Noroeste
De la expedición a Shanghái a bordo de la Nausika y de las danzas del silencio y otros aconteceres
De la expedición a Shanghái a bordo de la Nausika y de
las danzas del silencio y otros aconteceres
Partido judicial de Tarazona, en el día séptimo del mes
de julio del año de gracia de mil ochocientos y diecisiete
Humillado ante la autoridad Real de Su Potentísimo Príncipe, con todos mis parabienes:
¡Los rusos! Durante mucho tiempo los rusos fueron solamente una palabra. Allá en el presidio de San Francisco, así como en Monterrey, en San Diego y en Santa Bárbara, hablábamos a todas horas de los rusos: los describíamos, los imaginábamos, criticábamos sus modales, encomiábamos sus licores y sus vestidos, y en los ratos de solaz contábamos incluso chistes y anécdotas de rusos, pero a decir verdad todo cuanto decíamos de ellos era inventado o por lejanas referencias, porque durante muchos años jamás nadie vio un ruso en el Noroeste.
Pero aun sin verlos y sin olerlos, esos hijos del zar condicionaban todas nuestras actuaciones. A fin de cuentas, todos y cada uno de cuantos estábamos en la California, ya fuéramos civiles, militares, frailes o gentes de oficio, habíamos sido enviados a esas tierras para, llegado el caso, defenderlas de esas hordas de cosacos. Los rusos, ausentes en cuerpo, pero más presentes en ánima que el mismísimo Espíritu Santo, parecían decidir todo cuanto nos incumbía: a ellos obedecían todas las estrategias del virrey y todas las decisiones del gobernador Fages, el ingeniero Constansó diseñaba la disposición de los presidios teniendo en cuenta las maniobras de ataque de los rusos, y las expediciones de reconocimiento que partían de San Francisco, ya fueran costeras o de interior, llevaban siempre consigo, por imperativo regio, un glosario de términos en la lengua de los rusos para llegar a buen entendimiento en caso de que se produjera el encuentro.
Con tanto ruso en la mente de todos nosotros no debe extrañaros que la siguiente misión en la que me vi involucrado estuviera también encaminada a expulsar a los rusos del Noroeste. Fue un plan trazado al alimón por el gobernador Fages y el mercader Vasadre. Sobre el papel, la idea era fácil: copiar el negocio a los rusos acudiendo a los puertos de la China a vender pieles de nutria. El negocio se multiplicaba en el tornaviaje porque, con los ingresos de las pieles, Vasadre compraría en esos puertos de Asia el azogue que necesitaban las minas de Zacatecas, Pachuca y Guanajuato, pues desde antiguo el azogue era imprescindible para separar el oro y la plata de la piedra a la que se hallan asidos. Todo ello conformaba un negocio que iba mucho más allá de lo económico, pues aunque con el plan de Fages y Vasadre se obtenían cuantiosos recursos para el Tesoro y permitían un mejor rendimiento de las minas, el objetivo último era de naturaleza política: nuestra entrada en el negocio de las pieles de nutria rompía el monopolio de los rusos y estos necesariamente deberían rebajar su precio. Se trataba de reventarles el negocio para que a los rusos ya no les saliera a cuenta mantener una provincia entera en el Noroeste de América. Más que expulsar a los rusos de América, la idea, Majestad, era que esos hijos del zar se marcharan por su propio pie. Fages podía ser déspota y desalmado, pero era también un hombre inteligente.
Fages y Vasadre presentaron su plan a la Corona y, en sobre lacrado y mucho antes de lo esperado, recibieron al cabo de dos años la Aprobación Real del difunto padre de Vuestra excelencia, nuestro rey Carlos III.
De un día para otro, las misiones y los presidios de la California parecieron cambiar diametralmente su cometido. Los indios de las misiones eran enviados en expediciones de caza que se organizaban frente a las costas de los presidios, los oficiales más diestros en el arte de la caza de la nutria les impartían lecciones aceleradas, y fray Junípero y fray Palou les dispensaban del mandamiento de santificar las fiestas siempre que fuera para salir de caza y en beneficio del alejamiento de los rusos y la consolidación de las misiones. En apenas unas semanas, en San Francisco habíamos construido una veintena de botes de uso exclusivo para la caza de nutrias, y un gran almacén aireado donde conservar las pieles, y habíamos aprendido todas las gamas de calidades, que iban desde los cincuenta pesos la unidad hasta los doscientos, siempre según tamaño, color y calidad del forro.
