Nosotros

Manuel Vilas · Capítulo 4 de 26

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Nosotros

1. La enamorada del viento

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La enamorada del viento

Estaba contemplando un rostro nuevo de la vida: frente y labios y pómulos y ojos nuevos de la vida, y un sol radiante iluminándolo todo.

Como un árbol se sentía, un gran árbol que, tras un huracán, descubre nuevas raíces, grandes, fuertes y escondidas raíces, fortaleza recién aparecida. Y esa fortaleza siempre había estado allí, a la espera de ser llamada a filas.

A pesar de que se pasaba sola toda la semana, Irene nunca se había sentido tan ilusionada como en estos últimos días. Acababa de cumplir cincuenta años, había firmado un pacto muy ventajoso con su cuerpo y había avistado a lo lejos de su alma una nueva frontera, un nuevo país al que viajar con tanto entusiasmo como rabia.

Rabia, sí, una rabia redonda como la luna.

Cuando enviudó traspasó la tienda de muebles, que había sido la gran empresa y oficio de su marido, y decidió descansar. Dejó a sus empleados en buena situación e ingresó en su cuenta corriente un buen montón de dinero. Porque Marce, su difunto marido, le hizo ese encargo: que nuestros empleados sean felices, son nuestra gente, nuestros hermanos.

Así hablaba él, usando ese lenguaje tan raro, porque llamar hermanos a sus empleados era una de esas cosas de Marce, una de sus peculiares formas de ver el mundo, porque si no transformaba el mundo, si no lo embellecía, no podía ser feliz.

Poseía ahora Irene dos pisos en Madrid, uno céntrico, en el Barrio de las Letras, de sesenta metros cuadrados, y otro cerca de Chamartín, de lujo, de doscientos cincuenta metros, un decimoquinto con una terraza de vistas apasionantes, y dos plazas de garaje. Lo que más les gustaba era la altura, un último piso, por encima de ella misma no había nadie. No hay mucha costumbre en Madrid de construir edificios altos.

Marce siempre lamentó esa carencia.

Quería vivir arriba, cerca de las nubes, como los neoyorquinos.

No encontraron ningún edificio más alto que les gustase y se conformaron con esa planta 15, que no estaba nada mal. A Marce le encantaba la Torre Picasso, pero allí todo eran oficinas de importantes empresas. Desde la planta 15 al menos podían ver el horizonte.

Desayunaban en la terraza y miraban la lejanía, aunque siempre echaron de menos unos veinte metros más de altura, como si quisieran huir del suelo, irse de Madrid, camino de las nubes.

Huir del suelo era una manera de pensar, una filosofía.

Muchas veces, al terminar el café con leche, los dos se quedaban mirando al cielo. No había ninguna casa más elevada que la de ellos en las proximidades, no tenían delante más que el espacio abierto, y recuerda ahora mismo Irene la contrariedad de Marce de no haber podido encontrar un rascacielos para poder vivir en una planta 28, lejos de la realidad de las calles y los coches y las normas de tráfico y los semáforos, al lado de los pájaros, de las aves que vuelan altísimas, dentro de las nubes, porque las nubes podrían haber sido su hogar.

«No hay rascacielos en Madrid», cuántas veces oyó esa cantinela, porque dentro de ese lamento latía una forma de desobediencia arquitectónica muy de Marce. Y las veces que estuvieron tentados de irse a vivir a Benidorm, porque allí sí había rascacielos. Resonaban sus palabras: «Mira que si acabamos viviendo en Benidorm, qué sería de nuestro glamur».

Y lo oía reír.

El apartamento amplio y lujoso de Chamartín había sido su vivienda de siempre, la que había compartido con su marido durante los últimos veinte años, muchos años, ay, demasiados años, Irene, quizá no habían sido tantos, se dice a sí misma, pero Irene mide el tiempo a su manera.

¿Quién impuso la medición del tiempo?

¿Por qué se ha de medir el tiempo según estipulan los Gobiernos, las sociedades, las leyes, la historia? ¿Se puede liberar el tiempo? Allí donde hubo cien días para unos, para otros hubo cien años.

Superstición tras superstición, las sociedades decretan leyes.

Vendió ese piso, y con lo que le dieron, junto al traspaso de la tienda, más lo que había heredado tras la muerte de su Marce, que fue mucho, se hizo con una pequeña fortuna que no dejaba de admirarla.

Cada vez que contemplaba la cantidad de euros que poseía sentía furia y confusión al mismo tiempo, pues en esos números se resumía su vida entera, esos números contenían una convicción aritmética que causaría la envidia de mucha gente.

Pero él no estaba, de ahí la furia, de ahí la oscuridad de su alma.

Si no estaba él, ¿por qué estaba todo ese dinero? Era una pregunta estúpida, pero las preguntas estúpidas suelen ser las mejores y las más certeras.

Tentada estuvo de ir a los bancos y pedir que le dejaran ver su dinero, ya que no podía verlo a él, y pasar un rato a la vera de esos cientos de billetes, que en el fondo no eran más que símbolos, metáforas, ilusiones.

Esos símbolos, sin embargo, se podían transformar en cosas, ahí residía el milagro, el viejo milagro de la transformación de los símbolos en piedra, en ladrillos, en tierras, en ruedas, en casas, en coches, en aviones, en mansiones, en comida, en cientos de kilos de comida, en una legión de vacas, en una legión de piscifactorías, en una legión de seres humanos a tu servicio.

Esos símbolos se podían transformar sobre todo en muebles.

Por eso tuvieron una tienda de muebles, porque los muebles son más reales que muchas historias de amor. Los muebles se quedan cuando el amor se va. Casi siempre de muchas parejas rotas solo quedan los muebles: armarios, camas, mesas, sillas, mesillas, estanterías, muebles libreros, librerías, cómodas, rinconeras. A Marce le emocionaban las mesillas; decía que una mesilla en un dormitorio era una defensa contra la oscuridad de la noche. En la trastienda coleccionaba viejas mesillas de noche, de todas las épocas. Les tenía una devoción casi sobrenatural.

Irene se fue a vivir al piso pequeño del Barrio de las Letras, que había tenido alquilado hasta hacía unos meses. Mandó pintarlo y arreglar tuberías y cambiar electrodomésticos, poner el baño completamente nuevo, tirar un tabique, cambiar la carpintería de las ventanas, una reforma de cinco semanas. Estuvo presente cuando dos albañiles derribaron el tabique, un tabique de unos ochenta años de antigüedad. Miró esos viejos ladrillos, que iban a ir directos a alguno de los lugares que el Ayuntamiento de Madrid dispone para el vertido de escombros.

Ladrillos que habían visto y oído tantas cosas, últimos testigos de viejas familias a las que cobijaron de la intemperie.

Ladrillos, fósiles de la vida familiar.

Cogió uno y depositó en él un beso.

Y lo arrojó al contenedor que habían colocado los albañiles de la reforma.

Luego, al rato, perpleja, nerviosa, volvió a buscar el ladrillo y lo metió en su bolso.

Mandó instalar los electrodomésticos más caros del mercado, unos modelos alemanes de última generación cuya principal virtud era que cumplían unas normas ecológicas que le parecieron tan misteriosas como respetables. Casi se echa a reír cuando le dijeron que los electrodomésticos más caros eran los más ecológicos. En realidad, la risa tras de la cual se situó la suya era la de Marce, porque Marce se habría reído de semejante ironía.

Hizo coincidir la entrega de llaves del piso de Chamartín con su mudanza al piso pequeño de la calle de Santa Catalina.

El piso de Santa Catalina era un primero. Había descendido del piso 15

de Chamartín a casi a ras de suelo.

Había bajado desde el cielo hasta la tierra.

Ya no veía las nubes, ahora veía y oía gente y coches, ruido de bares.

Notaba el reflejo de las farolas cuando llegaba la noche.

El día que inauguró la reforma colocó el viejo ladrillo en un lugar principal de la casa, y ese ladrillo era un superviviente, una muestra material de la inmaterialidad del tiempo. Ese ladrillo tenía casi un valor místico, de una religión desconocida.

Tras la muerte de su marido, su amado Marcelo, su Marce, la vida de Irene había experimentado cambios frenéticos, que muchas veces no sabía ni cómo valorar. No tuvieron hijos. No había, por tanto, nadie a su lado.

Solo una cuñada, Paola, la hermana de su Marce, que se casó con un estadounidense y vivía en un pueblo del Medio Oeste; no pudo llegar al entierro por culpa de un tornado y mandó una corona por Interflora con una carta llena de tópicos, escrita en un español mezclado con italiano y con algún toque de inglés. Marce y Paola eran italianos, habían nacido en Roma, de padre español.

Estaban también el padre y la hermana de Irene, con quienes tenía una relación distante, aunque los quería y mucho. Siempre habían velado por ella.

Meditó sobre su soledad recién sobrevenida. Tenía razones para abandonarse a la tristeza, pero Marce no lo habría permitido. Marce le dijo

que estuviera del lado del sol, siempre bajo el sol. Su marido adoraba el sol, y ella lo acabó adorando también: en alguna medida su matrimonio fue un hijo del sol.

