Noroeste
De la felicidad en Saipán y de la doble muerte del capitán Querença
De la felicidad en Saipán y de la doble muerte del
capitán Querença
Partido judicial de Tarazona, en el día quince del mes
de julio del año de gracia de mil ochocientos y diecisiete
Cegado por el brillo de las joyas de la Corona de S. A. R.:
Habíamos cometido una locura: zarpar de Cantón en pleno mes de septiembre, cuando los conocidos vendavales de los mares de la China encabritan las aguas con tanta violencia que estas se pasean por cubierta como Pedro por su casa. Debéis saber, Majestad, que la travesía del Pacífico en dirección oeste no es más que un entrenamiento de principiantes comparada con la travesía hacia el este. La ida es apenas un juego de niños al lado de los peligros del tornaviaje. Porque en la navegación de la China a la Nueva España, además de salvar casi la mitad del globo terrestre, los vientos son contrarios, las terribles tempestades campan a su antojo, y se atraviesan zonas muy frías y otras muy calientes, lo que destruye a un hombre de hierro, y mucho más siendo de carne y hueso si durante la navegación nos alimentábamos menos que medianamente.
Más allá de lidiar con los tifones, la agonía de nuestro viaje tuvo otro nombre: Vasadre. El mercader, atormentado por la falta de negocio, descargaba su inquina sobre nosotros. Y eso es como la pólvora, Majestad, que transmite el mismo fuego que recibe, de tal guisa que si la tripulación recibe buen trato de la plana mayor, enseguida se contagia ese espíritu y reina a bordo un clima de desahogo y camaradería, pero si los oficiales solo escupen serpientes por la boca y sanguijuelas por los ojos, la nave se emponzoña al punto que, más que sobre el agua salada, parece navegar por el mismísimo mar de los venenos.
Unas semanas después de la partida, tres vendavales sucesivos nos habían dejado con el mastelero de velacho partido en dos mitades, con varias vergas de gavia del todo inutilizables y con el bauprés tan malparado que hacía del todo imposible tender ninguno de los foques. La Nausika caminaba renqueante. Pero las cosas aún podían empeorar. Una nueva tormenta descargó sobre nosotros un rayo de tal virulencia que se llevó a tres de los nuestros y dejó paralizada durante varias jornadas a la mitad de la tripulación, carentes de habla y de movimiento en sus extremidades. La tempestad parecía no tener fin. El terror se apoderó de la Nausika. Todos tomamos confesión y el capellán lanzó por la borda una imagen de la Virgen del Carmen para que obrara el milagro de calmar ese mar poseído por Satanás.
No sé si fue a la postre la Virgen de las profundidades o la de las alturas, pero el caso es que, cuatro días después de iniciado, apaciguó el vendaval y cesaron los rayos. Los daños eran cuantiosos. Con más de ciento y veinte jornadas por delante para arribar a San Blas, el capitán Rodrigo de Querença consideró urgente ganar un puerto, estudió con detenimiento los vientos y los mapas de las ínsulas de los Ladrones y determinó que la isla de Saipán era el mejor lugar donde resguardarse, donde conseguir buenas maderas para la Nausika, donde reponer el habla, la moral y el buen ánimo de sus hombres y, para un capitán de altura ya cansado de navegar, quizá también un buen lugar para hallar su primera muerte.
Sí, Majestad, debéis saber que el capitán Rigoberto de Querença murió dos veces, y por demás, de todos los capitanes de la Marina española, el capitán Querença fue el único cuyas dos muertes llegaron al unísono a la Corte, concretándose a la misma hora, en la misma fecha y en el mismo año de Nuestro Señor. La muerte y la muerte del capitán Rigoberto de Querença sucedieron en Saipán, Majestad, del siguiente modo.
