Mudbound

Hillary Jordan · Capítulo 1 de 5 · parte 2/4

Páginas del PDF

Mudbound

Primera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Gracias a Henry. Mucho de lo que soy, y de lo que he hecho, se lo debo a Henry. Mi primer recuerdo es el de la primera vez que lo vi. Mi madre me sostenía en brazos, acunándome, y luego me tendió a un desconocido alto, de cabello blanco. Tuve miedo y poco después dejé de tenerlo… Eso es todo lo que recuerdo. Según lo cuenta Mamá, comencé a tener una rabieta, pero en cuanto Henry me sostuvo frente a él y dijo: «Hola, hermanito», dejé de llorar de inmediato y le metí los dedos en la boca. Yo, que aullaba como un indio cada vez que mi padre, o cualquier varón, intentaba cogerme, me quedé muy tranquilo en brazos de mi hermano. Yo tenía un año y medio; él veintiuno, y acababa de regresar de la Gran Guerra.

Gracias a Henry crecí odiando a los boches. Los boches habían intentado matarlo en alguna parte de Francia, en un bosque. Ellos le dieron la cojera y el cabello blanco. También le quitaron cosas… No sabía qué, pero podía percibir su ausencia. Jamás hablaba de la guerra. Papaíto siempre lo pinchaba para que lo hiciese, quería saber a cuántos hombres había matado y cómo lo había hecho.

—¿Fueron más de diez? ¿Más de cincuenta? —le preguntaba Papaíto—. ¿Te cargaste a alguno con la bayoneta o les disparabas desde lejos?

Pero Henry nunca lo dijo. La única vez que lo oí referirse a la guerra fue durante mi octavo cumpleaños. Vino a casa a pasar el fin de semana y me llevó a cazar un ciervo. Fue la primera vez que tuve que portar un arma de verdad (si se puede calificar como arma de verdad a una Daisy modelo 25 de aire comprimido) y rebosaba orgullo varonil. No logré acertarle a nada, aparte de unos cuantos árboles, pero Henry abatió un ejemplar de ocho puntas. No fue una muerte limpia. Al llegar al lugar donde el macho había caído, descubrimos que aún vivía, luchando en vano por levantarse. Un trozo de hueso partido asomaba por una herida abierta en el muslo. Tenía los ojos desorbitados, sin comprender.

Henry se pasó una mano por el rostro y después agarró mi hombro con fuerza.

—Si alguna vez vas a ser soldado —me dijo—, prométeme que intentarás ir ahí arriba, a volar. Dicen que las batallas son más limpias ahí arriba.

Se lo prometí. Después se arrodilló y le cortó la garganta.

A partir de ese día, cada vez que los fumigadores sobrevolaban nuestra granja, yo simulaba ser el piloto. Solo que no eran gorgojos de algodón lo que yo mataba, sino boches. En mi imaginación, debí de abatir cientos de pilotos alemanes sentado en las ramas superiores del liquidámbar de la parte trasera de casa.

Pero si Henry encendió la chispa de mi ansia de volar, Lindbergh prendió la hoguera con su travesía en solitario del océano Atlántico. Sucedió menos de un mes después de la inundación. Greenville y nuestra granja aún se encontraban bajo tres metros y medio de agua, así que vivíamos con mis tíos de Carthage. La casa estaba atestada y para dormir me encajaron en el ático, compartiendo una cama francesa con mis primos Albin y Avery, dos matones con la cara llena de granos y los dientes muy salidos. Apretujado entre los dos, soñaba con la inundación: el juego de las adivinanzas, la voz del agua, la enorme mano blanca. Mis gemidos los despertaban, y ellos me despertaban a mí dándome patadas y puñetazos, llamándome marica y niño de teta. Pero ni siquiera sus amenazas (estrangularme, tirarme por la ventana, atarme sobre un hormiguero y derramar melaza sobre mis ojos) podían evitar que la inundación viniese a mí durante el sueño. Venía casi todas las noches, y siempre me rendía a ella. Esa era la parte que temía: la parte donde, simplemente, dejaba que el agua me atrapase. Parecía una debilidad vergonzosa, de la clase que mi hermano jamás mostraría, ni siquiera en sueños. Henry habría luchado con todo lo que tuviese a mano, y habría continuado luchando incluso después de que su fuerza se hubiese agotado… Como no había hecho yo. Al menos, estaba bastante seguro de que no lo había hecho. Eso era lo peor de todo, el no tener memoria de qué había pasado entre el momento en que caí al agua y cuando Henry me sacó de ella. Solo tenía el sueño, y este parecía confirmar mis peores temores acerca de mí. A medida que pasaban los días y el sueño iba haciéndose recurrente, me convencía más y más de que era verdad. Me había entregado al agua por voluntad propia, y lo haría de nuevo si tuviese la oportunidad.

Empecé a negarme a bañarme. Albin y Avery añadieron «puerco» a su lista de términos cariñosos y Papaíto me azotó el trasero con una vara hasta hacerme sangrar, gritando que no tendría un hijo que anduviese por ahí apestando como un negraco. Al final, mi madre amenazó con bañarme ella si yo no lo hacía. Pensar en Mamá viéndome desnudo fue incentivo suficiente para enviarme directo a la pila, aunque nunca la llenase más de unos centímetros.

Fue por entonces cuando las historias acerca de Lindbergh comenzaron a salir en los periódicos y en la radio. Iba en busca de los veinticinco mil dólares del Premio Orteig, ofrecido por un francés llamado Raymond Orteig al primer piloto capaz de volar sin escalas desde Nueva York a París o viceversa. La bolsa estuvo disponible desde 1919. Unos cuantos pilotos habían intentado obtenerla. Todos fracasaron, y seis murieron en el intento.

Yo estaba convencido de que Lindbergh sería quien lo consiguiese. ¿Qué importaba que fuese más joven y menos experimentado que cualquiera de los pilotos que lo habían intentado? Él era un dios… Sin miedo, inmortal. No había posibilidad de que fracasase. La prensa local no compartía mi confianza y lo apodó «el Tonto Volante», por intentarlo sin copiloto. Yo me decía que los tontos eran ellos.

El día del vuelo toda mi familia se reunió en torno a la radio y escuchó las noticias del progreso de Lindbergh. Su avión había sido avistado sobre Nueva Inglaterra, después en Terranova. Y luego desapareció durante las dieciséis horas más largas de mi vida.

—Está muerto —dijo Albin—. Se durmió y su avión se ha estrellado sobre el océano.

—¡No! —respondí—. Lindy nunca se dormiría volando.

—Quizá se perdió —intervino Avery.

—Sí —continuó Albin—, quizá sea demasiado idiota para encontrar la ruta.

