Mudbound

Hillary Jordan · Capítulo 1 de 5 · parte 3/4

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Mudbound

Primera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—También deberían llevarse ahora mismo una buena cantidad de provisiones —dijo—. Esta noche habrá tormenta y puede que llueva durante toda la semana.

—¿Y eso es un problema? —preguntó Papaíto.

—Cuando llueve y hay crecida, las tierras de Conley pueden quedar aisladas durante días.

—Ahora son las tierras de McAllan —terció Henry.

Después de haber pagado, Rose cogió una de nuestras cajas y la llevó hasta el coche a pesar de las protestas de Henry. Sacó dos tiras de regaliz y se las dio a Amanda Leigh e Isabelle.

—Tengo dos niñas, y mi Ruth Ann es más o menos de tu edad —le dijo a Amanda, revolviéndole el cabello—. Hoy Caroline y ella están en la escuela, pero confío en que volváis pronto.

Le prometí que lo haríamos, pensando que estaría bien tener una amiga en el pueblo y algunas compañeras de juego para las niñas.

—Esa mujer cree que es un hombre —murmuró Henry cuando se hubo alejado lo suficiente para que pudiese oírnos.

—Quizá lo sea y su marido no se haya enterado todavía —dijo Papaíto.

Rieron los dos. Eso me irritó.

—Bien, pues a mí me gusta —dije—, y pienso venir a verla en cuanto nos hayamos instalado.

Henry enarcó las cejas. Me pregunté si me prohibiría verla y qué le diría si lo hacía. Pero todo lo que dijo fue:

—Tendrás mucho que hacer en la granja.

 

La hacienda se encontraba a unos veinte minutos del pueblo, pero parecía más alejada debido a la cantidad de baches y surcos, y también a la monotonía del paisaje. El terreno se mostraba llano y casi sin accidentes, como es inevitable cuando lo trabajan granjeros. Los negritos punteaban los campos labrando la tierra con arados tirados por mulas. Sin el verdor de las cosechas para darle vida, la zona parecía inhóspita como un vasto océano marrón donde hubiésemos quedado a la deriva.

Cruzamos un puente chirriante extendido sobre un riachuelo bordeado de cipreses y sauces. Henry sacó la cabeza por la ventanilla de la furgoneta y me gritó:

—¡Es esto, cariño! ¡Ya estamos en nuestras tierras!

Logré dibujar una sonrisa y saludar con la mano. A mí no me parecía diferente a las demás fincas que habíamos pasado. Campos marrones y chabolas de aparceros sin pintar y con patios de tierra. Mujeres de edad indefinida entre los treinta y los sesenta años colgaban la colada en tendederos combados mientras bandadas de niños descalzos y con los pies sucios miraban sin energía desde el porche. Un rato después llegamos a una chabola más grande que las demás, aunque no menos decrépita. La camioneta se detuvo frente a ella, y Henry y su padre bajaron.

—¿Por qué paramos? —grité.

—Hemos llegado —contestó Henry.

Allí había una casa grande y destartalada, con un tejado de cinc alabeado y ventanas con los postigos cerrados que carecían de cristales o mamparas. Aquí estaba la galería extendida a lo largo de la casa conectándola con un pequeño cobertizo. Aquí estaba el patio de tierra con una bomba de agua en medio, a la sombra de un enorme roble que, de alguna manera, había logrado escapar a la rasadura perpetrada por los braceros originales. Aquí estaban el establo, el prado, el almacén para el algodón, el granero para el maíz, la porqueriza, el gallinero y el retrete exterior.

Aquí estaba nuestro nuevo hogar.

Amanda Leigh e Isabelle salieron como pudieron del coche y echaron a correr por el patio, encantadas con todo lo que veían. Las seguí, hundiéndome en el barro hasta los tobillos. Pasarían semanas hasta aprender que en las granjas hay que mirar dónde se pone el pie, porque nunca se sabe qué o a quién vas a pisar: un charco de barro, un montón de excrementos, una serpiente de cascabel.

—Papá, ¿vamos a tener pollos? ¿Y cerdos? ¿Tendremos una vaca? — preguntó Amanda Leigh.

—Por supuesto que sí —dijo Henry—. ¿Y sabéis una cosa? —preguntó señalando hacia la línea de árboles que bordeaban el río—. Apuesto a que ese río está repleto de siluros y cangrejos.

Había una especie de construcción en la orilla, más o menos a una milla de distancia. Incluso desde allí podía ver que era mucho más grande que la casa.

—¿Qué es ese edificio? —le pregunté a Henry.

—Un viejo aserradero, anterior a la guerra de Secesión. Manteneos alejadas de allí, puede derrumbarse en cualquier momento.

—Y no será lo único —apuntó Papaíto, haciendo un gesto hacia la casa—. Ese tejado necesita ser reparado, y los escalones parecen podridos. Y faltan algunos postigos. Mejor cámbialos cuanto antes o vamos a morir congelados.

—Arreglaremos el sitio —afirmó Henry—. Todo irá bien, ya lo verás.

No le hablaba a Papaíto, sino a mí. Tómatelo lo mejor que puedas, me apremiaban sus ojos, no me avergüences ante mi padre y las niñas. Sentí una punzada de ira. Por supuesto que me lo tomaría lo mejor que pudiese, aunque solo fuera por las niñas.

Henry descargó la camioneta y metió los muebles en casa con la ayuda de uno de los arrendatarios, un negrito parlanchín y de piel clara llamado Hap Jackson. Comprendí de inmediato que no podríamos traer mucho más de Memphis. La casa solo tenía tres habitaciones: una gran sala principal que reunía cocina y salón y dos dormitorios, cada uno apenas lo bastante grande para contener una cama y un arcón con cajones. No había armarios, solo colgadores clavados en las paredes a intervalos. Como el suelo, las paredes estaban hechas de placas rugosas, con unos huecos entre los tablones por los que el viento y todo tipo de insectos podían entrar sin problemas. Las superficies, todas, estaban cochambrosas. Sentí otra oleada de furor. ¿Cómo había podido Henry traernos a semejante lugar?

No era la única disgustada con los aposentos.

—¿Dónde voy a dormir? —exigió saber Papaíto.

Henry me miró. Me encogí de hombros. Él lo había cocinado, él sabría cómo comerlo.

—Supongo que tendremos que instalarte en el cobertizo —contestó Henry.

—No pienso dormir ahí fuera. No tiene ni suelo.

—No sé dónde más ponerte —repuso Henry—. No hay sitio en la casa.

—Lo habría si te deshicieses de ese piano —señaló Papaíto.

