerdo, señor. Ese es el único consuelo.

—Así es James: Thomas Jefferson, James Madison, James Monroe y Andrew Jackson, sobre todo éste último, me heredaron una misión, una responsabilidad que, créame, sabré cumplir. No los defraudaré. Mi labor es la expansión de Estados Unidos, la apertura de nuevos territorios y mercados hasta llegar al Pacífico por el lado de Oregón y de California. Logrado lo anterior y sólo logrado lo anterior, moriré en paz.

Buchanan sentía una fascinación al abordar estos temas tan largamente discutidos en la intimidad del presidente. Convertir las palabras y las promesas en hechos palpables, en realidades objetivas, lo animaban a continuar con sus trabajos sin la posibilidad de que la decepción y el desencanto lo desviaran de sus objetivos ni que la aparición de pretextos les congelara el júbilo. Nunca les faltaban pretextos a los políticos, sólo que Polk, estaba muy claro, iba por todas. Su determinación era ejemplar aun a costa de su propia salud.

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