El comentario era una referencia al hecho de que yo me había perdido unos días antes. Se suponía que esos dos me llevarían a pescar, pero me tuvieron dando vueltas por ahí y después se escabulleron por el bosque. Yo no conocía el terreno aledaño a Carthage y tardé tres horas en encontrar el camino de vuelta a casa; para entonces mi madre ya estaba trastornada con la preocupación. Albin y Avery recibieron una tunda, aunque eso no hizo que me sintiese mejor. Me habían vencido de nuevo.

Esta vez no. Lindbergh les daría una lección. Él ganaría por los dos.

Y, por supuesto, lo hizo. El Tonto Volante se convirtió en el Águila Solitaria y el triunfo de Lindy también fue mío. Incluso mis primos vitorearon cuando aterrizó sano y salvo en el aeropuerto de Le Bourget. Era imposible no sentirse orgulloso de lo que había hecho. Era imposible no querer ser como él.

Aquella noche, después de cenar, salí, me tumbé sobre la hierba húmeda y contemplé el firmamento. Era el momento del ocaso, de esa increíble sombra azul púrpura que apenas dura unos minutos antes de convertirse en simple oscuridad. Quería sumergirme en esa masa azul y perderme en ella. Recuerdo pensar que allí arriba no había nada malo. No había oscuridad, hedor ni turbias aguas asesinas. No había fealdad ni odio. Solo azul, gris y las diez mil tonalidades entre ambos, todas ellas hermosas.

Sería un piloto como Lindbergh. Viviría grandes aventuras, realizaría hazañas y defendería a mi país, y sería glorioso. Y yo sería un dios.

Quince años después el Ejército me concedió mi sueño. Y no lo fue. Y no lo fui.

 

RONSEL

Nos llamaban «los negracos de Eleanor Roosevelt». Decían que no pelearíamos, que huiríamos con el rabo entre las patas en el preciso instante en que entrásemos en combate real. Decían que no teníamos la disciplina necesaria para ser buenos soldados. Que no teníamos cerebro suficiente para tripular carros de combate. Que teníamos una inclinación natural hacia todo tipo de debilidades… Mentir, robar, violar mujeres blancas. Decían que en la oscuridad podíamos ver mejor que los soldados blancos porque éramos seres más cercanos a las bestias. Mientras estuvimos en Wimbourne, una muchacha inglesa que jamás había visto se acercó y directamente me tocó el trasero. Quise saber qué estaba haciendo, y me contestó:

—Comprobando si tienes cola.

—¿Cómo se te ha ocurrido pensar eso?

Dijo que los soldados blancos les habían dicho a todas las chicas inglesas que los negritos éramos más simios que hombres.

Dormíamos en barracones separados, comíamos en comedores separados, cagábamos en letrinas separadas. Incluso hicieron que tuviésemos una reserva de sangre aparte… Dios no quiera que algún muchacho blanco resultase herido y acabase con la sangre de un negraco corriendo por sus venas.

Nos dieron la escoria de todo, incluso de los oficiales. Nuestros tenientes eran en su mayoría sureños apartados de algún otro puesto. Borrachos, cobardes, fanáticos majaretas de escasa utilidad que no habrían sido capaces de encontrar la salida de una humilde choza a plena luz del día. Ponerlos al mando de los negros era su modo de castigarlos. No sentían sino desprecio por nosotros, y se aseguraban de que lo supiésemos. En la cafetería de oficiales les gustaba cantar «con un blanco batallón, sueño…» al son de Blanca Navidad. Nos habíamos enterado por los muchachos de color asignados a labores de servicio, que tuvieron que atenderlos mientras aquellos penosos imbéciles blancos lo cantaban.

Si todos hubiesen sido así, probablemente hubiera acabado fertilizando el terreno de algún granjero en Francia o Bélgica, junto con muchos otros miembros de mi unidad. Por suerte para nosotros, teníamos unos cuantos buenos oficiales blancos. La mayor parte de los licenciados en West Point eran hombres justos y decentes, y nuestro oficial al mando siempre nos trató con respeto.

—Dicen que no sois tan limpios como otras personas —nos dijo—. Hay una forma muy sencilla de rebatir eso. Aseguraos de ir más limpios que cualquiera que hayáis visto en vuestra vida, sobre todo más que todos esos blancos hijos de puta de ahí fuera. Haced que vuestros uniformes parezcan mejor cuidados. Haced que vuestras botas brillen más.

Y eso fue exactamente lo que hicimos. Nos propusimos convertir al 761 en el mejor batallón de carros de todo el Ejército.

Nos entrenamos duro, primero en Camp Claiborne, después en Camp Hood. Correspondían cinco hombres por carro, cada uno con su propia tarea, aunque todos aprendimos a desarrollar la labor de los demás. Yo era el conductor, me sentí dotado para ello desde el primer día. Es curioso ver cuántos de nosotros, granjeros, terminamos en el asiento del conductor. Claro que si uno es capaz de hacer que una mula vaya por donde uno quiere, bien puede conducir un carro Sherman.

Pasamos mucho tiempo en el campo de tiro disparando con todo tipo de armamento… Armas de calibre 45, ametralladoras, cañones. Fuimos de maniobras al Parque Nacional del bosque de Kisatchie e hicimos simulación de combate con fuego real. Sabíamos que estaban evaluando nuestro valor, y aprobamos con todos los honores. Demonios, la mayoría de nosotros temíamos más a la mordedura de una serpiente que a recibir un balazo. Algunos de los mocasines de agua que viven por allí abajo miden diez pies de largo, y eso no es ninguna mentira.

En julio de 1942 recibimos a nuestros primeros tenientes negros. Solo eran tres, pero desde entonces caminamos con la cabeza algo más erguida, al menos en la base. Fuera de la base, en las poblaciones donde disfrutábamos nuestros permisos, andábamos con mucho cuidado. En Killeen habían colgado un anuncio en nuestro honor al final de la calle Main: LOS NEGRACOS TIENEN QUE ABANDONAR LA CIUDAD A LAS 9 P.M. La pintura era de color rojo sangre, por si acaso no entendíamos el mensaje. Killeen carecía de zonas para gente de color; solo media docena de aquellas pequeñas poblaciones las tenían. La de Alexandria, cerca de Camp Claiborne, era típica… Nada aparte de una desvencijada sala de cine y dos viejos garitos. No había un lugar donde comprar o sentarse a comer. El resto de la ciudad nos estaba vedado. Si la policía militar, o la local, te sorprendía en la zona blanca de la población, te daba una paliza de muerte.