El piano apenas ocupaba una esquina de la sala principal.

—Si te librases de ese piano —continuó Papaíto— podríamos poner una cama ahí.

—Podríamos —convino Henry.

—No —dije—. Necesitamos el piano. Les estoy enseñando a tocar a las niñas. Lo sabes. Además, no quiero una cama en medio de la sala de estar.

—Podríamos poner una cortina alrededor —propuso Papaíto.

—Es verdad —dijo Henry.

Ambos me miraban: Henry con aire desdichado y su padre con una sonrisita de suficiencia. Henry iba a aceptar. Podía verlo en su cara, y Papaíto también.

—Quiero hablar contigo en privado —dije mirando a Henry. Salí a la galería. Él me siguió, cerrando la puerta a su espalda.

—Cuando me dijiste que ibas a traerme aquí, lejos de mi gente y de todo lo que jamás he conocido, no dije una palabra —afirmé en voz baja—. Cuando me informaste de que tu padre iba a venir a vivir con nosotros, lo acepté. Cuando Orris Stokes se plantó allí y dijo que te había desplumado el hombre que te alquiló la casa, mantuve la boca cerrada. Pero voy a decirte una cosa, Henry: no nos vamos a deshacer de ese piano. Es el único objeto civilizado que hay en este lugar, lo quiero para mí y las niñas y lo vamos a conservar. Así que ya puedes volver ahí dentro y decirle a tu padre que dormirá en el cobertizo. O eso, o que dormirá contigo en la cama, porque yo no voy a quedarme aquí sin mi piano.

Henry me miraba como si me hubiesen salido cuernos. Le sostuve la mirada, resistiendo el impulso de bajarla.

—Estás agotada —me dijo.

—No. Estoy bien.

¡Mi corazón me dio un vuelco mientras esperaba fuera! Jamás había desafiado a mi esposo tan abiertamente; ni a él ni a nadie, llegado el caso. Podía oír a las niñas riñendo por algo dentro de la casa. Isabelle comenzó a llorar, y yo no aparté mis ojos de los de Henry.

—Será mejor que vayas a ver qué les pasa —indicó Henry.

—¿Y el piano?

—Le pondré suelo al cobertizo. Lo arreglaré para él.

—Gracias, cariño.

Esa noche, en la cama, me poseyó con fuerza, desde atrás, sin los acostumbrados preliminares. Dolió, pero no emití ni un sonido.

 

HENRY

Cuando tenía seis años, mi abuelo me pidió que fuese al dormitorio donde agonizaba. No me gustaba entrar allí —la habitación apestaba a enfermedad y vejez, y su aspecto esquelético me asustaba— pero me habían criado para ser obediente, así que fui.

—Corre, sal y coge un puñado de tierra. Y tráemelo después —me dijo.

—¿Para qué?

—Hazlo —agitó una mano nudosa—. Vete ya.

—Sí, señor.

Salí y cogí la tierra. Al regresar, me preguntó qué traía en las manos.

—Tierra —respondí.

—Eso es. Dámela.

Ahuecó las manos. Temblaban por su parálisis. Puse la tierra en ellas con cuidado de no derramarla sobre las sábanas.

—¿Qué tengo en las manos? —preguntó.

—Tierra.

—No.

—¿Tierra de la Tierra?

—No, muchacho. Esto que tengo es terreno. ¿Sabes por qué? —sus cejas se arquearon con un movimiento súbito. Eran grises, pobladas y enmarañadas como alambres.

Sacudí la cabeza sin comprender.

—Porque es mío —dijo—. Un día este terreno será tuyo, tu hacienda. Pero mientras tanto, para ti o cualquier otra persona que no lo posea, será solo tierra. Toma, sácala fuera antes de que tu mamá la encuentre.

La puso de nuevo en mis manos. Al volverme para salir me cogió de la manga, paralizándome con sus ojos legañosos.

—Recuérdalo, muchacho. Puedes tener fe en un montón de cosas, en Dios, el dinero u otras personas, pero tu tierra es en lo único en que puedes confiar que esté ahí el día de mañana. Es la única cosa tuya de verdad.

Una semana después estaba muerto y su tierra pasó a mi madre. Esa tierra fue donde crecí hasta la edad adulta, y aunque a los diecinueve años la dejase para ver qué había más allá de sus lindes, siempre supe que algún día volvería a ella. Lo supe durante las semanas que pasé allende los mares, con la cara hundida en un barro extranjero empapado de sangre de gente que no conocía, y durante los largos meses posteriores, tumbado en hospitales militares mientras mi pierna apestaba, torturándome con su dolor punzante y su picor hasta que al final curó. Lo supe mientras estudiaba en Oxford, donde la tierra no es llana, sino ondulada como las olas del mar. Lo supe cuando fui a trabajar para el Cuerpo de Ingenieros, un empleo que me llevó a muchos lugares desconocidos para mí, y a algunos que me recordaban a casa pero que no lo eran. Incluso cuando llegó la inundación de 1927, arrasando Greenville y destruyendo nuestra casa y la cosecha anual de algodón, nunca se me ocurrió otra cosa sino que mi padre la reconstruiría y volvería a cultivar. Aquel terreno había pertenecido a la familia de mi madre durante casi cien años. Mi tatarabuelo y sus esclavos la habían limpiado arrebatando un acre tras otro a la urdimbre de cañas y maleza que la cubría. Reconstruir y volver a plantar: eso es lo que hacen los granjeros del Delta.

Mi padre no hizo ninguna de las dos cosas. Vendió la granja en febrero de 1928, nueve meses después de la inundación. Por entonces yo vivía en Vicksburg y viajaba mucho por razones laborales. No supe qué había hecho hasta que fue demasiado tarde.

—Ese maldito río acabó conmigo —le gustaba decir a la gente después de que nos mudásemos a la ciudad y comenzase a trabajar en el ferrocarril—. De otro modo, jamás la hubiese vendido.

Eso era mentira, una de las muchas que componían su propia historia. La verdad es que abandonó la tierra de buena gana, pues temía y aborrecía trabajar el campo. Temía al tiempo y a las inundaciones, odiaba las labores, el sudor y pasar esas largas horas solo con sus pensamientos. Incluso de niño pude ver qué pequeño se sentía al mirar al cielo, cómo se quitaba la tierra de las manos al final de la jornada como si fuese estiércol. La inundación solo fue una excusa para vender.

Tardé casi veinte años en ahorrar el dinero suficiente para comprar mi propio terreno. Primero hubo que pasar la Gran Depresión y después la guerra. Tenía esposa y dos hijos a los que cuidar. Aparté lo que pude y esperé.

