Noroeste

Héctor Oliva Camps · Capítulo 17 de 31

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Noroeste

De la expedición al paralelo 60 y de las sirenas y pajaritos de la travesía

De la expedición al paralelo 60 y de las sirenas y

pajaritos de la travesía

Partido judicial de Tarazona, en el día de la

festividad de Santiago, santo patrón de nuestro reino,

del año de gracia de mil ochocientos y diecisiete

 

Rendido a los honores de Su Muy Dignísima Majestad, por quien disparo doce salvas de cañón:

—Yo solo quiero hombres desenamorados.

Eso fue lo que dijo una noche el capitán Bodega y Quadra mientras estábamos varados en una rada de la isla de Lángara, en aguas de la latitud 58.

Y lo cierto es que no le faltaba razón al capitán. Bodega y Quadra era, de todos los capitanes a cuyas órdenes navegué en el Noroeste, sin duda el más estricto con su tripulación, pero también el más generoso a la hora de recompensarnos y reconocernos en nuestro esfuerzo. El primer desencuentro con Bodega y Quadra fue al poco de partir de San Blas con destino al paralelo 60 de la costa Noroeste, cuando arriamos un par de velas y él se indignó al ver nuestro poco empuje: se dijo avergonzado de una tripulación tan cobarde y pusilánime, y que si así nos comportábamos en latitudes tan tranquilas, cómo íbamos a responder allá donde los mares y los vientos muestran tanta fuerza y tan mal aparato. Era su carta de presentación para con todos nosotros: a partir de entonces el Limeño, que es como todos llamábamos al capitán Bodega y Quadra, demostró en todo momento la máxima exigencia, la máxima rectitud y el comportamiento más pulcro y más caballeroso del Noroeste todo.

Héroes. Eso es lo que quería Bodega y Quadra para sus navíos. Héroes dispuestos a dar lo máximo, a ir siempre más allá, a no doblegarse nunca. Héroes capaces de lanzarse al infinito y dejarse la piel por la gloria y por su Rey. Por eso quería el Limeño hombres sin amor. Con tripulaciones enamoradas los barcos de Su Majestad no habrían llegado al Noroeste ni al Pacífico, y quién sabe si hasta la propia América estaría aún por descubrir. Decía Bodega y Quadra que el hombre enamorado ya ha encontrado su destino y no precisa partir. Si, por las vicisitudes de la vida, se ve obligado a zarpar, el hombre enamorado desea ante todo regresar. Regresar no para encontrar la gloria ni el orgullo de servir al Rey, sino para verse envuelto en los brazos de su amada. El rey Jorge de Inglaterra reserva las grandes misiones navales para hombres con más de diez años de casados, y ¿sabéis por qué, Majestad?, dizque se asegura de este modo que el amor que anidó en ellos ya está mustio y deshebrado. Pero para el Limeño tampoco estos hombres cabían entre su tripulación porque el desamor del joven soltero le incita a la bravura y a la temeridad y, en cambio, el desamor del casado le encamina hacia el cálculo, la prudencia y algo mucho más terrible: la pereza.

El mismo Bodega y Quadra se mantuvo siempre soltero para mejor servir a su amo, esto es, a vos. Peruano de nacimiento y californiano de adopción, el Limeño apenas estuvo en la Península cinco años, el tiempo que precisó para sacarse el título de teniente de fragata en la Real Compañía de Guardiamarinas de Cádiz. Toda una vida dedicada al fiel servicio de un rey distante al cual nunca vio y de un imperio del cual no recibió más que contrariedades. Pero acaso fuera esa distancia la que mantenía viva la llama. ¡Cuánto es capaz la lejanía de distorsionar la realidad! ¿Por qué en la distancia se aprecian las cosas que uno desprecia en la cercanía? ¿Sabéis una cosa, Majestad? Allá en la Nueva España casi todos os adorábamos. Ricos y pobres, indios y criollos sentíamos por Vuestra Alteza un fervor inquebrantable. Hasta el último de los marinos era capaz de derramar su sangre si era al servicio de vos, y, en cambio, aquí en España la mayoría muestran al Rey y su familia el tremendo desprecio de no hacer aprecio, y muchos sienten por el actual rey, su hijo Fernando, tan manifiesta indiferencia que ni siquiera detienen su paso cuando la carroza real cruza la Gran Vía con destino a La Granja. Y, aun así, siempre pretendieron ustedes, los Borbones, aprovecharse de las Indias para mejor servir a los peninsulares, sin atinar a considerar que acaso les hubiera ido mejor aprovechar la Península para mejor servir a las Indias.