En la siguiente visita que el gobernador Fages hizo a San Francisco, nos informó a Alberní, Larrubia, Rincones, Íñigo de Mendebaldea, el Loco Tellechea y a un servidor de que quedábamos encuadrados en la futura expedición de Vasadre al puerto de Shanghái, con carga de pieles en el trayecto de ida y de azogue en el tornaviaje, bajo estricto secreto de Estado y en condiciones disciplinarias de nivel máximo, esto es, bajo jurisdicción autónoma del capitán y pudiendo este ejecutar todas las penas, incluida la pena capital. En ese momento, Majestad, podía esperar cualquier cosa de ese viaje. Cualquier cosa… menos el descubrimiento de la magia en una bocacalle de Cantón.
El puerto de San Blas hervía de actividad en los días anteriores a nuestra partida. Al menos cinco naos de más de tres palos y hasta una decena de embarcaciones de uno o dos masteleros poblaban de vida ese puerto que daba acceso a la California y a las lejanas islas de las Filipinas y las Marianas. Más que un puerto, San Blas eran cuatro calles, doce pensiones, unos muelles, un fuerte defensivo y un reparto de abastos, todo ello a una distancia más o menos razonable tanto de Acapulco como de Guadalajara, donde uno conseguía absolutamente de todo. San Blas era para todos nosotros un pueblo de prestado: nadie vivía allí, pero todos pasábamos en ese puerto largas temporadas, ya fuera porque esperábamos destino o porque nos preparábamos para una nueva misión. Era San Blas el lugar donde aprovechar para bien comer, donde reponer fuerzas e informarse de primera mano de los asuntos políticos, donde reencontrar viejos amigos, donde confirmar o desdeñar los ecos de los rumores que habían llegado a San Diego y a San Francisco, y donde apetecer mujeres de todas las edades y razas, porque a San Blas llegaban las mejores rameras y meretrices de toda la Nueva España para saciar en ese puerto inmundo el hambre de amor de los hombres de mar.
Más de cien tripulantes nos amañábamos a poner a punto el galeón que debía llevarnos hasta la China, la Nausika, bajo el doble mando del capitán de navío Rigoberto de Querença y del ilustre mercader de la Corona Vicente Vasadre: a Querença correspondía el mando de todo cuanto sucediera a bordo de la nave, mientras que Vasadre era la autoridad suprema en las cuestiones relacionadas directamente con el negocio de la venta de pieles y la compra del azogue.
Durante cuarenta días permanecimos en el apostadero de San Blas untando brea a los cables y sebo a las poleas, recosiendo las costuras de los estayes, los foques y las gavias, dando estopa a los huecos del casco y del costillar de la Nausika, arbolando y apuntalando todos los palos, desde el bauprés a la mesana, recomponiendo las duelas de la tonelería con madera de los bosques de Irati y el Baztán para asegurar la aguada, dando color al mascarón de proa y estibando la bodega con las vituallas y con más de cinco millares de pieles de nutria bajo las atentas miradas del capitán Querença y del mercader Vasadre.
Al amanecer de un Miércoles de Ceniza levamos anclas y nos echamos a las aguas del Pacífico para demostrar a los chinos, a los rusos y quizá a nosotros mismos, Majestad, que los españoles también podíamos ser excelentes comerciantes y cambiar así el destino de la historia. ¡Ay, excelencia, cuántas ilusiones y cuántos sueños caben en un galeón que navega hacia el oeste para alcanzar el Extremo Oriente! Hay momentos que se quedan grabados en la mente toda la vida, momentos sencillos, sin importancia ninguna, pero que, sin saber por qué, quedan inmortalizados en nuestro imborrable lienzo del recuerdo. Y ese fue uno de ellos. Apenas ninguno de nosotros había cruzado jamás el Pacífico. Como si estuviera sucediendo ahora mismo, recuerdo uno a uno los rostros de Fran de Maimona, de Rincones, del Grilletes, del Sordo Orbaizeta, de Tritón, de José Larrubia, de Santyago de Oleiros, de los chicos de Muxía, del Negro Fidalgo, del Loco Tellechea, de Íñigo de Mendebaldea, de Diego de Lumbier, de Alberní, del Castañeta, del Ojoplático y de Sebastião de Portimão mientras aparecía ante nosotros ese horizonte infinito, eterno, que habría de acompañarnos hasta el otro extremo del mundo.