El día de la victoria sobre Japón[6] ya tenía el dinero. Pensé en trabajar un año más para disponer de un colchón económico y comenzar a buscar una hacienda al verano siguiente. Eso me daría tiempo de sobra para conocer el terreno, comprar semillas y equipo, encontrar arrendatarios y demás antes de que en enero comenzase la temporada de siembra. También me daría tiempo para preparar a mi esposa, pues sabía que sería reacia a abandonar Memphis.

Así es como se suponía que debería ser, fácil y ordenado, y así es como hubiese sido si a esa calamidad de esposo que tenía Eboline no se le hubiera ocurrido ahorcarse aquella Navidad. Nunca confié en mi cuñado, ni en ningún hombre que se sintiese cómodo vistiendo un traje. Virgil era un gran bebedor y hablaba demasiado, esas ya son manchas suficientes en el carácter de cualquiera, pero ¿qué clase de hombre acaba con su vida sin tener en cuenta la vergüenza y penurias que sus actos acarrearán a su familia? Dejó a mi hermana en la ruina absoluta y a mis sobrinos sin padre. Si no estuviese muerto, lo habría matado yo.

Eboline y los chicos necesitaban cuidados y no había nadie para ocuparse de ellos salvo yo. En cuanto enterramos a Virgil comencé a buscar una propiedad por los alrededores. No había nada adecuado a la venta en Greenville, pero oí hablar de una granja de unos doscientos acres en Marietta, cuarenta millas al sureste. Pertenecía a una viuda llamada Conley, cuyo esposo había muerto en Normandía. No tenía hijos para heredar la finca y estaba ansiosa por venderla.

Tuve un buen pálpito desde el instante en que puse un pie en la propiedad. El terreno estaba completamente despejado, con un pequeño río corriendo por la linde meridional. La tierra era fértil y oscura… Conley había tenido la precaución de rotar sus cultivos. El establo y el almacén para el algodón parecían sólidos, y la granja contaba con una maltrecha vivienda que bien me serviría de campamento, aunque no sería hogar apropiado para Laura y las niñas.

La granja era todo lo que quería. La señora Conley me pedía nueve mil quinientos dólares por ella… Sobre todo porque, creo recordar, llegué en el Cadillac de Eboline. Regateé con ella hasta bajarla a ocho mil setecientos, más ciento cincuenta por la vaca y trescientos por la pareja de mulas.

Al fin era un propietario. Estaba impaciente por decírselo a mi esposa.

Pero antes debía ocuparme de algunas cosas. Tenía que encontrar una casa de alquiler en el pueblo. Tenía que comprar un tractor, pues no pensaba arar con mulas como había hecho mi padre, y una camioneta. Y tenía que decidir qué arrendatarios dejar y cuáles desechar. Con el tractor yo podía trabajar la mitad del terreno cultivado, así que solo necesitaría a tres de los seis arrendatarios que vivían allí. Los entrevisté a todos, contrastando sus declaraciones con las cuentas de los Conley, y después pedí que marchasen los que menos producían por acre y los mejor dotados para la exageración.

Me quedé con los Atwood, los Cottrill y los Jackson. Los Jackson parecían ser los mejores de la cuadrilla, aunque eran de color. Eran arrendatarios, no aparceros, así que solo me pagaban un cuarto de sus cosechas en vez de la mitad. Uno no encuentra muchos arrendatarios negros. No hay muchos con la disciplina suficiente para ahorrar dinero y comprar una mula y aperos. Pero Hap Jackson no era el típico negrito. Sabía leer, por ejemplo. La primera vez que lo vi pidió ver su página en el libro de contabilidad de Conley antes de firmar su contrato.

—Claro —le dije—. Te lo mostraré, pero ¿cómo vas a saber lo que pone?

—Ya llevo siete años leyendo —contestó—. Me aprendió mi hijo, el Ronsel. Al principio no me se daba muy bien, pero él siguió dándome hasta que leí el Génesis y el Éxodo yo solo. También me dio los números. Caramba, qué listo es el Ronsel. Es sargento del Ejército. Luchó junto al general Patton en persona, y se ganó un montón de medallas por ahí. Creo que algún día vendrá por aquí, por casa. Caray.

Le tendí el libro de cuentas, más para hacerlo callar que por otra cosa. Conley había escrito bajo el nombre de Hap: un negraco trabajador que sabe hacer fardos.

—Parece que el señor Conley tenía una buena opinión de ti —le dije.

Hap no contestó. Estaba concentrado en las cifras, corriendo su dedo por las columnas. Sus labios se movían mientras leía. Frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Mi mujer tenía razón —dijo—. Tuvo razón to’ el tiempo.

—¿Razón sobre qué?

—Mire aquí, ¿ve donde dice veinte fardos junto a mi nombre? El señó Conley solo me pagó dieciocho. Dijo que estaba apuntao to mi algodón. Florence dijo que nos engañaba, pero no quise creerla.

—¿Nunca habías visto este libro?

—No, señó. Una vez le pedí al señó Conley que lo mirase, eso fue el primer año que pasamos aquí, y empezó berrearme hasta que le dio pena. Me dijo que me echaría si volvía a dudar de su palabra.

—Bueno, no sé qué decir, Hap. Aquí pone que te pagó veinte.

—No le estoy mintiendo ni una miaja —afirmó.

Lo creí. Un negrito es como un niño pequeño; se ve con claridad en sus caras cuando están intentando mentir. La cara de Hap no mostraba otra cosa sino honesta frustración. Además, sabía que entre los plantadores era práctica común engañar a sus arrendatarios de color. Yo no estaba de acuerdo con eso. Sea cual fuere el color de un hombre, es nuestro hermano. Un hermano menor, por supuesto, indisciplinado y esclavo de sus impulsos, pero también un ser bondadoso, humilde y trágico ante Dios. Para bien o para mal, estaba a nuestro cuidado. Y si lo cuidábamos mal o no nos ocupábamos de él en absoluto, o empleábamos nuestra superioridad natural para herirlo, a buen seguro que seríamos tan malditos como Caín.

—Voy a decirte una cosa, Hap —le dije—. Te quedas y yo te dejo consultar el libro de cuentas cuando quieras. Incluso puedes venir conmigo a la desmotadora para llevar la cuenta.

Lo evalué con la mirada y vi que sus ojos, que yo creía castaños, en realidad eran de color verde oscuro. Entre eso y su piel clara, supuse que debería de tener dos abuelos blancos. Eso lo explicaba todo.

