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6. Lo dorado lo invade todo
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Lo dorado lo invade todo
Llaman a la puerta.
Dos golpes secos, pero sonoros.
Ha debido de meditar cómo llamar, con cuántos golpes, con qué grado de fuerza.
Es Horacio, que nada más terminar su turno en el restaurante se ha subido a su coche y se ha plantado en la puerta de su habitación.
Claro que ha venido.
Y ya ha entrado en su habitación, porque Irene le ha abierto sin dudar, para qué dudar.
Y sus grandes manos, las que habían desnudado la lubina salvaje, se posan sobre el cuerpo de Irene.
Se desnudan como locos, y se besan como si estuvieran compitiendo por algo, y al final, en la cama, por fin Irene puede ver de nuevo a Marce, allá en lo alto de una escalera.
Marce, Marce, ¿eres tú?
Y Marce sonríe y asiente con la cabeza, justo en el momento en que Irene y Horacio entran en la región breve y confusa del orgasmo.
Y son escasos diez segundos el tiempo que les es concedido, dependiendo de la duración del placer de Irene. Lo ve con su pelo rubio destellando, y la sonrisa. Tiene los ojos dorados.
Nadar sabe mi llama la agua fría, suena ese verso en su mente.
¿Y si es solo una alucinación?, piensa Irene cuando todo termina, cuando Marce se desvanece.
¿Se trata de una fuerte sugestión?
Eso dicen los psiquiatras, los psicólogos, los médicos, los científicos, incluso los artistas.
No dejará la memoria, en donde ardía, se dice a sí misma para creer.
Creer en un soneto y no en la ciencia.
Al final de una escalera, él allí, esperándola para decirle algo que no ocupa el espacio y el tiempo de una palabra. Pues solo sonríe, es como una brisa, pero esa sonrisa y esa mirada significan algo.
Es una sonrisa profundamente buena; como si la bondad se encarnara en una sonrisa.
Claro, piensa Irene, él no tiene tiempo, por eso no dice palabras. El lenguaje existe en el tiempo, una frase necesita dos o tres segundos para ser dicha, y Marce ya carece de tiempo porque está muerto. Además no lleva el Cartier de oro.
Pero los que sí tienen palabras son los hombres con los que se está acostando.
Horacio le está diciendo que la adora, que se ha enamorado de ella, que está dispuesto a dejar a su mujer. Horacio habla porque tiene tiempo.
Y toda esa declaración de intenciones de Horacio acredita, de un modo mágico, que ha visto a Marce al final de la escalera.
Todo ese enamoramiento súbito de Horacio son cosas que Marce, desde el reino de los muertos, pone en su boca para tranquilizarla, para sacarla del pozo.
—Me iré contigo, haré un buen divorcio, se lo dejaré todo y ya está —
dice él, envalentonado, como si hubiera encontrado un tesoro.
—¿Cómo se llama tu mujer? —pregunta Irene.
Están los dos tendidos en la cama, desnudos, con el balcón abierto, entrando el aire húmedo de junio, con la mano del Mediterráneo sobre ellos.
—Se llama Margarita.
—Es un nombre precioso.
—Lo es.
Cómo decirle que, para ella, él ha sido solo una escalera, un lugar de tránsito, un delicado espacio que los ángeles, la naturaleza, la vida, las estrellas, la materia, la muerte, las nubes, el silencio, las olas, las montañas, las lunas, los vivos y los muertos, las ecuaciones matemáticas de sexto grado, la alianza entre Dios y las máquinas, la alianza entre los hombres y las máquinas, la alianza entre Dios y las mujeres iluminan, un atávico espacio que se ha abierto ante ella para ver a lo lejos, subido como en un pedestal, a quien fue el amor de su vida, y verlo diez, doce, trece segundos, tal vez solo un segundo, o dos segundos.
Verlo allí, acodado en una balaustrada.
Verlo allí, coronado de muerte, pero sin olvido posible. Y sin que pronuncie una sola palabra. Qué difícil es creer en las visiones que no dicen ni una sola palabra.
Su cuerpo dejará, no su cuidado, esa es su fe.
—Enséñame una foto de ella —dice Irene.
Horacio le enseña una foto de Margarita en su teléfono móvil, e Irene la mira, y la amplía con los dedos pulgar e índice, y la sigue ampliando y Horacio asiste atónito a ese deseo de Irene de contemplar con detalle el rostro de su mujer, va de los ojos oscuros a los labios rojos, de los labios rojos al cabello rubio. Y mientras Irene se abisma mirando ese rostro a Horacio le tiembla la voz porque se da cuenta de todo.
Y Horacio comienza a vestirse en un silencio mustio.
Se pone el reloj.
Es un Festina deportivo.
Irene calcula el precio: unos ciento treinta euros.
Sabe que tiene que marcharse de esa habitación, sabe que tiene que salir de esa cama y sabe que no puede pronunciar ni una palabra.
No puede pronunciar ni la palabra adiós.
No puede decir ni «Ojalá que volvamos a vernos».
Ha sido testigo de un milagro.
La magia del cabello de las mujeres, eso ha visto.
Porque Irene también es rubia.
Lo dorado lo invade todo.
Revolotea la brisa del Mediterráneo, que se inflama ante los ojos de Horacio, quien ha visto cómo una mujer con la que acaba de acostarse está mirando los ojos de la mujer que lo ama de verdad.
Y la palabra Margarita se refunda en el interior de ese hombre que ya no sale de su asombro.