También la admiraba que el piso de Santa Catalina fuese tan coqueto, tan agradable pese a estar tan cerca de la tierra y sus ruidos. Vivieron en él de recién casados. Fue la primera compra que Marce y ella hicieron juntos antes de subir a las nubes del piso 15 de Chamartín.

A veces casi lloraba, o eso le parecía a ella, al recordar lo mucho que había querido a su Marce, y no acababa de entender qué había pasado, cómo se habían precipitado tantos acontecimientos en su vida, e incluso llegó a temer por su propia desaparición, su propia muerte. Pero de manera invariable se despertaba todas las mañanas, se preparaba el desayuno, y poco a poco fue volviendo al culto al sol, a disfrutar de la luz que se colaba por la cocina, del café recién hecho y de las tostadas con miel.

Le venía a decir a la muerte: «Me das igual, me resultas insignificante, no te tengo ni miedo ni nada, no siento nada ante ti, no creo que existas siquiera».

Irene agitaba su conciencia, su pensamiento, se embarraba en conjeturas que acababan en sarcasmo e ira.

«Hace frío, pero podemos desayunar en la terraza porque está el sol»; volvía a oír esa frase, ahora ya remota, esa era la frase de los inviernos, la frase que pronunciaba Marce, esa frase que le daba a la vida sentido.

«Está el sol», eso era suficiente. Afirmar que está el sol. Y salían a desayunar, dándose un beso y ofreciéndose una sonrisa.

Una mañana hizo un cálculo aproximado (tenía buenas habilidades contables, habilidades que le habían reportado mucho dinero en la vida ayudando a Marce con la tienda de muebles), y le alcanzaba perfectamente para vivir más de diez años, incluso quince, o veinte, a cuerpo de reina.

Entendió que la muerte imponía no solo el final de todo, el final del matrimonio más mágico del universo, pues eso es lo que ella pensaba de los años vividos con Marce, sino también el sinsentido de las cuentas bancarias, ya que no iban a poder seguir gastando dinero juntos.

La irrealidad de la muerte y la irrealidad del dinero se aunaban.

La falta de consistencia.

La falta de gravedad.

Marce era un sistema gravitatorio.

Los sistemas gravitatorios son la vida.

Tal vez no hubiera un final para lo que tuvo un carácter mágico, porque su pasión amorosa seguía existiendo, estaba en todas partes aún. Y el dinero que habían acumulado también seguía estando allí. Marce no estaba, pero su dinero se había quedado.

No quiere recordar ese momento, el momento en que Marce murió.

¿Lo vio morir?

¿Lo vio morir, realmente?

¿Es visible la muerte, se hace visible cuando llega?

Para olvidar ese momento, el momento de su muerte, usa un remedio tonto. Piensa en su propia muerte, revelada en una dimensión desconocida: una vez muerta, no puedes disponer de tu dinero. Y tu dinero pasa a manos de desconocidos, incapaces de valorar el esfuerzo que te costó ganarlo.

El dinero, con la muerte de quien lo supo ganar, perdía identidad, regresaba a lo informe y despersonalizado.

Su marido no estaba, y sus manos no podían tocar el cuerpo de su Marce como lo habían tocado durante veinte años, y no podía vivir sin él, pero le había prometido que lo haría, porque antes de morir le había enseñado el lugar, el castillo secreto.

Irene pensó que nunca volvería a sentir ningún tipo de necesidad sexual, y vio en ese pensamiento una especie de fidelidad a su Marce que le dio estabilidad y le devolvió una quebradiza certeza, más un deseo de seguridad que una certeza. El haber tenido ese pensamiento le provocaba miedo y desesperación.

Sin embargo, por las mañanas, después de desayunar, meditaba sobre qué sería de su vida y sobre si alguna vez volvería a amar. Lo hacía casi de manera furtiva. Porque Marce aún estaba allí, con sus manos grandes, con sus ojos verdes, con su bondad y su sonrisa pacificadora.

Su corazón era un lugar confuso, iba del pánico a la esperanza. Pensó que a muchos seres humanos les pasa lo mismo una vez cumplidos los cincuenta años, porque antes no puede verse el trazo del río de la vida.

Desde donde Marce estaba seguía sometiéndola a un huracán de ensoñaciones, de preguntas, de zozobras sin nombre.

Ella quería que fuese así.

La voluntad de Irene construía las cosas.

Su voluntad.

Su placer.

Al despertar, su pensamiento iba de Marce al mar, a la necesidad repentina de ver el mar. Como si el fantasma de Marce se hubiera metido dentro del mar y allí hubiera construido un refugio.

No tengo que dar cuentas a nadie de nada, se dijo una de esas mañanas, pues soy completamente libre de hacer lo que quiera, no tengo por qué estar aquí.

Presa de una alegría y una excitación del todo imprevistas, abrió el armario, sacó la maleta de tamaño mediano y puso dentro vestidos, blusas, ropa interior, un par de jerséis, el neceser, un pequeño arsenal con sus perfumes favoritos, sus cremas, sus polvos de maquillaje, sus pinceles, su perfilador de labios y algunas cosas más elegidas al capricho del momento.

Se subió a un taxi de una manera teatral, miró hacia el portal de su casa como quien se marcha para mucho tiempo y dijo al taxista que la llevara a la estación de Atocha, donde sacó un billete en preferente con destino a Málaga. Siempre hay billetes en preferente, pensó Irene.

Le dieron un almuerzo muy esmerado.

Una carrillera de ternera con vino Somontano.

Había un panecillo y mantequilla.

La visión de la porción de mantequilla la entristeció, no había encanto ni en el panecillo ni en la mantequilla, así que solo se bebió el vino.

Durante el viaje fue mirando en su teléfono móvil distintas opciones de alojamiento en esa ciudad hasta que se decidió por el hotel Málaga Palacio.

Llamó, dio su tarjeta de crédito e hizo la reserva por tres noches.

Málaga la recibió con un tiempo cálido y un sol poderoso de principios del mes de junio que iluminaba las calles, la vida, las casas, sin dañar nada.

Le dieron la habitación 1115 porque insistió en que quería una en planta alta.

Entró en la habitación y se dirigió rápidamente al balcón. Vio el mar a lo lejos, con esa luz que lo convertía en una plancha plateada, en una pared tumbada, y algo en su alma se erizó, como si de repente supiera que había acertado yendo allí, como si hubiera conectado con un espacio mágico en donde podía abandonarse sin miedo.

No tiene otra función este mar que la de darme alegría, pensó Irene.

Curar mis ojos, sentenció.

Sintió el aire húmedo, y había en esa humedad una mezcla de exaltación y desorden. Los mechones de su pelo comenzaron a rizarse, como si se

volvieran esponjosos, y el color rubio de su melena se hizo más intenso. La humedad era exuberante, pero también pegajosa e incómoda. No era perfecta, la humedad era otra imperfección del mundo, y sin embargo, la embriagaba, la excitaba, la atemorizaba.

Eso le solía decir Marce, que el mundo estaba lleno de imperfecciones, pero que a los enamorados esas imperfecciones no los alcanzaban. Ahora ella estaba sola, y esa imperfección la asustaba.

Porque al lado de Marce nada conseguía desanimarla. Porque Marce apartaba la maldad de las cosas, quitaba la maldad de en medio para que ella pudiera sentirse protegida, a gusto con la vida.

El amor vuelve invisibles la fealdad y la maldad del mundo.

Observó la habitación y en todo halló buen gusto y armonía; eso la serenó. Se sintió bien allí, contemplando la luz, y sintiendo la brisa desde la terraza. No era brisa, era viento. Miraba el cielo y la cegaba. Creía haber encontrado un lugar prodigioso. Su ruidoso y pequeño piso de Madrid se desdibujó en su memoria. Como si estuviera naciendo de nuevo.

Será el efecto de este mar. O no, no es el mar, es la luz, siempre es la luz que cae sobre las cosas, la luz nos engaña, nos hace creer que las protagonistas son las cosas, pero es ella, la luz, porque lo que existe es la luz y no las cosas, y la vida es estar bajo la luz, pensó.

Y la sed de plenitud rozaba su alma, y esa sed se convertía en frustración.

Estaba sola en el mundo. No le importaba a nadie.

Y ese nadie se convirtió en la libertad absoluta.

Pero la sed estaba allí.

Él calmaba esa sed, y ahora esa sed estaba desbocada. Marce sabía qué hacer con esas ansias desquiciadas de plenitud.

Subió a cenar a la última planta, donde estaba ubicado el restaurante.

Como hacía un excelente tiempo, eligió una mesa en la terraza, al lado de la piscina, en la que unos adolescentes se bañaban, pero el agua estaba fría y no aguantaban mucho en ella. Reían y jugaban y dibujaban un espacio futuro en donde sus existencias resplandecían, porque tenían toda la vida por delante.