Nuestros uniformes no les importaban una mierda a los ciudadanos blancos del lugar. No es que yo esperase otra cosa, pero nuestros amiguetes del Norte y del Oeste estaban estupefactos por el modo en que nos trataban. Leer sobre las leyes de Jim Crow en el periódico es algo muy diferente a tener a un autobusero civil agitando una pistola delante de tu cara y diciéndote que saques tu negro pellejo del autobús para cederle el sitio a un gordo labriego blanco. No podían entenderlo y no importaba cuántas veces intentásemos explicárselo. Tenéis que aceptarlo para llevarlo bien, les decíamos, tenéis que mostraros humildes y cerrar el pico cuando estéis entre los blancos; pero muchos de ellos, simplemente, no podían hacerlo. Como aquel soldado yanqui en Fort Knox, donde la mayoría de los muchachos del batallón recibieron la instrucción básica. El tipo se metió en una discusión con un tendero blanco, que no pensaba venderle un paquete de cigarrillos, y acabó atado con un cordel a la defensa de un coche y arrastrado arriba y abajo por toda la calle. Ese fue solo un asesinato entre los muchos de los que oímos hablar.

Cuanto más tiempo pasaba con chicos de otras partes del país, más me cabreaba. Allí estábamos, a punto de arriesgar nuestras vidas por gente que nos odiaba tanto como a los boches o a los japos, quizá más aún. El Ejército no hizo nada para protegernos de los lugareños. Cuando la policía local le daba una zurra a un soldado de color, el Ejército miraba para otro lado. Cuando aparecían cuerpos de soldados negros al otro lado del campamento, la policía militar ni siquiera intentaba averiguar quién lo había hecho. No hacía falta ser un genio para entender el porqué. Las palizas, la comida repugnante y todo eso, los pésimos oficiales… Todo tenía un único objetivo. El Ejército quería que fracasáramos.

 

Nos entrenamos durante dos largos años. En el verano de 1944 ya habíamos abandonado la esperanza de que ni siquiera nos dejasen combatir. Según el Courier, éramos cien mil los que servíamos en ultramar, aunque solo había una unidad de combate compuesta por gente de color. El resto pelaba patatas, cavaba trincheras y limpiaba letrinas.

Pero entonces, al llegar agosto, corrió la noticia de que el general Patton había mandado ir por nosotros. Nos había visto de maniobras en Kisatchie y quería que combatiésemos en la vanguardia de su Tercer Ejército. ¡Qué orgullosos estábamos, maldita sea! Ahí se presentaba nuestra oportunidad de enseñarle al mundo algo que jamás había visto. A la mierda con Dios y la nación, pelearíamos por nuestra gente y el respeto que nos debíamos a nosotros mismos.

Partimos de Camp Hood a finales de agosto. Nunca me había alegrado tanto de abandonar un lugar. De aquel sitio odioso solo echaría de menos a Mallie Simpson, una maestra de escuela a la que hice compañía en Killeen. Mallie era bastante mayor que yo. Bien podría tener treinta años, aunque nunca se lo pregunté, ni me importó. Era una chica diminuta con una risa franca y contagiosa. Sabía cosas de las que las muchachas de mi tierra no tenían la menor idea; cosas relacionadas con lo que papá llama «actividad natural». Algunos fines de semana apenas salíamos de su cama, a no ser para ir a la licorería. Mallie era aficionada a la ginebra. La bebía sola, tragando de golpe un chupito tras otro. Solía decir que un vaso medio lleno de ginebra era una invitación al mal. A mí me parecía que bastante mal había ya en vaciarlos por completo, pero no iba a quejarme. Me despedí de ella con auténtica tristeza. Suponía que iba a pasar mucho tiempo antes de que volviese a estar con una mujer… Según había oído, en Europa no había más que gente blanca.

Pero supuse mal. Sí que estaba llena de gente blanca, aunque no era como la de casa. No había odio en ellos. En Inglaterra, donde pasamos el primer mes, algunas personas no habían visto nunca a un hombre negro y mostraban más curiosidad que otra cosa. Una vez que averiguaron que éramos personas como las demás, así nos trataron. Las chicas también. La primera vez que una muchacha blanca me pidió bailar casi caigo de culo.

—Vamos —susurró mi amiguete Jimmy; él era de Los Ángeles.

—Jimmy —le dije—, tienes que estar como una regadera.

—Si no vas tú, voy yo —dijo; así que fui y bailé con ella. No puedo decir que lo disfrutase mucho, al menos no esa primera vez. Sudé tanto que bien podría haber estado recogiendo algodón. Apenas la miré, pues estaba demasiado ocupado vigilando a los tipos blancos presentes en la sala. Mientras tanto, mi mano descansaba sobre su cintura y su mano envolvía mi sudoroso cuello. Mantuve los brazos tan rígidos como pude, pero la pista de baile estaba abarrotada y su cuerpo no hacía más que chocar contra el mío.

—¿Qué pasa? —me preguntó un rato después—. ¿No te gusto?

Su mirada expresaba un absoluto desconcierto. Entonces fue cuando lo comprendí: no le importaba el color de mi piel. Para ella yo solo era un hombre comportándose como un imbécil. La estreché contra mí.

—Por supuesto que me gustas —le dije—. Para mí eres la chica más bonita que he visto en mi vida.

No estuvimos mucho tiempo en el país, pero siempre estaré agradecido al pueblo inglés por su buen recibimiento. Fue la primera vez que me vi primero como un hombre y después como un negro.

Por fin, en octubre, nos destacaron donde se libraba el combate, en Francia. Cruzamos el canal de la Mancha y desembarcamos en la playa de Omaha. No podíamos creer el desbarajuste que vimos allí. Barcos hundidos, carros de combate destrozados, vehículos todoterreno, planeadores y camiones destruidos. No había cadáveres esparcidos en la arena, aunque en nuestra mente podíamos verlos con facilidad. Hasta entonces habíamos considerado a nuestro país, y a nosotros mismos, como invencibles. En aquella playa hubimos de enfrentarnos al hecho de que no lo éramos, y la impresión nos golpeó de lleno.

Normandía se quedó en nuestro recuerdo durante el viaje de cuatrocientas millas en dirección este, hasta el frente. Tardamos seis días en llegar a esa pequeña ciudad llamada Saint-Nicholas-de-Port. Podíamos oír la batalla librándose a pocos kilómetros de distancia, pero no nos enviaron. Esperamos tres días más, nerviosos como gatos. Entonces, una tarde recibimos la orden de preparar nuestras armas. Un puñado de policías militares en vehículos todoterreno con ametralladoras montadas se presentó dejando los coches aparcados alrededor de nuestros carros. Después llegó un único todoterreno haciendo chirriar las ruedas. Un general de tres estrellas saltó del vehículo y se subió a la capota de un semioruga. Al ver las pistolas con empuñaduras de marfil supe que estaba mirando al viejo Sangre y Agallas en persona.

