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2. La herencia de Federico Fellini
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La herencia de Federico Fellini
Marcelo vino a este mundo en Roma, hijo de un español y una italiana. Su padre se llamaba Victoriano Mora, había nacido en Madrid y era carpintero, ebanista de oficio, exiliado tras la guerra civil. Atrás quedaron la madre —
alguna carta suya llegaba de vez en cuando— y la tumba del padre, Matías, malherido en un bombardeo y enfermo de tuberculosis, una tuberculosis hija de las desgracias, de la miseria y de las humillaciones.
El nombre de Victoriano se transformó en Tory, pues así lo acabaron llamando sus amigos romanos. Tory trabajó como diseñador de decorados en los célebres estudios de Cinecittà, haciendo casas, templos, columnas, muros, caminos, edificios de cartón piedra para las películas que en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado se rodaban en la Ciudad Eterna.
Tory fue uno de los carpinteros más alabados en Cinecittà, especialmente por su buen trabajo en Ben-Hur. Hay en alguna parte una foto de Tory y otros compañeros de los estudios con Charlton Heston en el centro. Todos los productores querían que estuviera en sus equipos. Enseguida entendía lo que los directores buscaban, pues lo que anhelaban todos era construir una verdad sobre una mentira, y a Tory eso le parecía algo asumible, algo que, aunque no sabría explicarlo, resumía todo cuanto había visto en la vida.
Quizá por eso se le daba tan bien. Especialmente era lo que había visto y seguía viendo en su país de nacimiento. Y lo mismo veía en Italia. Veía la construcción de los Estados y de los países como un decorado de cartón piedra, eso era la España franquista, pero eso era también la Italia que tenía delante todos los días. Y dedujo que era así en todo el mundo.
El mundo entero era así, excepto su matrimonio.
Tory se casó, ya mayor, con una siciliana, de nombre Valeria, y ya mayor tuvo a su primer hijo, y después a su hija.
La lengua castellana fue su legado. Siempre hablaron en español.
Marcelo había aprendido la lengua de su padre mejor que el italiano, que era la lengua de su madre, del colegio y de sus amigos.
Tory le enseñó la literatura del exilio: le hizo leer a Antonio Machado, a Max Aub, a Francisco Ayala, a Rafael Alberti, a quien visitaron alguna vez en el Trastévere, allí el autor de Marinero en tierra tenía una casa, y a María Zambrano, a quien también conoció de niño, porque la filósofa española vivió en Roma. María Zambrano le regaló una vez dos caramelos.
Eso lo recordaba, porque eran dos caramelos muy viejos, que no sabían a nada.
—Ven, niñito, ven, que te voy a regalar una cosa.
Y Zambrano depositó dos caramelos rancios en su mano inocente.
El escritor español que más le gustaba a Tory era Cervantes. Y después, Pío Baroja y Machado. También se aprendió de memoria los sonetos de los poetas del Siglo de Oro. «Amor constante, más allá de la muerte», de Francisco de Quevedo, era su favorito y siempre lo recitaba.
Aun así, entre los libros y el cine, siempre triunfó el cine.
Tory llamó Marcello a su primogénito porque se quedó fascinado cuando vio la interpretación del actor Marcello Mastroianni en la película La dolce vita de Federico Fellini. Tuvo como una iluminación: ya que el mundo era una ilusión, o mejor, una convención política, al menos que triunfasen la comedia, el juego y las sonrisas.
Adoraba a Fellini. Le fascinaban las imágenes, le daba igual lo que significaran sus películas, tal vez eso era lo de menos. A Tory le embrujaba la rareza de los rostros y de las cosas que se veían en las películas de Fellini. Era como un encantamiento, también un bálsamo.
Le hipnotizaban esos personajes tan llenos de vida, de una vida distinta, ajena a las vidas normales. No le molestaba que la gente de carne y hueso no fuese como la gente que salía en las películas de Fellini. Eso era lo que decían los empleados de Cinecittà: «Ese Fellini, de qué demonios habla en sus películas, la gente no es así». Y luego estaba la música de Nino Rota, que le hechizaba el alma. No hizo falta que se comprara sus discos porque era el propio Rota quien se los regalaba con una dedicatoria escrita con rotulador. Los rotuladores acababan de aparecer en el mercado, y a Tory le llamaban la atención por su trazo grueso, por el color azul, por la facilidad con que se deslizaban por todo tipo de superficies.
Tenía largas conversaciones con Fellini, y Fellini le tenía cariño.
Hablaban de España, de Italia. A Fellini le interesaban mucho las cosas que Tory le contaba de la guerra civil española. Fellini quería entender qué demonios había pasado en Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en Valencia.
No lograba explicarse cómo todo un pueblo, en vez de elegir la vida y el placer, había elegido la miseria y la muerte.
— Ma perché hanno scelto la miseria e la morte? —le preguntaba Fellini.
— È che non lo so, Federico, non lo so —le contestaba Tory.
Eran, además, de la misma generación. Tory tenía un año más que Fellini.