Ellos no saben que tienen toda la vida por delante, pensó Irene. Se sabe cuando ya no se tiene y entonces te enfureces, te angustias y no sirve de nada, y a Marce y a mí eso no nos pasó, porque eso solo pasa si no estás enamorado, eso es, y necesitas de la gente, porque es la gente la que acaba diciéndote que ya no tienes toda la vida por delante, porque cómo vas a

saber que ya no tienes toda la vida por delante si no te lo dice la gente, si no te lo dice eso que hemos llamado los demás, la sociedad, la civilización, los países, las leyes, la realidad; bueno, una construcción posible de la realidad, porque hay otras, escondidas, hay otras, las que tú puedes crear con la fuerza de tu voluntad, si la tienes, si eres capaz, y por ser capaz no hay premio; bueno, algo sí hay, hay un poco, un poquito de libertad, también de odio o de rabia.

Pidió vino blanco y pulpo a la brasa a un camarero de piel oscura y de cabello negro. Vio sus manos acercándole el plato. Le pareció un hombre guapo. ¿Tendría esposa, familia? ¿Dónde? ¿Qué tipo de familia o de esposa o de casa se podía permitir con su sueldo de camarero?

Millones de preguntas hostiles, eso era ahora el mundo sin Marce.

Irene llevaba una falda negra, ajustada. Y una blusa blanca, transparente.

La luz nocturna, la proximidad del mar, la terraza, la piscina al lado la conducían a una exaltación de la vida, a una cierta plenitud dudosa, tan benigna como maligna. Había elegido para esa ocasión el Iris Porcelana, un perfume que servía tanto para hombres como para mujeres, un perfume de violetas. La humedad seguía alterándola, conduciéndola a sensaciones extremas. Por un lado estaba feliz, por otro lado veía tantas cosas a su alrededor que reclamaban su atención que ese reclamo le producía desazón; fue entonces cuando vio a un hombre que acababa de llegar al restaurante.

Se fijó en el acto, como si ese hecho de fijarse en él con tanta curiosidad y deseo estuviera previsto de antemano, llevara siglos esperando su cumplimiento.

Se quedó pensando en si la aparición de ese hombre era un milagro, en si seguiría existiendo lo sobrenatural, porque la vida que tuvo con su marido había sido mágica.

Fue de esas mujeres que decían «mi marido» y no «mi pareja», y cuando decía «mi marido» no solo nombraba el amor, también una forma remota de la firmeza, de los estados sólidos, que automáticamente expulsaba o derrotaba cualquier intento de otro hombre de acceder a su intimidad.

No era eso lo que quería ahora.

Siguió contemplando al recién llegado con insolencia. Tal vez fuese posible ver a Marce en el cuerpo de otro hombre, y comprendió que la existencia se

reordena a cada instante, en una mezcla inmoral de olvido y de renacimiento.

Y vibró, su alma vibró con una alegría feroz que la extasiaba, cuya procedencia era el hombre que tenía delante, con el que no había intercambiado ni una sola palabra, ni siquiera conocía el tono de su voz.

Simplemente, lo miraba.

Mientras lo miraba iba formando frases en su pensamiento; de repente pensó esto: si la vida quiere marcharse de mi cuerpo allá ella, si es capaz de cometer semejante estupidez, allá ella, no concibo una estupidez más grande. Me parece ridículo que la vida diga: «Me marcho de tu cuerpo». En cualquier caso, es algo que no me compete. Puede que nadie se haya enfrentado así a la muerte. Qué puede importarme dejar de vivir si eso, en cierto modo, es imposible.

Por tanto, si muero, que ya veremos, el problema será de la vida, no mío.

Vida, si abandonas mi cuerpo, tú pierdes, no yo.

Todo este racimo de pensamientos se lo produjo la contemplación de ese hombre al que no dejaba de mirar. De su cuerpo emanaba un hechizo, un camino, una fuerza. Los ojos de ese hombre, la piel, el cabello.

El cabello era importante.

Le caía sobre la frente un flequillo que adornaba el conjunto de su cara, como un telón teatral.

Deseó tocar ese flequillo.

Siguió mirando al hombre, casi con descaro: cómo había desenrollado la servilleta, las manos manipulando los cubiertos, el vino blanco en la copa, su camisa de color azul, el cuello leve de esa camisa, que se notaba bien planchada, el teléfono móvil a su derecha, la forma en que sonreía al camarero, cómo se abrían sus labios, acertó incluso a ver sus dientes, blancos, proporcionados.

Sus miradas se cruzaron varias veces, todo justificado bajo los accidentes azarosos que se producen en el restaurante de un hotel de cuatro estrellas.

Irene cayó en la cuenta de la estupidez de haber elegido un hotel de cuatro estrellas, pues sus finanzas le permitían hoteles de cinco estrellas, hoteles de lujo, porque ya era el momento de que el lujo invadiera su vida.

Pero era el dinero de Marce, bueno, el dinero de los dos, y se sentía culpable de gastar todos aquellos ahorros ella sola. El dinero estaba en dos bancos, ahora solo a su nombre. Todo era suyo. Un asesor del Banco de Santander le había dicho que invirtiera en productos de riesgo moderado.

La sometió a un pesado test para averiguar en qué perfil financiero encajaba. Si sabía de mercados, su nivel de estudios, preguntas así. Los bancos están obligados a hacer esos test, que tienen casi un carácter sanitario, son como pruebas médicas. Y su perfil era el del inversor moderado.

Ojalá existieran los hoteles de seis estrellas. De siete, de ocho, de quince, como quince eran las alturas del piso de Chamartín.

Mejor eso que el perfil moderado.

Sabía por qué en ese test del Banco de Santander había dado perfil de inversor moderado, asumiendo poco riesgo, pero aspirando a ganar algo.

Volvió a mirar al hombre.

Estaban cenando a la vez, era absurdo.

Calculó que el hombre tendría más o menos su edad.

Quizá fuese más joven que ella.

Sí, tal vez cinco años menos que ella: esa idea la excitó.

Aguardó a que le sirvieran el primer plato para cerciorarse de que ese hombre no estaba esperando a alguien, no estaba esperando a una mujer.

Irene se levantó de la silla y caminó hacia su mesa.

Y se plantó delante de él.

El hombre alzó la vista, se sorprendió y se la quedó mirando interrogante.

—¿Nos conocemos? —le preguntó a Irene, con una sonrisa y una ilusión puesta en esa sonrisa.

Ella necesitaba oír su voz, y esta le pareció armoniosa, una voz que se adecuaba a su presencia física. No la decepcionó sino todo lo contrario.

Porque las voces de los seres humanos son importantes. Hay cuerpos hermosos que alojan voces ridículas. Hay voces hermosas que viven en cuerpos ridículos.

—No, creo que no nos conocemos. Estaba cenando sola y he visto que usted también estaba cenando solo.

Entonces el hombre se levantó y por fin Irene pudo ver su estatura y sus ojos, que eran azules y albergaban una mirada melancólica.

—Me llamo Julio, y trátame de tú, por favor.

—Mi habitación es la 1115 —dijo Irene marcando muy bien la fonética de los números para que se grabaran en su memoria como una contraseña.

Lo miró fijamente a los ojos y se marchó.

Eso había sido maravilloso, una danza de cuatro sílabas: once quince.

Cuatro sílabas iracundas, feroces.

Firmó la nota para que cargaran la cena a su habitación, con lo que tuvo que repetir el número, esta vez de manera rutinaria, sin el énfasis del deseo.

Y desapareció del restaurante, con el corazón latiendo fuerte, dejando una estela de fuego y arrogancia, con los ojos brillando como cuchillos dentro del ascensor, con nervios en las manos, que no acertaban a sacar la tarjeta electrónica para abrir la puerta, con la mente encendida, pensando en las consecuencias de su atrevimiento.

La tarjeta electrónica le pareció disonante, vulgar, por qué esas tarjetas tan de plástico, después de haber interpretado tan altivamente la escena del número de su habitación esa tarjeta lo envilecía todo.

No era ella la que le fallaba a la fuerza de la vida, sino ese estúpido sistema de llaves electrónicas que usan todos los hoteles.

Tendrían que haberle dado una llave dorada, con adornos, con un llavero bonito, con las iniciales del hotel grabadas.

Entró en su habitación y le pareció que estaba helada.

No pienso dejar de hacer lo que me dé la gana en lo que me quede de vida, se susurraba a sí misma Irene con intención de ganar confianza en lo que acababa de decidir, y ese susurro le daba un tan extraño como inexplicable poder.

No conocía la densidad de la selva en la que se adentraba, pero un impulso irrefrenable la guiaba; tampoco sabía qué había detrás de sus pensamientos desordenados, o quién.

Fue al cuarto de baño y se miró en el espejo, y se vio guapa, suficientemente guapa, suficientemente viva, daba igual que ese hombre viniera o no, era su atrevimiento lo que le ofrecía una poderosa sensación de vida y embriagaba su corazón.

Se gustó.

Se deseó.

Parecía un ángel batiendo las alas en medio de una habitación de hotel.

Se perfumó.

Mezcló perfumes.

Al Iris Porcelana le añadió Chanel n.º 5.

Se enfadó con ella misma.

Quería todos los perfumes de la tierra descendiendo por su cuerpo.

Eso no se hace, Irene, cómo puedes hacerte una cosa así, eso solo lo hacen las mujeres desequilibradas.

No se mezclan perfumes.