Desembarcamos en Saipán en la festividad de Todos los Santos, irrumpiendo la silueta desgalanada de la Nausika mientras en el puerto los polinesios desarrollaban sus festejos bajo las indicaciones del teniente Capdepera y de fray Camprubí. La coincidencia de nuestra irrupción en plena fiesta llevó a los polinesios a creer que se trataba de una aparición de la mismísima Virgen del Carmen, más aún cuando confundieron el mascarón de nuestra Nausika, de pechos y curvas generosas, con la santa patrona de las gentes de mar. El arribo del galeón fue para Capdepera y Camprubí una sorpresa aún mayor que para los polinesios. Resueltos los malentendidos y comunicadas las razones de nuestra escala obligada en la isla, Capdepera y Camprubí dispusieron todo para nuestro acomodo durante a lo sumo una semana, porque eso era exactamente lo que expresó el capitán Querença a Capdepera y Camprubí al poco de poner pie a tierra:
—… a lo sumo una semana en esta bienhallada isla de Saipán.
Si tuviera que escoger, Majestad, un tiempo y un lugar de todos cuantos visité en mi tiempo de servicio a la Corona a lo largo de las longitudes del Pacífico y de las latitudes del Noroeste, sin duda serían los días que pasé en Saipán. Porque allí, en ese islote perdido en la inmensidad del océano, fui feliz. Sí, feliz. No me refiero a ese instante fugaz, inasible y lleno de intensidad que nos hace sentir como si la tierra, los mares y los planetas giraran a nuestro alrededor, sino más bien a esa felicidad que nace acaso de la sosegada satisfacción que uno siente cuando tiene la certeza de que todo, mal que bien, se encuentra en su lugar apropiado. Porque, reconozcámoslo, ¿quién sabe qué es la felicidad? Acaso lo que los adultos creen que sienten los niños y los niños creen que sienten los mayores, como dice Alberní. Acaso es tener, simplemente, buena salud y mala memoria, como consideraba Tritón. O acaso, como decía el Timbala, la felicidad es lo que sienten los muertos. ¿Quién sabe? La cosa, Majestad, es que en Saipán, irradiado de ese verde tropical, del lento suceder de los días y del extraño tacto en el paladar del agua de coco, fui feliz. Tanto que apenas recuerdo haber trabajado ningún dibujo: todo cuanto trabajé fueron pinturas. Sabed, Alteza, que al cabo de mis días he descubierto un detalle en el que jamás reparé durante mis años de actividad, a saber: que Nicolás de Vallescá y Fontcoberta, «dibujante general de la Alta California y otras tierras del Noroeste a las que se llegare», dibujaba en las épocas de desdicha y pintaba cuando era feliz. Y en Saipán, Majestad, todo cuanto hice fue pintar. Pintar para embriagar el lienzo del color, de las fragancias, de la luz y de las sensaciones de esa isla de la felicidad.
¡Todos nos sentíamos tan dichosos! ¡Tan desinhibidos! El teniente Capdepera y fray Camprubí eran ambos de la isla de Mallorca, uno de Pollensa y el otro de Alcudia, y llevaban una buena pila de años destinados a ese rincón del imperio de Su Majestad. De hecho, aunque a uno correspondía la administración de la isla y al otro la salvación de las almas de sus pobladores, lo cierto es que la pareja de mallorquines gobernaba la isla al alimón, ora tú, ora yo, y más bien se organizaban entre ellos a la hora de dividirse las tareas, hasta el punto de que llegaban a intercambiarse sus quehaceres. Poco amante de las armas, el teniente Capdepera había cedido a fray Camprubí todo cuanto se relacionase con el adiestramiento de la población en el manejo del fusil, del mismo modo que fray Camprubí, temeroso de la parca, ofrecía gustoso el oficio de los entierros al propio teniente. Descalzos, con el torso desnudo, con una vida despreocupada, acostumbrados al buen pescado y rodeados de las bellas formas polinesias, Capdepera y Camprubí, más que los representantes de la administración colonial, parecían estar regentando el mismísimo paraíso de Adán y Eva en ese islote al cual las noticias de la Corte demoraban tres, cuatro y hasta cinco años en llegar. Un día, mientras relamía las espinas de un pargo, Capdepera resumió esa lejanía con una frase certera:
—Este es el único lugar del imperio que no sabe ni el nombre del rey.
