México mutilado

Francisco Martín Moreno · Capítulo 5 de 10 · parte 1/5

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México mutilado

Primer capítulo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

 

La revolución de las tres horas

Mientras tengamos Congreso,

no esperemos progreso…

ANTONIO LÓPEZ DE SANTA ANNA

Yo, sí, yo, yo lo vi todo, estuve presente en cada uno de los acontecimientos. Viví las más diversas experiencias al lado de los auténticos protagonistas de la historia. Los observé llorando desconsoladamente el vacío de la derrota mientras que, sin enjugarse las lágrimas y de rodillas ante la mujer amada, humedecían las abundantes telas de los vestidos de seda y brocados en oro, empapando hasta las crinolinas con sus babas. Sus esposas o amantes en turno permanecían inconmovibles, petrificadas. Nunca las vi tratando de acariciar los cabellos del poderoso líder caído en desgracia ni las sorprendí bajando piadosamente la vista para constatar el tamaño de su desconsuelo. Ni los incontenibles sollozos ni los puños crispados ni los lamentos ni las maldiciones ni las invocaciones a la traición, a la cobardía o a la torpeza, las convencieron de retirar la mirada del artesonado ni las animaron a conceder, al menos, una palabra de aliento ante el fracaso del emperador, del presidente o del general vencidos. Ellas esperaban impacientemente la feliz conclusión de ese patético estallido de llanto con las mandíbulas apretadas y la mirada extraviada, tal vez clavada en uno de los óleos monumentales en que habían quedado eternizados los hechos victoriosos, las rendiciones incondicionales de países y ciudades mediante la entrega simbólica de las llaves de oro: sólo por aquellos instantes de gloria inolvidable, otrora vaciados en las telas, había valido la pena existir.

Yo asistí a batallas, parapetado a un lado de la artillería; tomé parte en el ataque de la caballería o cubrí, junto con los lanceros, la huida por la retaguardia. Estuve sentado, rodeado de militares enfundados en trajes de gala, charreteras y guerreras de oro, botas elevadas de charol y bandas tricolores cruzadas de un lado al otro del pecho insuflado y condecorado mientras explicaban, en críptico secreto, los detalles del combate final. Escuché, de pie, la revelación de los planes diseñados por oficiales de campaña reunidos sobriamente alrededor de una mesa cubierta por mapas extendidos y desgastados, sobre los cuales, el alto mando conjunto trazaba las estrategias a ejecutarse en el campo del honor. En otras ocasiones, en elegantes salones decorados con múltiples banderas, asistí a negociaciones entre distinguidos hombres de monóculo, chistera y levita, quienes, una vez silenciado el fragor de los cañones y sin reparar en los miles de muertos, heridos y mutilados, se repartían el mundo apoyados en el derecho del conquistador de hacerse de enormes y ricas planicies sin ostentar ya mayores armas que unas sonrisas, si acaso, un par de amenazas disfrazadas y unas copas alargadas de burbujeante champán.

Recargado contra la pared o acariciando los picaportes dorados de las puertas de las alcobas palaciegas desde donde se gobierna un país, oí, de viva voz de los actores, las razones de su proceder cuando revelaban a sus mujeres sus iniciativas y sus intrigas, mientras las cubrían con besos o se envolvían junto con ellas en sábanas de satén al tiempo que estallaban en estruendosas carcajadas. ¡Qué placer es posible encontrar en la descripción de las hazañas para alcanzar el éxito, sobre todo si el interlocutor es el ser amado o, al menos, la dama ante la cual se intenta producir un hechizo efímero! ¡Cuánta satisfacción experimenta el líder cuando exhibe su ingenio, su astucia y su talento, como quien desenvaina su espada de acero refulgente y la blande en el vacío en busca de una sonora ovación para no dejar duda alguna de su agradecimiento a la herramienta acreedora de su triunfo!

Con la debida oportunidad conocí los pormenores de las campañas periodísticas encubiertas para manipular a la opinión pública, tergiversar la verdad, engañar, despertar el apetito por la riqueza, justificar, en fin, las acciones antes de ejecutarlas, legitimándolas anticipadamente. Descubrí la contratación de diversos agentes camuflados, cuya misión consistía en filtrar las ventajas de una invasión armada entre la población y las autoridades locales del país a intervenir. Supe de soldados disfrazados de colonos, de pastores al servicio de Dios y de la política expansionista, de columnistas convertidos en espías provocadores, dedicados a la sublevación de los ejércitos. Me encontré de golpe con voraces terratenientes disfrazados de diplomáticos y con tenderos, agiotistas, contratados espuriamente para representar, nada menos, que los asuntos mexicanos. Pude asistir a verdaderos aquelarres instalados en el interior de catedrales e iglesias, en donde se diseñaban los planes para asestar golpes de Estado o financiar levantamientos armados en contra de los gobiernos liberales decididos a expropiar los bienes eclesiásticos.