Me miraba. Enarqué las cejas y bajó la mirada. Me gustó ver eso. La inteligencia está bien y es conveniente, pero no tendré a un solo negro irrespetuoso trabajando para mí.

—Gracias, señó McAllan. Así está bien.

—Pues bien, entonces está acordado —dije—. Una cosa más. Tengo entendido que tu mujer y tu hija no trabajan en el campo. ¿Es eso cierto?

—¡Caray! Bueno, ayudan cuando llega la recogida, pero no aran ni cortan. No me las necesito, yo y mis hijos ya vamos bien sin ellas. La Florence es abuela y partera, nos trae un poco de dinerillo.

—Pero podrías trabajar otros cinco acres si te ayudasen —señalé.

—No quiero a mi mujer cortando algodón, ni a mi Lilly May tampoco — respondió—. Las mujeres no están para esas tareas.

También a mí me lo parecía, pero jamás se lo había oído decir a un negrito. La mayoría de ellos tratan a sus mujeres con más dureza que a sus mulas. He visto a mujeres de color trabajando el campo en un estado de gestación tan avanzado que apenas podían inclinarse para pasar la azada por el algodón. Por supuesto, para empezar hay que decir que una mujer de color es más dura que una mujer blanca.

Laura no habría durado una semana en el campo, aunque creí que sería una buena dueña de plantación en cuanto se hubiese hecho a la idea. Eso demuestra lo listo que fui.

Estuvo en contra de la mudanza desde el instante en que le hablé de ella. No lo dijo directamente, pero no le hacía falta. Lo sabía por el modo con que comenzaba a tararear cada vez que yo entraba en la habitación. De un modo u otro, una mujer hace saber sus sentimientos. El modo de Laura era la música: cantaba cuando estaba contenta, tarareaba cuando no lo estaba y silbaba de manera poco melodiosa cuando le daba vueltas a algo y no sabía si cantar o tararear acerca de ello.

La música se hizo mucho menos placentera una vez nos mudamos a la granja. Daba portazos, golpes a las cazuelas y nos levantaba la voz a Papaíto y a mí. Me desafiaba. Era como si alguien hubiese venido una noche y raptado a mi dulce y dócil esposa dejando en su lugar a una arpía. Cualquier cosa que hiciese o dijese estaba mal. Sabía que me culpaba por haber perdido aquella casa en el pueblo, ¿pero era culpa mía que las niñas se pusiesen tan enfermas? Y la tormenta… Supongo que eso también sería mi culpa.

Se desató la noche que llegamos, provocando un infame estruendo sobre el tejado de cinc. La habitación de las niñas tenía goteras, así que las acostamos en la cama con nosotros. Por la mañana, ambas tosían y estaban calientes al tacto. Pasaron unos días sorbiendo la nariz y yo no le di más importancia; los críos siempre están cogiendo algo. La lluvia continuó durante toda aquella jornada y la siguiente, cayendo con fuertes chaparrones. Avanzada la segunda tarde, estaba en el establo arreglando aperos cuando Papaíto fue a buscarme.

—Te llama tu mujer —dijo—. Tus hijas están peor.

Corrí a la casa. Amanda Leigh tosía, emitiendo chasquidos agudos como disparos de un rifle del calibre 22. Isabelle yacía en la cama a su lado, resollando de modo horroroso cada vez que respiraba. Tenía los labios y las uñas azules.

—Es tosferina —dijo Laura—. Ve a buscar al médico inmediatamente. Y dile a tu padre que ponga a hervir una olla de agua. —Quise tranquilizarla, pero sus ojos me lo impidieron—. Vete ya —espetó.

Le dije a Papaíto que pusiese el agua y corrí a la camioneta. El camino era un barrizal. De alguna manera logré llegar al puente sin caer en alguna cuneta. Oí el río antes de verlo: un rugido de potencia pura. El puente estaba hundido dos pies bajo el agua. Me quedé allí, con la lluvia azotándome el rostro, observando las henchidas aguas turbias, maldiciendo a George Suddeth por mentiroso y a mí mismo por ser un crédulo pardillo. Para empezar, nunca debí haberme fiado de él, eso es lo que dijo Papaíto y reconozco que tenía razón. Sin embargo, qué triste lugar es un mundo donde uno no puede confiar en que un hombre cumpla su palabra dada después de que te hayas sentado a su mesa y compartido su comida.

Al regresar encontré la casa que supuse propiedad de Florence, la esposa de Hap Jackson. Hap me dijo que era partera, así que podría saber algo de enfermedades infantiles. Y aunque no supiese, podría ayudar cocinando y haciendo las labores del hogar mientras Laura atendía a las niñas.

La propia Florence atendió a la puerta. No la conocía y su aspecto me sorprendió. Era una negrita alta, con la piel oscura como el hollín y los músculos correosos como un hombre… Una amazona entre las de su raza. Tuve que levantar la mirada para hablar con ella. La mujer debía de medir casi dos metros.

—¿En qué le v’y ayudar? —preguntó.

—Soy Henry McAllan.

Asintió.

—’Cantada. Yo soy Florence Jackson. Si busca al Hap, está fuera, atendiendo a la mula ‘n’el establo.

—La verdad es que he venido a por ti. Mis pequeñas, tienen tres y cinco años, han enfermado de tosferina. No puedo llegar al pueblo porque el puente está inundado y mi esposa…

Mi esposa es capaz de matarme si regreso a casa sin un médico o sin ayuda.

—¿Cuándo comenzó la tos?

—Esta tarde.

Negó con la cabeza.

—Todavía la están cogiendo. Puedo darle unos remedios pa’ que se les dé, pero no puedo ir con usté.

—Te pagaré —le dije.

—No podría volver a casa en tres o cuatro días. ¿Quién iba a cuidar de la mi familia y las mis madres entonces?

—Te lo estoy pidiendo.

Al mirarla a los ojos fui golpeado por la brutal fuerza de aquella mujer. En ese momento estaba contenida, pero pude sentirla bajo su piel, dispuesta a aflorar si fuese preciso. No se trataba de la consabida vitalidad de los negritos…, el espíritu animal que emplean tan a lo loco para hacer música y fornicar. Era una ferocidad profunda, parecida a la de un guerrero; si es que uno puede concebir como guerrero a una granjera de color vestida con un atuendo hecho con la tela de un saco de harina.

Florence se apartó y vi tras ella a una niña de unos nueve o diez años, blanca hasta los codos de harina para amasar pan. Tenía que ser su hija, Lilly May. Nos miraba esperando, como yo, por la respuesta de su madre.

—Tengo que preguntarle al Hap.