Para vos son solo nombres, ¿no es cierto, excelencia? Una lista de nombres anodinos que nada os sugieren y a los que nunca prestasteis una nimia atención. Y, en cambio, todos y cada uno de los nombres que os miento fueron capaces de lanzarse a atravesar el Pacífico de cabo a rabo para mayor gloria de la Corona y mayores caudales del Tesoro Real. Casi todos habíamos dejado en tierra, en algún momento de nuestro pasado, algo a lo que cualquier otro ser humano se habría aferrado… hijos, doncellas enamoradas, fantásticas y prometedoras carreras como músicos o como gentes de oficio, vidas tranquilas y desahogadas, el olor de su rebaño, la pesca del Cantábrico, el rocío de las mañanas de primavera en el Guadalquivir…
Una lista de nombres detrás de cada cual escondíase una razón, una historia o acaso una casualidad que le había llevado hasta allí, hasta ese lugar en el mundo, hasta ese muelle de San Blas desde donde principiaba nuestra singladura a la China. Cierto que muchos de los que navegábamos a bordo de la Nausika eran hombres de linaje y de carrera que habían estudiado en la Academia de Guardiamarinas de Cádiz o en los establecimientos navales de Cartagena, pero muchos otros habíamos llegado hasta allí más fruto del azar y la providencia que de nuestra alcurnia o nuestras entendederas. Orbaizeta, por ejemplo. El muchacho trabajaba en el almacén de la fábrica de armas y municiones de Orbaizeta, en los Pirineos, cuando, según nos contó, una tarde quedó encargado de preparar una voladura para comprobar si los explosivos estaban en condiciones adecuadas. Cuando dieron la orden de prender la pólvora negra, nuestro amigo Orbaizeta aún estaba terminando de componer los explosivos bajo las rocas. Los demás se dieron cuenta de que el chico aún estaba allí y le gritaron desde lejos con grandes aspavientos. Solo hubo tiempo para unas zancadas que, si bien no le sacaron de la onda expansiva, sí le sirvieron para salvar el pellejo. Se lo llevaron a todo correr a Pamplona. Durante una semana se debatió entre la vida y la muerte. Luego, fue sanando de las heridas del cráneo y de las que tenía por todo su cuerpo, pero cuando recobró el sentido, en realidad, recuperó solamente cuatro de los cinco sentidos, porque Orbaizeta había quedado con los tímpanos perforados y sordo como una tapia para el resto de sus días. Con tan grave disfunción, en la fábrica de armas no quisieron admitirle. Lo mismo le sucedió allí donde acudió en busca de quehaceres. Mientras se le escapaba entre las manos el presente viendo pasar las tardes con uno de los viejos del pueblo, un día este le escribió en un papel los designios de su futuro:
—Tú debes ir a servir al mar. No a las orillas ni a las playas. Mar adentro, ahí donde habita el silencio.
Y así fue. Un oficial de la Marina que solía acudir a visitar la fábrica para escoger personalmente las municiones se lo llevó, como favor, a Cádiz, diciendo que «a ver qué puedo hacer». Le consiguió empleo como acarreador en San Fernando. El Sordo Orbaizeta se manejó tan bien entre los buques que al cabo de unos meses ya formaba parte del cuerpo de estibadores, y antes de un año ya había ido y vuelto de su primer viaje a La Habana, con descarga en los puertos de Santiago, San Juan, La Guaira y Cumaná. Así empezó su carrera en la Marina que le llevó hasta Shanghái.