No se mezclan la noche y el día.

Se arregló el escote.

Se imaginó desnuda ante ese desconocido.

Se corrigió el maquillaje, palpó sus senos, aquellas dos materialidades de carne que definían su identidad biológica, aquellos dos caballos blancos que habían sido ofrecidos siempre al mismo hombre.

¿Caballos blancos, Irene?

¿Un solo hombre, Irene?

Eres una idiota.

Regresó entonces el recuerdo de Marce, e hizo que Marce se sentase en una trastienda de su corazón.

Quédate aquí, cariño, mi gran amor, te guardo dentro, pero ya no eres un cuerpo, espera aquí, en esta sala de atrás, ya no eres un cuerpo, Marce, ya nadie sabe lo que eres, pero yo sigo enamorada de ti, te sigo necesitando, y la necesidad es más importante que el amor; la necesidad es real; el amor es un adorno de la fea necesidad.

E Irene temblaba, intentando saber qué tenía que hacer ahora, y sobre todo quería saber cuánto tiempo debía esperar. Y entonces descendió sobre su alma un alud de dudas y sensaciones e ideas de las que no había sido consciente: cómo besar a un hombre después de veinte años besando siempre al mismo, cómo tocar a un hombre después de veinte años tocando siempre al mismo hombre, cómo confiar en un desconocido después de veinte años confiando en el mejor de los hombres.

¿En el mejor de los hombres?

¿Acaso era ella la mejor de las mujeres?

Pero vio que esas preguntas poseían también un triunfo de la vida, una caída en el abismo de la vida, y se dio cuenta otra vez de que estaba sola. Al final era esa la única certeza: estaba sola, porque Marce se había ido para siempre, se había marchado a ese lugar, a la luna, al cielo, al espacio profundo, a ninguna parte.

Pero cuándo se fue, Irene, cuándo.

La fecha, en qué fecha había sido.

La noche era hermosísima, había una luz de luna en el cielo que la quemaba por dentro. La vida lo golpeaba todo. A ella la vida la seguía golpeando. Pero a Marce no.

Sonaron en ese instante unos golpes en la puerta y su corazón dio un vuelco de alegría y de terror a la vez, luchando la una con la otra.

Sí, ha venido ese hombre, ha venido un hombre, hay un ser humano ahí, se dijo Irene, pero no sabía si estaba realmente preparada para abrir la puerta.

En escasos dos o tres segundos su mente dio cabida a todas las hipótesis, a todo cuanto podría ocurrir si decidía abrir la puerta, porque también podía no abrirla.

Y entonces su corazón volvió a iluminarse. Porque reparó en que ella era la dueña de su destino, que era absolutamente libre de hacer lo que quisiese.

En cambio, ese hombre que había llamado a la puerta de su habitación no era tan libre como ella, pues ella lo había decidido todo.

Ella gobernaba el mundo, los vientos, los océanos, los astros, el bien, el mal, la luz, la oscuridad, la vida y la muerte.

Porque eso fue lo que Marce le había dicho siempre: «Tuya es la belleza de la vida, allí donde se suspenden el tiempo, los años, las décadas, los siglos».

Marce, su amor.

Volvió a caer en otro abismo: todos los misterios de la vida se resumen en un solo deseo, el deseo de seguir viviendo, de seguir almacenando ilusiones en el corazón, de modo que supo que iba a abrir la puerta.

No hubo ni una palabra, ni una sola palabra, porque ella no permitió que la hubiera.

Solo hubo un beso inmenso.

Un largo beso y el alma de Irene se convirtió en euforia.

Hubo, eso sí, antes del beso, una milésima de segundo en que ella gobernó el mundo y la vida, porque podría haber rechazado ese beso, podría haberse indignado y ese hombre hubiera hecho un espantoso ridículo.

Saboreó ese segundo de gloria.

La lengua de ese desconocido tocaba la suya y los dientes y el paladar, pero qué podían significar todas esas acciones de la lengua de ese hombre sino pasión.

Se sintió bienaventurada otra vez, incendiada por dentro, un ser a quien la vida concede motivos de celebración, un ser a quien la vida regala cosas hermosas, besos y alabanzas. Un ser a quien visitan de improviso una desconocida felicidad y el final del tedio, o de la vacuidad.

Ah, las alabanzas.

No conocía esta felicidad, cómo es posible, Irene, cómo es posible que no la conocieras, así que hay cosas en la vida que aún no conoces, ve a por

ellas, eso haré, y todas estas palabras se sucedían en su corazón.

«Quién eres tú, Irene, quién eres tú», decía Julio mientras besaba sus manos.

Ella se dejaba adorar, en la adoración sentía un vínculo con la vida que justificaba su propia vida. Parecía que el tiempo se paraba. Todo alcanzaba sentido. La vida ganaba velocidad. La maleta, los zapatos, las bragas, la camisa de Julio, la mesa de la habitación, las toallas del baño, el cepillo de dientes, todo tenía sentido, todo abrazaba la existencia con motivo.

Estaban exhaustos sobre la cama, el balcón abierto, entraba una brisa de mar dulce y errática.

La luna iluminaba una zona de la habitación.

Irene miraba los brazos de Julio, y acudía a su pensamiento esa pregunta de «quién eres tú, Irene, quién eres tú», a la que se añadía otra pregunta, la de qué estaba haciendo ella allí.

Había ocurrido un hecho sobrenatural, un hecho que seguía vibrando en el corazón de Irene. Cuando estaba alcanzando la plenitud, antes de atravesar el orgasmo profundo, vio ante ella la súbita aparición de una escalera, y comenzó a subirla mientras sentía arderle la sangre en cada embestida de Julio, en la lengua y en los pies, porque aquel hombre le agarraba los pies y los besaba y los lamía con su lengua caliente, y cuando alcanzó el orgasmo, lo vio a él, al final de la escalera, como dentro de una nube de color amarillo, un amarillo envolvente e infinito, allí estaba él, allí estaba Marce, quien le sonrió y la miró con unos ojos que parecían estar viendo el infinito, y la visión duró justo el mismo tiempo que el orgasmo.

Lo había vuelto a ver.

Sintió la presencia de árboles, pájaros, nubes, y una confusión de los cuerpos celestes, que se volvían cuerpos celestiales.

El sol dejó de ser el sol para ser la luna.

La luna dejó de ser la luna para ser el sol.

La materia era una superstición, ¿era eso?

Potencias terrenales, potencias supraterrenales, vacío y pasado, futuro y plenitud, presente y sexo.

Allí estaba el señor de su delirio.

Y ella, la señora de todos los delirios.

La gravitación erótica de todo cuanto existe, el plan secreto de la materia, el Aleph, la brujería incesante, los brujos y las brujas, la materia, ese orden, la carne, ese resultado de la materia.

Gozó y en el gozo vio a su marido salir de entre los muertos, con el traje imaginario con el que le dieron sepultura, lo vio levantarse de entre millones y millones de muertos, al final de una escalera, saludarla con la mano escondida en la niebla y dedicarle una sonrisa del tamaño del corazón de una golondrina anónima.

Y desvanecerse.

Envuelto en llamas.

No le gustaron las llamas.

¿Qué hacían esas llamas allí?

Esas llamas quemaban su cuerpo.

Julio era un hombre de unos cuarenta y cinco años, de pelo castaño, de cuerpo atlético, un hombre amable, risueño. Se notaba que era un asiduo de los gimnasios, músculos bien proporcionados, ni una gota de grasa en el abdomen. Movía las manos de una manera especial, elegante, armónica.

Tenía un ligero acento andaluz y se dedicaba al turismo, trabajaba para una consultora internacional con sede en Mallorca. Estaba en Málaga por trabajo. Había visitado unos apartamentos turísticos y tenía pendiente escribir un informe.

—Todo mi negocio y mi trabajo —decía con una cerveza Heineken en la mano, sacada del minibar— se basa en estudiar ese monstruo que tenemos delante, ese Mediterráneo, desde el balcón lo podemos ver.

Salieron juntos, medio desnudos, a la terraza, y se sentaron allí, en mitad de la brisa de un piso undécimo.

—Tengo frío, me voy a coger una chaqueta —dijo Irene.

La brisa era cada vez más fuerte, se veían las luces del puerto, e Irene aún temblaba, no de frío, sino de una sensación de plenitud, porque lo había vuelto a ver, porque no se había extinguido, porque estaba en algún sitio del que había conseguido regresar.

No estaba asustada.

No era tampoco una ilusión.

Estaba fascinada, encantada.

De dónde viene esta plenitud, se preguntaba, podría hacerme adicta a esta inesperada sensación y dejarme devorar por ella, se decía. No es la plenitud de cuando él estaba vivo, es otra, una diferente, pero plenitud también.

De dónde viene esta cumbre a la que he subido en un minuto, se interrogaba.