—Hombres —dijo—, sois los primeros tanquistas negros que jamás hayan combatido en el ejército estadounidense. Nunca os hubiese solicitado bajo mi mando si no fueseis los mejores. En mi ejército solo tengo lo mejor. Y me importa una mierda de qué color seáis mientras avancéis y matéis a esos boches hijoputas.

Me impresionó oír su voz, pues era tan aguda como la de una mujer. Supongo que por eso renegaba tanto, porque no quería que nadie lo tomase por un mariquita.

—Todos tienen sus ojos puestos en vosotros, y de vosotros se esperan grandes cosas —continuó—. Sobre todo, vuestra raza cuenta con vosotros. No la decepcionéis y no me decepcionéis, ¡maldita sea! Dicen que morir por tu país es un acto patriótico. Pues bien, vamos a ver cuántos patriotas podemos sacar de esos alemanes hijos de puta.

Por supuesto, todos habíamos oído chismes acerca de Patton. De cómo golpeó a un soldado enfermo en un hospital de Italia, después de sacarlo de la cama a rastras. De cómo estaba como una cabra y odiaba a la gente de color. No me importa lo que pueda decir cualquiera, aquel hombre fue un auténtico soldado y nos llevó con él cuando nadie más creía que valiésemos una mierda. Hubiera ido y vuelto del Infierno por él, y creo que todos los Panteras pensábamos igual. Así es como nos llamábamos a nosotros mismos: los Panteras Negras, el 761 batallón blindado. Nuestro lema era: «Vamos a pelear». Aquel día en Saint-Nicholas-de-Port solo eran palabras escritas en nuestro estandarte, pero estábamos a punto de averiguar qué significaban.

 

La tripulación de un carro es como una pequeña familia. Con los cinco ahí metidos un día tras otro, no nos quedaba otra opción sino intimar. Un tiempo después nos movíamos como los cinco dedos de una mano. Uno de los muchachos decía haced tal cosa y estaba hecha casi antes de que acabase de pronunciar las palabras.

No nos bañábamos, no había tiempo, y además, hacía un frío de espanto; te aseguro que el hedor dentro de aquel carro podía llegar a ser de verdad desagradable. Una vez nos encontrábamos en medio de la batalla cuando le entró diarrea a nuestro artillero, un tipo de Oklahoma, grande y difícil, llamado Warren Weeks. Y ahí mismo se colocó en cuclillas sobre su casco puesto boca arriba, gruñendo y disparando contra los Panzer alemanes. El aire era tan hediondo que casi dejo allí mi desayuno.

—¡Joder, Weeks! —berreó el sargento Cleve—. Había que cargarte a ti y dispararte a los boches, se rendirían pero a la voz de ya.

Reventamos de risa. Al día siguiente un proyectil perforante arrancó la cabeza de Weeks. Su sangre y sesos cayeron sobre mí, los muchachos y las paredes blancas del interior. Nunca llegué a comprender por qué el Ejército decidió poner paredes blancas. Aquel día estaban rojas, y sin embargo, continuamos combatiendo llevando encima trozos de Warren hasta que se puso el sol y cesó el fuego. No recuerdo qué batalla fue; era en algún lugar de Bélgica… quizá Bastogne, o Tillet. Llegó un punto en que no sabía qué hora era o en qué día de la semana estaba. Solo había combate continuo, estampidos de rifles, el ratatá de las ametralladoras, los disparos de bazuca, obuses y minas estallando y hombres chillando y gimiendo y muriendo. Y siendo consciente cada día de que tú podrías ser el próximo, de que podría ser tu sangre la esparcida sobre tus camaradas.

A veces el fuego de artillería era tan feroz que los muchachos de infantería nos rogaban que les dejásemos entrar en el carro. Y a veces, dependiendo de la situación, lo permitíamos. En cierta ocasión paramos en una cuesta y vimos a aquel soldado blanco sin casco corriendo hacia nosotros. No hay nada peor para un soldado de infantería que perder el casco en batalla.

—Eh, colegas, ¿hay sitio para uno más? —gritó.

—¿De dónde eres, muchacho? —respondió el sargento Cleve a voz en cuello.

—¡Baton Rouge, Luisiana!

Todos comenzamos a abuchearlo y a reírnos. Sabíamos qué significaba ser de allí.

—Lo siento, blancucho —dijo el sargento—, hoy vamos hasta los topes.

—Tengo algo de matarratas que le birlé a un boche muerto —dijo el soldado. Sacó un frasco plateado de su chaqueta y lo sostuvo en alto—. Os aseguro que esta mierda podría disolver la pintura de un granero. Os lo podéis quedar si me dejáis entrar.

El sargento enarcó una ceja y nos miró uno a uno.

—Yo soy baptista —dije.

—Y yo —apostilló Sam.

—¿Quieres que ardamos en el infierno, muchacho? —vociferó Cleve.

—¡Por supuesto que no, señor!

—Porque sabes que beber es pecado.

Todos teníamos razones suficientes para odiar a los blancuchos, pero el sargento los odiaba más que todos nosotros juntos. Se decía que su hermana fue violada por una caterva de muchachos blancos en Tuscaloosa, que de allí era.

—¡Por favor! —rogó el soldado—. Venga, ¡dejadme entrar!

—¡Piérdete, blancucho!

Recuerdo que ese soldado murió aquel día. Recuerdo que debería haberme sentido mal, aunque no fue así. Estaba tan quemado que era difícil sentir algo.

No contaba nada de eso cuando escribía a casa. Aunque los censores lo hubiesen permitido, no quería preocupar ni a mamá ni a papá. En su lugar les describía cómo era la nieve y qué bien nos trataban los lugareños (omitiendo ciertos detalles acerca de las chicas francesas). Les hablaba de la extraña comida que tenían y del brillante vestido que Lena Horne llevó cuando vino a

cantarnos en el evento de USO[3]. Papá me contestaba con noticias de casa: los mosquitos fueron atroces ese año; Ruel y Marlon habían crecido un buen par de pulgadas; Lilly May cantó un solo en la iglesia; la mula ha vuelto a comer arrancamoños.

Misisipi me parecía un lugar muy pero que muy lejano.

 

LAURA

El día 7 de diciembre de 1941 lo cambió todo para todos nosotros. Pocos días después del ataque a Pearl Harbor, Jamie y mis dos hermanos se alistaron. Teddy ingresó en el Cuerpo de Ingenieros, Pierce se enroló en la Infantería de Marina y Jamie firmó su alistamiento para entrenarse como piloto en la Aviación. Quería ser piloto de caza, pero el Ejército tenía otros planes para él. Hicieron de él un piloto de bombardero enseñándole a volar en el gigantesco B-24, los llamados Libertadores. Se entrenó durante dos años antes de ir a Inglaterra. Para entonces mis hermanos ya estaban en ultramar, Teddy en Francia y Pearce en el Pacífico.