¿Y qué me dice de Santyago de Oleiros, que dejó a su mujer en la aldea durante treinta años por una mala cena de lentejas? Dizque al tipo se le ocurrió soltarle a su mujer que las legumbres estaban secas, y fuese porque la pilló en mal día o porque se figuraba ella que en algunas otras faldas andaba metido su marido, el caso es que lo corrió a escobazos de la casa, y él, sin refugio ni refrigerio, de frente que se fue adonde servía la Dolora, una muchacha de carnes en tierra de pescadores que tenía el busto más grande de Galicia y un negocio entre las ingles. Solo cuando hubo terminado el oficio, él se dio cuenta que andaba sin plata. La Dolora avisó a su rufián, uno de los hombres más poderosos de la comarca, y este lo puso en el puerto a sacar lustre a todos sus botes para compensar con tres días de trabajo el goce de apenas quince minutos. Santyago de Oleiros cumplió a cabalidad con su cometido, porque el hombre quizá era terco, mujeriego y de pocas luces, pero a fe que nadie en la faz de la tierra tan trabajador y hacendoso como él. Con tanto brío se desempeñó que el rufián se lo llevó a La Coruña a remendar las redes y los agujeros de los cascos de la pequeña flotilla que tenía ahí amarrada. Y, claro, Majestad, en el puerto de La Coruña pasan tantas cosas, hay tanto ajetreo arriba y abajo, que cuando a su mujer se le pasaron los sulfuros, ya Santyago de Oleiros, sin alianza en la falange ni en el corazón, estaba embarcado en un navío de la Marina mercante que cubría la ruta del Atlántico, con paradas en Canarias, Madeira, Lisboa y La Coruña. Cuando yo coincidí con él a bordo de la Nausika habían pasado quince años de la indigesta cena del puchero de legumbres. Relataba todo esto que le cuento, excelencia, con gran desparpajo y entre las risas y el alborozo de cuantos le escuchábamos. Pero si debo ser franco, a mí siempre me pareció que esa sorna de Santyago de Oleiros encerraba un nudo en lo más profundo de su aliento. Y el tiempo habría de corroborar ese dolor sostenido durante tantos años, porque cuando muchos años después regresó a la Península, con el imperio haciendo aguas por todas partes y sin modo humano de permanecer con dignidad en América, el hombre consiguió un transporte directo hasta su aldea, memorizó enseguida el camino que debía desandar hasta la que había sido su casa y, con tres décadas de retraso y el júbilo del reencuentro en el alma, Santyago de Oleiros entró por la puerta gritando estas palabras:
—A ver esas lentejas, que deben estar empezando a enfriarse…
Imaginaos, Majestad, en un globo de esos cargados de helio que alzan los hermanos Montgolfier, tan arriba que fuerais capaz de contemplar la extrema soledad de un navío en medio del océano. Una soledad que os mantiene atrapado, sin posible escapatoria, durante todo el día. Dos días. Tres. Veinte. Y cuarenta y sesenta. Y sin saber si algún día llegaréis a salir de ese encierro. Eso es navegar por el Pacífico. Una jornada tras otra, como si en realidad no fuera más que un mismo día repetido hasta la extenuación. La vida en el mar, Majestad, solo tiene un secreto: desempeñar con eficiencia nuestro cometido y concentrarse en nuestra tarea. Eso ayuda a no pensar.
La navegación de la travesía del Pacífico es sin duda la más larga y más peligrosa del orbe todo. Partiendo de San Blas debe iniciarse a más tardar en las primeras semanas de marzo, pues de otro modo se corre grave riesgo de encontrar los vendavales del mar de la China, que por esas tierras llaman tifones y ocasionan graves destrozos e innumerables muertes. Aunque Shanghái se encuentra a mayor latitud que San Blas, es preciso descender hasta los paralelos 14 y 13, o incluso más cerca del Ecuador, para obtener una plácida navegación. A esa latitud soplan vientos constantes y favorables que, en no más de setenta días, conducen las naos hasta las llamadas Islas de los Ladrones, donde se deja correo y se hace aguada y repuesto de provisiones. A partir de ahí, y si los vendavales no lo impedían, nuestro rumbo debía virar en dirección Noroeste para aproarnos hacia la bahía de Shanghái en una navegación de entre veinte y treinta jornadas.
Una tarde, me acomodé a dibujar un retrato de Fran de Maimona, atareado en barnizar la batayola de la toldilla de proa. Debía andar ese día malhumorado por alguna razón y me escupió que no le pintara. Como, al fin y al cabo, yo debía realizar mi trabajo, resolví no hacerle caso y seguí dándole al carboncillo. De repente se levantó, vino hacia mí airado, agarró el lienzo y, sin darme tiempo de reacción, lo arrojó por la borda de estribor y me descargó toda su rabia en palabras.