Haré bien en recordaros, Majestad, que Bodega y Quadra fue una persona y solo una. Y disculpad la obviedad del asunto, pero sucedió allá en Nueva España que llegó a palacio un nuevo virrey procedente de la Península, el virrey Mayorga, y cuando hubo leído y repasado la lista de todos los cargos civiles y militares que se encontraban bajo su mando en esa nueva tierra, exclamó en una concurrida reunión de cargos y vicecargos que quería conocer a esos dos capitanes de la Marina del Pacífico, a Bodega y Quadra, y como el patinazo era de semejante calibre, a ninguno de los allí presentes se le ocurrió cometer la insensatez de aclarar al virrey en público que bajo ese nombre anidaba no un par, sino una sola persona. Así fue como el asunto fue ganando volumen con los días y nadie en su seno más cercano encontró el modo educado de advertir al virrey Mayorga el error en que se encontraba. Casi un mes demoró el capitán Bodega y Quadra en alcanzar el palacio virreinal de la Ciudad de México desde el puerto de San Blas, el mismo tiempo que emplearon los consejeros del virrey en valorar y descartar soluciones de todo tipo que les sacasen de ese callejón sin salida, y como no hallasen ninguna mejor, resolvieron buscar por los barrios de la ciudad algún hombre apellidado Quadra que de algún modo tuviera relación con la mar, y cuando lo hubieron encontrado, aleccionado y adecentado, le hicieron pasar al salón de audiencias del palacio virreinal en compañía del famoso capitán limeño, de modo tal que a la esperada cita acudieron dos hombres, tal como esperaba el virrey.

—Excelencia, el capitán Bodega y Quadra y el grumete Quadra.

Y de este modo elegante y educado, los secretarios propiciaron que el virrey descubriera por sí mismo cuánta ignorancia puede caber en un nombre.

A las órdenes del Limeño serví en la siguiente misión del Noroeste en la que me vi involucrado, una vez que a la Corona se le pasó la fiebre de querer imitar a los rusos en el negocio de la caza y la venta de las pieles de nutria. Al mercader Vasadre jamás volvimos a verle por esos parajes. Dicen las malas lenguas que, tras el fracasado negocio de las pieles, enloqueció y quedó encerrado en un sanatorio de dementes donde se dedicaba a relatar a los demás majaretas los bailes del silencio de la Nausika y les dibujaba con encomiable simetría los enrevesados caracteres de la escritura de los mandarines.

Sanados, pues, de la fiebre de las nutrias, las órdenes de palacio se dirigieron a enviar expediciones por la costa Noroeste para extender hacia aquellas latitudes el imperio de Su Majestad y para encontrar las colonias en que se hallaban establecidos los rusos. Y así fue como me reclutaron como dibujante para la expedición real con destino al paralelo 60 de la costa Noroeste, que partió del puerto de San Blas las vísperas brumosas de febrero en que al capitán Manrique le asaltaron los demonios.

La tarde que zarpamos no había bajo la bruma del muelle de San Blas siquiera una sola autoridad que hubiera venido a despedir una expedición que estaba llamada a propiciar la mayor expansión de tierras del siglo XVIII, porque, ¡por Dios, Majestad!, las órdenes reales pretendían que nuestras naves alcanzasen el paralelo 60, cuando la plaza más al norte del imperio de Su Majestad se encontraba en la bahía de San Francisco, ubicada en el paralelo 38. Ensanchar los límites del imperio… ¡en 22 grados terrestres! Esto es, la misma diferencia de latitud que la que existe entre el puerto de Cádiz y el inicio de las costas de Noruega. Añadir semejante extensión de tierras a las posesiones de Su Majestad se trataba de una empresa que no tenía parangón desde los tiempos del almirante genovés.

Zarpamos un Jueves de Comadres. Con víveres para un año y agua para cuatro meses, se abrieron a la mar océana la fragata Compañera, comandada por el capitán Bruno de Hezeta, y la goleta Soñadora, que con apenas catorce almas quedaba bajo la autoridad del capitán Manrique. Pero cuando no habíamos navegado siquiera más de diez leguas, apareció el capitán Manrique en la cubierta de toldilla de la Soñadora gritando a los cuatro vientos que lo querían matar y blandiendo hasta seis pistolas cargadas, dos en las manos, dos más en la cintura y otras dos en los tobillos, y con los ojos desorbitados que muestran aquellos a quienes les asaltan los demonios —según los presentes, a leguas se veía que el hombre estaba con sus facultades mentales perturbadas—. Apenas un día de navegación y ya contábamos la baja de un capitán. Tan cerca estábamos aún de puerto que Hezeta resolvió regresar a San Blas para dejar en buenas manos al pobre chiflado y nombrar en su lugar, como capitán de la Soñadora, a su segundo de a bordo, el insigne Bodega y Quadra.

El desvarío de Manrique trajo otra consecuencia, de menor calado, pero sin duda determinante para mí. Habiendo ahora un hombre menos y siendo tan escaso el número de tripulantes de la goleta, alguien debía ser traspasado de la Compañera a la Soñadora. No se me escapaba que Hezeta tenía mi trabajo en muy poca estima, considerándolo superfluo y de ningún provecho, así que no me sorprendió cuando ese bizco hijueputa me apuntó con el dedo para enviarme a cubrir la baja de la Soñadora.