La niña bajó la cabeza y reanudó la amasadura. Entonces supe que Florence mentía. La decisión era suya, no de Hap, y acababa de tomarla.

—Por favor —le dije—. Mi esposa está asustada.

Sentí mi cara ardiendo cuando ella me observó. No volvería a pedírselo si se negaba. No iba a rebajarme a pedirle ayuda a una negraca. Si decía no…

—Está bien —contestó—. Espere aquí mientras recojo las mis cosas.

—Esperaré en la camioneta.

Unos minutos después salió llevando una ajada maleta de cuero, un hato de ropa y una bolsa de arpillera vacía. Abrió la puerta del pasajero y dejó la maleta y la ropa dentro.

—¿Ya tien algún pollo? —preguntó.

—No.

Cerró la puerta y se dirigió a un gallinero situado al lado de la casa, moviéndose sin prisa a pesar del aguacero. Pasó por encima de la valla de alambre y colocó la bolsa bajo el brazo. Después se inclinó en el gallinero, sacó un ave batiendo las alas y le rompió el cuello con un preciso giro de sus grandes manos. Metió el pollo en la bolsa y regresó a la camioneta, aún caminando con el mismo tranquilo y deliberado paso.

Abrió la puerta.

—Las niñas tien que comer caldo —dijo al entrar. No me pidió permiso, se limitó a meterse como si tuviese todo el derecho a sentarse en la cabina conmigo. Bajo circunstancias normales no lo hubiese consentido, pero no me atreví a pedirle que fuese atrás.

 

FLORENCE

La primera vez que puse los ojos en Laura McAllan la vi trastornada por la preocupación de las mamás. Cuando esa preocupación de mamá se apodera de una mujer, no se puede esperar que razone. Ella dirá o hará cualquier cosa, y lo mejor es confiar en que una no se encuentre en su camino. Tal fue la voluntad del Señor. Hizo a las madres así por los niños, que necesitan protección, pues la mayor parte del tiempo los hombres no están. Si algo malo le pasa a una criatura, a buen seguro que su papá se habrá ido a cualquier parte. Ayudar a ese niño será cosa de la mamá. Pero Dios nunca impone una tarea sin darnos los medios para cumplirla. Esa preocupación de mamá viene directamente de Él, y ellas lo hacen así porque no pueden evitar cuidar a sus hijos. De vez en cuando una ve alguna madre que no la tiene, que va y no se preocupa del bebé que salió de su propio cuerpo. Y una intenta que ella lo coja en brazos y lo alimente, pero no lo tiene en ella. Solo se queda mirando, dejando al bebé allí tumbado y llorando para que otra gente haga por él. Y entonces una sabe que ese niño crecerá con la cabeza mal, si llega a crecer.

Laura McAllan estaba atendiendo a sus dos niñas pequeñas y enfermas cuando llegué con su esposo. Una estaba inclinada sobre una olla con agua hirviendo y tenía una toalla en la cabeza. La otra estaba sola, allí, tumbada en la cama haciendo ese horrible ruido de la tos. Cuando la señá McAllan levantó la mirada y nos vio, sus ojos casi nos hacen virutas a los dos.

—¿Quién es esa, Henry? ¿Dónde está el médico?

—El puente está inundado —dijo—. No pude llegar al pueblo. Laura, esta es Florence Jackson. Florence, te presento a mi esposa. Creo que ella podrá ayudar.

—¿Ves a alguna parturienta por aquí? —preguntó—. Estas niñas necesitan ayuda médica, no una abuelita con una bolsa repleta de pociones.

Justo entonces la pequeña comenzó a tener arcadas, como suelen tener cuando la tos les da fuerte. Me acerqué a ella. La puse de lado y sujeté su cabeza sobre el cuenco, pero todo lo que salió fue bilis amarillenta.

—Lo he visto en los mis hijos —le dije—. Necesitamos meterles un poco de líquido dentro. Pero antes tenemos que sacarles algo de esas flemas.

Pasó un rato fulminándome con la mirada y después dijo:

—¿Cómo?

—Les haré un poco de té de marrubio, y después les daremos los vahos como ya taba haciendo. Eso de prepararlas los vahos fue mu bueno.

El señó McAllan se quedó allí plantado, goteando agua por todo el suelo. Cada vez que una de sus pequeñas tosía parecía que le daban una puñalada. En situaciones así tienes que darles a los hombres algo que hacer. Le pedí que fuese a hervir un poco más de agua.

—Este té sacará las flemas de ahí ahora mismo —le dije a la señá McAllan—. Después de que respiren mejor, las haremos algo de caldo de pollo y le pondremos un poco de corteza de sauce molía pa la fiebre.

—Tengo aspirinas por algún lado, si es que las encuentro en medio de este desastre.

—No se preocupe. La aspirina está hecha con corteza de sauce, hacen lo mismo efecto.

—Debería haberlas llevado ayer al médico, apenas comenzaron a toser. Si algo les pasase…

—Escúcheme —le dije—, las sus niñas van a estar bien. Jesús las cuida y yo también estoy aquí, y ninguno de los dos nos vamos a ir hasta que se sientan mejor. Deles una semana o así, después tarán como una lechuga, ya lo verá —le hablé como a las parturientas. Las madres necesitan oír palabras tranquilizadoras. Son tan importantes como las medicinas; a veces más.

—Gracias por venir —me dijo después.

—De nada.

Después de que las niñas tomaran un poco de té y se calmasen un poco, fui y comencé a desplumar el pollo que les había llevado. No había vuelto a esa casa desde que los Conley la dejasen, y estaba sucia de abandono. Bueno, no abandonada del todo… muchas criaturas habían entrado y salido de allí. En el suelo había cagadas de ratón y rastros de serpiente, cáscaras de chicharra en las paredes y suciedad por todas partes. Cuando la señá McAllan llegó y me vio mirando, puedo asegurar que se sintió avergonzada.

—No he tenido tiempo para limpiar —dijo—. Las niñas se pusieron enfermas en cuanto llegamos.

—Lo arreglaremos, no se preocupe.

Aquel viejo pasó el tiempo sentado a la mesa, mirándome, durante todo el rato que pasé desplumando aquel pollo y cortando zanahorias y cebollas. Era el padre del señó McAllan, al que llamaban Papaíto. Era un tipo calvo con apenas algo de carne en los huesos, pero todavía con todos sus dientes… la boca entera llena de unos dientes largos y amarillos como el maíz. Tenía los ojos tan claros que casi no tenían color. Había algo en esos ojos suyos que me ponía los pelos de punta cada vez que los tenía encima.