La proximidad de este hombre, sus manos, sus ojos, por qué cuando me mira este hombre yo asciendo a lugares que no sabía que existían, pero si solo es un hombre, o tal vez sea más que un hombre, mucho más que eso,

¿y si fuese un ángel?, un ángel de luz, más allá de su condición de hombre, más allá de mi condición de mujer, más allá de la condición de lo real, más allá de todo. ¿Existe un más allá de todo? No puede existir eso, la gente está de acuerdo en que esas cosas no existen. Puede que sea solo eso: un hombre deseando un éxito amoroso, un ligue, una aventura. ¿Un ángel? Madre mía, solo es un hombre cazando.

Cazar no es tarea de ángeles sino de sórdidos demonios.

Más allá de que tengamos naturalezas y roles sociales distintos, solo somos carne a la espera de placer, así nos concibió la naturaleza.

—Esta es la obsesión de la Europa rica, venir aquí, a contemplar este monstruo de placer llamado mar Mediterráneo —interrumpió Julio las cavilaciones de Irene.

Y en esas palabras, ella encontró la que andaba buscando, una muy sencilla, en la que no había reparado conscientemente: placer.

—Me dedico profesionalmente a buscar nuevos enclaves turísticos frente al Mediterráneo —continuó Julio—, y me gusta mucho mi trabajo.

—Si no te he entendido mal —dijo Irene—, tu trabajo consiste en buscar terrenos frente al mar en donde la gente encuentre placer.

—Exacto, así es. Investigo atardeceres, puestas de sol, paisajes, muchas playas, playas en las que te gustaría bañarte, senderos que lleven a esas playas, senderos con árboles, caminos con palmeras, con flores, con pájaros agradables, prohibidos los cuervos, sitios donde te guste estar, sitios que te den placer, pero no podemos decir esa palabra, usamos otras expresiones, por ejemplo, «Aquí, usted y su familia hallarán un oasis de tranquilidad y naturaleza», cosas así, trivialidades, pero no podemos decir la palabra placer, porque sigue siendo una palabra prohibida. En vez de placer usamos paz, o descanso, o felicidad si subimos de tono.

—No todas las playas son iguales, ¿verdad? —preguntó Irene.

—No, no hay dos playas iguales, no hay dos olas iguales, las playas son muy misteriosas, y a veces tengo que bañarme en las playas que investigo, eso sí que tiene su gracia, y es para saber si el baño es placentero, para saber, por ejemplo, si cubre enseguida o si hay que caminar mucho hasta donde ya te cubre y puedes nadar en libertad. No te puedes imaginar la cantidad de veraneantes vagos que hay en este mundo, gente a quien le jode tener que andar para que el agua le llegue al cuello; tampoco gusta demasiado que enseguida te cubra porque da sensación de peligro, la perfección es no andar mucho ni poco, jode, por ejemplo, andar bastante y luego encontrarte un promontorio que te obliga a seguir andando hasta que otra vez vuelve a llegarte el agua al pecho, ese tipo de playas las tenemos catalogadas como playas tramposas, desaniman al veraneante. También cuenta el tamaño de las olas, a veces tengo que estar una semana entera o incluso dos investigando la playa, porque las playas cambian según los vientos, y luego está el delicado asunto de la transparencia de las aguas, ese asunto es el rey de mi negocio, y que no haya algas, y sobre todo medusas, pero la transparencia de las aguas es lo más importante porque de ahí nace la fama de una playa. Las medusas son veneno para la taquilla de mi negocio, pero se las puede espantar. Ahora en Los Ángeles hay una empresa que está a punto de descubrir una onda ultrasónica que las ahuyenta. Ojalá les reventara el cráneo esa onda. Las medusas son odiosas. Con lo maravillosos e inocentes que son los mejillones y las conchas, en cambio esas malditas lo joden todo con sus picaduras.

Se rieron, se abrazaron, se besaron. Pero a ella esa risa en el fondo le hacía daño, porque era una impostura. Era un acto social. Tenía que interpretar un papel. No podía mostrarse tal como era. A lo mejor no era nada o nadie más allá de la convención de risas sonando al unísono. Reírse con ese hombre también era otra forma de soledad.

—No hay dos playas iguales, no hay dos amores iguales, no hay dos cuerpos iguales —dijo Irene.

—En cambio las medusas y las algas son todas iguales, un error de la naturaleza —dijo Julio con ironía y soltó una carcajada.

Se quedaron en silencio, y ambos fueron conscientes de que eran dos desconocidos. Y ese desconocimiento estaba encarnándose, como si una idea pudiera materializarse.

Julio la besó con ternura, intentando que el beso disipase el hecho de que eran dos desconocidos. Pero acaso la excitación se fundamentaba en eso

precisamente.

Irene, a través de ese beso, volvió a sentir alegría y entrevió que esa alegría se iba a convertir en una obsesión; no en una obsesión, sino en una adicción. Esa alegría iba a causarle una adicción extrema. ¿Por qué alegría?

Y entonces se sintió extranjera de sí misma. ¿Por qué estaba haciendo todo esto?

Por él.

Él.

Siempre él.

Porque él fue ella.

Porque ella gobernó en él.

Marce.

¿Y si no fuese así?, ¿y si lo hiciera solo por el placer?

No.

Lo hacía por él.

Por Marce, porque lo había visto en el cuerpo de otro. Era magia. La magia existe. El amor lo puede todo. «Amor constante, más allá de la muerte» era el soneto más célebre de la lengua española.

Irene se lo sabía de memoria, lo estaba recitando mentalmente, como una oración con capacidad para convocar algo sobrehumano: Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria, en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

Ahí estaba escrita, o más bien anunciada, la venida de Marce de entre los muertos, Quevedo la vio, pensó Irene. Quevedo lo supo, lo sabía, lo debió de ver otras veces. Conocía el prodigio. No se puede inventar una cosa así.

Irene, deliras, solo es un maldito soneto escrito hace mil años por un poeta feo y loco. Y a lo mejor ni siquiera lo escribió él. Lo mismo lo escribió una mujer, una amante del propio Quevedo, si es que un hombre tan feo como Quevedo pudo tener amante.

—Dios salve a Francisco de Quevedo —dijo Irene en voz alta. Quevedo, esas tres sílabas, y ese soneto, todo estaba previsto desde hacía más de cuatrocientos años. Porque Marce había dejado su cuerpo, pero no su cuidado.

Exacto.

Y habrá sentido.

La hermosura de ese soneto la estaba embriagando.

Y volvió a ver el cuerpo desnudo de Julio.

Del soneto de Quevedo al cuerpo de un hombre en su plenitud, las nalgas, los brazos, las manos, el pelo alborotado.

Todo se mezclaba en la cabeza de Irene, a toda velocidad iban los pensamientos.

Los besos que se estaban dando, y las ganas de conversar que Julio tenía.

No es alegría, esa palabra es muy general, se dijo a sí misma. No, la palabra es subidón, esto es un subidón cósmico, euforia, adrenalina, esto es la gloria, esto es lo más alto del mundo, qué demonios es esto, porque se supone que tendría que estar llorando por los rincones de mi casa de Madrid, se supone que tendría que estar muerta de nostalgia, muerta de dolor, y sin embargo estoy muerta de ansia de que regrese por esa puerta que se ha abierto, porque he abierto una puerta y él está al otro lado, porque yo no me he vuelto loca, simplemente he encontrado la puerta.

Euforia, eso es.

Y era así, no estaba muerta de dolor ni se había vuelto loca, no solo su amor por Marce seguía fuerte y radiante ante ella, sino que lo había alojado en una habitación de su alma que ni siquiera sabía que existía.

—El Mediterráneo hace milagros —dijo Julio—. Es un mar muy misterioso, de ahí su éxito. Cualquier otro mar no sirve. El Mediterráneo es el jefe de los mares. El capitán general. El emperador, algo así. En otras palabras: el puto amo. Yo creo que tiene que ver con el sol. El sol cae sobre este mar de una manera especial, no lo hace así en ningún otro sitio del

planeta, y dedicarse a investigar esto además está muy bien pagado. Pienso muchas veces en cuál es la singularidad de este mar, a veces creo tener la respuesta, pero otras no. Hay algo fundamental: la civilización. El Mediterráneo es interesante porque en sus costas se fundaron Grecia y Roma, y eso acaba siendo definitivo. Puede haber mares mejores, más hermosos, más paradisiacos, como los mares tropicales, pero no tienen a Aristóteles, o a Homero, o a Platón, o a Aquiles, o a Virgilio. Un mar sin civilización al lado pierde interés, porque solo es naturaleza. A la naturaleza le sientan muy bien la cultura, el arte y la filosofía, porque la mejoran. Eso es el prestigio. Una playa puede ser muy paradisiaca, pero si no sale en una novela, o en una película, no tiene prestigio. Los griegos y los romanos son los fundadores del turismo de calidad, de solvencia cultural. Si te bañas en el Mediterráneo, Aristóteles te mira. Si te bañas en el Caribe, no te mira nadie. O bueno, te pueden mirar los loros, o bichos raros de esos de la selva.

Se rieron los dos a la vez.

Una explosión de risas al unísono.

Era divertido que Aristóteles se dedicara a mirar cómo se bañan los turistas.

—Que te mire un loro tampoco está mal —dijo Irene.

—Yo prefiero que me miren Aristóteles o Platón —dijo Julio.

—Oye, y mujeres, ¿qué?