Tory le recitaba a Fellini el soneto «Amor constante, más allá de la muerte»
en español. Luego se lo explicaba en italiano, pero a Fellini le daban igual las explicaciones, porque lo que decía ese soneto Fellini ya lo sabía, lo que no sabía es cómo sonaba en español lo que él ya sabía.
Una vez Tory le llevó un libro de Francisco de Quevedo donde aparecía una imagen del poeta, y Fellini dijo que no entendía cómo un hombre tan feo y con esas gafas tan horribles podía escribir un soneto tan bello.
Entonces Tory se quedó mirando las gafas gruesas y de pasta de Fellini, y Fellini se dio cuenta y los dos estallaron en una carcajada.
A Tory Mora le cambió la vida Federico Fellini, aunque no entendiera muchas cosas de su cine, a lo mejor no hacía falta entender nada.
—Para qué entender la vida, ¿verdad, Federico? —le decía Tory.
Fellini y la muerte desgraciada de su mujer, Valeria, las dos cosas a la vez, complementándose.
Fellini le hizo sentir la vida como un lujo incesante. La muerte de Valeria, que sucumbió a un voraz melanoma sin alcanzar los cuarenta años, lo llevó poco a poco, sin que nadie se diera cuenta, al alcoholismo.
Fue un alcoholismo melancólico, pacífico y silencioso, como un barco antiguo que pesadamente entra en un banco de niebla del que no saldrá jamás. Una manera amorosa de decirle adiós a cuanto había amado, aunque hubo una herejía en el corazón de Tory, y era el alcohol el que mitigaba el escándalo de esa herejía, y esa herejía se basaba en que había amado más a su mujer, Valeria, que a sus dos hijos, Marcello y Paola, que quedaron a partir de entonces solo a su cargo.
Bañaba esa herejía en whisky y vino.
No acababa de entender su herejía, su preferencia por una verdad sentimental por encima del mandato biológico. Pero no pueden ser juzgados ni corregidos los sentimientos más profundos de un ser humano.
Creía que seguía teniendo delante a su mujer, a su Valeria.
Se sentaba a la mesa de la cocina y la veía tomar café.
—Te quiero —le decía ella.
Veía cómo soplaba sobre el humo del café con esa gracia que ella tenía y que ya nunca volvió a ver en los labios de nadie.
Marce también se acordaba mucho de su madre, a pesar de que había muerto cuando él tenía solo nueve años. No sabía, en realidad, si eran recuerdos suyos o recuerdos edificados sobre las historias que le contaba Tory, pero daba igual. Había un montón de fotos y recuerdos de Valeria en la casa del Testaccio.
El amor de Tory hacia Valeria se metió en el alma de Marcello, esas cosas se meten en el alma de los hijos, aunque el padre no era consciente, nunca lo fue, de que esa herejía la hubiera heredado su hijo mayor.
Tory quería que su hijo conociera España, y de paso quedarse solo en su piso del Testaccio, necesitaba estar solo, a solas con su memoria, en una celebración del pasado, para que su derrumbe y su caída en un hondo silencio fueran invisibles. Un deseo de soledad que estaba lleno de egoísmo.
A Paola la mandó a un internado en Suiza, gracias a una gestión del propio Federico Fellini, que fue testigo de la devastación en que lo había sumido la muerte de su esposa y quiso ayudarlo con la educación de su hija pequeña.
Tory jamás hizo alarde de la amistad con Fellini. Para él era un amigo.
Tory desconocía la vanidad, muchos seres humanos viven sin vanidad, porque la vanidad no acrecienta la vida ni la adorna ni la fortalece; la vanidad solo es carencia de pasiones. Y eso Fellini lo sabía, de modo que cuando Fellini pasaba ratos con Tory paseando por Via Margutta y por la Via del Corso y por la Piazza di Spagna descansaba de ser Fellini, cosa que le costaba mucho, pero cuando lo lograba se sentía bien, libre, desencadenado.
Marcello se fue a vivir a Madrid, donde Tory conservaba una hermana soltera, con problemas de salud y ya anciana. Era la tía Alicia, que vivía en un piso en el barrio madrileño de Usera. La tía Alicia, que se desvivió por su sobrino, tenía cinco años más que Victoriano, pero Marcello vio en ella un parecido físico que le daba seguridad y protección. El chico se matriculó en la Facultad de Bellas Artes y se convirtió en Marcelo, perdió una ele, castellanizó su nombre, pero echaba de menos Roma. Vivió un par de años con su tía y se dedicó a conocer Madrid y España. Estaba a punto de volverse a Italia para pasar unos días con su padre cuando recibió una
llamada urgente con la noticia de su muerte, de un infarto provocado por su alcoholismo. Una mañana ya no se levantó. Tory había quedado con su gran amigo Pino en el bar de siempre, en el Forcano, un bar del Testaccio, donde tan felices fueron, donde tan feliz fue su padre con su Valeria en tardes de sábado en las que cenaban pasta y bebían vino de Sicilia.
Pino se extrañó por su tardanza. Fue él quien dio la voz de alarma.
Marcelo, con el corazón destrozado, adelantó de inmediato su viaje a Roma para hacerse cargo, junto con su hermana Paola, del funeral y de todos los papeles. Su tía Alicia lo acompañó también, quería ver a su hermano, despedirse, quería estar allí.