Y así era, porque si la muerte del último rey demoraba cinco años en llegar a la isla, quién podía asegurar que en ese lapso no hubiera fallecido también el nuevo monarca. Disculpad el ejemplo, Majestad, pero coincidiréis conmigo en que no le faltaba razón al teniente Capdepera.
Saipán nos conquistó con tanto entusiasmo que, al principio, a nadie extrañó comprobar que se prolongaban los días de nuestra estancia. Los muchos árboles de la isla nos proporcionaron las maderas de que habíamos menester, de tal modo que masteleros, vergas y tablones estuvieron reparados en apenas unas jornadas. Con la excusa de que el aire y el buen alimento de la isla contribuirían a fortalecer nuestra salud, el capitán Querença empezó a alargar la partida, y, a decir verdad, aunque no había por entonces enfermo alguno entre la tripulación, a nadie se le ocurrió poner la menor objeción.
¡Veinte semanas! ¡Nadie quería abandonar ese paraje de Dios donde el capitán había puesto pie a tierra veinte semanas atrás exclamando «a lo sumo una semana en esta bienhallada isla de Saipán»! Era como si todos nos hubiéramos puesto tácitamente de acuerdo para no mentar el asunto de la partida. Al fin y al cabo, ¿qué más daba llegar un día antes o después a San Blas en medio de un océano donde todo sucede con cinco años de retraso? ¿Qué prisa había en regresar al presente si el pasado nos trataba con tanta estima? Y si todos parecíamos tocados por una amnesia repentina, el capitán Querença parecía aún más transmutado, como si a su mirada hubieran regresado los ojos de un niño, como si esa isla le hubiera sacado de encima cuatro décadas y un dolor en el corazón, como si un golpe de aire le hubiera descargado del peso de la conciencia y, dejadme decirlo, Majestad, como si la entrepierna se le hubiera vuelto a poner tan tiesa como la verga de gavia. ¡Veinte semanas! Hasta que alguien tuvo que poner fin a esa amnesia general de la cual todos temíamos sanar. Fue Vasadre quien se encargó del público despertar.
—A este paso, capitán, también la tripulación terminará olvidando el nombre de nuestro rey. Ya va siendo hora de dejarnos de chiquilladas.
—¿Chiquilladas? —respondió Querença—. No me hagáis reír. Invertisteis largos meses en llegar a buen negocio. No lograsteis vender siquiera una simple piel de nutria, pero nadie de nosotros os recriminó por ello. ¿Y ahora os lamentáis de que disfrutemos unos días de la paz y el sosiego que nos ofrece esta isla?
—Capitán, la venta de las pieles era una orden real. Reconozco no haberla cumplido como se me encomendó, y a buen seguro se me pedirán cuentas y explicaciones por ello. Pero permanecer en Saipán no obedece a ninguna orden: solo es fruto de vuestra indolencia y de la afición de nuestros hombres por retozar con esas polinesias.
No hacía falta nada más. La discusión entre el capitán Querença y el mercader Vasadre había tenido varios testigos, de tal modo que al día siguiente ya se había producido lo que en el fondo Vasadre deseaba propiciar, a saber: que todos tuviéramos que explicitar la idea de la partida y pronunciar la fatídica palabra: zarpar. Con todo, solo al capitán correspondía esa orden.
Y a fe que la orden llegó al día siguiente, pero las cosas no sucedieron exactamente como habíamos previsto. El capitán Querença ordenó alistar la Nausika para zarpar al alba. La víspera se organizó una gran fiesta con bailes polinesios, concierto del Ojoplático y sentidos parlamentos de Querença, del teniente Capdepera y de Alberní. El jolgorio se alargó hasta altas horas de la madrugada, cuando ya había que empezar a alistar el galeón, guarnir el aparejo y desanudar juanetes y gavias. Debió de ser con la primera claridad del alba cuando me llamó el capitán Rigoberto de Querença, se puso serio y, con los mismos ojos de niño que habían despuntado las últimas semanas, me abrazó solemne mientras me decía las últimas palabras que pronunció como capitán de la Marina española en el Pacífico.
—Estoy cometiendo delito de alta traición. Pero tanto da, Vallescá, esto es lo más consciente que he hecho en toda mi vida.
