Mudbound
Primera parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
JAMIE
Henry y yo cavamos un hoyo de siete pies de profundidad. Menos profundo y el cadáver podría reaparecer con la próxima riada: ¡Hola, muchachos! ¿Os acordáis de mí? Ese pensamiento nos obligaba a cavar incluso después de que las ampollas de nuestras manos hubiesen reventado, volviesen a salir y reventasen de nuevo. Cada palada era una agonía… Un anciano lanzando sus últimos estertores. No obstante, me sentía agradecido por el dolor. Apartaba de mí pensamientos y recuerdos.
Cuando el agujero fue demasiado profundo para que nuestras palas tocasen el fondo, salté dentro y continué cavando mientras Henry caminaba de un lado a otro mirando al cielo. El terreno estaba tan húmedo por la lluvia caída que cavar en él era como hacerlo en carne cruda. Quité la tierra de la plancha con las manos, lanzando una maldición por el retraso. Era el primer respiro que nos daba la lluvia desde hacía tres días, y durante el tiempo que durase, podría ser nuestra última oportunidad para enterrar el cuerpo.
—Será mejor que te des prisa —dijo Henry.
Miré al cielo. Por encima de nosotros las nubes eran de color ceniciento, pero al norte se había formado un vasto frente de negros nubarrones que venía en nuestra dirección. Rápido.
—No vamos a lograrlo —contesté.
—Lo lograremos —afirmó.
Así era Henry, alguien completamente seguro de que cualquier cosa que quería que pasase, pasaría. El cuerpo sería enterrado antes de que se desatase la tormenta. Las lluvias cesarían a tiempo para volver a sembrar el algodón. El año que viene sería mejor. Su hermano menor no lo traicionaría jamás.
Cavé más rápido, haciendo un gesto de dolor con cada golpe de pala. Sabía que podía parar en cualquier momento y que Henry ocuparía mi puesto sin quejarse… Sin que le importasen los casi cincuenta años que soportaban sus huesos frente a los veintinueve que tenía yo. Continué cavando por orgullo, por testarudez o por ambas cosas. Cuando me dijo «vale ya, ahora me toca a mí», sentía los músculos ardiendo y jadeaba como un motor lleno de gasolina vieja. Tuve que apretar los dientes para no chillar al sacarme del hoyo. Mi cuerpo aún me dolía en una docena de sitios debido a todas aquellas patadas y puñetazos, pero Henry no sabía nada.
Henry no debía saber nada de eso.
Me arrodillé al borde del agujero y lo observé mientras cavaba. Tenía las manos y el rostro tan embadurnados de barro que cualquiera lo hubiese tomado por un negrito. Yo estaba igual de sucio, pero a mí me habría delatado el cabello rojo. El cabello de mi padre, la mata cobriza que los delicados dedos de las mujeres deseaban peinar. Siempre lo he odiado. Para mí era como tener una pira ardiendo en la coronilla, gritándole al mundo que lo llevaba dentro. Gritándomelo a mí cada vez que me miraba en el espejo.
A casi cuatro pies de profundidad, la pala golpeó algo duro.
—¿Qué es? —pregunté.
—Un trozo de roca, creo.
Pero no era una roca, sino un hueso… Un cráneo humano al que le faltaba un buen trozo en la parte posterior.
—Demonios —dijo Henry, sosteniéndolo a la luz.
—¿Qué hacemos ahora?
—No sé.
Miramos hacia el norte. La negrura crecía devorando el cielo.
—No podemos comenzar de nuevo —dije—. Pueden pasar días antes de que vuelva a amainar la lluvia.
—Esto no me gusta —indicó—. No está bien.
De todos modos, continuó cavando con las manos, pasándome los huesos a medida que los iba desenterrando: costillas, húmeros, una pelvis. Al llegar a la parte inferior de las piernas sonó un tintineo metálico. Levantó una tibia y vi un tosco y herrumbroso grillete rodeando el hueso. De él colgaba una cadena rota.
—¡Jesús! —exclamó Henry—. Esto es la tumba de un esclavo.
—Eso no lo sabes.
Recogió el cráneo roto.
—¿Lo ves? Le dispararon en la mollera. Debió de ser un fugado —Henry sacudió la cabeza—. Esto lo resuelve todo.
—¿Qué resuelve?
—Resuelve que no podemos enterrar a nuestro padre en la tumba de un negrito —respondió Henry—. No hay nada que hubiese odiado más. Anda, ayúdame a salir de aquí —extendió una mano mugrienta.
—Puede que fuese un presidiario huido —comenté—. Un hombre blanco. —Podría haberlo sido, pero ni siquiera yo hubiese apostado por ello. Henry dudó, y añadí—: ¿A cuánto está la prisión de aquí? ¿Seis, siete millas?
—Más bien diez —dijo. Pero dejó caer su mano a lo largo del cuerpo.
—Vamos —le dije extendiendo la mía—. Tómate un descanso. Cavaré yo.
Tuve que reprimir una sonrisa cuando se estiró y asió mi mano. Henry tenía razón: no había nada que nuestro padre hubiese odiado más.
Henry cavaba de nuevo cuando vi a Laura dirigiéndose hacia nosotros, abriéndose paso entre los campos inundados llevando un cubo en cada mano. Hurgué en el bolsillo buscando mi pañuelo y lo empleé para limpiarme un poco el barro de la cara. Vanidad… Otra cosa que heredé de mi padre.
—Viene Laura —anuncié.
—Sácame de aquí —dijo Henry.
Agarré sus manos y tiré gruñendo por el esfuerzo, arrastrándolo por el borde de la tumba. Consiguió ponerse de rodillas con la respiración entrecortada. Inclinó la cabeza y se le cayó el sombrero, dejando al descubierto una ancha calva rosácea en la coronilla. Verla me causó una aguda e inesperada punzada. Está envejeciendo, pensé. No va a estar siempre conmigo.
Levantó la vista buscando a Laura. Cuando sus ojos la encontraron se encendieron con unas emociones tan íntimas que me dio vergüenza verlas: nostalgia, esperanza y una nota de preocupación.
—Será mejor que yo siga con esto —le dije, volviéndome y cogiendo la pala. Medio salté, medio me deslicé dentro del hoyo. Era lo bastante profundo para que no pudiese ver el exterior. Eso estaba bien.
—¿Cómo va? —Oí que preguntaba Laura. Como siempre, el sonido de su voz me bañó como un caudal de agua fresca y cristalina. Era una voz que bien podría pertenecer a una criatura etérea, a un ángel o una sirena, no a una granjera de mediana edad, casada y de Misisipi.
—Casi hemos terminado —contestó Henry—, un pie más, o algo así, y estará hecho.