—Para pintar sirenas y pajaritos, Vallescá, lo mismo da en una como en otra nao.

Hezeta era un ególatra. Engreído y presuntuoso, no había en sus expediciones nada bueno que no fuera obra suya ni nada malo que no fuera fruto de los demás. Leed cualquiera de sus crónicas y comprobaréis, Majestad, que siempre empezaba las frases con sus dos letras preferidas: yo, yo, yo… Esa mención de mi trabajo y mi esfuerzo como «sirenas y pajaritos» fue un disparo certero al alma que se me clavó con rencor. Si me hirió fue, precisamente, porque mis capitanes siempre reconocieron en mi labor un instrumento imprescindible para el mejor conocimiento de las nuevas tierras y de las nuevas gentes de Su Majestad, así como un fiel testimonio de las derrotas y de los aconteceres de las expediciones que habían lugar. Y, con la única salvedad de Hezeta, los sucesivos capitanes bajo los cuales serví reconocieron que jamás esgrimí mis funciones de dibujante y pintor para evadir las tareas domésticas de a bordo. Porque, Majestad, como cualquier otro tripulante de la Marina de la Alta California y del Noroeste, yo me afanaba como el que más mareando las velas, envergando los estayes y las gavias, anudando las reatas y las jimelgas, y, en las repetidas escalas, cargando y estibando la aguada, la leña y el lastre. Con la única diferencia de que, cuando habían terminado sus menesteres, los marinos y grumetes se echaban a dormir la siesta o se apostaban sus sueldos en el cinquillo y la brisca, mientras que yo debía siempre obtener de donde pudiera un tiempo extra para dibujar nuevos paisajes, nuevas hierbas y nuevas perspectivas. De tal modo que, para los trabajos de a bordo, era yo como uno más de la tripulación y, en cambio, para disfrutar de los momentos de solaz, era como uno más de la plana mayor. Siempre solícito. Siempre hacendoso. Por eso a gusto le hubiera estampado a ese arrogante mequetrefe las sirenas y los pajaritos en la faz.

Quienquiera que hubiera visto la Soñadora jamás habría creído que con semejante bote nos disponíamos a partir al fin del mundo, al extremo del orbe al cual ningún hombre se había aventurado. Porque, Majestad, la Soñadora era exactamente eso: un bote. Un ruinoso y mísero bote de puerto, con dieciocho codos de quilla y apenas seis codos de manga. Más pequeña que un bote de socorro de una gran fragata de la Marina Real. Eso sí, adecentada para que se mantuviera a flote y bautizada con un nombre capaz de ensanchar el horizonte para que con épica entrara en la historia de nuestro imperio.

—Rumbo al fin del mundo a bordo de una cáscara de nuez. ¡Dios nos acoja confesados!

Eso fue lo que dijo entre dientes el capitán Bodega y Quadra cuando se asomó a la cubierta de estribor en la tarde del tercer día de navegación y percibió que ya no vislumbrábamos ni la costa continental de la Nueva España ni la silueta espigada de las islas Marías. La Soñadora había sido construida y empleada para cruzar el Mar de Cortés, es decir, apenas unas decenas de millas de aguas tranquilas a través de las cuales las misiones de la Baja California recibían provisión en botes como la Soñadora. Y ahora, dizque a falta de mejores embarcaciones, había sido reacondicionada para partir a cruzar el océano abierto y a ampliar los límites del imperio en 22 grados. Rumbo al Noroeste con un cascarón que no habríais deseado siquiera para nuestro peor enemigo. Si por ventura encontrásemos naos de otras banderas, sencillamente se reirían en nuestras narices. ¿Adónde íbamos a ensanchar un imperio con un bote salvavidas? ¿Adónde íbamos cuando las demás flotas competían por botar en sus astilleros los artilugios navales más sofisticados?

El problema de la Soñadora no era solo su pequeñez, tan escasa que apenas contaba con un camarote y la cubierta desprotegida, sin siquiera espacio para los víveres, que fueron todos embarcados en la Compañera. Su principal problema, digo, era su tripulación. Sus marinos. ¿Qué digo marinos? Pobres infelices, si de los catorce hombres de a bordo, entre oficiales y tripulantes, apenas la mitad habíamos navegado alguna vez, y los otros siete eran vaqueros de los derredores de San Blas y Tepic que se habían quedado sin ganado, sin suerte y sin beneficio, y cuando el correo difundió la noticia de futuras oportunidades en alta mar, corrieron a aceptar un estipendio de grumete que, a lo sumo, sirviera para quitarles el pánico al agua salada. Con esas alforjas navegábamos a engrandecer vuestras tierras hasta el paralelo 60.

