Noroeste

Héctor Oliva Camps · Capítulo 25 de 31

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Noroeste

Octavo personaje del Noroeste: Lady Jane y la historia de una mujer enamorada

Octavo personaje del Noroeste:

Lady Jane y la historia de una mujer enamorada

 

El Paso del Noroeste existe. Nicolás de Vallescá jamás lo hubiera creído, sin duda porque nunca buscaron en la latitud apropiada: hubieran podido seguir buscando durante décadas y décadas, que jamás lo habrían encontrado. Pero el paso existe. Quizá no es como lo imaginaron los millares de marinos que a lo largo de la historia se lanzaron a su hallazgo, ni como lo habían supuesto las casas reales europeas, ni como lo había descrito Juan de Fuca, ni, menos aún, como lo soñaron los mercaderes ingleses para abreviar el viaje a la China en dos tercios. Pero existe.

Más de ciento cincuenta años después de su descubrimiento, los historiadores aún no terminan de ponerse de acuerdo sobre quién fue realmente el descubridor del Paso del Noroeste, si fue McClure, Franklin, Amundsen o algún otro, pero de lo que no cabe duda es que el hallazgo del último mito de América aún habría permanecido mucho más tiempo en el limbo geográfico si no hubiera sido por el coraje y la determinación de lady Jane.

En los primeros años de la reina Victoria, lady Jane Franklin, a pesar de haber rebasado ya la cincuentena, aún no era un personaje público, al menos en la agitada vida londinense, aunque sí la recordaban especialmente en la lejana Tasmania, donde los Franklin habían ejercido de gobernadores. De sus años en los mares del Sur, lady Jane era recordada por la cruzada emprendida contra las serpientes: se le metió entre ceja y ceja erradicar la isla de serpientes y pagaba un chelín por cada reptil muerto que le trajeran. Llegó a invertir en su batalla particular un dineral nada despreciable, pero con escaso éxito. Hizo de Tasmania un enclave intelectual de primer orden, y dicen las malas lenguas que el gobernador John Franklin fue cesado por tener una esposa demasiado entrometida, que un día pedía mejor trato para las reclusas de la isla y al otro mejores salarios para las profesoras de primaria. Aunque algo entradita en años, lady Jane era, en pocas palabras, un pedazo de mujer. Despampanante, culta, sensual, atrevida, intelectual, decidida y a veces descarada y desmelenada. Se había casado con Franklin a una edad, los 38, en que sus coetáneas ya eran abuelas o bien hacía tiempo que se habían resignado a vestir santos.

El 19 de mayo de 1845 no eran simplemente John Franklin y una flota de ciento cuarenta hombres los que zarpaban de Londres, aguas abajo del Támesis, para encontrar el Paso del Noroeste; era, al decir de los presentes, la ciencia misma la que emprendía ese viaje para medir sus fuerzas con la naturaleza. No era un viaje más, era un reto en toda regla que el hombre, su razón y su ciencia lanzaban a las fuerzas brutas de la climatología. El Terror y el Erebus, los navíos de la expedición, iban equipados con un invento revolucionario, una máquina de vapor adaptada a la navegación, lo que iba a permitir llegar más lejos, más rápido y, sobre todo, con la fuerza suficiente para cruzar el paisaje ártico. Los navíos iban también provistos de un casco reforzado con hierro que permitiría quebrar los hielos. Merced a otro avance revolucionario, las conservas, Franklin y sus hombres llevaban consigo comida para tres años. En primera línea del muelle, lady Jane se despidió de su esposo, el capitán Franklin, con una efusividad tan manifiesta que desencadenó una sarta interminable de comentarios entre la tripulación y entre los vecinos de Buckingham.

Londres e Inglaterra entera vivieron aquella ceremonia con euforia. El tiempo, sin embargo, se encargaría de que aquel júbilo y aquella fe ciega en la ciencia fueran cediendo terreno a la duda, la intranquilidad, la desazón. Para la primavera de 1848, tres años después de su partida, aún no se había recibido ninguna noticia de los hombres de Franklin: se había perdido una expedición entera con dos buques último modelo y ciento cuarenta hombres. El Gobierno de su majestad puso diez mil libras esterlinas encima de la mesa por el rescate de Franklin. Lady Jane agregó una recompensa adicional de su propio bolsillo: dos mil libras para quien le trajera noticias fiables de su amado. El engranaje de la búsqueda se puso en movimiento, la Royal Navy empezó a preparar sus buques, los oficiales desempolvaron sus uniformes de gala y los parados de la city se alistaron en masa para participar en las expediciones de gloria nacional y, de paso, soñar con embolsarse una cantidad de billetes que ni siquiera eran capaces de contar.