Yo estuve ahí, a un lado de los inquisidores, sentado entre las bancas de la iglesia de la Profesa, cuando el alto clero, dueño de vidas y haciendas en México, nombró a Agustín de Iturbide para que se encargara de independizar a México de la corona española. De esta manera, la iglesia católica no se vería lastimada ni en sus bienes ni en sus privilegios, según disponían las cortes de Cádiz. ¡Claro que la independencia la hacen los sacerdotes mexicanos para no correr la misma suerte que sus colegas de la península! Todavía más: presencié en las noches, años más tarde, encerrado en las sacristías, a luz de enormes cirios pascuales votivos, cómo los purpurados mexicanos, asociados con los generales norteamericanos, invasores de la patria, acordaban la rendición de nuestros pueblos y ciudades a cambio de que Estados Unidos se comprometiera a dejar intacto el patrimonio del clero católico. Para algo servían los pulpitos y los confesionarios…

Tuve contacto con mujeres esclavas, cuyo odio en contra de todo lo vivo, más aún si se trataba de seres humanos de piel blanca, era capitalizado para el triunfo de la causa, cualquiera que ésta fuera. Una de aquellas negras, precisamente, le obsequió a Santa Anna un perfumado ramito de flores silvestres que escondía a la más venenosa de las serpientes conocidas. No pude comprender la traición de destacados patriotas cuando, de pronto, aparecieron defendiendo los objetivos enemigos, una vez convencidos, tanto de la inutilidad de su lucha en nuestro país, como de la calidad ética de sus coetáneos. Confirmé de nueva cuenta la suerte del débil frente al fuerte; el poder incontestable de la pólvora frente a las flechas; la ineficacia de la palabra contra la voz lacónica de los cañones; la imposición de la ley de la bala por encima de lo dispuesto por los códigos.

Descubrí, perplejo, los planes secretos de los más encumbrados políticos, en especial los norteamericanos, para hacerse de grandes territorios propiedad de su país vecino. Me estremecí ante la dimensión de los embustes vertidos por supuestos cancerberos de la libertad, de la democracia y de la ley, cuando aquéllos convocaron a sus congresos para convencerlos de la inminencia de un conflicto armado del que éramos enteramente inocentes… Como dijo James Polk, presidente de Estados Unidos, al declararle la guerra a México: «después de reiteradas amenazas, México ha traspasado la frontera de los Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio y ha derramado sangre norteamericana en tierra norteamericana». ¡Falso! ¡Nunca se les movió ni un solo músculo de la cara! ¡Asaltantes embusteros! Su justificación no pasó de ser una vulgar patraña.

Yo comprobé personalmente los pretextos a los que recurrió el más poderoso para hacerse con alevosía y ventaja de los espléndidos bienes del incapaz, cuidando de escapar, en cada paso, del ojo escrutador de la historia. Invariablemente me sorprendí cuando las acciones ilícitas se ejecutaron en el nombre sea de la Divina Providencia, quien, supuestamente condujo a los colonos de la mano en dirección de los lugares, terrenos y recintos que, según ellos, les correspondían por disposición de Dios… Desde luego que contaban con una poderosa artillería para demostrar la validez irrefutable de su aserto. ¿Cómo resistirnos —se justificaban— cuando una fuerza sobrenatural recurre a nuestros ejércitos para pelear y entregarnos, gracias a la fuerza de las armas, lo que estaba reservado para ser de nuestra propiedad y lo será hasta más allá de la eternidad? Amén… Nos sometemos a un mandato celestial irrefutable, en nombre del cual matamos, robamos y nos apoderamos de lo ajeno, cumpliendo con una instrucción Superior, retirando los bienes improductivos de manos demostradamente inútiles y torpes para beneficiar a mayorías ilustradas, dignas y progresistas. ¿Vamos a sentirnos, acaso, culpables por haber cumplido puntualmente con los deseos del Todopoderoso? ¡Cuántos crímenes se han cometido en el nombre sea de Dios y de la democracia…!

Estuve en la antesala del presidente de la República mexicana, en el Palacio Nacional, acompañado de liberales y conservadores, puros y radicales. A mi lado, podía distinguir las figuras de militares regiamente ataviados, además de políticos de traje y corbatín oscuros, aristócratas de la corte española, peninsulares y criollos de ilustre prosapia y rancio abolengo. Cerca, a unos pasos, destacaba un grupo de jerarcas de la iglesia católica vestido con elegantes sotanas color púrpura, decoradas con gruesas cadenas y cruces de oro amarillo, cubiertas con piedras preciosas, un marcado contraste con la humilde indumentaria, alzacuellos, pantalón y saco negro, de los curas recién egresados del seminario que los acompañaban, debidamente instruidos para permanecer cualquier tiempo de pie y sin pestañear, flanqueando con todo respeto y en escrupuloso silencio, a sus ilustres señorías.

Pude estudiar detenidamente el comportamiento de los encumbrados visitantes, analizar su conversación, evaluar sus miradas cruzadas, sopesar sus respuestas ante la inquietud del resto de los interlocutores, quienes, sin ocultar su creciente impaciencia después de varias horas de espera, consultaban el reloj, encendían la pipa o el puro, colocaban correctamente la leontina dentro de los bolsillos del chaleco o revisaban el brillo de su calzado, listos ya para ingresar al despacho más importante de la nación, sin imaginar, a diferencia mía, que la primera oficina del país, desde donde se resolvía su destino, se había convertido transitoriamente en alcoba, dentro de la cual el ciudadano general-presidente hacía el amor arrebatadamente a una de las doncellas, una mulata desbordada en carnes todavía firmes, joven, tímida y antojadiza, contratada para la higiene y debido aseo de tan importante recinto. ¡Que esperen! ¡Que se jodan, para eso soy el amo! Me podría mear en las caras de quienes están allá afuera y todavía sonreirán porque son incapaces de desafiar mis poderes. Serán obsecuentes hasta la indignidad con tal de que les permita compartir el botín…