En los mares del Noroeste, Alteza, la línea recta jamás es la distancia más corta entre dos puntos. A menudo ese es el camino más lento. Las derrotas del Noroeste son como el pensamiento de las mujeres, realizando a veces grandes parábolas e increíbles desplazamientos en zigzag, y siempre atentos en alta mar a las vicisitudes que marcan a la par los vientos y las corrientes.

La navegación hacia el Noroeste se realiza del siguiente modo. La salida del puerto de San Blas debe ser a mediados de enero o inicios de febrero. Tiene la navegación de la costa exterior de la California una dificultad inseparable por la constancia de los vientos del norte y del noroeste, que soplan sin interrupción y son directamente opuestos al viaje. Eso obliga a los barcos a alejarse mar adentro para encontrar vientos propicios. Por eso, aunque el principal objeto sea ascender a los 55 o 60 grados, el único modo de lograrlo no es ganando latitud, sino ganando suficiente longitud a occidente, de modo que, cuanto más allá se fuese, se encontrarán más constantes los vientos sures y sudoestes imprescindibles para subir. Si, a pesar de tomar estas precauciones, los acasos del mar nos hacen decaer sobre la costa más al sur de lo que esperábamos, es menester navegar de nuevo a poniente al menos hasta doscientas millas de la costa, sin dejarse engañar por los vientos favorables que soplan a cien millas porque estos no son de ninguna firmeza. De no hacerlo así, por ningún pretexto se logrará el viaje.

Es preciso tener gran cuidado en la mar del Noroeste con las variaciones que siguen a los plenilunios, cuando casi siempre sucede alguna importante mutación del tiempo, ya sea, en los casos de calma, arreciando fuertes vientos, ya sea a la inversa, sosegándose la intensidad de los sures y sudoestes. Pero siendo importantes las revoluciones de los plenilunios, sin duda lo más crítico de la navegación por el Noroeste son las recaladas a la costa. ¡Cuántas embarcaciones rompieron su costillar encalladas en los arrecifes del Noroeste! Y siempre porque la densa niebla impedía la lectura del cielo. En los meses de verano la costa de la California y del Noroeste está sometida a una espesa bruma que nubla la total comprensión de la bóveda celeste. La bruma impide no solo determinar la posición cosmográfica, sino, mucho peor, calibrar la cercanía de la costa hasta el punto que esta se aparece de repente cuando ya es demasiado tarde para las maniobras. Por eso es menester poner todo el cuidado en observar las señales del agua: cuando se vean hierbas de cabeza naranja nos hallaremos al menos a ochenta leguas de la costa, cuando el color de la mar se empiece a desvanecer nos hallaremos a cuarenta leguas, cuando el color sea ya muy vivo nos hallaremos a veinte leguas, y cuando encontremos pájaros, lobos, nutrias y ballenas, así como aguamalas de color morado y pájaros de pico encarnado que se asemejan a los loros, entonces no hay duda de que, aunque no acertemos a atisbarla, nos encontramos sobre la costa.

Cuando la travesía se realiza en dos o más naves, es primordial mantener con estrecho cuidado los sistemas de comunicación entre ellas. En un escenario tan brumoso y donde las noches pueden llegar a ser tan largas, no se ahorran esfuerzos en el lanzamiento de cohetes, en el disparo de cañonazos y en el encendido de los faroles de popa, a fin de que en todo momento sepa cada embarcación dónde se halla el resto de la flotilla. Con todo, al menos en una ocasión cada tres jornadas, un correo de la nave capitana, en este caso la Compañera, llega hasta la embarcación subalterna, la Soñadora, para proveernos de los víveres de que hemos menester, para comunicar las nuevas órdenes y para tener conocimiento de cuantos sucesos, pensamientos o enfermedades hayan podido acaecer a bordo.

¡Dos dibujos con el trabajo de uno! El capitán Bodega y Quadra no puso objeción alguna a la utilización de las hojas mágicas que yo me había procurado en Cantón, así que cuando hubimos alcanzado longitud suficiente y tuvimos a los vaqueros adiestrados en las nuevas faenas de la mar, me di a la tarea de producir dibujos por partida doble. Era prodigioso. Confeccionar un dibujo y, a la postre, obtener dos resultados idénticos, igualmente acertados en el trazo o igualmente desproporcionados en sus dimensiones. Pero cuán poco había por dibujar en ese bote de apenas dieciocho codos de quilla y catorce tripulantes. Me bastó una semana para tenerlos a todos retratados por ambos perfiles y para dibujar los contornos de la Soñadora desde distintas perspectivas. Apenas material para una semana en una expedición que debía prolongarse meses, quizá años, y quién sabe si hasta la vida eterna si la fortuna nos era adversa.