Yo me quedé en Memphis preocupándome por ellos mientras Henry viajaba por todo el Sur construyendo bases y aeródromos para el Ejército. Se mantuvo como civil, pues al ser veterano herido en la Gran Guerra estaba exento de alistarse, algo por lo que yo estaba muy agradecida. No me importaron sus ausencias una vez me hube acostumbrado a ellas. Pronto me di cuenta de que me hacían más interesante para él cuando estaba en casa. Además, disfrutaba de la compañía de Amanda Leigh y, en febrero de 1943, de Isabelle. Las niñas eran todo lo diferentes que se podía ser. Amanda salió a Henry: tranquila, seria, comedida. Isabelle fue algo completamente distinto. Desde el día que nació quiso que la cogiese en brazos todo el tiempo y comenzaba a llorar apenas la posaba en la cuna. Su carácter exigente exasperaba a Henry, pero a mí me lo compensaba su dulzura.

Yo estaba encantada con ellas y con la belleza de una vida normal, que continuaba a pesar de la guerra y aún parecía más preciosa a causa de ella.

Cuando no estaba cambiando pañales o escardando mi jardín de la victoria[4], me dedicaba a enrollar vendas para la Cruz Roja. Mis hermanas, primas y yo organizamos campañas destinadas a recoger trozos de metal y medias de seda o nailon que el Ejército transformaría en bolsas de almacenamiento. Fue una época triste y llena de temor, aunque también emocionante. Por primera vez en nuestras vidas teníamos un propósito mayor que nosotros mismos.

Nuestra familia fue más afortunada que muchas. Perdí dos primos y un tío, pero mis hermanos sobrevivieron. Pearce fue herido en el muslo y enviado a casa antes de que los combates en el Pacífico se convirtiesen en una auténtica salvajada, y Teddy regresó sano y salvo en el otoño de 1945. Jamie perdió un dedo por congelación, pero por lo demás, resultó ileso. No regresó a casa después de que lo licenciasen, sino que se quedó en Europa… Para viajar, dijo, y ver los lugares desde el suelo, para variar. Eso desconcertó a Henry, que estaba convencido de que su hermano tenía algún problema; algo que no nos decía. Las cartas de Jamie eran animadas y despreocupadas, llenas de ingeniosas descripciones de los lugares que había visto y la gente que había conocido. Henry pensaba que mostraban un estilo poco natural, aunque a mí no me lo parecía. Consideraba muy normal que Jamie quisiera gozar de su libertad después de que durante cuatro años le hubiesen dicho adónde ir y qué hacer.

Aquellos meses tras la guerra fueron un tiempo de júbilo para nosotros y para todo el país. Habíamos trabajado codo con codo y triunfado. Nuestros hombres estaban en casa y volvíamos a disponer de azúcar, café y gasolina. Henry pasaba más tiempo en Memphis y yo esperaba quedar embarazada. Tenía treinta y siete años; quería darle un hijo varón mientras pudiese hacerlo.

Nunca vi venir el hachazo. El golpe llegó aquella Navidad. Pasamos la Nochebuena como solíamos, en Memphis, con mi familia, y por la mañana fuimos en coche hasta Greenville. Eboline y su esposo Virgil celebraban una gran cena familiar todos los años en su bonita casa de la calle Washington. ¡Cómo odiaba esos viajes! Eboline nunca dejaba de hacerme sentir como una persona aburrida y anticuada, y sus hijos tampoco dejaban de hacer llorar a los míos. Aquel año sería peor que de costumbre, pues Thalia y su familia bajaban desde Virginia. Las dos hermanas juntas eran para mí como Regan y Goneril para mi desafortunada Cordelia.

Al llegar a casa de Eboline, el padre de Henry nos recibió en el coche. Papaíto había estado viviendo con Eboline desde que madre McAllan muriese en el otoño de 1943. Echamos una mirada a su rostro ceñudo y supimos que algo andaba mal.

—Bueno —le dijo a Henry a modo de saludo—, ese engreído de esposo que tiene tu hermana se ha suicidado.

—Dios santo —murmuró Henry—. ¿Cuándo?

—Anoche, después de que fuésemos a la cama. Eboline encontró el cuerpo hace un rato.

—¿Dónde?

—En el ático. Se colgó —anunció Papaíto—. Feliz Navidad.

—¿Dejó alguna nota diciendo el porqué? —pregunté.

Papaíto sacó una hoja de papel del bolsillo y me la tendió. La tinta estaba corrida por las lágrimas caídas sobre ella. Iba dirigida a «Mi querida esposa». Con mano temblorosa, Virgil le confesaba a Eboline que había perdido el grueso de sus ahorros en una estafa relacionada con una mina de plata en Bolivia y un caballo llamado el Bravado de Barclay. Decía que ponía fin a su vida porque no podía soportar la idea de tener que decírselo. (Tiempo después, cuando llegué a conocer mejor a mi suegro, me pregunté si lo que de verdad Virgil no pudo soportar sería la idea de pasar una sola noche más bajo el mismo techo que Papaíto).

Eboline no se levantó de la cama ni para tranquilizar a sus hijos. La tarea recayó en mí, junto con la preparación de la mayor parte de la comida para una casa llena de gente; Henry había mantenido allí a la criada, pero tuvo que despedir al jardinero y al cocinero. Hice lo que pude. A pesar de mi antipatía por Eboline, no podía evitar sentir una pena tremenda por ella.

Después del funeral cogí el coche y regresé con las niñas a Memphis mientras Henry se quedaba con su hermana para ayudarle a arreglar sus asuntos. Solo serán unos días, me dijo. Sin embargo, unos días se convirtieron en una semana, y después en dos. La situación era complicada, me dijo por teléfono. Necesitaba más tiempo para arreglar las cosas.

Tomó el tren de vuelta a casa a mediados de enero. Estaba contento, casi eufórico, y aquella noche mostró una insólita pasión en la cama. Después entrelazó sus dedos con los míos y se aclaró la garganta.

—Por cierto, cariño… —dijo.

Me preparé. Esa frase en concreto, puesta en la boca de Henry, podría terminar de cualquier manera y nunca sabía cómo: Por cierto, cariño, se nos ha acabado la mostaza, ¿podrías ir a la tienda a comprar un poco? Por cierto, cariño, esta mañana tuve un accidente de tráfico.

O, en este caso:

—Por cierto, cariño, he comprado una granja en Misisipi. Nos mudamos dentro de dos semanas.