El señó McAllan había salido y la señá McAllan volvió al dormitorio con las niñas, así que Papaíto y yo quedamos solos un rato.

—Digamos, chica, que tengo sed —dijo—. ¿Por qué no echas una carrera hasta la bomba y me traes algo de agua?

—Tengo qu’acabar este caldo pa las niñas —contesté.

—Ese caldo puede apañarse sin ti durante un rato.

Le di la espalda, no le respondí. Quedé allí dándole vueltas a la perola y nada más.

—¿Me has oído, chica? —dijo.

La verdad es que mi papá y mi mamá me enseñaron a ser respetuosa con la gente mayor y ayudarla en lo que pudiese, pero también es verdad que no quería servirle agua a ese viejo. Era como si todo mi cuerpo se hubiese hecho pesado de repente y no quisiera moverse. Probablemente hubiese acabado obligándolo, pero entonces se presentó la señá McAllan y dijo:

—Papaíto, justo ahí tiene agua para beber, en la cubeta junto al fregadero. Debería saberlo, usted la sacó esta mañana.

Alzó su vaso hacia mí sin decir una palabra. Y sin decir una palabra lo cogí y lo llené con agua de la cubeta. Pero antes de volverme para dársela, metí un dedo en ella.

Para cenar freí algo de jamón y unas papas que tenían, y también hice

biscuits & gravy[7]. Luego los serví y comencé a prepararme un plato para llevármelo fuera, a la galería.

—Florence, ya puedes volver a casa —dijo las señá McAllan—. Seguro que tienes una familia que cuidar.

—Sí, señá, la tengo —respondí—, pero no puedo ir pa casa. Es lo que le dije al su marío cuando fue a buscarme. Esa tosferina es contagiosa, sobre to al principio, como les pasa a las sus niñas. Van a ser contagiosas hasta el fin de la semana, por lo menos. Si ahora me voy pa casa podría contagiársela a mis propios hijos, o a alguno de los de las mis madres.

—No pienso dormir bajo el mismo techo que una negraca —anunció Papaíto.

—Florence, ¿podrías ir a ver a las niñas? —me pidió la señá McAllan.

Salí de la habitación, pero aquella era una casa pequeña y yo no tenía problemas de oído.

—Aquí no se queda a dormir —decía Papaíto.

—Vale, pero no la podemos enviar a casa para que contagie a su familia —contestó la señá McAllan—. No estaría bien.

Hubo una pausa muy larga y después intervino el señó McAllan:

—No, eso no puede ser.

—Pues muy bien —continuó Papaíto—, podría ir a dormir fuera, al establo, con los demás animales.

—¿Cómo se le ocurre semejante cosa con este frío? —replicó la señá McAllan.

—Los negracos tienen que saber cuál es su lugar —apuntó Papaíto.

—Durante las últimas horas —le recordó—, su lugar ha estado a los pies de la cama de sus nietas, haciendo todo lo que estaba en su mano para curarlas. Lo cual es más de lo que puedo decir de usted.

—Déjalo, Laura —terció el señó McAllan.

—Vamos a prepararle un camastro aquí mismo, en la sala principal —dijo la señá McAllan—. O puede usted dormir aquí y la alojamos a ella en el cobertizo.

—¿Y que apeste mi habitación?

—Pues bien. La instalaremos aquí.

Oí una silla arrastrándose.

—¿Adónde vas? —preguntó el señó McAllan.

—Al excusado —dijo ella—, si no os parece mal.

Se abrió la puerta exterior y luego se cerró dando un portazo.

—No sé qué le ha dado a tu mujer —dijo Papaíto—, pero será mejor que la metas en vereda ya.

Escuché con atención, pero si el señó McAllan replicó algo, no lo oí.

 

Dormí cuatro noches en aquella casa, y al cabo estaba dispuesta a apostar una pasta a que habría problemas. Una delicada mujer de ciudad como Laura no estaba hecha para vivir en el Delta. El Delta atrapa a una mujer como esa y le chupa la savia hasta no dejar de ella más que pellejo y rencor; rencor contra el que la había traído aquí y la tierra que lo retenía a él y a ella con él. Henry estaba tan obsesionado con la tierra como cualquier hombre que haya visto, y he visto muchos; blancos y de color, de los dos. Está en sus ojos, en la manera con que miran a la tierra, como si fuese una mujer que los trajera locos. Los blancos ya la tienen, creen. Eres mía, espera y verás qué hago contigo. Los de color no la tienen y nunca la tendrán, pero sueñan con ella exactamente igual, con cada tirón de arado y golpe de azada. Blancos o de color, ninguno tiene cabeza suficiente para ver que es ella quien los posee a ellos. Se cobra su sangre y sudor, y la sangre y sudor de sus mujeres e hijos; y cuando los ha consumido, también se lleva sus cuerpos, revolviéndolos y revolviéndolos hasta que son uno y lo mismo, ellos y ella.

Sabía que algún día nos llevaría a Hap y a mí con ella, y a Ruel, Marlon y a Lilly May. Al único al que no había atrapado era a mi hijo mayor, Ronsel. No era como su papá y sus hermanos; sabía que trabajar el campo no era modo de prosperar en el mundo. Solo tuvo que mirarnos a Hap y a mí para comprenderlo. Nuestras vidas desperdiciadas mudándonos de una granja a otra, esperando encontrar mejores condiciones y un jefe que no nos engañase. En el lugar que más tiempo habíamos pasado fue en la propiedad de los Conley; llevábamos siete años allí. El señó Conley también nos engañaba algo, pero era mejor que la mayoría. Nos permitía cultivar un pequeño huerto de verduras para nosotros, y de vez en cuando su esposa nos daba ropa vieja y calzado usado. Así que cuando la señá Conley nos dijo que estaba harta y vendió la granja, nos preocupamos de verdad. Uno nunca sabe dónde se mete cuando llega un nuevo terrateniente.

—Me pregunto si el McAllan ese ha trabajado la tierra alguna vez — comentó Hap, preocupado—. Es de Memphis, allá arriba… Apuesto a que no sabe de cuál lado come la mula y de cuál caga.

—Eso no importa —le dije—. Nos las apañaremos como siempre.

—Podría echarnos.

—No lo hará. No con la cosecha a la vuelta de la esquina.

Pero podría haberlo hecho si hubiese querido, esa es la pura verdad. Los terratenientes pueden hacer lo que les venga en gana. Los he visto echar a familias enteras después de la entrega del algodón, a pesar de que la familia pasara toda la primavera y el verano preparándolo para la cosecha. Y si te decían que les debías por el mobiliario, no sacabas nada del trabajo. No hay nadie que los enderece a tu favor. Tampoco podías ir al jefe de policía, pues siempre iba a ponerse de parte del dueño.