Así que, a falta de modelos y realidades, de repente, una tarde de calma antes de la caída del sol, mi mano empezó a moverse como con vida propia y sin responder a orden alguna de la inteligencia, como si únicamente atendiera a los designios del corazón, y deslizándose con libertad sobre el lienzo comenzó a trazar las formas de un rostro alargado, de un flequillo cayendo ladeado sobre la frente, de unos labios hinchados y una mirada intensa, un cuello elegante y altanero como los cisnes, y antes de que pudiera darme cuenta, apareció ante mí la silueta que tantos años había evitado. Irelia. En realidad, Majestad, la carta que me había enviado el capitán Portolá nada decía de su cuerpo de madre y mujer madura, pero, cuanto menos, esas líneas habían conseguido de repente sentirla mucho más cerca de mí, lo suficiente para que dejara de ser una Virgen, una idea difuminada, y recobrara un cuerpo de carne y hueso. Sí, en cierto modo continuaba siendo un estado de ánimo, pero un ánimo que me instigaba a expresarme sobre el lienzo con deseo y libertad, hasta tal punto que incluso mi mano se adelantaba a las instrucciones de la razón.

Después de mil avatares, demasiados años de ausencia y centenares de noches sufridas en soledad, Irelia recobraba vida, aunque fuera únicamente en el lienzo. Está mal que lo diga yo, Majestad, pero era un dibujo precioso. Bello. Con toda la luz que irradia del corazón. Ahí estaba Irelia, mirándome de nuevo con sus ojos altaneros a través del tiempo y de los continentes. Y ahí estaba yo, burlando la realidad a través de la imaginación y el carboncillo.

Le puse a esa Irelia creada por mí unos pechos desafiantes apenas cubiertos por una suave camisa de Holanda meciéndose al viento y, de cintura para abajo, mi mano recobró su vida propia para confeccionar con apenas un par de curvas la forma de una sirena. Por la noche guardé el original en mi cartapacio de piel de nutria y resolví darle a la copia una utilidad que había aprendido de mi antiguo capitán Rigoberto de Querença. Al día siguiente, antes del mediodía, llegaba por babor, al mando de José Larrubia, el bote correo procedente de la Compañera. Le di a Larrubia el lienzo enrollado y le pedí que, protegido del viento con unas tablas transversales, colgara el dibujo del palo mayor de la Compañera a una altura suficiente para que todos alcanzaran a verlo a la vez y gozar, sino de mujeres reales, al menos sí de una linda sirena insinuante. Así lo hizo, con tal jolgorio general que incluso hallándose nuestra Soñadora a más de quinientas brazas de distancia, hasta nuestra posición llegaron perfectamente audibles los ecos de los vivas de una tripulación sedienta de carne de mujer. Todos pudieron ver y asentir el título que a esa mi primera Irelia de carboncillo yo le había dado en poner: Primera sirena de Nicolás de Vallescá, pintor general de sirenas y pajaritos. Era mi mensaje particular para Hezeta, lanzado con certero disparo desde la Soñadora y con la cobertura de sesenta cómplices. Tres días más tarde, a la altura de los 45 grados, llegó de nuevo el correo de la Compañera para aprovisionarnos de comestibles y noticias. Larrubia, efusivo, me informó que la tripulación estaba ansiosa por recibir más dibujos de sirenas. Era el inicio de una larga serie de dibujos que habrían de condicionar mi tarea en las expediciones del Noroeste, porque a partir de ese momento, Majestad, ya nunca pude escapar de esa función de mantener con buen ánimo a la marinería. Junto a la misión formal de dibujar y remitir mis obras a palacio para el mejor conocimiento de las tierras y las costas del Noroeste, desde ese día asumí por acuerdo tácito y por la presión de toda esa tropa de gañanes, la misión, más cotidiana, de recordar a los hombres de alta mar cómo son las mujeres de tierra adentro.

Una misión ciertamente más mundana, pero a buen seguro, Majestad, más correspondida y acaso más útil que la oficial. Y así fue como, a medida que ascendíamos por los paralelos de los mares, el correo que servía de vínculo entre la Compañera y la Soñadora fue llevando y colgando del palo mayor la Segunda sirena de Nicolás de Vallescá, la Tercera sirena y hasta la Décima sirena de Nicolás de Vallescá, pintor general de sirenas y pajaritos, aunque a esas alturas las sirenas ya solo conservaban de su estado original el mero nombre porque, para ser fieles a la realidad y por propia petición de los marinos de a bordo, mis Irelias empezaron a ser mujeres de la cabeza a los pies, sin eufemismos ni pisciformas que les arrebataran a su visión ninguna parte del cuerpo de una mujer. Con todo, continué fiel al nombre original, titulando como sirenas a esas mujeres medio desnudas y medio provocativas que mostraban ora un pezón espigado ora un trasero deslumbrante.