Viví innumerables efemérides en diferentes países. Conocí el origen de los acontecimientos y descubrí la identidad de los autores de decisiones que alteraron el ritmo de la rotación de la tierra. Me fueron reveladas inenarrables fantasías íntimas concebidas por los más conspicuos personajes de nuestra historia. Advertí con toda oportunidad las intenciones de los protagonistas, así como los recursos que utilizarían para maquillar los hechos. Descubrí los verdaderos móviles de los diversos actores. Estuve presente cuando trazaron, en soledad o acompañados por sus hombres más leales, las estrategias ofensivas o defensivas y, sin embargo, nunca me había atrevido a hablar, a contarlo todo tal y como fue, sin proteger a los unos y denostar a los otros, sin condenar una causa y absolver a la otra. Quiero difundir, explicar, describir cada uno de los instantes que viví. Hacer públicos los secretos, delatar a los culpables y ensalzar a los héroes desconocidos si es que los hubiera. Es la hora de divulgar, de gritar con la escasa fuerza que aún me queda, de exhibir, de decir, de hacer correr la voz con mi propia versión de los hechos sin contemplaciones, con la esperanza de que alguien, en el futuro, me desmienta o me corrija, aporte más luz y entonces y sólo entonces nos vayamos acercando a la verdad, una verdad, que por el momento, sólo yo poseo…

Contaré sin medir las consecuencias. Aquí voy. No pido perdón por anticipado. Nadie se lo merece, como tampoco nadie, o tal vez muy pocos, se han hecho acreedores a honores hasta hoy ignorados.

Tú, sí, tú, el que estás ahí, de pie, sobre esa columna de mármol blanco y que fuiste inmortalizado en bronce con la mirada escrutadora clavada en la inmensidad del territorio sureño, prepárate porque pasarás la eternidad en el interior de un bote de basura y tú, el que estás en el cesto, tirado boca abajo, cubierto de mierda, saldrás a la luz y aparecerás en una escultura ecuestre montando un brioso corcel que sostendrá sus patas delanteras en el vacío como un honorable recordatorio a tu muerte durante el combate. Escúchame bien: tus ideales han sido suplantados por intereses políticos mezquinos. ¿Y los principios…? Hoy, como ayer, se siguen subastando al mejor postor.

Iniciaré, pues, mi relato escogiendo, a mi antojo, tanto el lugar como la fecha en que se dieron los acontecimientos. No necesito de muletas ni de recursos documentados aportados por terceros ni de elementos probatorios: baste mi voz y mi memoria, además de mi amor por la verdad y mi deseo de hacer justicia de una buena vez por todas y para siempre.

¿Lugar? La Habana, en los primeros días del mes de enero de 1846. Todavía recuerdo cuando caminaba yo lentamente sobre la arena del mar y recorría la playa con la valenciana recogida para evitar que las olas, invariablemente juguetonas, me empaparan. Arreglaba por última vez mis razonamientos, sosteniendo mis zapatos con la mano izquierda, antes de llegar a la residencia de Antonio López de Santa Anna, en aquella isla caribeña, la más grande de todas las Antillas. Llamarlo «don». Antonio es dignificarlo; dirigirme a él por su nombre, Antonio, es lo menos que se merece antes de recurrir a ningún adjetivo para calificar su conducta y confundir al lector con una ausencia de objetividad. Que sea éste último quien dicte el veredicto final.

¿Quién, con dos dedos de frente y un mínimo gramaje de dignidad y de capacidad previsora, le hubiera permitido a un Santa Anna ocupar nuevamente la presidencia de la República, sobre todo después de haber sido aprehendido por Sam Houston en San Jacinto en aquel remoto 1836, cuando dormía una «siesta» en lugar de defender la integridad territorial de México? Los Tratados de Velasco, aquellos que suscribió estando preso, en términos secretos, a espaldas del gobierno y del pueblo de México, para entregar Tejas a los yanquis con tal de no ver herida su hermosa piel lozana, ¿no constituyeron una felonía sin nombre ni límite, y, sin embargo, volvió a colocarse, no una, sino varias veces más, la banda en el pecho, tal y como lo haría al regresar del presente exilio cubano en agosto de 1846? ¿Cómo es posible aceptar que después de haber sido vergonzosamente derrotado en la guerra contra Estados Unidos de 1846-1848, habiendo perdido sospechosamente todas y cada una de las batallas, todavía se le hubiera suplicado volver en 1853 a la presidencia por décima primera ocasión y sólo para que enajenara La Mesilla a nuestros odiados y admirados vecinos del norte?

¿Qué país es este, anestesiado, adormecido, que permite el saqueo de sus bienes, la venta de su territorio, el robo descarado de su patrimonio y todavía abraza a los defraudadores del tesoro público, los encumbra, los homenajea y los saluda con prístina convicción cívica? ¿Qué pretende el pueblo mexicano cuando obsequia con reverencias a los invasores, llámense norteamericanos del 46 o franceses del 64? ¿A qué se redujo la resistencia civil ante las intervenciones armadas extranjeras? ¿A qué, a qué, a qué…? ¿Cuál fue la respuesta de los capitalinos cuando los yanquis tomaron la capital de la República al final de la guerra en 1847? ¿Acaso Maximiliano no se hubiera eternizado en el Castillo de Chapultepec, apoyado por Napoleón III, si no es porque éste se vio obligado a retirarle el respaldo militar ante la posibilidad real de una guerra contra Prusia, coyuntura que Juárez aprovechó enérgicamente para fusilar al emperador en el Cerro de las Campanas? ¿Qué gesta heroica popular, qué oposición ciudadana, feroz o no, organizada o no, se dio en contra de la invasión francesa, salvo cuando las armas nacionales se cubrieron efímeramente de gloria en la batalla de Puebla el 5 de mayo de 1862? Si el ejército fue vencido, la sociedad mexicana vengará la humillación y matará noche a noche a un soldado francés, no sin antes sacarle los ojos con los pulgares para colgarlo, acto seguido, de los pies del primer farol… ¿Sí…?

No es mi intención adelantar vísperas por más que el coraje me haga romper con el esquema de orden que debe prevalecer en toda narración. ¿Qué hacer cuando la rabia se desborda?

¿Qué hacía en Cuba Santa Anna, el famoso «Quince Uñas», precisamente en aquel caluroso invierno cubano del 46? Yo lo diré: «Sufría» uno de los exilios que viviría con placidez y comodidad a lo largo de su dilatada carrera política.