—He traído agua y comida —anunció.
—¡Agua! —Henry dejó escapar una carcajada amarga—. Eso es justo lo que necesitamos, más agua. —Oí al cucharón raspando el cubo y el sonido de él tragando; después la cabeza de Laura asomó en el borde del hoyo. Me tendió el cacillo.
—Toma —me dijo—, bebe algo.
Tragué deseando que fuese whisky en vez de agua. Hacía tres días que me había quedado sin licor, justo antes de que la riada inundase el puente y quedásemos aislados del pueblo. Calculé que el caudal del río ya habría descendido lo suficiente para que hubiera podido vadearlo… si no hubiese estado metido en aquel maldito agujero.
Le di las gracias y le devolví el cacillo, pero Laura no me prestó atención. Sus ojos estaban fijos en el otro lado de la tumba, donde yacían los huesos.
—Dios santo, ¿son humanos? —preguntó.
—Fue inevitable —dijo Henry—. Ya habíamos cavado cuatro pies cuando los encontramos.
Vi cómo fruncía los labios y sus ojos se detenían en los grilletes y las cadenas. Se cubrió la boca con una mano y después se volvió hacia Henry.
—Asegúrate de que las niñas no los vean —dijo.
Cuando la superficie de la tumba se alzaba más de un pie por encima de mi cabeza, dejé de cavar.
—Ven a ver —llamé—. Creo que ya es bastante profunda.
La cara de Henry asomó por encima, mirando hacia abajo. Asintió.
—Pues sí. Puede valer.
Le tendí la pala, pero sus intentos por tirar de mí para subirme fueron en vano. Yo estaba muy abajo y nuestras manos y las paredes del hoyo eran demasiado resbaladizas.
—Traeré la escala —dijo.
—Date prisa.
Esperé en el agujero. Todo a mi alrededor era cieno hediondo y rezumante. Por encima, un rectángulo de día gris. Me quedé con el cuello doblado hacia atrás, esperando escuchar el chapoteo de las botas de Henry al regresar y preguntándome por qué tardaba tantísimo tiempo. Si algo le pasase a él, o a Laura, pensé, nadie sabría que estoy aquí. Me agarré al borde del hoyo e intenté subir, pero mis dedos resbalaron en el fango.
Entonces sentí las primeras gotas de lluvia en el rostro.
—¡Henry! —grité.
La lluvia caía suave, pero poco después sería un aguacero. El agua comenzaría a llenar el hoyo. La sentiría subir poco a poco por mis piernas hasta llegar a los muslos. Hasta el pecho. Hasta el cuello.
—¡Henry! ¡Laura!
Me lancé contra las paredes de la tumba como un oso enloquecido dentro de un foso. Parte de mí me contemplaba desde fuera, sacudiendo la cabeza ante mi propia estupidez, pero era incapaz de contener al oso. No se trataba del encierro; había pasado cientos de horas en carlingas sin ningún problema. Se trataba del agua. Durante la guerra evité volar sobre mar abierto siempre que pude, incluso aunque ello implicase recibir fuego antiaéreo desde tierra. Así fue como gané todas esas medallas al valor: tener tanto miedo a la vasta y voraz masa azul me empujaba directamente contra el grueso de las baterías antiaéreas alemanas.
Chillé tan fuerte que no oí a Henry hasta que estuvo justo encima de mí.
—¡Estoy aquí, Jamie! ¡Aquí estoy! —gritó.
Colocó la escala en el hoyo y subí a toda prisa. Intentó sujetarme por un brazo, pero lo aparté con un ademán. Me incliné con las manos apoyadas sobre las rodillas, intentando contener mi desbocado corazón.
—¿Estás bien? —preguntó.
No lo miré, pero tampoco hacía falta. Sabía que tendría la frente arrugada y los labios fruncidos… Su expresión de «mi hermano es un lunático».
—Creí que a lo mejor habías decidido dejarme aquí —dije soltando una risa forzada.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Te estoy tomando el pelo, Henry —me volví, recogí la escala y la cargué bajo el brazo—. Vamos, acabemos con esto.
Nos apresuramos atravesando los campos, deteniéndonos después en la bomba de agua para lavarnos el barro de la cara y las manos, y a continuación nos dirigimos al granero a recoger el ataúd. Se trataba de un objeto de aspecto penoso, hecho con trozos de madera irregulares que no encajaban bien; pero era lo mejor que pudimos hacer con los materiales disponibles. Henry frunció el ceño mientras agarraba uno de los extremos.
—Cuánto me hubiese gustado haber podido ir a la ciudad —dijo.
—A mí también —asentí, pensando en el whisky.
Llevamos el ataúd hasta la galería. Al pasar frente a la ventana abierta, Laura nos llamó:
—¿Os apetece tomar un café caliente y cambiaros de ropa antes de que lo enterremos?
—No —replicó Henry—. No hay tiempo. Se acerca una tormenta.
Metimos el féretro en el cobertizo y lo colocamos sobre el tosco suelo de madera. Henry levantó la sábana para contemplar el rostro de nuestro padre por última vez. La expresión de Papaíto era tranquila. No había nada que indicase que su muerte no se debió sino a causas naturales, al oportuno fallecimiento de un anciano.
Levanté los pies y Henry sujetó la cabeza.
—Ahora con cuidado —indicó.
—Claro —convine—, no queremos hacerle daño.
—No es eso —gruñó Henry.
—Perdona, hermano. Estoy cansado.
Con absurdo cuidado depositamos el cadáver en el ataúd. Henry cogió la tapa.
—De esto ya me ocupo yo —me dijo—. Ve y asegúrate de que Laura y las niñas estén preparadas.
—De acuerdo.
Al entrar en casa oí el martillo clavando la primera punta, un sonido dulce y definitivo. Hizo que las niñas se sobresaltasen.
—Mamá, ¿qué son esos golpes? —preguntó Amanda Leigh.
—Es papá clavando la tapa del ataúd de Papaíto —respondió Laura.
—¿Se enfadará por eso? —la voz de Bella era un temeroso susurro.
Laura me lanzó una mirada rápida y feroz.
—No, cariño —le dijo—. Papaíto está muerto. Ya nunca más podrá enfadarse con nadie. Vamos, poneos vuestras botas y abrigos. Es hora de llevar a vuestro abuelo al lugar de su último descanso.
Me alegré de que Henry no estuviese allí para oír el tono de satisfacción en su voz.
LAURA
Cuando pienso en la granja, pienso en barro. Delineando las uñas de mi esposo, encostrándose en las rodillas y el cabello de mis hijas. Chupando mis pies como un ávido recién nacido el pecho. Avanzando por los tablones del suelo con marcas en forma de bota. No conocía la derrota. El barro lo cubría todo. Soñaba en marrón.