Esas bellas doncellas desnudas enseguida se convirtieron en mujeres cada vez más insinuantes que sonreían a esos hombres, que les lanzaban besos, que les guiñaban un ojo, que se acomodaban dulcemente los senos o incluso que se acariciaban el sexo como si se lo estuvieran ofreciendo a aquella jauría de necesitados. Y no solo eso, Majestad, porque la avidez del deseo no tiene mesura, menos aún en alta mar, así que cuando hubimos atravesado la línea imaginaria de los 50 grados de latitud norte, una altura que ningún navío de Su Majestad había jamás alcanzado en los trescientos años de navegaciones por América, resolví celebrarlo con un dibujo de un hombre y una mujer deshaciendo sus deseos entremezclados. Lo envié, como de costumbre, con el correo de la Compañera y fue alzado en el palo mayor con el título que yo le había puesto y un añadido explicativo que el Loco Tellechea le agregó en la madrugada: Vigésima sirena Y PRIMER PAJARITO de Nicolás de Vallescá, pintor general de sirenas y pajaritos.

Pero el hombre nunca tiene bastante, Alteza. Ni en cuestiones de apuestas, de dineros ni de deseos. Siempre queremos ir más allá. Así que, como había sucedido anteriormente, también estos dibujos se fueron con el tiempo perfeccionando y subiendo de tono, y las tripulaciones pedían cada vez combinaciones más y más explícitas y más recargadas de sirenas y pajaritos. Y yo, que al fin y al cabo gozaba tanto con el dibujo como con las satisfacciones de esos hombres que solo podían ver mujeres a través de mis imágenes, les daba lo que querían, siempre colgando la copia para la pública visión y conservando el original en mi cartapacio. Y así se construyó ese código de las sirenas de Vallescá. ¿Nunca escuchasteis mentar las sirenas de Vallescá? Se trataba de un simple código para que tanto en palacio como en las misiones creyeran que nuestros dibujos reflejaban alegremente esos seres mitológicos. Pero, para ser claros, cuando en la Marina del Noroeste alguien hablaba de las sirenas de Vallescá, no se refería a las cándidas formas de las mujeres-pez, sino a lo que terminaron siendo en realidad: dibujos fehacientes de hombres y mujeres fornicando, henchidos de placer, con sus pechos y sus nalgas sudorosas, sus cabelleras revueltas, sus piernas entremezcladas y mostrando con vehemencia sus bocas de deseo, sus labios ardientes, sus placeres líquidos y sus sexos enhiestos.

En la mar la tragedia pocas veces se masca con tiempo suficiente, y por lo común solo se advierte cuando la tenemos tan encima que ya poco puede hacerse por evitarla. La tragedia llegó de repente, aunque las desavenencias entre Bodega y Quadra y el capitán Hezeta las habíamos presentido desde el comienzo de las brumas del paralelo 50. A partir de ahí la costa del Noroeste se torna cada vez más caprichosa, con insospechados requiebros, islas y bahías que se abren y se cierran a cada milla superada, haciendo la navegación por esas latitudes en extremo dificultosa, por el mucho riesgo de encallar. Eso no sería en exceso peligroso si existiera buena visibilidad, como la que gobierna nuestras costas mediterráneas, pero sucede que en aquellas latitudes del continente americano la bruma del estío es tan espesa y duradera que todo se mantiene nublado en derredor, y navegar por ellas es como vagar por el mismísimo infierno, sin mapas, sin conocimiento, sin ojos y sin señales, con la única guía de la intuición de nuestro querido capitán.

La navegación en flotilla hace más dificultoso el viaje, por cuanto al peligro de encallar cabe añadir el riesgo de perder la otra embarcación en el interior de esa densidad silenciosa e incolora. Con los días, la situación fue poniéndose difícil y tensa. La navegación se hacía más requebrada y peligrosa, mientras que la capacidad de decidir en cada momento el rumbo que debíamos seguir se hacía en extremo complicada y por momentos hasta imposible. A menudo terminábamos en el fondo de bahías que nos obligaban a volver sobre nuestra popa. A medida que la tensión iba ascendiendo de tono, las imágenes de sirenas fueron espaciándose y, a cambio, las señales de aspereza entre los capitanes de la Compañera y la Soñadora fueron deviniendo más y más evidentes. A la altura de los 53 grados y medio Hezeta convocó de urgencia la primera junta de oficiales para poner sobre la mesa lo dificultoso de nuestra empresa y la conveniencia del regreso, pero Bodega y Quadra se empeñó en seguir adelante. Para cuestiones importantes como la fundación de establecimientos o principiar el tornaviaje, las juntas de oficiales de la Marina requerían el consenso, cuanto menos, del capitán de cada una de las naves, de tal modo que el desacuerdo de uno de ellos impedía la moción.