Y al alba partió la Nausika rumbo a levante, con destino al puerto de San Blas y bajo el mando del mercader Vasadre y del pilotín Patricio de Aljarafe. Esa fue la primera muerte del capitán de altura Rigoberto de Querença, porque eso fue exactamente lo que relataron las crónicas del viaje y el tornaviaje a la China, que el capitán había fallecido de un golpe de mar al poco de abandonar Saipán. ¿Qué esperaban ustedes en palacio que dijeran las crónicas? ¿Que el capitán Querença abandonó una carrera náutica de prestigio para quedarse a contemplar los atardeceres rosados de Saipán? ¿Que se abarraganó con una polinesia a la que triplicaba la edad? ¿Que echó por la borda el buen nombre que había esculpido durante cincuenta años de navegaciones y lo cambió todo por una vejez de sosiego, armonía y amor en medio del Pacífico?
¿Quién sabe cuántos de los capitanes, pilotines y oficiales que allá en palacio vos considerasteis muertos continúan hoy disfrutando de las bellezas terrenales del trópico? ¿Quién sabe cuántos hay que llevan diez, veinte y hasta treinta años disfrutando de su muerte ficticia? ¿Cuántos que se hartaron del honor de servir al imperio? ¿Cuántos que prefirieron amanecer cada día con la tersura de una piel mulata antes que con las ásperas diatribas de frailes y virreyes? ¿Cuántos que cambiaron la soledad y las incertidumbres de la mar infinita por agarrarse, en cualquier puerto, a la certeza de una mano tendida?
Esa es, por caso, la suerte que yo hubiera debido buscar. Sin duda hoy gozaría de los placeres de la vida y de los honores del imperio. Pero por servir a Su Majestad me veo en mi vejez no solo falto de ambas recompensas, sino en demás privado de mi libertad, sin poder acudir a una cita pendiente desde hace cincuenta años bajo los soportales de Framenors, encerrado a pan y agua en esta celda de Tarazona donde, sin más compañía que el graznido de las cigüeñas, me consumen de a poquitos el sofocante calor de la meseta, la certeza de una injusticia y los mordiscos de las ratas.
Pero el destino, Majestad, no le otorgó larga vida al capitán Querença. Cincuenta años para encontrar la felicidad y apenas cincuenta días para disfrutarla. El capitán Rigoberto de Querença falleció de altas fiebres en la isla de Saipán apenas unas semanas después de nuestra partida, antes incluso de que la Nausika arribara al puerto de San Blas tras ciento y sesenta y dos jornadas de viaje. Pero nosotros no supimos de ese fallecimiento hasta muchos años después, y por eso tanto el mercader Vasadre como el pilotín Patricio de Aljarafe escribieron en sus crónicas que el capitán Querença había fallecido, en fiel servicio a la Corona, de un imprevisto golpe de mar unas millas a levante de Saipán. Las crónicas de la expedición, junto a mis dibujos, aguadas y pinturas, estuvieron retenidas primero en San Blas y después en México, a la espera de recibir la autorización burocrática para ser enviadas a la Corte, con tal lentitud entre uno y otro trámite que habían pasado más de cuatro años cuando finalmente embarcaron en un galeón con escalas en La Habana y San Juan y con destino a Cádiz.
Mientras tanto, en Saipán, quién sabe si herido por la traición, fray Camprubí se enemistó con el teniente Capdepera, y el fraile descargó su profunda inquina contra él relatando a sus superiores y a las autoridades civiles de Manila una interminable lista de más de un centenar de delitos y cargas del teniente Capdepera, entre los cuales constaba haber dado cobijo y escondite hasta su muerte a un capitán de la Marina de Su Católica Majestad, de nombre Rigoberto de Querença, quien, tras verse obligado a detenerse en su derrota de Cantón a San Blas, cometió alta traición a Su Majestad abandonando la nave a su suerte y permaneciendo en la isla de Saipán amancebado con una nativa.