Cuando llueve, como sucede a menudo, el patio se convierte en una espesa sopa de quingombó, con la casa flotando en ella como una revenida y húmeda galleta salada. Si la lluvia es torrencial, el río crece y engulle el puente que es el único paso. El mundo se encuentra al otro lado de ese puente; el mundo de las bombillas, las carreteras asfaltadas y las camisas que permanecen blancas. Cuando el río crece el mundo nos pierde, y nosotros lo perdemos.
Un día llevaba al siguiente. Mis manos hacían lo que había que hacer: bombear, batir, fregar, desechar. Y cocinar, siempre cocinar. Partir fréjoles y cuellos de pollo. Amasar bollos, pelar maíz y sacar los ojos de las patatas. Apenas se había terminado el desayuno y limpiado el desastre y ya era hora de comenzar a preparar la comida. Después de la comida llegaba la cena, y de nuevo el desayuno a la mañana siguiente.
Levantarse al rayar el alba. Ir al retrete exterior. Hacer tus cosas tiritando en invierno, sudando en verano y respirando por la boca todo el año. Recoger los huevos que ponen las gallinas. Cargar leña de la pila y encender la cocina. Hacer galletas, cortar tiras de panceta y freírlas junto con huevos y sémola de maíz. Levantar a tus hijas de la cama, lavarles los dientes, meterles los brazos por las mangas y calzarlas con calcetines y botas. Sacar a la pequeña en brazos hasta la galería y sostenerla para que pudiese tocar la campana, la que llamará a tu marido para que regrese del campo y despertará a su odioso padre alojado en la puerta contigua. Dales de comer a todos y come algo tú también. Frota la sartén de hierro, los rostros de las niñas, el barro del suelo día tras día mientras el viejo se queda sentado, mirando. Siempre te vigila.
—Sería mejor que les dieses verdura, muchacha. Sería mejor si barrieras el suelo ahora. Sería mejor que les enseñases a esas mocosas consentidas algo de educación. Lávales la ropa. Da de comer a los pollos. Tráeme la cachaba.
Su voz, espesa por el tabaco. Sus astutos ojos claros, con sus negras pupilas, fijos en ti.
Asustaba a las niñas, sobre todo a la menor, que estaba un poco rellenita.
—Ven aquí, lechoncita —le decía.
Ella lo observaba refugiada entre mis piernas. A sus grandes dientes amarillentos. A sus huesudos dedos amarillentos, con sus uñas gruesas y curvas como viejísimos pedazos de cuerno.
—Ven aquí y siéntate en mi regazo.
Él no tenía el menor interés en que la pequeña fuese con él, ni ella ni ningún otro niño; solo quería saber si lo temía. Si no iba, le decía que de todos modos estaba muy gorda para sentarse en su regazo, que podría partirle los huesos. La niña se echaba a llorar y yo me imaginaba a ese viejo en su ataúd. Veía la tapa cerrándose sobre su rostro, la caja siendo bajada al agujero. Oía la tierra rozando la madera.
—Papaíto —le decía, sonriéndole con dulzura—, ¿le apetece una buena taza de café?
Pero debo comenzar por el principio, si es que logro encontrarlo. Los comienzos son cosas escurridizas. Cuando crees que lo has encontrado, echas la vista atrás y ves otro comienzo, uno anterior, y otro aún anterior a ese. Incluso si empiezas diciendo «capítulo uno: nazco», todavía tienes el problema de los antecedentes, de la causa-efecto. ¿Por qué el joven David no tiene padre? Porque, según nos cuenta Dickens, su padre falleció debido a su
delicada constitución[1]. Sí, pero ¿de dónde procedía esa delicadeza mortal? Dickens no lo dice, así que no queda sino especular. Un defecto congénito, quizás heredado de su madre, cuya propia madre se había casado con alguien indigno de ella para fastidiar a su cruel padre, a quien una niñera le pegaba de pequeño, pues se había visto obligada a trabajar en el servicio doméstico porque su marido infiel la abandonó por una mujer que conoció por casualidad cuando la rueda de su carruaje se rompió frente a la sombrerería de señoras donde ella había ido a arreglar su tocado. Si empezamos ahí, el joven David no tiene padre porque la futura amante del esposo de la niñera de su tatarabuelo necesitó un adorno.
Siguiendo ese mismo razonamiento, mi suegro fue asesinado porque nací sin mucho atractivo y no bonita. Ese es un posible comienzo. Hay otros: porque Henry salvase a Jamie de morir ahogado durante la Gran Inundación del Misisipi, en 1927. Porque Papaíto vendió el terreno que debería haber sido para Henry. Porque Jamie participó en demasiados bombardeos durante la guerra. Porque un negrito llamado Ronsel Jackson brilló demasiado. Porque un hombre desatendió a su mujer; porque un padre traicionó a su hijo y porque una madre exigió venganza. Supongo que el principio depende de quién narre la historia. Sin duda, otros comenzarían en un punto diferente, pero aun así, todos acabarían en el mismo lugar.
Es tentador creer que lo sucedido en la granja fue inevitable; que, en realidad, todos los sucesos de nuestras vidas están tan predeterminados como los movimientos de una partida de tres en raya. Comienzas en el centro y acaba en tablas. Comienzas en una de las esquinas y el juego es tuyo. ¿Y si no comienzas? ¿Y si dejas que empiece el otro? Pierdes, así de sencillo.
La verdad no es tan simple. La muerte puede ser inevitable, pero el amor no. Para amar tienes que elegir.
Comenzaré con eso. Con amor.
En la Biblia se habla mucho de aferrarse. Hombres y mujeres que se aferran a Dios. Maridos que se aferran a sus esposas. Huesos que se aferran a la piel hasta romperla. Tenemos que comprender que aferrarse es algo bueno. El piadoso se aferra, el malvado no.
El día de mi boda, mi madre —en un vago intento de prepararme para las indignidades del lecho nupcial— me dijo que me aferrase a Henry a toda costa.
—Al principio duele —me dijo mientras me abrochaba sus perlas al cuello—, pero con el tiempo se hace más fácil.
Madre tenía razón a medias.
Yo era una virgen de treinta y un años cuando conocí a Henry McAllan en la primavera de 1939, una solterona a punto de empezar a vestir santos. Mi mundo era pequeño y conocía todo su contenido. Vivía con mis padres en la casa donde había nacido. Dormía en la habitación que antaño fuese mía y de mi hermana, y que entonces era solo mía. Enseñaba Lengua en una escuela privada, solo para niños, cantaba en el coro de la iglesia episcopal de Calvary y trabajaba de canguro con mis sobrinos. Los lunes por la noche jugaba al bridge con mis amigas casadas.