«Santa Anna podrá sufrir ignominiosas derrotas, huir cobarde y vertiginosamente, esconderse, capitular, suscribir tratados vergonzosos a cambio de la conservación del hermoso pellejo, traicionar a propios y extraños, negociar en secreto con el enemigo, entregar grandes extensiones del territorio mexicano a cambio de su libertad personal, alterar la verdad de los acontecimientos, sí, sí, lo que sea, pero nunca perderá esa fuerza interior, esa seguridad personal, la necesaria para defender, según él, en todo trance, los intereses y la suprema e inmaculada gloria de la patria. Aquél es la quintaesencia del caudillo latinoamericano. Podría mudar de parecer y de causa en innumerables ocasiones sin perder la lealtad de sus compañeros. Invariablemente será querido y, más aún, necesitado y respetado».

Nunca debe perderse de vista que el dictador es un genial experto en la distracción de la atención del público, sobre todo cuando él mismo se encuentra en dificultades y aprietos políticos. En esos momentos la presión le despertará una imaginación portentosa, la necesaria para jugar con las mil llaves del reino y estudiar las incontables posibilidades mágicas para salir airoso ante un nuevo embate de la adversidad, ésta última, una jugadora silenciosa y artera, invariablemente presente en cada lance.

Nuestro aguerrido y pintoresco personaje aprovechó otra coyuntura política en mayo de 1844 para ejercer una vez más la titularidad de la presidencia de México. Él se encontraba con licencia en su hacienda veracruzana, dedicado a revisar de reojo los asuntos políticos y también a escupirles tequila en la cara a sus gallos de pelea para medir su bravura y encenderlos antes del combate. Jamás supuso que esta nueva recuperación del poder presidencial tendría como consecuencia y desenlace, al año siguiente, en 1845, el exilio indefinido en la isla de Cuba, ahí, donde inicié mi narración.

En aquella ocasión, un mensajero mexicano proveniente de Washington se presentó en El Encero, su finca favorita, con la noticia de la anexión de Tejas a Estados Unidos. Más concretamente: John Tyler, el presidente norteamericano, había firmado un tratado de anexión con 12 representantes tejanos. Por supuesto que faltaban, entre otros ingredientes jurídicos, la ratificación del Congreso de Estados Unidos, objetivo difícil de lograr, porque Tejas se incorporaría como un estado esclavista, y con los votos de los representantes tejanos en el Congreso yanqui, se descompondría el equilibrio de fuerzas en el Senado. Sólo que la intención de hurto ahí estaba, una vez más, totalmente clara sobre la mesa, junto a la dorada oportunidad requerida por Su Excelencia. Había que sacarle todo el provecho. ¿Tejas? ¡Claro, Tejas! Vayamos en su defensa y en su rescate… Pelotón, ¡ya!

Inglaterra jugaba un papel sobresaliente en las maquinaciones de Tyler. El norte de Estados Unidos se oponía a la penetración inglesa en los estados sureños porque los británicos se apropiarían, a la larga, de sus respectivos mercados… El sur, por su parte, rechazaba también la ingerencia inglesa, aun la comercial, porque el Reino Unido estaba en contra de la esclavitud. El espionaje para descubrir oportunamente los planes europeos en Tejas llega a extremos inverosímiles. Se trata de impedir la anexión y de pelear por la supervivencia de la República de Tejas.

El jefe de la Casa Blanca, previendo el final de su gobierno, acelera los trámites anexionistas sin ocultar a su gabinete su grave preocupación respecto a la presencia y a las ambiciones inglesas al sur de Estados Unidos. Sólo los insaciables británicos pueden descarrilar nuestro proyecto de país. Un arreglo entre la Gran Bretaña y México sería absolutamente inconveniente para Washington. Adelantémonos, ganémosles la partida. Es imperativa la suscripción y la ratificación de tratados, además, ¿por qué he de permitir que Polk, mi sucesor, se lleve la gloria de haber anexado Tejas a la Unión Americana? La proeza debe ser mía. El crédito histórico me deberá corresponder a mí, a nadie más… ¡Compren Tejas! ¡Ofrezcan dinero a cambio de esos territorios! ¡Corrompan a las autoridades si es necesario!, gritaba Tyler a voz en cuello: ya conocemos de sobra las inclinaciones de los mexicanos a arreglar sus negocios y sus diferencias por medio del discreto intercambio de bolsas de dinero por debajo de las mesas de negociaciones…

¿Cuál debería ser la respuesta de México? Muy sencilla: luchar por la reconquista de Tejas, nuestra Tejas, con «jota», en ningún caso Texas, a la norteamericana. Ponerlo de otra forma o usar otro nombre constituye toda una blasfemia. No, no venderemos Tejas a Estados Unidos ni a nadie ni permitiremos que nos la arrebaten. Es un problema de honor nacional. Tyler ha cambiado perversamente el nombre de sus intenciones: en lugar de anexar debe usar el verbo robar. Antes de que la Casa Blanca concluya con sus planes diplomáticos y políticos y perdamos Tejas para siempre, debemos empeñar nuestro mejor esfuerzo en recuperar, por la vía militar, ese departamento norteño mexicano, mexicanísimo desde que la historia es historia.