—Pintor apestoso, si quieres que todos pensemos que te placen los hombres, puedes continuar exagerando nuestros torsos en tus dibujos; pero si de verdad quieres hacernos un favor, pinta alguna vez en tu perra vida una hembra que nos pueda desahogar.
Me quedé callado. Sin saber qué hacer, qué decir ni dónde mirar. Me sentí humillado. Descubierto. Solo. Sin duda, cuantos estaban en la parte de proa habían podido escuchar los gritos de Fran de Maimona y, teniendo en cuenta que la velocidad de las palabras es, a bordo, más rápida que la pólvora, en un abrir y cerrar de ojos ya toda la tripulación estaría mofándose de mí. Y a medida que iba tragando y martilleando en mi interior esas palabras, me daba cuenta de que, sencillamente, ese hombre tenía razón. Al principio mis dibujos les habían gustado porque se sentían importantes ahí representados y se divertían viéndose cual estatuas de carbón, pero en un galeón donde se agolpan más de un centenar de hombres, con sus deseos y sus momentos de solaz, ¿por qué ofrecerles más hombres en sus dibujos?, ¿por qué no ofrecerles mujeres? Ya que no podían poseerlas en carne y hueso, ¿por qué no ofrecérselas en carboncillo y sobre un lienzo para que pudieran disfrutarlas con sus ojos y su imaginación? Al fin y al cabo, yo era el único entre toda la tripulación, pensaba, que podía obrar ese pequeño milagro de llevar de algún modo mujeres a bordo.
Y así fue como al día siguiente, sin mediar palabra con nadie, empecé de buena mañana a dibujar los trazos de una doncella de rasgos andaluces, con ojos y cabellera de azabache y ataviada con rejilla de pelo, largos terciopelos y manto de Manila. Estuve una semana enfrascado en los dibujos de decenas de damas engalanadas con las prendas más preciadas, impaciente por mostrarlos a la tripulación y pendiente de pedir permiso al capitán Rigoberto de Querença para ofrecer esas mujeres, aunque fueran dibujadas, a la pública visión, de tal modo que cuando los tuve concluidos, amarré toda la colección en un cuaderno de veintidós retratos femeninos y una mañana de buena mar y vientos propicios acudí al camarote del capitán Querença a mostrarle los dibujos.
Estuvo un buen rato observándolos de buen grado, mesándose la barbilla y haciendo algún ligero gesto aprobatorio. Me miró ladeando la cabeza, como preguntándose a sí mismo cómo había ido yo a parar a un galeón de la Marina que navegaba hacia Shanghái, y mientras me tendía el cuaderno para devolvérmelo, me disparó al mismísimo centro de mi ingenuidad.
—Desnúdalas, hijo mío, desnúdalas. Ni siquiera el capellán te castigará por eso. Estas que me muestras no son las mujeres que necesitan mis hombres.
Antes de salir del camarote, sin abandonar su tono de gran parsimonia y entendimiento, el capitán Querença me dijo una última frase que no acerté a comprender del todo.
—Si no les das mujeres con tus dibujos, Vallescá, tendré que hacerlo yo con la gente que tenga a bordo. ¿No ves que andan todo el día peleando?
Y era cierto: con el pasar de los días, en lugar de reposarse, los ánimos iban tornándose más y más tensos a bordo. A menudo incluso violentos, con múltiples trifulcas y peleas que, por lo visto, preocupaban al capitán y a la junta de oficiales. Salí del camarote. Durante muchas jornadas me sentí incapaz de continuar dibujando, dudando de si en realidad era yo una persona capacitada para la tarea que me era encomendada. Parecía como si todo lo que hiciera fuera erróneo. Dibujaba hombres cuando en realidad debía dibujar mujeres, y si así lo hacía, las pintaba vestidas cuando el capitán, al parecer, las quería desnudas.