Habíamos navegado un grado más al norte cuando, alterados los vientos y las aguas, el capitán Hezeta convocó a nueva junta de oficiales. El agua empezaba a escasear, los desembarcos para leña y aguada se hacían más peligrosos y entre los tripulantes de la Compañera había empezado a asomar el fantasma del escorbuto. Pero de nuevo Bodega y Quadra hizo valer su parecer aduciendo de manera repetida «las instrucciones reales de alcanzar costeando la latitud de los 60 grados, y si la fortuna nos es tan adversa que no encontremos remedio, morir cada uno en su ejercicio por el Rey es gloria para la posteridad». ¡Ay, Majestad, cuánto fervor guardaba por vos ese Limeño! Ese fervor nos llevaba a continuar nuestra singladura hasta el fin del mundo en busca de establecimientos rusos y del engrandecimiento del imperio, aun cuando para todos era evidente que seguir navegando hacia el norte no podía conducirnos más que al desvarío y a la muerte.

¡La muerte! Los primeros fallecimientos acaecieron poco después de la segunda junta de oficiales. En lo que parecía una bahía solitaria, el contramaestre Santana desembarcó con Santyago de Oleiros, Fran de Maimona y otros cuatro hombres para aprovisionarse de agua y leña. Unas horas más tarde, una banda de no menos de tres centenares de indios, soliviantados sin duda por nuestra presencia, armados con lanzas y a lomos de unas embarcaciones como de totora, trataron de abordar nuestras naos, cosa que impedimos a cañonazos. Aproamos hacia la boca de la bahía, a distancia suficiente de la costa para mantenernos a salvo, pero bien visibles, a la espera de que una señal de esos indios nos ofreciera alguna información sobre nuestros siete hombres. Ahí estuvimos dos días con sus dos noches discutiendo si había que continuar la espera o entrar a cuchillo a buscar los cuerpos con o sin vida de nuestros compañeros, aunque, a decir verdad, ninguno creíamos que nuestras armas fueran garantía en una contienda que se presentaba tan desigual, con apenas setenta hombres de una parte y vaya usted a saber cuántos centenares, acaso millares, por parte de esas tribus.

Al amanecer del tercer día, a estribor de nuestra posición apareció flotando una de esas embarcaciones de totora. Lo primero que vi fueron los ojos de Santyago de Oleiros congelados en el infinito. El bote albergaba los cuerpos de nuestros siete hombres. Sin duda, esos indios, comprendiendo que eso nos haría desistir de cualquier ataque, habían aprovechado la última oscuridad para llevar los cuerpos hasta ahí. Al decir de nuestro cirujano, esos hombres llevaban muertos más de cuarenta y ocho horas: habían hallado la muerte apenas hubieron puesto pie a tierra en esa rada de mal recuerdo.

Habiendo cruzado el paralelo 55 con el ánimo enloquecido, la enfermedad a bordo y siete muertes a nuestras espaldas, el capitán Hezeta convocó una tercera y definitiva junta de oficiales que sellara de una vez el regreso a San Blas. Para entonces, ya ni siquiera la junta podía celebrarse de cuerpo presente, porque la alteración de los vientos no permitía la conjunción de ambas naves, así que el capitán Bodega y Quadra tuvo que asistir a distancia a la junta, expresando sus pareceres en mensajes que introducíamos dentro de un barril que, amarrado a un cabo, transportábamos de la Soñadora a la Compañera y, de regreso, de la Compañera a la Soñadora. Cuando en la Compañera los oficiales ya habían consensuado el regreso y se entretenían en debatir sobre la derrota a seguir en el tornaviaje, estalló como un petardo valenciano el arribo del mensaje del capitán Bodega y Quadra, cuyo papel concluía de esta guisa:

—No se me oculta la pequeñez de la Soñadora, su mal gobierno, su poco aguante y su ningún andar, pero se me ha entregado el mando y debo cumplir con el honor que me corresponde. Mi piloto y la poca gente que tengo se sacrifican gustosos conmigo al encuentro del fin del mundo.

Dizque los oficiales de la Compañera se llevaron las manos a la cabeza ante semejante desvarío, le injuriaron y hasta hubo quien sugirió apresarle hasta que se le pasara esa borrachera de honor. El capitán Hezeta intentó convencer al temerario gobernante de la Soñadora con un nuevo mensaje.

—El honor, capitán, es demasiado preciado para desbaratarlo; el honor existe también para regresar a puerto y volver a demostrarlo cada vez que nos sea requerido.

Pero todo intento fue inútil. El capitán Bodega y Quadra enviaba un nuevo mensaje que no dejaba lugar a dudas y obligaba a la expedición a continuar.

—¿Cada vez que nos sea requerido? No os confundáis, capitán, ni la vida ofrece dos oportunidades ni el honor es algo que pueda servirse de a poquitos. La Soñadora no tiene otro rumbo que aquel que le fue encomendado: el norte.

Ante la testarudez del Limeño, la plana mayor de la Compañera comprendió que lo único que podían hacer era cruzarse de brazos o gritar su impotencia a los cuatro vientos. Y eso fue precisamente lo que hizo el piloto Pérez, porque mensaje escrito a bordo del barril ya no llegó ninguno más, pero un grito a pleno pulmón, lanzado desde la cubierta de la Compañera, cruzó la oscuridad de la niebla para salvar la distancia que había entre ambas naos y para que todos nosotros supiéramos sobre qué espaldas debía recaer la conciencia de los muertos:

—¡Hijuelagranputa! ¡Qué demonio gobierna tu mente! ¡Majadero hijueputa!