Era fácil decirlo, pero ¿dónde buscarlos? El Ártico era enorme. Terranova, el Noroeste y el Labrador, también. Encontrar a los hombres de Franklin era como buscar una aguja en un pajar. Se enviaron expediciones en todas direcciones, muchas de ellas comandadas por viejos amigos de Franklin que prometían a lady Jane traer a su esposo sano y salvo al hogar. Pero uno tras otro regresaron todos con las manos vacías y con palabras de consuelo para una mujer a quien solo públicamente se resistían a reconocer como viuda. Después de dos años de búsqueda y de cinco desde la partida de Franklin, pocos confiaban en que esos hombres no estuvieran ya muertos. Pero lady Jane seguía aferrándose a la esperanza que le proporcionaba la falta de pruebas. Se entrevistó con balleneros que frecuentaban los mares de Groenlandia, escribió a los principales líderes mundiales para que aportaran dinero y medios para la búsqueda, y llegó a cartearse con el presidente de los Estados Unidos para que también él pusiera un par de barcos a la tarea de hallar a los perdidos.

La actitud de lady Jane enseguida adquirió relevancia pública. La gente se solidarizó con su fuerza y con su entrega, la convirtieron en heroína nacional, y su determinación sirvió para que el pueblo presionara a la Royal Navy para que intensificaran la búsqueda. En 1850, entre Terranova y el Noroeste, se hallaban hasta doce barcos buscando a la vez a Franklin y el Paso del Noroeste. Había expediciones pagadas por la reina, otras por la Casa Blanca y otras, como la de McClure, pagadas del propio bolsillo de lady Jane.

Dispuesta a no dejar ningún resquicio, lady Jane envió a Robert McClure a que penetrara en el Ártico por el estrecho de Bering e hiciera el barrido de búsqueda en dirección contraria a los demás navíos. Al mando del Investigator, McClure partió de Londres en enero de 1850, dobló el cabo de Hornos antes de que empezaran las tormentas australes, alcanzó el estrecho de Bering a tiempo de que los hielos de septiembre no le cortaran el paso, y penetró en ese laberinto de islas glaciales y hielos perpetuos que hoy conforman el norte de Canadá. Su expedición fue una odisea. El Investigator quedó pronto atrapado por los hielos; McClure y sus hombres ataron el barco a dos botes y, remando, lograron abrir una pequeña brecha en el hielo hasta que lograron arrastrarlo a tierra firme. Era un paraje desolado, hoy conocido como isla de Banks: tan grande como Portugal y totalmente deshabitada. McClure invernó en la isla a la espera de que el verano derritiera los hielos y se abriera de nuevo un camino para el Investigator. Pero McClure desconocía la gran trampa ártica en la que habían caído: arrastrando el barco hasta la isla de Banks lo único que habían conseguido no era liberar al Investigator, sino encerrarlo de por vida, porque lo habían metido de lleno en el mundo de los hielos perpetuos, los que jamás se funden. Estaban atrapados. El verano no les liberó y tampoco el verano siguiente. La única salida era volver a tirar del barco remando con los botes salvavidas, pero después de tres inviernos en el polo, los hombres estaban tan débiles que no alcanzaron ni a mover un palmo el Investigator.

Un día de cielos despejados los hombres de McClure vieron tierra hacia el noreste. McClure tuvo una corazonada. Organizó una excursión en trineos y comprobó, comparando lo que veía y las cartas náuticas de la Marina, que había alcanzado la isla de Melville, un lugar al cual los ingleses habían llegado unos años atrás navegando desde el Atlántico. McClure estaba enfermo, atrapado por los hielos y rodeado de moribundos, pero acababa de descubrir el Paso del Noroeste. Caminando por los hielos logró poner fin a tantos años de misterio: el Paso del Noroeste existía.