El pliego de cargas de fray Camprubí fue transcrito y, en sobre sellado y lacrado por las autoridades de Manila, enviado directamente a la Corte con otros documentos relativos al acontecer de las islas Marianas, de tal modo, Majestad, que mientras viajaban hacia Madrid, con casi cinco años de retraso, las crónicas de Vasadre, donde se relataba una muerte del capitán Querença, por el otro extremo del mundo viajaban los cargos de fray Camprubí relatando la otra muerte del capitán Querença. Una muerte surcando el Atlántico norte mientras otra muerte viajaba por el Índico y por el Atlántico sur, ambas rumbo a Madrid. Una contando una mentira piadosa y la otra desvelando una verdad por rencor. Y tal fue la casualidad, Majestad, que después de tan largas derrotas, ambos sobres, con nuevas tan contradictorias, llegaron a palacio en la misma fecha del mismo año, el uno contando la versión de la primera muerte del capitán Querença y el otro relatando los detalles de sus últimos días y de su segunda muerte. Y todo ello sucedía cuando el pobre capitán Querença llevaba ya cinco años enterrado bajo la tierra de los cocoteros a cuya sombra vivió apenas unas semanas de felicidad: la isla de Saipán.
Poco más tengo por relatar de nuestra frustrada expedición a la China para la venta de pieles de nutria y compra del azogue. Yo desconozco de quién fue la culpa de todo aquel desaguisado, si de Vasadre, si de las prisas, si de los chinos o si de las expectativas; el caso es que los españoles no conseguimos llegar con los chinos a los acuerdos que habían conseguido los rusos y que después lograrían tanto ingleses como bostonianos. Fruto de la humedad, el calor y las ratas, las pieles de nutria que fueron y volvieron de la China se pudrieron al cabo de los años en un almacén de la misión de San Francisco. Dizque en algún momento de nuestro ocaso en el Noroeste los rusos llegaron a ofrecer una cantidad razonable por esas piezas, pero cuando vieron en qué lamentable estado se encontraban, retiraron su oferta y aconsejaron a los frailes arrojarlas al fondo de la bahía, porque para entonces ya solo servían para criar ratas y mosquitos.
En cuanto a mí, Majestad, el regreso a San Blas habría de traerme una noticia del todo inesperada. Era un sobre con el sello del Estado Mayor de Barcelona:
Querido Nicolás, tal como me pediste en nuestra despedida en Monterrey,
después de muchas pesquisas en esta ciudad de Barcelona, tan cambiada y
tan distinta de la que conocí cuando era mozo, he logrado algunas
averiguaciones sobre una joven de nombre Irelia. Habita esta joven en una
vivienda junto a la iglesia de San Pablo del Campo, en compañía de un
menor que rondará los diez años. No se le conoce marido, aunque no son
pocos los hombres que rondan la morada de la joven de vez en vez. No se le
conoce ocupación fija, aunque una vecina comentase que se la ve zurcir y
hacer remiendos en ropas del ejército y de órdenes religiosas, y otra vecina
asegurase que es informante de las fuerzas de orden público. Esto último no
he podido confirmarlo.
Espero te encuentres con buen ánimo y mucha salud. Capitán Gaspar de Portolá
Para cuando llegó esa carta, Majestad, mi último recuerdo de Irelia tenía casi diez años. Para entonces Irelia ya se me aparecía mucho más como un horizonte brumoso y de sutiles contornos que como una imagen vívida, concreta y real. Tan lejana en el tiempo y en la distancia, más que una mujer, Irelia era ya una sensación. Un estado de ánimo. Un refugio. Sí, un refugio al que recurría de vez en cuando, quizá en los momentos más adversos, cuando en mi interior algo me decía que no debía romper ese débil cabo que me ataba a ese recuerdo difuso. El recuerdo de Irelia era para entonces algo tan etéreo que mi amor por ella, en caso de existir, era algo parecido a la devoción por Nuestra Virgen María, siempre presente, pero más en alma que en cuerpo, hasta quedar con el tiempo difuminada por completo. De repente, después de tantos años y tantos viajes intentando estirar de los cabos del recuerdo, la carta del capitán Portolá me traía una Irelia real, una Irelia cotidiana, y, sobre todo, algo de lo cual había dudado desde que desapareciera de repente tragada por las calles de Barcelona: una Irelia viva. Si es cierto que Irelia era un estado de ánimo, debo agregar que era un estado de ánimo del todo alterado y enamorado. Por eso no demoré ni un minuto en responder una carta que había tardado tantos años en llegar.