Nunca fui bonita como mis hermanas. Fanny y Etta poseían la delicada belleza rubia de los Fairbairn, la familia de mi madre, pero yo soy toda una Chappell: pequeña, morena, con fuertes rasgos galos y una figura rotunda
que, en mis días de juventud, no iba con los vestidos de las [2] flapper y sus delgadas siluetas. Cuando las amigas de mi madre venían de visita hacían comentarios acerca de la belleza de mis manos, los rizos de mi cabello y mi buena disposición; yo era ese tipo de jovencita. Y entonces, un día (a mí me pareció un suceso bastante repentino) dejé de ser joven. Mi madre lloró la noche que cumplí treinta años, después de que se hubiesen fregado y recogido los platos de la fiesta familiar y mis hermanos y hermanas, con sus esposas, maridos e hijos, me hubiesen besado antes de irse a sus casas a meterse en la cama. El sonido de su llanto, ahogado por la almohada, o quizá por el hombro de mi padre, fue a la deriva pasillo abajo hasta llegar a mi habitación, donde yacía despierta escuchando a chotacabras, cigarras y ranas conversando entre ellos. ¡Soy yo! ¡Soy yo! Parecían decir.
—Soy yo —susurré. Las palabras me sonaban huecas, tan absurdas como el frenético canto de un grillo encerrado en una caja de cerillas. Pasaron horas antes de dormirme.
Pero a la mañana siguiente sentí una especie de alivio al despertar. No solo estaba soltera; me había convertido oficialmente en alguien incasable. Todo el mundo podría dejar de esperar y depositar la carga de sus atenciones en otro lugar, en otra persona, en un proyecto más valioso, dejándome así continuar con mi vida. Era una maestra respetada y una querida hija, hermana, sobrina y tía. Me conformaría con eso.
Me pregunto si lo hubiese hecho. ¿Hubiese encontrado la felicidad en el estrecho y blanco margen de la página, hogar de tías solteronas y maestras de escuela sin hijos? No sabría decirlo, porque poco menos de un año después Henry llegó a mi vida y me introdujo de inmediato en la zona cubierta de tinta.
Mi hermano Teddy lo trajo a cenar a casa un domingo. Teddy trabajaba como tasador civil de terrenos para el Cuerpo de Ingenieros, y Henry era su nuevo jefe. Él era una de esas escasas y maravillosas criaturas que andan por ahí: un soltero de cuarenta y un años. Aparentaba la edad que tenía, sobre todo por su cabello, que estaba completamente blanco. No es que fuese un hombre grande, pero tenía densidad. Caminaba con una evidente cojera que ganó en la guerra, como averiguaría después, y que no le restaba un ápice de confianza en sí mismo. Sus movimientos eran lentos y pausados, como si sus miembros le pesasen y fuese una cuestión de suma importancia dónde decidía posarlos. Sus manos parecían fuertes, eran bonitas y sus uñas necesitaban un corte. Me impresionó su quietud, el modo en que permanecían entrelazadas sobre su regazo o plantadas a los lados del plato incluso cuando hablaba de política. Hablaba con el encantador galimatías del Delta… como si tuviese la boca llena de un postre delicioso, exquisito. Dirigía casi todos sus comentarios a Teddy y a mis padres, pero a lo largo de la cena sentí sus ojos grises sobre mí, lanzando un breve destello antes de retirarse y regresar de nuevo. Recuerdo que me picaba la piel por el calor, sentía humedad bajo mi ropa y la mano me tembló ligeramente cuando la estiré para coger mi vaso de agua.
Mi madre, cuya nariz siempre estaba afinada para detectar la admiración masculina, comenzó a entreverar mis virtudes femeninas durante la conversación con una frecuencia atroz.
—Ah, señor McAllan, ¿así que se ha licenciado en la universidad? ¿Sabe? Laura también fue a la universidad. Obtuvo la graduación de Magisterio por la Universidad Estatal de West Tennessee. Sí, señor McAllan, todos tocamos el piano, pero Laura es la mejor músico de la familia, con mucha diferencia. También canta muy bien, ¿verdad, Teddy? Y debería probar su tarta de melocotón.
Y así todo el tiempo. Pasé la mayor parte de la cena con la mirada fija en mi plato. Cada vez que intentaba retirarme a la cocina, con la excusa de tal o cual quehacer, madre insistía en ir ella, o enviaba a Eliza, la esposa de Teddy, que me lanzaba miradas llenas de comprensión mientras obedecía. Los ojos de Teddy iban de un lado a otro; al final de la cena él casi estaba ahogado de risa y yo dispuesta a estrangularlo, a mi madre y a él, a los dos.
Cuando Henry se despidió de nosotros, madre lo invitó a regresar el domingo siguiente. Me miró antes de aceptar; una mirada evaluativa a la cual intenté responder lo mejor que pude con una amable sonrisa.
Durante la semana siguiente Madre no pudo hablar apenas de nada que no fuese aquel encantador señor McAllan: con qué suavidad hablaba, qué caballerosidad la suya y (el mayor de los elogios viniendo de ella) cómo no había bebido vino durante la cena. A papá también le gustaba, pero eso apenas suponía una sorpresa teniendo en cuenta que Henry era un licenciado universitario. Para mi padre, un profesor de Historia retirado, no había mayor prueba de la valía de una persona que sus estudios superiores. Si el mismísimo Hijo de Dios descendiese de los cielos en toda Su gloria, pero sin un diploma, no obtendría la aprobación de mi progenitor.
La esperanza de mis padres me irritaba. Amenazaba con avivar la mía, y eso no podía permitirlo. Me dije que Henry McAllan y sus modales caballerosos y cultivados no tenían nada que ver conmigo. Acababa de llegar a Memphis y no tenía vida social, por eso había aceptado la invitación de madre.
¡Qué patéticas y endebles eran mis defensas! Se derrumbaron con bastante facilidad al domingo siguiente, cuando Henry se presentó con un ramo de azucenas para mí y otro para mi madre. Después de cenar propuso que saliésemos a pasear. Lo llevé al parque Overton. Los cornejos estaban en flor, y el viento enviaba ráfagas de pétalos blancos sobre nuestras cabezas mientras paseábamos bajo los árboles. Era como una escena de película, conmigo como improbable heroína. Henry quitó un pétalo de mi cabello, sus dedos me rozaron levemente la mejilla.
—Bonitos, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, pero tristes.
—¿Por qué tristes?
—Porque nos recuerdan el sufrimiento de Cristo.