—Cleopatra —dijo Julio.

—Safo, la poeta griega —dijo Irene.

La idea de que investigar el Mediterráneo estuviera bien pagado generó una complicidad que los dos necesitaban, un vínculo con el mundo real.

Volvieron a besarse y a abrazarse. No abrazas tan fácilmente a un desconocido o a una desconocida, tal vez por eso la urgencia de Julio de conversar, porque el abrazo a un desconocido es como pisar el abismo: qué te hará ese hombre; será un buen hombre o será un demonio; es más fuerte que tú; podría matarte o humillarte; pero yo también podría gritar; no sé si deseo ese abrazo; me asusta y a él también le asusta; que le asuste a él es una humillación de su alma, de su valor ante mí; que me asuste a mí es templanza y rigor; no quiero que me abrace porque me da pánico; quisiera ser abrazada por la bondad y no por un hombre; quisiera ser abrazada por mi madre, pero eso ya es imposible; si quiero que me abrace alguien, deberé aceptar este abrazo; la edad adulta es la edad en donde no eliges los abrazos; te avienes con el que primero quiere abrazarte o te quedas sin

abrazo, eso es todo, eso es el tiempo y la vida; pero no es necesaria la lamentación; al fin y al cabo es un abrazo; y es imposible distinguir si te abraza Dios o el diablo mientras no existan las palabras ni los actos más allá del propio abrazo.

Julio tenía teorías sobre el mar que a Marce le habrían encantado. ¿Y si fuese Marce el que hablara por su boca? Todo se asienta en el prodigio.

Bien pudiera ser que Marce y este hombre fuesen hijos del mismo hombre y de la misma mujer, hace cien mil años.

Irene le rogó a Julio que le contara más cosas sobre su trabajo, porque si lo oía hablar regresaba un sentido convencional de las relaciones humanas, un orden, una forma de respeto o de educación.

Que hable, así no pienso en mí, ojalá lo que diga capte toda mi atención, se dijo Irene.

—Al principio de dedicarme a esto, mis jefes me mandaron a Acapulco, a México; querían que investigara qué había pasado allí en el sector turístico, que hablara con empresas y directivos hoteleros mexicanos.

Bueno, el caso es que me di cuenta de una cosa que a mis jefes les hizo mucha gracia: les vine a decir que sostenibilidad y placer eran insostenibles, valga el juego de palabras. Acapulco tiene hoteles a pie de playa, rascacielos a cuyos pies llega el Pacífico. Te puedes alojar en una suite frente al Pacífico por menos de cien dólares la noche en Acapulco. Y sin embargo, la gente no va. No va porque es barato, y el turismo occidental desconfía de lo barato, lo asocian a enfermedad y tercer mundo, a hoteles con vistas paradisiacas, sí, pero donde en cualquier momento te puedes encontrar un leproso o un sicario por la calle. El Pacífico es muy distinto al Mediterráneo. El Mediterráneo ama a los seres humanos. Al Pacífico los seres humanos le somos indiferentes. También es el colmo de la hipocresía que las clases medias europeas quieran ver el mar con las garantías ecológicas de que no se están cargando el medio ambiente ni están destrozando la zona con un urbanismo feroz. Placer y sostenibilidad, eso quieren. Entonces tendrían que quedarse en casa, sin ver el mar. Porque las clases medias occidentales son una plaga que aspira a ser considerada humanidad respetuosa con el medio ambiente. Las clases medias son la hostia, lo quieren todo, a mí a veces me matan de risa, una risa un poco negra si quieres. Porque en el fondo es para echarse a llorar, porque la hipocresía da mal rollo.

Julio hizo una pausa.

—Hay más cosas —continuó—, ahora este mar es también una fosa común, un cementerio marino para pobres, los migrantes mueren ahogados intentando llegar a Europa. Así que lo que para unos es un paraíso, para otros es el infierno. Muchas veces pienso en ellos cuando busco nuevos enclaves, los imagino abrasados bajo el sol y luego asfixiados por el agua salada; es una muerte monstruosa, es una tortura.

—¿Te ha puesto triste lo que has visto en la vida? —le preguntó Irene.

—Lo mejor que he visto en la vida eres tú —dijo Julio.

—¿Por qué?

—Porque solo eres vida, sin hipocresía, sin leyes.

Volvieron a reír.

—Y Grecia, imagino que te habrán mandado a investigar el Mediterráneo en las islas griegas —preguntó Irene porque había pasado un verano allí con Marce.

—Eso es otro nivel —dijo Julio—, ya te lo he dicho, eso es agua bendecida por la Antigüedad clásica; sí, he hecho trabajos allí, con empresarios griegos, allí el Mediterráneo se vuelve azul, y Grecia y sus islas, yo creo que son como la reserva espiritual del Mediterráneo, allí el mar es un exceso de existencia. Las islas griegas son un capricho de la naturaleza, parecen pecas en la espalda de un cuerpo hermoso. Parece como si la tierra engañara al mar, sometiéndolo a un laberinto de colinas que no puede alcanzar; allí están el mar Jónico en occidente y el mar Egeo en oriente, y no se sabe qué parentesco tienen entre ellos dos ni cuál es mejor, y luego hay un montón de hilillos de mar por todas partes. Creo que el mejor es el mar Jónico.

Era Marce, todo eso que estaba diciendo Julio era Marce. Cómo iba a decir Julio algo tan hermoso como que el Mediterráneo de Grecia representaba un «exceso de existencia».

Sin embargo, ese hombre no era su marido.

—¿Por qué el mejor es el Jónico? —preguntó Irene con sincera curiosidad.

—Porque Aristóteles Onassis era dueño de una isla llamada Skorpios y esa isla está en el mar Jónico. Aristóteles Onassis es la prueba del algodón en este debate. Si Onassis eligió el mar Jónico para vivir su historia de sexo con Jackie Kennedy, está claro que el Jónico era el más hermoso. Para saber qué es lo mejor solo tienes que mirar qué han elegido los más ricos del

planeta, a no ser que sean tontos y tengan mal gusto, que muchas veces pasa.

Volvieron a reírse, esta vez fue una risa estentórea, y muy cómplice.

Sin embargo, no quería dormir con él.

Necesitaba estar sola.

Cómo decírselo, cómo decirle que lo quería muchísimo, pero que tenía que irse; por otra parte, era mentira que lo quisiese muchísimo, pues lo acababa de conocer. Sin embargo, habían hecho el amor, y por tanto se habían conocido de una manera intensa y comprometida. La idea de tener que dormir a su lado la estaba atormentando.

Necesitaba estar sola para ofrecerle a Marce todo cuanto había pasado, y quería recordar a Marce un buen rato, pero no conseguía recordar más que planos difusos de su vida con él, nada que fuese concreto, incluso el rostro de Marce ya era un plano desenfocado, no tenía relieve.

¿Por qué? ¿Por qué no lograba materializar el recuerdo de su marido, por qué la voluntad no consigue subvertir el tiempo y reírse de la física y de la entropía y de la materia?

¿Para qué sirve la voluntad entonces?

En ese momento vino en su auxilio un hecho trascendental: siempre habían dormido juntos y jamás de los jamases fue contemplada ni pensada ni remotamente concebida la idea de que hubiesen podido dormir separados en camas distintas.

Jamás habían dormido separados, y Marce, antes de quedarse dormido, como si fuese un rito, la rodeaba con sus brazos, en señal de unidad contra la hostilidad de las profundidades del sueño y de todas las pesadillas concebibles, porque puede que dormir juntos sea más relevante que hacer el amor.

Dormir juntos es una lucha común contra la oscuridad de la especie.

Como si se hubiera adentrado en sus pensamientos, Julio se puso los pantalones y la camisa. Y el reloj, y ese fue un momento importante, porque Irene se dio cuenta de que se lo había quitado para hacer el amor, como Marce, que hacía lo mismo. Se fue al cuarto de baño, y al minuto dijo que tenía que marcharse; se cogieron las manos, se besaron, se intercambiaron los números de teléfono, Julio le dio su tarjeta, Irene no porque no tenía tarjeta, y se cerró la puerta.

Al fin Irene se sintió libre.

Se acostó encima de la cama con el balcón abierto, y era muy agradable la brisa que entraba. Necesitaba ahora regodearse en todos los detalles de lo que había pasado esa noche. Abrió la nevera del minibar y se bebió un sorbo de whisky, y el alcohol entró en su sangre y arrebató su corazón: seguía habiendo una enorme belleza en la vida.

Estaba exaltada, pero también la mortificaba haber estado con un hombre que no era Marce. La solución era sencilla. Ella lo convertiría en Marce. El reloj, sí, qué reloj era. No era un Santos de Cartier, con la esfera de oro y el brazalete de acero, como el que ella le había regalado el día de la boda.