McClure fue un hombre de suerte. Un año después de su descubrimiento, con casi toda su tripulación fallecida y solo siete sobrevivientes, todos desnutridos y enfermos de escorbuto, avistaron hacia el este la silueta de un barco que resultó ser otro de los que buscaban a los hombres de Franklin. McClure y su menguada tripulación fueron rescatados, regresaron a Inglaterra con todos los honores y el Parlamento le otorgó las veinte mil libras de premio al descubridor del Paso del Noroeste. El descubrimiento, sin embargo, dejaba varias incógnitas en el aire. Por un lado, es cierto que había descubierto el paso; sin embargo, no lo había atravesado navegando, sino que simplemente había caminado sobre el hielo, y eso no garantizaba que los mercantes ingleses pudieran llegar a la China por esa ruta. Más bien, lo contrario: los hielos perpetuos desaconsejaban esa ruta. Y, por otro lado, no se había resuelto el objetivo propio de la expedición: ¿dónde estaba Franklin?

Las noticias de Franklin llegaron con cuentagotas y siempre a partir de malos augurios. Después de varios años de búsqueda, un amanecer se encontró el primer vestigio de la expedición de Franklin.

—¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Tumbas de los hombres de Franklin!

Las pruebas demostraron que se trataba, efectivamente, de hombres de Franklin y que la expedición había pasado allí el invierno de 1846. Eran solo una veintena de tumbas, lo cual no significaba que todos estuvieran muertos, pero sin duda arrojaba un evidente manto de pesimismo después de tanta búsqueda infructuosa. Pero lady Jane perseveró. El verano siguiente envió al capitán John Rae más allá de donde se habían hallado las tumbas. Rae merodeó en 1854 por la desembocadura del Great Fish River, en una de las bahías más grandes del Ártico canadiense, y trabó conocimiento con un grupo de cazadores esquimales que le mostraron unas monedas que no podían sino proceder de la expedición de Franklin. Los esquimales le contaron a Rae de dónde habían sacado ese puñado de monedas siete inviernos atrás: no lejos de donde estaban en ese momento, los esquimales se habían cruzado con un grupo desparramado de una treintena de hombres blancos caminando, o más bien arrastrándose, hacia el sur, buscando el curso del Great Fish River. Tenían un aspecto cadavérico, pero aun así se empeñaban en arrastrar objetos de gran volumen en su fatal caminata. Los hombres les compraron una foca a cambio de unas cuantas monedas. Al cabo de unas semanas, de regreso de su cacería, los esquimales encontraron los cuerpos de esos hombres. Ninguno estaba en el mismo lugar, sino a lo largo de un mismo camino, señal de que habían ido muriendo uno a uno a medida que cedían a sus fuerzas, y los cuerpos presentaban mutilaciones evidentes, señal de que la muerte de unos significaba la esperanza y el alimento de los otros. Rae nunca halló los cuerpos de los hombres de Franklin, pero dio por cierta la versión de los esquimales. Nueve años después del inicio de la expedición, Inglaterra declaró oficialmente muertos a Franklin y a todos sus hombres.

Pero ni aun así lady Jane quiso conformarse con una realidad que insistía en presentarle su cara más amarga. A pesar de haber costeado su expedición, lady Jane tachó a Rae de mentiroso y respondió ofendida a las insinuaciones de canibalismo que Rae había vertido sobre su esposo. Lady Jane apostó su dignidad y su amor a una última carta, y doce años después de que zarpara Franklin, invirtió sus últimos fondos en una nueva expedición que por fin le trajera una verdad, una prueba definitiva que le permitiera si no recuperar la felicidad, al menos sí volver a respirar como los demás, sin la sensación de que los pulmones y el corazón se han quedado encogidos. Ya no tenía dinero suficiente, pero la gente fue generosa con la suerte de lady Jane, y quizá más por compasión que por fe, se consiguieron por suscripción popular los fondos necesarios para que Francis McClintock zarpara para encontrar alguna huella de Franklin. Y la encontró.

McClintock halló un gran trineo sobre el cual había un bote salvavidas que correspondía al Erebus, uno de los dos barcos de Franklin. Se sorprendió al mirar en el interior del bote y ver jabones, vajillas de plata, zapatos de etiqueta, libros, perfumes y hasta un reloj de pared. ¿Qué hacían esos desgraciados buscando agarrarse a la vida y transportando semejante losa de objetos absurdos? Junto a los restos más valiosos del Erebus y el Terror había dos esqueletos y un diario de navegación. El diario terminaba en mayo de 1847, dos años después de abandonar Londres, y describía un panorama de éxitos, pues la expedición había llegado hasta la isla de Cornwallis y avistaba ya una salida del Paso del Noroeste. Al final del diario, un mensaje escrito con otra letra y con una fecha de un año después dibujaba un panorama muy distinto: los barcos habían quedado atrapados en el hielo, una veintena de hombres habían fallecido, Franklin entre ellos, y los sobrevivientes habían abandonado las naves caminando sobre el hielo hacia la boca del Great Fish River. Esos fueron los hombres que habían encontrado los esquimales. Ninguno de ellos sobrevivió.