Y así fue como se mascó la tragedia. Y como llegó la soledad. Los días siguientes la niebla ganó en espesura. Bajo la oscuridad de la noche, desde la cubierta de la Soñadora, se hacía cada vez más difícil vislumbrar los faroles de popa de la Compañera. Las condiciones meteorológicas empeoraron más y más. La niebla se hizo tan densa que la claridad del día ya no suponía ninguna mejora respecto a la noche. Navegábamos a ciegas. Tanto que hasta hubimos de arriar todas las velas y detener nuestra marcha para alejar así el peligro de dar con nuestra quilla en la costa. El problema de la tiniebla, más allá de que no permite vislumbrar colores ni siluetas, es también el sonido. La niebla, Majestad, te roba aún más que la luz y el color: la niebla te roba el oído. La niebla es un manto de soledad. Y ahí, en plena tiniebla, los destellos de los faroles de la Compañera se hicieron tan tenues que, a un punto, desaparecieron y nos dejaron completamente solos.

Sí, desaparecieron. Y a la Compañera… jamás volvimos a verla. Si la desaparición fue fruto de la mala visibilidad o de la sagacidad de Hezeta y sus hombres para perder el rastro es algo sobre lo que aún hoy podríamos elucubrar. ¡He pasado tantos años pensando en ello! Tengo para mí que, en realidad, simplemente ocurrió que nos perdimos, porque ciertamente las condiciones eran extremas. Y, seguidamente, habiendo perdido una nao el rastro de la otra, es probable que en la Compañera no emplearan demasiado esfuerzo en encontrar a una compañera de viaje que, al fin y al cabo, solo les traía problemas y, sobre todo, una derrota absolutamente contraria a la que ellos deseaban tomar.

Nosotros, en cambio, durante las jornadas siguientes, encendimos antorchas, prendimos cohetes para señalar nuestra situación, agotamos nuestras balas de cañón y penetramos en cada pequeña entrada de mar para buscar con desespero el rastro de la Compañera. Los días que siguieron a la división de ambas naos continuaron siendo negros y chubascosos. Hasta que, al cabo, se disipó la tiniebla. ¡La habíamos esperado con tanta ansia! Veíamos. Veíamos el cielo, la mar, el suave relieve de la costa y la línea del horizonte. ¡Lo veíamos todo, Alteza! Pero ojalá hubiéramos continuado en la negrura de nuestra ignorancia, porque cuando apareció la completa visión del horizonte, se nos descubrió la terrible realidad de nuestra situación. Hasta entonces habíamos andado ocupados con la negrura y la turbación de la vista y el oído, y ahora aparecía con meridiana claridad nuestra condición. La soledad. La soledad más extrema. Surcando el Noroeste, navegando al filo del fin del mundo en un bote salvavidas, en un mísero cascarón manejado por el diablo, con las municiones agotadas y sobre todo sin comida, sin bebida, sin los víveres que habían quedado en las bodegas de la Compañera, y sin siquiera la ayuda de la ciencia ni de Dios, porque ni cirujano ni capellán nos había dejado el capitán Hezeta.

Ahí estábamos, Majestad, descubriendo en soledad el mundo… en una barca de juguete a la deriva.

Documentos del Caso Magallana. Correos electrónicos

 

De: liberto.leon@gmail.com

Para: direccion@archivodeindias.es

Asunto: Hallazgos de Moscú

Querida Rosario, aquí te envío la lista de cosas que descubrí en Moscú, por orden de importancia:

1. Más allá de una semana, empiezo a echar en falta tu tanguita negro. 2. La avenida Tverskaya es mal lugar para reservar hotel si uno desea conciliar el sueño por las noches.

3. El mejor Vodka es el Zarskaya: es de trigo, más seco, y la mañana siguiente no da dolor de cabeza.

4. Aunque el horario oficial de los Archivos de la RAK es de 08.30 a 17.00, no hay que ir nunca antes de las 12.00, que es cuando llega la señora Pryoska, la única que puede entregar documentos.

5. En los Archivos de la RAK constan varias menciones a Nicolás de Vallescá. Aparece mencionado catorce veces en distintos documentos de Alexander Baranov y de otros superiores y cronistas de la RAK. Pero aquí no consta ningún documento ni ningún dibujo de Nicolás de Vallescá. Aquí no hay nada. 6. De nuestra amiga, Magallana. Ni rastro. Nadie la conoce. Nadie la recuerda. Tampoco entre la comunidad de españoles.

Mañana regreso a Sevilla. ¿Te traigo algo de este paraíso, Rojas?

Liberto