—Aunque quiera que nos quedemos —dijo Hap—, aún podíamos tener que marcharnos según la clase de tipo que sea.

—Por mí como si es el Oscuro en persona. No voy a marchar si no tenemos que hacerlo. Me llevó to’ este tiempo arreglar la casa pa’ vivir en ella y plantar ‘n’el jardín unos buenos tomates y verduras. Además, no puedo marchar así como así y dejar a las mis madres —tenía a cuatro madres a punto en los próximos dos meses y una de ellas, la pequeña Renie Atwood, aún era una cría. Ninguna podía permitirse un médico y yo era la única abuelita partera en varias millas a la redonda.

—Te marcharás si yo lo digo —dijo Hap—. Porque el marío es el dueño la esposa como Cristo es el jefe la Iglesia.

—Solo mientras viva —respondí—. Porque si el marío muere, la esposa queda libre de su ley. Eso dice la Epístola a los Romanos.

Hap me lanzó una mirada atravesada y yo se la devolví. Nunca me puso una mano encima y siempre le dije lo que pensaba. Algunos hombres tienen que pegar a su mujer para que ellas hagan lo que ellos quieren, pero Hap no. Todo lo que tenía que hacer era hablarte. Una podía comenzar el asunto en el lado opuesto, y después de que hablase, hablase y volviese a hablar, una se encontraba asintiendo y dándole la razón. Así fue como empecé a amarlo, por sus palabras. Antes de que conociese el sabor de sus manos en mí o su olor en la oscuridad, yo posaba la cabeza en su hombro y cerraba los ojos y dejaba que sus palabras me llevasen flotando como el agua.

Henry McAllan resultó no ser el Oscuro después de todo, pero no valdría de nada decírselo a mi marido.

—¿Sabes lo que está haciendo ese hombre? —preguntó Hap—. Está trayendo uno de esos traztores del infierno. Usa una máquina pa’ trabajar su tierra en vez de las manos que Dios le dio; y también echó a tres familias.

—¿Quiénes?

—Los Fikes, los Byrd y los Stinnet.

Me sorprendió lo de los Fikes y los Stinnet, teniendo en cuenta que eran blancos. Muchas veces el terrateniente echaría primero a las familias de color.

—Pero a nosotros nos deja —señalé.

—Sí.

—Bueno, podemos dar gracias al to Poderoso por eso.

Hap negó con la cabeza.

—Ná más se trata que de brujería.

Aquella noche, después de la cena, nos leyó del Apocalipsis. Cuando llegó adonde habla de la bestia con siete cabezas y diez cuernos, y sobre los cuernos diez coronas y llena de nombres de blasfemia, supe que se refería a ese tractor.

 

El verdadero demonio era aquel viejo. Cuando la señá McAllan me pidió que le cuidase la casa como había hecho para la señá Conley, casi dije que no por ese Papaíto. Pero Lilly May necesita un calzado especial para su pie deforme; Ruel y Marlon necesitaban ropa nueva, porque crecían tan rápido que estaban a punto de reventar las costuras de la vieja, y Hap quería una segunda mula para poder trabajar más acres y ser capaz de ahorrar lo suficiente para comprar su propia tierra, así que dije que lo haría. Trabajaba para Laura McAllan de lunes a viernes, a no ser que tuviese un parto o una madre necesitase que la mirara. Mi trabajo de partera iba antes, le dije cuando acepté el empleo. No le gustó mucho, pero dijo que estaba bien.

El viejo nunca le dio un minuto de paz, ni a mí tampoco. Se pasaba todo el día sentado, encontrando faltas en todo y en todos. Cuando él estaba en casa se me ocurrían montones de cosas que hacer fuera y cuando estaba fuera, en el porche, yo trabajaba en la casa. Y aun así había veces que tenía que estar en la misma habitación que él y no lo podía evitar. Como una vez que tenía plancha para hacer, casi toda suya porque vestía de domingo todos los días de la semana. Estaba sentado en la mesa de la cocina, como siempre, fumando y limpiándose la suciedad de las uñas con un cuchillo de caza. Pero no podía limpiarlas bien porque estaba muy ocupado mirándome de arriba abajo.

—Mejor será que pongas cuidado, chica, o vas a quemar esas sábanas.

—Nunca he quemao na, señó McAllan.

—Cuida de no hacerlo.

—¡Caray!

Se quedó un rato mirando la porquería en la punta de su cuchillo, y después dijo:

—¿Por qué ese hijo tuyo aún no ha vuelto de la guerra?

—Aún no lo han licenciao —respondí.

—Supongo que todavía se necesitan cavar unas cuantas zanjas más por allí, ¿eh?

—El Ronsel no cava zanja ninguna —le dije—. Es jefe de carro. Peleó en un montón de batallas.

—¿Es eso lo que te dijo?

—Eso es lo que hizo.

El viejo rio.

—Ese muchacho te está tomando el pelo, chica. No hay manera de que el Ejército entregue a un negro de mierda un carro que cuesta miles de dólares. No, es más probable que sea un negraco cava-zanjas. Claro que eso no suena tan bien como «jefe de carro» cuando le escribes a los de casa.

—Mi hijo es sargento en el 761 batallón blindado —dije—. Esa es la verdad, tanto si quiere creerla como si no.

Soltó un fuerte resoplido. Le respondí del único modo que pude, almidonando sus sábanas hasta que estuvieron tiesas y rasposas como tablones sin pulir.

 

LAURA

Fair Fields. Así es como Henry quiso llamar a la granja. Nos lo anunció a las niñas y a mí un día, después de acudir a la iglesia, aclarándose primero la garganta con la suficiencia de un político de pueblo a punto de descubrir la nueva estatua de la plaza mayor.

—Creo que suena bien y no es demasiado pretencioso —dijo—. ¿Qué os parece, chicas?

—¿Fair Fields? —dije yo—. Mudbound es más apropiado.

—¡Mudbound! ¡Mudbound! —gritaron las niñas.