¿Qué saben los gringos de los principios? Ellos sólo saben de níqueles, dimes y dólares. Para ellos todo está en el mercado. Everything is a question of money, ¿no…? No es lo mismo que te den piadosamente un pan, a modo de caridad católica, a que te lo arrojen despectivamente a la cara… Los resultados son radicalmente distintos. ¡Ten! ¡Trágatelo y cállate! Nunca se debe olvidar que los muertos de hambre también tenemos dignidad. Allá los franceses cuando vendieron la Luisiana y los españoles cuando se deshicieron de la Florida… Para nosotros vender un metro de tierra mexicana equivale a vender a uno de nuestros hijos a cambio de un puñado de monedas de oro… ¿Verdad que esto es inentendible para un carapálida? ¿Cómo explicarles a estos bandidos, tan elegantes, el concepto del honor mexicano? ¿Les es inaccesible, verdad? Claro: nunca lo entenderá quien contempla su existencia únicamente a través del prisma del dinero.

¿Quién se sentía con los arrestos para recuperar Tejas, una auténtica tarea faraónica? Santa Anna, el Benemérito, el «Quince Uñas», según se burlaba también el populacho de su líder infatigable. ¿O no se quedó con tan sólo «Quince Uñas» cuando perdió una de sus ilustres extremidades a raíz de la Guerra de los Pasteles…? ¡Que nunca falte el sentido del humor! Que sea lo último que se pierda junto con la esperanza…

Si algo podía desquiciar a Santa Anna, Su Excelencia, era, sin duda, la existencia de los Congresos, la oposición, los contrapesos políticos propios de una estructura republicana. En la mente de un dictador resultaba imposible darle cabida a semejantes instituciones liberales y democráticas, que se atrevían a desafiar su indisputable autoridad. ¿Cómo refutar a quien se ostentaba como titular apodíctico de la verdad?

En aquella primavera de 1844, Santa Anna salió de nueva cuenta y a pleno galope de su hacienda en defensa de los intereses de la Patria. No faltaba más. Adiós a la licencia para alejarse temporalmente del cargo de presidente de la República. Venga de nuevo el poder. Devuélvanme mi banda tricolor. Aprovechó hábilmente la postura anexionista de Tejas a través de una vigorosa campaña política orientada a rescatar ese territorio heredado de nuestros abuelos. ¿Vamos a perder lo que es nuestro sin resistirnos…? ¿Vamos a permitir que nos lo arrebaten…?

Juan Nepomuceno Almonte, el hijo del cura José María Morelos y Pavón, ministro de México ante el gobierno de Washington, le hace saber a Santa Anna que México contaría, en caso de guerra contra Estados Unidos, con dos millones y medio de esclavos, indios, abolicionistas, además de los estados del noreste que se separarían de la Unión y se sumarían a la causa mexicana. El vaticinio es equivocado. Su Excelencia se envalentona. Ambos acuerdan que si el Senado norteamericano llegara a aprobar el tratado de anexión, Almonte debería protestar con toda severidad, exigir al gobierno de Tyler sus pasaportes, cerrar la embajada y volver a México.

El pretexto utilizado por Santa Anna para hacerse una vez más del poder y ejercer de nueva cuenta la presidencia de la República, volvió a operar a la perfección desde un punto de vista político. Regresa de El Encero a la Ciudad de México el 3 de junio de 1844, cuando percibe el preciso momento de ser coronado por la Patria con ramas doradas de laurel. Contaba con una experiencia delirante para detectar la oportunidad idónea del resurgimiento. ¿Pruebas de su habilidad para lucrar con cuanta coyuntura se le presentó años atrás? Aquí voy:

En 1829, España intentó por última vez recuperar México, la gran joya de la corona, por medio de las armas. El general Barradas, jefe de la expedición naval española, fue destruido prácticamente por un huracán y otras calamidades, todas ellas naturales, como las enfermedades tropicales, sin haber librado más allá de tres escaramuzas en Tampico. Santa Anna no gana una sola batalla, ni una, pero eso sí, gana la guerra y aprovecha la coyuntura geográfica y climática para ostentarse como el vencedor indiscutible.

«El Salvador de la Patria» construye su prestigio con embustes. Los mosquitos, los temporales, la calidad del agua, el hambre, el vómito, las diarreas, los fuegos cruzados por error entre las propias tropas mexicanas, causaron más bajas que todas

las balas santanistas juntas.[1] ¿No fue galardonado con el título de Benemérito de Tampico, aun cuando cometió todo género de torpezas que nos hubieran costado a los mexicanos la pérdida de nuestra independencia y el sometimiento, una vez más, a la corona española capitaneada por un hombre por lo menos torpe, como sin duda lo fue Fernando VII? Jamás se podrá olvidar que casi fue hecho prisionero por el enemigo, tal y como acontecería años más tarde en las batallas libradas en Tejas contra los norteamericanos, sólo que ahí lo aprehenderían ya en su carácter de general-presidente de la República. El manejo inteligente de un error equivale a mil triunfos…

¿Más? En 1838, diez años después de la invasión de Barradas, cuando se produjo la Guerra de los Pasteles, el famoso bloqueo francés en Veracruz y nuestro hombre perdió la pierna izquierda durante el bombardeo, ¿no supo despertar la piedad y la ternura de la nación para que ésta lo premiara, erigiéndolo una vez más como héroe, ahora Benemérito de Veracruz, por haber sido mutilado en combate? Todo un maestro autodidacta en las artes del oportunismo. Perdió la batalla pero ganó la gloria y la conmiseración pública, misma que incrementó sustancialmente su capital político. Imposible olvidar el texto del decreto con el que se le autorizó su histórica condecoración:

El general en jefe llevará en el pecho una placa y cruz de piedras, oro y

esmalte, con dos espadas cruzadas, una corona de laurel entrelazada en ellas,

en el punto de intersección y por la orla el lema siguiente: Al general Antonio

López de Santa Anna, por su heroico valor en el 5 de diciembre de 1838, la

Patria Reconocida. La placa sobre el listón y la cruz pendiente de un ojal de la

casaca, en listón azul celeste…[2]

 