Marcelo adoraba a su padre.
Fue un buen padre.
Y su muerte reafirmó su legado.
Y es que de una forma sensual y no verbalizada Tory había regalado a su hijo dos pasiones: el cine de Federico Fellini y el amor como única verdad del mundo. Porque Tory siempre estuvo enamorado de Valeria y perderla lo llevó a la destrucción, eso lo vio Marcelo. Lo vio de adolescente. Vio cómo un ser humano se pasaba el día anhelando el pasado, ensimismado con sus recuerdos, con lo que había vivido al lado de otro ser humano. Cómo había acabado creando una Edad de Oro. Muchos viudos y viudas dan un paso adelante y se construyen otra identidad. Y es mandato de la vida cumplir esa segunda o tercera identidad. Pero Tory no lo hizo, no supo hacerlo. No supo convertirse en otro, porque básicamente eso es lo que hacen los viudos y las viudas muy enamorados de su difunto cuando deciden seguir viviendo.
Echaba en falta todo el rato a su Valeria. No sabía entender la vida sin ella.
Marcelo supo en alguna medida que Tory lo había intentado, que había intentado ser otro para salir adelante, especialmente por sus hijos. Pero el amor a una persona crea una fuerza de gravedad. Es una ley de la física que hoy no entendemos. Y Tory no podía vencer esa fuerza gravitatoria. Tal vez porque esa fuerza gravitatoria era el mayor espectáculo de la vida que a Tory le había sido concedido contemplar. También hubo clarividencia. Tory supo que lo que había vivido con Valeria no lo podría volver a vivir con nadie. Y quizá fuera eso lo que lo había matado, lentamente. Y le sirvió también para constatar cuánta suerte había tenido en la vida por haber encontrado a alguien como ella.
Tras enterrar a su padre al lado de la tumba de Valeria y solucionar la herencia, Marcelo y Paola se dieron cuenta de que su padre había ahorrado
una importante suma de dinero que hasta entonces desconocían.
Lo había ahorrado todo para ellos dos, porque sin su Valeria no había visto ninguna razón para gastarlo.
Vendieron el piso familiar que tenían en el Testaccio y se repartieron la herencia y algunos recuerdos. El piso del Testaccio se había revalorizado cien veces lo que Tory había pagado por él a finales de los años cincuenta, cuando lo compró, de modo que los dos hermanos se vieron con la vida asegurada, al menos para unos cuantos años.
Marcelo y Paola tomaron caminos diferentes.
Ella se fue a Nueva York a seguir estudiando Historia del Arte, con una amiga que había conocido en el colegio de Suiza; después de unos cuantos años, resolvió su futuro emigrando al Medio Oeste americano, donde se casó con un granjero rico y pasó a un segundo capítulo de su vida. Se compraron una casa enorme, y a veces mandaba a su hermano fotos y tarjetas de Navidad.
Marcelo, por su parte, regresó a Madrid con su tía Alicia, porque necesitaba ser fiel a su familia y esa había sido la ciudad de su padre, la ciudad en la que una guerra lo había sorprendido con quince años, y porque intuía que su vida futura pasaba por ese país: si su padre había tenido que huir de España al acabar la guerra, en una poética pirueta del destino, él tenía que regresar allí.
Los días que Alicia durmió en el piso del Testaccio los dedicó a buscar en las habitaciones el fantasma de su hermano y la vida familiar que la guerra y la posguerra le robaron, y se dio cuenta de que su hermano era un desconocido. Marcelo apenas logró que Alicia viera la ciudad de Roma. Un paseo por la Piazza di Spagna y una visita al Vaticano fue todo. A Marcelo le fascinó la actitud de Alicia, solo pensaba en su hermano, y Roma le era indiferente. Pero Roma había sido la ciudad que Tory había amado porque en ella había vivido con su Valeria. El mundo eran amores que se cruzaban en el espacio y en el tiempo sin encontrarse y sin lograr un sentido, un orden, una coherencia.
Tal vez Marcelo viera en ese regreso a Madrid un homenaje a Tory, a ese hombre que había visto en el cine de Federico Fellini un motivo de esperanza y de alegría.
Recordaba Marcelo cómo el cine de Fellini había ayudado a su padre a sobrellevar la pérdida de su amada Valeria. En realidad, convocaba a
Valeria a través de las películas de Fellini, porque había ido a verlas todas con ella cuando se estrenaban en Roma.
La belleza del cine de Fellini presidía el amor que se habían tenido sus padres.
La herencia de su padre fue Fellini y el amor que le había tenido a su madre, eso hizo que Marcelo entendiera que el amor es el único sentido de la vida y el más difícil de alcanzar, una suerte que pocos, muy pocos seres humanos logran. Eso era para él lo sagrado: el cine de Federico Fellini y el amor como única verdad del mundo.
Fellini estaba en Nueva York cuando murió Tory pero mandó un telegrama. Ese telegrama iba siempre en la cartera de Marcelo, cuidadosamente doblado, como una alianza entre Dios y los hombres.
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