Duda en el último instante, cuando ya su mano toca el pomo de la puerta.
Una duda pesada cae sobre su pensamiento como una piedra de cien kilos en un charco de barro.
Como si Irene supiera que Horacio está dudando le dice:
—Yo ya soy la mujer de otro.
Y él es el marido de otra, y se siente desleal. Ve la deslealtad comerse su corazón, ve la traición comerse su alma, porque la deslealtad en el amor castiga más a quien la comete que a quien la padece.
Sufre más quien engaña que el engañado, y tres mil años pensando que es al revés, porque el que engaña es un mendigo, uno o una que pide en cualquier esquina.
Sale de la habitación, silencioso.
Camina por el pasillo.
No coge el ascensor.
Alguien lo saluda en la recepción, un colega de la hostelería de Cambrils, pero Horacio no se detiene.
Le cuesta encontrar su vehículo, no recuerda dónde lo ha aparcado, y sabe que no lo recuerda porque su pensamiento ha caído en un pozo de tinieblas, de culpabilidad y de vergüenza. Se enfada consigo mismo por haber olvidado dónde está su Nissan Qashqai, comprado con el dinero que les prestó Lucía, la madre de Margarita, porque a ellos no les llegaba.
«A mi madre le hace ilusión, déjala que nos ayude.»
Y ahora estaba viendo esa ilusión de su suegra como una losa atada a su cuello. Encima Margarita y su madre eligieron el modelo full equip. «Así me tendréis que sacar a pasear de vez en cuando», dijo Lucía.
Y esa frase de su suegra retumba en las cavernas de su biología ancestral como un adiós a la vida.
Su suegra también es una mujer, como Irene, una mujer que siempre le ha mostrado un afecto inquebrantable, una buena mujer, porque la bondad también está aquí, es una persona más, la bondad, juzgando lo que hace él en este instante. La madre de su mujer siempre había creído en él y lo había visto como un hombre de bien, lo había defendido y lo había querido y lo quiere, y ahora él se había acostado con otra que no era su hija. Por qué se ordena así la vida, y qué horror sentiría Lucía si descubriera alguna vez esta deslealtad de su yerno. Lo acabaría perdonando, pero destrozaría su corazón.
—Irene, Irene —dice Horacio mientras busca su Nissan Qashqai—. Me devuelves a este lodo, pero tú no vives en este lodo.
Se agita furiosamente porque no encuentra su Nissan. Mira la hora en su Festina deportivo, que le regaló su hermano Roberto el día de su último cumpleaños. La sonrisa de Roberto cuando le dio la caja con el reloj, la sonrisa de su familia, todo eso ahora no funcionaba, tenía que pararse el reloj, pero no lo ha hecho, vuelve a mirar su Festina y el segundero sigue avanzando, sigue adelante, hacia el final del tiempo, de su tiempo. Y del reloj pasa otra vez a concentrarse en el Nissan.
Y estaba tan pletórico el día que fueron a recogerlo al concesionario.
Porque fueron los tres. Y Lucía estaba feliz de haber podido ayudarlos con mucho más de la mitad de lo que costaba, porque valía treinta y cinco mil euros y ella había puesto veinticinco mil sin inmutarse. Y no le cabía ninguna duda de que ese dinero estaba muy bien invertido en el nuevo automóvil de su hija y del marido de su hija, que era otro hijo. Pero entonces, y allí estaba el problema, si él también era un hijo para Lucía, eso significaba que Margarita era su hermana.
Y ahí está el coche, por fin lo ha encontrado. Usa su mando a distancia.
Entra en el coche, que aún huele a nuevo, y ese olor le devuelve el olor de su familia y de la seguridad que esa familia le ofrece. La tapicería le resulta acogedora. Como si la tapicería le hablara y le dijera «Ánimo, todo se arreglará» y «No ha pasado nada grave».
Cesa el amparo de la tapicería y regresa ella, regresa a su pensamiento Irene. Y la intimidad de ese cuerpo.
Irene no es su hermana.
Es su amante.
La palabra amante son besos, mordiscos, arrodillamiento, toda clase de fluidos que emergen como la sal del mar, todo leyendas y locura y orgasmo que da la paz.
Irene, Irene, por qué me has devuelto al lodo, vuelve a repetirse como una salmodia.
Arranca el motor y recorre los metros que llevan a la salida del aparcamiento del hotel, y frena de golpe, y dirige el coche hasta un arcén.
Saca el móvil de su bolsillo.
La llama, llama a Irene, pero ella no contesta el teléfono.
Se da cuenta en ese instante de que el lodo podía ser comestible. Vuelve a arrancar el motor y regresa a su casa, donde lo espera su mujer, a quien ahora tendrá que contarle alguna historia, y es entonces cuando se da cuenta de que tiene veintitrés llamadas perdidas de Margarita. Las había ignorado antes, pero en ese instante se convierten en realidad: veintitrés llamadas.
Esas veintitrés llamadas son amor también —piensa Horacio—, pero no lo son del todo, porque los seres humanos no se pueden inventar una pasión que no sienten. Esas veintitrés llamadas están llenas de humillaciones de ida y vuelta.
Horacio se siente tan confuso que cuando entra en casa ni siquiera lee la nota que Margarita ha dejado sobre la mesa del comedor: «Mi madre acaba
de morir y tú estás en la cama de alguna zorra, eres un farsante y un sinvergüenza».
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