Por supuesto que la Patria quedaba en deuda con su hijo mutilado en campaña. Tiempo habría de sobra para premiar y reconocer su sacrificio. Los mexicanos, al fin y al cabo, compensan con creces a los políticos caídos en desgracia, otorgándoles premios de consolación tan absurdos, como generosos y suicidas. Regresa otra vez a la presidencia enarbolando la bandera tejana. ¿Le importaba Tejas al Benemérito? ¡Qué va! Su único objetivo consistía en volver al poder por aclamación popular. Que el pueblo se lo pidiera a gritos. Las recepciones festivas, los cañonazos de salva disparados por la artillería uniformada de gala, descargas al aire de batallones enteros, repique general de campanas y esquilas pueblerinas, los arcos floridos con su nombre escrito con rosas rojas, las bandas de música, las ovaciones, los sombreros de paja, a diferencia de los de fieltro, flotando en el aire, las porras y el desbordado entusiasmo de la chusma y de los léperos, lo conmovían hasta las lágrimas siempre que volvía de Veracruz a sacrificarse por la Patria, misma que le había pedido, nuevamente de rodillas, su reincorporación como guía de la nación…

Más tarde ya podrían derrocarlo o revocarle el mandato: su auténtico desafío consistía en regresar a la presidencia tantas veces él lo deseara, imponiéndose a sus enemigos, venciendo prejuicios, derrotando a la oposición, a la adversidad y a la más elemental cordura. La conducta del apostador. El podría con todos y contra todos. Se colocaría la banda en el pecho cuando se le diera la gana aprovechando la corriente política en boga, creyera o no creyera en ella. ¿Principios ideológicos? ¡Ninguno! ¿Sed de gloria eterna en las alturas? ¡Toda! Por nada se privaría de la sensación de ingravidez al sentirse todo un héroe epónimo. Posteriormente se retiraría a El Encero a corretear mulatas, a meterles la mano bajo las faldas o por el escote o a perseguirlas gozoso entre los callejones de las bananeras. ¿No es cierto que acosar mujeres, aquí, en el trópico recalcitrante, es la mejor oportunidad que la vida nos concede a ciertos varones, desde luego no a todos, sólo a los elegidos, para reconciliarnos con los dolores propios de nuestra existencia…?

Santa Anna había sido electo, por segunda ocasión, presidente de la República y de acuerdo a las Bases Orgánicas, tenía que haber iniciado los cinco años de su mandato el 1 de febrero de 1844, pero, como siempre, se había retirado a su finca a disfrutar los aromas de la campiña veracruzana sin haber tomado posesión de su

elevado puesto[3] y habiendo nombrado presidente sustituto a Valentín Canalizo. No era nada nuevo: en 1833, el año de su primera elección, tampoco se había presentado a rendir su juramento para defender y hacer defender las leyes en su carácter de jefe de la Nación en el marco de una ceremonia solemne. Nada. En el fondo, no jura ante nada ni ante nadie porque detesta la existencia del Congreso, aborrece las ideologías de los legisladores y se incendia ante su capacidad legal para oponerse a sus determinaciones. No, no asistió, entre otras razones, ante el pleno del Poder Legislativo, como una clara manifestación de desprecio a la posición política y a la fuerza constitucional de los representantes populares. Un año después clausurará las Cámaras, las disolverá como prueba de su autoridad. ¿Un golpe de Estado? Por supuesto que es un golpe de Estado: ¡Patanes! ¡Mil veces patanes…!

Él dicta. Impone. Decide con voz de trueno para que los súbditos, sus súbditos, no los ciudadanos, humillen la cabeza ante su egregia figura y acepten incondicionalmente la irrevocabilidad de sus decisiones. El asco ante el nuevo Congreso lo enardece. No tolera ningún tipo de limitaciones. Quien se atreva a contradecirlo irá a una prisión bajo tierra o encarará un pelotón de fusilamiento… Las diferencias burocráticas lo desquician… ¿Y sus gallos? ¿Y El Encero, la balumba, el chuchumbé, el siquisiri, las marimbas, los sones, el zapateado y las mulatas? ¡Ah!, sí, es mucho mejor el jolgorio que convivir con legisladores insolentes que se oponen a obsequiarle caravanas y se niegan a concederle el paso cuando coincide con ellos en algún pasillo.

Hasta el 4 de junio de ese mismo 1844, cuatro meses después, y supuestamente por la causa tejana, decide ejercer el puesto para el que había sido electo como presidente titular de la República, personalidad política y jurídica que, por otro lado, muchos legisladores, periodistas y diplomáticos se habían negado a reconocerle tomando en cuenta los objetivos militares por los que había vuelto de su hacienda. Si regresa a la vida pública, según alega airadamente Su Excelencia, sin duda es por Tejas, Tejas, Tejas, la espina que tenía clavada en el alma después del desastre de San Jacinto, ocho años antes… En realidad pretende volver para imponer su ley, el orden a su manera. Nadie respeta a Canalizo. El poder se le escurre como arena fina entre los dedos de la mano. La descomposición política bien pronto puede alcanzarlo a él mismo. Es la hora de intervenir, de distraer a la sociedad con la amenaza de la guerra contra Tejas, mientras Su Excelencia llama a cuentas a los legisladores y a los periodistas «extraviados» y los «convence» de la procedencia de sus planes con arreglo a diferentes tácticas, advertencias y chantajes que habrán de «conducirlos de nueva cuenta por el camino del bien y de la verdad…».