No podían parar de reír y repetir el nombre. Y con Mudbound se quedó; ya me aseguré yo de eso. Fue una buena forma de venganza, aunque la única disponible para mí en aquel momento. Jamás había estado tan enfadada como aquellos primeros meses en la granja viendo a Henry tan feliz. Ser propietario de un terreno lo había transformado, sacando de él un entusiasmo infantil que muy pocas veces había visto. Podría llegar a casa exultante por los emocionantes sucesos de la jornada: su decisión de plantar treinta acres de soja; la compra a un vecino de una buena cerda; el nuevo herbicida sobre el que hubiese leído en Progresive Farmer. Yo lo escuchaba y respondía con todo el entusiasmo que era capaz de reunir. Intentaba construir mi felicidad con retazos de la suya, como debería hacer una buena esposa, pero su satisfacción me hacía daño. Cada vez que lo veía al borde de la finca, con las manos en los bolsillos mientras oteaba el terreno con el feroz orgullo de la posesión, pensaba: Él nunca me ha mirado así, ni una sola vez.

Oculté mis sentimientos manteniendo una desesperada alegría por el bien de las niñas y la buena marcha del matrimonio. Algunos días no tenía ni que fingir. Los días en que el tiempo era apacible, suave, y el viento alejaba de nosotros el olor del retrete exterior en vez de traerlo. Los días cuando el viejo salía con Henry, dejando la casa para mí, las niñas y Florence. Dependía mucho de ella, y por mucho más que por las labores domésticas, aunque eso jamás lo hubiese admitido entonces. Cada vez que la oía llamar a la puerta trasera con sus toscos golpes, sentía una gran relajación, como si el cuerpo se aflojase. Algunas mañanas oía en su lugar el dubitativo golpeteo de Lilly May, y entonces sabía que habían llamado a Florence para que atendiese en casa de otra mujer. O abría la puerta para encontrarme a su marido en el porche, nervioso, retorciendo con las manos su ajado sombrero de paja, diciendo que habían comenzado los dolores, ¿podría irse con él? Florence recogía entonces su maletín de cuero y se iba, animada con su determinación e importancia, dejándome sola con las niñas y el viejo. Aceptaba esas ausencias porque no tenía otra opción.

—Tengo que cuidar de las madres y los bebés —me decía—. Creo que pa eso me trajo el Señó a este mundo.

Tenía cuatro hijos: Ronsel, el mayor, que aún estaba en ultramar con el Ejército; los gemelos, Marlon y Ruel, dos niños tímidos y robustos, de doce años, que trabajaban con su padre en el campo y Lilly May, que tenía nueve. Había dado a luz a otro niño, Landry, que murió a las pocas semanas de nacer. Florence llevaba una bolsa de cuero colgada del cuello con una correa, y en ella contenía los restos secos del saco amniótico donde había nacido la criatura.

—Un saco alrededor del niño significa que está marcado por Jesús —me dijo—. Jesús vio la señal y se llevó al Landry pa Él solo. Pero mi hijo me verá desde el Cielo mientras lleve su saco.

Como muchos negritos, Florence era muy supersticiosa, y rebosaba de consejos bienintencionados acerca de temas sobrenaturales. Me rogó quemar los recortes de las uñas y el pelo del cepillo y así evitar que mis enemigos los utilizasen para lanzarme un maleficio. Cuando le aseguré que no sería necesario, pues no tenía enemigos, miró de modo harto significativo a Papaíto, sentado en el otro extremo de la sala, y dijo que el Hombre Oscuro tenía muchos adláteres y que una debía estar todo el tiempo alerta contra ellos. Un día olí a algo podrido en el dormitorio y encontré un huevo roto puesto en un platillo bajo la cama. Parecía haber estado allí al menos una semana. Cuando se lo mostré a Florence, me dijo que era para conjurar el mal de ojo.

—Aquí no hay mal de ojo —le dije.

—Que usté no lo vea no quiere decir que no haya.

—Florence, eres cristiana —señalé—. ¿Cómo puedes creer en todas esas historias de maldiciones y espíritus?

—Están en la Biblia. Caín fue maldito por matar al su hermano. Las mujeres fueron malditas porque la Eva le hizo caso a esa vieja serpiente. Y todos llevamos en nosotros al Espíritu Santo.

—Eso no tiene nada que ver.

Respondió con un fuerte resoplido. Más tarde vi que le daba el plato a Lilly May, y esta fue a enterrar el huevo al pie del roble. Sabe Dios qué se supone que lograría eso.

No había escuela para la gente de color durante la época de cosecha, así que Florence traía a menudo a Lilly May para que trabajase con ella. Era una niña fantasiosa, alta para su edad, con la piel color negro púrpura de su madre. Las niñas adoraban a Lilly May, aunque ella no hablase mucho. Tenía un pie deforme, por tanto carecía del garbo lento y poderoso de Florence, pero su voz lo compensaba con creces. Jamás oí a nadie cantar como esa niña. Su voz se elevaba, te llevaba con ella, y cuando se detenía, al apagarse la vibración de la última nota aguda y anhelante, una sentía dolor por su fin y por tener que regresar al solitario saco de carne mortal. La primera vez que la escuché estaba tocando el piano, enseñándoles a las niñas la letra de Amazing Grace; y entonces Lilly May se unió desde la galería, donde estaba pelando guisantes. Siempre estuve orgullosa de mi voz, pero al escuchar la suya recibí tal lección de humildad que enmudecí. Su voz no era terrenal, era una gracia dulce y segura que aunaba llanto y promesa. Cualquiera que crea que los negritos no son hijos de Dios, nunca ha oído a Lilly May cantándole al Señor.

Eso no quiere decir que piense que Florence es igual a mí y su familia igual a la mía. Yo la llamo Florence y ella me llama señá McAllan. Ella y Lilly May no usaban nuestro retrete exterior, sino que hacían sus necesidades entre los arbustos de la parte trasera. Y cuando al mediodía nos sentábamos a comer, ellas comían en la galería.

 

Incluso con la ayuda de Florence, a menudo me sentía abrumada por el trabajo y el calor, los mosquitos y el barro, y sobre todo, por la brutalidad de la vida rural. Yo, como la mayor parte de la gente de ciudad, tenía una visión ridícula e ideal del campo. Me imaginaba la lluvia cayendo con suavidad sobre campos verdeantes, niños descalzos pescando con cardos colgando de sus bocas, mujeres haciendo acolchados en pequeñas y acogedoras cabañas de troncos mientras sus maridos fumaban con sus pipas de maíz en el porche. Uno tiene que acercarse más al cuadro para ver las cabañas destartaladas desperdigadas por esos campos, donde familias vestidas con ropa harapienta confeccionada con tela de sacos de harina dormían de diez en diez en una habitación con el suelo de tierra; el anquilostoma causaba sarpullidos en los pies de los niños y la pelagra les producía espantosas escamas rojas en sus manos y brazos; los moratones en los rostros de las mujeres y la rabia y la desesperanza en los ojos de los hombres.

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