Volvió a acelerarse su corazón, pero qué clase de ser humano era, no estaba sintiendo el vacío y el miedo que debería sentir tras la pérdida de su marido, que era el ancla de su existencia; de nuevo asomó la confusión en sus ideas, pero de forma pasajera, pues quién era ella para juzgar las entrañas de su propia alma, al fin y al cabo en el alma humana el bien y el mal no dejan de ser meras supersticiones, y ese hombre la había amado, y no hay nada más en la vida, y además, allí había sido la gobernadora de esa relación, de ese encuentro sexual, ella lo había decidido todo. Gobernadora, qué palabra más masculina, pero ahora era una palabra femenina. Ella gobernaba más que el mayor de los gobernadores. Y el nombre de la empresa de Julio era nada menos que Inmobiliaria e inversiones Paradise, S. L.

Se tapó con la sábana.

Qué clase de mujer era.

Pero ¿existen clases de mujeres y clases de hombres?, ¿no forma parte todo eso de la vanidad? Para la vida no existen clases de nada, sino cuerpos que respiran, biologías que transitan un planeta sin significado posible más allá de la supervivencia.

En el soneto de Quevedo no había ni hombres ni mujeres, ¿qué había entonces en ese soneto? Tal vez solo música, sílabas sonoras, una canción que hipnotiza, un misterio resuelto. La forma de resolver el misterio de la vida en el soneto de Francisco de Quevedo era inventar otro misterio.

De un misterio a otro más nuevo, más reciente, menos frecuentado.

No necesitaba hacerse preguntas cuando Marce estaba a su lado. Porque Marce era una respuesta global a todo. ¿Y si en el fondo ella fuese una mala persona? Las malas personas existen. No hay problema en ser una mala persona si nadie se entera. El problema es que la gente se entere.

Ser una mala persona ya no es algo objetivo, a no ser que seas un asesino, conjeturó Irene. Ser un asesino está claro, pero ser egoísta, pensar siempre

en ti, obsesionarte con tu placer, eso es difícil de juzgar.

Qué bien que se hubiera marchado Julio. Si aún estuviera allí, no podría idealizarlo, y además sentiría miedo y se pondría nerviosa.

No se puede estar nerviosa todo el rato.

Pero si eres la gobernadora, se decía Irene, cómo va a tener miedo una mujer que dicta leyes y deseos que obedecen hombres guapos y honrados.

Fue todo tan rápido..., miró la hora en el reloj, su reloj, que era un Bulgari que le había regalado su padre: en total toda su aventura no había llegado a las dos horas, lo decía su Bulgari, y del Bulgari pasó de nuevo al Cartier de Marce, y ahora tenía toda la noche para gozar de su éxito, que no era el de haber conquistado a un hombre —y uno de gran solvencia laboral, lo que le produjo mucha confianza en sí misma—, sino el de haber sentido la furiosa sombra de la libertad en su cuerpo vagando en el espacio sideral y cósmico a la búsqueda de él, del que está entre los muertos, pero no está muerto. Solo está con ellos, los acompaña, pero no está muerto, porque pudo verlo, lo vio allí, al final de la escalera, sonriendo.

Lamentó no haberse fijado en el reloj de Julio. Su mente iba veloz, de una cosa a otra. Antonio, ese era el nombre de su padre (le daba miedo recordar a su padre por su nombre), el Bulgari, el dinero de su padre, Julio, el Mediterráneo, todo le azotaba el pensamiento, como ráfagas feroces de viento helado. El día que fue a una relojería de la Gran Vía madrileña a comprar el Cartier para Marcelo. El director de la tienda. La dependienta que abrió la vitrina y comenzó a colocar los relojes delante de su padre pensando que el reloj era para él. El director, que adivinó el error de la dependienta, enseguida prestó atención a Irene y le explicó con mucha amabilidad la historia de la colección Santos de Cartier. Creada en 1904. El primer reloj de pulso masculino de la historia. Casi tenía cien años ese reloj que su padre se estaba probando para ver qué tal quedaría en la muñeca de Marcelo. Le explicó la originalidad de la caja cuadrada. Puro diseño. Pura fantasía. Los relojes eran redondos, pero Cartier los hizo cuadrados. Y la esfera blanca, y los grandes números romanos y las agujas azules y los tornillos en el bisel. Y le contó la historia del aviador brasileño Alberto Santos Dumont. Ese aviador era amigo del fundador de la casa, el joyero parisino Louis-François Cartier. Un día, cenando en el célebre restaurante Michaud, el aviador le explicó a Cartier que era imposible consultar la hora en pleno vuelo, tenía que soltar el timón para sacar el reloj de su bolsillo, y lo importante que era saber la hora allá arriba, mientras pilotabas, al lado de

las nubes. Irene estaba embrujada con esa historia. El resultado era el Cartier que ella tenía ahora entre sus manos. Los tornillos son para que no se escape el tiempo, pensó Irene. Los números romanos, porque los romanos inventaron el tiempo. Las agujas azules porque azul es el mar y es el cielo.

Era el reloj perfecto para su Marce.

Volvió a recordar el soneto de Quevedo. Claro, le estaba perdiendo el

«respeto a ley severa». Estaba cruzando las aguas frías, o las cruzaba Marce, daba igual. También era un poco confuso ese maldito soneto de Quevedo.

—Joder —gritó Irene—, no se sabe muy bien qué dice Quevedo.

Salió a la terraza, y la noche estrellada, inmensa, la hipnotizó, la sedujo, y al mismo tiempo se sintió dueña de los millones de estrellas que pueblan el universo.

Y delante tenía el mar Mediterráneo.

Y estaba viva.

Se palpó los senos, se tocó el pelo del pubis, se tocó el clítoris, era la carne y su concreción en formas, que se convirtieron en palabras, y las palabras contenían terror y deseo.

Era su cuerpo.

Un éxito de la vida.

Hay mujeres que no se tocan como yo me toco, pensó.

Me toco por asombro ante mí misma.

Estoy asombrada de lo que soy.

Cómo es posible que yo sea, se preguntaba Irene, que sea un cuerpo, carne, venas, alma.

Pero cómo no me he fijado en su reloj.

Volvió a tocarse.

Aquí ha estado ese hombre.

Podía sentir que estaba viva, ese endemoniado milagro de estar vivo, ese presente que parece invencible y que es lo único que existe. El tiempo presente es el misterio, porque el misterio del tiempo pasado es que fue tiempo presente, y el misterio del futuro reside en que devendrá en tiempo presente.

Volvieron a su pensamiento las palabras de Julio: allí el mar es un exceso de existencia.

Volvieron escenas de un viaje a Grecia, imágenes de una oncóloga con pecas en los hombros que les traía malas noticias, recuerda Irene, pecas formando un archipiélago caprichoso y laberíntico. Porque Grecia es un país donde el agua es más importante que la tierra, tal vez el único país de la Tierra en donde eso ocurre, como para ellos fue más importante el amor que el tiempo.

El amor es el agua.

El tiempo es la tierra.

Cuando Irene despertó eran las ocho y cuarto de la mañana, y había dormido bien. Abrió los ojos y la sensación de plenitud seguía a su lado, no se había marchado, no era una ilusión, no era una superstición.

Las sábanas blancas envolvían su cuerpo, y estaba bien allí, en medio de un océano de almohadas y caricias.

Apretaba con los dedos índice y pulgar las sábanas blancas, como queriendo que la materia de la que estaba hecho ese tejido entrara en ella.

Las sábanas son misteriosas, pensaba Irene, y las volvía a palpar. Las sábanas respetan la soledad de los seres humanos.

Una orgía de sábanas blancas.

La única compañía que acaba teniendo un cuerpo es una sábana.

La gran conquista del bienestar, de la limpieza, los colchones grandes, años de investigación en el mundo del descanso, muelles, fibras, materiales de vanguardia, podía sentirlo todo.

Se duchó y estuvo mucho rato bajo el agua, cambiando las temperaturas, agua fría y agua caliente, de un extremo a otro, la fontanería de ese hotel iba a las mil maravillas, y la alternancia de agua fría y caliente le daba placer, y todo contribuía a su bienestar profundo, ¿por qué le estaba pasando todo esto?, ¿había descubierto una región escondida de la soledad donde todo era complacencia y resplandor porque había una escalera y él estaba allí, al final de esa escalera?

Otra vez el verso de Francisco de Quevedo: «su cuerpo dejará, no su cuidado».

Se hizo subir el desayuno a la habitación.

Miró el WhatsApp y había cinco mensajes de Julio: palabras dulces, palabras de enamorado, mezcla de erotismo y enamoramiento pasajero.

Se sonrió leyendo los mensajes porque todos eran falsos, todos contenían declaraciones amorosas que se desintegrarían como el hielo ante el sol si la vida las pusiera a prueba.

Si enfermara, no me cuidaría, se dijo a sí misma.

Si me viera en la necesidad, no me prestaría una casa o cincuenta mil euros. Tal vez cincuenta euros sí. Como mucho cien. Con suerte, doscientos. Justo el precio de una puta de cierta calidad.

Si me viera en chándal todas las mañanas preparando el café, dejaría de empalmarse.

Si me viera sufrir, no tendría tiempo para escucharme.

Si me viera morir, no querría acompañarme ni a la muerte ni a la nada.

No bebería mi nada como yo bebo la nada de Marcelo todos los días.

Desayunó mientras sometía su pensamiento a un laberinto hipotético, y creyó ver a Marce al final del laberinto.