Poco después del amanecer del día cincuenta y uno de navegación, con rumbo oeste-noroeste, con vientecillo galeno del sur y mar en calma, cruzó la Nausika el meridiano 180 al oeste de Cádiz, que es como decir, Majestad, el confín más alejado del orbe todo, allí donde, si uno quisiera regresar, lo mismo daría hacerlo por un extremo del mundo que por el opuesto, porque por ambas derrotas habría que completar un semicírculo hasta alcanzar el meridiano gaditano. Nuestro mar continuaba siendo el mismo, pero las cartas de marear nos indicaban que habíamos dejado atrás el Oeste para surcar los mares más lejanos del Extremo Oriente. Para celebrar tan magno acontecimiento, a mis entendederas más propio de la magia que de la ciencia, Vasadre y el capitán Querença concedieron una fiesta nocturna que habría de ser recordada en los anales de la Marina del Pacífico.
Poco después del almuerzo empezó a correr la cerveza y el vino tinto, y a media tarde en la cubierta de estribor ya sonaban los acordes de la guitarra, la viola, el cajón y la flauta. El Ojoplático rasgaba las cuerdas con gran maestría y desparpajo, y a su ritmo le seguía un chico de Muxía con la viola, Toro de la Ulzama al cajón y Diego de Lumbier con la flauta traviesa, todos ellos sobre un escenario improvisado que habíamos armado amontonando los sacos de cereal y que quedaba ligeramente levantado para poder otear desde allí un horizonte de 360 grados, como si los espectadores fueran a llegar desde todos los rincones de la rosa de los vientos. Uno a uno íbamos terminando nuestros menesteres y arremolinándonos en torno a la música buscando un hueco que nos protegiera del viento del sur, de tal modo que al caer la tarde ya toda la tripulación coreaba con jolgorio las tonadillas y las coplas del Ojoplático y su comparsa. Las jarras de vino corrían de un lado a otro, rebosantes y a menudo hasta despilfarradas por los maderos de cubierta, y en un extremo del grupo, como si alguien tuviera que denunciar a la autoridad lo que allí sucedía, el Sordo Orbaizeta y el Grilletes liaban tabacos y sustancias diversas de los cactus del desierto de Nueva España.
Tan animada estaba la fiesta que cuando escaseó el vino fue el propio capitán Querença quien ordenó a los mozos de bodega subir la barrica de licor, usualmente solo reservada para uso y disfrute de los oficiales de a bordo. Vasadre, que siempre se había mostrado hosco y distante, se llevó al gaznate unas generosas raciones del remedio y al poco se arrancó con unas jotas que nos dejó a todos boquiabiertos, porque primero repartió arreos contra sotanas y obispos y, después, Alteza, contra la Corona, los virreyes, las infantas y el mismísimo trono de Su Majestad. Hay que ver… lo que uno descubre cuando sube el alcohol… Tengo para mí que, en aras de conocer de veras lo que ocurre en los virreinatos, Majestad, en lugar de encomendar largas recuas de crónicas, mejor haría la Corona en citar a los capitanes, darles de bebedizo un buen frasco de licor de Orense y esperar sentados a que soltasen todo lo importante que tienen por mentar, sin ningún tipo de cortapisa ni impedimento.
Desconozco cuántas jarras había bebido el más moderado de los que allí estábamos cuando, de pronto, me di cuenta de lo extraño de la indumentaria de algunos hombres. Santyago de Oleiros y los chicos de Muxía vestían en el torso unas blusas holandesas que se diría de varias tallas menos de las que les correspondían, exagerando la forma de sus pechos exuberantes, y Larrubia y Tritón súbete el pantalón aparecían ante nuestros ojos desprovistos de sus calzones y ataviados con una suerte de mallas en piernas y brazos que nos revelaban todos los relieves de sus extremidades mientras las mecían como si estuvieran remedando a las meretrices de San Blas.