Mi muy querido capitán. Saber que Irelia vive es la mejor noticia que nadie
me dio jamás. Sin embargo, eso no hará las navegaciones por estas latitudes
más esperanzadas: saber que no me espera las hará más oscuras y saber que
me espera las hará interminables. En ningún caso tengo alternativa. Con
todo, capitán, ¡cuánto daría por saber más de ella!
Os ruego acudáis a su casa junto a la iglesia de San Pablo y le
comuniquéis que Nicolás de Vallescá, el hombre que la llevó a conocer el
mar, partió a descubrir las anchas tierras del Noroeste de América y recibe
correspondencia en el presidio de San Francisco. Y que no pasa un día,
capitán, que no sienta la terrible ausencia de sus brazos y sus besos.
Nicolás de Vallescá
Y así fue, Majestad, con esas dos misivas cruzadas, como terminó mi aflicción por la incertidumbre de Irelia y empezó algo mucho peor: la angustiosa espera, cada día, cada semana, del barco correo que llegaba siempre con largos meses de retrasos e, indefectiblemente, sin noticia alguna de mi querida Irelia.
Documentos del Caso Magallana. Transcripción de la conversación entre Liberto León y Mercedes Barriaga en el bar Casa Morales
—¿Cómo era la Magallana?
—La Magallana vivía para el Archivo. Era como si hubiera nacido allí. El Archivo era su casa. Ni te cuento la de veces que algunas de las chicas del Archivo salíamos a pasear el domingo por el centro de Sevilla o a tomar el aperitivo en el Café de Indias, y la veíamos allí.
—¿Trabajando en día de fiesta?
—Trabajando o simplemente husmeando por ahí. Ya te digo, el Archivo era su casa. Igual que a ti hay algún domingo que no te apetece salir y te quedas en casa, en bata y zapatillas. Pues así haría ella.
—¿Vivía en el Archivo?
—No. Tenía un apartamento en la calle Habana, a dos minutos del Archivo, pero yo creo que simplemente para guardar las apariencias, porque en el Archivo tenía hasta ducha, nevera y sofá.
—¿Cómo era con la gente?
—Correcta. Pero sin intimar. Muy reservada en lo suyo. Todos teníamos un poco la sensación de que la Magallana era una frontera infranqueable.
—¿Marido? ¿Novios? ¿Familia?
—Se supone que no. Pero no te lo puedo asegurar. Ya te digo, era muy reservada en lo suyo. Su familia era el Archivo.
—A lo mejor el Archivo no le dejaba espacio para nada más.
—A lo mejor, a falta de nada más, todo lo dedicaba al Archivo.
—¿Cómo fue lo de su destitución?
—Oh, vamos, tampoco lo podemos llamar destitución. La Magallana llevaba casi veinte años en el cargo. Necesitábamos un poco de aire fresco y se la ventilaron. Eso es todo. No fue una destitución, simplemente le llegó la hora de dejar el puesto.
—Renovación natural.
—Claro. Además, eso de que hubiera hecho del Archivo, como quien dice, su propia casa, no era nada bueno. Los del ministerio empezaron a ver el Archivo como un búnker de la Magallana, y de lo que se trataba era de abrir la institución a los cuatro vientos: universitarios, científicos, colegios, gente de la calle…
—¿Nunca más supiste nada de ella?
—Sí, cómo no. A través de Lola, la de la fotocopiadora. Ella es la que más relación tuvo con la Magallana. Por ella supimos que estuvo en Rusia. Tenía un apartamento en Moscú.
—¿En Rusia? ¿Qué hacía allí?
—Mira, yo con certeza no sé nada. Dicen las malas lenguas que a los rusos les vendió varios documentos que tomó prestados de aquí del Archivo. Y a lo mejor le ofrecieron un trabajo a cambio.
—¿Tú crees eso?
—Bueno, la Magallana era una mujer muy rara.