La granja, continuó diciéndome, estaba situada a cuarenta millas de Greenville, cerca de una pequeña población llamada Marietta, de la que nunca había oído hablar. Viviríamos en el pueblo, en una casa que había alquilado para nosotros, y él iría en coche cada día a trabajar en la hacienda.

—¿Es por Eboline? —pregunté cuando pude hablar con calma.

—En parte —respondió, apretándome la mano—. La situación que dejó Virgil es desastrosa. Tardaré meses en solucionarla y tendré que estar cerca —debí de lanzarle una mirada dubitativa—. Ahora Eboline y los chicos están solos —continuó, alzando un poco la voz—. Tengo la obligación de ayudarles.

—¿Qué pasa con tu padre? —pregunté. Quería decir, ¿él no puede ayudarles?

—En este momento no se puede esperar que Eboline cuide de él. Papaíto tendrá que venir a vivir con nosotros. —Henry hizo una pausa, y después añadió—: Vendrá en la camioneta la semana que viene.

—¿Qué camioneta?

—La que he comprado para usar en la granja. La necesitaremos para llevar los muebles. No podremos cargarlos todos de una vez, pero podré hacer un segundo viaje una vez nos hayamos instalado.

Instalado. En el Misisipi rural. En un plazo de dos semanas.

—También he comprado un tractor —añadió—. Un John Deere modelo B. Es una máquina de la leche… No vas a creer lo rápido que puede arar un

terreno. Podré cultivar una finca de ciento veinte acres[5] yo solo. ¡Imagínate!

Como no decía nada, Henry se apoyó sobre un codo y me observó desde arriba.

—Estás muy callada —dijo.

—Estoy muy sorprendida.

Me miró con el ceño fruncido por la perplejidad.

—Pero sabías que siempre tuve la intención de tener una granja, algún día.

—No, Henry, no tenía ni idea.

—Estoy seguro de haberlo mencionado.

—No. Nunca.

—Bueno, pues te lo digo ahora.

Y así mi vida dio un vuelco. Henry no me preguntó qué me parecía abandonar el sitio que fuese mi hogar durante treinta y siete años y mudarme a un pueblo lleno de paletos, en medio de Misisipi y llevando a cuestas al cascarrabias de su padre, y yo no se lo dije. Ese era su territorio, como los hijos, la cocina y la iglesia era el mío, y ambos teníamos cuidado de no invadir el terreno del otro. Lo hacíamos con discreción y cuando era absolutamente necesario, y siempre en las fronteras más remotas.

 

Madre lloró cuando le dije que nos íbamos, aunque no el torrente de lágrimas que esperaba. Más bien fue un ligero chaparrón estival, que terminó pronto para continuar con una serie de amonestaciones para animarse y ver el lado positivo. Papá se limitó a suspirar.

—Bien —dijo—, supongo que te hemos tenido con nosotros más tiempo del que cabía esperar.

Eso es lo que pasa con las hijas, parecían decir sus expresiones. Uno las cría, y si tenía suerte ellas encontraban maridos que después podrían llevárselas a cualquier parte; y no solo se esperaba, sino que se aceptaba con alegría.

Intenté alegrarme, pero era difícil. Cada día me despedía de una persona o un objeto querido. El balancín en la galería de la casa de mis padres, donde Billy Escue me dio mi primer beso de verdad la noche de mi decimoséptimo cumpleaños. Mi casita en la calle Evergreen, con sus cortinas de encaje y empapelada con papel floreado. Los rugidos de los leones del zoo cerca de casa, que tanto me intranquilizaron cuando me mude y que entonces me proporcionaban una amable interrupción en el día a día. La luz de mi iglesia, que caía con rayos de colores brillantes sobre las caras alzadas de los feligreses.

Apenas podía soportar mirar los rostros de mi propia familia. Mi madre, mis hermanas con sus altas frentes de los Fairbairn y sus ojos azules llenos de sorpresa. Mi padre con su ancha y amable sonrisa y con su nariz, tan inclinada que no podía sujetarle las gafas de modo adecuado.

—Será una aventura —dijo papá.

—Tampoco está tan lejos —señaló Etta.

—Tiene que haber gente simpática por allí —dijo madre.

—Sí, tenéis razón —les contesté.

Pero no me creía una palabra. Marietta era un pueblo del Delta; su población (un total de cuatrocientas doce almas, como averiguaría después) estaría compuesta en su mayoría por granjeros, esposas de granjeros e hijos de granjeros, siendo probablemente la mitad de ellos negritos y todos baptistas, sin duda. Estaríamos a kilómetros de cualquier punto civilizado, entre catetos que cada domingo beben mosto en la iglesia y no hablan de otra cosa sino del tiempo y las cosechas.

Y si todo eso no fuese desgracia suficiente, Papaíto viviría con nosotros. No había pasado mucho tiempo en compañía de mi suegro, bendición que no sabría apreciar hasta aquella última semana en Memphis, cuando estuve obligada a pasar todo el día de cada día a solas con él mientras Henry estaba en el trabajo. Papaíto era un hombre avinagrado, mandón y vanidoso. Sus pantalones tenían que estar bien planchados, sus pañuelos doblados de un modo concreto y sus camisas almidonadas. Las cambiaba dos veces al día, siempre manchadas de comida derramada. Solo se esforzó para liar cigarrillos e indicarme cómo embalar las cosas. Saqué unos cuanto libros que pensé podrían gustarle, con la esperanza de distraerlo, pero los rechazó con un gesto desdeñoso. Leer suponía una pérdida de tiempo, dijo, y la educación era cosa de mojigatos y mariquitas. Me preguntaba cómo había sido capaz de engendrar dos hijos como Henry y Jamie. Esperaba que pasase los días con Henry, en la granja, en cuanto nos instalásemos en Marietta y nos dejase la casa a las niñas y a mí.

La casa era el único punto brillante de aquel sombrío escenario. Henry se la había alquilado a una pareja que perdió a su hijo en la guerra y se mudaba al Oeste. La describió como una casa anterior a la guerra de Secesión, de dos pisos, cuatro habitaciones, rodeada por una galería y con una higuera, para mí el rasgo más atrayente. Siempre me habían encantado los higos. Mientras envolvía platos en papel de periódico y embalaba lámparas, libros y trapos, pasaba ratos no del todo desagradables imaginándome saliendo por la puerta trasera, arrancando un fruto maduro del árbol y comiéndolo sin limpiar, como un niño glotón. Me imaginaba las empanadas y la carne picada que haría, las reservas que aprovisionaría para el invierno. No le dije nada de esto a Henry; no tenía la más mínima intención de darle esa satisfacción. Pero cada noche a la hora de la cena aparecía con algún detalle agradable acerca de la casa que había olvidado mencionar con anterioridad. ¿Me había dicho que contaba con un moderno horno eléctrico? ¿Sabía que estaba a solo tres manzanas de la escuela elemental donde Amanda Leigh iba a empezar el primer curso el año siguiente?