Marce, ¿quién eres ahora?, ¿y en qué quieres que se convierta tu viuda?

Los muertos no podéis desear ya nada pero estás allí, en la escalera.

Julio le dijo que no estaba casado, como si a ella eso pudiera importarle; en cualquier caso, le pareció un gesto de buena voluntad.

Si no estás casado, me alegro por ti. Y si lo estás, me alegro por ti también, eso pensaba Irene, como si hubiera llegado a un pacto nuevo con las cosas por el cual los hechos no tuvieran relevancia, tal vez solo tuvieran relevancia el placer y el deseo.

Freud, exclamó Irene, sin darse cuenta.

Claro, es Freud, todo es Freud.

Dios mandó a la Tierra primero a Jesucristo, y luego se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo, y entonces mandó a Freud, pero ya era tarde.

Demasiado tarde.

Y el médico austriaco hizo lo que pudo, que no fue mucho.

Le vino a la mente Sigmund Freud como si esas dos palabras resolvieran un enigma histórico.

Miraba su cruasán con mermelada, cómo esta brillaba con oscuridad, pues era una mermelada de ciruelas, de una textura grumosa, que se extendía con torpeza sobre la planicie abierta del cruasán.

La oscuridad de la mermelada de ciruelas era una promesa, había tanta belleza allí, morir con la boca llena de mermelada de ciruelas.

Hay mermeladas claras y seguras y mermeladas oscuras y misteriosas.

¿Quién fue el primer ser humano que concibió las mermeladas, la transformación de las frutas en mermelada?

La transformación del sexo en amor era lo mismo.

Rio, Irene rio.

Y el Mediterráneo allí delante, inamovible.

Freud, volvió a repetir, pero esta vez en voz baja y con una sonrisa desquiciada.

Mientras bebía su zumo de naranja decidió que alquilaría un coche, llamó a la recepción y allí le indicaron cómo hacerlo.

¿Qué coche elegiría?

Miró la página web de la compañía y se enamoró de todos los coches que veía. Naturalmente, eligió el más caro, el más deportivo, el más intrépido, el más veloz, el más intenso.

—Ay, los coches pueden ser intensos —dijo en voz alta Irene, en medio de la habitación, y ella misma se quedó asombrada de haber dicho eso, como avergonzada, como si estuviera delirando.

Llamó a la empresa de alquiler de vehículos especializada en automóviles de lujo y le propusieron varios modelos de alta gama y escogió un Alfa Romeo, porque le gustó el diseño y el nombre de la marca y porque era descapotable. Le explicaron por teléfono las principales funciones del cuadro de mandos, en especial el GPS y los avanzados mapas de carreteras que se veían en la enorme pantalla. También le gustó que la pantalla fuese grande, como un ordenador portátil. Pagó con la tarjeta y dictó los números de su Visa y se subió con la imaginación al Alfa Romeo.

Todavía tenía que ir a recogerlo.

Le dijo mentalmente a la voz del ordenador del Alfa Romeo: «Quiero ir a Roma».

Y el ordenador de a bordo trazaba el trayecto que iba de Málaga a Roma.

Entraron más wasaps de Julio.

Tal vez le contestara luego, mandándole el nombre de un hotel y el número de una habitación.

No se puede amar así a nadie, con nombres de hoteles y números de habitaciones.

Cogió un taxi y se fue a buscar el coche que había elegido.

Alfa Romeo, esas dos palabras parecían un destino.

Ella sería Alfa y el mundo entero sería Romeo.

Un BMW 840 Cabrio fue el coche que alquiló finalmente Irene, porque el Alfa Romeo que había visto en la web no estaba disponible, después de tanta ilusión y tantas explicaciones que le habían dado por teléfono.

Tras haber visto un destino fabuloso en esas dos palabras, en Alfa y Romeo, haber visto allí una forma apetecible de vida, una alineación cósmica de los planetas, todo se disolvía en un problema de stock.

Irene se enfadó, se sintió estafada, por qué anuncian cosas que luego no están disponibles, todos mienten, todo es una enervante mentira.

El encargado, un hombre afable de unos cuarenta años, pelirrojo, le dijo que era mejor el que se llevaba. Bueno, eso era un consuelo.

Lo alquiló por un mes.

Podía devolverlo donde quisiera, en cualquier ciudad o país europeo, no había ningún problema que no se arreglara con un pago extra.

Marce, qué quieres que haga con el dinero, se preguntó Irene, si no tuvimos hijos a quienes darles esa alegría, no querrás que se lo deje al Estado español para que se lo gaste en sueldos ministeriales, en cenas ofrecidas a mandatarios extranjeros, en viajes en aviones privados de los ministros del Gobierno, o que se lo dé a una ONG, Marce, dime, para qué quiero nuestro dinero si tú no estás. Ojalá desaparecieran todos los países de la Tierra como muestra de respeto y luto por tu muerte. Es lo mínimo que podía haber hecho el mundo para honrarnos: desaparecer.

¿Qué quieres que haga con el dinero y nuestros recuerdos?

—Siéntese, pruébelo si quiere, está para estrenar, solo tiene cuatro mil kilómetros —dijo el encargado.

—Si tiene cuatro mil kilómetros ya está estrenado —observó Irene.

El encargado se sonrió, y le pareció una observación inapelable.

Irene se subió al coche.

Olía a nuevo.

¿Dónde inventan y fabrican ese olor a nuevo de los automóviles?, se preguntó, porque es un olor adictivo, quién fabrica ese olor, debe de haber gente investigando el olor a nuevo de un automóvil.

Ese olor a nuevo era un bautismo.

Cerró la puerta y allí dentro se sintió a salvo del olor a viejo, pues el mundo olía a viejo, pero allí dentro olía a nuevo. Miraba al encargado, que

le sonreía, pero mostraba también cierta inquietud al ver que Irene se demoraba en salir.

Comenzó a divertirle la ironía que había en el hecho de que no estuviera disponible el Alfa Romeo y sí este BMW. Tuvo la certeza de que este coche le gustaba más de lo que le habría gustado el otro, y pensó que la mano de Marce había estado detrás de este asunto.

Necesitaba ver la mano de su difunto en todo lo que le pasaba, para que así las cosas tuvieran sentido, sucedieran por alguna poderosa razón.

La mano.

Ver su mano.

Cómo echaba de menos esa mano.

Una poderosa razón detrás de cada acto. Cómo se puede vivir sin una necesaria razón en cada acto. Una razón inmensa en cada acto. Cada acto recibiendo la causa más grande jamás concebida, incluso un parpadeo o el movimiento de un dedo, cargados ambos actos de complejísimas razones que regalan todas ellas euforia y libertad.

La mano que era una voluntad.

Todas las cosas que hicieron juntos y que fueron la vida.

La mano que la sujetó siempre y que ahora ya no estaba, y al no estar esa mano su vida era lo que buenamente el azar le fuera trayendo.

Las cosas que hicieron juntos, sí, pero cuáles fueron en realidad: ¿fueron los viajes o fueron las conversaciones o fue la entrega o fue la lealtad?, ¿qué fue?

El salpicadero prometía un futuro espléndido, lo mismo que la enorme pantalla de ordenador, lo mismo que el cuero de los asientos, la caja de cambios automática, el volante, la guantera, la multitud de mandos que allí se congregaba en una fiesta de olor, tecnología y promesa de una vida interesante.

Marce, Marce, mira qué coche me voy a alquilar, y pensar que lo podríamos haber hecho juntos y ahora lo voy a hacer yo sola. Y el alma le tembló, y regresó la angustia, la falta de sentido.

Si él no podía ver el coche, el lujo de ese coche, todo era inútil, hostil, ingrávido.

Y todo el salpicadero y todo el lujo del interior cobró de súbito un aspecto amenazador y extranjero.

Y mientras pensaba en Marce sintió que aún llevaba dentro el semen de Julio, una expresión concreta de la ceguera y de la mudez de la naturaleza,

y pensó que todo acababa igualándose, que la naturaleza se dedicaba a igualar aquello que los seres humanos pensaban que era diferente.

Exacto, pensó Irene ya dentro del coche, eso hace la naturaleza, nos dice que nuestra identidad social es un delirio y que nuestra identidad biológica es un azar que se diluye en corto tiempo.

Al final el encargado, que se llamaba Leopoldo, golpeó la ventanilla y dijo que tenía que explicarle cómo funcionaba el coche, pues estaba lleno de detalles.

Leopoldo era pelirrojo, con nariz aguileña, con barba de dos días y camisa blanca acompañada de corbata azul. Sin americana porque hacía calor. Pudo ver su reloj cuando acercó el brazo a la ventanilla. Era un reloj negro, un Casio de cuarzo.

Bajó la ventanilla y le dijo a Leopoldo:

—Marcelo, me encanta este coche.

Leopoldo le dijo que no se llamaba Marcelo. Sonrió con amabilidad, con cortesía.

—No es la primera vez que me llaman Marcelo —añadió con unos ojos verdes que se iluminaban al recibir la sangre de un fantasma, pero había mentido, una mentira profesional, de vendedor, porque sí que era la primera vez que confundían su nombre con el nombre de Marcelo.

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