Era solo el principio, Majestad, el principio de una de las históricas danzas del silencio de la Marina del Pacífico. Unos bailes de los cuales yo solo había oído hablar entre dientes y que hasta ese momento siempre había creído del todo imaginarios. Porque antes de que pudiera tomar conciencia a cabalidad de cuanto allí sucedía, hizo su aparición en cubierta un colosal desfile lleno de colores y fragancias. Al ritmo de la música suave de la guitarra y el cajón, bajo la brisa de la latitud ecuatorial y con el impulso de los aplausos y las carcajadas que nos arrancaban el vino y el licor, uno a uno vimos cómo aparecían en cubierta decenas de hombres ataviados con innumerables objetos y prendas de mujer que solo Dios sabe cómo habían llegado hasta allí, en medio de la mar océana, y allí estaban Diego de Lumbier habillado de arriba abajo con un vestido ceñido, de hombros descubiertos y volantes en muñecas y tobillos; Fran de Maimona con los párpados pintados de añil y los labios carmesí; el Grilletes luciendo guantes de seda negros hasta medio antebrazo y medias de algodón izadas hasta los muslos; José Larrubia calzado con zapato abierto de tacón; diez hombres más portando vestidos de gala y enjoyados con pendientes, collares y anillos; otros diez disfrazados de mujeres de mala vida tocados todos ellos con fulares fucsias y encarnados en torno a su cuello; y, por último, la aparición estelar del pilotín Patricio de Aljarafe aceitado con óleos rifeños en todo su cuerpo, repeinado hacia atrás, con el orgullo en el porte y sus ojos clavados en el infinito, vistiendo únicamente en la entrepierna y en el pecho la prendas más íntimas de una mujer y tentando con sus manos las curvas de su cuerpo y los trazos de nuestro deseo.
No recuerdo mucho más, Majestad. Apenas terminado ese apoteósico desfile de joyas, sedas y deseos, la música aceleró su ritmo y enseguida se conformaron unas parejas de baile que se intercambiaban con asombrosa rapidez y aceptación, como si sobre aquella tripulación, más que la noche del océano, hubiera caído un embrujo de los cielos y la confusión de los sexos. Han pasado más de treinta años desde aquella noche, así que no sé si es la distancia del tiempo o lo que ingirió mi cuerpo, el caso es que por una u otra razón los recuerdos de aquella madrugada de danzas del silencio se me vienen más por las fragancias y las sensaciones que por una sucesión razonable y lógica de los acontecimientos. Evoco esa madrugada a través del sabor amargo de las piezas de cactus que alguien me ofreció, a través del sonido embriagador de la flauta en plena noche, del delirio de las sensaciones, de las formas ondulantes de decenas y cientos de brazos, de la música acompasada y sinuosa que acompañaba nuestro baile, de las palabras bisbiseantes de Sebastião de Portimão y de los abrazos necesitados y aferrados en la incógnita de la oscuridad.
—¿Son estos los marinos del mejor galeón del Pacífico o son una sarta de borrachos y pordioseros que siquiera logran tenerse en pie?
La voz ronca del capitán Querença irrumpía en plena mañana. No nos despertó ni la luz de los primeros rayos ni el fresco que se había adueñado del alba ni el balanceo de una mar mucho más rizada que la noche anterior. Era la voz de Querença, más enérgico que de costumbre y empeñado en gritar en exceso unas órdenes que, cuando menos, sirvieran para despertarnos y ponernos a cada uno en su sitio. Nos trató de borrachos, de haraganes, de deshacendosos, de maleantes y de irresponsables, pero en ningún momento aludió el capitán a la cuestión de los disfraces de mujeres, de las danzas ni de los abrazos en la madrugada. Ni él ni nadie, Majestad, porque como si los rayos del sol hubieran borrado de repente los desenfrenos acaecidos durante la oscuridad, los tripulantes de la Nausika nos levantamos ese día y todos los demás como si nada extraordinario hubiera tenido lugar. Lo que sucedió bajo el manto de la noche, bajo el manto de la noche quedó.
Con el pasar de los días, poco a poco, fui dándome cuenta de lo que en realidad había sucedido. Evoqué la breve conversación mantenida jornadas atrás con el capitán Querença y se me hizo evidente no solo que toleraba esos excesos con el vino y esos bailes, sino que era él mismo quien los había organizado con la finalidad de remansar los ánimos caldeados y las fiebres de deseo de esos hombres que llevábamos más de diez semanas en alta mar. «Si no les dais mujeres —me había dicho—, lo haré yo con la gente que tenga a bordo». Así lo había consumado. Y a fe que los ánimos se habían atemperado.