Investigaciones posteriores extraídas del análisis de los cabellos concluyeron que los hombres de Franklin murieron casi todos de plumbismo, es decir envenenamiento por plomo. El plumbismo afecta al cerebro e impide al enfermo razonar con normalidad, causa irritación nerviosa, desorientación y conductas inesperadas. Por eso arrastraban toda esa sarta de quincalla absurda mientras se enfrentaban a la muerte. Y por eso estaban tan desnutridos, porque la contaminación con plomo ocasiona una pérdida de apetito que a menudo termina con fatales consecuencias. ¿Y cómo se habían envenenado? Las conservas. Ahí estaba la respuesta, la causa y la condena de los hombres de Franklin. Las latas, elaboradas con una mezcla de aluminio, estaño, plomo y algunos otros materiales, desprendían parte del plomo en los alimentos y los marineros iban ingiriendo pequeñas dosis en cada comida. Precisamente aquello que habían esgrimido como uno de los grandes avances de la ciencia, la capacidad de conservar alimentos para garantizar largas expediciones, se había convertido en su propia ratonera. El día que partieron de Londres ya todo estaba escrito, porque con esas latas en la bodega no tenían ni una sola posibilidad de sobrevivir. Uno de los investigadores dio en el clavo al exclamar dónde había fracasado la expedición de Franklin.

—Demasiada ciencia para cruzar el Ártico.

Esa fe ciega en la ciencia y en el progreso fue quizá el gran error de Franklin. Para la tarea de sortear los hielos polares, más le hubiera valido tomar como ejemplo a los esquimales y al hombre primitivo en lugar de mirarse en el espejo de la civilización y del futuro. Las conservas terminaron sembrando su muerte, cuando una alimentación más primitiva, cazando osos, focas y bisontes, y pescando salmones y fletanes, no solo le habría sentado mejor, sino que le habría prevenido del escorbuto, que también afectó a la tripulación. Los esquimales jamás sufrían de escorbuto porque comían carne cruda. Los trajes de los marineros, supuestamente antitérmicos de último modelo, resultaron una piltrafa comparados con las pieles de foca de los esquimales, con sus impermeables elaborados a base de intestinos de leones marinos y con su ropa interior hecha de forro de ciervo. Sus tiendas de campaña, comparadas con los cálidos iglús de los nativos, eran el equivalente a dormir a la intemperie. Franklin despreció el poder de la adaptación y el saber de los lugareños.

Muchos de sus hombres enfermaron, y algunos murieron, después de rápidas travesías por el hielo. No repararon en que las excursiones de los nativos eran mucho más lentas. Para los esquimales la paciencia es un valor de primer orden, porque respetándola se conserva la vida y la salud: siempre viajan lento, pero a ritmo constante, porque sudar supone demasiado riesgo para las temperaturas árticas. Los esquimales quizá llegan a su destino algo retrasados, pero llegan sanos porque saben que lo importante es llegar secos y calientes. Por otra parte, los revestimientos de hierro de los barcos no sirvieron de nada ante la fuerza de los hielos polares, que terminaron por romper los cascos.

Pero no todo fue fracaso en la expedición de Franklin. Los diarios que McClintock descubrió escondidos en ese tesoro inútil demostraron que los últimos sobrevivientes también habían descubierto el Paso del Noroeste. Y eso había sido en 1848. Es decir, antes que McClure. En Inglaterra salieron muchas voces exigiendo que McClure devolviera el dinero del premio, que, ateniéndose a la cronología, debería corresponder a los últimos hombres de la expedición de Franklin. McClure esgrimió que esos hombres no regresaron jamás a Inglaterra y, por tanto, no se podía hablar propiamente de descubrimiento. La opinión pública se puso de lado de Franklin, pero McClure nunca devolvió lo ganado. En todo caso, los casi quince años que mediaron entre la partida de Franklin y el regreso de la última expedición de búsqueda supusieron un avance desmesurado en el conocimiento del Ártico y el hallazgo no de uno, sino de varios pasos del Noroeste. La mala noticia era que los pasos descubiertos no significaban nuevas rutas navales, sino que más bien venían a demostrar lo contrario, que esos pasos no eran practicables para la navegación. De hecho, ni McClure ni los últimos hombres de Franklin habían hallado sendos pasos surcando los mares, sino caminando sobre los hielos.