Las cejas de Henry se unieron formando un profundo surco vertical entre ellas. Podía ver cuánto le molestaba desconocer algo, aunque me gustó que admitiese su ignorancia en vez de simular conocimiento, como suelen hacer muchos hombres. Le mostré las marcas parecidas a ensangrentados agujeros de clavos en cada uno de los cuatro pétalos.
—¡Ah! —exclamó. Y tomó mi mano.
La sujetó durante todo el camino de regreso a casa, y al llegar me pidió que fuera con él a la representación de El soldado de chocolate que el siguiente sábado se ofrecía en el Open Air Theatre de Memphis. Los miembros femeninos de mi familia se movilizaron con el fin de embellecerme para la ocasión. Madre me llevó a los grandes almacenes Lowenstein y me compró un vestido nuevo con cuello de espuma blanca y mangas acampanadas. El sábado por la mañana mis hermanas vinieron a casa con botes de colorete para mis mejillas y ojos y pintalabios de todos los tonos de rojo y rosa, que probaron en mí con la rápida y despótica autoridad de jefes de cocina escogiendo condimentos para la salsa. Una vez estuve depilada, pintada y empolvada a su entera satisfacción, colocaron un espejo frente a mi rostro mostrándome mi propio reflejo como un regalo. Me veía rara y así lo dije.
—Tú espera a que te vea Henry —rio Fanny.
Cuando llegó para recogerme, Henry solo dijo que estaba guapa. Pero ese mismo día me besó por primera vez, tomando mi rostro entre sus manos con la naturalidad y desenvoltura que emplearía con su sombrero favorito o el cuenco para la espuma de afeitar que hubiese utilizado durante años. Nunca antes un hombre me había besado con semejante grado de posesión, tanto de mí como de sí mismo, y eso me encantó.
Henry tenía toda la seguridad en sí mismo que a mí me faltaba. Estaba seguro de una asombrosa cantidad de cosas: los Packard son los mejores coches fabricados en Estados Unidos; la carne no debería ser una comida infrecuente; God Bless America, de Irving Berlin, debería ser el himno nacional en vez de The Star-Spangled Banner, que es muy difícil de cantar; los Yankees ganarán la Serie Mundial de béisbol; habrá otra Gran Guerra en Europa y Estados Unidos haría bien quedándose al margen. El azul es tu color, Laura.
Iba vestida de azul. Poco a poco, durante los meses siguientes, le descubrí mi vida. Le hablé de mis estudiantes favoritos, de mis trabajos estivales como supervisora de campamentos en Myrtle Beach y de mi familia hasta llegar a primos de segundo y tercer grado. Le hablé de mis dos años en la universidad, de cómo adoraba a Dickens y a las hermanas Brontë y odiaba a Melville y las matemáticas. Henry escuchaba con seria atención todo lo que escogía compartir con él, asintiendo de vez en cuando para mostrarme su aprobación. Pronto me encontré buscando esos asentimientos, tomando notas mentales de cuándo se otorgaban y cuándo se negaban, e inevitablemente, presentándome a él con la versión de mí que me parecía más adecuada para provocarlos. Por mi parte no se trataba de un ejercicio de armas de mujer. No estaba habituada a la admiración masculina y lo único que sabía es que quería más, y todo lo que trajese consigo.
Y muchas fueron las cosas que trajo consigo. Tener un pretendiente (la palabra es de mi madre, y la empleaba en cuanto tenía oportunidad) me otorgaba una distinción entre mis amigos y parientes que nunca antes había disfrutado. Me convertí en una persona más bonita e interesante, y de alguna manera, merecedora de todo lo bueno.
Qué maravillosa estás hoy, cariño, me decían. Y, ¡de verdad que te veo entusiasmada! Y, Laura, ven, siéntate conmigo y háblame de tu señor McAllan.
No estaba del todo segura de que el señor McAllan fuese mío, pero cuando la primavera dio paso al verano y las atenciones de Henry no dieron señales de menguar, comencé a permitirme confiar en que pudiese serlo. Me llevó a restaurantes y a la exposición fotográfica, a pasear por las riberas del Misisipi y a excursiones de un día por los alrededores, donde señaló las características de los terrenos y granjas que pasábamos. Sabía mucho acerca de cosechas, ganado y cosas así. Cuando se lo dije me contestó que se había criado en una granja.
—¿Tus padres aún viven allí? —le pregunté.
—No, vendieron el terreno después de la inundación del veintisiete.
Oí la tristeza en su voz, pero se debía a la nostalgia. No le pregunté si algún día tendría intención de cultivar su propio terreno. Henry era un universitario, un ingeniero de éxito con un empleo que le permitía vivir en Memphis… El centro de la Civilización. ¿Por qué razón iba a querer ganarse la vida padeciendo como granjero?
—Mi hermano viene de Oxford este fin de semana —me anunció Henry un día de julio—. Me gustaría que te conociese.
Que me conociese él. Mi corazón echó a volar. Jamie era el hermano preferido de Henry. Hablaba de él a menudo, con una mezcla de cariño y exasperación que me hacía sonreír. Jamie estaba en Ole Miss estudiando Bellas Artes («un asunto sin ninguna clase de aplicación práctica») y diseñaba ropa masculina en un proyecto paralelo («una ocupación indigna de un hombre»). Quería ser actor («ese no es modo de mantener una familia») e invertir todo su tiempo libre produciendo obras dramáticas («solo quiere llamar la atención»). Sin embargo, a pesar de todas esas críticas, resultaba obvio que Henry adoraba a su hermano menor. Algo se avivaba en sus ojos cada vez que hablaba de Jamie, y sus manos, siempre tan impasibles, se alzaban a sus costados para caer en picado haciendo grandes aspavientos. Que quisiera que Jamie me conociese significaba que estaba penando en un tipo de compromiso más permanente para nosotros dos. Intenté ahogar la idea, siguiendo mi vieja costumbre, pero esta sobrevivió tenaz en mi mente. Aquella noche, mientras pelaba las patatas para la cena, me imaginé la pedida de Henry, lo vi arrodillándose frente a mí en el recibidor, con su rostro serio y algo preocupado… ¿Y si no lo aceptaba? A la mañana siguiente, mientras hacía mi estrecha cama, me vi alisando una cama de matrimonio, con una colcha afelpada y dos almohadas con la huella de dos cabezas. Al día siguiente, en clase, mientras les preguntaba a mis chicos frases preposicionales, me imaginé a un niño con los ojos grises de Henry mirándome con fijeza desde un moisés de mimbre. Esas visiones brotaban en mi mente como flores exóticas, opulentas y coloridas como joyas, echando a perder años de estricta poda en mis deseos.