Danzas del silencio, Majestad, las hubo, las hay y las habrá en las naves de todas las grandes potencias, también en las de Vuestra Católica Majestad. No os alteréis. Yo he visto decenas de capitanes del más alto prestigio organizando con detalle y fruición esas danzas del silencio en alta mar y, con vuestro permiso, excelencia, no solo para serenar las ansias de los hombres de a bordo, sino sobre todo y especialmente para deleitarse observando cómo sus pilotines se untaban los óleos para el desfile público y para gozar de sus cuerpos y sus músculos bajo las sombras privadas de las candelas del camarote. Es posible que este asunto escape a vuestro entendimiento, pero creedme, Majestad, si os aseguro que el ansia de un hombre enfermo de soledad es un deseo en mayúsculas, con todas las formas y todas las imaginaciones posibles. Sobre todo en alta mar.
Jamás nadie las mencionó en sus crónicas. Y los marinos tampoco solíamos remembrarlas en público. Supongo que por eso, cuando alguien las evocaba, siempre en tercera persona y como algo distante, las llamaba «danzas del silencio». Como tampoco habría yo de mentar aquí esos bailes, excelencia, si no fuera porque ellos son, en buena medida, los que aquí me tienen retenido, en esta humilde cárcel de Tarazona, con apenas un camastro, una mesa de prestado y una ventana desde donde alcanzo a ver el campanario de la Magdalena y el vuelo en derredor de las cigüeñas. Porque, entre las penas a las que me hallo sometido, figura el delito de conducta insana, inmoral y antinatura, por el cual cumplo aquí condena de doce años y un día de reclusión mayor. Durante la celebración del juicio, el fiscal declaró que era de conocimiento público entre los miembros de la Marina del Noroeste mi afición por las danzas del silencio, las cuales supuestamente alimentaba con mis dibujos, aguadas y bocetos, y el testigo eclesiástico declaró, con el índice alzado y citando el Levítico, que «si un varón se ayuntare con otro hombre, como se hace con una mujer, cometen ambos abominación y la sangre debe caer sobre ellos».
Cuando por fin soltaron la palabra esos hijos de la Inquisición, pude decirles aquello que no deseaban oír, porque para entonces yo ya había desterrado para siempre los remordimientos, las culpas y los pelos en la lengua.
—Ustedes saben que la mujer más maltratada, más amordazada, es la que cada uno de nosotros tenemos secuestrada en nuestro interior. La que habita en nuestro seno, encerrada con doble candado para que ni siquiera nosotros seamos capaces de oír sus gritos. ¿Qué significa dejarla aflorar? ¿Ser menos hombre? ¿O acaso más persona? ¿Acaso más criatura del Señor? ¿Creen ustedes que no hay sosiego en el abrazo de otro hombre? ¿Que no hay placer en el beso de otro hombre? Pues les diré más. ¡También la mujer alberga un hombre en su seno! ¡Y también ellas se martirizan cuando escuchan su voz!
—¡Por el amor de Dios Todopoderoso, que alguien le tape la boca a este ser desalmado!
Así que aquí cumplo en silencio mi condena por el simple hecho de haber servido durante más de cuarenta años en los galeones de Su Majestad y haciendo aquello que se me pidió, a saber: dibujar y pintar cuanto viera en las tierras y los mares del Noroeste y arrejuntar mis lienzos firmados, fechados, localizados, encuadernados y sellados, y enviarlos al cosmógrafo mayor de Indias, tal como me indicó un día de Pentecostés el escriba Amancio Lopes da Feira de Queiròs.
Documentos del Caso Magallana. Recorte de la noticia publicada en el diario ABC de Sevilla el 12 de diciembre de 1999. Pág. 27
Relevo en el Archivo de Indias
El Ministerio de Cultura hizo oficial ayer el nombramiento de Agustín de la Hoz como nuevo director del Archivo General de Indias, en sustitución de Manuela Magalhaes.
Manuela Magalhaes (Lanzarote, 1940) llevaba casi veinte años al frente de la institución, período durante el cual llevó a cabo una importante reestructuración del archivo. Entre los méritos de Magalhaes destacan el proceso de informatización de los documentos del archivo, la recuperación de casi dos millares de documentos en mal estado, y las fructíferas negociaciones llevadas a cabo en distintos países americanos para el regreso de varios documentos al archivo.
En este último año, Magalhaes había fijado como prioridad la recuperación de la sección XIV del Archivo General de Indias, destinada a mapas y dibujos.
Agustín de la Hoz (Madrid, 1966) forma parte de la nueva generación de (…).