¿Y qué fue de lady Jane? ¿Vivió apesadumbrada y triste toda su viudez? ¡Oh, nada de eso! Fiel a su espíritu aventurero, se dedicó a viajar por Estados Unidos, Japón, Hawái, la India… siempre invitada por reyes y presidentes con los que se había carteado durante los años de búsqueda de Franklin. Plácidamente, murió nonagenaria una mañana de verano en su cama de siempre con vistas al Támesis. Solo con la perspectiva que ofrece el tiempo, los expertos se dieron cuenta de que el verdadero descubridor del Paso del Noroeste no había sido ni Franklin ni McClure, sino lady Jane, quien, como si de un mecenas se tratara, financió una expedición tras otra: lo que a lo largo de tres siglos no habían logrado decenas de expediciones financiadas por las mejores casas reales europeas, lo consiguió la determinación, la fe y la valentía de una mujer enamorada.

Documentos del Caso Magallana. Conversación de Skype entre Liberto León y Rosario Rojas

 

21:15 GMT

 

—Tas ahí, mi amor?

—Esto es un imposible, Rosario.

—¿Qué te pasa, mi amor?

—No sacaremos nada de todo esto. Va para tres meses que merodeo por esta parte del mundo y no he obtenido absolutamente nada.

—¿Estás desanimado?

—¿Y cómo quieres que esté? He estado en la isla Kodiak, en Valdez, en Nome, en Wasilla. En los principales puertos del panhandle. En Haines, en Skagway y en Sitka. En todos los lugares habitados entre Port Hardy y Prince Rupert. En Vancouver. He recorrido las islas de San Juan. Y los puertos del estrecho de Juan de Fuca. Y me he empapado las listas de residentes en Seattle, Portland y Sacramento. Y en tres meses no he hallado una sola mención de Manuela Magalhaes.

—A lo mejor necesitamos más tiempo.

—Esto no tiene sentido. Es como encontrar una aguja en un pajar.

—La Magallana tiene que estar ahí. Lo sabes.

—No puedes tener certeza de eso.

—No puedo tener certeza: pero sí convicción.

—¿Cómo lo llamáis? ¿Intuición femenina?

—Algo así.

—Y el ministerio destina 200.000 euros por una intuición femenina.

—Liberto, no te enojes. Ten paciencia.

—Esto no va a ningún lado. Es absurdo.

—Yo confío en ti.

—¿Quieres que te lea una frase que subrayé de Vallescá? «Nuestra derrota consiste en no tener derrota alguna. El objetivo de la Easo no es alcanzar determinada costa ni trazar un rumbo preciso: nuestro objetivo es sencillamente costear hacia el norte». Y eso es exactamente lo que hago yo aquí, Rojas: mi derrota consiste en no tener derrota alguna.

—Creo que ya sé lo que te pasa. Estás solito. Sin ánimo…

—Estoy convencido de que esto no nos lleva a ninguna parte. Eso es lo que estoy.

—Y necesitas las manos de una mujer recorriendo tu cuerpo…

—Convencido de que aquí ya no hago nada. Mira, mañana me voy a comprar un billete de regreso.

—… con suavidad, bisbiseándote al oído…

—En serio, me saco el billete de regreso y esto se ha acabado.

—… como lo estoy haciendo ahora, mientras me tiendo desnuda encima de ti para que me enciendas con tu deseo…

—Joder, Rojas, no te me pongas así que estoy en un internet café, rodeado de gente.

—… ah, ahora sí, ahora encuentro tu deseo firme y recto, lo encuentro y me recorre todo el cuerpo…

—Joder, Rojas, no me jodas. Ahora no.

—Sí, te jodo, ahora sí. Te jodo, te jodo, te jodo enterito, Liberto.

—Eres de lo que no hay.

—Te siento todo. Entero. Dentro.

—Ok, Rojas, lo que tú quieras. Enterito. Pero mañana me compro el billete. Y así lo hacemos como Dios manda.