El sábado que iba a conocer a Jamie me arreglé con especial cuidado, vistiéndome con el traje de lino azul marino que sabía que le gustaba a Henry y sentándome paciente mientras mi madre torturaba mi indomable cabello hasta convertirlo en un peinado alto. Henry me recogió y fuimos en coche hasta la estación a esperar el tren de su hermano. Mientras aguardábamos entre la marea de pasajeros, escudriñé la multitud en busca de una copia joven de Henry. Pero el joven que se acercaba corriendo a nosotros no se parecía en nada a él. Los observé con atención mientras se abrazaban: uno era curtido y macizo, el otro era alto, larguirucho, de piel blanca y con el cabello del color de un penique recién acuñado. Un rato después comenzaron a darse palmadas en la espalda, como suelen hacer los hombres para romper la intimidad de un momento como ese; luego se apartaron mirándose a la cara.
—Tienes buen aspecto, hermano —dijo Jamie—. Parece que el aire de Tennessee te sienta bien. ¿O es otra cosa?
Entonces se volvió hacia mí con una ancha sonrisa. Era bello; no había otra palabra para él. Tenía facciones finas y marcadas, y una piel tan traslúcida que pude ver las pequeñas venas de sus sienes. Sus ojos poseían el color verde claro del berilo y parecían iluminados desde el interior. Entonces solo tenía veintidós años, era nueve más joven que yo y diecinueve menor que Henry.
—Señorita Chappell, este es mi hermano, Jamie —nos presentó Henry.
—Encantada de conocerte —conseguí decir.
—El placer es mío —respondió, estrechando la mano que le ofrecía y besando el dorso con exagerada galantería.
Henry puso los ojos en blanco.
—Mi hermano cree ser uno de los personajes de sus obras.
—Ya, pero ¿cuál? —dijo levantando el dedo índice en el aire—. ¿Hamlet? ¿Fausto? ¿El príncipe Hal? ¿Usted qué opina, señorita Chappell?
Solté lo primero que me pasó por la cabeza.
—La verdad, más bien me recuerda a Puck.
Fui recompensada con una sonrisa deslumbrante.
—Has hablado con acierto. Yo soy aquel alegre peregrino de la noche.
—¿Quién es Puck? —preguntó Henry.
Jamie sacudió la cabeza con falsa desesperación.
—¡Santo Dios, y qué locos son estos mortales! —dijo.
Vi cómo se contraían los labios de Henry. De pronto sentí lástima por él, viéndolo eclipsado por su hermano.
—Puck es una especie de espíritu maligno —dije—. Un alborotador.
—Un duende —dijo Jamie con voz contrita—. Perdóname, hermano. Solo intentaba impresionarla.
Henry me pasó el brazo por encima.
—Laura no es de las que se impresionan.
—¡Hace bien! —convino Jamie—. Y ahora, ¿por qué no me enseñáis la bonita ciudad donde vivís?
Lo llevamos al hotel Peabody, que tenía el mejor restaurante de Memphis y una banda de swing tocando los fines de semana. A insistencia de Jamie, pedimos una botella de champán. Yo solo lo había bebido una vez, en la boda de mi hermano Pearce, y me mareé con la primera copa. Cuando la banda comenzó a tocar, Jamie le preguntó a Henry si podría bailar conmigo (Henry no bailaba, ni esa noche ni ninguna otra, porque estaba cojo). Giramos y giramos al compás de Duke Ellington, Benny Goodman y Tommy Dorsey, una música que había escuchado en la radio y bailado con mis hermanos y sobrinos pequeños. Qué distinto fue entonces, ¡y qué emocionante! Era consciente de que los ojos de Henry nos seguían, y otros también… Ojos de mujeres que me observaban envidiosos. Fue una sensación nueva para mí, y no pude evitar deleitarme en ella. Después de varias piezas, Jamie me escoltó de vuelta a la mesa y se excusó. Me senté sonrojada y sin aliento.
—Hoy estás especialmente bonita —dijo Henry.
—Gracias.
—Jamie tiene ese efecto en las mujeres. Resplandecen para él. — Mostraba una expresión insulsa y su tono fue prosaico. Si estaba celoso de su hermano, no pude detectarlo—. Le gustas, te lo aseguro —añadió.
—Estoy segura de que nadie le desagrada.
—Bueno, al menos nadie con falda —respondió Henry con una sonrisa irónica—. Mira —hizo un gesto señalando la pista de baile y vi a Jamie con una esbelta rubia en sus brazos. Llevaba un vestido de satén con la espalda escotada, y la mano de Jamie descansaba sobre su piel desnuda. Al ver cómo lo seguía sin esfuerzo a lo largo de un buen número de complicados giros y bajadas, me di cuenta de lo torpe que debí de haber sido como dama. Quería ocultar el rostro con mis manos; sabía que todo lo que sentía se reflejaba en él y Henry lo vería. Mi envidia y mi bochorno. Mi estúpido anhelo.
Me levanté. No sé qué debí decirle, porque en ese momento él también se levantó y me cogió la mano.
—Es tarde —dijo—, y sé que mañana por la mañana vas a la iglesia. Vamos, te llevaré a casa.
Era tan dulce, tan amable. Sentí una oleada de vergüenza. Pero más tarde, cuando yacía insomne en mi cama, se me ocurrió que eso que había mostrado a Henry con tanta claridad no era nada nuevo para él. Debía de haberlo visto antes, de haberlo sentido cientos de veces en presencia de Jamie: el anhelo de un resplandor que jamás sería el suyo.
Jamie regresó a Oxford y yo lo saqué de mis pensamientos. No era tonta; sabía que un hombre como él jamás podría desear a una mujer como yo. Ya era maravilla suficiente que Henry me desease. No sabía decir si entonces estaba de verdad enamorada de él; le estaba tan agradecida que ese sentimiento anulaba todo lo demás. Era quien me había rescatado de la vida al margen, de la lástima, el desdén y la hosca amabilidad que es parcela de las solteronas. Mejor debería decir que era mi rescatador en potencia. En modo alguno estaba segura de él, y por una buena razón.
Una noche de ensayo en el coro, levanté la mirada de mi himnario y lo vi observándome desde uno de los bancos traseros con el rostro serio por la concentración. Ahí está, pensé. Me lo va a proponer.
De alguna manera logré acabar el resto del ensayo, aunque el director hubo de amonestarme dos veces por entrar a destiempo. Después, en el vestuario del coro, mientras desabotonaba mi túnica con dedos torpes, tuve la súbita visión de las manos de Henry desabrochando mi camisón en nuestra noche de bodas. Me pregunté cómo sería acostarse con él, que tocase mi cuerpo tan íntimamente como si fuese su propia carne. Mi hermana Etta, que era enfermera titulada, me había hablado del acto sexual cuando cumplí los veintiún años. Su explicación se ciñó estrictamente a los hechos; jamás hizo referencia a sus experiencias con su esposo, Jack, pero a juzgar por su reservada sonrisa pude saber que la cama de matrimonio no era un lugar desagradable del todo.