El sabrá someter a los legisladores rebeldes y facinerosos distrayendo, por lo pronto, su atención, al iniciar una campaña militar parecida a la de El Álamo en 1836, para recuperar los territorios del norte a punto de ser perdidos irreparablemente. Ajustará cuentas sobre la marcha. Sin embargo, se equivocaba de punta a punta si pensaba que encontraría un Congreso obsecuente y una prensa plegadiza a sus sugerencias y caprichos…

El costo estimado para la campaña tejana de 1844 se eleva a veintidós millones de

pesos, casi el doble de todos los ingresos del Estado que suman tan sólo doce.[4] En la prensa, en las calles, en las elegantes soirées, en las calles de la Ciudad de México, se dice: «Es mucho mejor vender Tejas, un territorio deshabitado que nada nos ha reportado y obtener millones de dólares como los que cobró Francia cuando vendió la Luisiana a Estados Unidos, que pelear una guerra sin armas, sin soldados, sin dinero y sobre todo, con el inmenso peligro de perder todo el país…». «Es más inteligente hacer un buen negocio que pelear una guerra inútil». «Esta es una maniobra más de este cabroncete para hacerse otra vez del poder aprovechándose de la apatía de nuestra gente». «Ahora viene a lucrar políticamente con Tejas. ¡Insensato!». «No tenemos ni pa’ un pinche cuete pa’ tronarlo el día de la independencia y ahí quiere salir este mamarracho rumbo a Tejas sin pólvora y sin ejército». «Si libramos la guerra por el rescate de Tejas las pérdidas jamás compensarán las ganancias en el caso remoto de que llegáramos a ganarla». «En lugar de usar el dinero para la guerra, usémoslo para reconstruir y unir al país».

Surgen las amenazas santanistas: «El extranjero que se encuentre a una legua de la margen izquierda del Río Bravo, será ejecutado por traidor». Empiezan las medidas draconianas. De las advertencias pasan a los hechos: en el mes de junio es arrestada, cerca de Matamoros, una banda de filibusteros camino a Yucatán. Habían violado claramente la frontera. De acuerdo a las instrucciones y, como medida ejemplar, la tropa mexicana a cargo de Pedro Ampudia, cubano, de 42 años de edad, pasa a los intrusos por las armas después de un juicio sumario, sumarísimo. El jefe de la expedición, Francisco Sentmanat, de origen francés, recibe un tratamiento especial: es decapitado con el objetivo de exhibir la cabeza frita en aceite en la Plaza Pública de San Juan Bautista, como escarmiento a los futuros piratas en el caso, nada remoto,

de nuevas incursiones.[5]

—No güeritos, nosotros no somos de tribunalitos ni de juececitos vestidos de negro y grandes cuellos blancos, ¿eh…? —adujo el teniente Enrique Araujo, encargado de la ejecución.

—¿Cruzastes la línea marcada por mi general Ampudia?

—Je suis perdú, monsieur…

—¿Pero la cruzastes, no, mesiercito…?

—Je ne sais pas.

—Pues te chingas…

—¿Que ce que c’est ca te chingas…?

—Ahorita mesmo lo sabrás:

—¡Decapítenlo! —Fueron las órdenes de mi general Ampudia—. Así aprenderá a no meterse con mexicanos ni tendrá necisedad de aprender español… Ya para qué… A ver si cuando le corten la cabeza sigue con la misma boquita de culo de gallina que pone al hablar…

Uno de los ingredientes fundamentales para iniciar una guerra y también, uno de los imprescindibles para ganarla, es sin duda, la capacidad económica, la fortaleza financiera del gobierno para encarar militarmente a un enemigo, más aún, si el adversario es nada menos que Estados Unidos. La tesorería nacional en 1844 estaba no sólo quebrada, tal y como acontecía desde los primeros meses de la independencia de España, sino que estaba en manos de los agiotistas, puesto que hasta los ingresos aduanales se encontraban hipotecados a acreedores, fundamentalmente ingleses. ¿Qué institución contaba con abundantes recursos? La iglesia. Sólo que ésta no concedería créditos, a menos que fueran forzosos, y en cuyo caso, quienes atentaran contra el sacro patrimonio eclesiástico no tardarían en advertir las severas consecuencias de su conducta, no en el infierno ni en el purgatorio, sino aquí mismo en la tierra. ¿Alternativas? Su Excelencia trató de incrementar los impuestos echando mano de fuentes tributarias inimaginables con el único objetivo de poder financiar un conflicto armado contra una potencia que, en 1812, había vuelto a derrotar nada menos que a Inglaterra y que, en 1836, por una razón o la otra, había también aplastado a una parte del ejército mexicano encabezado por Santa Anna en San Jacinto. Las señales eran claras y evidentes…

El César Mexicano, nuevamente en funciones, resuelve que los cuatro millones de pesos solicitados al Congreso son insuficientes. Se requieren diez, sí, por lo menos diez millones de pesos para que Tejas, nuestra Tejas, siga siendo mexicana. El Congreso se niega a aceptar semejantes exacciones. Si se pretende instalar a un país en un monólogo irritante e invitarlo, a continuación, a la violencia, sólo se deben incrementar absurdamente las tasas de tributación y destinar los recursos recaudados, con tanto esfuerzo, a los bolsillos de los militares responsables de ejercer el presupuesto bélico. ¿Qué tal inflar fraudulentamente las nóminas castrenses o gastar en pertrechos inexistentes los impuestos cobrados con tanto sacrificio a la ciudadanía?

