Noroeste

Héctor Oliva Camps · Capítulo 20 de 31

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Noroeste

Tercera Parte

 

EL PASO DEL NOROESTE

Seconda stella a destra,

questo è il cammino,

e poi dritto fino al mattino,

poi la strada la trovi da te,

porta all’isola che non c’è.

EDOARDO BENNATO

 

Fantasía y realidad siempre tuvieron una frontera difusa en América. Frente a una Europa pequeña, manejable y conocida, la posibilidad que se abría de explorar un nuevo continente de proporciones colosales, ingobernable y azaroso supuso un derroche de imaginación desconocido hasta entonces. Así que los europeos se llevaron sus fantasías y sus utopías de viaje por América. Al fin y al cabo, si ni el Edén ni la fuente de la eterna juventud estaban en Europa… ¿por qué no habían de encontrarse en América?

Y así, a medida que los europeos se dieron a la tarea de navegar por el Caribe, por el Pacífico y por la bahía de Hudson, de internarse en las selvas tupidas del Amazonas, del Darién y del Orinoco, y de cruzar las vastas llanuras de la Pampa y del Far West, fueron construyendo en su imaginación los nuevos mitos americanos de Eldorado, de las amazonas, del Jardín del Edén, de las Siete Ciudades del Cíbola o de la isla de los Siete Obispos. ¿Quién sabe de dónde nacían esas utopías que se sucedían unas a otras? Acaso de las argucias de quienes comandaban esas expediciones, con el fin de que sus hombres no les abandonaran. O acaso de los mismos expedicionarios, que de este modo encontraban un aliciente para seguir adelante.

El caso es que de esos mitos nacieron grandes realidades, porque persiguiendo la mentira muchos de ellos se toparon de morros con fascinantes verdades. Ponce de León buscaba la fuente de la eterna juventud cuando zarpó de Puerto Rico con tres naves, doscientos hombres y dinero de su bolsillo. No la encontró. Pero en su búsqueda halló una tierra pantanosa y sembrada de mosquitos en el día de la Pascua Florida. ¿Y no es hoy la Florida el estado de la eterna juventud de los Estados Unidos?

Y Diego López de Cárdenas penetró en el desierto y en la apachería para encontrar las Siete Ciudades del Cíbola, las más ricas, grandes y hermosas de todo el Norte de América, con casas de piedra turquesa y tejados de oro, con calles adoquinadas bañadas en plata y bellas mujeres vestidas en sedas y terciopelos. Al final, resultaron ser siete poblados míseros e inmundos, pero los soñadores siempre hallan, y Cárdenas, persiguiendo esas siete ciudades, se topó de frente con el Gran Cañón del Colorado. Esa es la grandeza de los mitos, que nos empujan adelante, y persiguiendo quimeras terminamos alcanzando realidades.

Con el tiempo esas utopías fueron cayendo una a una, quizá porque el continente empezaba a ser más conocido, quizá porque la ciencia fue ganando espacios a la superstición. Pero uno de aquellos mitos se empeñó en mantener su enigma a través de los tiempos. Una generación tras otra, europeos y americanos fueron pasándose el testigo de la fantasía del Paso del Noroeste.

Fueron los ingleses quienes con más ahínco se esmeraron en el hallazgo del Paso del Noroeste. Y no por casualidad, sino porque eran quienes más tenían que ganar en caso de encontrarlo y más que perder en caso contrario. Sin el paso, las comunicaciones y el comercio con sus colonias quedaban en riesgo. Y sin un óptimo acceso a los puertos de China, la principal productora de té en el mundo, los ingleses podían perder incluso su sagrada costumbre del té con pastas a media tarde. ¡Horror!

De hecho, la tradición inglesa de buscar el Paso del Noroeste venía de antiguo. Ya a principios del siglo XVII los marineros de Bristol y Londres rivalizaban en la hazaña. En una ocasión zarparon a la vez dos barcos, uno de cada ciudad, en busca del paso. Ambos llevaban una carta de presentación firmada de puño y letra por el rey de Inglaterra para ser entregada al emperador del Japón. Ambos llegaron a ver las costas de Groenlandia a estribor. Pero eso fue lo más lejos que alcanzaron, y ambas ciudades terminaron lamiendo sus heridas con el consuelo de que su rival tampoco había logrado el objetivo.

La pérdida de las trece colonias de América del Norte reavivó el interés de los ingleses por hallar el paso. Sin las colonias americanas, asegurar una rápida comunicación con las colonias del sudeste asiático se volvía aún más importante. Era preciso acortar la distancia entre el Atlántico y el Extremo Oriente. Por unos años el Noroeste concentra toda la geoestrategia de las grandes potencias del mundo. Inglaterra envía a sus mejores hombres, primero a Cook y después a Vancouver, y lo mismo hacen franceses, holandeses, españoles y, por supuesto, la nueva nación americana: los Estados Unidos.

Pero todos los esfuerzos fueron en vano. La búsqueda no dio los resultados esperados. Y se alargó en exceso. Tanto que, si bien empezó siendo una cuestión mercantil, pronto pasó a ser una cuestión de hegemonía política, y después una cuestión meramente de imagen, porque, a falta de pistas ciertas que condujeran al paso, de lo que se trataba era de demostrar que la flota naval de uno era mejor que la de los demás, y así, con los años y las décadas, el asunto fue degenerando hasta convertirse en una pugna de orgullo, una pugna de vísceras y, finalmente, una pugna de «por mis cojones».

A finales del siglo XVIII pocas dudas quedan ya de que el Paso del Noroeste no existe en ninguna zona navegable. Y, a pesar de eso, algunas potencias continúan gastando tiempo, plata y hombres en resolver un enigma para cuya averiguación bastaba con una sola pregunta a la corte de San Petersburgo.

LIBERTO LEÓN