Henry me estaba esperando fuera de la iglesia, apoyado en el coche con su típica camisa blanca, pantalones grises y sombrero de fieltro, también gris. Así vestía siempre. La ropa no le importaba, y a veces incluso le quedaba mal… Pantalones caídos de cintura, dobladillos arrastrándose por el suelo, mangas demasiado largas o demasiado cortas. Ahora me río al pensar en los sentimientos que su guardarropa provocaba en mí. Prácticamente bullía por el deseo de coser para él.
—Hola, querida —saludó. Y después—: He venido a decir adiós.
Adiós. La palabra flotó en el espacio abierto entre nosotros antes de ceñirse a mí formando suaves pliegues negros.
—Se está construyendo un nuevo aeródromo militar en Alabama, y me quieren para supervisar el proyecto. Estaré fuera varios meses, quizá un poco más.
—Comprendo —respondí.
Esperé a que añadiese algo: cuánto me echaría de menos; cuánto me escribiría; cuánto esperaba que estuviese aquí a su regreso. Pero no dijo nada, y a medida que el silencio se prolongaba iba sintiéndome más llena de autocompasión. No estaba hecha para el matrimonio, los hijos y demás. Nada de eso era para mí, nunca lo había sido. Y yo fui una idiota por creerlo.
Sentí cómo me alejaba de él, y de mí misma; cómo nuestras figuras se encogían en el ojo de mi mente. Lo oí ofreciéndose para llevarme a casa. Me oí a mí misma declinando la oferta con amabilidad, diciéndole que necesitaba aire fresco, y después deseándole lo mejor en Alabama. Lo vi inclinándose hacia mí. Me vi volviendo la cabeza de modo que su beso encontró mi mejilla. Me observé alejándome de él con la espalda tan recta como lo permitía el orgullo.
Madre saltó sobre mí apenas entré por la puerta.
—Henry pasó hace un rato —dijo—. ¿Te encontró en la iglesia?
Asentí.
—Parecía ansioso por hablar contigo.
Resultaba difícil mirarla a la cara, ver la esperanza temblando justo por debajo de la superficie de su brillante sonrisa.
—Henry se va —anuncié—. No sabe durante cuánto tiempo.
—¿Eso es… todo lo que dijo?
—Sí, eso es todo —comencé a subir las escaleras para ir a mi habitación.
—Regresará —dijo a mi espalda—. Sé que lo hará.
Me volví y bajé la mirada hacia ella, tan encantadora en su angustia. Una mano pálida y delgada sobre la barandilla. La otra cerrada cogiendo la tela de su falda, arrugándola.
—Ay, Laura —dijo con un temblor revelador.
—No se le ocurra llorar, madre.
No lo hizo. Debió de suponer un esfuerzo hercúleo. Mi madre llora por cualquier cosa: por mariposas muertas o una salsa cortada.
—Lo siento mucho, cariño —dijo.
De pronto tuve la sensación de que a mis piernas les faltaban los huesos. Me senté sobre el último escalón y apoyé la cabeza en las rodillas. Oí el crujido de sus pasos y advertí que se sentaba a mi lado. Me pasó un brazo por encima y sus labios tocaron mi cabello.
—No hablaremos de él —dijo—. Jamás volveremos a pronunciar su nombre.
Mantuvo su promesa, y debió de dar la noticia al resto de la familia, porque nadie dijo ni una palabra de Henry, ni siquiera mis hermanas. Simplemente redoblaron su amabilidad, todos, haciéndome más cumplidos de los que merecía y buscando maneras de mantenerme ocupada. Estaba muy solicitada como invitada en cenas, pareja de bridge y compañera de compras. Por fuera se me veía feliz, y un tiempo después comenzaron a tratarme con normalidad, creyendo que lo había superado. No era así. Estaba furiosa… conmigo; con Henry; con la cruel orden natural que me había hecho a un tiempo indeseable para los hombres e incapaz de sentirme completa sin uno. Comprendí que mi antigua satisfacción había sido una mentira. Esa era la verdad en la médula de mi existencia: un enorme vacío apenas cubierto por la ira. Había estado allí todo el tiempo. Henry solo había sido el hombre que me lo mostró.
No supe nada de él durante casi dos meses. Y después, un día, llegué a casa y encontré a mi madre esperándome ansiosa en el vestíbulo.
—Henry McAllan ha vuelto —dijo—. Está en la sala. Ven, tienes el pelo revuelto, deja que te lo arregle.
—Lo veré tal como estoy —anuncié, levantando la barbilla.
Me arrepentí de ese pequeño gesto de desafío en cuanto posé mis ojos en él. Henry parecía bronceado y en forma, más atractivo que nunca. ¿Por qué no me había puesto al menos algo de pintalabios? No… eso era una tontería. Ese hombre me había dado falsas esperanzas y después me había abandonado. No recibí ni una triste postal suya durante todas aquellas semanas. ¿Qué me importaba ponerme guapa para él?
—Laura, me alegra verte —saludó—. ¿Cómo te ha ido?
—Pues bien. ¿Y a ti?
—Te he echado de menos —dijo.
Quedé en silencio. Henry se acercó y tomó mis manos entre las suyas. Mis palmas estaban húmedas, pero sentí las suyas frescas y secas.
—Tenía que estar seguro de mis sentimientos —continuó—. Ahora lo estoy. Te quiero y quiero que seas mi esposa. ¿Quieres casarte conmigo?
Y así se formuló la pregunta que jamás pensé que escucharía. Concedo que la escena no se desarrolló tal como la había imaginado. Henry no estaba de rodillas y la cuestión se había planteado como una aseveración más que como una pregunta. Si él sentía alguna preocupación por cuál sería mi respuesta, la ocultaba muy bien. Eso me fastidiaba un poco. ¿Cómo se atrevía a estar tan seguro de sí mismo después de una ausencia tan prolongada? ¿Creía que sencillamente podría regresar a mi casa y reclamarme como si fuese una prenda olvidada? Y a pesar de todo, mi ira parecía una cosa insignificante comparada con la enormidad de su necesidad de mí. Si Henry estaba seguro de mí, me dije, se debía a que ese era su estilo. La carne no debería ser una comida infrecuente. El azul es tu color. ¿Quieres casarte conmigo?