—Está muy bien, Henry —respondía sin hacer más comentarios.

El día de nuestra marcha nos levantamos al amanecer. Teddy y Pearce vinieron para ayudar a Henry a cargar la camioneta con los muebles, incluida nuestra más preciada posesión… Un piano vertical Steiff de 1859 con tapa de palisandro tallada al estilo de Eastlake. Había pertenecido a mi abuela, quien me enseñó a tocar. Por mi parte, acababa de empezar a darle lecciones a Amanda Leigh.

Papá llegó mientras echaba un último vistazo por la casa. Me sorprendió verlo; nos habíamos despedido la noche anterior. Traía galletas de Madre y una vasija de barro llena de su mantequilla de manzana. Los ocho comimos las galletas calientes en una sala de estar casi vacía, tiritando de frío y chupándonos los dedos entre un bocado y otro. Al terminar, mi padre y hermanos nos acompañaron hasta el coche. Papá estrechó la mano de Papaíto, después la de Henry y luego abrazó a las niñas. Al final se volvió hacia mí.

En voz baja, hablando solo para que yo lo oyese, me dijo:

—Cuando tenías un año y enfermaste de rubeola, el médico nos dijo que probablemente morirías de ella. Dijo que no creía que vivieses otras cuarenta y ocho horas. Tu madre se puso frenética, pero yo le dije que el médico no sabía lo que decía. Nuestra Laura es una luchadora, le dije, y va a ponerse bien. No lo he dudado un instante, nunca, ni antes ni ahora. Guárdalo contigo y recuérdalo cada vez que lo necesites, ¿me oyes?

Asentí tragándome el nudo en mi garganta y lo abracé. Después abracé a mis hermanos por última vez.

—Bueno —dijo Henry—, se está pasando el día.

—Cuida bien a mis tres niñas —le indicó mi padre.

—Así lo haré. También son mías.

Las niñas y yo cantábamos al abandonar Memphis. Iban sentadas a mi lado, en el asiento delantero del DeSoto. Henry, Papaíto y todas nuestras pertenencias iban en la furgoneta delante de nosotros. El río Misisipi se extendía a nuestra derecha como una vasta e indiferente presencia.

Cantamos You’ve got to ac-cent-tchu-ate the positive, pero la letra me sonaba tan tonta y vacía como me sentía.

 

Era cerca del ocaso cuando torcimos para entrar en Tupelo Lane. Sabía que ese era el nombre de nuestra calle, y sentí una pequeño oleada de entusiasmo cada vez que Henry redujo la velocidad. Por fin frenó, detuvo la camioneta y vi la casa: un lugar antiguo y encantador muy parecido al descrito, aunque con muchos detalles agradables que olvidó mencionar… probablemente porque, tratándose de Henry, ni siquiera había reparado en su existencia. El jardín frontal tenía un enorme pacán y una planta de glicina cubría por completo un lado de la casa como un nudoso manto verde. En primavera, cuando floreciese, su perfume nos acompañaría cada noche al ir a dormir, y en verano el césped estaría punteado con sus pétalos de color púrpura. Había una ventana en saliente a cada lado de la puerta y macizos arbustos de azalea bajo ellas.

—No me dijiste que teníamos azaleas, Henry —le reprendí una vez tuve a las niñas abrigadas y fuera del coche.

—Pues así es —replicó con una sonrisa. Podía sentir lo encantado que estaba consigo mismo. No hice que se sintiese mal. Aquella casa era de verdad encantadora.

Amanda Leigh estornudó. Se apoyaba con todo su peso contra mi pierna y su hermana iba adormilada en mis brazos. Ambas se habían resfriado.

—Las niñas ya no pueden más —dije—. Vamos a llevarlas a casa.

—La llave debería estar bajo el felpudo —anunció.

Al empezar a acercarnos, se encendió la luz de la galería y se abrió la puerta. Un hombre salió al porche. Era grande, con los hombros redondeados de un oso. Una mujer baja salió tras él, mirando tras su hombro.

—¿Quiénes son ustedes? —su tono no era amistoso.

—Somos los McAllan —replicó Henry—. Los nuevos inquilinos de la casa. ¿Quiénes son ustedes?

El hombre afianzó su postura cruzando los brazos sobre el pecho.

—Orris Stokes. El nuevo propietario de esta casa.

—¿El nuevo propietario? Pero si hace unas semanas se la alquilé a George Suddeth.

—Bueno, Suddeth me la vendió la semana pasada. Y no me dijo nada de arrendatarios.

—Si es así —añadió Henry—, parece que tendré que refrescarle la memoria.

—No lo va a encontrar. Abandonó la ciudad hace tres días.

—¡Le hice un depósito de cien dólares!

—Yo no sé nada de eso —dijo Orris Stokes.

—¿Tienes algo por escrito? —preguntó Papaíto a Henry.

—No. Sellamos el acuerdo con un apretón de manos.

El viejo escupió en la acera.

—Jamás sabré cómo un hijo mío puede ser tan tonto.

Observé cómo el rostro de mi esposo reflejaba la toma de conciencia de haber sido estafado, y peor aún, de ser incapaz de remediarlo. Se dirigió a mí.

—Le pagué cien dólares en metálico justo ahí —me contó—, en el salón de esa casa. Después me senté a la mesa para cenar con él y su esposa. Le enseñé fotos tuyas y de las niñas.

—Será mejor que continúen su camino —dijo Orris Stokes—. Aquí no hay nada para ustedes.

—Mamá, tengo que hacer pipí —anunció Amanda Leigh con un alto susurro infantil.

—Ahora cállate —le dije.

Entonces la mujer se movió, apareciendo por detrás de su esposo. Era una cosa menuda, de huesos frágiles, con la piel llena de pecas y unas manos pequeñas e inquietas. No tiene fuerza, pensé hasta ver su barbilla. Aquella barbilla, afilada y prominente como una llana, indicaba otra cosa. Imaginé que Orris había sentido el aguijonazo de su desafío más de una vez.

—Soy Alice Stokes —se presentó—. ¿Por qué no entran y cenan algo antes de marchar?

—Ahora no, Alice —dijo su marido.

Ella no le hizo caso, dirigiéndose a mí como si los tres hombres no estuviesen.

—Tenemos guiso y pan de maíz. No es gran cosa, pero estaremos encantados de compartirlo con ustedes.

—Gracias —acepté antes de que Henry la rechazase—. Le estamos muy agradecidos.