Los congresistas despliegan un considerable coraje en su determinación por defender la autonomía y soberanía del Poder Legislativo, permanentemente hostigado por los militares que controlan el Ejecutivo. Iturbide arrestó a los diputados recurriendo a la fuerza del ejército. Así acabó sus días… Ni Guadalupe Victoria ni Vicente Guerrero cometieron un error similar. Bustamante no pasó de las amenazas apoyado en Lucas Alamán. Santa Anna sentencia con el siguiente enunciado:

«Mientras tengamos Congreso, no esperemos progreso…»[6] Por lo visto no tiene empacho en clausurar el recinto legislativo a pesar de haber prometido no volver a atentar jamás contra él…

A pesar de la quiebra económica y financiera y de la posibilidad real de enfrentar una guerra, el 13 de junio de 1844, el día de San Antonio, Su Excelencia organiza una opulenta cena de más de ochocientas personas extraídas de la élite política y social de México. Se dispusieron manifestaciones masivas callejeras para demostrarle el sincero afecto de su pueblo. «Las masas, reunidas en el zócalo, vestían sombreros decorados con un moño blanco y azul y la siguiente inscripción: ‘Que viva la religión

y el noble de Santa Anna’.[7] Los pecadores tenían que llevarlos puestos, si el sacerdote, a modo de penitencia, los condenaba, además, a rezar tres o más padres nuestros. La reunión llegó a su máxima expresión cuando Santa Anna apareció en el balcón de Palacio Nacional, mientras las iglesias echaban a pique todas las campanas y se organizaban, en su honor, misas de gracias en la catedral, así como en iglesias y parroquias del país. Nunca podría olvidar que en una de estas celebraciones se había hecho nombrar «Protector de la Nación».

El malestar, en general, cunde como una chispa en un conjunto de ocotes, sobre todo cuando los dineros arrancados a un pueblo harto, cansado y explotado que dice pagar impuestos a razón de veinte pesos per capita, comparados con once de Inglaterra, siete de Holanda y cuatro de España, ni siquiera se erogan en lo prometido. Traición. La palabra que todo mexicano tiene en la punta de la lengua. La prensa nacional estimula la hoguera a través de los periódicos Siglo XIX, La Abeja y El jalisciense, cuando pregunta en sus páginas: «¿Qué están haciendo con esos ingresos?». «¿A dónde van a dar nuestros impuestos, entre otros, los que pagamos por cada puerta, cada ventana y cada perro que vigile el hogar…? Los gobernantes integran una cáfila de maleantes, rateros…».

Los contribuyentes saben que su esfuerzo se desperdicia. Los militares disponen descaradamente para fines personales de la pobre recaudación lograda con dolorosos sacrificios. Sin eufemismos: se roban los tributos cobrados sin detenerse a pensar en la grave contingencia nacional. ¿Y la urgencia? ¿Y las temerarias carencias financieras? ¡He dicho que a callar! Pero si el dinero era para rescatar Tejas… ¿No…? ¡A callar, carajo…! Lucran sin el menor escrúpulo con la esperanza y la buena voluntad ciudadanas. ¿No estaba la patria en peligro? ¿Quién va a creer en la autoridad en el futuro? ¿Tejas? Bien visto, ¿a quién le importa Tejas…? Sólo es una bandera política santanista para la movilización de las masas y una eficaz herramienta para consolidarse en el poder. Si los gobernantes estafan a la sociedad en momentos de clara contingencia nacional, este atentado en contra de la confianza ciudadana, con el tiempo se convertirá en escepticismo, apatía o violencia. ¿Cuál reacción es más riesgosa…?

El rechazo a su estrategia tributaria no puede ser más evidente. No logra convencer, porque se trata de lograrlo democráticamente, sin imponer sus puntos de vista con un puñetazo ni recurrir a gritos ni a amenazas intimidatorias. Santa Anna percibe su derrocamiento con inequívoca sensibilidad. El Encero, ¿qué tal regresar a El Encero…? Advierte con su sofisticado olfato canino el arribo de problemas de alto grado de complejidad, el horror de la negociación en lugar de las infinitas ventajas de la imposición. ¿Quién habría inventado los Congresos y los consensos cuando todo se puede resolver con un fuetazo o un trancazo asestado oportunamente sobre el escritorio…? En caso de los necios siempre cabría un primer intento para reubicarlos en el buen camino a través del soborno o de la invitación a ocupar un elevado cargo público facilitándoles, así, el acceso al poder y al dinero. Si se trataba de un intransigente se le podía acusar de traición a cualquier institución, imponerle sin juicio previo una larga estancia en Ulúa, en un agujero pestilente sin vista al mar o, en el mejor de los casos, invitarlo cordialmente a ponerse de espaldas al paredón y esperar unos instantes hasta que el eco de la descarga retumbara en la inmensidad del mar.

Al «Quince Uñas» sólo le falta encontrar un buen pretexto para retirarse con la debida dignidad, nuevamente de la presidencia, abandonarla y salir otra vez a caballo rumbo al perfumado campo veracruzano. Tan sólo había estado tres meses en Palacio Nacional y ya se asfixiaba con los problemas burocráticos carentes de todo glamour… Tejas, la razón de su regreso y la justificación para desplazar a Canalizo, la marioneta, un maximato en pleno siglo XIX, puede esperar. ¿Tejas? ¡Ah!, sí, después… ¿Cómo justificar esta vez su salida o, acaso, su fuga del poder? La suerte, otro protagonista mudo e invisible, volvió a tomar parte en la jugada aportando una solución inesperada, oportuna, trágica e irreversible.

De la misma manera en que, apenas unos meses atrás, aquel mensajero mágico había puesto en sus manos, en el momento idóneo, la noticia de la anexión de Tejas a Estados Unidos, de igual forma otro heraldo, un viejo empleado de la familia, con el rostro contrito y desencajado, mudo, con la mirada vidriosa, pulso tembloroso, vestido de luto riguroso con un traje de terciopelo negro, botas altas y sombrero con plumas del mismo color, puso en manos de Su Excelencia, sin pronunciar palabra alguna, un pequeño sobre blanco decorado con un fino marco negro. Sólo el nombre del presidente, escrito con caracteres muy reducidos, en espléndida caligrafía, aparecía en el margen inferior izquierdo.

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