Al mirar sus francos ojos grises vi, de pronto y sin quererlo, a Jamie sonriéndome mientras me hacía girar en el salón de baile del Peabody. Henry no era ni elegante ni romántico; él, como yo, estaba hecho de una pasta más simple y sólida. Pero me amaba y sabía que cuidaría de mí, me sería fiel y me daría hijos fuertes e inteligentes. Y por mi parte, desde luego que podía amarlo por todo eso.
—Sí, Henry —contesté—. Me casaré contigo.
Asintió una vez y me besó abriéndome la boca con el pulgar y luego introduciendo su lengua. Cerré la boca, más por la sorpresa que por otra cosa; habían pasado años desde la última vez que me dieron un beso con lengua, y la suya parecía como ajena, gruesa, desconocida. Henry soltó un pequeño gruñido y me di cuenta de que lo había mordido.
—Lo siento —balbuceé—. No sabía que fueses a hacer eso.
No habló. Se limitó a abrirme la boca de nuevo y besarme igual que antes. Esta vez acepté su invasión sin protestar, y eso pareció satisfacerlo, porque unos minutos después me dejó ir y fue a hablar con Papá.
Nos casamos seis semanas después, mediante una sencilla ceremonia en la iglesia episcopal. Jamie fue el padrino. Cuando Henry lo trajo a casa, me saludó con un abrazo de oso y una docena de rosas de color rosa.
—Dulce Laura —dijo—, cuánto me alegro de que por fin Henry haya entrado en razón. Le dije que sería un idiota si no se casaba contigo.
Jamie me mimó en nombre de todos los McAllan, a los que había conocido dos días antes de la boda. Desde que llegaron estuvo claro que se sentían superiores a los Chappell, por quienes (debo decirlo) corre sangre francesa en la línea paterna y hay un general de la Unión en la materna. Aquel fin de semana no vi mucho al padre de Henry (Papaíto y los demás hombres estaban fuera haciendo lo que sea que hacen los hombres cuando se prepara una boda), pero pasé el tiempo suficiente con las mujeres McAllan para saber que nunca seríamos amigas íntimas, como yo, ingenua de mí, había esperado. La madre de Henry era fría, arrogante y tenía opiniones acerca de todo y de todos, la mayoría negativas. Sus dos hermanas, Eboline y Thalia, fueron Reinas del Algodón en Greenville, se habían casado por dinero y se aseguraban de que todo el mundo lo supiese. El día antes de la boda mi madre dio un banquete solo para las mujeres de ambas familias y Fanny les preguntó si habían ido a la universidad.
Thalia arqueó sus cejas perfectamente depiladas y dijo:
—¿De qué le sirve la universidad a una mujer? Confieso que nunca he sentido la necesidad de ir.
—A no ser, por supuesto, que seas pobre o poco agraciada —añadió Eboline.
Soltó una pequeña risita y Thalia rio con ella como una tonta. Mis hermanas y yo intercambiamos miradas dubitativas. ¿Henry no les había dicho que éramos universitarias? Seguro que no lo sabían, me dijo Fanny más tarde; seguro que ese desaire no había sido intencionado. Pero yo sabía que sí.
Con todo, ni siquiera los desagradables familiares de Henry pudieron empañar la felicidad que sentí el día de mi boda. Pasamos la luna de miel en Charleston y después regresamos a una casita que Henry había alquilado para nosotros en la calle Evergreen, no lejos de donde vivían mis padres. Y así comenzó para mí el tiempo de aferrarse. Adoraba las nimiedades de la vida doméstica, el sentido de pertenecer a un lugar que me concedían. Era de Henry. Me sometí a él… Cocinaba las comidas que le gustaban, lavaba y planchaba sus camisas, esperaba cada día a que volviese a casa para encontrarme… ¿No era eso para lo que se me había puesto en la Tierra? Y entonces, en noviembre de 1940, nació Amanda Leigh, seguida dos años después por Isabelle, y yo les pertenecí mucho más de lo que jamás perteneciese a su padre.
Pasarían seis años de matrimonio hasta que recordase que aferrar puede tener una consecuencia: si se aferra algo con demasiada fuerza puede partirse, como la leña bajo el hacha.
JAMIE
En el sueño me encuentro solo en el tejado de la antigua casa de Eboline, en Greenville, viendo subir el nivel del agua. Normalmente tengo diez años, pero a veces ya soy mayor y en una ocasión era anciano. Me sentaba a horcajadas sobre el caballete, con las piernas colgando en cada vertiente. Objetos arrancados flotaban hacia mí y luego a mi alrededor, agitándose con la corriente. Una planta de bayas chinas. Una araña de cristal. Una vaca muerta. Intento averiguar hacia qué lado de la casa la corriente llevará cada cosa. La cama de cuatro postes, con su mosquitera haciendo de cola, pasará por la izquierda. El retrete exterior por la derecha, junto con el Stutz Bearcat del señor Wilhoit. Las apuestas eran fuertes: cada vez que fallaba el nivel del agua subía un pie. Al llegarme a los tobillos encogía las rodillas cuanto podía sin llegar a perder el equilibrio. Dirigía la casa cabalgándola hacia el norte, a contracorriente, mientras el agua me animaba con su terrible voz. No hablaba su lengua, pero sabía qué decía: me quería. No porque yo tuviese alguna importancia, sino porque lo quiere todo. ¿Quién soy yo, un chico flacucho y harapiento, para negárselo?
No intento nadar o mantenerme a flote cuando el río me atrapa. Abro los ojos y la boca y dejo que el agua me llene. Siento los espasmos de mis pulmones, pero no hay dolor y dejo de estar asustado. La corriente me arrastra. Soy un resto flotante y comprendo que ese resto flotante es todo lo que siempre he sido.
Algo resplandece en la oscuridad extendida frente a mí, haciéndose más brillante a medida que me acerco. La luz me daña los ojos. ¿Ha caído una estrella en el río?, me pregunto. ¿El río lo ha tragado todo, incluso el cielo? Del centro de la estrella emanan cinco rayos. Se mueven adelante y atrás como si buscasen algo. Al pasar a su lado veo que son dedos, y lo que creí una estrella es una enorme mano blanca. No quiero que me encuentre. Ahora soy parte del río.
Y después no. Siento un dolor agudo en la cabeza y tiran de mí hacia arriba, de vuelta al tejado o a una barca… El sueño varía. Pero la mano siempre es la de Henry, y siempre sujeta un ensangrentado mechón de mi cabello.
Más de un millar de personas perecieron en aquella inundación. Yo sobreviví gracias a Henry. No estaba solo sobre el tejado de Eboline, ella y mis padres estaban conmigo, y también su esposo, Virgil, y su criada, Dessie. El agua no me alcanzó, fui yo quien cayó en ella. Caí porque me levanté. Y me levanté porque vi a Henry llegando a bordo de un bote, acercándose para rescatarnos.