La casa estaba decorada con muebles baratos y merecía algo mejor. Tenía techos altos y habitaciones espaciosas con hermosos detalles de época. No pude sino imaginar mis cosas en el lugar de las de los Stokes: mi piano junto a la ventana en saliente del cuarto de estar, mi confidente victoriano frente al manto tejido a mano en el salón. Al sentarme para cenar en la rústica mesa de pino de Alice, pensé en lo mucho mejor que estarían mis muebles de comedor bajo el ornamentado medallón esculpido en el techo.

Mientras cenábamos supimos que Orris poseía el almacén de piensos de la localidad. Eso animó un poco a Henry. Ambos charlaron un rato de ganado, discutiendo las bondades de diferentes razas porcinas…, materia en la que Henry estaba sorprendentemente bien versado. Después la conversación derivó hacia el trabajo del campo.

—Malditos negros de mierda —dijo Orris—. Se van al Norte dejando a la gente sin medios para cosechar. Debería haber una ley contra eso.

—En mis tiempos no se lo hubiésemos permitido —terció Papaíto—. Y los que hubiesen intentado escabullirse en medio de la noche lo habrían lamentado muy mucho.

Orris asintió dando su aprobación.

—Mi hermano tiene una granja ahí abajo, en Yazoo. ¿Sabía que el octubre pasado el algodón se pudrió en los campos porque no pudo encontrar negracos suficientes para recogerlo? Y los pocos que encontró pedían dos dólares y medio por cada cien libras de cosecha.

—¡Dos cincuenta por cien libras! —Exclamó Henry—. Con esos salarios van a arruinar todas las plantaciones del Delta. Y después, cuando no haya nadie que los contrate y ponga un techo sobre sus cabezas, ¿qué van a hacer?

—Si esperas sentido común en un negraco, vas a tener que esperar sentado —apostilló Papaíto.

—Recuerde lo que le digo —dijo Orris—: este año van a pedir aún más, ahora que el Gobierno ha dejado de controlar los precios.

—Malditos negracos —dijo Papaíto.

Eran las ocho cuando terminamos de cenar, y las niñas daban cabezadas sobre sus cuencos. Cuando Alice nos propuso pernoctar allí, acepté de inmediato; eran dos horas de coche hasta la casa de Eboline, en Greenville, y no pensaba conducir en la oscuridad poniendo a prueba nuestros delgadísimos neumáticos de cuando la guerra en aquellas carreteras llenas de baches. Henry y Orris parecían querer poner alguna objeción, pero ninguno lo hizo. Los tres hombres salieron para cubrir los muebles y protegerlos del rocío mientras Alice fregaba y yo acostaba a las niñas. Después de arroparlas, le ayudé a hacer la cama donde Henry y yo dormiríamos.

—Es una casa grande —comenté—, ¿vivís solo tú y el señor Stokes?

—Sí —dijo con una voz baja y triste—. La difteria se llevó al pequeño Orris durante el otoño de 1942, y nuestra hija Mary murió de una pulmonía el año pasado. Tus niñas duermen en sus camas.

—Lo siento.

Me ocupé con las fundas de las almohadas, sin saber qué decir.

—Estoy embarazada —me confió con timidez poco después—. Todavía no se lo he dicho a Orris. Quería asegurarme de que fuese bien.

—Te deseo un niño fuerte y sano, Alice.

—Y yo. Rezo por ello cada noche.

Entonces me dejó deseándome buen descanso. Fui a la ventana, que daba al patio trasero. Pude ver la higuera prometida, con sus ramas desnudas de hojas pero aún graciosa bajo la luz de la luna. Si al menos hubieses firmado un contrato, pensé. Si tan solo fuese otro tipo de hombre. Henry nunca supo conocer a las personas. Siempre creyó que todo el mundo era como él, que la gente decía lo que pensaba y sus actos eran consecuentes.

No me volví cuando se abrió la puerta. Se acercó a mi espalda y posó una mano sobre mi hombro. Dudé, después alcé una mía y la acaricié. La piel de su dorso era suave y apergaminada. Sentí una oleada de ternura por él, por sus manos envejecidas y su orgullo herido. Me besó en la coronilla y yo suspiré, reclinándome sobre él. ¿Cómo podría desear que fuese alguien diferente a quien era? ¿Qué fuese duro y suspicaz, como su padre? No podía, y me sentí avergonzada de tener tales pensamientos.

—Encontraremos otra casa —le dije.

Sentí que negaba con la cabeza.

—Esta era la única a la venta en todo el pueblo. Es por los soldados que han vuelto. Se han quedado con todas las casas. Tendremos que vivir en la hacienda.

—¿Y qué pasa con los pueblos de alrededor? —pregunté.

—No tengo tiempo para mirar en más sitios —respondió—. Debo arar los campos. Ya voy con un mes de retraso.

Retrocedió un paso apartándose de mí. Oí el chasquido del cierre de la maleta al abrirse.

—La casa de labranza no es gran cosa, pero sé que la convertirás en un lugar encantador —añadió—. Voy a lavarme los dientes. ¿Por qué no te metes en la cama?

Hubo una breve pausa y después la puerta se abrió y se cerró. Mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, miré la higuera y pensé en los frutos que madurarían en ella cuando llegase el verano. Me pregunté si a Alice Stokes le gustaban los higos; si recogería ansiosa la fruta o la dejaría caer de las ramas y pudrirse.

 

Por la mañana nos despedimos de los Stokes y fuimos a la tienda para comprar algo de comida, queroseno, cubos, velas y otros suministros que necesitaríamos en la granja. Fue entonces cuando supe que la casa no disponía de electricidad ni agua corriente.

—Hay una bomba de agua en el patio frontal —dijo Henry—, y una especie de cocina económica en la cocina.

—¿Una bomba? ¿No tenemos agua corriente?

—No.

—¿Y el cuarto de baño? —pregunté.

—No hay cuarto de baño —contestó con un rastro de impaciencia en la voz—. Solo un retrete exterior.

Por cierto, cariño.

Una mujer de sólida constitución, vestida con un peto y una camisa masculina de cuadros, habló desde el otro lado del mostrador.

—¿Son los nuevos propietarios de la tierra de Conley?

—Así es —dijo Henry.

—Necesitarán algo de leña para esa cocina. Soy Rose Tricklebank y esta es mi tienda; mía y de mi esposo Bill.

Extendió la mano y se la estrechamos por turno. Tenía un agarre fuerte y la palma era callosa; vi cómo se abrieron los ojos de Henry cuando ella le dio la mano. Además de sus modales masculinos, no había en Rose Tricklebank nada del cuello para arriba que recordase lo más mínimo a la flor cuyo nombre llevaba. Tenía una boca como el arco de Cupido y un rostro redondo enmarcado en una pelambrera rizada de color caoba. El cigarrillo encajado encima de una oreja estropeaba su imagen, aunque solo un poco.

Seguir: parte 3 de 4